Los libros originales son de E.H. yo adecúo nombres, descripciones y situaciones según corresponda a los personajes de Twilight que dicho sea de paso pertenecen a S.M
Capítulo 20 Una cajita de Rapé
Así pues, el pequeño pinche de cocina fue llevado, tembloroso,
ante el rey. Tardó mucho en confesar. En tres ocasiones, Jack, el
bufón de la princesa, le había pagado para remover la cazuela de
sopa. La última, esa misma noche. Los cortesanos sofocaron una
exclamación de sorpresa, la princesa Surcease se quedó pensativa y el
rey bramó de rabia. Los guardias llevaron a Jack a postrarse ante el
rey y uno puso su espada sobre el cuello del bufón.
—¡Habla! —Gritó el rey—. Habla y dinos a quién le has robado los
anillos.
Porque, naturalmente, nadie creía que el enano contrahecho
pudiera haber conseguido los anillos por sí sólo.
—¡Habla! ¡Habla o hago que te corten la cabeza!
De Jack el Risueño
Un mes después...
Ángela Webber dudó ante la puerta de su señora. La mañana estaba ya muy avanzada, pero aun así una nunca sabía, y no quería entrar si su señora no estaba sola. Se retorció las manos y, mientras intentaba decidirse, miró la estatuilla de aquel fauno tan feo. Pero, cómo no, la estatuilla la distrajo. El fauno se parecía mucho al señor Yorkie, y Ángela se preguntó, como siempre, si aquel gigante...
Un hombre carraspeó a sus espaldas.
Ángela dio un gritito y se volvió. El señor Yorkie estaba tan cerca de ella que sintió el calor de su pecho.
El ayuda de cámara levantó una ceja lentamente, lo cual le hizo parecerse más que nunca al fauno de la estatuilla.
—¿Qué hace usted merodeando por el pasillo, señorita Webber?
Ella sacudió la cabeza.
—Estaba pensando si entrar o no en la alcoba de la señora.
—¿Y por qué no ibas a entrar?
Ella se fingió sorprendida.
—Porque puede que no esté sola, por eso.
El señor Yorkie levantó el labio superior en una leve sonrisilla.
—Me cuesta creerlo. Lord Vale siempre duerme solo.
—¿Ah, sí? —Ángela puso los brazos en jarras y sintió un calorcillo de emoción en el bajo vientre— . Muy bien, ¿por qué no entras a ver si tu amo está solo en su cama? Porque te apuesto algo a que no está en su habitación.
El ayuda de cámara no se dignó a contestar. La miró de la cabeza a los pies y entró en el
dormitorio de lord Vale.
Ángela soltó un soplido y se abanicó las mejillas, intentando refrescarse mientras esperaba.
No tuvo que esperar mucho tiempo. El señor Yorkie volvió a salir de la habitación del vizconde y cerró la puerta suavemente tras él. Avanzó hacia ella y se acercó tanto que ella se vio obligada a retroceder hasta chocar de espaldas contra la pared.
El señor Yorkie bajó entonces la cabeza para susurrarle al oído:
—La habitación está vacía. ¿Aceptas la prenda de siempre?
Ángela tragó saliva, porque el corsé siempre parecía quedarle demasiado estrecho.
—S-sí.
El señor Yorkie se inclinó y se apoderó de sus labios. Sólo la profunda respiración del señor Yorkie y los suspiros de Ángela rompieron el silencio que reinaba en el pasillo.
Luego, el señor Yorkie levantó la cabeza.
—¿Por qué te intriga tanto esa estatuilla? Cada vez que te pillo en el pasillo, la estás mirando.
Ángela se sonrojó porque el señor Yorkie le estaba mordisqueando el cuello.
—Creo que se parece a ti. Ese hombrecillo con patas de cabra.
El señor Yorkie levantó la cabeza y miró hacia atrás. Luego volvió a mirar a Ángela con una ceja regiamente levantada.
—En efecto.
—Mmm —dijo Ángela—. Y me preguntaba...
—¿Sí?
Él le mordió suavemente el hombro, y a ella le costó concentrarse.
Lo intentó de todos modos, valerosamente.
—Me preguntaba si también te pareces a él en otras cosas.
El señor Yorkie se detuvo con la cara pegada a su hombro y, por un momento, Ángela pensó que quizá se había pasado de impertinente.
Después él levantó la cabeza y ella vio un brillo en sus ojos.
—Caray, señorita Webber, de muy buena gana le ayudaría a resolver esa duda, pero creo que antes deberíamos hacer otra cosa.
—¿Cuál? —preguntó ella, casi sin aliento.
La cara del señor Yorkie había perdido todo asomo de ironía. De pronto estaba muy serio y sus ojos oscuros la observaban casi con indecisión.
Se aclaró la garganta.
—Creo que, para continuar esta conversación, debe usted casarse conmigo, señorita Webber.
Ella se echó un poco hacia atrás y le miró, completamente muda de asombro.
Él arrugó el ceño.
—¿Qué ocurre?
—Creía que habías dicho que eras demasiado mayor para mí —dijo ella.
—Sí...
—Y que yo era demasiado joven para saber lo que quiero.
—Sí.
—Y que debería fijarme en otros hombres. En hombres más de mi edad, como ese lacayo,
Sprat.
El ceño del señor Yorkie se volvió tormentoso.
—No recuerdo haberte dicho que mires al joven Sprat. ¿Tú sí?
—Bueno, no —reconoció ella.
El señor Yorkie casi le había roto el corazón al decirle aquello, porque ella no quería mirar a ningún otro hombre. Lo único que la había salvado, en realidad, era que él seguía apareciendo tras ella por las mañanas y perdiendo su ridícula apuesta día tras día. El señor Yorkie no parecía capaz de poner coto a sus flirteos, y ella, desde luego, tampoco podía.
Ni quería.
—Bueno —gruñó él.
Ella le sonrió, radiante.
Él se quedó mirándola un momento y luego sacudió la cabeza como si quisiera despejarse.
—¿Y bien?
—¿Y bien qué?
Él suspiró.
—¿Quieres casarte conmigo, Ángela Webber?
—Ah. —Ángela se alisó cuidadosamente la falda. Claro que quería casarse con el señor Yorkie. Pero era una chica sensata y tenía que estar absolutamente segura. A fin de cuentas, casarse era un gran paso—. ¿Por qué quieres casarte conmigo?
La expresión del señor Yorkie habría bastado para hacer huir a más de una, pero Ángela llevaba ya algún tiempo estudiando su carácter y sus expresiones, y sabía que no tenía nada que temer de él.
—Por si no lo has notado, llevo dos semanas o más besándote en este mismo pasillo todos los días. Y aunque eres demasiado joven y demasiado bonita para mí, y sin duda te arrepentirás tarde o temprano de haberte atado a un esperpento como yo, sigo queriendo casarme contigo.
—¿Por qué?
Él la miró fijamente. Si hubiera tenido pelo, quizá se hubiera tirado de él de pura exasperación.
—¡Porque te quiero, boba!
—Ah, bueno —ronroneó Ángela, y rodeó su grueso cuello con los brazos—. Entonces sí me caso contigo. Pero te equivocas, ¿sabes?
En ese momento, el ayuda de cámara la interrumpió dándole un beso lleno de entusiasmo, así que pasó algún tiempo antes de que levantara la cabeza y preguntara:
—¿En qué me equivoco?
Ángela se rió al ver su encantador y ceñudo semblante.
—Te equivocas en eso de que me arrepentiré de haberme casado contigo. Nunca me
arrepentiré de ser tu mujer, porque yo también te quiero.
Lo cual le valió otro beso entusiasta.
Bella se estiró perezosamente y se acercó a su marido.
—Buenos días —susurró.
—Sí que son buenos —contestó él. Su voz sonaba indolente, con un punto de cansancio.
Con la cara pegada a su hombro, Bella disimuló una sonrisa. Edward casi se había agotado
haciéndole el amor lentamente. Parecía gustarle despertarla por las mañanas.
Oyeron ruido de arañazos y un gemido en el vestidor.
Bella clavó un dedo en las costillas de Vale.
—Tienes que dejarle salir.
Él suspiró.
—¿Es necesario?
—Va a seguir arañando y luego empezará a ladrar y Sprat vendrá a la puerta a preguntar si
tiene que sacarlo.
—Santo cielo, cuánto jaleo por un perro tan pequeño —masculló Vale, pero se levantó de su jergón y cruzó desnudo la habitación.
Bella le miraba con los párpados entornados. Su marido tenía un trasero precioso. Sonrió,
preguntándose qué pensaría él si se lo decía.
Edward abrió la puerta del vestidor. Wolf salió trotando alegremente con un hueso en la boca.
Saltó al jergón y dio tres vueltas antes de echarse y ponerse a roer su presa.
El jergón se había expandido en el último mes con la adición de un colchón fino y un montón de almohadas. Bella había hecho sacar la cama de su cuarto, y ahora el jergón ocupaba el lugar de honor, apoyado contra la pared, entre las ventanas. De noche, alumbrada por una sola vela, ella se imaginaba acostada en un palacio otomano.
—Ese perro debería tener su propia cama —refunfuñó Vale.
—La tiene —contestó Bella—. Pero no duerme en ella. Vale miró al perro con cara de
pocos amigos. Era él, desde luego, quien le había dado el hueso, así que nadie se tomó muy en serio su expresión.
—Deberías darte por satisfecho con que ya no duerma debajo de las mantas —dijo Bella.
—Me doy por satisfecho. Espero no volver a sentir un hocico helado pegado a mi trasero.
—La miró con el ceño fruncido—. ¿Se puede saber a qué viene esa sonrisilla, esposa mía?
—Disculpa, pero no es una sonrisilla.
—¿Ah, no? —Edward comenzó a acercarse a ella, musculoso y viril—. Entonces, ¿cómo definirías tu expresión?
—Estoy admirando el panorama —contestó ella.
—¿Sí? —Edward se acercó al lugar donde la noche anterior había dejado caer su casaca—. Quizá quieras que te baile una gavota.
Ella ladeó la cabeza mientras le veía hurgar en el bolsillo de su casaca.
—Podría ser.
—¿Ah, sí, insaciable mujercita mía?
—Sí. —Se estiró un poco en el jergón, dejando que sus pezones asomaran por debajo de la
colcha—. Pero no soy insaciable, ¿sabes?
—¿No? —masculló él. Miraba fijamente sus pezones y parecía un poco distraído—. Lo he
intentado una y otra vez, y siempre estás ansiosa. Eres capaz de agotar a cualquiera.
Ella esbozó una sonrisa al oír su tono quejumbroso, y miró con mucha intención su verga, que se alzaba orgullosa y erecta.
—No pareces agotado.
—Es terrible, ¿verdad? —preguntó tranquilamente—. En cuanto me miras me pongo en
guardia. Resulta embarazoso.
Ella le tendió los brazos.
—Ven aquí, tontorrón.
Edward sonrió y se arrodilló a su lado.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó Bella, porque su marido tenía una mano a la espalda.
La sonrisa de Edward se desvaneció cuando se tumbó a su lado, apoyándose en un codo.
—Tengo algo para ti.
—¿De veras? —Frunció las cejas. Él no le había regalado nada desde aquellos pendientes de granates.
Entonces sacó la mano de detrás de la espalda y la giró. En su palma había una cajita de rapé.
Se parecía un poco a la cajita en la que Bella guardaba sus tesoros, pero era nueva.
Ella levantó las cejas, intrigada, y miró su cara.
—Ábrela —dijo Edward con voz aterciopelada.
Bella cogió la cajita y se sorprendió al comprobar que pesaba. Volvió a mirar a su marido.
Él la observaba con un brillo en los ojos de color verde.
Ella abrió la caja.
Y entonces sofocó un grito de sorpresa. Por fuera, la caja era de latón corriente, sin ningún
adorno, pero por dentro era de oro reluciente, engarzado con piedras preciosas. Perlas y rubíes, diamantes y esmeraldas, zafiros y amatistas, y otras gemas cuyo nombre ni siquiera sabía. Todas brillaban dentro de la caja, cubriendo casi por completo el oro amarillo con un arco iris de color.
Bella miró a Edward con lágrimas en los ojos.
—¿Por qué? ¿Qué significa?
El tomó su mano y, dándole la vuelta, besó sus nudillos suavemente.
—Eres tú.
Ella miró la hermosa y resplandeciente cajita.
—¿Qué?
Edward carraspeó, con la cabeza todavía agachada.
—Cuando te conocí, fui un idiota. Y también lo fui antes, durante años. Sólo veía el latón detrás del que te ocultabas. Era demasiado vanidoso, demasiado frívolo, demasiado necio para ver más allá y descubrir tu belleza, mi dulce esposa.
Levantó sus hermosos ojos de esmeralda y ella vio que la miraban con adoración.— Quiero que sepas que ahora te veo. Que me he deleitado en tu asombrosa belleza y que no quiero que te alejes nunca de mi lado. Te amo con toda mi alma, por maltrecha y vapuleada que esté.
Bella miró por última vez el joyero. Era precioso. Pensó, llena de asombro, que así era
como la veía Edward. Cerró con cuidado la tapa y dejó a un lado la caja, consciente de que era el regalo más bello, el más perfecto que Edward podía hacerle.
Luego estrechó a su marido en sus brazos y dijo lo único que podía decir:
—Te Amo.
Y le besó.
Epilogo
Jack habló con valentía, a pesar de que la espada se apretaba contra su
garganta.
—Os diría quién ha ganado esos anillos, mi señor —contestó—, pero,
¡ay, de todos modos no me creeríais!
El rey se puso de nuevo a gritar, pero Jack levantó la voz para hacerse oír
por encima de sus gritos de cólera.
—Además, no importa quién haya recuperado los anillos. Lo que importa
es quién los tiene ahora
.
De pronto, el rey se quedó callado y todos los presentes en el salón de
banquetes se volvieron para mirar a la princesa Surcease. Ella parecía tan
sorprendida como todos los demás cuando metió la mano en la pequeña
faltriquera enjoyada que colgaba de su manto y sacó el anillo de bronce y el
de plata. Los puso sobre la palma de la mano, al lado del anillo de oro, y allí
quedaron los tres juntos.
—La princesa Surcease tiene los anillos —dijo Jack—. Y me parece que
eso le da derecho a escoger marido.
El rey rezongó y tartamudeó, pero al final no le quedó más remedio que
admitir que Jack tenía razón.
—¿Con quién quieres casarte, hija mía? —preguntó el rey—. Aquí hay
hombres de todos los rincones del mundo. Hombres ricos y valientes,
hombres tan apuestos que las damas se desmayan cuando los ven pasar a
caballo. Ahora, dime, ¿cuál de ellos será tu esposo?
—Ninguno. —La princesa Surcease sonrió, ayudó a Jack a ponerse en pie
sobre sus cortas piernas y dijo—: Me casaré con Jack el bufón y con ningún
otro, porque puede que sea un bufón, pero me hace reír y le quiero.
Y así, delante de los ojos pasmados del rey y de toda la corte, se inclinó y
dio un beso a Jack el bufón en la larga y curva nariz.
Sucedió entonces algo de lo más extraño: Jack comenzó a crecer, sus
piernas y sus brazos se alargaron y se ensancharon y su nariz y su barbilla
se redujeron hasta alcanzar sus proporciones normales. Cuando todo
acabó, Jack era él otra vez, alto y fornido, y como llevaba puesto el traje
mágico de noche y viento y la espada más afilada del mundo, daba gusto
verle, como podréis imaginar.
Pero a la pobre princesa Surcease no le gustó aquel apuesto desconocido
que se alzaba por encima de ella. Lloraba y gemía, diciendo:
—¡Oh! ¿Dónde está mi Jack? ¿Dónde está mi dulce bufón? Jack se
arrodilló delante de la princesa y tomó sus manitas entre las suyas, mucho
más grandes. Inclinó la cabeza y le susurró:
—Yo soy tu dulce bufón, mi hermosa princesa. Soy el que cantaba y
bailaba para hacerte reír. Te amo y de buena gana volvería a adoptar esa
forma horrible y contrahecha sólo para verte sonreír.
Al oír estas palabras, la princesa sonrió y le besó. Porque, a pesar de que
Jack había cambiado tanto de apariencia que ya no le reconocía, su voz
seguía siendo la misma. Era la voz de Jack el bufón, el hombre al que
amaba.
El hombre con el que había escogido casarse.
FIN
¡Y llegamos al fin de la segunda historia, les agradezco mucho el llegar hasta aquí conmigo! les agradezco sus comentarios y entusiasmo!
¡Al igual que al final de Tentación Americana, les dejo a continuación un breve tráiler de la historia que continúa la saga, los protagonistas de la siguiente historia son Alice y Jasper! 3
Someter a un Salvaje
Huir, esa es la única opción de la señora Alice Brandon para que el duque no le quite a sus hijos, la extraña media vida de una mantenida da un giro en 180 grados al dejar los lujos de la gran ciudad para bajo un nombre falso convertirse en la ama de llaves de un misógino, ermitaño y desfigurado naturista. Para Jasper Withlock había muchas cosas a las que tuvo que renunciar después de la guerra, a la vida social, a sentir el placer con una hermosa mujer y a vivir como lo hacía antes, sin embargo, lo único que sabía con certeza es que no quiere ni necesita una hermosa ama de llaves que altere su tranquilo exilio. Poco a poco Jasper y Alice irán mezclando sus vidas acercándose cada vez más a descubrir al traidor de la masacre que desfiguró a Jasper para siempre, mientras Alice hará hasta lo imposible para mantener al Duque lejos de sus hijos.
