Capítulo 20. Cuentas pendientes I


Deidara sentía, con los ojos cerrados, cómo los besos tiernos y las caricias torpemente amorosas de Obito le comunicaban que él era su ser humano más amado del mundo. Y aunque Deidara estaba acostumbrado a causar estragos en cualquier hombre al que le pusiera los ojos encima, sentir el amor recibido era algo que nunca conoció ni había esperado hasta que él llegó a su vida.

Mucho menos se habría imaginado él mismo generando un amor así, que se escapara espontáneo de cada poro de su piel, y cayera ávido y directo en cada contacto que tenía con Obito. Con Tobi. Su Tobi.

Las manos le temblaron alrededor del gran torso cuando comprendió lo que todo aquello significaba.

Había buscado abrirse paso hacia Tobi y finalmente lo había logrado. Había descubierto lo que había tras la máscara.

Esos labios actualmente dulces le volvían loco, y se entretuvo bastante tiempo besando la áspera cicatriz del labio hasta volverla vulnerable, como si quisiera curarle todas las heridas a base de besos.

Obito se alejó un momento, mirándolo curioso mientras sentía que el contacto hipersensibilizaba una zona que había perdido bastante de su sentido del tacto. Tanta estimulación le producía incluso cosquillas, aunque no fueron como las que sintió en su estómago cuando Deidara elevó y le clavó aquellos ojos celestes diáfanos, que le transmitían una supernova de sentimientos. Tantos, que se sintió levemente mareado al recordar que se los estaba dedicando a él.

Alguien lo amaba, y ese alguien era la persona más especial en tantos años. Sintió que la suerte le sonreía por única vez en la vida, y no le importó todo lo que tuvo que penar hasta llegar al momento presente. Incluso sintió un ligero agradecimiento, porque todo lo que había pasado había permitido que Deidara llegara a su vida. Solo pudo estrecharlo otro poco con suavidad, como temiendo que explotara en una burbuja.

Deidara soltó una risita antes de ponerse en puntas de pie y depositarle un suave ósculo en los labios de nuevo.

Obito se coloreó otro poco ante la acción, pura, espontánea, fluida.

Deidara era un shinobi que tenía la osadía de hacerse leer claro como el agua, y eso ahora le enamoraba hasta la médula.

Estaban descubriendo tantas nuevas facetas juntos. No pudo hacer menos que devolverle la sonrisa y acariciar entrañable su cabello libre de ataduras.

–¿Te he dicho que amo cómo llevas el cabello suelto?– le preguntó acariciando las largas hebras etéreamente esplendorosas.

Deidara se meció alrededor de su cintura.

–Hay que sacarte las verdades a bombazos, burro.

El rostro de Obito se deformó en una expresiva mezcla de gracia y vergüenza hasta encontrar una respuesta adecuada.

–Bien, pues resulta que tengo mucho mejor gusto que tú, senpai sabelotodo– movió la cabeza con aires de superioridad, tal como Tobi lo hacía.

Deidara jamás iba a gritar por ver finalmente la expresión completa que la máscara naranja siempre le vedó, pero había esperado tanto por ello y ahora Obito se venía genuinamente espectacular, hasta jugándole todas esas tontadas.

–Vuelve a implicar que tengo mal gusto en hombres y te dejaré el culo peor que la explosión de un volcán, hm– amenazó con expresión ruda, ocultando muy bien el revoltijo bestial en su estómago. Porque Tobi era tan lindo, y Deidara pensó que esa era la mejor manera de decírselo. Para que le quedara claro, porque seguía siendo un bobo.

Obito enrojeció vivamente mordiéndose la lengua, descubriendo a tiempo la respuesta que su cerebro había armado. ¿Qué era eso?

"¡Obito!", se reprendió mentalmente.

Él amaba a Deidara, y el momento era tan puro como para mancharlo con ideas impías en las que no se reconocía. Aquel pensamiento lo descolocó, y por la forma en que era observado le pareció que el artista había notado algo.

–¿Qué piensas Tobi, hm?– elevó una ceja, divertido.

Obito le arrebató de un gran beso, abriéndole la boca a la fuerza, con lo que escuchó un suspiro mientras los brazos cubiertos por la túnica volvían alrededor de su cuello. Se sentían tan bien allí.

Sintió más emoción al darse cuenta de que ya le estaba besando con más soltura. Se preguntó si Deidara pensaría negativamente sobre su inexperiencia, y de repente la inseguridad por hacerlo mal le hizo dudar, dosificando abruptamente su pasión.

–No me dejes de besar si no te lo digo, hm– le ordenó subiendo una mano a la nuca y tirando violentamente para volver a encontrar sus bocas.

Obito creyó que si esa era su opinión, su propio desempeño no podía ser tan malo. Le tomó de la cintura y volvió a hundirse en una loca batalla apasionada.

El oxígeno fue el único juez de la situación.

–Sigo pensando que el que tiene mejor gusto aquí soy yo, Deidara-senpai– le sonrió contra los labios.

Deidara resopló, no se esperaba que ese único ojo y la expresión burlesca de Obito le resultaran sensuales. Estaba aprendiendo demasiado rápido, demostrando por fin ser un buen kohai, justo cuando dejaba de ser importante para Akatsuki. Se regodeó en tal constatación.

Quería a Obito para sí, no para Akatsuki.

–¿Senpai?– murmuró Obito, paseando el filo de sus labios contra los carnosos y anaranjados de Deidara. Iba a perder todo el aire del cuerpo.

–Aprendiste del mejor, hm– compuso al final, acariciando con el dedo índice las grandes cicatrices de la cara.

Obito cerró los ojos, impresionado por la falta de costumbre y el tabú en que había convertido el tacto sobre la zona. Pero con el delicado trato de Deidara, no tenía excusas que objetar. Poco a poco, la impresión fue desplazada por docilidad y hasta disfrute. Su senpai obraba magia sobre él.

–Senpai– murmuró, sin atreverse a abrir los ojos, como en una plegaria –. Por favor, abandona Akatsuki.

Deidara se frenó por un breve instante, apretando los labios antes de volver a hablar y recorrerle las cicatrices de nuevo.

–No– dijo seguro, captando un imperceptible temblor en Obito –. Si quieres estar conmigo, no vas a terminar esto solo y a mis espaldas.

Una sonrisa y una exhalación por la nariz aparecieron sin que a Obito le costara demasiado el oírlo. No podía esperar nada menos de su senpai.

–Júrame que no vas a poner tu vida en peligro– esta vez le miró, fuego y carbón temblando ante la posibilidad que no quería imaginar.

Las manos blancas le sujetaban con fuerza el rostro, la agitación y el miedo palpables en el ambiente. Deidara recordó a Rin y su corazón dio un salto.

–¿Con quién te crees que estás tratando?– no le iba a dejar ver su emoción por saberle tan preocupado por él.

–Deidara, por favor– Obito le rogó tembloroso, sus ojos anegándose en lágrimas prontas a salir –. Júralo. Si te pierdo…

Pero Kakashi también le había hecho una promesa, y ello no evitó que perdiera a Rin. ¿Y si la historia volvía a repetirse? Un violento escalofrío le recorrió todo el cuerpo y al hacer fuerza para no llorar, su respiración se agitó mientras su mandíbula castañeaba y un agua se asomó desde el interior de su nariz.

Deidara se preocupó.

–Cállate. No vas a perderme– sonó extremadamente firme –. Pero tú tampoco hagas estupideces, ¿entendido?

Obito no pudo ocultar ya el puchero.

–Sí. Claro que sí, senpai– lo abrazó casi en shock ante su imaginación, reprimiendo a medias un pequeño sollozo. Por supuesto que no le iba a aclarar que daría su vida sin pensarlo si la seguridad de Deidara llegara a verse amenazada.

Eso, Deidara no tenía por qué saberlo.

–Obito– Deidara le acarició los cabellos de la nuca, viendo como el tsukuyomi se había vuelto de colores tristes y apagados.

Se había vuelto tan importante para Tobi, y el Uchiha ignorándolo y haciéndole sufrir por…

–Bobo. Tobi– separó su rostro, mirándole con atención mientras sus narices se chocaban y le humedecía la propia –. Te ordeno que dejes de llorar, estúpido– frunció el ceño mientras temblaba él también.

No iba a perderlo. No ahora que podía tenerlo.

–Senpai– Obito inspiró para parar, pero aún estaba emocional y solo pudo darle besos en la boca y frente para conjurar el efecto del miedo –. Lo que tú digas, senpai– sonrió como pudo, antes de romper a llorar en silencio, cubriéndolo de besos.

Deidara lo recibió en sus brazos, sintiéndole temblar. El viejo dolor de Obito revivía y atravesaba su piel, completando las partes de su historia personal que las palabras no habían alcanzado a retratar bien.

–No te quiero perder. No te quiero perder.

Él murmuraba. Aferrándose a sus hombros, buscando llenarle de ósculos el rostro.

Deidara se guardó para sí la reprimenda, y a cambio no se soltó de él hasta que se hubo calmado. Quería insultarle, pero el miedo de Obito era tan real que le hizo imaginarse el perderlo por unos momentos, su anhelo haciéndose añicos en una mala imagen que no estaba acostumbrado a producir.

–Confía más en el equipo Deidara– dijo al fin –. ¡Tobi! ¡Vamos a hacerlo!– acabó por espolearlo en un grito.

Obito se separó un poco, hipando y tratando de erguirse de nuevo. A su lado, un pañuelo se materializó flotando en el aire y lo agarró, sonándose la nariz con vehemencia.

–Estoy bien, estoy bien– también se secó las lágrimas con la manga –. Se me metió algo al ojo.

Aunque sonrió, el rubio le observó con escepticismo.

–Quisiera estar aquí para siempre– algo tembló en la expresión de Deidara –. Pero ya es probable que haya pasado un día allá afuera– hipó una vez más.

Deidara parpadeó.

–¡¿Qué?!


Salir fue difícil, entre tantas emociones y dedicados como lo estuvieron a abrazarse, besarse y volver a abrazarse. Pero lo lograron luego de que las noticias sobre el transcurso del tiempo en el tsukuyomi de Obito le preocuparan a él y cabrearan a Deidara. Sólo el tacto de la mano desnuda, sosteniéndolo con firmeza y entrelazando sus dedos con los propios luego de salir mareado por el maldito ojo de tomoe, le distrajeron un poco de su disgusto. Apenas un poco, se repitió Deidara. Que no se iba a ablandar más de la cuenta porque el tonto hubiese comprendido de repente que le quería. Seguían siendo nukenin, después de todo.

Se miraron a los ojos una vez más, Obito colocándose la máscara con rapidez, antes de partir. Se sentía inquieto. De seguro había pasado un día en su dimensión, peligrosa ausencia dado la declaración de intenciones de Nagato acerca de capturar al kyūbi. Tuvo la sensación de un vacío, y se llevó la mano hacia donde alguna vez estuvo su ojo izquierdo, antes de colocarse los guantes.


La sorpresa llegando a Konoha fue grande para ambos. A una prudencial distancia se notaba cómo la aldea entera estaba reconstruyéndose en medio de una gran ruina. La desolación en la tierra de su infancia provocando una impresión extraña en Obito, que siempre que podía evitaba a la capital del País del Fuego. Se miraron a los ojos, sabiendo que habían llegado tarde. La captura de las bestias se les había escapado de las manos.

No alcanzaron a intercambiar palabras, cuando la rama del árbol sobre el que pararon para que Deidara tragara su halcón se perturbó, comenzando a aparecer la figura de Zetsu. Ambos contuvieron el aire, Deidara mirando al ser bicolor con otros ojos. Así que ese raro había cumplido una función especial todo ese tiempo. Algo en su ser bullía pidiéndole que lo matara allí mismo.

–Tobi. Deidara– saludó Zetsu negro –. Les estaba buscando.

Pero en su mirada, se hizo obvio que sólo buscaba a Obito. El Uchiha no supo que hacer, y Deidara tomó la delantera.

–Zetsu. ¿Qué ha pasado con Pein? ¿Ya ha capturado al kyūbi, hm?

Zetsu blanco prosiguió la charla.

–Deidara-kun. Pein ha muerto. ¡A que no puedes creerlo!

Sus corazones saltaron con fuerza, y Obito no pudo reprimir la sonrisa culposa que se formó tras su máscara. Aquello debió agitar levemente su respiración, porque aunque el Zetsu blanco miraba a Deidara, el ojo del Zetsu negro se desvió hacia él.

–¡No puede ser cierto!– chilló con la voz de Tobi, mientras el blanco reía y el negro guardaba silencio.

–Zetsu– Deidara le llamó la atención, esperando que esa inquietante mirada se olvidara de Obito –. ¿Cómo fue posible? ¿Qué pasó con el jinchūriki del kyūbi?

–Naruto Uzumaki está vivito y coleando– se rio Zetsu blanco –. Cuando llegué, Pein estaba ejecutando una técnica que…

–Una técnica que nunca vimos. Revivió a todos los muertos en Konoha– le interrumpió el negro.

Obito controló el impulso de llevarse la mano hacia donde le faltaba el ojo. Seguramente debido a ello, hacía un tiempo dejó de sentir la singular sensación de vacío en aquel lugar.

Se dio cuenta de que Kakashi vivía, pero había muerto durante el ataque de los Seis Caminos y Nagato había utilizado la técnica del Geddo Rinne Tensei que tanto había ansiado para traer a Rin. Si aquello hubiera sucedido cuando aún tenía la firme voluntad de cumplir el plan, le habría complicado los planes sobremanera.

–Naruto Uzumaki está siendo vigilado por la Hokage ahora mismo, esperando a ver si el sello que encierra al zorro está roto. Al parecer, luego de la traición de Pein, Konan también siguió sus pasos.

Deidara frunció el ceño, fingiendo con éxito su alivio. Dos Akatsuki menos de los que preocuparse.

–¡Kisame-san va a sentirse muy mal por las noticias!– Obito interpretó a Tobi, esperando que Zetsu le indicara algo más.

La presencia de Deidara estaba incomodando las cosas. Él no había considerado tener que matar a Zetsu tan rápido, no quería hacerlo dejando al ejército de zetsu blancos vivo durante un buen tiempo. Nunca estuvo seguro de la independencia de su alcance, y no era momento para experimentar sorpresas desagradables.

–¿Y ustedes, qué no iban a por el nanabi?– interrogó el negro.

Deidara abrió la boca, pero Obito le ganó con una mentira.

–¡Eso es lo que Tobi le decía al senpai! ¡Pein-sama nos dijo "vayan por el nanabi", y Deidara-senpai insistía en que Pein-sama y Konan-san necesitarían ayuda con el kyūbi, pero Tobi le dijo que tenía miedo y no me hizo caso, tonto senpai!

–¡Oye!– se enojó de verdad, haciendo mala cara –. ¡No descalifiques a tu senpai frente a nadie, hm! Al final yo tenía razón– se cruzó de brazos, siguiéndole la corriente.

Enseguida recordó, casi con nostalgia, los días en que se trataban así. Fueron bellos días, más no volvería a ellos ahora que podían ser libres juntos.

Obito tragó saliva, recordando lo mismo. Al menos la actuación parecía haber convencido a los Zetsu.

–Ojalá hubiesen llegado a tiempo– se ilusionó el blanco. El negro seguía impasible.

Unos segundos de tensión se instalaron entre los cuatro, haciendo obvio un problema: la aparente acefalía de Akatsuki.

–Deberían seguir su camino– el negro habló –. Las órdenes de Pein-sama siguen vigentes.

–Así es, hm– acotó Deidara, mirando rápidamente a Obito. ¿Cuándo pensaba darle una señal para atacar a Zetsu? ¿Estaría maquinando otro de sus extraños planes?

–Es lo menos que podemos hacer por el líder– agregó Tobi.

Un chiste tonto murió antes de salir de la garganta de Obito. Él había desviado a Nagato del camino, y su muerte era su responsabilidad. Rápidamente se recordó que, si Nagato se había sacrificado por toda Konoha, al menos habría creído encontrar una suerte de paga por sus errores. Recordar a Kushina al preguntarse qué tendría Naruto Uzumaki de asombroso le hizo volver a decaer anímicamente.

–Entonces, nos vemos en la guarida– Zetsu miró a Obito, algo impaciente por tener que seguir fingiendo por la presencia de Deidara ante tal situación –. Espero que el cuerpo de Konan sepa a algo más que a papel.

Y comenzó a hundirse en el tronco.

El pulso de Deidara experimentó un leve subidón que pasó inadvertido para todos. En cambio, Obito sintió una inestable sensación de frío, al tiempo que su boca se secaba.

No había contemplado aquello.

¿Iba a dejar morir más gente para estar con Deidara? Lo miró desesperado tras su máscara, como pidiéndole de manera invisible que le indicara qué hacer. El leve desconcierto que le respondió en el ojo celeste visible sólo aumentó sus dudas.

–Zetsu-san, espera por favor– se precipitó, volviendo a mirar a Deidara, quien casi imperceptiblemente negó con la cabeza.

Sintió algo especial surgir en su pecho, un calor que se hizo culposo frente a la otra sensación de frío. Al fin se entendían con Deidara tal como lo hacían Kisame e Itachi. Ya no tendría nada que envidiarles.

–¿Qué pasa Tobi?– el blanco sonó despreocupado, y Obito sintió un retortijón de culpa atacarle, mientras un nudo se le hacía en la garganta.

De niño se había apegado un poco a él y a Guruguru. Nunca había pensado en tener que matarles, y la misma estupefacción le producía el constatar la súbita lástima que estaba experimentando por aquellos que, había jurado, jamás consideraría como familia. ¿Qué le estaba pasando?

–¿No dijo Pein-sama que debías buscar nuevos miembros?

Necesitaba dilatar el tiempo. Algo estaba mal con él. Y con la posibilidad de iniciar un amaterasu en las fronteras de una Konoha con sus shinobi al borde de la ruptura nerviosa.

Antes de que el Zetsu negro se negara, Deidara se sumó a la coalición.

–Las bestias se nos escapan y ya sólo quedamos cuatro, o tres descontando a Tobi, hm.

–¡Senpai!– había extrañado tanto ese trato.

–Silencio, Tobi. ¿No esperarás a que los que quedamos te ayudemos a reclutar nuevos miembros, no? Aún nos faltan el yonbi, rokubi, nanabi, y el madito kyūbi. Y suponiendo que Kisame e Itachi tengan éxito con el hachibi no podremos sellarlo a la vez que el nanabi siendo sólo cuatro Akatsuki. Esos tipos no podrían hacerlo todo solos, y mucho menos yo.

Obito tosió.

–Con Tobi– agregó, algo divertido.

–Es cierto– reconoció el Zetsu negro –. Primero haré pagar a Konan por su traición, y luego iré a reclutar nuevos miembros.

Obito comenzaba a sentirse nervioso.

–Lo que quiero decir– Deidara se impuso con voz potente –. A duras penas pude capturar al sanbi con Tobi de compañero– le hería el orgullo tener que mentir de ese modo –. Si vamos por el nanabi, necesitaré un mejor apoyo logístico. No hace falta que pelees si no quieres– miró fijamente a los ojos amarillos –, con tal de que espíes y te comas a los refuerzos me bastará para tender una emboscada decente con Tobi. Luego puedes ir a comerte a Konan.

La sola imagen le producía asco. Eso no era artístico.

Los Zetsu miraron a Obito, algo desconcertados.

–Senpai tiene siempre ideas tan brillantes– Tobi le dio la razón.

El cuerpo de Zetsu volvió a emerger de la rama.

–Espero que sea rápido, Deidara– masculló Zetsu negro, sin ocultar su indisposición con ambos.

Le irritaba especialmente que Obito siguiera manteniendo el papel de tonto en una situación tan crítica. Podía capturar al nanabi solo si quería, pero insistía en mantener a Deidara engañado. ¿Qué le estaba pasando a Obito? Era imposible que escapara a la influencia del sello de Madara, y de todos modos era el primer convencido del plan entre los humanos.

Aunque él había esperado por siglos. Podía esperar unos cuantos días más.

–Sólo tardaremos en el trecho a Tanigakure, con mi ataque y tu ayuda te desocuparás rápido, hm– Deidara lanzó una bola de arcilla de su boca, que fue aumentando de tamaño entre la floresta hasta conformar un halcón mediano que batía sus alas discretamente –. Suban o los dejo, hm.

–¡Senpai, no me dejes!– Obito le dio unos golpecitos en el hombro al Zetsu blanco, haciéndolo reír mientras el negro no le veía diversión a casi nada excepto a la perspectiva de comer grandes cantidades de carne humana fresca.

–Yo iré aparte– dijo.

–Hay muchos ANBU expertos en rastreo rodeando el área– dijo Deidara con tranquilidad –. Lo mejor después de lo de Pein es no darles más excusas contra Akatsuki. Separarnos sería peligroso, hm.

Obito lo miró con el pecho henchido, sintiendo que se enamoraba más.

Zetsu ingresó de cuerpo completo a la creación de arcilla, moviéndose con dificultad ante la cantidad de chakra potencialmente explosivo. El chakra parecía tan inestable, que tuvo que salir a la superficie por completo y se sentó al lado de Obito.

–¡Zetsu-san, al fin vuelas con nosotros! Te dije que alguna vez tenías que intentarlo.

Zetsu blanco se entusiasmó, observando el batir de las alas y cómo se alejaban poco a poco del país del Fuego.

–Te dije que Tobi tenía razón– molestó a su contraparte negra.

Deidara les miró por encima del hombro, fulminándoles con la mirada. El tonto de Obito había invitado a Zetsu a volar en sus creaciones sin decirle nada.

Obito tragó grueso tratando de disolver un leve nudo en la garganta, que luego se convirtió en una agradable explosión en su estómago. Apenas estuviera a solas con Deidara de nuevo, le iba a recordar aquello hasta el hartazgo.

–¿Cómo puedes volar sobre algo tan inestable?– le interrogó el negro.

Deidara volvió la vista al frente, cerrando los ojos mientras el viento le quitaba los cabellos del rostro y él se ajustaba la mirilla.

–Un artista como yo jamás temería de una creación así. Allí es donde reside el valor de mi arte, hm.

Zetsu negro volteó la mirada, mientras Tobi y Zetsu blanco comenzaban a cuchichear sobre el peligro inesperado de volar con Deidara. Suspiró, relajándose, mientras Deidara procuraba volar a la zona más deshabitada que encontrase entre Konohagakure y Tanigakure.

La forma en que el paisaje se hacía más húmedo y boscoso le indicaba que ya se habían alejado de toda civilización. Se permitió admirar las vistas verdes y frondosas, cuando una fuerza descomunal absorbió su cuerpo hacia un remolino oscuro que se le hizo familiar.

–¡Obito!– gritó enfurecido, pero ya se encontraba encerrado en aquel tsukuyomi.

Obito lo había apartado de la acción junto con su halcón, quedándose solo con Zetsu. Corrió para darse cuenta de que el lugar parecía un laberinto cambiante e infinito, esta vez de alterados colores rojizos, amarillos y anaranjados. Molesto, rechistó golpeando un cubo, el cual se volvió rosa chillón en un santiamén.

Prefirió no decir nada, y comenzó a llenar de arcilla ambas bocas de las manos, sólo por si acaso. A su lado, el halcón se asentó en un gran cubo, tiñendo todo lo que tocaba de rosado.


Zetsu apenas comprendió lo que sucedería cuando se vio en caída libre a varios miles de metros de altura, un calor abrasador haciéndole doler en todo el cuerpo. Quiso absorber ese chakra, pero el extraño fuego negro que le quemaba también le mordía, inmovilizándole por completo.

El Zetsu blanco chilló, colapsando primero.

Zetsu negro miraba sorprendido a Obito cayendo en el aire a metros de él, que lo observaba incesante detrás del oscuro agujero de la máscara. Intentó conectar con el sello de Madara, pero las llamas le mordían como una manada de leones sujetando a su presa antes de desgarrarla viva. Quiso entonces lograr cubrir las densas y pesadas llamas, alcanzar a su usuario, pero nada pudo hacer.

Mientras caía, maldijo a Obito. Jamás supo que había dominado el amaterasu. No podía ser posible con un solo ojo, pero allí estaba sucediendo.

Pensó en el Zetsu blanco, y en si podría usarlo para controlar de algún modo al ejército de zetsu blancos. Lo intentó infructuosamente, hasta preguntarse de nuevo en qué había fallado y en cómo tantos siglos esperando pacientemente la vuelta de Kaguya podrían acabar así.

Murió intentando endurecer el chakra del sello de Madara, mientras las llamas negras en caída lo devoraban dolorosamente, tal como a las personas de las que se había alimentado todo ese tiempo.

Mientras caía con el fuego, Obito se permitió sentir el latir de su corazón desbocarse, intentando no pensar. Se ocupó de elaborar un fuerte clon que absorbió con su kamui, y con la misma técnica fue amortiguando su caída minimizando los daños, sin quitar la mirada penetrante de aquel amaterasu, grabando todo hasta el más pequeño detalle, buscando pistas que le indicaran si había acabo del todo con Zetsu o no.


–¡¿Qué haces?!– Deidara corrió hacia el hombre que salía de la espiral; su mirilla le indicaba que se trataba del chakra de Obito –. ¡Te has cargado a Zetsu solo, figurón!

El clon de Obito le tomó de la mano inmediatamente.

–Ven conmigo, senpai. Aún tenemos un ejército que destruir– se puso algo nervioso al sentir la lengua humedeciéndole el guante, pero no hizo amagos de soltarlo. Pensó que como clon, era la primera vez que tocaba a Deidara, y no quería que la oportunidad se le desvaneciera.

–Me tiras aquí y no me explicas nada. Ni creas que un simple ejército va a ser suficiente para mí, hm– profirió con energía, mientras el halcón caminaba hacia él y se volvía un hilo flexible que su mano libre comenzó a engullir monstruosamente. Ya hacía tiempo que no conmovía al mundo con unas buenas explosiones. Esta vez, le iba a ganar de mano a Obito.

El clon enrojeció, se quitó la máscara y tomó a su senpai por la cintura, doblándolo para plantarle un intenso beso mientras veía como las largas hebras rozaban el suelo de su tsukuyomi. Dentro de su mente algo le espoleaba a que se apurara, pero el sentimiento se debilitaba a la velocidad del rayo.

Ni lento ni perezoso, Deidara se había sujetado para profundizar el beso con pasión; la adrenalina le excitaba. Se fueron irguiendo de nuevo, mientras Obito se volvía a poner la máscara con torpeza, repasando la sensación de la lengua de su senpai dentro de su boca. Su pulso se aceleró al ver a Deidara enfrente suyo limpiándose saliva con el pulgar, lamiendo lentamente lo que quedaba en sus labios.

–Eres un clon, hm– no le quitaba la mirada de encima.

–L-lo siento senpai– enseguida creyó que había obrado erradamente –. ¿L-lo supiste al besarme?

La gracia hizo que Deidara soltara aire por sus orificios nasales.

–Porque soy un nukenin ex discípulo del Tsuchikage, tonto. Ya vámonos. ¿Dónde queda ese ejército?– lo tomó de la mano y se le arrimó rompiendo con su espacio personal tal como le había hecho a él, disfrutando de ponerlo nervioso como si fuera la primera vez que Obito lo tenía tan cerca. En cierta manera, lo era.

El clon creyó que sus pies se separarían del suelo. ¿En serio su original había estado tanto tiempo pasando de tal belleza? Era un estúpido sin remedio.

–En la Montaña Cementerio, senpai. Cerca de una península entre Otogakure y Tanigakure.

–Muy bien, clon de Tobi– Deidara subió una mano como araña por sus abdominales, disfrutando el torturarlo un poco –. Llévame ahí, hm.

El clon se olvidó de los propósitos con que lo había imbuido su original y se atrevió a rodear la mano de Deidara, emocionado. Su original lo había tenido para sí demasiado tiempo.

–Sujétate, senpai– lo apretó un poco contra su cuerpo. De seguro su original se lo agradecería.

–Pareces un poco más atento que tu original– bromeó Deidara. Quería ver la expresión del Obito original cuando deshiciera el clon y escuchase aquello. Ya podía partirse esperando su reacción.

Escuchó al clon tragar saliva mientras un agujero negro les chupaba desde el centro de sus cuerpos.


Fueron expulsados en un frondoso y húmedo lugar de extraña apariencia. Deidara avanzó unos pasos, estudiando los alrededores. Un bosque algo sofocante, muy distinto a los de Konoha, le rodeaba en todas direcciones. Miró con interés las formaciones mate de las más diversas formas, algunas gastadas, otras como afilados cuchillos que encaprichan su cuerpo sinuosas. Aquellos huesos de megafauna databan de distintas épocas, y los musgos y hongos componían en ellos las más impensables combinaciones y dibujos. Decidió que el paisaje le gustaba, era ideal para volarlo.

–¿Ves allí, senpai?– el clon levantó la mano, señalando al frente –. Donde el bosque se hace más profundo.

Deidara afinó la vista, corriendo el fleco de su mirilla.

–Hay una montaña alejada, hm.

El clon lo miró, tragando seco. Sabía que su ser original no le había dicho nada.

–Se llama la Montaña Cementerio. Tiene un Árbol legendario, donde fui guardando un ejército de Zetsu blancos por si acaso.

Deidara lo miró y el bosque pareció callarse en ese instante.

–Digo, fue mi original, yo sólo soy un clon– levantó sus manos protegiendo su pecho y encogiéndose un poco. Su senpai pasó enseguida de él.

–¿Cuántos son?– sonó diligente como de costumbre, abriendo la parte baja de su túnica para buscar sus mochilas cargadas de arcilla.

–Unos tres mil– esperó que Deidara le maldijera.

Pero en vez de ello, la mirada se tornó acerada, empezando a expulsar una fogosidad que despertó su curiosidad.

–Vamos allá.

Escupió una robusta lechuza mitad gallina y saltó a su cuello. El clon se apuró a imitarlo.

En segundos, ya estaban acercándose al gran árbol. Deidara lo contempló pensativo unos instantes.

–Ponme al corriente, hm.

–Este es el Árbol de Hashirama, el primer Hokage. Fue creado con sus células, que Madara Uchiha obtuvo. Allí dentro fue donde me cuidó y me entrenó junto a varios zetsu para convertirme en su… herramienta para el Plan Ojo de Luna– tragó, le había costado reconocerse como el títere de alguien más en voz alta. Siempre había buscado hacer su propio camino con las herramientas ajenas que recibió, pero, aunque quiso ser original, ahora la cruda verdad le exigía aceptarla sin más dilación.

No pudo evitar sentir una oleada de culpabilidad, vergüenza y humillación, además de llamarse a sí mismo estúpido. Lo único con lo que podría atravesar la actual situación era con la convicción de que al fin estaba eligiendo libremente su vida, aunque implicara desandar todo el desastre que hizo y probablemente regar otro poco más de caos.

Iba a hacer lo necesario para eliminar ese problema, y luego se ocuparía de su culpa y su pescuezo. El tener a Deidara a su lado le daba todavía mayor inspiración a hacerlo bien, bien esta vez.

–Lo haré volar de inmediato, hm– Deidara ya estaba pensando en qué esculpir, quizás su Garuda C-4.

–Espera, senpai– el clon lo tomó por el hombro –. Sería mejor que dejes tus técnicas más poderosas para más adelante. Podemos volar el Árbol y la Montaña con nuestro ataque conjunto– esa era la intención que le había transmitido el Obito original. Debían hacerlo bien, pero por nada del mundo Deidara debía agotar tan pronto sus reservas de chakra en una explosión megalómana.

–¿Tienes chakra para eso? Creí que te habrías gastado bastante en lucirte solo contra Zetsu, hm.

–Senpai, no estés enojado conmigo– lloriqueó, esta vez, la auténtica personalidad de Obito –. Ya te dije que son cosas de mi original.

–¡El original no se diferencia de ti, hm!

–¡Yo sólo sigo órdenes, senpai!

–¡Sólo debes seguir las órdenes de tu senpai, hm!

–Pero…

–Está bien, haremos el Kibaku Jirai. Sólo porque será más artístico volarlo desde todas partes, hm.

El clon de Obito tembló bajo el efecto de mariposas en su estómago.

–Mueve el culo, porque iré con todo– declaró, poniéndose serio.

Deidara engulló a la lechuza para comenzar a esculpir a un dragón C-2, o dragona como le gustaba decir a Tobi. Saltó a su cabeza mientras ella escupía dos grandes tandas de explosivos que el clon comenzó a ubicar bajo las raíces del árbol lo más rápido posible. La dragona se elevó en círculos alrededor de la imponente planta, mientras Deidara contaba con precisión los segundos desde que Obito comenzó a colocar las minas. No estaba seguro de si aquel ejército despertaría de un momento a otro, por lo que hizo que ella escupiera dos dragones teledirigidos que se apostaron alrededor de la copa. Aunque su límite la última vez que entrenaron el ataque conjunto eran dos dragones medianos, esta vez decidió hacerlos un poco más grandes.

Esperó impaciente por ver a Obito terminar, pero al parecer tardaba mucho hundiéndose en la tierra. Las raíces del árbol debían ser realmente profundas, y se molestó por no haber utilizado el C-4 desde el primer momento. Pero confió en Obito, quien iba cubriendo un área ligeramente parecida a su récord conjunto. Decidió que la dragona expulsara un tercer dragón, algo más pequeño, al que mantuvo volando relativamente cerca suyo. Entonces se acomodó mejor en la nuca de la dragona, inspirando con suavidad dispuesto a sentir la bajada de chakra que llegaría inevitablemente cuando mandara todo el árbol a detonar.

El clon incrementaba cada vez más su velocidad de colocación de las bombas, bajo la mirada aprensiva de Deidara. De algún modo, acabó en unos treinta segundos, para levantar el pulgar y deshacerse en su kamui no sin antes avisarle.

–¡Hazlo y mantente a salvo!

La dragona se alejó más aún.

–Katsu.

La belleza del árbol comenzó a colapsar por la virulencia de la explosión del subsuelo, que enviaba destrucción como un volcán a la atmósfera, al tiempo que la copa crujía como lamentándose adolorida al ser impactada por los dos grandes dragones. Mientras el infierno rojo y amarillo se expandía como la llama corre por un paño lleno de alcohol, la onda expansiva golpeó a Deidara, quien apenas se alcanzó a abrazar a la nuca de la dragona, mientras observaba absorto con los ojos enormes el caos que había desatado.

El daño parecía certero e incluso se extendió un poco hacia los restos de megafauna de los alrededores. Ajustando su mirilla, pudo divisar el cráter más profundo que había causado jamás en la tierra, de al menos un centenar de metros de profundidad. No conocería ni rastro de aquel ejército en medio de tanta destrucción, pero mientras no quedaba absolutamente nada del tronco, copa y raíces, envió de todos modos el último dragón a estrellarse en el fondo del cráter.

La conmoción fue enorme, aunque pequeña al lado de la anterior, pero le permitió saborear un poco más ese sentimiento indescriptible que le embargaba cuando hacía volar cosas bellas, acabando con ellas para siempre.

Se reía con fuerza, haciendo sus dientes castañear, mientras algo de saliva se le escapaba de las comisuras y sus ojos se congelaban observando el éxito de su devastación total, ajeno a la poca energía que la súbita pérdida de tanto chakra le había causado.

Mientras la dragona sobrevolaba el enorme cráter que descalabraba ahora al bosque, Deidara acariciaba distraído su nuca de arcilla, sin poder dejar de mirar el resultado de lo efímero, los oídos zumbando en un pobre intento de recordarle la sublimación de su arte recién lograda. El clon de Obito se corporizó detrás suyo, cansado.

–Parece que no ha quedado nada. ¿Qué opinas, senpai?

Deidara volvió aletargado a su deber, aumentando el zoom de su mirilla. Definitivamente, no había quedado nada allí ni en los alrededores. El sharingan de Obito tampoco leía chakra, por lo que la dragona comenzó a descender sobre el claro, reconociendo Deidara que debía descansar.

–Senpai, tenemos que volver adonde está mi original– informó el clon.

Deidara miró a la inmensa dragona. No era lo mismo volver a engullir a cualquiera de sus esculturas antes que al C-2.

–Tendrás que llevarme con ella, hm. ¿Crees que puedas?

El clon se llevó las manos a la máscara, impresionado.

–¿Qué te pasa?

El clon chilló con la voz de Obito.

–¡Aceptaste a Ryu-chan como chica!

–¿Qué? ¡No!

Entre exabruptos, el clon logró transportarlos con la enorme escultura viviente al bosque en llamas ubicado en algún incierto lugar del camino entre Konohagakure y Tanigakure. Deidara miró asombrado al humo negro, y vigilante enfrente del mismo, al Obito original, resoplando atento. Ryu-chan voló hacia las ramas de una gigantesca sequoia y el clon desapareció.

El sentir todo el gasto del chakra de su clon fue lo último que Obito pudo soportar, cayendo de rodillas al suelo. Escuchó unos pasos apresurados que se sumaban al crepitar de las llamas negras.

–Obito– Deidara lo tomó de los hombros, permitiéndole recostarse contra su regazo.

El hombre estaba tan cansado, que tuvo que rebuscar en sus bolsillos algún papel de pergamino, con el que invocó una cantimplora. Se la hizo beber toda, pese a la torpeza de los labios de Obito, jadeante y sediento.

Deidara observó con una mezcla de curiosidad y preocupación la abundante sangre que partía del ojo rojo. Dejando la cantimplora en el suelo, le acarició la mejilla con la mano, manchándose un poco mientras recorría sus cicatrices sucias con cariño.

–Otra cosa de Uchiha, ¿verdad?

Obito sonrió como pudo, cerrando su ojo.

–Otra cosa de Uchiha, senpai.

–Ya deja de vigilar eso. Es imposible que quede nada, hm– declaró, viendo el extraño fuego negro que se ensañaba en una destrucción que ni él habría llegado a imaginar, como si un monstruo insistiera en comerse las entrañas de una víctima que ya no existía.

No había manera de que Zetsu hubiese sobrevivido a eso.

Se preguntó por qué Obito se aplicó tanto a matarlo de esa manera.

–Tengo que vigilar– Obito inclinó la cabeza, entrecerrando su ojo.

Deidara negó suavemente, y trató de observar con su mirilla. Aquel fuego extraño no le dejaba ver prácticamente nada. No había manera de que una planta como Zetsu hubiera sobrevivido a eso.

–No hay nada. Ya no hay nada– decretó, presionando el pecho de Obito para que volviera a recostarse contra él.

Obito se dejó, cerrando el ojo mientras resoplaba con cansancio, abrazándose con debilidad al cuerpo cálido de Deidara mientras sentía su chakra al mínimo. Captó su olor a arcilla y a tierra quemada, antes de considerar que se había pasado con el amaterasu. Pero si a cambio de quedar tan cansado acababa en los brazos de un Deidara atento, volvería a quedarse sin chakra sin pensarlo.

Una lástima que esa sensación extraña volviera a aparecer.

Había matado a Zetsu, y algo parecido al yugo de la culpa volvía a cernirse en su pecho al preguntarse cuántas muertes más causaría. El sentimiento no dejaba de ser extraño, porque Zetsu no le era querido, y ni siquiera era un ser humano. Quizás era solo la cantidad de años compartidos. De lo único que tenía certeza en esos instantes, era de estar haciendo las cosas bien, lo que hizo que el típico dolor de su cabeza fuera menguando poco a poco, mientras se dejaba arrullar por los brazos de Deidara. Allí sí, allí estaría seguro.

No importaba ya lo que hubiera hecho en su vida. Dormirse en esos brazos, su ser totalmente vulnerable ante Deidara, era todo lo que necesitaba ahora.


Año nuevo, actualización nueva. Hola del otro lado de la pantalla, lamento mucho la tardanza de este fic. 2019 fue duro y ni siquiera pude publicarlo ese año, pero Consecuencias ya está de vuelta. Bastante más corto que los últimos capítulos, pero debía encargarme de la cuestión Zetsu(s). Así como planeó no resucitar a Madara, Obito era rebelde, o digamos un acuariano que quería hacer las cosas a su modo, y le ocultó el amaterasu a Zetsu. Pero tiene un solo ojo y no lo imaginé con el entrenamiento adecuando, Dei por favor cuídalo. Decidí que Tsunade siga siendo Hokage, porque nunca me gustó que la dejaran de lado en su cargo luego de la invasión de Pain, Kishimoto la vendió como tan poderosa que no creí que quedaría en coma tanto tiempo como para que Danzo ascendiera al poder. Y como detesto a Danzo, pues le he quitado su oportunidad. Quiero que Konoha tenga un futuro distinto, además de que Itachi y Sasuke ya han de encontrarse pero las cosas las puedo cambiar un poco para evitar la locura emosa vengativa de Sasuke. Quedan pendientes las cuestiones de los bijuu que han secuestrado y Kisame, además que alguna que otra cosilla, antes de que puedan dar por relativamente cerrada la cuestión con Akatsuki. Siempre que muere Nagato me da pena, y más aún porque siguen estando los manejos de Obito por detrás, incluso si quiere hacer las cosas bien como en este fic, se llama consecuencias porque no siempre recogerá flores luego de todo lo que ha hecho. Ni siquiera con el pestañeo del senpai podría lograrlo, pero me conforma ver que van avanzando. Y por supuesto, siempre querré lo mejor para Konan, vete Zetsu feo.

Akira, gracias por tu apoyo de siempre. Me da dicha saber que la declaración te gustó tanto que está en tu top de las ObiDei, es muy importante para mí, lo que esperé por ese momento en este fic eterno. Soy una humilde servidora del ship, y me alegro de haber ayudado un poco a que ocupen ese lugar entre tus favoritas. Cuídate mucho!

Alphabetta, gracias por la doble review y la eterna paciencia. Yo también tenía llanto marica por el capítulo anterior, y me alegra que el beso en el mundo rosita te provoque eso porque es lo que buscaba con ellos, asdshkjdsfkjf. Sé que Obito cansó, y ahora va a tener que tomar muchas decisiones en poco tiempo que no le dejarán incólume. La sensación de ser absorbido por el kamui me la imagino como el viajar de los polvos flu de Harry Potter, y me pregunté cómo sería si te tragara y escupiera un mini agujero negro. Colegiala y monito son OTP. La actualización tardó porque Obito decidió quedarse un año y medio en su tsukuyomi rosa besando al senpai más bonito de todos, aw.

Creepend, creo que no te respondí la vez pasada. Pobre Dei, sufrió tanto y cuando recuerdo que partió de mi mano, simplemente no tengo perdón (?). Al menos te lo tomaste con humor jaja, saludos!

Creo que eso es todo por ahora. Espero seguir actualizando historias a la brevedad. ¡Larga vida al ObiDei!