Capítulo 19: Awaken

Adrien, Marinette y Gabriel bajaron al sótano donde habían tenido la batalla final. Todo el lugar estaba cargado de polvo por culpa de los boquetes que habían hecho al entrar. La luz del crepúsculo entraba por la abertura del techo confiriendo a la estancia un tono sepia. Parecía una escena sacada de una película clásica.

Los tres se acercaron a través del puente de piedra a la cápsula de mantenimiento en la que estaba Emilie. Adrien sujetaba con fuerza la mano de su novia mientras ésta sólo podía mirar el rostro impoluto de la madre de él. Marinette tomó una bocanada de aire mientras notaba cómo la presión y la tensión iban aumentando en el ambiente. Aquello era peligroso, y ella lo sabía perfectamente. Una de las cosas que el maestro Fu le enseñó antes de concederle la caja de los miraculous fue a que no se deben mezclar los poderes de cada uno. Aun así Ladybug y Chat Noir se habían visto obligados a hacerlo en más de una ocasión. Sin embargo, fusionar la mariquita y el gato era algo totalmente distinto. Las dos fuerzas más grandes de la naturaleza unidas en un solo portador podían ser demasiado que soportar para un cuerpo. Y si lo aguantara, aún había que superar la mayor prueba de todas: la tentación.

Marinette dio un paso al frente decidida, pero Adrien le impidió avanzar. La joven miró la mano de su chico, que reposaba en su muñeca y lo miró a los ojos. Adrien la miraba suplicante. Ella se acercó a él, le dio un suave beso y asintió, diciéndole que la dejara ir. Él cerró los ojos como si así fuera más fácil, contuvo la respiración y la soltó.

Gabriel, que le había agradecido varias veces lo que iba a hacer por su familia, se apartó, dejando paso a la joven hasta la base de la cápsula.

La mente de Marinette iba a mil por hora. "Esto es una locura" pensó. Tikki se había mostrado claramente reacia a lo que iban a hacer y, para sorpresa de todos, igual ocurrió con Plagg. Pero esto era lo que había que hacer. Sin embargo, no estaba segura de cuáles eran los pasos para conseguir despertar a Emilie. Sólo esperaba que el instinto la guiara en ese momento.

La joven cerró los ojos. Debía concentrarse, dejar ir todos los malos pensamientos y quedarse con los buenos. Esos recuerdos que la transportaban al hogar, al amor, a la familia.

- Marchaos ya. No sé cómo puede ponerse esto cuando empiece. – dijo ella sin volverse.

- Pero… - Adrien fue agarrado por su padre, quien lo empujaba por el puente de piedra lejos de ella. Se giró un segundo y le gritó - ¡Te quiero Marinette!

- Y yo a ti Adrien – dijo ella en voz baja con una genuina sonrisa.

- Marinette, por favor, piénsalo mejor – le dijo Tikki saliendo de su bolso. Plagg tras ella tenía la vista gacha. – Podemos encontrar otra forma de salvarla. Tú lo sabes. Juntas podemos…

- Podemos hacer casi cualquier cosa, lo sé – le contestó ella acariciando la cabecita de su kwami. Hizo lo mismo con Plagg. – Sin embargo para esto necesitamos ayuda. Más concretamente la de Plagg.

- Pero… pero – Tikki buscaba cualquier alternativa a lo que iban a hacer, pero nada venía a su mente.

- Dime una cosa, Plagg. ¿Hay otra forma de arreglarlo? – le preguntó de nuevo Marinette al kwami de Adrien. Plagg negó con la cabeza manteniendo sus orejas gachas.

- No que se me ocurra.

- Bien, pues es el momento de actuar. Adrien ha sufrido demasiado tiempo por esto. Me toca.

- NO – gritó Tikki que se lanzó a la cara de su portadora. La abrazó mientras lloraba descolsolada. Marinette notó un nudo en la boca del estómago. La abrazó y las lágrimas amenazaron con escaparse de su cauce hacia sus mejillas.

- Lo siento Tikki, esta vez no te voy a hacer caso. Esto es lo correcto, y lo sabes tan bien como yo. – con suavidad separó a su kwami y la miró con cariño.

Le quitó una lágrima perezosa y sonrió. Cerró los ojos de nuevo. "Buenos pensamientos, buenos pensamientos,…" Tomó aire. Ahora. Puso la mano del anillo a la altura de los pendientes y gritó:

- ¡Plagg y Tikki, fusionaos! –

Una luz cegadora y oscura a la vez apareció como un fogonazo ante ella. Si no hubiera estado con los ojos cerrados, estaba segura de que la habría dejado ciega. Un aire procedente del remolino de luz empujaba feroz a Marinette, arañando su piel y dejándola casi sin respiración. Adrien y Gabriel, desde el otro lado de la sala, se cubrieron los ojos, protegiéndose de aquello. Adrien notó cómo su corazón se aceleraba, aquello no estaba bien.

La joven mantuvo la compostura como pudo. Le parecía escuchar voces de fondo, pero lo único que oía era el rugir del viento en sus oídos, junto con un tintinear como de una campanilla de cristal. Con gran dificultad, alzó la mano sobre su cabeza, imponiéndose a la fuerza del aire y a la quemazón de la luz y gritó "Transformación".

De golpe, una explosión de luz eliminó el viento de la sala. Como si fuera una supernova, el centro de luz negra se expandió brutalmente, desplazando el viento hasta hacerlo desaparecer. Marinette se cubrió el rostro con el brazo mientras las coletas de su pelo se deshacían de golpe. Entonces, igual de rápido que la ola de luz se estiró, se replegó, pero empleando una fuerza mayor que la que nadie haya visto nunca. Marinette fue arrastrada al centro de la luz como si fuera absorbida por un agujero negro. Toda la luz y el viento volvieron rápidamente al centro de la explosión.

Y entonces todo estalló en una única onda luminosa. Todo quedó envuelto en un silencio sobrenatural. Adrien y Gabriel, se atrevieron a levantar la vista. Adrien ahogó un grito. Ante ellos había una figura femenina brillante que se mantenía suspendida del suelo a unos pocos centímetros sin motivo aparente.

La figura que ante ellos se presentaba tenía poco de Marinette. Era un ser alado con un hala rojiza similar a la de una libélula y un ala negra cubierta de pelo fino de gato. Su traje era ajustado, pero no se podía distinguir mayor detalle porque a todo su alrededor había una luz negra que ondulaba como si fuera agua en un estanque. Su piel no era del color natural, sino que era blanca y brillante, como pura luz. Su cabello se había vuelto negro y ondeaba como movido por la brisa del mar a pesar de no haber ni una pizca de aire. Su aspecto era imponente.

- Marinette – susurró Adrien.

La joven giró la cabeza hacia él. Adrien dio un respingo. Su rostro dejaba ver unos ojos grandes y sin pupilas. Pero lo más llamativo era su color rojo como el traje de Ladybug. Miró a Adrien, pero él notó como no lo veía realmente. Tragó saliva. Eso estaba mal.

Marinette inclinó la cabeza hacia un lado, como si estuviera analizando algo. Entonces, se volvió hacia el cuerpo yacente de Emilie Agreste. Se acercó a ella flotando, sin mover las alas que decoraban su espalda. Extendió la mano con dos dedos acusadores directos a la puerta de cristal y con un movimiento de la mano hacia un lateral, abrió las compuertas.

Gabriel agarró a su hijo del brazo. Estaba asustado, pero también impaciente. Adrien apenas notó a su padre a su lado. Estaba mirando a su amada… no, a ese ente que se parecía a su amada, pensando que la podía haber perdido para siempre.

Ella estaba totalmente erguida, imponente, con esa luz negra saliendo de su cuerpo como desparramada. La luz blanca que salía de su piel se entremezclaba con la negra en los bordes, haciendo que la blanca bailara sobre la negra igual que lo hace la tinta cuando se deja caer una gota en el agua. Marinette, con el brazo aún extendido, abrió la mano dejando la palma en dirección al cuerpo de Emilie. Y entonces habló, pero no con su voz. Era un sonido agudo y casi imperceptible por el oído humano. Era como si un hada hablara.

- Quis loquetur potentias luceat, et mecum. Da mihi virtutem. Toma quae iam esset. Sana damnum. Mutat forte: sed id mutare, facit quod iam factum, vivificat Emilie Agreste.

En la palma de su mano apareció una bola de luz blanca con motas negras que se movían, como si estuvieran vivas, por su superficie. La bola fue creciendo, hasta que cubrió el hueco que separaba a ambas mujeres. En cuanto la luz tocó la piel de Emilie, una nueva explosión inundó todo el lugar.

Viendo lo que se venía hacia ellos, los dos hombres se giraron para dar la espalda a la ola de luz blanca-negra. Les empujó con fuerza, estrellándolos contra el suelo y parcialmente contra la pared del fondo. Y entonces todo paró. Adrien levantó la cabeza con cuidado y vio cómo el aire se había plagado de diminutos copos de luz blanca, roja y negra. Miró a su padre, que ya se había dado la vuelta y miraba con ojos abiertos a la zona donde reposaba su mujer.

Adrien se giró lentamente, temiendo lo que pudiera encontrar. Y ante él, envuelta en un halo de luz rosácea, estaba Marinette, su Marinette, sujetando a Emilie del brazo mientras ella se intentaba poner de pie tambaleante.

Para Adrien todo iba a cámara lenta. Abrió mucho los ojos. Su novia estaba bien. Su madre estaba despierta. Todo había salido bien.

Por el rabillo del ojo vio cómo Gabriel Agreste se levantaba del suelo y se dirigía corriendo hacia las dos chicas. Pasó por el puente como un rayo y al llegar allí se tiró de rodillas al suelo, a los pies de su amada, llorando como un niño. Emilie se agachó a su lado, le tomó la cara, obligándolo a mirarla y le sonrió, mientras lloraba de felicidad. Gabriel se lanzó a abrazarla, llorando y riendo a la vez. Emilie hizo lo mismo y después de ese abrazo tan ansiado se dieron un beso lleno de sentimientos y promesas.

Adrien despertó de golpe de ese estado de ensoñación en el que se encontraba. Se puso de pie. Marinette lo miró sonriente y cansada. Se acercó hacia el pasillo mientras él empezaba a correr para llegar antes a su lado. En apenas dos segundos, Adrien recogía entre sus brazos a su amor mientras ambos reían, lloraban, se decían infinidad de pensamientos y daban vueltas sin parar.

El resplandor de Marinette poco a poco se fue apagando hasta volver a ser enteramente ella. Adrien le sujetó la cara entre sus manos y la besó. Mejor dicho, la cubrió de besos: en las mejillas, en la frente, en los ojos, en la barbilla, en los labios… Ambos reían sin control. Marinette lo tenía sujeto por la cintura mientras se dejaba hacer.

- ¿Cómo te encuentras? – le dijo Adrien entre beso y beso.

- Estoy bien. – le contestó riendo.

- ¿Seguro? ¿No tienes nada? – dijo sin dejar de mirarla y besarla.

- De verdad, estoy bien, sólo un poco cansada. –

- Dios santo, no puedo creerlo. Eres increíble, maravillosa, radiante. – Adrien dejó su recorrido de besos para apoyar la frente en la de ella. En esa posición aspiró, absorbiendo su aroma. Marinette se rio.

- Si sigues así vas a hacer que se me suba a la cabeza. – contestó sonriendo con los ojos cerrados, disfrutando del contacto íntimo.

- Pues seguiré, porque tiene que meterse bien en esa cabecita tuya. Eres la mejor persona y la mejor superheroína del mundo. –

- Jajaja –

- Oye, ¿cómo has hecho eso? ¿Eras consciente de lo que hacías? – dijo mirándola a los ojos, pero sin apartarse de ella.

- Luego te lo explicaré todo, pero creo que antes deberías saludar a alguien. – Marinette puso su mano sobre la de él, se separó un poco y se giró hacia la pareja que seguía en el suelo abrazándose y besándose. Entonces, Emilie levantó la cabeza y se quedó mirando el rostro del muchacho. Al principio su rostro era de duda, pero a los pocos segundos su expresión cambió a la de sorpresa y de ahí a la de felicidad. Las lágrimas volvieron a aparecer en sus ojos.

- A…Adrien – susurró. Adrien empezó a llorar.

- Mamá… - y el joven se lanzó al suelo, al lado de su madre, a abrazarla y besarla mientras ella lloraba con él, acariciándole el pelo y susurrándole palabras de cariño y amor.