CAPÍTULO XV
TIE YOUR MOTHER DOWN
«Family ties, in fact I don't think I ever heard
A single little civil word from those guys
But you know I don't give a light
I'm gonna make out all right»
Las cosas iban a explotar; lo sabíamos todos desde hacía muchos años. Y, sin embargo, seguíamos luchando para que no fuera así.
Recuerdo esa tarde porque se me quedó grabada a fuego.
Conozco lo que se dice de los sangre pura. Sé que muchos piensan que cuando somos pequeños se nos educa a golpe de varita. Que nos encierran en cuartos oscuros cuando nos portamos mal y que nos obligan a matar cabras en rituales. No son más que gilipolleces. Jamás, ni mi padre, ni mi madre, ni ninguna otra persona me levantó la mano. Nos castigaban, sí, pero no de diferente forma que a cualquier otro niño. Nos mimaban, sí, mucho más que a cualquier otro niño.
Quizás era porque mis trastadas no eran más que un juego. Quizás porque siempre fui lo que se podría denominar un hijo modelo, pero un día descubrí que el pensamiento general no estaba demasiado desencaminado.
Aquel día.
Aquel día que me sigue persiguiendo.
Si soy completamente sincero, no sé si volvería a irme de casa de los Black. Y que me tachen de monstruo como lo hacen con ellos. No me importa, puede que hasta me lo merezca. Se retractarían si conocieran qué es vivir con el desprecio de las personas que alguna vez quisieron más que a nadie. Personas que me cuidaron y que no volveré a ver nunca más.
Era la noche del veinticinco de diciembre, Navidad, y, si no recuerdo mal, el año 1976. Nunca se me dieron demasiado bien las fechas. Normalmente, aquellos acontecimientos que para el resto del mundo se clasificaban como «especiales», en nuestra casa se limitaban a ser otra comida normal y corriente —a excepción del cambio de año, en el que mi madre preparaba una de aquellas fiestas, famosas por sus lujos, su derroche y, sobre todo, por su anfitriona—. Cada uno comía a lo suyo y Walburga se encargaba de llevar las conversaciones que sucedían en la mesa. Mientras tanto, Regulus y yo engullíamos lo más rápido que nos permitía nuestra mandíbula, deseando acabar para salir escopetados de la mesa y largarnos, cada cual a su correspondiente cuarto.
Aquel día supe que algo iba mal porque había comida demasiado cara para una cena cualquiera. También porque mi madre canturreaba y había encendido unos candelabros de más. Luego estaba mi padre, más tenso que de costumbre. Se me antojó la idea de que alguien le hubiera metido un palo por el culo.
Fue el primer día que nos hablaron de él. «El que no debe ser nombrado». Había rumores desde hacía algunos años, pero casi siempre los mayores nos instaban a que no les diéramos importancia alguna. Éramos demasiado pequeños para cuestionarlo, desobedecer y hacer lo contrario. Cuando crecí, empecé a evitar el tema por las posibles consecuencias que esto podía acarrearme.
—Vuestra madre y yo hemos decidido que ya sois lo suficientemente mayores como para que os vayamos contando ciertas cosas —dijo Orion, rompiendo uno de aquellos silencios tan atípicos.
Aproveché para meterme un puñado de caviar en la boca, todo con lo que pudo mi tenedor. Obviamente, mi madre me miró con reproche; seguramente en cualquier otra ocasión me hubiese regañado por tal comportamiento, pero no es como si fuera a interrumpir a su marido en aquel momento que se me antojaba tan importante.
—La familia Black ha decidido colaborar con el Lord. Actualmente es lo que más nos conviene a todos. Se está convirtiendo en una persona muy influyente. Que nos haya ofrecido unirnos a sus filas es todo un honor que no podemos rechazar.
Notaba a mi corazón latir más y más rápido en el pecho. Apretaba mis manos contra los reposabrazos de la silla y mi boca continuaba rumiando aquel contenido negruzco que ya era prácticamente líquido, pero que no me sentía capaz de tragar.
—Supongo que ya habéis escuchado rumores —Tomó la palabra madre—, pero vuestra prima Bellatrix ha sido la primera en dar tan importante paso. Según tenemos entendido es la única mujer que forma parte de sus filas. Vuestro padre recibió su marca hace dos meses, mientras estábais en Hogwarts —Orion remangó su camisa hasta llegar al codo y pudimos ver aquella serpiente de color negro enroscándose en una calavera. Se me pusieron los pelos de punta—. Vosotros la recibiréis al llegar ambos a la mayoría de edad, ya está acordado. Yo por mi parte no…
Pero no pudo decir nada más. Se quedó muda. Poco después entendí que era porque me había levantado del asiento como un resorte. Si iba a recibir la marca después de la mayoría de edad de Regulus, significaba que en menos de un año pasaría a formar parte de un grupo de idiotas con ganas de suicidarse.
—No.
No grité, pero el eco hizo que mi voz pareciese más violenta.
—Sirius, siéntate ahora mismo —ordenó Orion.
—No —La arteria carótida se empezaba a acentuar cada vez más en el cuello de mi padre. Las manos de mi madre se movían nerviosas. Mi hermano simplemente no se movía—. No voy a convertirme en un asesino ni en un pirado. ¡Ni siquiera habéis preguntado qué pensábamos! Tú tampoco vas a hacerlo, ¿verdad, Reg?
Estaba calmado. No lo habían pensado bien, seguro. Éramos demasiado pequeños como para unirnos a los Mortífagos. Esperaba que la afirmación de mi hermano les hiciera entrar en razón; sin embargo, no recibí respuesta alguna.
El gilipollas de Regulus Black se limitó a agachar la mirada y jugar con el tenedor entre sus manos. Y, mientras tanto, yo sentía la ira acumulándose a mi alrededor. Era imbécil. ¿Por qué no me apoyaba? Siempre lo hacíamos. No entendía por qué no era capaz de ponerse de mi lado en un asunto tan importante.
—Sirius, siéntate y pide perdón —instó mi madre con aquella voz tranquila y serena, pero que no dejaba de ser firme.
No hice caso porque mis piernas no me respondían. Mi cerebro gritaba que obedeciese, me tragase el ego y borrón y cuenta nueva. Sabía que estaba a tiempo de rectificar y que mis acciones no tuvieran consecuencia alguna, que quedaran escondidas en el papel pintado de las paredes. Pero no podía. El rostro de mis amigos se desdibujó en mi retina. Los ojos se me aguaron y no sabía si era por rabia, frustración, pena o todo a la vez.
Tenía miedo. Era vox populi que todo el que se uniera a sus filas estaba bajo los mandatos de Voldemort. No es que fuera simplemente purista; es que uno de sus fines era acabar con los sangre sucia. Después vendrían los muggles, más tarde los mestizos, los últimos serían todos los que se opusiera a él. No había que ser muy listo para saber que acabaría con la humanidad entera si hacía falta.
—Pero, ¿por qué? ¿No lo entendéis?
Claro que no lo hacían. Debería haberlo supuesto antes. Slytherin no era la casa elegida para ellos, para nosotros, por nuestros valores. Era una manera de apartarnos de la escoria. Era una simple excusa para no ver que, aquellas personas a las que tanto odiaban, no eran en nada diferente a ellos. No lo hacían porque no compartían cuarto, ni vida, ni casa, ni nada. Aquel desconocimiento era el que les permitía tener la mente serena y alejada de todo remordimiento.
—Ellos… Nacidos de muggles. Yo vivo con ellos, no…
—Ahí está el problema —continuó mi padre—. En que vives con ellos. Avisé a tu madre de que no deberíamos haberte dejado continuar con tus estudios en Hogwarts después de entrar en Gryffindor, pero tu buen comportamiento nos puso en la pista de lo contrario. Sin embargo, parece que yo estaba en lo cierto.
—Así que como estoy bajo riesgo de pensar por mí mismo, lo mejor es obligarme a entrar en una secta. Oh, claro. Es una decisión extremadamente madura por tu parte, padre.
—Regulus, cariño —volvió a hablar Walburga—, sube a tu cuarto.
—No, Regulus se queda —ordené.
Mi padre se levantó y se colocó a mi lado. Por aquel entonces él era más alto que yo y esto le daba una posición de superioridad que a mí no me gustaba una mierda. Pero os recuerdo que soy Sirius Black; más que acojonarme, hice de tripas corazón y me permití el lujo de sonreír.
Tomé una gran respiración y me preparé para soltar todo lo que había estado callando durante tantos años. El veneno de las serpientes que ellos tanto adoraban. Aquel mal genio que, prácticamente, nos venía en el ADN.
—¡Prefiero dejar esta casa antes que unirme a la causa de Voldemort! —Grité, y mi enfado se fundió con el mármol del suelo. Grité porque estaba más cabreado que nunca. Grité porque tenía miedo. Porque sabía que desde aquel momento me convertiría en lo que ellos llamaban «traidor a la sangre». Porque era consciente de lo que venía después. Pero, sobre todo, grité porque ya había estado callado demasiado tiempo. Cuando alguien lo hace en casa de los Black se sabe que algo no va bien. Grité, ¿y por qué no? La calma en la que parecían estar sumidos los demás me estaba matando.
—No pronuncies su nombre, Sirius Black —ordenó mi padre.
—Me sorprende que te gusten tan poco los nacidos de muggles —Di un paso en su dirección y, aunque él no cedió ni una pizca de terreno, yo tampoco retrocedí—. ¿Por qué no le contamos a mamá que con tu liga de viejos verdes os regodeáis en lo mucho que os pondría que os calentase la polla alguna de esas sangre sucia? Que acabaríais con ellas, pero no sin antes meterles el rabo hasta la garganta. Qué asco me das, ¿por qué no empiezas a beber menos? Así podrás ser al menos consciente de las barbaridades que dices.
»Qué envidia me debes de tener —continué, sin poder frenar las palabras que brotaban descontroladas de mis labios—, sabiendo que yo tengo la oportunidad de magrearme con ellas y a ti ni se te acercan —Me aproximé más, hasta que nuestros cuerpos chocaron.
Orion siempre ha sido difícil de provocar. Intenta aparentar que es de hielo y la gran mayoría de las veces lo consigue. Pensaba haberlo visto entrar en cólera alguna vez, pero no había sido nada comparado con ese día. Lógico, por otra parte. Agarró el cuello de mi camisa y, juraría que, más rojo que nunca, me arrastró hasta que mi espalda chocó contra la pared, con un golpe seco. Mis costillas se quejaron y una mueca de dolor apareció en mi rostro. Él intentó no perder más los estribos.
—Sube a tu cuarto —ordenó, recobrando la compostura.
Me zafé de su agarre. Ni siquiera era firme.
—Estoy harto, padre —Le di la espalda y caminé hasta mi madre—. Estoy harto de que siempre que vamos a cualquier parte me miren como si hubiera cometido un pecado tan solo por existir. Por formar parte de esta familia. No encajo en ningún sitio. No encajo en esta casa y no encajo en Gryffindor. Y lo he intentado, lo he intentado de verdad. No alcanzo a comprender por qué tienes que entrar a los sitios como si te pertenecieran. No entiendo por qué tienes que mirar a todo el mundo como si fueran peores que tú. No entiendo por qué te avergüenzas de que no sea como tú.
»Cada vez que preguntan si es cierto que no estoy en Slytherin, madre, siempre que lo hacen sonríes de esa manera: hueca. Y después tienes que sacar a relucir cómo ganamos el último partido de quidditch, o mi última nota en yo qué sé qué asignatura, o cualquier otra gilipollez que no viene a cuento porque no eres capaz de no avergonzarte. Pues, ¿sabes qué? Ya me he hartado. Ya he tenido suficiente. Si para que estéis orgullosos de mí tengo que venderme, matar a mis amigos e ir en contra de mi moral, te puedes meter tu aprobación por el culo, que seguro que te folla más de lo que lo hace mi padre.
»Y tú… Regulus. Eres un cobarde.
Sin embargo, aquellas últimas palabras se ahogaron en mis labios. Cuando me quise dar cuenta estaba en el suelo, retorciéndome sobre mí mismo. No lo sentía porque no sentía nada más que dolor. Los gritos desgarraban mi garganta. Cerré los ojos, concentrándome en que aquello parase y, como si alguien estuviera escuchando mis plegarias, la calma volvió a inundar la sala, sumida en el más absoluto de los silencios. Me quedé inmóvil no sé durante cuánto tiempo. No importaba.
—Deberías recoger tus cosas, Sirius —intervino Walburga, implacable.
Me lo había ganado a pulso, ¿cierto? En el fondo estaba deseando romper la estúpida paz que envolvía Grimmauld Place.
Si una parte de mi cargo de conciencia desapareció, otro más fuerte y mil veces más pesado se adhirió a un rincón de mi cabeza.
Seguía lo suficientemente envalentonado como para levantarme con la cabeza bien alta y caminar escaleras arriba, ignorando el dolor de mis articulaciones. No iba a permitir un gesto de debilidad. No iba a permitir que me vieran marchar con el rabo entre las piernas.
En menos de cinco minutos estaba listo para irme. Tener la mayoría de edad era una gran ventaja, sobre todo a la hora de empaquetar las cosas.
Por mi cabeza seguía rondando aquella pregunta: «¿Qué había hecho?», pero todavía tenía demasiada adrenalina recorriendo mis venas como para que mi cerebro entendiese las consecuencias. De hecho, terminé de echar toda la leña al fuego. Cogí de mi mochila un banderín de Gryffindor y lo pegué a la pared. Repetí el mismo procedimiento con la foto mal recortada de una revista en la que salía una tía prácticamente en bolas —que James había decidido aquella mañana que era un buen regalo de Navidad— y me preparé para marchar.
Cuando me giré, vi a mi hermano en el marco de la puerta.
No le miré a la cara. Sabía que si lo hacía me terminaría derrumbando. Sabía lo que encontraría y sabía que no sería capaz de irme. No le miré. No le miré y a día de hoy me sigo preguntando qué hubiera pasado si me hubiera atrevido a girar el rostro. En su lugar, lo aparté de la puerta con un golpe y me dirigí escaleras abajo, con la maleta quejándose escalón tras escalón en mi descenso hacia el recibidor.
Ninguno de mis progenitores estaba allí. No es como si estuviera esperando una despedida.
Cerré de un portazo y caminé. Caminé sin saber a dónde ir. Sin saber dónde parar. La lluvia de diciembre me acogió como una manta helada que sentía hasta los huesos. Los villancicos mal cantados que escuchaba de calle en calle funcionaban como una penosa banda sonora. Y allí, con aquel panorama de mierda, fue cuando finalmente fui consciente de todo. Y allí, en medio de una calle, fue cuando me derrumbé y comencé a llorar. Lloré como hacía tiempo que no lo hacía. Lloré y noté cómo me ahogaba paso a paso. Los recuerdos me asaltaban sin compasión, uno detrás de otro.
Eran monstruos, eran asesinos, eran culpables, eran detestables, pero ellos eran también mi familia. Recordaba a mi madre abrazarme en los días malos y a mi padre consolarme en las noches peores. Recordaba mis insultos tontos hacia Regulus, que iba corriendo a que algún adulto le ayudase. Me venían a la cabeza imágenes de Narcissa metiéndose con cualquier cosa que se le antojase y que tuviera que ver conmigo. Pero sobre todo recordaba a Bellatrix.
Y ahora tenía que dejar todo aquello atrás. Porque el «nosotros» había dejado de existir. Ahora era «yo» y eran «ellos»: dos cosas que jamás volverían a ser una.
Me quité el agua, los mocos y las lágrimas de la cara con la manga de la camisa y desaparecí de allí rumbo a la única persona que podía comprender qué pasaba por mi cabeza y, de paso, abusar un poco de su hospitalidad.
Castle Combe siempre ha sido precioso, especialmente en Navidad. Si aquella noche en Londres tan solo llovía, allí nevaba. Extendí la mano sintiéndome como un completo imbécil, hasta que uno de aquellos copos se posó sobre ella y se convirtió instantáneamente en agua. Aquel gesto provocó que rompiese de nuevo en un llanto inconsolable. Bajé la calle sin darme demasiada prisa. Desde la ventana vi a Andrómeda y a Ted. Dora jugaba en el suelo, se intentaba llevar algo a la boca y sus padres se lo impedían una y otra vez. Me quedé observando la escena durante no sé cuánto tiempo, supongo que para terminar de hundirme en la mierda. Ted giró el rostro y me vio allí plantado, en medio de la calle. Con el ceño fruncido se levantó del sofá.
—¿Sirius? —preguntó, bajando el par de trancos que tenía hasta la calle—. Por Helga, Sirius, vamos, ven, entra. Tienes que estar helado.
Nadie me preguntó nada, porque, al parecer, no hacía falta. Pero aquel silencio era aplastante y al final fui yo el que determinó acabar con aquella incómoda sensación.
—Me he ido de casa —empecé. Ninguno de los otros trató de frenarme, la verdad es que lo agradecí. Las palabras al ser pronunciadas parecían más reales—. No quiero abusar de vuestra hospitalidad, pero sí que me gustaría quedarme un par de días si no es mucho pedir. Al menos hasta que encuentre otro sitio al que ir. Y, de verdad, no hace falta que estéis con esas caras tan largas por mi culpa.
Recuerdo que sonreí. Y no porque estuviera feliz, sino porque ellos se lo merecían. También recuerdo que la enana tuvo una de sus entradas triunfales; por aquella época, aunque pequeña, ya era todo un torbellino.
Nadie volvió a hablar de los Black, de Voldemort y de los sangre sucia. Al menos no aquella noche.
