—El truco está en medir bien el tiempo —dijo Ino, cuyos ojos azules brillaban por la diversión.

Sin duda alguna, ningún oficial había dirigido jamás una campaña militar con más determinación de la que demostraba Ino Yamanaka en ese momento. Las cuatro floreros estaban sentadas en la terraza con otros tantos vasos de limonada fría y representaban la viva estampa de la indolencia, cuando, en realidad, tramaban con sumo cuidado los acontecimientos que la tarde iba a deparar.

—Sugeriré que demos un agradable paseo por los jardines antes de la cena para despertar el apetito —le dijo Ino a Naruto—, y tanto Sakura como Hinata accederán; también llevaremos a nuestra madre y a la tía Florence, ya cualquier persona con la que estemos hablando en ese momento. Así, con suerte, para cuando lleguemos al otro lado del huerto de los perales, te atraparemos en flagrante delito con lord Kendall.

— ¿Qué significa flagrante delito? —preguntó Sakura—. Suena ilegal

—No lo sé con certeza —admitió Ino—. Lo leí en una novela... Pero estoy segura de que es algo que comprometería a cualquier doncel.

Naruto respondió con una risa apática, deseando que la situación despertara en el una pizca de entusiasmo que sentían las Yamanaka. Apenas una noche antes, no habría cabido en sí de gozo. No obstante, en aquel momento todo le parecía mal. La idea de recibir, al fin, la tan ansiada proposición de matrimonio por parte de un aristócrata no le provocaba ni la más mínima emoción. Ninguna sensación de nerviosismo ni alivio, ni nada que pudiera considerarse positivo de ninguna de las maneras. Más bien parecía un deber desagradable que tenía que cumplir. Sin embargo, ocultó recelos mientras las hermanas Yamanaka tramaban y hacían cálculos con la misma habilidad que un avezado conspirador.

A pesar de todo, Hinata, cuyas dotes de observación sobrepasaban con mucho las de todas ellas, pareció percibir las verdaderas emociones que Naruto ocultaba tras su máscara.

—¿Es esto lo que qui—quieres, Naruto? —le preguntó en voz baja y con una mirada preocupada—. No tienes por qué hacerlo, ya lo sabes. Encontraremos a otro pretendiente si no deseas a Kendall.

—No queda tiempo para encontrar a otro —musitó Naruto en respuesta—. No, debe ser Kendall, y tiene que ser esta noche, antes de que...

—¿Antes? —repitió Hinata, que ladeó la cabeza al mirar a Naruto con ligera perplejidad. El sol iluminaba su rostro y la hacía brillar—. ¿Antes de qué?

Como Naruto permaneció callado Hinata bajó la cabeza y paso un dedo por el borde de su vaso, recogiendo las hebras de pulpa endulzada que se habían quedado adheridas al filo. Las hermanas Yamanaka seguían con su animada charla y debatían acerca de la posibilidad de utilizar el huerto de los perales como escenario para organizar la emboscada a Kendall. Justo cuando Naruto creía que Hinata dejaría pasar el asunto, la muchacha murmuró en voz baja:

—¿Sabías que el señor Uchiha regresó a Stony Cross anoche, Naruto?

—¿Cómo lo sabes?

—Alguien se lo contó a mi tía.

Al enfrentar la intuitiva mirada de Hinata, Naruto no pudo evitar compadecerse de aquella pobre, persona que había cometido el error de subestimar a Hinata Hyuga.

—No, no lo sabía— musitó,

Al tiempo que inclinaba un poco el vaso de limonada, Hinata fijó la vista en el fondo del líquido azucarado.

—Me pregunto por qué nunca aprovechó la oportunidad de darte un beso cuando tú mismo se lo ofreciste —dijo despacio—. sobre todo, teniendo en cuenta todo el interés que mos—mostró por ti en el pasado...

Sus miradas se encontraron y Naruto sintió que se ruborizaba. Le imploró con los ojos a Hinata que no añadiera nada más, a lo que ésta respondió con un asentimiento de cabeza. La comprensión se reflejó al instante en el rostro de la muchacha.

—Naruto —dijo con lentitud—, ¿te molestaría mucho si no fuera con las demás para pillarte con lord Kendall esta noche? Habrá gen—gente de sobra para actuar de testigo, Si duda, Ino llevará una multitud de testigos inesperados. Mi presencia no se—sería necesaria.

—Claro que no me molestaría —respondió con una sonrisa, tras lo cual preguntó con una sonrisa tímida—: ¿Prejuicios morales, Hinata?

—No, nada de eso, no soy hipócrita, Estoy más que dispuesta a admitir mi culpa como colaboradora... y apa—aparezca o no esta noche en el jardín, formo parte del grupo. Lo que pasa es que —se detuvo y continuó en tono más bajo— no creo que tú quie—quieras a lord Kendall. Al menos, no como hombre, ni por lo que es en realidad. Y ahora que te conozco un poco mejor, no... no creo que el matrimonio con él te haga feliz.

—Pues lo hará —replicó Naruto y alzó tanto la voz que capto la atención de las Yamanaka. Éstas dejaron de hablar y la miraron con curiosidad—. Nadie podría acercarse tanto a mi ideal de hombre como lord Kendall.

—Es perfecto para ti —lo apoyó Ino con firmeza—. Espero que no intentes sembrar dudas, Hinata... Ya es demasiado tarde para eso. Y desde luego que no vamos a tirar por la borda un plan tan perfectamente trazado como éste justo ahora, cuando estamos a punto de alcanzar la meta.

Hinata sacudió la cabeza al instante y pareció encogerse en la silla.

—No, no... No intentaba... —Su voz se convirtió en un murmullo, tras lo cual le lanzó a Naruto una mirada de disculpa.

—Por supuesto que no intentaba hacer eso —dijo Naruto en su defensa, que, acto seguido, compuso una sonrisa temeraria—. Repasemos una vez más el plan, Ino.

Lord Kendall reaccionó con divertida complacencia, cuándo Naruto Namikaze lo instó a que se escaparan para dar un paseo vespertino por el jardín. El ambiente apacible del atardecer extendía una capa de humedad sobre la propiedad, y no se agitaba brisa alguna que aliviara la opresiva atmósfera. Dado que la mayoría de invitados se estaba vistiendo para la cena o haraganeaba abanicándose en la sala de naipes o en el salón, el exterior estaba prácticamente vacío. A ningún hombre se le pasaría por alto lo que deseaba un doncel cuando éste sugería que dieran un paseo sin compañía en semejantes circunstancias. Ya que no parecía hacerle ascos a la idea de uno o dos besos robados, Kendall se dejó convencer por Naruto para caminar a lo largo de los jardines de la terraza y mas allá del muro de piedra cubierto por rosales trepadores.

—Preferiría que contáramos con una carabina —le dijo con una leve sonrisa—. Esto es del todo impropio, señorito Namikaze.

Naruto lo obsequió con una sonrisa propia.

—Sólo nos alejaremos un instante —le urgió—. Nadie se dará cuenta.

En cuanto Kendall se decidió a seguirlo de buen talante, Naruto se percató de la creciente culpabilidad que parecía cernirse sobre el desde todas partes. Se sentía igual que si condujera a un cordero al matadero. Kendall era un hombre agradable, no se merecía, que lo engañaran para forzar un matrimonio. Si al menos hubiera contado con más tiempo, podría haber dejado que las sosas siguieran el cauce habitual y, de ese modo, habría obtenido una proposición auténtica por su parte. No obstante, ése era el último fin de semana de la fiesta, y era imperativo que consiguiera un resultado positivo sin más dilación. Si tan sólo pudiera sobrellevar aquella fase del plan, las cosas serían mucho más fáciles a partir de entonces.

«Naruto, lady Kendall», se recordó torvamente. Naruto, lady Kendall... No le resultaba difícil imaginarse como un respetable y joven esposo que vivía con el pacífico mundo de la sociedad de Hampshire, que hacía ocasionales viajes a Londres y que le daba la bienvenida a su hermano para pasar las vacaciones de verano. Naruto, lady Kendall, tendría media docena de hijos rubios, algunos de los cuales llevarían gafas como su padre. Y Naruto, lady Kendall, sería un devoto esposo que pasaría el resto de su vida intentando expiar el pecado de haber engañado a su marido para que se casara con el.

Llegaron hasta el claro que había más allá del huerto de los perales, al lugar donde se encontraba la mesa de piedra dentro del círculo de gravilla. Tras detenerse, Kendall miró a Naruto, que se había apoyado contra la mesa de piedra en una pose estudiada. Se atrevió a tocar un mechón de cabello que había caído sobre su hombro y admiró los matices dorados que se mezclaban con las hebras rubias.

—Señorito Namikaze —murmuró—, a estas alturas ya debe de ser consciente de que he desarrollado una marcada preferencia por su compañía.

Naruto sintió que el corazón se le subía a la garganta, tanto que creyó que podría ahogarse con él.

—Yo... Yo he disfrutado mucho de nuestras conversaciones y de los paseos que hemos dado juntos —consiguió decir.

—Es usted encantador —susurró Kendall, que se acercó más a el—. Jamás había visto unos ojos tan azules.

Poco menos de un mes atrás, Naruto habría saltado de alegría ante esta escena. Kendall era un hombre agradable, por no mencionar que también era atractivo, joven, rico y que poseía un título... Señor, ¿qué demonios le estaba pasando? Todo su ser se tensó con renuencia cuando el hombre se inclinó sobre su cara, ruborizada y tensa. Inquieto y aturdido, intentó no huir de él. Sin embargo, antes de que sus labios se encontraran, se revolvió con un gemido apagado y se alejó de él.

El silencio cayó sobre el claro.

—¿Lo he asustado? —fue la pregunta de Kendall. Sus modales eran amables y pausados, muy diferentes de la arrogancia que mostraba Sasuke Uchiha.

—No... No se trata de eso. Es sólo que... que no puedo hacer esto. —Naruto se frotó la frente, que había comenzado a dolerle; sentía los hombros rígidos bajo las mangas ahuecadas de su vestido color melocotón. Cuando volvió a hablar, su voz destilaba derroto y disgusto hacia sí mismo—. Perdóneme, milord. Es usted uno de los hombres más agradables que he tenido el privilegio de conocer. Razón por la que debo marcharme ahora. No es justo por mi parte que aliente su interés cuando nada puede resultar de él.

—¿Qué le hace pensar eso? —preguntó, a todas luces confuso.

—En realidad, usted no me conoce —le respondió con una sonrisa amarga—. Créame, formamos una pareja espantosa. Por mucho que lo intentara, al final no sería capaz de evitar engatusarlo para atraparlo, y usted, como un caballero que es, no presentaría, objeción alguna, lo que nos haría a ambos muy desgraciados.

—Señorito Namikaze —murmuró al tiempo que intentaba averiguar el significado de su despliegue emocional—, no acabo de comprender...

—Ni siquiera yo estoy seguro de comprenderlo. Pero lo siento muchísimo. Le deseo lo mejor, milord. Como también deseo... —Su respiración se agitó cuando comenzó a reírse de repente—Los deseos son algo peligroso, ¿no le parece? —murmuró y, acto seguido, abandonó el claro a toda prisa.