Mientras peinas tu cabello, castaño claro, dorado y ondulado, yo te miro; has crecido como la hierba joven entorno a los empedrados de los caminos por los que la gente pasea, así, impetuosa y sin control. Te miro correr por los pasillos de colegio, llevando aquellos uniformes negro y amarillo, con tus piernas largas y la risa estridente que hace que las orejas se te alarguen como las de un duendecillo, a veces tan largas que aletean entorno a tu rostro como las de un risueño elfo; me gustaría decirte que ates tus agujetas, me gustaría recomendarte que enredes bien tu bufanda, abotones tu chaleco, acomodes tu camisa. Luego recuerdo que yo corría igual, que nada me detenía y reía idéntico a ti, y me siento tonta y avergonzada, de querer ser madre cuando por esos pasillos yo siempre fui más bien niña.
Tu padre viene a veces conmigo y te miramos en clases, la forma como muerdes tu pluma antes de escribir, la inclinación de tu rostro para poder poner atención, gestos todos de él que se inflama lleno de orgullo, que se pone nostálgico y triste y acaba mejor por salir, mientras me quedo para suplirlo, para contemplarte más rato; en el fondo, tiene sus ventajas el habernos ido justo de este sitio, podemos darnos cuenta de tus correrías, tus travesuras… y nos sentimos levemente más parte de tu vida.
Pero ahora viene Navidad y te retiras, vemos cómo armas la maleta torpemente e imagino a mi madre sacando toda esa ropa arrugada y sucia, los zapatos envueltos en camisas, las túnicas desgarradas por una hebilla mal acomodada; pobre madre, mientras lucha por peinarte el revuelto cabello castaño y dorado. Espero que pases una buena Navidad en casa, que disfrutes de la abuela… espero que vuelvas pronto a la escuela…
Porque papá y yo te echamos mucho de menos, Teddy.
