Capítulo 16

—¡Ay!

—¿Lo he vuelto a hacer? —preguntó Naruto, con expresión atormentada.

Ya iban tres veces; la había pisado mientras bailaban y el hombre sudaba por el esfuerzo. No quería estropearle la fiesta a Hinata confesando su poco talento para el baile. Por desgracia, los pies de la joven fueron testigos de su torpeza.

A pesar del dolor, Hinata tuvo que reprimir una sonrisa. Era muy gracioso verlo, tan grande y corpulento, intentando mantener la compostura.

—¿Prefieres que lo dejemos? —le preguntó.

Naruto se apretó más contra su cuerpo. Deseaba abandonar la tortura del baile cuanto antes, pero no quería separarse de ella. Tenerla abrazada era embriagador; la calidez de su cuerpo y el aroma floral que desprendía su pelo le estaba volviendo loco.

—Si prometes que no te separarás de mí, podemos dejar de bailar —le susurró contra el oído.

Hinata sintió un pellizco en la boca del estómago al notar el aliento de Naruto contra su mejilla.

—De acuerdo —aceptó, de buena gana.

—Y, además, debes decirme qué te ha pasado antes, cuando has saludado a tu amiga. ¿Acaso la cara bonita de Garret te ha dejado sin sentido?

Hinata dio un paso atrás para poder mirarlo a los ojos. ¿Eran celos lo que había escuchado en su tono?

—No me gustan los rostros tan perfectos —confesó, pasando el dedo por una pequeña cicatriz que adornaba el mentón de Naruto—. Me parecen demasiado fríos y, en este caso, particularmente inquietante.

Naruto arrugó el ceño y detuvo sus torpes movimientos de baile.

—¿Entonces?

Hinata dudó. Se mordió el labio y desvió la vista buscando al marido de Shion para comprobar que estaba lo bastante lejos.

—No lo entenderías.

—Intenta explicármelo —el tono de Naruto se había vuelto exigente. Cuanto más evasiva se mostraba ella, más deseaba saber qué había ocurrido.

—Ese hombre me da mala espina —dijo, sin dejar de mirar por encima de su hombro—. ¿Has visto a Shion? Ella no era así, te lo aseguro. Exhala un aire amargado y casi diría que en su rostro hay una sombra de…

—Miedo —concluyó Naruto por ella.

Hinata le miró con los ojos muy abiertos. Desde luego, tenía una admirable intuición.

—¿También tú lo has notado?

—Tendría que estar ciego para no haberlo visto. Deidara siempre me ha parecido algo siniestro, aunque sus elegantes modales indiquen lo contrario.

Hinata no pudo evitar que un escalofrío de temor le recorriera de pies a cabeza. Él notó su estremecimiento.

—¿Eso es lo que te pasaba, entonces? ¿También te ha dado miedo?

La joven cerró los ojos y la imagen de aquel hombre, atado al árbol y con el vientre ensangrentado, inundó su mente.

—Abrázame, Naruto.

Era la segunda vez que tras una de sus visiones le pedía el consuelo de sus brazos. El vaquero la acomodó contra su amplio pecho y le besó la coronilla, invadido por un cálido sentimiento. Le gustaba saberse necesitado. Y Hinata conseguía que, además, se creyera indispensable. Sabía muy bien que su esposa era muy capaz de valerse por sí misma, y tal vez por eso le gustaba tanto que ella lo buscase para reconfortarla.

—No consentiré que Garret se te vuelva a acercar —le prometió.

Hinata elevó el rostro para buscar sus ojos una vez más.

—Pero he de acercarme yo a él… Tengo que averiguar qué le ocurre a Shion.

Naruto ciñó su cuerpo con aire protector y le acarició la barbilla.

—Lo averiguaremos juntos. Ahora, ya no estás sola.

Aquellas palabras sacudieron el alma de Hinata. Aliviaron como por encanto la pena que llevaba arrastrando desde hacía mucho tiempo. Notó el corazón henchido y el anhelo que había empezado a sentir desde que tuvo aquel sueño con Naruto regresó con fuerza, calentándole la piel, encendiéndole la mirada. Necesitaba a ese hombre. Más allá de las palabras, más allá de los gentiles gestos que había tenido con ella. Necesitaba que su marido la reclamara como mujer e inconscientemente, sus ojos buscaron los labios del hombre, deseando…

—¿Quieres que te bese?

Cielos. Además, podía leerle la mente. No se daba cuenta de que el deseo se manifestaba en su cara tan claro que cualquiera podía haber averiguado lo que buscaba. Los ojos perlas se habían oscurecido tras un velo vidrioso y los labios entreabiertos brillaban húmedos y expectantes. De su garganta brotó un suave gemido de impaciencia y Naruto sonrió, inclinándose hacia ella.

¿Para qué hacerse de rogar? Él también lo estaba deseando.

Posó los labios sobre la boca de Hinata y presionó con delicadeza.

La estrechó con más fuerza entre sus brazos, notando cómo su corazón se aceleraba al tiempo que el beso se volvía más exigente.

La joven notó el cambio. La evolución de aquel contacto que había comenzado suave pero se volvía salvaje por momentos. ¡Qué diferencia con el beso que le había dado horas antes, en su hogar!

Naruto exigía una respuesta de ella moviendo los labios sobre los suyos con maestría, lamiendo las comisuras de su boca, mordisqueando la tierna carne. Poco a poco, sin saber cómo, fue abriéndose camino entre los dientes y al final su lengua la asaltó buscando con desesperación la dulzura que escondía.

Hinata, conmocionada por la fuerza de las emociones que estaban despertando en su interior, respondió con su propia lengua, tanteando tímidamente, pero decidida. Escuchó el gruñido de placer de Naruto contra su boca y el sonido consiguió exacerbarla aún más.

Comenzó a sentir las piernas blandas y una languidez deliciosa la transportó a su propio cielo. Se aferró con fuerza a los hombros de Naruto temiendo no poder sostenerse por sí misma y con ese gesto se pegó más a él. Se estremeció de placer cuando sus senos se aplastaron contra su amplio pecho. Cada fibra de su ser respondía al contacto de su marido y supo, en ese preciso momento, que no se había equivocado al realizar ese largo viaje a lo desconocido.

Él se separó apenas, satisfecho.

—Esto se me da mejor que el baile, ¿verdad?

—Por fortuna para los dos —jadeó ella, con una sonrisa—. Y ahora, deja de presumir y vuelve a besarme.

Las poderosas manos de Naruto asieron con fuerza su cintura y la pegó de nuevo a su cuerpo. En esta ocasión, el vaquero fue más osado y no se limitó a abrazarla. Paseó las manos por su espalda hasta que, por fin, descendieron por sus nalgas, muy abajo. Cuando Naruto apretó, justo en la línea que unía su trasero con los muslos, el cuerpo de Hinata se sacudió con un espasmo de placer. Estuvo a un paso de olvidar dónde se encontraban, quiénes les rodeaban. Pero cuando sintió la dureza del hombre presionando con insistencia sobre su vientre, intentó zafarse de su abrazo, envarada por aquel impulso.

—Detente. No estamos solos… —le pidió, mientras esquivaba su boca hambrienta.

—Mejor, que nos vean —exclamó él, con los ojos nublados de deseo—. Quiero que todos sepan que eres mía.

Su tono grave y exigente emocionó a Hinata, que se aferró a su camisa cuando notó que las piernas le temblaban. Aquella frase prometía mucho más que unos apasionados besos en la plaza del pueblo.

—Ejem, ejem… lamento interrumpir.

La voz de Jiraiya Konoha les devolvió a la realidad. Hinata lo miró, azorada, pero logró componer una sonrisa. Naruto, sin embargo, continuaba con la vista fija en la deliciosa boca de su mujer. Al diablo con Jiraiya y su inoportuna aparición.

—¿Qué… qué ocurre? —preguntó la chica, lanzándole a su marido una mirada reprobatoria. No era de buena educación ignorar al patrón.

— Naruto, un hombre pregunta por ti —dijo Jiraiya, mostrando una amplia sonrisa.

Sin duda, había disfrutado del espectáculo y le satisfacía enormemente frustrar al estirado vaquero. Era la primera vez que los hombres de Konoha's Valley le veían mostrar algún tipo de emoción en público. Estaba deseando restregarle por la cara que tal descuido se debía a la mujer de la que tanto había renegado.

—Estoy ocupado, Jiraiya, ¿no lo ves? —respondió Naruto, aún con la vista fija en Hinata.

Ella deseó darle una patada.

—Ya, pero… tu amigo insistió mucho. Es… forastero —prosiguió el patrón, sin inmutarse porque el hombre lo ignorase.

Aquello captó por completo la atención de Naruto. Se volvió por fin hacia Jiraiya y frunció el ceño, intrigado.

—¿Forastero?

—Sí, aunque no me ha dicho lo que desea. Solo me ha pedido que te avise, te espera en la fachada posterior de la cantina. Anda, ve con él, yo cuidaré de tu esposa.

Su última frase ensombreció el rostro de Naruto. Y como no se movió del sitio, Jiraiya emitió una sonora carcajada antes de acercarse a Hinata y coger su mano con intención de sacarla a bailar. Pero su marido la sostenía por la otra y no permitió que se la llevara.

—¡Naruto! —se quejó ella, tironeada entre los dos hombres.

—No irás con él.

—Vamos, Uzumaki, esto es ridículo —volvió a reír Jiraiya. Se estaba divirtiendo de verdad.

—Por favor, Naruto, ¡eres imposible! —le amonestó Hinata, muy turbada.

El vaquero permaneció con el semblante pétreo, fulminando con la mirada a Jiraiya, que a esas alturas reía a mandíbula suelta.

—De acuerdo, cabezota, de acuerdo —exclamó al fin el patrón, observando lo mortificada que se sentía la mujer—. No bailaré con ella, ¿te parece bien? Solo la invitaré a una limonada y a un trozo de pastel.

Aunque aquellas palabras parecieron relajar ligeramente a Naruto, Hinata cruzó los brazos sobre el pecho, disgustada.

—¿Qué es esto? ¿Solo voy a poder bailar contigo? —preguntó, furiosa—. ¿Quieres que te recuerde cuántas veces me has pisado?

La carcajada de Jiraiya fue inmediata tras esas palabras. Oh, sin duda, aquel matrimonio iba a dar mucho que hablar, para su goce personal.

—Ahora vuelvo —fue la única respuesta que obtuvo la joven de su marido antes de que le soltara la mano para dirigirse a la cantina.

Lo vio alejarse sin mirar atrás y notó cómo la confusión se adueñaba de su alma. Debería estar enfadada con él por ser un insufrible déspota, pero no lo estaba, en absoluto. Más bien todo lo contrario. Deseaba con fervor que la entrevista con su amigo forastero terminase cuanto antes para que volviese a su lado. Por extraño que pareciera, aún no lo había perdido de vista y ya lo echaba de menos.

Los ojos del miwok sonrieron un segundo cuando se encontraron con los de Naruto.

—Te he visto con la mujer —le dijo—. Es muy bella.

Luego, sus ojos oscuros volvieron a entristecerse.

— Obito, amigo —saludó Naruto, estrechándole el antebrazo.

—¿Es tu esposa? —insistió el guerrero. Naruto asintió con la cabeza—. Es especial, tiene un aura potente.

—Es una mujer testaruda y charlatana y, desde que ha llegado, me he visto obligado a cuidar de ella.

Obito sonrió.

—Es decir, te gusta mucho.

Naruto miró hacia la plaza por encima de su hombro y vio a Hinata junto a la mesa de la comida, con Jiraiya. Su corazón se colmó al reconocer que era la única mujer de la fiesta que captaba por completo su atención. Suspiró cuando notó que aquel sentimiento derivaba en otro más elemental que tironeó de su bajo vientre. Se volvió de nuevo hacia su amigo, compartiendo la sonrisa.

—Bastante. No esperaba que fuese así.

—Me alegro por ti, Omusa. Has estado mucho tiempo solo, te vendrá bien.

—Sí, pero yo quería…

—Ya, como todos nosotros, amigo. Pero ha pasado mucho tiempo, es hora de seguir con nuestra vida —hizo una pausa, respirando hondo para recomponer su rostro, descompuesto por el dolor que le producían aquellas palabras—. Es hora de rezar por ella y solicitar a los dioses un nuevo Hii para nuestro pueblo.

Naruto lo estaba esperando. Él era el único que siempre pensó que la pequeña Sarada estaba muerta. Los miembros de su pueblo no perdían la esperanza de encontrarla con vida, animados por la fe inquebrantable de Sakura, su madre. Muchas veces había intentado hacerles ver su verdad: la niña jamás regresaría. Pero ellos se aferraban con obstinación a la idea de que Sarada era un ser mágico.

Demasiado especial como para que ningún ser humano pudiera hacerle daño alguno. Ahora, después de su última misión de búsqueda fallida, parecía que por fin los miwok lo habían entendido.

De pronto, una tristeza infinita llenó su corazón. Se percató en ese mismo instante de que parte de aquella esperanza que mantenían latente en sus corazones le había contagiado. Que ellos aceptasen por fin su muerte erradicaba cualquier posibilidad de volver a ver a la pequeña con vida.

Se miraron unos segundos en silencio, compartiendo el dolor.

Obito, de pelo negro, lacio y largo, llevaba plumas de luto entre sus trenzas. Sus ropas de piel no lucían ningún adorno, exceptuando un colgante que Naruto reconoció. Atadas en una tira de cuero, las cuentas de un collar que la pequeña Sarada había confeccionado con sus propias manos. El vaquero recordó el día en que la niña había recorrido todo el campamento mostrando orgullosa su logro: había confeccionado un hermoso abalorio de colores, que lucía como si se tratara de la joya más exquisita del mundo. Naruto sintió que el corazón se le rompía de pena al rememorar cómo le brillaban los ojos a Sarada aquel día, y cómo la risa infantil brotaba con facilidad de su garganta, feliz por ser el centro de atención.

De pronto, el hecho de saber que jamás volvería a oír la risa de esa pequeña tiñó de rojo y dolor aquel feliz recuerdo.

—He venido para avisarte de que mañana celebraremos un ritual en memoria de Sarada. Su madre quiere que estés allí — Obito guardó silencio unos segundos, con la vista perdida—. Sakura está destrozada, Omusa. Te necesita.

Naruto colocó una mano en el hombro de su amigo. Sakura había compartido muchas cosas con él, a pesar de que su capricho por ella casi acabase con su amistad. No fue así y la joven miwok supo comprenderlo. Por eso le había mantenido en su vida, y por eso le había nombrado padrino de su hija. Para Sakura, Naruto siempre sería parte de su familia.

—Allí estaré. Partiré hacia el poblado mañana al amanecer.

Obito asintió con la cabeza. No le propuso que lo acompañara esa misma noche, pues estaba claro que Naruto necesitaba su propio desahogo. No le habían pasado desapercibidas las furtivas miradas que echaba a la hermosa mujer y sabía que en sus brazos hallaría la paz que tanto necesitaba.

Volvieron a estrecharse los antebrazos, mirándose a los ojos con intensidad.

—Ka'ópyati nii(5)—susurró el miwok.

—Hasta mañana, amigo.


Mientras su marido se entrevistaba con su amigo forastero, Hinata escudriñaba la oscuridad para intentar localizarlos. Sentía mucha curiosidad, ¿de qué estarían hablando? Pensó que ya tendría tiempo de averiguarlo. Se sirvió un pedazo más de tarta aprovechando que Jiraiya se había alejado para saludar a otra de las parejas.

Por eso no lo vio llegar.

Antes de meterse el tenedor en la boca, notó que alguien llamaba su atención tocándole el hombro.

—Buenas noches, señora.

El miedo se anudó en el estómago de Hinata al reconocer la voz áspera y aguardentosa del hombre que la asaltó antes de llegar.

Se giró lentamente para enfrentarlo, apretando con fuerza el tenedor entre sus dedos. No dudaría en clavárselo en cualquier sitio si se acercaba demasiado.

—Voy a gritar —amenazó.

El hombre esbozó una sonrisa sibilina.

—No, no lo creo —se llevó una mano al hombro que ella había herido—. Tendrías muchas cosas que explicar. ¿Quieres que tu marido se entere de lo que pasó entre tú y yo?

—¿Qué te hace suponer que no lo sabe?

Jirōbō se carcajeó como una comadreja.

—Vamos, ¿me crees idiota? Si lo supiera, hubiese venido a por mí —se acercó a ella un paso y Hinata intentó retroceder, pero chocó contra la mesa—. Y el hecho de que no lo haya hecho me intriga mucho… ¿Por qué no has dicho nada? ¿Acaso te gustó y esperabas que regresara para terminar lo que empecé?

Hinata tuvo que contener una arcada. No solo por el vomitivo olor que exhalaba aquel individuo, sino por el asco que sus palabras le habían dado. Solo imaginar aquellos sucios dedos tocándola le daba náuseas.

—Si te acercas más, te clavaré esto en un ojo —le advirtió, empuñando el tenedor delante de su cara.

Una sombra de duda cruzó los ojos del hombre. Sabía que aquella víbora era muy capaz de cumplir su amenaza y no estaba dispuesto a darle la oportunidad de llevarla a cabo.

—Algún día te encontraré a solas y entonces…

—¿Qué ocurre aquí?

La voz de Jiraiya interrumpió la amenaza de Jirōbō, para alivio de Hinata. Aunque el malestar que aquel individuo le había generado con sus venenosas palabras aún le quemaba en el estómago.

—Solo estaba saludando a una vieja amiga, Jiraiya. Después de todo, hemos vivido muchas fatigas juntos —se excusó Jirōbō.

El patrón lo observó con suspicacia. No le había pasado desapercibida la palidez de Hinata y la manera en que sus jóvenes dedos estrujaban la empuñadura del tenedor.

—¿Hinata? —preguntó, en absoluto convencido con las palabras de Wyatt.

Ella dudó. Podía acabar con eso de una vez por todas si explicaba lo que aquel degenerado había intentado hacerle. Pero, ¿y si no la creía? ¿Y si Jirōbō encontraba la manera de dar la vuelta a la situación y ella quedaba como la mala? Como una mujer capaz de hundir una navaja en el cuerpo de un hombre sin pestañear. Ya había pasado por eso antes, ya había quedado en ridículo demasiadas veces cuando la gente no había creído sus palabras.

—No… no pasa nada, Jiraiya. Jirōbō y yo solo charlábamos.

El silencio de Jiraiya evidenció que no lo habían convencido.

Afortunadamente para Wyatt, Mei LeFleur apareció en ese instante y se enganchó del brazo del patrón.

— Jiraiya, querido —le susurró con aire zalamero—, me habías prometido un baile.

—Señoras, Konoha — Jirōbō hizo un gesto de despedida con la cabeza—, si me disculpan…

Se alejó, mezclándose con el resto de la concurrencia y Hinata pudo al fin aflojar la mano en torno al tenedor.

—¿Hinata? —volvió a preguntar el patrón, escrutando sus ojos.

—Creo que algo me ha sentado mal, Jiraiya —musitó, dejando el tenedor sobre la mesa y llevándose una mano al estómago. A fin de cuentas, no era tanta mentira; se sentía fatal—. Me parece que me iré a casa… ¿querrás decírselo a Naruto?

—¿Por qué no le esperas?

Jiraiya detectaba una mentira a leguas de distancia. Y aquella chica ocultaba algo… Algo que había conseguido que palideciera y se sintiera fatal. El viejo buscó a Wyatt entre los ciudadanos de Konoha's Valley pero no consiguió dar con él. Fuese lo que fuese lo que le ocurría a Hinata, estaba convencido de que tenía que ver con aquel hombre. Y eso añadía más leña al fuego de la desconfianza que ya le profesaba a ese individuo.

—No quiero interrumpir la charla con su amigo. Y no sé cuánto va a tardar, así que…

—De acuerdo, se lo diré —contestó.

Y también pensaba decirle lo que había pasado allí, por supuesto. Naruto debía saber que a su mujer le molestaba la presencia de Wyatt. ¿Por qué? Eso dejaría que lo averiguara él mismo. Después, ya le contaría. Y entonces sabría a qué atenerse con ese individuo indeseable.

Naruto regresó a la plaza más impaciente de lo que su sentido común le recomendaba. Buscó a Hinata pero no la vio. En cambio, sí vio a Jiraiya bailando con Mei en medio de la plaza. Se acercó hasta ellos.

—¿Dónde está Hinata?

La pareja se volvió hacia él y Jiraiya le señaló con la cabeza el camino que llevaba a su hogar.

—No se encontraba bien y se ha marchado a casa —explicó Mei, adelantándose a Jiraiya.

—Sí, pero ella… —intentó hablar el viejo.

—Será mejor que vayas a ver qué le ocurre —lo interrumpió Mei.

Naruto no perdió más tiempo y fue tras su esposa con gesto preocupado.

El patrón enfrentó la mirada singular de la madame y frunció el ceño.

—¿Por qué no me has dejado contarle lo ocurrido?

—Porque tú tampoco sabes lo que ha pasado. Créeme, es mejor que no te metas en su relación. Si ella ha tenido algo con ese Jirōbō, te sugiero que dejes que sea Naruto el que lo averigüe.

Jiraiya la soltó y la miró con dureza.

—No me ha parecido que el asunto que se traían entre manos fuera de esa índole —la reprobó—. Mi instinto me dice que ese tipo no es de fiar y, de algún modo, me siento responsable. Hinata le temía, lo he visto en sus ojos.

Mei se acercó de nuevo a él y le obligó a que la tomase por la cintura.

—De acuerdo, perdona. No tenía que haberme metido —se pegó más a él mientras giraban en la pista de baile—. Haremos esto: si me entero de algo, lo que sea, respecto a ese hombre, serás el primero en saberlo. Después de todo, se aloja en una de mis habitaciones y solicita los servicios de mis chicas cada noche.

Jiraiya asintió, algo más sereno. Sí, era una buena idea. Mei sería una magnífica espía y seguro que conseguiría averiguar muchas más cosas de Wyatt que él.

—¿Te he dicho alguna vez que eres un magnífico bailarín? — comentó ella, cambiando radicalmente de tema mientras le dedicaba una sonrisa lasciva.

Consiguió hacer reír a Jiraiya. ¡Cielos, aquella mujer era increíble! El viejo sabía que no se refería al baile que ejecutaban en esos momentos por la plaza, sino al que en un par de horas los mantendría ocupados buena parte de la noche, en su cama. Aunque, bien pensado, él ya había dado su discurso; tal vez pudiera adelantar el placentero encuentro entre las sábanas.

—Pues he aprendido unos nuevos pasos de baile que estoy deseando enseñarte… ¿Qué te parece si nos vamos ahora mismo y te los muestro?

Mei apartó las manos revoltosas de Jiraiya que descendían con sigilo por su espalda buscando la redondez de su trasero, riendo.

—Viejo pícaro… —lo amonestó—, tendrás que esperar. Antes, tengo que hablar con las mujeres.

La cara del patrón cambió por completo. Mei tuvo que contener una carcajada al ver su gesto serio.

—¿Para qué quieres hablar con ellas? —preguntó alarmado.

Ella le pellizcó la mejilla, coqueta, antes de darse la vuelta para encaminarse al grupo de señoras que charlaban junto a la mesa de la comida.

—Voy a ofrecerles mis servicios, por supuesto. ¿Qué pensabas?

La mandíbula de Jiraiya casi se desencajó ante la imagen que le evocó aquel comentario.

—Pero… ¿qué demonios?

La risa de Mei fue la única respuesta que obtuvo a su estupor.

La madame no estaba dispuesta a aclararle que los servicios que pensaba ofrecer eran unos buenos baños, venta de perfume y maquillaje y, en vista del éxito de Hinata con su vestido, una modista a su disposición para confeccionar los modelos más exclusivos. Miró por encima de su hombro y comprobó que Jiraiya aún no había cerrado la boca. No… no pensaba aclarar nada. Aquello era demasiado divertido.

5 Debo irme ya.

Continuará...