Hinata no entendía el porque, pero no es como que le importase mucho, ella era feliz solo con saber que era él.
Desde que era una pequeña, Hinata podía reconocer a Naruto a la distancia, solo debía observar un poco y podía ver la rubia cabellera moverse de un lado a otro. Era como un pequeño sol que brincaba travieso por todos lados.
Cuando se hicieron mayores y pese a ser más alto, Hinata aún podía ver esa revoltosa maceta rubia ir de un lado a otro, entre los árboles y tejados, brillando con intensidad como el sol que siempre había sido el hiperactivo Uzumaki.
Durante la guerra, mientras la oscuridad caía no solo sobre sus cabezas si no también en sus fortalezas, Hinata vio a ese pequeño sol convertirse en un astro enorme e inalcanzable, brillando con tan intensidad que, su luz había erradicado todo atisbo de oscuridad. Hinata se había enamorado aún más de ese brillante sol, de su sonrisa resplandeciente y esos ojos tan puros como el extenso cielo azul.
Ella no habría imaginado que ese sol que brillaba lejano a ella, sería capaz de mirarla y tomar sus manos, pues ellos eran como dos astros que nunca se juntas, él era el brillante sol y ella, era una solitaria luna. Hinata conocía lo testarudo que ese sol podía ser, como se aferraba a sus deseos y trabaja hasta conseguir cumplir sus sueños, pero ella no imaginó en ningún momento, que ella era parte de aquellos sueños.
Naruto había llegado en su vida con un solo propósito, brillar a su lado.
Hinata había llorado cuando ese sol incandescente tomó sus manos y le sonrió de una manera tan bella y perfecta que, parecía una de sus muchas fantasías, solo un sueño. La luna aceptó al sol, ambos se casaron y formaron una familia. Naruto no dejó de brillar, al contrario, sus rayos se extendieron por todo el lugar, y aunque Naruto es enorme, Hinata aún se divierte cuando divisa su corta cabellera rubia moverse de un lado a otro por la aldea, en ocasiones siendo cientos de soles y uno más que, cada tanto se cuela para robarle un beso, pero eso, es un pequeño secreto.
