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Capítulo 16

Candy escuchaba con profundo horror las explicaciones que le estaba dando Paulina. Sentía en el pecho una opresión dolorosa. No podía creer tal sarta de mentiras; su padre no la habría engañado, no así. Se sentó en la dura piedra del camino al río. Los hombres seguían en el salón haciendo planes y ambas habían salido a dar un paseo silencioso, sin que ninguno se percatase.

Su corazón se había paralizado de desconcierto al escuchar por boca de Paulina las intenciones que tenía Guillermo para ella.

Albert no podía haberla engañado tan impunemente. La había sacado de Verdial con ardides, su abuelo creía que era la ayuda que le mandaba Robert. Tragó la bilis que le había subido a la garganta ante la magnitud de todo. Y ella que había pensado en él como futuro señor de Verdial. Había razonado infructuosamente que, al no tener título ni tierras a las que aferrarse, habría aceptado gustoso acompañarla a ella a su hogar. El clan tenía heredero, ella tendría a su conde, y la traición de la que había sido objeto le arañaba el corazón con afiladas uñas.

—Mi abuelo sabe que estoy en Escocia y mi padre sigue en Inglaterra, solo tengo que buscarlo.

—¡Vuestro padre es Guillermo!

Candy manoteó la mano de Paulina que le había colocado un rizo pero ésta no se ofendió. La había visto siendo un bebé y la quería desde entonces, aunque no le permitiese demostrárselo.

—Engendrar no es ser padre. Mi madre hizo algo censurable y que no tiene disculpa —tomó resuello—. Jamás podré ver a ese hombre como pretende, y solo le debo obediencia a mi rey Alfonso —Candy alzó los ojos, que se le habían anegado en lágrimas.

—Robert siempre estuvo enamorado de Blanca, la amaba profundamente. Cuando vuestra madre supo que estaba embarazada, acudió a Robert para que convenciera a su padre de que era imposible unos esponsales con él. Blanca pretendía entrar en un convento, Robert le ofreció una salida más fácil a su situación. Ambos se casaron aprovechando que vuestro abuelo se encontraba visitando al emir de Sevilla Abdullah, con quien le unía una gran amistad a pesar de los conflictos políticos. Es increíble lo que hace una guerra a los hombres, a las familias, a los amigos.

»Don Louis Martel aceptó la boda entre su primogénito y su prometida porque contempló con sus ojos el gran afecto que Robert profesaba a Blanca. Le había hecho una promesa a vuestro abuelo, con los esponsales de su primogénito con la heredera de Verdial quedaba cumplida.

—¿Por qué mi padre no me dijo nada? —inquirió demasiado dolida.

—Blanca le hizo prometer que jamás os revelaría vuestro verdadero origen.

Candy sintió una punzada de rencor.

—Pero como veis, las mentiras terminan por cogernos de los pelos tarde o temprano —Candy la miró duramente.

—Blanca, antes de casarse con Robert, escribió una carta que revelaba quién era vuestro padre. Pensó que sería una forma de proteger a vuestro abuelo.

—¿Por qué quería proteger a mi abuelo?

—Don Raymond de Leagan quería invalidar el matrimonio, alegando que la hija de Blanca era suya. De conseguirlo tendría al fin Verdial en sus manos.

Candy se perdía entre tanta intriga.

—Blanca escribió una carta enumerando todos los detalles y se la mandó a Raymont. Jamás podía haberse imaginado que su primo se pondría en contacto con Guillermo para hacerle saber que tenía una hija castellana, y heredera de un condado. Guillermo le pagó muy bien por la información. Blanca iba de visita a Verdial para explicarle todo a vuestro abuelo cuando en el camino la asesinaron. Vos os habíais quedado en Luna con Robert.

Candy quería gritar de impotencia. ¡Cuántos errores por una mala decisión! Ella iba a tener un gran problema si no se marchaba de inmediato.

—¿Por qué estáis en Escocia?

Paulina sintió una punzada de remordimiento ante la pregunta.

—Conocía el secreto de Blanca, tenía que huir de Raymont y creí que, escondida en este rincón del mundo, no podría encontrarme.

Candy sintió un poco de decepción al oírla.

—Podíais haber vuelto a Verdial o a Luna.

Pajlina negó con la cabeza.

—Estoy desposada con un inglés, ahora mi lugar está aquí.

Candy se sorprendió.

—Vuestro esposo, ¿nos ayudará a regresar?

—Tenemos nuestra casa muy cerca de la frontera con Escocia. Será fácil llegar hasta ella.

—¿No ha venido vuestro esposo?

Paulina negó con la cabeza.

—Guillermo no lo permitió.

—¡Sabrán dónde encontrarme! —se lamentó.

—Robert está de camino, es posible que llegue antes a nosotras.

—¿Por qué me ayudáis?

Paulina la miró con ternura.

—Quería muchísimo a vuestra madre. Aunque desaprobaba la mayoría de sus decisiones, era la niña de mi corazón. Le prometí que os cuidaría y protegería hasta mi último aliento.

—¿Por qué ayudáis a Guillermo?

Paulina movió la cabeza con pesar.

—Es vuestro padre, paloma mía... tiene buenas intenciones.

—¡Sabéis que pretende casarme contra mi voluntad!

El brillo en los ojos de Paulina la alertó.

—Seríais reina de Francia.

Candy contuvo una maldición.

—¡Todo se reduce a la codicia! —inspiró para calmarse, aunque no lo conseguía—. Si hubiese querido ser reina, habría aceptado a Antonio García hace mucho tiempo.

—¿El rey de Navarra?

La incredulidad en la voz de Paulina la llenó de acritud.

—Lo conocí durante unos torneos en Burgos, el afecto que llegué a profesarle era profundo y sincero.

— ¿Y entonces?

Candy miró a la aya de su madre perpleja.

—Verdial necesita un hombre sin responsabilidades de sangre y sin lazos de tierras —Paulina gimió, comprendiendo—. Puse mis expectativas en el laird Ardley —la decepción en la voz era innegable—. Tiene dos hermanos más y un sobrino que será el próximo laird... parecía tan fácil —susurró de forma entrecortada.

—Aún no está todo decidido.

Candy la miró con sobresalto.

—¡Me engañó, Paulina! Mintió de forma descarada para que mi abuelo consintiera en mi marcha. Me hizo creer que mi padre Robert lo había enviado para protegerme. En ningún momento me sacó de mi error, alimentó mis esperanzas con engaños.

—Su falta no es tan grave si lo meditáis.

—¿Grave? Me siento traicionada en mis principios, herida en mis sentimientos de mujer, ¿cómo osáis decir que su falta no es grave?

—Aún puede arreglarse este desaguisado.

—Es demasiado tarde —Paulina iba a interrumpirla pero Candy no se lo permitió—. No deseo hablar más sobre el tema. Volvamos, se estarán preguntando dónde estamos.

Ninguna de las dos mencionó una palabra más.

La cena en Waterfallcastle había resultado interminable y tensa. La mente de Candy hervía de especulaciones dolorosas. Se había mantenido durante todo el tiempo que había durado la cena en el más absoluto silencio. Albert la estuvo observando durante las dos horas que duró el ágape pero ella no le dirigió ni una mirada. Albert intuía que algo había cambiado pero ignoraba el qué, el desconocimiento le produjo una congoja inexplicable.

Guillermo había observado las emociones que cruzaban el rostro de ella, y aunque no albergaba ningún sentimiento por su recién descubierta paternidad, sabía que su existencia le podría reportar mucha riqueza y prestigio.

La heredera había resultado un regalo inesperado y satisfactorio.

Esperó a que los sirvientes recogieran las sobras y quitasen los tablones de madera que habían servido como mesas ante el inesperado banquete. Tenía que reconocer que a pesar de lo pobre que era Albert, su cocina estaba bien abastecida y que los alimentos que le habían servido no desmerecían otros preparados en su castillo de Edimburgo.

Candy hizo amago de levantarse y marcharse a sus aposentos pero Guillermo la detuvo con un ademán de la mano que ella trató de ignorar, aunque los años de obligada obediencia a su abuelo detuvieron sus pasos. Resultaba muy difícil obviar las reglas de protocolo cuando se llevaban grabadas en la piel a base de recordatorio.

—Hija mía, aún debemos resolver una cuestión.

La mirada fiera de ella le indicó que no le agradecía que la obsequiase con semejante adjetivo.

—Cualquier cuestión deberá resolverse en mi lengua.

A Guillermo esta petición le pareció absurda.

—Conoces el gaélico —fue su seca respuesta.

—No deseo entretener a los sirvientes con una humillación a mi persona.

Guillermo se sorprendió por la perspicacia de ella.

—Yo no hablo la lengua de tu pueblo.

Ella sonrió sin ganas.

—En mi pueblo se puede dialogar en latín, árabe, hebreo, francés y alemán —Guillermo alzó las cejas con sorpresa—. Una buena hija de Castilla ha de conocer a sus vecinos.

Guillermo supo en ese mismo instante que estaba tratando de molestarlo.

—Hablaremos en gaélico o inglés, tú eliges.

Candy obvió la respuesta y se sentó cerca del hogar encendido. Observó que se iba vaciando la enorme sala, salvo Paulina, Garlan, Guillermo y Albert, además de los hombres del consejo.

Se descorchó una botella que olía como el azufre, le llegó el olor hasta ella y le causó un estremecimiento de repulsa.

—¿Deseáis probar?

Candy negó enérgicamente.

—Albert ha confesado que ha comprometido tu reputación.

Candy se atragantó violentamente. Ante la afirmación descarada e imprevista, le bajó el estómago a los tobillos. Creía a Albert incapaz de revelar la intimidad que habían compartido.

Guillermo, por la expresión de azoramiento de ella, supo que entre el laird y su hija había algo más de lo que saltaba a la vista y se sintió secretamente complacido.

Sus planes comenzaban a cumplirse.

—¡Mi honor sigue intacto!

Albert carraspeó y ella le dedicó una mirada de auténtico desaire.

—Hija...

Candy le replicó agriamente.

—¡Suspenda el calificativo! En modo alguno os agradeceré que sigáis utilizándolo.

Guillermo hizo una inclinación de cabeza asintiendo.

—En Escocia, cuando un hombre compromete a una mujer, debe ofrecerle una reparación.

—No hay reparación que ofrecer —siguió terca y decidida.

—Has dormido en su alcoba, hay muchas personas que lo atestiguarán.

Candy se levantó demasiado ofendida.

—¡Basta! No tengo por qué escuchar semejantes insultos—Guillermo no le permitió una escapada digna y Candy sentía la necesidad de desquitarse—. Mi honor sigue intacto pues para todos los aquí presentes el laird Ardley es... es... —no encontraba la palabra adecuada para no ofenderlo en demasía.

—¿Incompleto? —terminó Garlan por ella.

La exclamación de Albert le hizo sentir un ramalazo de remordimientos, pero no los suficientes como para rectificar.

—¡Deberás casarte con él!

Candy creía que deliraba.

—¿Por mandato de quién?

Guillermo admiró su insolencia.

—Por mandato de tu padre.

Candy sentía que se ahogaba. Sabía que una mujer podía ser obligada a casarse contra su voluntad, y deseó con todo su corazón hacerle tragar sus palabras.

—Soy una hija de Castilla, le debo obediencia a mi rey Alfonso y no puedo, como heredera, casarme sin su consentimiento —la mirada que le dirigió a Albert habría congelado el infierno.

—Como obediente hija que eres te casarás con el laird Ardley con mi asentimiento.

Candy le suplicó a Albert con los ojos que la ayudase. Ver la parcialidad en ellos la rebeló a manos llenas. ¡No pensaba ayudarla!

—No posee la suficiente alcurnia para que me rebaje a unos esponsales con su persona.

La exclamación de horror de Guillermo le indicó que se había excedido en su comentario. El corpulento hombre avanzó hacia ella un paso de forma amenazadora.

—Cualquier escocés está muy por encima de una bastarda.

Candy se tragó el insulto sin un parpadeo.

—Las posiciones han quedado claramente establecidas. Si no deseáis nada más, os ruego me disculpéis; siento un terrible dolor de cabeza —no esperó la contestación, se disponía a salir llena de rabia.

—Podríais estar encinta.

Candy se volvió tan rápido como un rayo, y la expresión de desolación en su rostro mostró a las claras que la había desarmado con ese cáustico comentario.

¿Cómo podía traicionar lo que habían compartido? ¿Qué pretendía al comprometerla con su admisión?

La vendía a un hombre codicioso.

Paulina dio un salto consternada. La tragedia podía repetirse de nuevo. Albrrt se levantó y la miró con superioridad mal escondida. Garlan había abierto la boca de asombro pues no tenía forma de saber que Albert ya no estaba impedido ni desde cuándo.

—¿Otra vez estamos presumiendo de fertilidad? —le escupió las palabras con aspereza.

Guillermo quiso ponerla en su sitio, lo había ofendido al dudar de su hombría unos momentos antes. Debía doblegar a esa chiquilla belicosa.

—Con una sola vez sería suficiente, señora. Sois la viva muestra de lo que digo.

Candy volvió sus ojos desabridos hacia Guillermo. Miró al corpulento hombre de pelo canoso y ojos grises, lo analizó para comprobar si compartían algún parecido, nuevamente él le leyó el pensamiento.

—Tengo varios parientes con el mismo color de ojos con los cuales te gustaría destriparme, y no me cabe la menor duda de que lo harías sin sufrir el más mínimo remordimiento.

Candy no podía tragar tanta rabia. Miró uno a uno a los presentes y por su actitud sumisa comprendió que no obtendría ninguna ayuda.

Se sintió enferma de ira y desilusión.

—Solo hay un hombre en estas tierras que me inspire el suficiente respeto como para presentarlo a mi abuelo como el candidato elegido por mí —todos contuvieron el aliento esperando—. ¡Haced regresar a Archie! —el jadeo de Albert la hizo posicionarse más en su decisión—. Si he de casarme con un escocés... —dejó las palabras en el aire.

—Archie es un soldado del laird Ardley, no está a la altura de tu alcurnia —Guillermo se sentía perplejo.

Candy lo golpeó vengativa.

—Cualquier escocés está muy por encima de una bastarda, ¿no fueron esas vuestras palabras?

Guillermo la miró con un brillo en sus ojos que ella no supo interpretar. Candy le sostuvo la mirada con cólera desmedida.

—Eres princesa de Escocia. Bastarda, cierto, pero al fin y al cabo princesa. No te está permitido elegir.

Candy sentía la urgente necesidad de huir de esa situación espinosa.

—Si han terminado con sus intrigas de poder, me retiraré a mis aposentos —no esperó confirmación, se dio media vuelta erguida y altanera.

Cuando la sala se quedó vacía de su presencia, Albert hizo amago de seguirla pero Guillermo le sujetó el brazo con demasiada brusquedad. Miró al resto de los hombres que estaban en la sala y les hizo un gesto para que se marchasen.

Se habían quedado solos. Guillermo entrecerró sus ojos grises de tal forma que parecían dos rendijas negras. Albert supo que su vida pendía de un hilo.

—Me juraste lealtad incondicional.

—Sigo fiel a mi rey —la voz de Albert se tornó demasiado fría.

—Rompiste tu promesa de mantenerla intacta.

—Mis sentimientos se encuentran divididos.

Hizo una pausa que Guillermo aprovechó.

—Estás en inferioridad de condiciones. Has puesto tus ojos en una mujer inalcanzable para ti.

—Aunque no fuese hija vuestra, sería inalcanzable para mí.

Guillermo soltó su brazo.

—¿Y entonces? —la pregunta sonó demasiado gélida.

—No puedo sacármela del corazón. Juré a su abuelo que la protegería con mi vida si peligraba la de ella, y esa promesa os incluye a vos —la fiereza en la mirada de Guillermo le hizo posicionarse más en su sitio.

—¿Puede estar encinta? —Albert asintió con la cabeza sin perder la seriedad de su postura—. Has sido muy astuto en tus pretensiones o muy estúpido al pretenderlas.

Albert no se resintió por el insulto.

—La dama me ha hecho merecedor de su afecto. Que la hiciese mía nada tiene que ver con el poder o la avaricia, simplemente soy un hombre correspondido en sentimientos. La cercanía de ella y su aceptación hizo el resto.

Guillermo lo taladró fieramente.

—¡Eres igual que tu padre!

Albert avanzó un paso, molesto.

—Yo no huyo de mi responsabilidad.

—¡Sabías que era hija mía! ¡Debería matarte por tu traición!

Albert bajó la guardia.

—Aceptaré el castigo que merezco, pero no me llaméis traidor, pues no lo soy.

Guillermo sopesó las opciones que tenía en la mano.

—¿Ella te aceptará?

Albert hizo un encogimiento de hombros.

—Ya me ha aceptado, salvo que aún no ha comprendido del todo lo que implica esa aceptación.

Guillermo abrió los ojos con sorpresa. Se mesó la barba pensativo.

—Candy no será heredera de Escocia —Albert asintió comprendiendo—. Solo la reclamaré como heredera en el caso de que no consiga el legítimo.

Albert soltó el suspiro que había estado conteniendo.

—Siempre he sabido cuál es mi posición y me atengo a ella.

Guillermo alzó la cabeza para decir algo más, salvo que lo pensó mejor y calló. Tras unos instantes que a Albert le parecieron eternos, habló por fin:

—¿Estás curado?

Albert no se atrevía a sonreír.

—Solo me sucede con Candy. Presumo que si no me acepta estaré condenado eternamente.

Algo brilló en los ojos de Guillermo.

—Vete pues e intenta convencerla; aún tengo planes que llevar a cabo.

CONTINUARA