Las risas se escuchaban por todas partes, llenando el jardín en su totalidad. El viento soplaba suave y las nubes bailaban con él, regalándoles un hermoso y soleado día de verano como ningún otro. Todos sus amigos y familiares se habían reunido con ellos, habían llevado algunos sándwiches y aperitivos para pasar el almuerzo, que junto al refrescante jugo de calabaza hacían de la comida algo sencillo, pero delicioso, tanto para chicos como para grandes. El jardín estaba cubierto de mantas y cojines de todos tamaños colores, texturas y estampados, sobre los que la familia entera estaba sentada o recostada a espera de los que faltaban para iniciar con el partido de quidditch que habían organizado. Como siempre el último en llegar sería Ron, que era casi tan impuntual como los gemelos, quienes para sorpresa de todos, habían sido los segundos en llegar, después de los Malfoy.

Habían pasado dieciséis años y él todavía no podía acostumbrarse del todo al ruido y a la casa llena de voces, risas y ajetreo, no se parecía ni por poco a la vida que había imaginado que tendría, pero aquello estaba bien, era mejor de lo que había pedido y estaba contento con lo que se le había otorgado. Tenía lo que siempre había deseado, a sus padres sanos y salvos, al amor de su vida a su lado, en aquella casa de campo, a sus queridos amigos, con los cuales había compartido momentos preciosos y a sus amados hijos, quienes le brindaban toda la luz del universo, Albus y Scorpius a quienes habían tenido por medio del vientre alquilado de Ginevra Weasley y Astoria Greengrass.

Todos se encontraban ahí, la pandilla completa de los Weasley; Molly, Arthur, Bill y Fleur con Victoire, Fred y George quienes habían llegado con un montón de dulces para los niños y artículos de broma de su tienda, Ginny junto con Dean con quién estaba casada, Luna con su marido Rolf Scamander, Neville con su esposa Hanna, Sirius y Remus con su hijo adoptivo Tedd, cuyos padres habían muerto durante la batalla de Hogwarts, Pansy y Hermione, con Rose, su hermosa hija que tenía la misma edad de Albus y Scoprius, Blase y Nott, quienes a pesar de llevar siglos juntos no se habían animado a casarse, Narcissa y Lucius, quienes al principio se habían mostrado un poco reacios a convivir de aquella manera con los Weasley, pero que, al final se habían ganado su simpatía y ahora no se perdían ninguna reunión (aunque Lucius jamás admitiera que la pandilla de pelirrojos en realidad no le caía tan mal), y finalmente Gregory y Daphne quién se había vuelto parte del clan después de que su hermana falleciera en un accidente diez años atrás.

Draco miraba la escena con una sonrisa en el rostro, a través de la puerta de cristal que daba hacia el jardín, si, definitivamente aquella no era ni por poco la vida que había soñado, pero era perfecta para él y no la cambiaría por nada del mundo... aunque tal vez, sólo tal vez, si pudiera, le devolvería a Harry lo que había entregado para que les dejaran volver, lo que había entregado para que pudieran tener esa vida. Harry no se quejaba, no lo había hecho en los diesiseis años que habían vivido de aquella manera y definitivamente, a esas alturas no lo haría, pero no por eso era menos injusto, al menos para Draco.

Las cosas para él aún no estaban del todo claras, por mucho que lo pensó y lo analizó solo recuerda haber estado en Malfoy Manor derrumbándose e inmediatamente después se encontraban en el número doce de Grimmauld Place, con un Sirius y un Remus bastante contrariados, porque al parecer habían pasado más de seis meses desde el incidente en la mansión, donde su padre no pudo recordarlo a tiempo. Y por alrededor de tres meses Draco no había entendido como era que él y Harry habían estado de vuelta, que el clima y la magia hubieran encontrado su orden natural. Hasta que lo descubrió. Por supuesto, él lo había sospechado desde mucho tiempo antes, era un Slytherin y era muy astuto, pero, Potter parecía tener las mismas capacidades y le había podido ocultar aquel pequeño detalle, como su esposo le llamaba, hasta el límite. Draco recordaba haberse sentido devastado al escuchar la noticia, se había sentido impotente y triste, porque sabía lo mucho que aquello había significado para Harry, lo mucho que su magia significaba para él.

Draco había escuchado una y otra vez aquella hermosa anécdota de cuando Harry supo que era un mago y la felicidad que aquello había conllevado, aquella noticia hizo que la vida de su marido mejorara muchísimo y el solo hecho de poseer magia hizo de la vida de Harry Potter una aventura maravillosa. Draco sabía lo muy importante que era para Harry el ser mago, porque, aunque Harry se hubiese criado con muggles, él siempre había dicho que el mundo mágico era y siempre sería su hogar y al final, Harry había entregado eso para que ambos pudieran volver sin ningún tipo de repercusión. Ellos exigieron algo para igualar la balanza y Harry sabía que tenía algo que serviría y lo dio sin dudarlo ni un segundo.

Había sido hasta que Draco propuso un juego de buscadores entre ellos que Harry se animó a contarle la verdad, no podía hacer magia, ya no, y por lo tanto, no podía volar en escoba, o hacer pociones, se había convertido en un squib. La manera tan tranquila en la que lo dijo hizo que el corazón de Draco se detuviera por minutos enteros, nadie podía estar tan tranquilo con algo como aquello y sin embargo, Harry no mostraba ni una pizca de arrepentimiento. No me importa no volver a volar en escoba, lo único que me importa eres tú. Le había dicho y eso solo había hecho que Malfoy rompiera a llorar y le pidiera perdón un montón de veces, mientras le juraba que encontraría la solución. Sin embargo no había cura para lo que Harry había hecho y ambos habían tenido que aprender a vivir de aquella manera, aunque Draco sabía que él no se estaba llevando la peor parte.

Pese a todo, parecía que Harry lo estaba llevando bastante bien viviendo como muggle, haciéndolo todo a mano pese a la insistencia de su esposo de ayudarlo con magia, Harry podía ser muy orgulloso cuando quería y le gustaba hacer las cosas por su cuenta. Por supuesto, no había podido regresar a su trabajo como auror, pero había conseguido un trabajo en Hogwarts como profesor de vuelo de los alumnos de primer año y como entrenador particular de quidditch para los jóvenes magos que quisieran prender y ni si quiera tenía que volar, era tan bueno que podía dirigir a todo el equipo desde el suelo.

Si de algo había temido Harry, había sido a la hora de engendrar a Albus, Draco y él habían decido que cada uno aportaría una muestra genética para cada uno de sus hijos y Potter había estado muy reacio a hacerlo, no quería que su hijo se viera privado de lo maravilloso que era ser mago y le había pedido a Draco que él se encargara de la gestación de los dos muchachos que habían acordado tener. Al final entre todos sus amigos habían logrado convencerle de que lo mejor era que aportara su granito de arena y estuvieron muy contentos al ver que Albus era un hermoso niño y muy mágico.

—No te has puesto tu ropa para el quidditch —Dijo una voz a sus espaldas.

Harry se encontraba ahí, luciendo tan encantador como cuando tenían diecisiete, cargaba una charola con galletas que al parecer acababan de estar listas pues traía guantes de protección para no quemarse. Draco negó y le dio un corto beso en los labios.

—Sabes que ya no juego —Le dijo con indiferencia, y era verdad, desde que Harry no podía volar él tampoco lo había hecho. —Soy demasiado viejo para ello, dejemos que los más jóvenes hagan de las suyas.

Harry negó divertido y Draco le abrió la puerta de cristal para que pudiera salir con la charola de galletas, de la cual, robó una, estaban rellenas de chocolate. Se encaminaron hasta el resto de sus invitados, repartiendo las galletas y charlando en el proceso. Ron llegó junto a su esposa Lisa y su hijo Hugo que era tan larguirucho y pecoso como él, los más jóvenes comenzaron a organizar los equipos para el partido, mientras los adultos se ocupaban de otras cosas como negocios y novedades.

El partido se jugó con Sirius como guardián, Fred y George como golpeadores, Blaise, Hugo y Victoire como cazadores y Albus como buscador en un equipo. Ron como guardián, Dean y Ginny como golpeadores, Rose, Ted y Pansy como cazadores y Scorpius como buscador en el otro. Harry por supuesto, hizo un fantástico papel como árbitro y aunque al final Scorpius tomó la snitch, el partido lo ganó el equipo de su hermano, por solo diez puntos de último momento. Draco no se había perdido ni un solo momento del partido, con ojos brillantes alentaba a sus hijos a atrapar su snitch, aquella que Harry le había regalado después de que Gryffindor le ganara a Slytherin en segundo año, estaba bastante vieja, pero aún volaba como nueva.

—Al capitán de Ravenclaw debió costarle muchísimo seleccionar a su buscador —Dijo Lucius, mirando orgulloso a sus nietos. —Ambos son muy buenos.

—Herencia de sus padres, como es obvio —Intervino una sonriente Narcissa.

—En realidad, Albus es mucho mejor cazador que buscador, por eso es que ambos entraron al equipo —Aclaró Draco —Tiene la fuerza y vigor de Harry, es como un pequeño zancudo volando de un lado a otro con la quaffle.

Todos soltaron una carcajada y cuando finalmente el partido terminó, Draco comenzó a repartir vasos con agua natural entre los jugadores acalorados y sedientos, con ayuda de su madre quién le hablaba sobre las ventajas que tendría hacer negocio con Viktor Krum quién se había retirado de quidditch y ahora tenía su propia tienda de artículos para jugarlo. Draco sabía lo beneficioso que era, pero con lo celoso que era Harry cuando se trataba de Viktor no lo había considerado de verdad y de todas formas ya tenían un montón de inversiones más de las cuales subsistir y de las cuales ya era el legítimo dueño. Su padre le había heredado la fortuna completa un año después de que regresara junto con Harry, se había disculpado con él con lágrimas en los ojos, no solo por no haberlo recordado antes, si no por no haber sido el mejor de los padres. Después de eso su relación había mejorado bastante y aquello estaba bien.

Después de horas de charla, aperitivos, quidditch, ajedrez mágico y bromas de Fred y George que hicieron llorar a Scorpius —que eran tan sensible como Harry— y que Albus le defendiera —Su carácter era fuerte como el de Draco— todos se marcharon, dejando a los Potter-Malfoy en el jardín, recostados sobre las mantas y mirando el hermoso atardecer.

—El siguiente año, nos llevaremos la copa —Aseguró el siempre competitivo Albus —Esos Gryffindor no volverán a llevársela.

—Tómalo con calma —Le aconsejó Harry —Fue su primer año en el equipo, para cuando regresen a tercero estoy seguro estarán mejor coordinados.

—Todo ha sido culpa de Michael —Acusó Scorpius — Si no se me hubiera golpeado cuando intentaba darle a Rose, una cosa muy diferente hubiera sido, hubiera tomado la snitch.

—Tuve que maldecirlo un par de veces por los pasillos para hacerle pagar —Aclaró Albus de manera orgullosa, Draco sonrió con satisfacción a su hijo, quién le correspondió. Ambos borraron esa sonrisa cuando Harry los miró con reproche, dejando muy en claro que aquello no estaba bien, pero no animándose a abrir la boca, pues recordaba perfectamente bien el tipo de bully que había sido su marido en los tiempos de escuela.

Pese a no ser hermanos de sangre, Albus y Scorpius eran muy unidos, tenían la misma edad y habían sido seleccionados en la misma casa, aunque no compartían dormitorio. Se protegían mutuamente y según palabras de su propia boca eran mejores amigos. No era que no tuvieran más amigos, porque los tenían, aparte de sus "primos" Hugo y Rose, pero ellos eran como gemelos, no se apartaban el uno del otro para nada, hacían todo juntos y eran un excelente equipo, ya fuera para proyectos escolares o para quidditch, se complementaban de una manera tal que asombraba y no siempre de la mejor manera, pero Harry suponía que todas aquellas travesuras no solo se debían al gen Malfoy, si no al Potter mismo y aunque al principio había estado muy orgulloso de entregarles a sus hijos el mapa del merodeador —a Albus— y la capa —a Scorpius—, no pudo más que arrepentirse de hacerlo nada más terminó el primer año, cuando había recibido más de un queja por parte de la profesora McGonagall, aunque la pobre mujer no lograba enterarse de como aquellos dos se escabullían tan fácilmente.

Después de una charla sobre lo que sería su siguiente año en Hogwarts y muchos cumplidos a Remus y Severus por parte de sus hijos por ser los mejores profesores se pusieron en pie y Draco los mandó a dormir de manera inmediata, al día siguiente irían de paseo a la playa y debían levantarse muy temprano. Al terminar de recoger las cobijas y los cojines (a la manera muggle, Draco ya se había acostumbrado a usar el mínimo de magia y mucho más en frente de su marido), se tomaron de la mano y entraron a la casa. Era una de madera y de tamaño mediano, estaba adornada de manera bastante rústica y nada extravagante. Draco había vendido su departamento en Londres después de su boda con Harry y, aunque al principio habían querido irse a vivir a Godric's Hollow, al final habían decido que empezar de cero sería lo mejor. Su casa era perfecta para cuatro personas, tenía cuatro habitaciones y un despacho (que era en donde Draco se ocupaba de los negocios familiares), tenía un hermoso y amplio patio trasero, con un jardín plantado por Narcissa, tenía una sala amplia donde tenían una enorme televisión y una cocina/comedor bastante grande.

Draco y Harry subieron al segundo piso, guardando las colchas que cargaban dentro del armario e inmediatamente después decidieron que estaba bien si tomaban una ducha. Se desvistieron mutuamente, entre miradas cariñosas y sonrisas, llevaban años haciendo aquello y seguían sin cansarse el uno del otro. Pese a la edad —que en realidad no era mucha, treintainueve años— ambos se habían mantenido en forma, Draco por vanidad y Harry porque nunca había sabido quedarse quieto. Cuando estuvieron completamente desnudos, el rubio guió a su ahora esposo hasta el cuarto de baño dentro de la habitación y con un encantamiento no verbal llenó la tina rápidamente de agua, agua a la que Potter agregó varias opciones aromáticas y de relajación.

Harry se sentó en el agua con Draco entre sus piernas, la espuma del jabón se sentía deliciosa, pero lo mejor era el contacto de sus pieles. Potter había comenzado a hacerle un masaje a su acompañante, uno bastante sexy, en pensamientos del mismo Draco; Acariciaba con fuerza su espalda, su cuello y sus brazos, aprovechando la consistencia resbalosa del agua enjabonada.

—Eres perfecto... —Le dijo el moreno con voz sensual, mientras se pegaba más al cuerpo de su marido.

—Estoy viejo y acabado —Replicó Draco, con los ojos cerrados y un tono bastante relajado —Mis hijos se marchan pronto a su tercer año en el colegio.

—No eres viejo, estás maduro... —Rebatió Harry ahora besando su cuello suavemente, haciendo que la piel de Draco se erizara y su pene diera un respingo de satisfacción.

—Los chicos deben seguir despiertos...

—¿Eres mago o no? Usa un encantamiento silenciador y otro para bloquear la puerta. —Comenzó a restregar su pene entre las nalgas de su acompañante, diciendo sin palabras lo que deseaba en aquel momento.

—No voy a hacerlo en la tina —Sentenció el rubio, poniéndose de pie de inmediato. —La última vez casi morimos desnucados, ya no tenemos veinte. —Salió del cuarto de baño, aun escurriendo y moviendo las caderas de manera sugerente —¿Vienes o no?

No tuvieron que decírselo dos veces, porque Potter era un tanto lento, pero cuando se trataba de una noche de sexo con Draco Malfoy no perdía ni un segundo. Draco se recostó en la cama boca abajo, mostrando su perfecto trasero y sonriendo al escuchar las pisadas apresuradas de Harry hasta la cama, había pasado mucho tiempo y aun así seguían volviéndose locos mutuamente. Sintió como la cama se hundía a su lado, recostó su cabeza sobre sus brazos y cerró los ojos, esperando eso que llegó casi de inmediato. Harry comenzó a mimarlo con un montón de besos en la espalda que lo hacían temblar y sentir que nada más en el mundo existía. Soltó un suspiro de satisfacción, mientras su acompañante acariciaba con sus gruesas manos sus costados y sonrió cuando Harry por accidente frotó su erección contra su pálido cuerpo, no que él no estuviera excitado, porque lo estaba y su erección contra las colchas de la cama era la prueba, pero había aprendido que, por mucho, Potter era más desesperado que él y no temía demostrarlo.

Draco decidió que era hora de girar, así que lo hizo y Harry le robó un húmedo y largo beso casi de inmediato, sus labios embonaban como si estuvieran hechos el uno para el otro y sus respiraciones y latidos estaban tan sincronizados que, de detenerse uno, los dos lo harían y morirían. Al encontrarse el verde y el plata solo pudieron seguir devorándose con la mirada y Draco creía que así sería hasta el final de sus días, porque su amor y su pasión en vez de aminorar con el tiempo solo crecían y se hacía más palpable, cualquiera que los mirara se daría cuenta. Harry comenzó a restregarse contra su pierna y Draco tuvo que aguantar muchísimo las ganas de tocarse a sí mismo. El moreno recorrió su pecho entre lamidas, mordidas y besos, deteniéndose en sus pezones, saboreándolos. Draco arqueó la espalda ante esto y Potter aprovechó para colar sus hábiles manos hasta sus nalgas; después de tanto tiempo haciéndolo, ninguno de los dos era aquel par de jóvenes inexpertos que alguna vez habían sido, se conocían mutuamente como las palmas de sus manos, Malfoy conocía cada punto sensible de su esposo y al revés y aprovechaban aquello para explotar al máximo la experiencia, llevándolos al límite.

El moreno fue bajando lentamente, entre caricias y besos, hasta llegar a la erección del ojigris la cual estaba más que lista; estaba hinchada y de la punta escurría el líquido preseminal que Harry no dudó el lamer en cuanto lo tuvo de frente. Con ágil lengua lamió todo el largo del miembro de su esposo, lenta y tortuosamente, como sabía que a Draco le ponía. Acunó sus testículos y los acarició sin pudor para inmediatamente devorar el rosado y enorme pene de su acompañante. Draco soltó un jadeo ahogado por la acción, era verdad que había colocado un encantamiento silenciador, pero no le gustaba sucumbir de aquella manera. Era como un reto para ambos, Draco se resistía y Harry no paraba hasta hacerlo gritar y era sensual y erótico.

Harry lamió, chupó y succionó con la habilidad de un experto, Draco hasta podía jurar que había comenzado a ver estrellas de lo bien que se sentía, pero justo en el mejor momento paró. Abrió los ojos, preguntándose si ocurría algo y se encontró con un Harry sumamente excitado y admirando su cuerpo mientras un par de dedos juguetones se adentraban en su cuerpo, lentamente. Potter pasó delicadamente los dedos de su mano libre por cada una de sus cicatrices, incluyendo aquellas que el mismo Potter había causado, de aquella manera ambos se aseguraban de recordar que tenían un pasado difícil, pero que habían logrado superarlo. Y era hermoso.

El ojiverde se inclinó hacia adelante, alineando su glande contra la entrada de Malfoy, quién lo recibió con un cariñoso y húmedo beso mientras enredaba sus delgadas manos en el desordenado cabello del león.

—Te amo —Le susurró a Harry en cuanto éste comenzó a entrar en él, muy lentamente, como si temiera lastimarlo pese a de todo ese tiempo de experiencia. —Te amo más que nada, y si me dieran la oportunidad de volver a nacer... volvería a hacer todo de la misma manera, solo para estar contigo.

En respuesta, Potter comenzó a besar sus mejillas, mientras repetía en voz muy, muy bajita su nombre, hasta que entró por completo en él, deteniéndose solo para mirarlo a los ojos, para Harry, Draco era el ser humano más precioso del universo, no solo físicamente y no dudó en concordar con él, le debía tanto a aquel giratiempo, de debía tanto a Draco por haber tomado esa decisión y haber cambiado sus vidas, porque él no se veía entre los brazos de nadie más que no fuera aquel rubio insufrible y caprichoso y era tan feliz que no concebía la idea de otra vida, donde no fueran ellos dos.

Comenzó a moverse, lentamente y los jadeos por parte de ambos no se hicieron esperar, Draco estaba húmedo y estrecho, Harry demasiado hinchado y largo y aquella combinación los llevaba al límite de la locura. Cuando menos se dieron cuenta, Harry ya arremetía contra el cuerpo del rubio con fuerza y velocidad, haciendo reaccionar a la magia de su acompañante que se encargaba de lanzar pequeñas chispas de placer a través de su cuerpo, haciendo que Harry perdiera la razón.

—Draco, si... me encantas, me encantas, eres tan sexy y ardiente... —Gruñía más que decía.

—Más Harry, más, adentro, rápido, rápido —Jadeaba, más que responder.

Y Potter así lo hizo, fue más rápido y más profundo, golpeando la próstata de su acompañante haciéndolo explotar minutos después y derramándose en su interior al mismo tiempo, mientras la habitación se llenaba de luces doradas y jadeos arrítmicos. Para Draco, la sensación de ser poseído por Harry solo era igualada por poseer al moreno y muy cansado, atrajo a su esposo hasta sus brazos, quién rápidamente se acurrucó junto a él.

Se miraron y se sonrieron un poco, recordando cada momento de su vida que los había llevado hasta ese punto, el día en la tienda de túnicas, la charlas a media noche, los dulces y las tareas compartidas, el giratiempo, los patronus, las peleas absurdas, el beso en navidad, los celos, la inseguridad, la noche en la enfermería, Voldemort, la guerra, la victoria, el pago, el regreso, los amigos, la familia, los planes, las salidas, la victoria y el nuevo pago, sus hijos, la experiencia, el amor, la esperanza y la felicidad.

Finalmente cayeron dormidos, con la seguridad de que, el día siguiente sería mucho mejor que el anterior, porque estaban juntos y así sería hasta el final de sus días.