Culpable
—¡Súbele!
Nathan soltó una carcajada y subió el volumen de la música hasta casi el máximo. Max, sentada en la parte de atrás de su lujoso auto, se tapó las orejas por el insoportable volumen de la canción rave que retumbaba en cada sector de su cuerpo, en especial el pecho. Estaba a punto de gritar "¡bájale!", pero nada tardó en percatarse de que era una estupidez desgastar las cuerdas vocales. Ni el desquiciado muchacho ni Rachel podían verla.
Max era una intrusa viajando a través de unos ajenos recuerdos.
Se comprimió más las orejas, espiando de reojo la ventanilla. El ciervo, su aliado, se encontraba volando a una velocidad impresionante en las afueras, siguiendo al auto de Nathan. Parecía un rayo de luz. Lo único que llegaba a distinguirse de su cuerpo era su hocico inclinado hacia adelante. No se sorprendió al verlo así. Ya había visto demasiadas incoherencias como para cuestionar su comportamiento.
Supongo que no se va a despegar de mí.
El plan era seguirlos. O, mejor dicho, no había otra opción más que seguirlos. No había manera de escapar de esos recuerdos. Max sentía como si un imán absorbiese su cuerpo a cada escena a donde Rachel y Nathan se trasladaban. Así terminó en su coche. Se subió a éste junto a una colocada Rachel que ahora sacudía la cabeza de izquierda a derecha guiada por la canción y, según parecía, totalmente recuperada del pasado malestar que sufrió.
Max puso una mano en el respaldo de su asiento y se inclinó para verla.
—Veo que a ti no te molesta el ruido en absoluto —le dijo sabiendo bien que no podía oírla—. No te molestó, ni lo hará esta noche. —Arrugó la frente y estampó la espalda otra vez contra el respaldo—. Eres tan estúpida…
Su futuro asesino iba a una velocidad sumamente peligrosa para un pueblo tan tranquilo; pasándose semáforos en rojo, derrapando en las curvas y, de paso, bebiendo una botella de Vodka. Lamentablemente tales imprudencias solo incentivaban la divertida sensación de vértigo que Rachel sentía en el estómago. Sensación que Max también percibía a un grado menor, pero que a comparación de ella no disfrutaba. Tenía náuseas debido a esas constantes cosquillas revoloteando por doquier. Se llegó a preguntar cómo carajo llegaron vivos a la granja con un sociópata ebrio al volante y su acompañante incentivándolo. Fue un puro milagro que carecía de importancia debido a que, de cualquier modo, Rachel perdería la vida poco después.
Realmente no quería presenciar todo lo que estaba por ver, bastante destruida ya se encontraba luego de lo que aconteció. Poder detallar la viva imagen de su fallecida novia no aportaba. Siquiera comprendía de dónde sacaba la energía para seguir adelante, pero tampoco lo cuestionaba. Se sentía vacía, a la deriva y extrañamente estable a la vez. Y solo había una explicación para esos síntomas tan contradictorios: Max, después de pasar por tantas tragedias, terminó ingresando a un ausente estado conocido como "piloto automático". Para protegerla del caos su mente se congeló, por ende, parte de sus sentimientos también; aquellos más vinculados a la razón que con el corazón. Todo lo que ocurriera a partir de ahora, todas sus acciones y decisiones lejos estarían de ser calculadoras, sino más bien instintivas. Las realizaría de un modo justamente automático, tal como si alguien más estuviera controlándola desde afuera. Debido a todo lo que sufrió, más las pasadas horas que resultaron sumamente impactantes, se convirtió en un títere de sus descarriladas emociones. Ellas estaban al mando ahora. Las más profundas, las más primitivas. Muy atrás quedó la chica analítica que solía ser. Aquello no era necesariamente una mala noticia, porque de esa forma, con la consciencia al ochenta por ciento apagada y el instinto despierto, evitaba pensar de más y, con suerte, seguir adelante. Ese era el plan. Por supuesto, ella no se percataba del cambio que implementó su cerebro para protegerla del caos.
En resumen: el botoncito de la supervivencia se activó.
¿Increíble, no? Podríamos llamarle "trauma" a este no tan pequeño corto circuito que estaba sufriendo nuestra heroína, pero en realidad era una cura, un bastón para ayudarla hasta que volviera a tener la capacidad de caminar sin él. Hasta que pudiera aceptar lo inevitable. La mente a veces es tan sabia...
Como peligrosa.
De todos modos, consciente o inconsciente, debía ser fuerte y enfrentar esos recuerdos. El ciervo la guió hasta allí porque sabía donde terminaría el recorrido: en la verdad. Esa verdad que hacía tiempo deseaba averiguar y que, escurridiza, siempre se le escapaba de las manos.
Ahora la tenía acorralada.
—¡Amo esta puta canción! —exclamó Rachel alargando la mano al bolsillo de la chaqueta de Nathan— ¡Te robo un poco! —Sin dejar de bailar el cuerpo al compás de la música, sacó la bolsa de cocaína que tenía escondida y la abrió—. Baja la velocidad, voy a tirar todo a la mierda. —pidió, a lo cual Nathan pasó de estar a setenta kilómetros por una calle completamente transcurrida por otros autos, a sesenta. Mucha diferencia no hizo. No para Max, que tenía que agarrarse del asiento para no tambalearse de un lado a otro y terminar con la cara pegada a la ventanilla.
Rachel depositó el polvo en el tablero frente a ella, lo alineó e inclinó el rostro tapándose una de sus fosas nasales y acomodándose unos mechones detrás de la oreja. Aspiró de izquierda a derecha y levantó la cabeza de golpe aspirando unas cuantas veces más, tal como Max había presenciado antes.
—¡Hey! ¡Déjame un poco! —reprochó Nathan entre risas.
—Me dijiste que tenías más en ese misterioooso lugar, ¡no me jodas!
—Me alegra que tu jodida memoria todavía funcione, pero por si no recuerdas todo... ¡Tengo otras cositas además de eso, amiga! —exclamó. Gritaban debido al potente volumen de la música. Max ya no sabía qué meterse en los oídos para salvarlos de una posible sordera—. Por cierto, te recuperaste bastante rápido. ¿No te estabas muriendo antes? Y pensar que hace unos minutos lanzaste todo…
—Y bueno, ya sabes cómo es —empezó a decir, robándole la botella de la mano. Le dio un largo trago al Vodka. Uno que pasó cual cascada hirviente por su garganta, quemándola, y terminó estallando en el estómago. Ni se inmutó aunque éste se encontraba en llamas—. Dijiste las palabras mágicas: coca y fotografía. Recuperación instantánea.
—Nunca falla ¿eh?
Max cerró los puños.
Nathan… Hijo de puta.
—Ja, y nunca cambiarás. Eres tan predecible, Rach. —agregó riendo. Rachel le arrojó una filosa mirada.
—No sabes una mierda de mí. Mejor lávate la boca antes de hablar, pendejito ricachón.
—¿Es una joda? ¿Cómo no voy a saber nada de ti? ¡Te conozco hace años!
—Conoces lo que te dejé conocer.
Nathan la observó de reojo con una decepcionada expresión.
—¿Me mentiste todo este tiempo?, ¿eso estás diciendo?
—¿Mentir? Quién sabe… —Rachel rió en un murmullo y subió más el volumen de la música para callarlo—. No te pongas sensible, no tengo ganas de una escenita.
—¡Oh! ¡Paremos todo! ¡Habló la reina del melodrama!
—Al menos mi melodrama es divertido.
—Divertido mi culo, que, a todo esto, espera ansioso por ti.
—Bien que te gustaría, homo, pero jamás me meteré en esa cueva de mierda.
—Touché. Nunca mejor dicho.
Ambos rieron y Max se agarró la frente tratando de controlar la ira que se estaba acumulando en su cuerpo. Se quedó con la cabeza gacha unos momentos donde buscó paciencia y eliminar las traviesas imágenes de un Nathan desmembrado que aparecían en sus fantasías.
Quizás en un mundo ideal, Max. Sigue soñando, Max... Se decía.
Nunca soportó que Rachel lo tuviera de amigo por entendibles razones que ni hacía falta mencionar. Y seamos sinceros, ese tóxico vínculo de amistad no tenía nada. Cuando llegó al pasado real y admiró a lo lejos cómo hablaban entre ellos, cómo resultó cierto que eran amigos, tuvo que colocarse el chip de la paciencia bien adentro del cerebro para no decapitar a Nathan antes de tiempo. Si lo hacía el plan que tenían en ese momento se iría a la mierda. Bueno, de todas maneras terminó yéndose, así que no habría estado nada mal decapitarlo, pensó. Esa idea volvía a tomar fuerza ahora que libremente podía ver las interacciones que tuvieron antes de la tragedia; lo que era su amistad antes del final. Los códigos, el modo de hablar, miradas, jugueteos, rencor... Mucho rencor de ambas partes. Todo el equipamiento que formaba su amistad le daba repulsión.
Eso no era una amistad, era una necesidad mutua.
¿Acaso tus amigos te secuestran, drogan y matan? No, claro que no. Los amigos no hacen eso, los sociópatas sí.
La vena en su sien palpitaba furibunda y a punto de explotar. Si se sentía así solo por una "inocente conversación" ni quería imaginarse cómo se sentiría luego. Porque ahora solo eso podía hacer: sentir.
Eres tú la que no sabes una mierda de tu amigo, Rachel.
Nathan, esquivando autos a las derrapadas, poco a poco empezó a disminuir la velocidad. Max sabía bien la razón de ello. La granja de los Prescott, su pesadilla constante, se encontraba cerca.
—¿Queda por acá? Qué lugar tan turbio… —comentó Rachel, mirando por la ventanilla la oscuridad que rodeaba la granja. Sus pupilas no podían estar más dilatadas y su cuerpo más inquieto. Hablaba tan rápido que apenas se le entendía. Bailaba la rodilla de arriba abajo con frenesí y su lengua acompañaba aquella danza moviéndose de un lado a otro dentro de la boca, haciendo hoyuelos en los cachetes como si quisiera sacarse una comida estancada con urgencia. Claros efectos de la coca—. No sé porqué me sorprendo, contigo siempre todo es turbio.
—Sabes que te encanta.
—Solo porque no tengo nada mejor que hacer ni una mejor compañía.
—Ja, no me jodas. Podrás engañar a los demás, pero no a mí. Eres igual de turbia que yo, Ra. Acéptalo.
Rachel se llevó el cabello hacia atrás con arrogancia y suspiró.
—Puede que sea algo turbia, pero en realidad no soy tan diferente a los demás ¿sabes? A veces pienso que hubiera preferido tener amigos normales que no me llevaran a un lugar de mala muerte en medio de la noche.
Nathan volvió a mirarla con un transparente enfado mientras estacionaba frente a la granja; ella atinó a reposar el mentón en la mano desinteresadamente. Si a Rachel se le escapaba la lengua sobria, drogada marcaba un récord. Tenía cero tacto, y poco le interesaba recuperar el escaso que daba vueltas por algún lugarcito cuerdo de su cabeza. La artillería que tenía preparada en la garganta, lista para ser disparada, mataría a cualquiera de angustia. En especial a un desolado chico que muy dentro de toda su locura solo buscaba ser querido.
—Ya estamos. —informó de mala gana, apagando el motor. La música, para el alivio de la heroína, también se apagó.
—¡Por fin! —Rachel abrió la puerta apresurada, tal como si tuviera que ir al baño, y salió a los saltitos. Comenzó a girar sobre su eje cual bailarina al tiempo que le daba un trago al Vodka— ¿Y ahora? —Se volteó hacia Nathan con emoción y obviando totalmente lo mucho que sus palabras le dolieron.
E incentivaron.
Él salió del coche, cerró la puerta con la cabeza gacha y la levantó revelando una sombría sonrisa. Señaló la entrada del granero.
—Ahora entramos.
Tic, tac, tic, tac, tic, tac, tic, tac.
A partir de ahora empezaba la cuenta regresiva para la inevitable tragedia que no podría evitar.
Max salió sin necesidad de abrir la puerta del auto; la atravesó. Se quedó parada en el lugar mientras contemplaba con el pecho oprimido y una seria mirada como Nathan y Rachel se encaminaban a esa familiar puerta de madera.
—Supongo que es el momento de la verdad. —murmuró para sí, preparándose mentalmente.
—Supones bien.
Se sobresaltó al escuchar otra voz a su lado. Una muy conocida que retumbó en su cerebro. Bajó la visión y se encontró con el ciervo. Sus marítimos ojos adquirieron un melancólico brillo cuando se hundieron en aquellos esmeraldas. Todavía no se acostumbraba al hecho de que pudiese hablar y menos a que tuviese la voz de Rachel.
A que fuera Rachel.
—¿Solo tengo que seguirlos?
El ciervo asintió y empezó a caminar hacia la entrada. Nathan y Rachel ya habían ingresado.
—¿Qué es lo que va a pasar cuando terminen estos recuerdos? —cuestionó, siguiéndolo con la mirada. Él continuó caminando, ignorándola— ¿O tal vez debería preguntar primero cómo es que puedo verlos?
Sin respuesta.
Max admiró su elegante marcha sin mover un solo dedo. Comenzaba a sentirse algo irritada por ese misterioso ser que la acompañaba y no le daba las respuestas que necesitaba.
—¿Por qué no me dices nada? ¿Tienes prohibido hablar o qué? —preguntó con la paciencia por el piso. Ésta la había abandonado desde que aterrizó en el presente, y con buenas razones.
—Solo lo necesario.
—¿Huh?
—Solo voy a decir lo necesario —respondió, ya dentro del granero. Giró su largo cuello hacia ella e hizo un ademán con la cabeza para que lo siguiera—. Ven.
Max relajó la frente al oírlo. Ese "ven" había sonado igual de dulce a cuando Rachel lo decía para que se desplomara en sus piernas con todo el cansancio que sentía encima, ese que la afligía por luchar contra el tiempo y lo inevitable.
La heroína bajó la cabeza con una triste sonrisa y emprendió los pasos hacia el granero.
—Voy.
En silencio comenzaron a bajar las escaleras que llevaban al cuarto oscuro; la puerta por obvias razones estaba abierta. Max, aunque estaba haciendo un inmenso esfuerzo por tranquilizarse, no lo lograba. Solo bastó entrar allí y ser rodeada por la penumbra de aquel pasillo de la muerte para perder la calma. Con cada paso que daba una punzante memoria le atacaba la psiquis. Su profesor la protagonizaba y sus maquiavélicas acciones también. No está de más recordar que ahora solo sus emociones mandaban, por ende, era incapaz de escapar de ellas y del pavor que le generaban. La buena noticia era que al menos no las reprimiría hasta explotar en un ataque de ira, igual que le ocurrió cuando llegó al presente.
—Qué irónico… A pesar de saber que Jefferson no está aquí no puedo evitar sentir miedo. —Soltó una lamentable risita—. Y furia. Mucha furia conmigo misma. —Cerró los puños, clavándose las uñas en las palmas—. Debí haber hecho un mejor plan, debí haber podido salvarlas, pero no pude. No pude hacer… nada. Perdóname… Rachel.
El ciervo detuvo los pasos al escucharla y levantó el hocico para mirarla. Max se paró en seco arqueando una confundida ceja.
—¿Qué pasa? —Se agachó para ponerse a su altura y acarició su peluda cabeza— ¿Quieres decirme algo?
Él continuó observándola penetrantemente y de pronto sacó la lengua y le dio un lengüetazo en la boca. Max se fue hacia atrás, pálida, y cayó de culo en el suelo. Ahora sí que podía percibir su pegajosa saliva sumiéndose con sus labios.
—¡M-M-Me lamiste la puta boca! —Se la tapó, sonrojada—. Creo que tu lengua entró… ¡Entró! ¡¿Por qué hicis…?!
El ciervo se colocó entre sus piernas y continuó lamiéndola insistentemente, esta vez en la mejilla. Los pelos de Max terminaron de punta.
—¡P-Para de una vez! ¿Eres un perro o qué? —inquirió, sujetando su lomo—. Me estás babeando… —Se limpió la mejilla, inquieta. Él, disconforme con su rechazo, empezó a lamerle el borde de la oreja.
Un ciervo la estaba lamiendo, sí, no era para tanto. Es más, era enternecedor. En especial si contamos el curioso dato de que los ciervos no son las criaturas más amigables dentro del mundo animal, sino más bien una de las más tímidas debido al importante historial de caza que tienen. Aprendieron a vivir a la defensiva por ello. En otras palabras, no se acercan a cualquiera. Hasta ahí bien, todo normal. El problema radicaba en que en realidad era Rachel quien le estaba regalando esos pegajosos besitos, no un inocente ciervo, por ende, Max consideraba aquel panorama un poco… bizarro. Sin embargo, más bizarro le parecía que Rachel se asemejara en personalidad a ese místico ser. Ella tampoco era de las que se abrían con facilidad a cualquier persona, lo que la llevaba a pensar que quizás por tal semejanza le fue asignado ese animal, por no mencionar que técnicamente siempre estuvo a la caza de muchos.
Muchos psicópatas.
El ciervo se detuvo luego de dejarla satisfactoriamente acicalada y la miró con un brillito especial en los ojos. Max le mantuvo la mirada con la cara por completo mojada y suspiró con pesadez.
—Estoy rozando la zoofilia, lo que me faltaba…
—No sientas culpa ni tengas miedo —le dijo el ciervo, alejándose unos pasos para verla de frente—. Nada puede dañarte aquí.
Max infló los cachetes.
—Me lo podrías haber dicho sin babearme toda la cara, ¿no crees? Huelo a ciervo.
—Me tenté.
Sonrió de lado por esa respuesta. Una típica respuesta de Rachel.
—Sigues siendo la misma aunque te hayas convertido en Bambi, supongo que algunas cosas no cambian. Bueno..., excepto tu género. —contestó con una tenue sonrisa, levantándose.
—Eso tampoco cambió.
Max detuvo el paso que estaba por dar y volvió a contemplarlo.
—¿Huh? No me digas que… —Rodeó su cuerpo hasta colocarse detrás de él—. Siempre tuve curiosidad, ¿eres realmente uno o… una? —Agarró su colita y la levantó. Ahogó un grito por lo que vio debajo de ella—. E-Eres hembra, pensé que eras un macho. Debí haberme dado cuenta, no tienes cuernos.
El ciervo…, perdón, la cierva giró el cuello para verla y meneó la colita entre su mano, incitante. Max la soltó de golpe y dibujó una tensa sonrisa. Que una cierva intentara seducirla era el colmo.
—L-Lamento la equivocación. Nunca fui muy amante de los animales —se excusó, jugando con sus dedos—. Lo más cercano que tuve a un animal fue el gato de Chloe.
Apenas lo recordó no pudo evitar sonreír con nostalgia. Ese gatito, Bongo, había pasado a mejor vida debido a que fue atropellado. Presenció el entierro y todo. Aún resonaba el llanto de la pequeña Chloe en sus oídos. Llanto que hoy en día no liberaría con tanta naturalidad.
En ese tiempo era un poco más honesta con sus sentimientos… pero todo lo que pasó después le hizo encerrarse. Chloe cambió tanto como lo hizo Rachel, y todo por un acontecimiento. Una tragedia que traté de cambiar erróneamente.
Apagó los párpados con pesar al recordar cuando volvió al pasado para salvar a su padre y en consecuencia terminó en un presente donde Chloe deseaba la muerte más que cualquier cosa por su paralítica condición. Muerte que accedió a regalarle para aliviarla del dolor.
Cada acción, cada cambio… trae consecuencias. En especial salvar la vida de alguien.
Sí, lo sabía bien, no obstante, a esta altura de la historia no le importaba. Ella misma también había cambiado; cada vez más lo confirmaba. Desconocía si para bien o para mal, pero había cambiado. Solo una cosa era segura: la cobarde chica que solía ser se quedó a vivir en Seattle. Esta nueva persona no le temía a la imponente fuerza del universo, a sus reglas o castigos. Seguía dispuesta a desafiarla aunque ésta continuara castigándola. Y esa reflexión le hacía recordar algo importante: la razón por la que se encontraba en aquellos recuerdos.
Levantó el rostro, decidida, y emprendió los pasos nuevamente hacia la siguiente puerta que la separaba del cuarto oscuro. Una entusiasmada conversación se escuchaba en un eco.
La cierva siguió con la mirada como continuaba el camino con la frente en alto. Al instante se apresuró a los saltitos para alcanzarla.
—No voy tener más miedo, lo prometo. —le dijo Max al verla a su lado.
Porque tú… debes tener más miedo que yo por lo que estás por ver: tu propia muerte.
—¡Whoa! ¡Qué mierda es este lugar! ¡Es una puta locura!
Aceleró la caminata al escuchar a Rachel y se asomó sigilosa por esa puerta que, comparada a otras ocasiones, también se encontraba abierta. No hizo falta ninguna clave.
—Te dije que valía la pena venir. —contestó Nathan, relajado.
Max ensanchó los ojos cuando vio a una avivada reina del drama revisando todo el lugar con emoción. Caminaba de un lado a otro, agarraba las profesionales cámaras que yacían frente a esa blanca pantalla que conocía, las examinaba bien y volvía a recorrer, admirando de paso los tenebrosos cuadros de mujeres que se encontraban colgados en las paredes. Reacción muy diferente a cuando no hace tanto fueron juntas a ese tenebroso sitio.
—¡Qué mierda hace tu padre aquí! ¿Trata de mujeres? —bromeó, dejando una de las cámaras en el escritorio cercano a los casilleros que guardaban las carpetas rojas. Casilleros que Nathan observó de soslayo, listo para salir despedido si la curiosa de su amiga se animaba a abrirlos— ¿Ahora es cuando debería salir corriendo?
Nathan se sentó en un sofá frente a la pantalla y sacó la cocaína restante del bolsillo de su chaqueta deportiva. Comenzó a preparar dos líneas en una mesa baja que estaba enfrente de él. Su mirada ya no era la misma, parecía determinada. Dispuesta a hacer lo que fuere necesario para cumplir con las órdenes de su profesor.
—Mi padre es la mafia en persona, pero no ha llegado tan lejos. —respondió, para luego darse una buena línea de coca. Al igual que Rachel hizo antes, levantó la cabeza y se dio unos golpecitos en la nariz con la yema del dedo para impregnarla bien. Estaba tomando coraje para que lo dentro de poco acontecería.
—Tengo mis dudas. —Rachel se sentó a su lado y lo imitó, agachándose hacia la mesa. Se dio una línea. En esta ocasión apretó fuertemente los ojos, como si el ardor hubiese llegado a ellos además de su garganta. Poco le importó el dolor. Tosió y continuó como si nada, aunque con una voz más quebradiza—. Si mi padre hizo lo que hizo teniendo cierta posición, me imagino que el tuyo, que tiene más poder, hará cosas peores. ¿Deberían ser amigos, no crees? Dos enfermos narcisistas se llevarían bien.
Nathan bajó la mirada con una pizca de tristeza.
—Quizás ya lo son.
—Sí, quizás... ¿Y bien? —Aplaudió, cortando el tenso ambiente— ¿Dijiste que tenías algo más fuerte, no? Estoy esperando. Hacer terapia sobre nuestros padres no ayudará, créeme, ya traté, pero la supuesta sustancia mágica que tienes tal vez sí.
Max detuvo los pasos frente a Rachel y la miró con pesadumbre. La cierva se colocó a su lado.
—Tus ojos están rojos… Ya estás muy pasada. ¿Por qué querrías algo más cuando estás a punto de colapsar? —preguntó. La cierva entornó los párpados, pensativa.
—Porque estaba perdida, nada me importaba esa noche. Lo había perdido todo, y lo sabes bien. No vinimos aquí a cuestionar mi comportamiento, sino a ver las consecuencias de él.
Consecuencias... Esa palabra sigue apareciendo.
Max la espió de reojo. Cierto. Rachel le había contado que si no fuera porque ella apareció ese fatídico día posiblemente hubiese hecho una locura. Esa noche su genio le ganó, la destruyó. No pudo aguantar más el tipo de vida que estaba llevando.
Un tipo de vida que nunca quiso.
—¿Estudiaste para el examen del lunes? —preguntó Nathan cambiando rotundamente el tema y dándole un trago al Vodka. Rachel lo observó con una sarcástica ceja alzada.
—¿Es joda? No, ni en pedo. Apenas voy a clases últimamente.
—Ja, verdad. Eres un puto desastre. Si sigues así te van a echar de los dormitorios, el director ya te tiene en la mira —contestó, bajando la botella. Rachel atinó a dejar caer los hombros, restándole importancia. A Max le pareció que Nathan solo estaba sacando un tema de conversación, como si quisiera retrasar sus próximas e imperdonables acciones debido a que aún no tenía el coraje de llevarlas a cabo—. Me pregunto... ¿Dónde quedó aquella Rachel tan estudiosa que conocí hace tres años?
—¿La que le chupaba las medias a los profesores? Murió hace mucho tiempo, querido, al igual que tu yo nerd.
—No era nerd.
—¡Claro que sí! No niegues lo innegable. Andabas de acá para allá con tus libritos, además de que vivías escondiéndote de los abusadores. Claros signos de que eras un nerd.
—Yo no...
—No tiene nada de malo. Es más, me caías mejor en esa época. Eras tan solitario y raro... pero fiel a ti mismo. Por eso me acerqué, pensé que eras parecido a mí. ¡Error!
—Hey...
—Ahora lo único que sigue igual es tu rareza.
—¿Tengo que tomar eso como un insulto?
—Nop, es un cumplido.
Nathan sofocó un pequeño sonido incapaz de creer que lo estuviera adulando e inconscientemente empezó a escanearla de pies a cabeza, deteniéndose unos momentos en sus voluptuosos pechos, que se asomaban sugerentes gracias a la escotada playera que tenía puesta. Volvió a sus ojos y le sonrió con picardía.
—... ¿Me la chupas?
—En tus sueños.
—Oh, vamos... Solo un ratito. Prometo acabar afuera, aunque me encantaría ver tu linda boquita llena de...
—¡Vete a la mierda! ¿Por qué no se les puede hacer un cumplido a los hombres sin que piensen en sexo o malinterpreten todo?
—Porque somos hombres.
—Monos, querrás decir.
Nathan rió y le dio otro largo trago al Vodka. Mientras bebía contempló de soslayo el rostro de Rachel. Ella mantenía una leve sonrisa, por no decir falsa. Sus pensamientos no parecían estar exactamente en esa conversación.
—Aunque creo saber la razón, nunca te pregunté porqué cambiaste tanto, Rach.
—Y ni gastes saliva en hacerlo, no voy a contestar eso. —dijo, robándole la botella para darle un trago.
—¿Por?
—Porque no lo preguntaste cuando debiste. Te importó un carajo porque estabas muuuy ocupado gozando tu nueva popularidad, así que ya perdiste tu oportunidad.
Nathan bufó y Max se sorprendió. Esa Rachel tan seca que estaba viendo para nada se comparaba a la que conocía. A esa atrevida pero dulce chica que siempre la miraba con adoración, que se había abierto ante ella en más de un sentido y había jurado protegerla aunque su vida peligrara en consecuencia. ¿Tanto podía cambiar una persona por amor? Creyó que sí. Siempre tuvo esa duda y en ese momento la terminó de asegurar:
El amor hacía milagros. Pero más que nada, si era sano, sacaba tu mejor lado. Tu verdadero lado.
—Siempre tan simpática, Ra.
—¡Deja de revolver el pasado y pon algo de música! Este lugar es demasiado silencioso para mi agrado, parece una puta tumba. —contestó Rachel, estirando las piernas sobre la mesa.
—Hace un momento estabas saltando de emoción, ¿qué carajo?
—Ya se me pasó. —Apoyó la espalda en el sillón y colocó un brazo en el respaldo con una aburrida mueca. Nathan rodó los ojos y agarró su celular para poner una lista de reproducción.
—¿Tiësto o Armin? —preguntó.
—¡Tiësto! ¡Y más te vale que sean los clásicos! Estoy un poco nostálgica hoy.
Nathan puso la música con mala cara. No era el único. La heroína dejó caer ambas cejas cuando aquella música rave que tuvo "el placer" de escuchar antes volvió a resonar. Digamos que no era su género favorito. Para ella era ruido, no música.
—¿Mejor?
—¡Mucho mejor!
—Tus caprichos cansan, ¿lo sabes?
—Sip.
—¿Y no piensas cambiarlo? Piensa un poquito en mí.
—Nop.
Esta vez fue Max quien rodó los ojos.
Veo que su amistad no estaba en su mejor momento. Lo único que hacen es pelear.
—El día que los reprima será por alguien que valga la pena. —Rachel sonrió con un dejo de maldad—. Alguien que merezca mi amor y acepte cada partecita de mí. —finalizó, sacando una caja de cigarrillos del bolsillo. Prendió uno y liberó el humo en dirección a Max, quien se congeló cuando sus ojos se encontraron. Aunque Rachel no podía verla, sentía que sí.
—¿Frank no valió la pena? —preguntó Nathan en un receloso murmullo. Ella bufó.
—Tenías que nombrarlo... Por algo lo dejé. Pensé que era el adecuado, pero resultó que no.
—¿Adecuado es igual a traficante?
—¿Qué carajo dices? Tú eres igual a él. Vendes droga en toda la puta escuela.
—Al menos mi mierda es limpia.
—Y la suya también.
—Lo dudo. —Nathan negó la cabeza con una soberbia sonrisa y se puso de pie— ¿Quieres probar algo realmente limpio? —preguntó, caminando hacia una mesa metálica cerca de la pantalla blanca. Fijó la vista en una jeringa sobre ella. Max entró en estado de alerta cuando la agarró— ¿Querías algo que te hiciera alucinar, no?
—Urgentemente —respondió apoyando la cabeza en el respaldo. Sus ojos se mostraban apagados, mucho más que antes—. Pero trata de no matarme.
Max cerró los suyos conteniendo las lágrimas que hacía rato querían escaparse.
Lo hará.
—Esto no puede matarte, ya la probé. Es pura pura. —Nathan viró el cuerpo y volvió los pasos. Rachel encorvó las cejas cuando vio la jeringa en su mano.
—¿Qué… es eso?
Nathan sonrió con inocencia. La misma inocencia de un niño que acaba de hacer una maldad y sonríe para ocultarla.
—Heroína.
Ella abrió los ojos de par en par y se levantó de un salto.
—¡¿Me estás jodiendo?!
Su amigo quedó tieso en el lugar.
—¿Qué…?
—¡Esa es la única droga que no tocaría en mi puta vida, y sabes bien porqué! —Lo señaló, furiosa— ¡¿Lo estás haciendo apropósito, imbécil?!
Nathan bajó la jeringa con una desconcertada mueca.
—¡Mi madre es una maldita drogadicta por eso! ¡Gracias a esa mierda me abandonó! —Cerró el puño, reprimiendo las lágrimas— ¡Saca esa cagada de mi vista!
Él dejó caer ambos brazos y la observó con arrepentimiento.
—Hey, escucha...
—¡No voy a escuchar un carajo! —Lo empujó, provocando que diera unos torpes pasos hacia atrás— ¡Cuando me dijiste que tenías una droga fuerte pensé que hablabas de pastillas o ácido! ¡No de esa mierda!
Max intercaló los ojos entre ellos confundida y… arrepentida por lo que llegó a pensar. Juró que aceptaría aquella peligrosa sustancia en su actual estado. Pequeño fallo de su parte. Para aliviar a su consciencia, cabe decir que no llegó a esa conclusión solo por verla totalmente descarrilada. Cuando se conocieron Rachel le dijo que temía terminar como su madre, es decir, un completo desastre y adicta a la heroína. Droga que, según ella, se planteó consumir en algún oscuro momento.
Muy lejos estaba de la realidad.
—Entonces… sí terminó forzándote. —mencionó Max detallando los ojos de Nathan. Un oscuro brillo comenzaba a adornarlos, uno que quedaba escondido detrás de sus pupilas y sus verdaderas intenciones. Parecía estar pensando una estrategia para calmar a su rabiosa amiga.
La cierva bajó el hocico, pero no dijo nada.
—Ra, perdóname. No hace falta que te pongas así. —Nathan levantó las manos en son de paz—. Sé que ahora no quieres escucharme, pero de verdad necesito que lo hagas, así que... ¿podrías bajar un cambio?
Rachel respiró hondo, buscando paciencia, y volvió a sentarse en el sofá. Le dio una furiosa pitada al cigarrillo mientras sacaba su celular del bolsillo. Se dedicó a mirarlo atentamente, ignorando al penoso chico que comenzaba a acercarse a ella. Él se sentó a su lado y espió el celular.
—¿En serio?, ¿te vas a poner a jugar ahora? —preguntó, observando un juego de autitos en la pantalla—. Whoa, eres pésima.
—Es mejor que hablar contigo, traidor.
Nathan dibujó una pequeña sonrisa y le dio un confidente codazo.
—Estaba jodiendo.
Rachel despegó los ojos del celular con el entrecejo arrugado.
—¿Disculpa?
—No es heroína, es éxtasis —dijo, bailando la jeringa entre los dedos—. Nunca te ofrecería esa cagada, no pensé que ibas a caer.
Su labio inferior se desprendió; el de Max también.
¿Está diciendo la verdad?
Luego de superar la sorpresa y pensar en las mil y una formas de asesinarlo, Rachel dejó el celular sobre la mesa haciendo un sonoro ruido y lo contempló con ira.
—¡¿Por qué mierda me jodes con algo así?! ¡Sabes que odio hablar de mi madre! ¡Entonces por qué…!
—Perdóname. —Se rascó la cabeza con una media sonrisa—. Estoy un poco pasado, no me di cuenta. Olvidé que tu madre... Bueno, eso.
Ella descendió el rostro, ensombreciéndose. El solo recordarla la drenaba de una pesada sensación, una que venía tratando de evitar a toda costa hacía ya cuatro años. Después de todo, su verdadera madre fue la que ocasionó un quiebre en su persona. Esa triste historia que se enteró a sus quince años fue el último detonante que le provocó un radical cambio de conducta. Su padre no ayudó mintiéndole por tanto tiempo y secuestrando a su madre para que no pudiera conocerla. Y aunque era consciente de que lo hizo por su bien, en su cabeza no cabía tal imperdonable acto y no tenía esperanza de que cupiera. Nunca la tuvo y no la tendría a esa fatídica altura de su vida.
—Ra... ¿estás bien?
Rachel chasqueó la lengua y le sacó la jeringa de la mano. La examinó con una desconfiada ceja arqueada.
—¿Esto es éxtasis? Nunca lo vi líquido.
—Se disuelve, amiga, no es nada loco. Además, así pega mejor. Es lo que te prometí para hoy, ¿recuerdas? Me pediste que te consiguiera algo fuerte para levantarte el ánimo.
—Hm… —Rachel continuó analizándola en silencio, bailando el líquido de punta a punta, y se la devolvió—. Nunca me inyecté nada, ¿sabes hacerlo?
—Lo hago todo el tiempo, confía en mí.
Max tomó aire, preparándose para la tragedia que estaba a punto de presenciar. Intuía que esa jeringa no contenía ni heroína ni éxtasis, sino un potente sedante que la dejaría incapacitada para cualquier cosa.
—Confiar en ti ¿eh? —musitó Rachel, pasando la vista al frente. No había nada interesante que ver más que la pantalla blanca, pero esa imagen era mejor que encontrarse con los expectantes ojos de su amigo, que insistían en llevarla por el mal camino—. Confiar... Yo no confío en nadie. —Entrecerró los párpados con un visible cansancio psicológico mientras continuaba debatiéndose si ingerir la droga o no—. Pero...
Qué más da.
Max agrandó los ojos y se llevó la mano a la cabeza cuando escuchó bien claro la voz de Rachel en ella. El sonido viajaba de un lado a otro por la parte trasera de su cerebro, ondeando en ambos oídos.
Ya… no me importa nada. No tengo nada que perder, ya lo perdí todo.
—Esto… —Miró a la cierva, boquiabierta—. Tus pensamientos. —Adivinó. Ésta asintió sin dignarse a levantar el hocico. Estaba avergonzada.
—Ah… —Rachel bufó y comenzó a reír en un áspero murmullo que descolocó a Nathan. Reposó otra vez la cabeza en el sillón, perdiendo la visión en el techo, y volvió a suspirar con una agotada sonrisa—. Es todo, esto lo confirma. No tengo a nadie.
A nadie... ¡A nadie!
—¿Huh? ¿Qué dices? Me tienes a mí. —contestó Nathan, poniendo una mano en su hombro.
—¿A ti? No me hagas reír.
—¿Qué…?
—Nathan, me estás ofreciendo éxtasis en su mayor grado de pureza sabiendo lo peligroso que es, ¿qué clase de amigo eres?
—N-No es peligroso, y solo… ¡Solo hago lo que quieres que haga! ¡Tú me pediste una droga fuerte!
—¡Eso no es ser un amigo! —exclamó de pronto, sobresaltándolo—. Eso nada más es complacer mis caprichos.
—¡Pero…!
—¿No lo entiendes? —inquirió, despegando la cabeza del respaldo. Lo miró con decepción. No obstante, esa decepción no era dirigida solo a él, sino también a ella misma. Finalmente y luego de estar mucho tiempo ciega había abierto los ojos. Tocó fondo. Lo venía rozando hacía tiempo, pero esa noche directamente se estrelló contra éste. Demasiadas cosas, muchas malas decisiones, malos amigos... Su querida máscara no aguantó más; se quebró en dos y reveló la frágil chica que en realidad era—. No quiero que nadie cumpla mis caprichos, solo quiero… ¡Quiero lo opuesto a eso! ¡Quiero que alguien se preocupe por mí honestamente! ¡Que no me ofrezca mierdas y que crea en mí!
Nathan se quedó sin palabras. En su rostro se podía leer con facilidad lo consternado que se encontraba por aquel brusco cambio que no vio venir. Esa no era la amistad a la que estaba acostumbrado, por ende, no sabía cómo reaccionar. Su capacidad de vincularse era limitada; drogas, fiesta, favores y dinero. Eso era lo que conocía y los únicos recursos que poseía para conectar con las personas, para conseguir amigos y elevar su popularidad. Algo totalmente superficial. Ir más allá, escarbar sentimientos... lo superaba. No lo toleraba. Le hacía recordar esas oscuras épocas en las que las emociones lo comían vivo y terminaba encerrado en sí mismo arrancándose los pelos. No podía permitirse volver a ello porque, según su percepción, terminaría más hundido de lo que ya estaba. Siquiera por una amiga que necesitaba ayuda iba a arriesgarse a perder todo lo que consiguió.
Rachel lo observó fijamente a los ojos esperando una respuesta sana de su supuesto amigo, al menos una. Un "Creo en ti" o tal vez un "Tienes razón". Con eso se conformaba, no pedía mucho. Solo una maldita respuesta que salvara lo poco que quedaba de esa ya tóxica amistad que hacía bastante pedía a gritos ser salvada o, en el peor de los casos, abandonada.
No la encontró.
Sonrió con tristeza y comenzó a remangarse la manga de su playera.
—Creo que Chloe es la única que se preocupa por mí, y yo… Ja, la alejé. Soy tan imbécil, mucho más que tú. —Apagó los párpados con pesar y le mostró el dorso del brazo con una desganada sonrisa—. Así que ya está, hazlo. No tengo ganas de sentir nada, ni culpa ni una mierda. Para eso vine, para eso sirves. —Abrió los ojos e hizo un ademán con el mentón—. Pincha.
Nathan titubeó unos largos segundos en los cuales los ojos de Rachel cada vez más se alejaban. Seguía allí, sentada a su lado, mirándolo, pero sus ojos ya no mostraban emoción alguna más que una vacía. Su mirada lo traspasaba, se sumergía en el pasado y nadaba en aguas turbulentas inmersas de recuerdos que hubiera preferido nunca engendrar. Estaba viendo su vida hacia atrás, sus últimos movimientos, esos de los cuales se arrepentía y le carcomían el alma. Realmente… se encontraba agotada.
Agotada de la vida en sí.
Max bajó la visión con el pecho cerrado y miró a la cierva, quien continuaba cabizbaja. Un nudo empezó a formarse en su garganta. Dolía de tan endurecida que la sentía, pero más dolía verla tan deprimida.
—No te avergüences. Todos nos quebramos en algún momento, Rach.
La cierva levantó el rostro de a poco; sus verdosos ojos se encontraban cristalinos. Max le sonrió dulcemente.
—Y está bien quebrarse. Es natural, yo estoy a punto de hacerlo.
Ella entrecerró sus largas pestañas y apegó el lomo a su cadera en un consuelo. La heroína suavizó la sonrisa y enredó un brazo en su largo cuello, abrazándola.
—Tonta, no me consueles. Ese es mi trabajo. Soy súper Max, ¿recuerdas?
—¿Vas a poder tolerarlo? —La voz de Nathan provocó que Max regresara la atención a ellos. Al fin habló, pero lo que dijo dejaba mucho que desear—. Será un largo viaje. Mágico, pero largo.
Rachel le mantuvo la mirada con una seria expresión y se observó el brazo. Sus ojos, traicionándola, se clavaron unos momentos en el tatuaje con forma de estrella que yacía en su muñeca.
Me pregunto por cuánto tiempo más estarás enojada... Quizás para cuando termine éste viaje me perdones, Chloe.
Elevó una cansada comisura y empezó a darse unas palmaditas en el centro del brazo.
—¿Tienes algo para ayudar a despertar a mis queridas venas? No estarían apareciendo.
—Porque eres muy delgada —respondió Nathan, agarrando una gruesa banda elástica de la mesa baja. Todo estaba preparado de antemano y Rachel era muy consciente de ello, pero no de lo que en verdad contenía ese transparente líquido—. Antes de que me putees, es un cumplido. —Comenzó a enredarla en su antebrazo, dejándola bien apretada, y esta vez fue él quien le dio unas secas palmadas—. Cierra y abre la mano unas veces.
Rachel obedeció sintiendo como su vena empezaba a despertar, asomándose debajo de la piel. Max se estremeció cuando sintió lo mismo. Se miró el brazo y, en efecto, su vena estaba despertando también. La percibía allí, latente y queriendo escapar de la piel, tanto, que le daba impresión.
—Hazlo rápido antes de que me cague encima —dijo Rachel, tragando pesado—. Nunca me gustaron las inyecciones.
—¿A quién le gustan? Al menos ésta valdrá la pena.
Nathan le dio unos golpecitos a la jeringa con la punta del dedo, presionó el émbolo en el aire, dejando escapar unas gotas de la droga, y le apuntó al centro del brazo.
—No va a doler, tranquila. Sé lo que hago.
—Ni quiero saber porqué lo sabes...
—Ja, sí. Es mejor que no lo sepas. Ahora... relájate. —pidió, agarrando su brazo.
Rachel cerró los ojos mordiéndose el borde del labio y…
Y…
No quiero… ¿Por qué estoy haciendo esto?
Max entreabrió la boca impactada por sus pensamientos, que venían acompañados de una acongojada voz.
¿Por qué…? ¿Por qué siempre termino haciendo cosas que no quiero hacer?
Entornó sus marítimos ojos y unas dolidas lágrimas rodaron por sus mejillas.
—Rachel…
Tic, tac, tic, tac, tic, tac...
Nathan comenzó a acercar la punta de la aguja a su piel; Rachel corrió el rostro apretando fuertemente los párpados. Antes de siquiera tener tiempo de volver a tragar saliva o arrepentirse, los abrió de golpe cuando percibió cómo la puntiaguda aguja empezaba a clavarse en su piel lenta y profundamente hasta hundirse en la vena. Max se sujetó el brazo sintiendo el mismo pinchazo. Un inmediato y familiar adormecimiento comenzó a recorrerla de pies a cabeza, volviendo su cuerpo pesado hasta el punto de costarle mantenerse en pie.
Pero lo era la única adormecida.
Tic... tac...
Rachel rodó los ojos hacia atrás y lentamente su cabeza empezó a caer en picada hacia el costado. Estacionó la mejilla en el respaldo del sillón y ahí quedó, con los labios tiritando y la mirada más perdida que nunca. Ese efecto lejos estaba de ser éxtasis.
—Qué… es… esto… —balbuceó.
Nathan desprendió la aguja de su piel, llevándose unas gotas de sangre, y la contempló con unos lúgubres ojos. El chico que conocía había desaparecido. Tal vez nunca existió.
—Ahora vas a volar un rato, y para cuando reacciones mi proyecto habrá terminado.
Rachel desplazó como pudo las pupilas a él y levantó el brazo débilmente. Agarró el cuello de su ropa con la frente arrugada.
—N-Nathan… Hijo de… puta…
La heroína cayó de rodillas al suelo, fatigada, al tiempo que el cuerpo de Rachel se resbalaba por el sillón hasta quedar desarmado. Apretó las muelas detallando como Nathan la alzaba en brazos y comenzaba a llevarla a esa pantalla blanca de la muerte.
—Mal… nacido. —lo insultó Max entre dientes, reforzando el agarre en su brazo. Ella se encontraba mucho mejor comparada a la desvanecida Rachel, no obstante, el adormecimiento seguía latente en su ser. Su cuerpo empezaba a fallar, la vista a doblegarse tal como si estuviera a punto de desmayarse y el sentido de la escucha a opacarse. Todo lo que percibía Rachel ella también lo sentía, aunque en un grado menor.
La cierva, notando su desarmado estado, con el hocico le levantó el mentón, que apenas tenía fuerza para mantenerse erguido.
—Lamento que tengas que sentir lo mismo, Max. Solo es una sensación, no es real. Pronto terminará.
La nombrada estrechó la mirada, buscando verla mejor.
—E-Esto es lo que…
—Aún no, falta.
Parpadeó varias veces para aclararse la vista y la regresó a Nathan, que estaba atando a Rachel de pies a manos con cinta adhesiva.
Esa imagen la desquició.
Frunció los dedos contra el suelo y deseó de todo corazón la muerte de ese asesino. Realmente la deseó. La poca compasión que le tuvo en el pasado desapareció por completo.
Nathan la dejó acostada sobre el suelo, retrocedió unos pasos y se colocó detrás de la cámara que estaba preparada frente a la pantalla.
—Perfecta… —musitó ensimismado y con una histérica sonrisa. Comenzó a sacarle fotos. Una tras otra... y otra. El flash de la cámara rebotaba en las blancas paredes, cegando a Max por momentos—. De verdad... eres perfecta. Jefferson tenía razón. Eres una joya, Ra.
¿J-Jefferson?
Rachel se revolvía en el lugar lenta y torpemente tratando de despertar a su cuerpo y de desatarse las manos atrapadas en la espalda. Parecía un gusano intentando escapar del capullo. Estaba en un mundo de sueños lúcidos, y Max era su fiel sombra. El cuarto oscuro se volvía aún más oscuro, bailaba de arriba abajo sin cesar como un cortometraje antiguo, las voces se oían cada vez más lejanas. Solo eran murmullos.
—No te muevas, sino tendré que darte otra dosis.
Ella entreabrió sus pesados párpados, somnolienta, y lo enfocó con dificultad.
—T-Te mataré.
Nathan esbozó una complacida sonrisa.
—Eso es… Esa mirada es hermosa. Muéstrame tu lado oscuro, Rach.
La nombrada refregó la mejilla contra el suelo con una insostenible furia clavada en el pecho y trató de incorporarse sin éxito alguno. El peso de su cuerpo le ganó. Estrelló de nuevo la cara contra el suelo emitiendo un doloroso quejido por el golpe. Su comisura empezó a sangrar.
—¡T-Te mataré, hijo de puta!
Nathan quitó el ojo de la cámara con una disgustada mueca.
—¡Te dije que no te muevas! —Se puso de pie enojado y, según Max, a punto de perder los estribos. Estar detrás de la cámara lo transformaba, le recordaba los macabros consejos de Jefferson, por no decir que se volvía él. La víctima no debía moverse, solo sus ojos tenían que expresar, lo demás debía permanecer quieto para aumentar el grado de desesperación en las pupilas de sus víctimas. Así podría capturar a la perfección ese buscado instante en el que la oscuridad se apoderaba de sus almas. La pérdida de inocencia.
Para su mala suerte, la víctima no tenía intenciones de quedarse quieta.
Rachel refregó la frente contra el suelo emanando pequeños quejidos inmersos de impotencia y de pronto, como si su lucidez se hubiera esfumado, comenzó a reír en un rasposo murmullo.
—E-Enfermo de mierda... Nenito de papá... —Le lanzó una filosa mirada—. T-Tuviste que montar toda esta escenita porque no tienes talento para nada. J-Jamás serás un verdadero f-fotógrafo.
Nathan tembló en el lugar con la furia aumentando y comenzó a caminar hacia ella a grandes zancadas.
—Eres... y siempre serás... un perdedor. —soltó la última bomba, riendo opacadamente.
Max no podía estar más impresionada con su valentía a pesar de la crítica situación. Siempre supo que Rachel era valiente, pero insultarlo sabiendo bien que podía empeorarlo todo superaba sus expectativas.
—¡Cállate! ¡¿Por qué complicas todo?! ¡Siempre lo complicas! —Nathan se agachó y la reincorporó hasta estamparla de espaldas contra la pantalla. Rachel respiraba agitada, le faltaba el aire. A Max también— ¡Deja de hablar de una puta vez! ¿Quieres otra dosis? ¡¿Eso es lo que quieres?!
Ella sonrió de lado con la comisura temblorosa y lo escupió. Nathan cerró los ojos y se limpió la cara con una irritada mueca.
—Perra... Solo te pedí un poco de colaboración. Lo único que quiero es ayudarte a brillar, pero no me estás dejando otra opción más que doparte para lograrlo.
—¡Vete a la mierda, cagón! —exclamó Rachel, yéndose hacia adelante. Nathan atajó su hombro y la estrelló contra la pantalla de nuevo— ¡Ugh! P-Pedazo de mierda...
Max abrió más los párpados al ver los iracundos ojos de Rachel acuchillándolo. Esa mirada, esa pose… era la misma que vio en una fotografía de ella que encontró en el presente.
La furia… detrás de sus pupilas. Es la misma.
Furia que Nathan también notó. Su rostro se iluminó.
—Ah… ¡Es perfecto! —Sin querer perdérsela, se alejó unos pasos y le tomó una foto. Rachel corrió el rostro por la luz del flash.
—¡S-Suéltame de una puta vez, enfermo!
—¡Terminará pronto, cálmate! —Le sacó otra foto, obviando la desesperación que cada vez más asaltaba a su víctima.
Rachel refregó las manos entre sí tratando de liberarse de la maldita cinta adhesiva que le cortaba la circulación en las muñecas. Quería mantenerse neutra para pensar un plan de escape, pero el terror la estaba invadiendo. Un sofocante terror que nunca había sentido en su vida. La mente empezaba a traicionarla, los sentidos a apagarse y el instinto de supervivencia a activarse.
¡¿Qué mierda está pasando?! ¡Está jodidamente loco! ¡¿Por qué carajo vine a este puto lugar?!
Chocó los dientes con los ojos bien abiertos y el sudor transitando por su sien.
¡Tengo…! ¡Tengo que escapar!
Escapar, escapar, escapar… Esos eran sus únicos pensamientos mientras seguía tratando de liberarse. Desesperación pura. La misma que Max se encontraba sintiendo por estar contemplando ese imperdonable panorama. La ira que estaba conteniendo la estaba comiendo viva.
—¡Deja de moverte, mierda! —Nathan se desquició cuando Rachel comenzó a revolverse con más ímpetu. Sus aterradas ideas solo iban de aquí para allá y terminaban en lo mismo: la muerte— ¡Me tienes harto! —exclamó desquiciado, para luego acercarse otra vez y romper la cinta que ataba sus manos. Agarró su brazo derecho con fuerza, descubriendo de su bolsillo la jeringa que antes utilizó. Aún quedaba sedante en ella— ¡Tú me estás obligando a esto! ¡No era mi intención dejarte completamente dormida, esto es tu culpa!
Rachel trató de mover los brazos, ahora libres, pero le resultó imposible debido al sedante que continuaba transitando por su cuerpo. Solo consiguió danzar los dedos con torpeza.
¡No! ¡No puedo morir aquí!
La jeringa volvía a acercarse, su pecho a cerrarse y el corazón de Max a acelerarse. Apenas podía tolerar lo que veía. En cualquier instante perdería la cabeza.
Nathan ni se gastó en palmar su piel en esta ocasión. Él también se encontraba al límite. Comparado a su experto profesor, era incapaz de mantener la calma debido a que una muy pequeña partecita de su consciencia le advertía que lo que estaba haciendo era totalmente incorrecto. Sin embargo, en vez de guiarse por ella y retroceder sus macabros actos, ponía más hincapié en terminar su misión aunque su mente no se encontrara en las mejores condiciones psicológicas para llevarla a cabo. En sí, nunca estuvo en las mejores condiciones.
Rachel ahogó un grito cuando detalló la punta de la aguja a escasos centímetros de su piel.
¡NO, NO, NO, NO, NO!
Y eso fue todo. El terror terminó por dominarla.
—¡NO! —gritó, yéndose hacia atrás con la cara roja por el llanto y la furia— ¡E-ESPERA!
Max se puso de pie, tambaleante, y el finito hilo de la paciencia que se encargaba de mantenerla quieta se cortó.
Perdió los estribos.
—¡Ya no puedo tolerar esto!
Despegó los pies del suelo y corrió hacia Rachel olvidando que solo estaba viendo un recuerdo. La cierva, percatándose, corrió también y se interpuso antes de que llegara a ellos.
—¡No puedes hacer nada!
—¡Quítate! —Trató de esquivarla, pero la cierva volvió a interponerse.
—¡Respeta mis últimas memorias y quédate quieta!
Max se paralizó.
Respetar…
—¡Hasta ahora lo único que has hecho es tomar decisiones por mí, ahora seré yo la que tome decisiones por ti! —exclamó, agachando la cabeza a la defensiva y dispuesta a derribarla si seguía avanzando—. No puedes hacer nada, solo observar. Entiéndelo.
La heroína retrocedió unos pasos, impresionada por su inesperado carácter, y bajó el rostro apretando los puños.
—Cómo puedes pedirme… ¡¿Cómo puedes pedirme que me quede quieta cuando estoy a punto de presenciar la muerte de la persona que más amo?! —Se cubrió la cara, sollozando— ¡No puedo solo observar! ¡No puedo!
La cierva relajó el cuerpo al escucharla y la miró profundamente. Comenzó a caminar hacia Max, que lloraba en silencio, y apoyó la cabeza en su abdomen.
—Entiendo cómo te sientes, pero no puedes hacer nada. En este mundo no tienes poder para cambiar las cosas. En realidad nunca debiste tenerlo. Todo... fue mi culpa.
Max pestañeó con debilidad y se secó las lágrimas.
—¿Qué quieres decir?
—Velo por ti misma —dijo, devolviendo el rostro a Rachel y Nathan—. Por esto te traje aquí, para que veas la verdad con tus propios ojos. Esta… es mi última voluntad.
La heroína aspiró el sollozo por la nariz y afinó la visión en la exasperada Rachel que se revolvía inquieta en el lugar tratando de evitar la inyección.
—¡D-Déjame!
Nathan, ya fuera de sí, reforzó el agarre en su brazo, tornándolo rojizo.
—¡Duérmete de una puta vez! —exclamó, para luego clavar la aguja en su piel sin delicadeza alguna. Tan rudo fue, que la atacada juró que le había atravesado el músculo... y algo más:
La cordura.
Rachel tomó una gran bocanada de aire cuando sintió como su pecho se comprimía a tal grado que le era imposible respirar. Cerró los ojos con fuerza y se lo aferró mientras comenzaba a derrumbarse. Se estrelló contra el suelo emitiendo un ahogado quejido.
No... puedo... respirar...
Max tiritó en el lugar con las pupilas ensanchándose y volvió a caer de rodillas. Se aferró el pecho también y meneó la cabeza, mareada. Sentía el pecho endurecido; una piedra, y la garganta como si la estuvieran ahorcando.
—Sobre... dosis. —balbuceó con la respiración entrecortada, apoyando una mano en el piso para no derrumbarse.
De pronto toda sensación a su alrededor empeoró, volviéndose pesada y los colores oscuros. Veía nublado, sudaba frío. Lento... Todo pasaba muy lento. Ecos era lo único que escuchaba, además de su respiración. Las voces parecían estar en una frecuencia más baja de lo normal, mucho más que antes.
En otras palabras: la droga se estaba extendiendo por todo el sistema de Rachel.
—Al fin —murmuró Nathan en un suspiro, detallando como su víctima palidecía a un paso tan rápido que a Max no le entraba en la cabeza cómo no se podía dar cuenta de que estaba a punto de morir—. Tienes más resistencia de lo que pensé.
Él se alejó unos pasos, ignorando lo tragedia que estaba por ocurrir, y volvió a enfocarla con la cámara.
—Ahora... Muéstrame esa linda cara que tienes.
Rachel abría la boca una y otra vez intentando que el aire regresara a sus pulmones. No había caso. Era como si hubiese una barrera entre su garganta y ellos.
No... ¡NO!
—A-Ayúdame... —rogó en un hilo de voz, temblorosa y con las pupilas tan expandidas que su esmeralda color había desaparecido. El hecho de no poder respirar siquiera un poco de aire la terminó de aterrar.
—Cálmate, solo estás sedada. No vas a morir. —respondió Nathan con tranquilidad, sacándole fotos.
¡N-No! ¡Estoy... Estoy...!
Entrecerró los párpados y unas dolorosas lágrimas huyeron de sus ojos.
¡Me voy a... morir! ¡No puedo morir! ¡No aquí!
Elevó el rostro débilmente y como pudo empezó a arrastrarse hacia la puerta. No sentía el cuerpo. Éste pesaba tanto como su arrepentimiento por haber ido a ese maldito lugar. Lo único que la guiaba era la desesperación.
¡Tengo que... salir!
Nathan rió por lo bajo al verla.
—No pierdas energía. Finalmente estamos teniendo nuestra sesión, deberías estar feliz.
Rachel plegó los dedos contra el suelo respirando entrecortadamente. Su cuerpo no quería moverse, apenas pudo hacerlo. El aire se estaba acabando, su cerebro explotando. Le sangraba la nariz por la falta de oxígeno y percibía el corazón estrujándose, pidiendo por favor que la tortura acabase. No podía gritar para pedir ayuda, y aunque lo hiciese nadie la escucharía en ese apartado lugar.
Sabía que iba a morir.
En algún lugar de su mente ya se había resignado, no obstante, su instinto no le permitía rendirse. Batallaba arduamente contra sus pesimistas pensamientos y un tentador sueño profundo que deseaba devorarla viva.
¿Por qué...? ¿Por qué está pasando esto? No quiero morir... ¡No quiero morir!
Golpeó el piso. No sintió el golpe. El sentido del tacto se le estaba escapando de las manos, al igual que todos los demás.
¿Por qué mierda vine aquí?, ¿para demostrar qué? ¡Soy tan idiota!
Cerró los ojos, sollozando.
Papá... Mamá... perdónenme.
Max abrió los suyos de par en par.
Nunca quise... dejarlos.
—Tú... —Pasó la vista a la cierva y abrió aún más los ojos. Sus patas temblaban, su rostro también. Tenía miedo, el mismo miedo que su pasado estaba experimentando—. Rach... —Max entornó los párpados, angustiada, y se puso de pie con una increíble fuerza de voluntad. Se acercó a ella y pasó un brazo por detrás de su largo cuello, para luego impulsar su rostro contra su pecho. La abrazó con fuerza, protegiéndola—. No mires, ya viste suficiente. Soy yo la que tiene que verlo ahora.
La cierva se acurrucó más en su pecho y refregó la cara emitiendo agudos y pequeños bramidos que la enternecieron tanto como la dañaron.
—No mires... —repitió Max en un quebrado murmullo, tapando sus ojos—. Por favor... ¡No mires! —Se aferró más a su suave pelaje y regresó la visión a la Rachel humana, que continuaba llorando y retorciéndose en el suelo.
No podía explicar con palabras lo que estaba sintiendo al observar esos recuerdos. Sabía que iba a ser duro, pero esto... no tenía comparación. No podía salvarla, no podía hacer nada. Se sentía tan inútil que quería matarse allí mismo, y como no podía cumplir ese deseo de repente se encontró haciéndose incoherentes preguntas que solo conllevaban un sufrimiento mayor.
¿Por qué no estuve aquí para protegerla? ¿Por qué no la conocí antes? ¿Por qué no me negué ante mis padres cuando dijeron que nos mudaríamos a Seattle? Si hubiera permanecido aquí quizás hubiera podido salvarla.
Enterró la cara en el lomo de la cierva, frunciendo los dedos contra su pelaje.
¿Por qué no pude hacer nada incluso cuando viajé al pasado? ¡¿Para qué mierda fui?! ¡POR QUÉ SOY TAN INÚTIL!
Negó el rostro sobre su lomo, empapando su pelaje con lágrimas.
—¿Por qué? ¡Por qué no pude...!
Brr...
Pestañeó sobre ella al escuchar un peculiar sonido que retumbó en el cuarto oscuro. Levantó la cara y afinó el oído. Parecía una vibración.
Brr... Brr... Brr...
¿Qué es eso?
Buscó con la mirada de dónde provenía el sonido y terminó con los ojos plantados en la mesa baja. Achinó la visión y observó el celular de Rachel. El nombre de Chloe aparecía en la pantalla junto a diecisiete llamadas perdidas.
Chloe, al final... la perdonaste.
Escondió más el rostro de la cierva en su pecho, el cual lo sentía tan cerrado que le costaba respirar. No era solo angustia lo que ocasionaba tal abrumadora sensación.
Rachel era la que no podía respirar.
—M-Mierda... —masculló Rachel con las lágrimas resbalándose por sus ya pálidas mejillas. Solo eso se movía: sus lágrimas. Su cuerpo se había rendido, quedando desplomado de costado. Su mente también, girando en un remolino de últimas palabras. Ya no podía defenderse contra lo inevitable. Tenía sueño, mucho sueño...
Chloe... perdóname. Esta vez... Ja, creo que la cagué.
Max descendió el rostro arrugando las comisuras de los labios y apegó la frente a la cabeza de la cierva. Se tapó los oídos.
Basta, no quiero escuchar más... ¡No quiero!
No voy a salir de esta.
Se apretó más las orejas con tal de no oírla. Imposible. Su voz seguía agonizando dentro de su mente.
Si tan solo... pudiera...
Volvió a levantar el rostro por sus pensamientos y contempló el suyo. Su mirada ya no decía nada, no expresaba nada. Ausente.
Pudiera... detener el tiempo. Retro... ceder. Yo nunca... hubiera terminado aquí.
Max entreabrió los labios con las palpitaciones acelerando rápidamente.
¿Retroceder?
Si tan solo pudiera... ¡retroceder!
Rachel tomó una exasperada bocanada de aire y cerró los puños sobre el suelo.
Mierda... ¡MIERDA!
Refregó la cara sobre el piso, abrió la boca y con la última e iracunda pizca de energía que le quedaba gritó.
Liberó un grito tan desgarrador que de su boca escapó una furiosa ventisca que se elevó hacia el techo y lo atravesó como si éste ni existiera. Max la siguió con la mirada, pasmada, y detalló como el alrededor lentamente empezaba a desvanecerse, abriéndose paso para dejar a la vista el nocturno cielo.
—¿Qué...?
La ventisca se estrelló contra éste, provocando unos furibundos truenos entre las nubes, y comenzó a girar entre sí. Giró y giró... transformando aquel nada inocente viento en un remolino. Remolino que Max reconoció al instante.
Su mandíbula se desencajó.
La... tormenta.
De a poco fue soltando a la cierva, que se alejó unos cautelosos pasos, y se puso de pie sin quitar los ojos del cielo y aquel gigantesco remolino que ahora apuntaba hacia abajo dispuesto a regresar con su dueña.
O no.
La miraba a ella. La tormenta... la miraba a ella. A Max.
—¡¿Qué está pasando?! —exclamó con un mal presentimiento. La cierva ladeó el rostro, evitando encontrarse con sus ojos, y cerró los suyos.
—Mi último deseo... Ese que te condenó.
Max la miró unos cruciales segundos con el sudor aumentando y devolvió la atención al cielo, nerviosa.
—E-Espera...
El remolino comenzaba a descender poco a poco, apartando las nubes en el camino entre gruñidos y relámpagos. Max tragó pesado, asustada.
—No me digas que... ¡No puede ser!
Se fue hacia atrás con torpeza cuando aceleró de golpe y empezó a descender a toda velocidad directo hacia el cuarto oscuro.
¡No!
Directo hacia ella.
Sin poder escapar, abrió los ojos de un tirón y estiró el cuello hacia atrás cuando aquella furiosa ventisca la atravesó, quitándole el aliento.
—¡Agh!
El remolino la empujó varios metros, estampándola contra el suelo. Rebotó contra éste, adolorida, y allí permaneció; acostada boca arriba con los ojos endurecidos e incapaz de formular pensamiento alguno. Una conocida sensación empezaba a drenarla debajo de la piel. Una fuerte sensación que provocaba que su sangre hirviera, palpitara.
La misma que sintió cuando activó sus poderes por primera vez.
Esto... es...
Progresivamente los truenos dejaron de alumbrar las nubes, despejándolas. El cielo dejó de gruñir... y la tormenta quedó asentada en su ser.
—Retroceder... Ese fue mi último deseo. —escuchó a la cierva de fondo junto al sonido de sus patas acercándose.
El labio inferior de Max tiritó, intentando vocalizar algo. Aquella verdad le había robado la voz y posiblemente la escasa sensatez que tenía guardada en caso de emergencia.
—Tu deseo...
Todo comenzaba a encajar.
—Fue lo que inició todo esto —le dijo la cierva, parándose a su lado. Max deslizó las pupilas para verla—. Yo... soy la culpable de tu desgracia.
La heroína pestañeó, tratando de despertar de esa pesadilla. No podía moverse. No era su cuerpo el problema, su mente se encontraba congelada debido a aquella pesada información.
—¿Mi... desgracia?
La cierva bajó el hocico y lo acercó a su rostro. Max se perdió en esos verdosos e hipnotizantes ojos que brillaban con un dejo de tristeza.
—A veces un deseo puede ser peligroso. Realmente peligroso. Yo desee retroceder el tiempo al menos un minuto... Un segundo, lo que fuera con tal de volver atrás. De no aceptar las drogas de Nathan, de no terminar en este lugar. Mi deseo, Max, te llegó y tomó forma propia.
—Viajar... en el tiempo —balbuceó, estupefacta—. Retroceder.
Ella alejó el rostro, apenada.
—Aunque no fue mi intención... te pasé mis poderes. A ti, mi preciado destino.
—Destino...
Max volteó el rostro con una gran gota de sudor resbalándose por su sien y observó a la Rachel humana. Su garganta se cerró al ver cómo ella, rozando la inconsciencia, empezaba a convulsionar en el lugar. Su semblante, brazos, piernas... Todo tiritaba rápidamente.
—¡Rachel! —exclamó, sentándose y estirando el brazo hacia ella. Ese panorama la rescató del shock previo.
La nombrada rodó los ojos mientras su cuerpo temblaba cada vez más. Se sacudía sobre el suelo como si fuese un pez fuera del mar, acción que provocó que Nathan finalmente bajara la cámara. No..., ya la había bajado antes; cuando la escuchó gritar y solo gritar. Todo lo que ocurrió un minuto atrás él no lo vio. Si así hubiese sido no estaría vivo. El remolino lo hubiera consumido.
—¿Rach? —Se puso de pie, cauteloso, y caminó hacia ella— ¿Qué mierda fue ese grito de recién? ¿Cómo puede ser que todavía puedas...? —Se detuvo cuando Rachel aumentó las convulsiones— ¿Qué te pasa? —preguntó, agachándose para quedar a su altura. Sus ojos se ampliaron al detallar su ido semblante—. No..., estás bromeando ¿verdad?
Max se levantó con un importante esfuerzo al tiempo que Rachel comenzaba a expulsar una blanca espuma por la boca. Se estaba ahogando. Casi nada quedaba de ella y del cuarto oscuro. Éste se estaba oscureciendo debido a que sus ojos ya no veían con claridad. Debido a que ella... ya no sentía nada.
Los recuerdos estaban terminando.
—¡Hey! —Nathan le zarandeó el hombro y perdió el rumbo cuando su rostro cayó de costado, inerte, luego de tanto convulsionar— ¡NO! —La zarandeó con más fuerza. Lo único que consiguió fue que su cuerpo rebotara de adelante hacia atrás— ¡NO, NO, NO, NO! ¡NO PUEDES HACERME ESTO! ¡ESTO NO DEBERÍA SER ASÍ! —continuó sacudiéndola sin sentido alguno y apegó la oreja a su pecho, asustado. Su corazón no latía. Rachel se estaba yendo y no pensaba regresar, al menos no con su cuerpo humano— ¡POR FAVOR, NO!
Una espesa oscuridad empezaba a caer sobre toda la habitación. La heroína alzó la cabeza para verla. Caía como si fueran espesas gotas de color negro. Se derrumbaban sobre el panorama, borrándolo, manchándolo.
Es el final.
Regresó el rostro al frente y dio unos torpes pasos hasta llegar a Nathan. Con una insoportable tristeza alojada en el pecho contempló desde lo alto a esa chica que logró conquistar cada parte de su ser y que ahora estaba desapareciendo. Rachel, moribunda, desplazó las pupilas hacia ella. Max se petrificó.
Lo siento...
Sonrió frágilmente y comenzó a cerrar los ojos. Max le mantuvo la mirada, rígida, y bajó la cabeza con lágrimas rodando por sus mejillas.
Yo lo siento.
Cayó de rodillas al suelo y se tapó la cara. No pudo más. Empezó a llorar desconsoladamente mientras escuchaba los desaforados gritos de Nathan, que intentaban revivirla sin éxito.
—¡Rachel! ¡Puta madre! ¡Reacciona! ¡DESPIERTA!
—No va a despertar... —masculló contra sus palmas, enfurecida—. No va a despertar por tu culpa... ¡HIJO DE PUTA! —Se destapó el rostro y llevó el puño hacia atrás dispuesta a golpearlo aunque solo lograse atravesarlo. Tenía que descargarse, tenía que hacer algo, golpear algo, lo que sea. A él. Si no lo hacía se volvería loca. Sin embargo, al encontrarse con la imagen de Nathan abrazándola y llorando a los gritos, bajó el puño.
Otra vez tenía que ver esa escena, una en la que Nathan lamentaba lo que hizo. En esta ocasión la veía difusa. Todo estaba desapareciendo, esparciéndose cual acuarela negra sobre el agua, pero... eso ya no importaba. Golpearlo era imposible, llorar innecesario, lamentar la realidad más. Solo importaba lo que tenía detrás: la cierva. Tenía muchas preguntas que la Rachel fallecida no podía responder, pero aquel espectro...
Giró el rostro hacia ella con las cejas disgustosamente arqueadas. La cierva la miró con profundidad mientras todo continuaba desapareciendo, dando paso a un mundo en el que nada había además de ellas. Un mundo cerrado, oscuro y extrañamente familiar.
Un limbo. La nada.
—Tú... —Max comenzó a ponerse de pie con una seria expresión que escondía un dolor insostenible—. Dime toda la verdad.
La cierva descendió los párpados y le dio la espalda.
—Incluso en medio de la muerte soñamos, ¿sabes? —empezó a decir. Max tragó saliva y emprendió los pasos a ella con la cabeza gacha. Fuerza para levantarla no había. Estaba exhausta tanto física como emocionalmente—. El sueño de la muerte es el más vívido de todos... irónicamente. Es el que queda impregnado en nuestra alma incluso después de muertos.
La heroína se detuvo frente a la espalda de la cierva sin dignarse a elevar la cabeza.
—Otra curiosidad... ¿Sabías que los ciervos son los únicos animales espirituales capaces de viajar por otros mundos? El mundo de la muerte, por ejemplo. Éste sueño de la muerte.
—¿Pero por qué yo puedo verlo también? —se animó a preguntar Max en un quebrado murmullo.
—Porque estás conectada conmigo álmicamente.
—¿Qué? ¿Por qué...? ¿Por qué fui yo la elegida para recibir tus poderes? —Levantó el rostro, revelando unas dolorosas lágrimas— ¿Para poder... vengarte?
La cierva se dio la vuelta y negó con el hocico.
—No quería vengarme. Tú misma lo escuchaste: yo deseé retroceder el tiempo para enmendar mis errores. Vengar... nunca estuvo en mis planes. Justicia suena mejor. Proteger a los que quedan mucho mejor, y dejar ir a los que ya deben partir... también suena bien.
—¿Pero por qué yo...?
La cierva cerró los ojos, apacible, y volvió a darle la espalda. Comenzó a caminar por ese oscuro lugar sin rumbo alguno.
—Arcadia Bay está maldito, dijiste una vez.
Max se secó las lágrimas y asintió.
—Bien... No es del todo así. Simplemente los nativos que antes dominaron esta tierra dejaron la semilla de la magia plantada aquí.
—¿Magia?
—Es otra manera de llamar a lo espiritual. Los espíritus, las energías, como prefieras decirles, existen en todas partes. Hay almas perdidas merodeando por el mundo, buscando descansar. Buscando su lugar; ascender o reencarnar. Pero hay otras que tienen un propósito diferente. Los nativos que vivían en este pueblo... muchos de ellos eran chamanes que poseían un poder espiritual tan elevado que eran capaz de conectarse con nosotros: los espíritus.
Max arqueó una confundida ceja tratando de procesar la información de lo que estaba oyendo. O, mejor dicho, de creerla. Todavía quedaba una pequeña porción en su cerebro de una científica geek que se negaba a aceptar esa mágica realidad, sin embargo, ya no podía negarla. Desde que volvió a Arcadia Bay solo cosas inexplicables pasaron. Quizás debió darle más importancia a las clases de historia que recibió en la primaria, donde la profesora contaba el significado de todos los Totems que estaban esparcidos por el pueblo, de la importancia de los antiguos nativos americanos que lo fundaron. No le interesó, lo creyó ridículo. Y ahora no podría encontrarse más interesada.
—Si las intenciones eran buenas y nobles, nosotros, los que tenemos un propósito, hacíamos aparición ante sus llamados. Éramos despertados del sueño de la muerte para tomar la forma del animal que coincidiera con nuestra esencia en vida.
—¿Buenas intenciones? —Esa frase quedó rebotando, incómoda, en sus pensamientos.
La cierva volteó el cuello para verla.
—No hay almas malignas, solo malas decisiones en vida. Las almas son puras, la mente es lo único que puede llegar a contaminarse.
Bien, me siento en una puta clase de catolicismo. No me agrada.
—¿Estás diciendo que alguien como Nathan y Jefferson en realidad...?
—No nacieron malignos, se hicieron. En el caso de que llegaran a morir, reencarnarían una y otra vez hasta compensar sus acciones y aprender de ellas. Las circunstancias en las que nacerán será irrelevante. Lo que harán esta vez con el don de la vida es lo que determinará quiénes son realmente.
Corrección: budista.
La heroína frunció el entrecejo. Jefferson murió, ¿acaso ese maldito iba a reencarnar? ¿Cómo podía asegurar que su macabra cabeza no reencarnaría también? ¿Cómo demonios funcionaba eso?
—Tú eres uno de esos espíritus con un propósito... ¿Por qué?, ¿porque tenías poderes en vida? ¿Eso es lo que te hizo transformarte en... esto?
La cierva le mantuvo la mirada, silenciosa.
—Mis ancestros nacieron en este pueblo cuya tierra era liderada por los nativos, por ende, ellos también eran chamanes. Su destino luego de la muerte era convertirse en lo mismo que aquellos seres espirituales con los que entablaron un vínculo en vida: espíritus con un propósito. Ese era el pacto para poder conectarse con ellos. Soy una descendiente de los nativos, lo llevo en la sangre, al igual que mi verdadera madre.
—... ¿Por eso tienes poderes?
—Quién sabe... No tengo todas las respuestas, el universo obra de maneras misteriosas.
Universo, ¡ahora sí estás hablando!
—Solo sé que este lugar, Arcadia Bay, conserva la magia de los nativos. Es muy posible que esa sea la razón por la que mis poderes despertaron en vida cuando me mudé aquí.
—Eclipses, el extraño cambio de clima, los animales muertos... Todo eso también ocurre porque...
—Sí, todo pasa porque este lugar está...
—Maldito. —masculló Max, odiándolo. Odiando aquel pueblo fantasma que la metió en tantos problemas. Que le robó lo que más amaba.
—No, bendecido. La muerte no es una maldición, sino una liberación. Un aprendizaje.
Max negó con la cabeza, testaruda.
—Aprendizaje mis ovarios... ¿Cómo puede ser que no tengas todas las respuestas si eres un... Un espíritu? ¿Acaso no viste a un ser supremo al morir? ¿No seguiste un túnel luminoso o algo así?
La cierva soltó una risita típica de Rachel.
—La ficción se te subió a la cabeza, Maxine. Solo el universo tiene todas las respuestas, yo solo obtuve un poco de información de él al morir. La suficiente para comprender mi naturaleza.
—¿Qué información? Además de que sabes que estás bajo tierra. —resaltó con impotencia. Sabía que tenía la verdad frente a sus ojos, pero le costaba tanto creerla... y ya no por ser una científica empedernida. Si la aceptaba se haría realidad. Aún pensaba que de un momento a otro despertaría agitada al lado de Rachel, sintiendo su cálida respiración, confirmando que todo era una pesadilla. Se hundiría en su pecho y la abrazaría con fuerza. Y sin duda ella la contendría amorosamente, desplazando las manos por su espalda, sumiéndola más contra su pecho. Dejando muy lejos su pesadilla.
Pero... eso no estaba pasando. La pesadilla era real.
—Cuando nací me colocaron un pendiente. Una reliquia familiar indígena que nunca tuve el atrevimiento de quitarme —respondió la cierva, despertándola de sus fantasías—. Al morir entendí porqué nunca pude quitármelo.
Max recordó el pendiente en forma de pluma que parecía formar parte de Rachel desde siempre. Cierto, nunca se lo quitaba. Y si lo pensaba bien... sí que parecía una reliquia muy antigua.
—Lo único que sé con seguridad es que mi destino, al igual que el de todos los del linaje Gearhardt, era convertirme en un animal espiritual luego de la muerte.
—¿Gearhardt?
La cierva desvió la mirada con nostalgia.
—Es el apellido de mi verdadera madre.
Max sintió cómo su pecho se oprimía, adolorido. Se preguntó si debía consolarla, pero la cierva conservaba cierta distancia que, conociendo a Rachel, ahora no tenía que acortar. En el pasado aprendió una cosa esencial de su persona, además de que estaba simpáticamente loca. Lo correcto y más sabio era respetar su espacio hasta que ella decidiera derrumbarse en sus brazos por voluntad propia. No forzarla.
—Mi destino era convertirme en un espíritu que guiara a una persona noble y justiciera —continuó, volviendo a sus ojos—. Alguien que estuviera conectada a mí de algún modo. Chloe..., en esta dimensión resultó ser la conexión. El intermedio entre tú y yo. La razón por la cual despertaste tus poderes. Ambas la conocimos en vida, eso generó una inmediata conexión entre tú y yo aunque nunca nos habíamos visto las caras, al menos no en esta línea temporal. Tú empezaste a buscarme por ella, y yo te encontré gracias a eso.
Chloe finalmente hizo aparición. La heroína se aclaró la garganta, ansiosa, confundida, con miles de pensamientos enredándose en su mente. Demasiada información de golpe, demasiado... todo.
Me siento mal...
Sacudió la cabeza algo mareada y se sentó. No podía mantenerse más en pie.
—¿Yo... soy esa persona?, ¿la supuesta justiciera?
La cierva asintió y comenzó a caminar hacia Max a paso lento. La observó desde lo alto.
—Estuve esperando. —Se sentó también, escondiendo sus cuatro patas debajo del cuerpo—. Luego de morir, esperé y esperé... a que esa persona indicada apareciera para cumplir con mi deber, para despertarme del sueño de la muerte. Luego de tanto esperar... apareciste. Apenas te vi sentí una inmediata conexión. Es el destino, pensé. Es ella. Pero... lo que no sabía era que mi yo del pasado iba a ocasionar mucho dolor en la persona que el destino me presentó. Rachel Amber te metió en sus dramáticos problemas. —Bajó el hocico, entristecida—. Y menos sabía que desde siempre mi destino estuvo unido al tuyo incluso antes de morir. Porque en otro tiempo, en otro mundo paralelo... tú y yo ya nos conocíamos, ya habíamos formado un vínculo.
Max parpadeó, sorprendida, y abrazó sus rodillas.
—¿Qué tipo de vínculo?
—Ya sabes cómo funcionan las dimensiones paralelas. El tipo de vínculo varía. Puede ser romántico, amistoso y en otros hasta familiar. Cualquiera sea, el vínculo estuvo desde siempre. Por eso cuando nos conocimos en el pasado sentimos una conexión instantánea, porque en otras líneas paralelas esa conexión ya había sido establecida. Ya estaba escrito que nos conociéramos, ya estaba sucediendo en otros mundos e inevitablemente iba a suceder en éste. Eso entendí en esta línea al despertar después de la muerte y comenzar a seguirte. Y por eso mismo, por esa inevitable conexión mis poderes pasaron a ser tuyos inconscientemente, por el hilo del destino que nos une y que siempre nos unirá. Tú eres la única receptora que existe de mi poder, la única heredera.
Max se refregó la boca con los ojos bien abiertos. La frente le pesaba como si toda la información se estuviese alojando solo allí. De todas las teorías que tuvo jamás se le pasó por la cabeza que ella le había dado sus poderes, que estaban unidas por un lazo más fuerte del que pensaba. Una conexión sin fin que traspasaba el tiempo y el espacio.
—No fue mi intención darte mis poderes, darte esa... carga. No sabía que pasaría eso. Pero cuando pasó y abrí los ojos hallándome siendo un espectro me di cuenta de porqué tenía que guiarte, ayudarte. Todo encajaba. No solo fui elegida porque resultaste ser mi persona destinada. Yo tenía que aliviar la carga que dejé en tus espaldas. Protegerte de ella y mostrarte una verdad que jamás podrías cambiar, aunque costara aceptarla.
La heroína respiró hondo, tratando de unir todas las frases. Su cerebro estaba en plena crisis.
—¿La... Rachel del pasado es consciente de esto? De la verdad.
La cierva negó.
—No. Quizás lo sabe muy dentro de su alma, pero no conscientemente.
—Ella no paraba de hablar de cosas mágicas y del destino. De que estábamos unidas por él y de que estaba segura de que su deber era protegerme. —Sonrió melancólicamente—. Sí, inconscientemente lo sabe, y creo... que yo también lo sabía sin saber.
—No podemos evitar nuestros instintos, así que... es probable.
Max la miró con pesadumbre.
—¿Con quién estoy hablando ahora? ¿Con la Rachel del pasado o la del presente?
—Hm... Podría decirse que con una fusión de las dos. Tú misma lo dijiste: los sentimientos de la Rachel del pasado me llegaron. Es cierto, somos el mismo alma, era inevitable. Pero también es cierto que en el presente y siendo solo un mero animal espiritual me encariñé contigo. Eso no debía pasar, pero... —Hizo una pausa, como si estuviera buscando las palabras correctas—... no pude evitarlo. Siempre te estuve observando desde que despertaron tus poderes. Vi toda tu valentía, tu sufrimiento, los sacrificios que hiciste por Chloe, tus otros amigos y por mí, alguien que ni siquiera conocías. Todo... siempre siendo fiel a ti misma. Tú eres de verdad... una preciosa alma en pena, Max Caulfield. La única merecedora de mi amor.
Max se sonrojó, hecho que provocó que se insultara por dentro.
Una cierva me está intimidando... Mátenme.
—Entonces, ¿yo estaba destinada a conocerte? —preguntó, evitando sus ojos con vergüenza.
—Sí, pero no necesariamente en una forma física. En este caso nos conocimos porque viajaste al pasado, pero si no lo hubieras hecho jamás nos hubiésemos visto, puesto que estoy muerta. Aún así, te pude conocer de este modo, siendo un espíritu. Conectamos de igual manera porque...
—En otras realidades paralelas estamos conectadas y es inevitable el encuentro.
La cierva asintió.
—En cualquiera de ellas, sí.
—¿Y en esas otras realidades...? Una en donde estás viva, ¿qué hubiera pasado? ¿Qué está pasando allí?
—Como te dije, quizás seamos amigas, pareja, familia... incluso hermanas o simplemente conocidas, no se sabe, pero eso no hace la diferencia. De alguna u otra forma, personalmente o no, siempre nos conectamos. Aunque no te hubiera conocido en persona yo estaba destinada a protegerte, eso ya formó la conexión.
—Eso significa que nuestro vínculo no tenía que ser necesariamente romántico... —musitó tímidamente—. Entonces, si no fue por el destino... ¿Por qué nos enamoramos en el pasado?
La cierva soltó otra simpática risita y se levantó. Max apegó los hombros al cuello cuando se acercó a su rostro y le lamió la mejilla.
—Creí habértelo dicho en el pasado, tontita... Las experiencias lo son todo. Fue un factor humano que nos enamoráramos luego de todo lo que pasamos juntas, simplemente sucedió. Las circunstancias se dieron así.
—Pero...
—Es verdad que la inevitable conexión que siempre sentiremos, no importa la dimensión, ayuda para que nos sintamos atraídas de un modo u otro. Pero para activarla en el modo romántico se requiere otros factores, ¿no crees?
—Experiencias, convivencia... —susurró Max, rodeando su lomo con los brazos. La contempló fijamente—. Rachel, yo no planeé enamorarme de ti.
—Ni yo, ¿quién planea eso? Solo pasa. —Le dio un juguetón mordisco en la otra mejilla, haciéndola reír en un murmullo— ¿Te arrepientes de amarme?
—Nunca.
—¿Incluso aunque jamás vuelvas a verme? ¿Me recordarás, Max? Quiero... permanecer siempre en tu corazón aunque sea egoísta de mi parte.
Max amplió los ojos con la respiración entrecortándose.
No volverte a ver...
Comenzó a soltarla lentamente. La cierva buscó con la mirada sus ojos, que hacían lo imposible para evitarla.
—El destino es el destino, Max, y al igual que la muerte no se puede cambiar. Puedes cambiar el camino, el tipo de vínculo, puedes hacer que todo sea más ligero o pesado, pero al final del camino encontrarás lo mismo. El mismo destino. Mi destino era morir y romper esa regla es peligroso, por eso...
—Me advertías que no te salve en mis visiones —contestó, cabizbaja—. A ti y a Chloe.
—Porque habría consecuencias, sí. Unas muy graves.
—¿Más graves que esto? —La miró con los ojos vidriosos—. Perdí lo que más quiero, ¿cómo puedo ser feliz si no te tengo en mi vida?
La cierva la observó con tristeza y reposó su largo mentón en su hombro. Max se abrazó a ella liberando las lágrimas que con mucha voluntad había reprimido.
—Max... No sabes lo mucho que quisiera quedarme contigo, hacerte feliz. Pero tienes que entender que en esta realidad es imposible. No tenemos futuro aquí, debes seguir adelante.
Max arqueó las cejas con un nudo en la garganta. No quería entenderlo, se negaba rotundamente a hacerlo.
—No quiero seguir adelante sin ti, Rach. ¡Lo único que quiero es salvarte!
—No debes. Max, escúchame... Yo no sabía que mi pasado se iba a enamorar de ti. No pude controlar eso y tampoco que sus sentimientos me llegaran. Lamento que todo haya terminado así, pero debes creerme cuando te digo que habrá consecuencias si sigues intentando regresarnos a la vida. Max... ya has hecho más que suficiente. —Se apartó para verla—. Es hora de que vuelvas a tu normalidad. Solo quiero que seas feliz, ese es mi único deseo.
La heroína se aferró más a su pelaje y enterró la nariz en él.
—No quiero una vida normal si no estás en ella.
La cierva ladeó el rostro y empezó a refregarlo contra su mejilla en tiernas caricias.
—Lo superarás. Los humanos son más fuertes de lo que parecen, y tú no eres la excepción. Eres fuerte, muy fuerte, más de lo que crees.
—¡No para esto! —La encaró de frente con los ojos llorosos— ¡Si quieres que renuncie, dime de una puta vez cuales son las malditas consecuencias!
La cierva hizo silencio y negó con el hocico.
—No lo sé, pero tengo la certeza de que si nos revives el universo vendrá a cobrarte esa inmensa deuda. Crearás una paradoja, y sabes bien lo que significa eso. Ya creaste una al viajar sin estar en la fotografía. El universo puede tolerar algunos cambios justificados, pero una vida... Si superas sus reglas se volverá injusto, vengativo. El precio a pagar deberá ser incluso mayor. Si rescatas una vida, se te cobrará dos, tres o incluso más como pago. Podría ser la tuya tranquilamente. Te quitará todo, Max. No puedes jugar con la vida de las personas, eso es innegablemente peligroso. Mis poderes no te fueron dados para revivirnos, sino para detener a Jefferson. Ya lo hiciste, es momento de parar. Cumpliste tu misión, ahora... descansa.
Max apretó las mandíbulas y sumió la cabeza entre sus rodillas. Descansar no estaba en sus planes aunque lo tuviera bien merecido.
Una vida por otra... ¿Acaso será igual a cuando salvé al padre de Chloe? ¿Eso me está diciendo?
—¿Qué hay de la tormenta? —Levantó la cara con el ceño fruncido—. Tú eres la tormenta, y eso aniquilará un montón de vidas. ¿Te atreves a darme clases de moral cuando está por suceder una desgracia? ¿Cómo puedo detenerla?
—Eso... —Bajó sus largas pestañas con pesadumbre—... tampoco fue algo planeado. Mi pasado liberó toda la ira acumulada y terminó en una tragedia: la tormenta que pronto asaltará a Arcadia Bay. Perdóname...
—No fue tu culpa. ¡Nada de lo que pasó lo fue!
—... Lamentablemente es imposible detenerla, ya pasó a formar parte de la naturaleza. Tendré que llevar ese pecado para siempre conmigo.
Max se refregó el cabello, perdiendo la paciencia. Había una manera de evitarla, una que se le ocurrió apenas se enteró que la tormenta era la mismísima furia de Rachel personificada.
—Hay una forma.
La cierva levantó el hocico, curiosa.
—Si te salvo la tormenta nunca habrá sucedido.
—¡No! —Adelantó un agresivo paso. Max se sobresaltó— ¡Te dije que si haces eso serás tú la que sufrirás!
—¿Estás diciendo que prefieres un genocidio en vez de mi sufrimiento? —preguntó, sonriendo de lado.
El labio inferior de la cierva se desprendió como si nunca hubiera pensando en ello. Era verdad. Nunca lo analizó, pero, en efecto, prefería eso.
Y lo preferiría siempre.
—Sí.
Max ahogó un sorprendido sonido, negándose a procesar lo que estaba escuchando, y se tapó el rostro como si no verla ayudara a borrar lo que dijo.
Es el colmo... ¡Esto es el puto colmo!
—Eres tan estúpida... —susurró, comenzando a reír en un apagado murmullo— ¡Tan estúpida! ¡No has cambiado nada! —Se destapó, revelando una irritada sonrisa que la cierva no comprendió—. Loca, perra, asesina. Eso es lo que eres.
La cierva volteó el rostro, indiferente.
—Lo soy.
—¡Claro que no lo niegas! ¿Por qué lo harías? ¡Esa eres tú! ¡La inigualable Rachel Amber! ¡Todo está justificado si eres tú! ¡El mundo puede ponerse de cabeza, pero no importa porque tú quedarás en pie, verdad?! —Se levantó y la señaló. La cierva permaneció en su lugar, haciéndole frente a esa nueva Max que parecía haber enloquecido— ¡Siempre consigues lo que quieres! ¡Por qué esto debería ser una excepción!
—Puedes tratar de avisarle a las personas lo que está por suceder. Con suerte te creerán.
—¡Sabes que no lo harán! ¡Ya bastante loca parezco para algunos!
—Entonces, sálvate tú. Es lo único que me importa. Escapa, Max.
—¡¿Qué clase de espíritu eres?! ¡¿Uno malvado?! ¡Estamos hablando de la vida de cientos de personas!
—Yo pienso en ti y solo en ti. Si eso me convierte en malvada, lo acepto. Lo seré por ti y asumiré las consecuencias.
La heroína cerró los puños con ímpetu y le dio la espalda puteándola por dentro. La situación ya la había superado, y cuando pensó que no podía ser peor, ahí estaba la vida, demostrándole que por supuesto podía ser peor. Como siempre, siempre cruel. No obstante, Rachel podía ser mucho peor que la vida misma:
Un antihéroe que rozaba lo villano.
Está loca, ¡está completamente loca!
"¿Qué mierda hice en otra vida para merecer todo esto?" Llegó a preguntarse Max, dándose cuenta de que ahora creía firmemente en la reencarnación y en las otras barbaridades que tuvo que oír. Lo más irónico de aquella caótica situación y lo que más le molestaba... era que ella misma resultó ser su fiel espejo. Su sombra. Razón suficiente para odiarse por llegar a pensar de una manera tan egoísta. Su enojo en realidad no era dirigido a Rachel, sino a su propia persona.
No podía juzgarla. Era hipócrita hacerlo.
—Ja, lo peor de todo... es que eres mi maldito reflejo. —Rió por lo bajo angustiosamente—. Porque yo... haría lo mismo que tú si estuviera en tu lugar. —Giró el rostro hacia ella con un lúgubre brillo en los ojos—. Sacrificaría a todo Arcadia Bay con tal de salvarte a ti o a Chloe. Eso es un genocidio ¿cierto? Me convierte en una asesina egoísta y repulsiva.
La cierva la observó unos segundos, pensante, y volvió a acercarse. Apoyó la cabeza en su espalda.
—No me interesa en lo que te conviertas, yo siempre te amaré. Sé quién eres por dentro. Pero Max... yo no deseo ese futuro para ti. Lo único que quiero es quitarte el peso de tus espaldas, no sumarle tragedias. Por eso... seré yo la que cargue con aquel peso. Déjame hacer eso al menos.
Max se mordió el borde del labio, sollozando. La cierva despegó la cabeza de su espalda y miró el alrededor al sentir una conocida sensación llamándola. La oscuridad comenzaba a disiparse.
—Se acaba el tiempo.
Max se agitó. Se dio la vuelta, alarmada.
—¿Te... vas?
—Tú vuelves —contestó, para luego pararse en dos patas y apoyar las delanteras en sus hombros. La heroína la atajó en sus brazos, sorprendida—. Vuelves al presente.
—El presente... —Entrecerró los ojos, agobiada—. Mi cuerpo... ¿dónde está? Recuerdo que apenas toqué el tuyo terminé aquí, pero...
—Lamento decirlo, pero está sobre el mío.
Max palideció.
—Oh, santa ciencia... Eso va a ser fuerte.
—Lo siento. —Le dio un lengüetazo en la frente, dejando su flequillo parado como si se hubiera puesto gel. Pero no, no era gel. Era baba—. Sé que estás enojada, ¿pero puedo pedirte un favor, Max?
—No estoy enojada... Perdón si me pasé. Estoy un poco... conmocionada.
—Qué alegría que no lo estés. —Le dio otro lengüetazo, esta vez en la boca. Max se la cubrió, inquieta—. Con más razón, ¿puedo?
La heroína la contempló con las cejas arqueadas, ya sin saber qué esperar. Su mente se había detenido luego de la conversación de la tormenta. Mientras le dio la espalda... Esos contados segundos reflexionó. Reflexionó mucho y tomó una decisión que, para variar, ya había tomado antes. Su vida últimamente giraba en torno a aquella decisión.
—¿Podrías llevarte mi cuerpo?
Su corazón se precipitó al escucharla.
—No quiero... que siga allí. Sé que es mucho pedir, pero por favor llévaselo a mi padre. Él perdió la esperanza, pero al menos saber lo que me ocurrió ayudará a sanarlo. Cuéntale toda la verdad.
Max sacudió la cabeza inmersa de lágrimas y la abrazó fuertemente.
—Por favor... —rogó la cierva, refregándose contra su cuello—. Es mi última petición.
Max se aferró más a su pelaje.
¿Esto está pasando? ¿Finalmente llegó el día en el que tengo que rendirme? ¿Es lo correcto, es lo que tengo que hacer? ¿Terminar esta historia me devolverá a la normalidad? ¿La ayudará a descansar en paz o lo que mierda sea?
Entreabrió los ojos contra su lomo no creyéndose ni una sola palabra de sus propios pensamientos. Éstos retumbaban con poca fuerza, sin ganas, sin necesidad de ser. Aparecían solo por costumbre. Por creer toda su vida en "lo correcto". Ahora su vida no podía rozar más lo incorrecto y agradecía aquello. Porque, a pesar de todo lo malo, por desviarse del camino pudo conocerla a ella: a Rachel.
No..., no puedo rendirme. Ya estoy demasiado loca como para volver a la normalidad. Si volviera, ésta me comería viva. Y yo no... Ya no puedo...
Imaginar una vida sin su sonrisa al despertar… imposible.
Empezó a liberar a la cierva, que estacionó en el suelo con sus cuatro patas.
No puedo ni quiero vivir sin ella.
Abrió los ojos, que se encontraban rojizos por el llanto, y la miró penetrantemente. Distinta, decidida y tal vez al borde de la locura.
Sonrió.
La cierva ladeó el semblante sin entender la razón de su gesto.
—No puedo hacer eso, Rachel.
Ella descendió el hocico, entristecida.
—Entiendo... No te pedí nada sencillo. Yo no debería esperar favores luego de lo que te hice.
—No, no entiendes. —Max levantó la cabeza y observó la oscuridad que continuaba cayendo sobre las dos, borrando aquel inexistente mundo—. No será necesario hacerlo. —Devolvió el rostro a la cierva y agrandó la sonrisa—. Porque yo te salvaré.
Su pelaje se erizó al oírla.
—¡Te dije que...!
—¡No me importa lo que digas!
—¡Max! —exclamó, adelantando las patas. O eso trató. Sus patas quedaron adheridas al suelo, el cual empezaba a succionarla— ¡No eres consciente de la desgracia que te caerá encima!
—Lo soy —respondió tajante y siendo succionada también—. Pero no me importa, solo me importas tú.
—¡Tu cuerpo ya no está en condiciones de viajar! ¡No tienes que hacer esto!
—Quiero hacerlo.
—¡Por favor!
—Nada de lo que digas cambiará mi opinión, está decidido.
La cierva tiritó en el lugar y comenzó a revolverse exasperada para escapar de la succión.
—¡Escúchame!
—No.
—¡Max!
—¡Te dije que no! —gritó, paralizándola—. Déjame decidir mi destino. Es mi vida y yo decidiré lo que hacer con ella, te lo dije muchas veces. Tú deberías hacer lo mismo.
La cierva emitió frustrados bramidos. Unas pequeñas lágrimas huían de sus ojos por la impotencia de no poder hacerla cambiar de opinión. Sabía que el camino de la heroína estaría aún más empedrado que antes si tomaba la decisión de salvarla. Max también lo sabía, y a pesar de eso estaba dispuesta a abandonarlo todo por ella. Nunca dejó de estarlo.
Si así eran las cosas... Si no podía detenerla, solo una cosa podía hacer. Lo que deseaba.
—¡Entonces yo seguiré a tu lado! ¡Esa es mi decisión!
Max la observó impresionada y delineó una amable sonrisa. La mitad de su cuerpo ya se encontraba en penumbras, al igual que el de ella.
—¿Lo harás?, ¿aunque le haga algo imperdonable al universo? ¿Aunque provoque otra paradoja?
—¡No me alejaré de ti! ¡Si tú pecas, yo también! ¡Seguiré contigo hasta el final! ¡No importa lo que pase!
La heroína detalló sus fervientes ojos y cerró los suyos. Unas acumuladas lágrimas rodaron por sus mejillas.
—Siempre cagándote en todo. De verdad... eres un espíritu maligno. —Los abrió y le tendió una mano—. Entonces, seguiremos juntas hasta el final.
La cierva estiró el cuello, aún luchando contra la absorción, y reposó el mentón en su mano.
—Hasta el final, Max.
Max le sonrió.
La oscuridad cayó sobre ellas.
Ese mundo desapareció.
Y ellas también.
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Max abrió los párpados lentamente, sintiéndolos pesados. Mareada, empezó a incorporarse con lentitud, pero ni llegó a sentarse. De repente un putrefacto olor se impregnó en su nariz de un disparo. Se la cubrió percibiendo unas poderosas arcadas trepando por la garganta.
—¿Qué...? —murmuró contra su palma, intentando apaciguar las nauseas. Plantó los ojos en el suelo y los abrió de golpe. No tardó en relajarlos al caer en la realidad. Su difícil realidad—. Oh... Rachel, hey. Te ves bien.
Su cadáver le dio la bienvenida. Max se encontraba sobre él. No se sorprendió, no más.
Apoyó las manos en su blando pecho para incorporarse, hundiéndolo hasta sentirle los huesos, y se sentó como si nada cruzando las piernas cual indio. Pasó la visión al oscuro cielo con los ojos decaídos. Perdidos, como los de un niño abandonado. La llovizna continuaba cayendo, siendo alumbrada por momentos por unos tenues relámpagos que se asomaban detrás de las nubes.
—No es tan malo cuando te acostumbras —dijo, cerrando los ojos y permitiéndose empapar con la fresquita lluvia—. Ya sabes, el olor. No es tan penetrante como antes. Definitivamente somos animales de costumbres. ¿Es raro que tenga hambre? Mierda, me comería una hamburguesa gigante. —Devolvió la atención a su demacrado semblante, inexpresiva—. Quisiera seguir acompañándote, pero si continuo aquí afuera me voy a resfriar, y no me conviene para nada. Tengo mucho trabajo que hacer.
Colocó un pie en la mojada tierra y se levantó.
—¡Wowser! —Se resbaló—. Casi me voy a la mierda... Si sigo cayendo sobre ti voy a terminar de deformarte. —Soltó una burlona risita y se agachó—. Y eso me recuerda que no puedo dejarte así, sería desconsiderado de mi parte. —Llevó la mano a su desplumado pendiente y lo acarició—. Ahora voy a cubrirte, Rach.
Comenzó a taparla con tierra pacientemente. Su mente estaba en blanco, solo una palabra aparecía en ella mientras pasaban los minutos: salvarla.
Salvarla, salvarla, salvarla.
El piloto automático alcanzó su máximo nivel. Uno peligroso que si no desactivaba pronto se apropiaría de ella para siempre, robándole las emociones.
Antes de terminar de cubrirla por completo, espió de soslayo su semblante. Lo único que quedaba a la vista. Se acercó a él, provocando que sus cortos cabellos se derrumbaran sobre ella, y la miró profundamente. Esbozó una leve sonrisa y besó su frente.
—Te veré pronto. Te amo.
Cubrió su rostro.
Se sacudió las manos, quitándose la tierra, y volvió a ponerse de pie. Pasó la vista al refugio de Chloe.
—Creo que por hoy debería descansar. Estoy a punto de caerme... Espero que Chloe conserve ese sucio colchón.
Empezó a caminar hacia la puerta de chapa, pero detuvo los pasos al sentir una presencia a su lado. Una conocida y cálida energía que la abrigaba en medio de la helada tempestad.
Bajó el rostro y sonrió.
—Tiempo sin verte, Bambi —dijo, alzando una divertida ceja. La transparente cierva levantó el hocico y movió las orejitas— ¿Te quedarás conmigo?
En respuesta, comenzó a saltar a su alrededor dándole la bienvenida. Max soltó una corta risita y sacudió la cabeza.
—Claro que lo harás.
Siempre lo harás, ¿verdad? Yo también. Nunca te abandonaré.
—Hasta el final, Rach.
Volvííí después de estar un tiempito desaparecida. Mil perdones, me perdí en el camino de la vida, para variar. ¡Pero acá estoy de nuevo!
¡Mil gracias por leer! ¡Espero que hayan pasado unas lindas fiestas!
A partir de ahora empieza la última etapa de la historia, así que ¡los leo en el próximo capítulo!
¡Besos a todxs!
