- Este té de Angélica está delicioso – comentó Speedwagon con una sonrisa.

- Gracias – Pucci arrastró su silla unos centímetros para alejarse de los incesantes gritos de los dos hombres adultos que discutían sobre equitación y venganza -. Es una de las muchas hierbas que cultivamos en el jardín. En realidad la planta lleva aquí desde tiempos de George Joestar I, lo único que hicimos al llegar fue regarla y darle muchos cuidados hasta que floreciese. Se ve que el anterior jardinero no estaba muy interesado en el arte de hacer té.

El silencio reinó en la habitación, pero solo durante un par de segundos.

- Así que estás viviendo el sueño, ¿eh? – dijo Robert sobre la voz de Dio – Una casa perfecta con el jardín perfecto y el novio perfecto… Solo te faltan los niños correteando por el césped… Y quizás un perrito.

Pucci frunció el ceño.

- No soy un ama de casa, Speedwagon. No existe tal cosa como la perfección en el mundo terrenal. Pero entiendo que la presencia de Dio pueda alterar esa percepción, ya que encarna la excelencia a ojos de alguien como tú.

- No siento la más mínima atracción por tu novio, Pucci – Speedwagon parpadeó dos veces -. Solo quería ser educado.

- Sé que los celos que sientes no son por mi pareja. Sin duda alguna, ese comentario tiene un fondo de melancolía: ha sido una forma discreta de manifestar el oscuro deseo de una vida apacible, en la que la convivencia amorosa con tu pareja se vea culminada por la creación de nueva vida.

Speedwagon intentó negar aquellas acusaciones, pero Pucci fue más rápido.

- Puede que hayan pasado más de cien años, pero yo nunca olvido las confesiones que me hace la gente. Y menos si es la de un joven proletario que se ha enamorado de un noble de alta cuna. ¿Sirvió de algo mi consejo?

- Sí – Robert decidió que no valía la pena fingir sorpresa, ni tampoco bajar la voz ya que Dio y Jonathan estaban demasiado ensimismados en su propia conversación -. Fue fácil convencerlo de ir a la India. Lo necesitaba. Ambos lo necesitábamos.

- ¿Encontrasteis lo que buscabais?

Un destello fugaz iluminó los ojos de Speedwagon.

- Sí. Nos encontramos el uno al otro bajo el abrasador sol del desierto, bajo el agua de los pacíficos oasis en los que chapoteábamos como dos adolescentes que se enamoran por primera vez, bajo las sábanas de la tienda que…

- No necesito detalles – lo cortó Pucci -. Y bien, ¿cuál es el problema?

- El problema es tu novio. Jonathan lleva años obsesionado con Dio. Parece que todo lo hace por él: se pasaba los días entrenando para estar a su altura como rival y las noches hablando de él y de su plan de venganza. Nuestro retiro idílico se vio completamente arruinado por ese señor de ahí y, sinceramente, ha llegado en punto en el que tengo yo más ganas de asesinarlo que el propio Jonathan.

Pucci sorbió lentamente el té que quedaba en la taza y se dispuso a contestarle, pero fue interrumpido por uno de los muchos esbirros que frecuentaban la mansión.

- Amo Dio, dos hombres están a las puertas del jardín exigiendo entrar. Dicen que tienen asuntos pendientes con usted.

- ¿Otra vez? – suspiró Dio – Supongo que no puedo evitar tener este cuerpo tan deseable. Condúcelos hasta la mazmorra y enséñales dónde pueden dejar la ropa. Me ocuparé de ellos tras…

- Dicen que es personal.

- Hoy en día todos se piensan que el sexo es personal.

Su secuaz rió embelesado por las palabras de Dio y desapareció de la escena.

- Como iba diciendo – Jonathan sonrió educadamente -. Voy a atravesar tu cara con mi puño.

- Hazlo – lo animó Speedwagon -. Así podremos salir de aquí cuanto antes. He visto una tienda de yogur helado de camino a la mansión a la que me gustaría ir contigo.

- Vuestra voluntad de hacer lo correcto es admirable, pero no tan poderosa como mi deseo de seguir teniendo sexo – dijo Dio -. Si no queréis uniros me parece perfecto, pero intentar que me avergüence por mis gustos más íntimos y mis formas personales de obtener placer… Speedwagon, te creía mejor que eso.

- Efectivamente, no soy nadie para decirte qué puedes o no hacer en la intimidad de tu dormitorio – Robert jugó con las puntas de su cabello, evitando mirar a los demás a la cara -. Pero, ¿sabes quién sí? Pucci.

Se giró hacia el párroco.

- Pucci, ¿En serio tu forma ideal de pasar los próximos mil años es viendo como tu pareja tiene sexo con todo ser humano que se cruza en su camino?

- En primer lugar, no siempre son humanos. Dio no discrimina. En segundo lugar, agradezco tu preocupación por mi felicidad, pero nuestra dinámica de pareja no es de tu incumbencia.

- Pucci, ¿Eres feliz?

- Eso es irrelevante.

- Cómo osas cuestionar el amor que yo, Dio, profeso a mi alma gemela. Ninguno de los dos ha irrumpido nunca en vuestra casa sin previo aviso con la intención de arruinar vuestra felicidad, ni se ha inmiscuido en vuestra relación de pareja.

A Jonathan Joestar le habría gustado mucho tomar parte en la conversación, pero estaba demasiado ocupado observando con la boca abierta cómo dos hombres fornidos y maquillados hasta las cejas intentaban entrar por la pequeña ventana de la cocina.

Speedwagon ahogó un grito lleno de frustración.

- ¡Sí que lo habéis hecho! ¡Por eso estamos aquí!

- Estáis aquí porque os habéis cansado de tener sexo en el desierto.

- ¿Alguien tiene problemas amorosos? – interrumpió Bucciarati, dirigiéndoles una mirada inquisidora y arrastrando una silla.

- Sí – dijeron Speedwagon, Pucci y Dio al mismo tiempo.

Jonathan todavía estaba procesando información. Abbacchio le estrechó la mano con cortesía.

- Genial, el primer paso es admitirlo – Bruno tomó asiento.

- ¡No! – exclamó Speedwagon, frustrado – Quienes tienen problemas son ellos, no nosotros.

- Primer paso para una reconciliación efectiva: no gritar – enumeró Bucciarati -. Gritar solo hace que todos nos pongamos nerviosos y digamos cosas de las que nos arrepentiremos más adelante.

Pucci y Dio lo aceptaron en seguida. A Speedwagon le costó un poco más.

- ¡Nos ha arruinado la vida! – gimió mientras señalaba a Dio.

- A veces con paciencia y bondad podemos controlar situaciones que parece que se nos escapan de las manos. Decidme, ¿cómo empezó todo?

- Cuando éramos pequeños, mi padre decidió adoptar a Dio… – Jonathan abrió la boca por primera vez desde que entró Bucciarati.

- No – lo cortó Abbacchio, recibiendo algo parecido a una mirada asesina por parte de Bruno -. Quiero decir, no necesitas retrotraerte tanto. Ve al grano.

- El caballero de estilo impecable tiene razón – Dio dedicó una de sus encantadoras sonrisas a los presentes -. El pasado no se puede cambiar.

- Salvo casos excepcionales – matizó Bucciarati -, en los que el daño causado es demasiado grande como para que el corazón deje de exigir venganza. Pero tampoco ha matado a nadie de tu familia, ¿no?

Dio miró al suelo, apoyando sus uñas de trece centímetros en la boca.

- No – admitió Jonathan.

- Perfecto. Bien, ¿cuál es el problema?

Bucciarati no se dirigía a nadie en especial. Como siempre, Speedwagon tomó la delantera mientras agitaba enérgicamente las manos.

- Ahí donde lo ves, este caballero de apariencia elegante nos ha robado la felicidad al señor Joestar y a mí. Ha dedicado sus años mozos a hacer la vida de Jonathan lo más miserable posible, acosándolo de manera obsesiva, y ahora estamos aquí para tomar lo que es nuestro.

- ¿Cómo es posible que lo haya estado acosando si llevo más de cien años sin saber nada de él? - Dio negó con la cabeza teatralmente – Igual los que estáis obsesionados sois vosotros.

- Arruinaste mi vida y provocaste el apocalipsis – intervino Jonathan, alicaído -. Creo que puedo tener un poco de venganza como recompensa.

Bucciarati anotó mentalmente esa información.

- O sea, no es puramente personal.

- Ha llegado un punto en el que sí - se lamentó Speedwagon -. Nos duele vivir sabiendo que Dio está por ahí teniendo sexo despreocupadamente con personas que no son su pareja.

- Igual sí que sois vosotros los obsesionados - murmuró Leone.

- Son dos hombres adultos... - dijo Bruno.

- Vampiros - corrigió Dio.

- Son dos vampiros sexys...

- Una cosa implica la otra. El adjetivo "sexy" está contenido dentro de la palabra "vampiro".

- Muy bien. Son dos vampiros adultos que pueden vivir su sexualidad como quieran. Cualquier otra reclamación deberá ser presentada de forma independiente.

- Amén - dijo Pucci.

Jonathan levantó la mano.

- ¿Qué hay del apocalipsis? Creo que Dio merece al menos una reprimenda por ello.

- Es decir, ahora se trata de un asunto estrictamente moral y no personal - analizó Bucciarati.

- Bueno, siento que si no fuese yo el que ejerciese justicia no tendría mucho sentido – Jojo jugueteó con sus dedos como un niño pequeño -. Sería el final catártico que necesita mi tormentosa infancia.

- Sí, creo que nos vendría bien a todos - asintió Speedwagon.

- Perfecto – dijo Bruno -. Nos encontramos en un escenario en el que nadie quiere solucionar el apocalipsis pero sí asesinar al responsable.

- Todo hay que decirlo, es una situación muy difícil de arreglar – Abbacchio entornó los ojos -. ¿Hay alguna manera de revertir... Esas cosas?

- No - contestó Dio -. Mi poder es tan grande que no existe forma de devolverles la humanidad.

- Vaya. Qué lástima - Leone se relamió los labios pensando en la maravillosa oportunidad que le había brindado la vida de vivir en un mundo post-apocalíptico en el que todas las personas a las que odiaba estaban muertas, excepto Giorno.

- Eso no lo sabemos con total seguridad – Bruno frunció el ceño y miró a su pareja -. Debe de haber alguna forma, tenemos que salvar a...

- Te quiero.

El silencio llenó la habitación durante unos segundos.

- ¿Ese es tu argumento? - preguntó Bucciarati.

- Está relacionado con mi argumento – Abbacchio extendió la mano por debajo de la mesa y dejó que sus dedos rozasen los de Bucciarati -. Sé que quieres salvar a todo el mundo, pero eso no siempre es posible. Esto es demasiado grande para ti o para mí. Así que termina con esto como solo tú sabes y después iremos por ahí a recoger supervivientes... O lo que tú quieras. Ya sabes que yo siempre te voy a seguir.

Bucciarati contuvo las ganas de besarlo. Con energías renovadas, se giró hacia el vampiro de su derecha.

- Dio, ¿tú qué quieres?

- ¿Acaso no se aprecia a simple vista? Ser sexy por el resto de la eternidad.

- ¿Qué es para ti ser sexy?

- Ser un vampiro. Tener poder. Llevar el maquillaje adecuado. Solo te hace falta abrir los ojos para apreciarlo.

- Te permitiremos cumplir tu objetivo mientras no metas las narices en el nuevo mundo que creemos.

- ¿Estás de broma? - intervino Pucci – Nosotros somos la razón del nuevo mundo. Debemos asegurarnos que la nueva raza es pura, o todo habrá sido en vano. Si los hombres vuelven a nacer en la ignorancia de su pecado, el egoísmo infestará las calles y la vida se convertirá en la muerte cruel que tiene preparado el infierno.

- Odio admitirlo, pero tienen razón.

- Leone...

- Sabes que siempre he querido ser un vampiro sexy - susurró Abbacchio -. Además, esta puede ser tu oportunidad para salvar a más gente.

- Siempre estamos abiertos a personas bondadosas – dijo Pucci -. Y tú has demostrado serlo con creces... ¿Bruno?

- Bruno Bucciarati - estrechó la mano del cura y le dedicó una sonrisa amigable -. Me alegro de que hayamos podido llegar a un acuerdo.

- Nosotros no estamos conformes con este desenlace - protestó Speedwagon.

- Vosotros también sois buenas personas – dijo Bruno -. Sé que en el fondo solo queréis lo mejor para todos. Hablaremos tranquilamente sobre lo que podemos hacer para aliviar vuestro dolor y al mismo tiempo ayudar a las víctimas inocentes de esta catástrofe.

Jonathan y Speedwagon asintieron, aunque algo reacios.

- Se te da bien esto - comentó Dio -. ¿Alguna vez has pensado en ser abogado?

- Qué quieres que te diga. Soy un experto en mediación de conflictos: tengo cinco hijos.

Dio soltó una risotada.

- Yo ninguno, y no sabes cuánto me alegro.

Bruno se mordió el labio.

- ¿Estás en el lugar apropiado para recibir información que podría lastimarte?