_ ¡Basta… Seiya… - Saori se volteó mirándolo a los ojos. – Esta no es tu batalla, es la mía.

_ ¡Pero Saori!

_ Hefesto, no te he traicionado, Seiya sólo se ha defendido.

El Dios del fuego no respondió, se agachó y abrazó a su amigo para curarlo con su poder.

_¿¡Cómo has podido permitir esto!?

_ Por favor… - Saori se acercó a su esposo y le acarició la mejilla. – No uses esa mirada conmigo.

El mundo de Seiya estaba desmoronándose por dentro al ver tal escena, quería que lo tragara la tierra y no sentir aquella presión miserable en el pecho.

_ Yo me quedaré a tu lado.

Poco a poco el cosmos agresivo de Hefesto se disminuía y sus ojos tornaban a los colores naturales, casi verdes, que poseía.

_ Volvamos a casa.

_ ¿¡Piensas que voy a perdonarte así!? – El herrero cogió la muñeca de ella y empezó a incendiar su piel provocando una quemadura.

_ ¡Saori!

_ ¡Castígame todo lo que quieras! – La soltó el Dios sorprendido por sus palabras. - ¡Lo merezco!

_ Atenea…

_ Pero perdona a Seiya, deja que se vaya.

_ Está bien, sólo porque tu caballero no atacó a matar a Helén. – cargó el cuerpo de su mano derecha para llevarlo a la cabaña.

_ ¡No, no me iré!

_ Caballero Pegaso. – se volteó amenazante la diosa. – Regresa al santuario.

_ Saori… No me hagas esto.

_ Es una orden. – sus palabras fueron inquisitorias. – Agradezco tu lealtad pero mi lugar es con mi marido.

Seiya sabía que ella lo hacía por protegerlo, que aquellas palabras estaban estratégicamente pensadas, pero aun así…

…Haber recuperado sus recuerdos para perderla nuevamente…

Hefesto se iba caminando lentamente junto a Atenea pero no miraba al frente, sino que tenía su rostro volteado para poder observar al castaño mientras se iba. Ojos de furia que hacían vibrar el cuerpo de Seiya, la mirada de un Dios con unos celos y deseos de venganza.

Así como Seiya acató las órdenes por el riesgo a que Hefesto la mate a ella también, sabía que este sólo le perdonó la vida por el hecho de ser querido por Saori.

Ambos hombres cedieron

Ambos hombres que amaban


Caminó la pareja divina, con apariencia imponente y furiosa el de esencia del fuego, hacia donde había salido aquella cegadora luz de antes. No se dirigían la palabra, claramente Hefesto, quien cargaba el cuerpo de su mejor amigo, estaba resentido con ella. Pero aquellas miradas incómodas de ambos se tornaron en sorpresivas.

Y profundamente tristes.

_ ¡Jabú! – gritó Saori corriendo hacia su caballero. - ¡¿Qué haces aquí, por qué estás herido?!

_ ¡Lemnos! – gritó el Dios, quien colocó a Helén a un costado suavemente para ir hacia este. - ¿¡Qué ha pasado aquí!?

De por sí estaba furioso, ahora deseaba destruir el mundo entero.

_ ¡Tú conoces a estos hombres, Atenea! ¡Son tus caballeros, ¿por qué han matado a mi guerrero?!

_ Yo… no lo sé…

_ ¿¡No lo sabes!?

_ Señorita… Saori…

_ Jabú, no te esfuerces.

_ Vinimos a verla, deseábamos rescatarla… Mis compañeros… Están muertos, no soportaron el impacto de energías.

Ella se levantó casi en trance a ver a los otros, quienes efectivamente estaban bañados en sangre.

_ No… - dijo en un susurro.

_ Lamentamos no haber venido antes y haberle fallado, Lemnos… Era muy fuerte.

_ Voy a matarte. – Hefesto se levantó para cumplir su palabra.

_ ¡No!, ¡no lo hagas!

_ Mató a mi guerrero, a quien yo crie, a quien yo cuidé por años…. ¿Quieres que lo felicite? Además… Tu caballero está más muerto que vivo.

_ Te lo suplico…

_ Está agonizando, Atenea, y no pienso salvarle la vida.

_ ¿¡Qué pasó con tu bondad!?

_ ¡Yo, a diferencia tuya, amo a mis guerreros!, ¡Yo he hecho todo por ellos y ahora le he fallado a este hombre que está muerto! ¡Me siento frustrado porque realmente debería matarte pero no puedo! – Apuntó a Jabú. - ¡Este hombre merece morir!

_ Señorita Saori… - lagrimeaba el unicornio por la resignación de vivir sus últimos instantes de vida. – No se preocupe, yo soy feliz de al fin haber hecho algo por usted.

_ Estoy orgullosa de ti Jabú, por favor lucha, no te rindas.

_ Es muy tarde… Solo quiero decirle que… Yo siempre… la he… ama…do. – su brazo cayó al suelo como un costal, sus ojos perdieron el brillo.

Atenea lloraba desconsolada, mientras Hefesto colocó su mano en el hombro de ella.

_ Ambos hemos perdido en esta batalla.

Ella lo abrazó, sabía que no era su culpa, aunque el no haber salvado a su amigo… quien la cuidó tantos años…

_ Debiste hacer algo por él…

_ Se ha ido cogiendo la mano de la persona que amó y ha muerto en su causa, creo que su final fue envidiable.

Ella seguía mal, sujetando el cuerpo del unicornio.

_ Pegaso, te encargo los cuerpos de tus amigos, dales un entierro digno. – dijo Hefesto.

_ Yo… - él lloraba ante eso, impotente.

Seiya había percatado como se iba apagando el cosmos de su amigo, así que corrió hacia el lugar tomando otra dirección, llevándose toda la imagen de sangre y pérdida.

*flashback*

_ Yo no le debo nada a esta señorita. – contestó Seiya a Tatsumi, a quien arrojó al piso.

_ No levantes la voz, Seiya. – apareció un hombre castaño claro tras la puerta. – Si tienes miedo de participar en el torneo no mereces llevar esa armadura, no la mereces.

_ ¿¡Quién eres tú!?

_ ¿Es que no me reconoces? Soy el gran Jabú, el caballero del unicornio.

_ Ah sí, te recuerdo Jabú.

_ Te prohíbo que te comportes de esa manera con una persona de la categoría de la señorita, arrodíllate ante ella y pídele perdón. En cuanto a la armadura, tienes que entregársela.

_ ¡Jabú tiene razón, haz lo que te dice! – gritó Tatsumi.

_ ¿Por qué no te metes en tus asuntos? No tengo la intención de entregar la armadura hasta que no vea cumplida la promesa.

_ Vaya, veo que no quieres hacerme caso y no digas que no te lo advertí, has vuelto a emplear ese tono tan familiar con ella y te dije... ¡que no lo hicieras! – Jabú tira un golpe pero Seiya lo detiene con la pierna.

_ Jabú, te comportas como un perrito faldero que mueve la cola ante su dueña.

*Otro flashback*

_ ¡Nosotras la defenderemos saltando! – gritó Jabú.

_ ¡Defenderemos a la hermana de nuestro amigo Seiya!

_ ¿¡Puedes escuchar a tus amigos, Seiya!? – gritó Jabú.

Cuando puso su cuerpo para protegerla de los ataques de Thanatos.


_ Jabú… Amigos…

_ ¡Seiya, avísale a Tatsumi por favor! – gritó Atenea siendo jalada por Hefesto.

Los caballeros finalmente llegaron al lugar de los hechos y vieron a Pegaso arrodillado llorando.

_ ¿¡Seiya, qué sucedió!? – preguntó Shiryu.

_ Perdónenme chicos, no pude hacer nada…

_ ¡Seiya, Jabú y los otros…! - lloraba Shun.

_ ¡Lo sé! – gritó el castaño.

_ ¿Qué… qué te dijo Saori? – derramó unas lágrimas Hyoga.

_ Desea que regresemos al santuario.

_ ¡No puede ser! ¡Nuestros amigos del orfanato están muertos! – gritó Shiryu.

_ Caballeros, relajen sus furiosos corazones y no realicen actos absurdos. – dijo Kanon.

_ ¡No quiero quedarme de brazos cruzados! – gritó el castaño.

_ ¡Yo tampoco! – lo siguió Shun.

_ Basta. – dijo tranquilo el Fénix.

_ ¿¡Acaso no tienes sentimientos, Ikki!? – gritó Seiya.

_ No puedo dejarme llevar por ellos, como explicó Kanon, si Atenea desea que regresemos, regresaremos.

_ ¡Qué importa qué diga Saori! – gritó Seiya para la sorpresa de todos. - ¡Debemos sacarla de ahí, ella está forzada porque sino van a matarla!

_ ¡Cálmate Seiya! – lo cacheteó Kanon. - ¿¡Crees que son los únicos que sufren por esto!?, ¿¡cómo creen que se siente ella que está tomando un destino por el cual preferiría morir!?

_ Yo…

_ ¿¡Piensas realmente que Atenea no sufre cada que alguien muere, que no desearía tener el lugar que tiene!?

_ Debe ser difícil, saber que mataron a las personas con las que prácticamente creciste y tener que regresar… - expresó Shun totalmente apenado. – Y saber que es a tu causa.

_ Yo nada, Pegaso, ella no nos está abandonando. – se volteó fastidiado Kanon.

_ Tienes razón. – lo siguió Shiryu. – Vamos a verla nuevamente, Seiya.

_ Volverá al santuario tarde o temprano y será otra vez nuestra Diosa protectora. – continuó Hyoga.

_ Yo creo en la señorita Saori, ella sólo hace esto por nuestro bien. – se levantó del suelo Shun.

_ Seiya. – le estiró la mano Ikki a este. – Ella es más inteligente de lo que piensas, la hemos defendido incontables veces pero siempre ha tenido un plan ante cualquier desgracia.

El castaño miraba sorprendido a sus amigos.

_ Llevemos a nuestros compañeros a casa. – contestó el castaño.

_ La mirada de Atenea, definitivamente ha cambiado. – susurró Helena a Helén. – Hermano, ¿por qué estás herido?

El caballero de Daga limpiada las heridas de su hermano quien estaba en cama.

_ Impedí que la secuestraran y casi me cuesta la vida.

_ Tú… - miró amenazante. – No quisiste matar a aquel hombre, ¿no es así?

_ Yo… Me cuesta verla sufrir.

_Iluso…- se paró la joven y lo dejó solo.

_ Mi hermano… - lloraba Cratos desconsolado ante el cuerpo incendiado de Lemnos. - ¡Malditos caballeros del zodíaco!

_ Mis amigos murieron también, Cratos de Égida, a manos de tu hermano.

_ ¿¡Y crees que a mí me importa!? – se paró ansioso de herir a la Diosa.

_ ¡Recuerda lo que eres, insensato! – Hefesto reaccionó más rápido colocándose delante de ella. – ¡No vas a levantarle la voz a tu Diosa!

_ ¡Desde que ella ha llegado sólo han venido malos tiempos, mi señor!

_ Cuida tus palabras. – interrumpió Helén. – Estás hablando de la mismísima Diosa de la sabiduría y la guerra. ¿Quién te has creído?

_ ¡Helén! – gritó indignado Cratos.

_ La Diosa Atenea no ha tenido la culpa de esta situación, sino sus descarados caballeros quienes vinieron sin autorización. – agregó Paris a ayudarlo.

_ Sin embargo… - se metió Aquiles. – De no haber sido por su causa, nuestro hermano guerrero no hubiese perecido en batalla.

_ Lemnos… - agregó Helena. – Él mató a Ban de León menor, ellos decidieron tomar venganza.

_ "Ban" – pensó Hari. – "Recuerdo ese nombre, yo…

A la memoria del guerrero de procedencia india, le vino la imagen de aquel castaño robusto que falleció ante el ataque de Lemnos.

_ "¿Por qué no recuerdo todo lo que sucedió?" – se intrigó mirando amenazante al caballero de Daga.

_ ¡Silencio!

Todos callaron a observar a su Dios.

_ ¡No porque hayan estado todas sus vidas a mi cuidado han de marcar importancia en mis decisiones! – agarró la mano de Atenea, cruzó miradas con ella y prosiguió hablando. - ¡Ella es mi esposa y su Diosa gusten o no, pueden retirarse de mi armada si se oponen a mis reglas!

Todos se miraron entre sí. Pero una joven se acercó al trigueño para después arrodillarse agarrándose de las piernas de este.

_ Mi Dios Hefesto, mi salvador, mi todo, yo lo seguiré hasta mi último respiro.

_ Bía…

_ Si es necesaria mi vida para la mujer que usted proclama es su esposa y su otra mitad, estoy dispuesta a darla con todo el amor que tengo hacia usted.

Aquellas palabras irritaron y sorprendieron a Atenea.

_ Bía... – sonrió dulcemente el Dios. – Levántate, por favor. Eres una gran guerrera, me alegra contar contigo.

La bella dama se sonrojó por lo que Saori apretó la mano de su esposo. Sin embargo, levantó la mirada un poco para ver a aquellos que estaban presentes.

Sus ojos no tenían la misma expresión del día anterior, aquel percibimiento de alegría pura y cariño.

Todo se había ido como la lluvia que cae en un río.

…Aun así…

Atenea estaba segura que el paso que daría a continuación marcaría una diferencia eterna y quizá más decadencia. Había perdido su oportunidad a recuperar su poder por no saber cuánto tiempo sería víctima fácil por su condición de humana. Sólo quedaba una sangrienta y cruel manera de ser la líder por la que hubiese sentido que las vidas de sus amigos valdrían la pena.

Ese día marcó su destino y lo cambió.

No era la misma Saori que Seiya amaría y tampoco lo aceptaría.

Ella deseaba ser la Diosa Atenea, el símbolo de la sabiduría y las artes de batalla.

La Diosa de la Guerra.