Hola nuevamente... disculpen no haber actualizado ayer, tuve cosas que hacer y llegué a casa muerta...
Pero como ven estoy a full!! La verdad que me alegra mucho poder compartir esta historia con todos/as ustedes... es un verdadero placer tomarse el tiempo de adaptar (porque como bien dije, es de Laura Lee Gurhnke) la historia es genial que la hayan aceptado.
¡Hemos llegado a la etapa final! ¡Estamos a sólo 3 capítulos de finalizar la historia!
Disfruten de este antepenúltimo capítulo...
Serie Seducción de Laura Lee Gurhnke "Todos sus besos" (libro 2)
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Capítulo 19
Eriol y Natalie llevaban bailando durante una hora cuando alguien los interrumpió.
—¿Señor? —dijo Ren desde el umbral de la puerta, levantando ligeramente la voz para que se lo oyera por encima de la música—. El señor Yue ha venido a hacerle una visita.
Eriol indicó a Natalie que se detuviera y miró al mayordomo. Dudó. No le apetecía poner fin a la sesión de baile con su hija, pero tampoco podía dejar a su hermano esperándolo en el salón.
—Dígale que ahora vamos.
Miró a Akiho y a Natalie y les hizo un gesto con la cabeza en dirección a la puerta.
—¿Vamos?
Yue estaba esperando abajo, en el salón, y se levantó en cuanto los vio entrar. En el momento en que miró a Akiho, sus ojos se abrieron un poco, y su rostro, generalmente impasible, se iluminó, visiblemente sorprendido ante su belleza. Eriol vio algo más en aquella mirada, pero Yue volvió a adoptar su habitual expresión, diplomáticamente inexpresiva, antes de que su hermano pudiera definir lo que acababa de ver en su rostro.
—Yue —lo saludó—, ¿recuerdas a mi hija Natalie?
—Sí, por supuesto. —Yue bajó la cabeza ante la pequeña—. Señorita Natalie.
—Buenas tardes, tío —contestó la niña, e hizo una reverencia. Luego agarró la mano de su padre y dirigió a Yue una mirada tan arrogante y llena de superioridad como la de cualquier reina que el diplomático hubiera podido conocer en sus viajes.
Eriol casi podía ver las palabras «Ya te lo había dicho» flotando sobre su cabeza como si de un personaje de cómic se tratara. Los labios de Yue temblaron levemente, como si estuviera a punto de esbozar una leve sonrisa, pero, salvando ese detalle, la expresión de su rostro era educadamente seria.
—Te presento a la señora Duván, la institutriz de Natalie.
—Excelencia. —Akiho hizo una reverencia completa, correspondiente al rango diplomático de su interlocutor, mientras éste bajaba la cabeza—. ¿Le apetece un té? —le preguntó.
—Desde luego que sí.
Akiho tocó la campanilla para llamar al servicio y, cuando apareció una criada, le pidió que trajera té. Luego fue a sentarse en una de las sillas dispuestas en forma de semicírculo que había en el centro del salón. Indicó a Natalie que se sentara a su lado, Yue tomó asiento enfrente de Akiho, y Eriol, sumamente inquieto, permaneció de pie.
Siguió un largo silencio. Akiho dirigió a Eriol una mirada indicándole que debería tomar la iniciativa de la conversación, pero en ese momento Molly entró en la sala.
—Si no le importa, señor —le dijo a Eriol—, voy a ir a la granja, y he pensado que tal vez a la señorita Natalie le gustaría acompañarme para ver los gatitos. Ya han abierto los ojos.
Natalie se puso en pie de un brinco. Al parecer, todavía no había perdonado a Yue por dudar de que Eriol fuera su padre.
—¿Puedo ir, papá?
A Eriol, ir a ver a los gatitos se le antojaba mucho más divertido que conversar con su hermano, y dirigió a su hija una mirada de aprobación.
—Sí, claro.
La pequeña se dirigió a la puerta tan rápida como un rayo, arrastrando a Molly consigo, y Akiho tuvo que detenerla.
—Natalie, ¿no te olvidas de nada?
La niña se volvió hacia su tío, le hizo otra reverencia y le deseó un buen día. Recibió la respuesta apropiada y salió a toda prisa. Eriol rio al verla marchar.
Pero, en cuanto volvió a centrar la atención en su hermano, la sonrisa se esfumó de su rostro. Yue estaba mirando de nuevo a Akiho, esta vez más detenidamente, analizando disimulada pero concienzudamente su persona. Eso no encajaba con la forma habitual de comportarse de Yue, que nunca miraba fijamente a nadie durante más tiempo del que marcaban las más escrupulosas normas de educación.
A Eriol tampoco se le escaparon las connotaciones de la atenta mirada de su hermano. Akiho, con la discreción que tanto la caracterizaba, no demostró haber percibido el interés masculino en la mirada de Yue, pero Eriol sí lo percibió, lo que despertó algo primitivo y elemental en su interior.
—¿Cómo toma el té, excelencia? —preguntó Akiho a Yue, su dulce voz un fuerte y civilizado contraste con lo que Eriol estaba sintiendo en su interior.
Se apoyó en una ventana para que la luz del sol que entraba en la sala ocultara su expresión. No solía sentirse de ese modo cuando otro hombre mostraba algún interés por las mujeres con quienes él se acostaba, pero aquélla no era una mujer cualquiera. Se trataba de Akiho, con sus decentes intenciones, sus maneras finas y educadas y su generoso corazón. Akiho, quien lo había mirado hacía tan sólo una hora como si fuera el rey del planeta. Aquel instinto posesivo que se había instalado brutalmente en su interior era algo nuevo, extraño, completamente desconocido para él, algo que le disgustaba profundamente porque se sentía dominado por él. Hizo un rictus con la boca cuando vio a su hermano observando de nuevo a Akiho.
Ella le sirvió el té a Yue, añadió el azúcar y la leche tal y como él le había indicado y le pasó su taza con el correspondiente platito. Parecía sentirse de lo más cómoda.
Yue aceptó el té con la misma impecable educación con que ella se lo había servido, y Eriol se preguntó por qué se sentía como si estuviera en una obra de teatro y fuera el único que no se sabía el guión. Akiho lo miró, pero no le preguntó si quería té porque conocía la respuesta. En lugar de ello, se limitó a servirse una taza para ella.
—He leído sobre su labor diplomática en Venecia —le dijo a Yue—, y lo felicito por el éxito de sus negociaciones. ¿Cree que la boda de la princesa italiana evitará realmente la guerra con Austria?
Mientras proseguían con la conversación sobre las negociaciones de la boda real y el nacionalismo italiano, Akiho escuchó al diplomático con visible interés. Pero Yue tenía el aspecto de un hombre que está mirando fijamente un paraíso vestido de seda color melocotón.
Eriol se alejó de la ventana y se plantó detrás de la butaca de Akiho. Buscando la mirada de su hermano, puso la mano sobre los hombros suaves y blancos de ella, por encima del redondeado cuello del vestido.
Sobrecogida por un contacto tan íntimo delante de otra persona, Akiho se removió en su silla durante una fracción de segundo. Yue levantó una ceja, adoptando una expresión seria, remilgada y de evidente desaprobación, pero su hermano no se movió de donde estaba.
Al final, la visita de Yue no parecía tener ninguna finalidad especial, aparte de servir a la costumbre que tenía el diplomático de presentar sus respetos a su hermano. Yue lo hacía siempre que coincidía con Eriol en la misma ciudad porque era lo correcto. Incluso cuando sus pensamientos eran todo menos correctos y decorosos, Yue siempre hacía lo correcto.
Tras unos diez minutos de charla educada pero insustancial, éste se puso en pie para marcharse. Akiho también hizo ademán de levantarse y Eriol le retiró la mano de los hombros.
—Ha sido un placer, excelencia —le dijo mientras le tendía la mano.
Yue se la besó, tal y como fijaban las normas de sociedad, por supuesto, sin tocársela con los labios. Luego miró Eriol.
—¿Me acompañas a la puerta? —le dijo.
Aquello sorprendió a Eriol.
—Por supuesto —murmuró, y los dos hombres se dirigieron a la entrada de la casa, donde a Yue lo esperaba su mozo de cuadra con su carruaje.
Se detuvieron junto al vehículo, pero, en vez de subir, Yue hizo una pausa y miró a su hermano.
—Me gustaría que vinieras a verme esta noche, si es posible. Cuando te vaya bien.
—¿Qué? —Eriol no podía creerse aquella invitación.
Últimamente su hermano nunca lo invitaba a Plumfield. Si lo hubiera hecho, no habría aceptado acudir.
—Lo que has oído —contestó Yue, con una expresión sería y circunspecta e incluso más solemne de lo habitual. Se apartó de la cara un mechón de pelo blanco—. No te lo digo porque sí. Es importante, Eriol. Es sobre un asunto financiero, de modo que me gustaría que vinieras solo, por favor.
Eriol tenía más claro que el agua que no pensaba llevar a Akiho a casa de su hermano.
—De acuerdo. ¿A las seis?
—A las seis. —Yue se subió al carruaje y el mozo de cuadra sacudió las riendas.
Eriol observó cómo el vehículo salía del paseo que llevaba a la casa y se adentraba en el sombrío camino, y luego volvió adentro, vagamente inquieto.
Cuando regresó al salón, se encontró a Akiho esperándolo en la puerta.
—¿Podemos hablar en privado? —le preguntó en voz baja mirando de soslayo a los sirvientes que había a su alrededor.
Sin esperar respuesta, se dirigió hacia el pequeño despacho situado en el otro extremo del pasillo, y Eriol la siguió.
Cerró la puerta tras ella y, para su sorpresa, también cerró la ventana.
—Eriol, sé que no hace mucho que nos hemos... acostando, pero hay algo que tiene que quedar claro sobre el tipo de relación que mantenemos. —Lo dijo bajando la voz, en un tono contenido y frío—. Por favor, no vuelvas a tocarme en público de ese modo.
Eriol sintió un escalofrío al cruzarse con aquella gélida mirada propia del océano Ártico. Esbozó una tímida sonrisa mientras se le revolvían las entrañas y el ruido de sus oídos aumentaba de intensidad.
—Me encanta tocarte.
—No puedo permitir que lo hagas delante de otras personas. No es decoroso. Ni siquiera tendría que decírtelo, Eriol, y tú lo sabes. ¿Qué pretendías? Sé que no te llevas demasiado bien con tu hermano, pero...
—¿Llevarme bien? —la interrumpió—. He visto cómo te miraba.
—Él ha estado escrupulosamente educado, que es más de lo que puedo decir sobre ti. Me has menospreciado, Eriol.
Esas palabras lo fustigaron como el sordo azote de un látigo. Sabía que no podía defenderse sobre ese punto, de modo que atacó a la otra parte implicada.
—¿Educado? —repitió él—. ¡Maldita sea! Sé exactamente en qué estaba pensando. Te estaba desnudando con la mirada.
Para sorpresa de Eriol, Akiho no se lo discutió.
—Y si hubiera sido así... ¿Qué?
—Tú eres mi querida, Akiho, y no estás disponible para nadie más. Sólo se lo estaba recordando.
—¡No! Yo no soy tu querida, Eriol. Una querida es una posesión, algo que se compra y por lo que se paga. No permitiré que me trates como si fuera una mercancía. Me pagas sólo en calidad de institutriz de tu hija. En la cama, no hay ningún trato de dinero entre nosotros. No soy tu querida. Soy tu amante.
—En cualquier caso, eres mía.
—No —le contradijo, su voz calmada y ecuánime—. Yo sólo me pertenezco a mí misma, y cuándo y cómo decido entregarme a alguien sólo es decisión mía. No es a ti a quien toca decidir.
Akiho dio media vuelta para salir del despacho pero él la retuvo, rodeándola con un brazo por la cintura y hundiendo el rostro en su cabello. Ella permaneció rígida, impertérrita, y él desistió. En cuanto la dejó ir, salió del despacho. La puerta se cerró suavemente tras ella y Eriol se quedó mirando fijamente su blanca superficie, mientras sentía que le faltaba el aire en aquella sala sin ventilación.
—¡Mía! —le dijo a través de la puerta cerrada como si ella estuviera al otro lado, pero, cuando la abrió, Akiho no estaba allí. Pensó en sus ojos y en su sonrisa y en aquella misma tarde en la habitación de Natalie, y el pecho le dolió con el furor de los celos, la posesión y el miedo. «¡Que Dios me ayude!», se dijo.
Eriol entró con paso airado en el estudio de música y se sentó delante del piano. Nunca se había sentido de aquel modo en toda su vida, y no entendía lo que le estaba ocurriendo. Abrió la carpeta de partituras y se puso manos a la obra, utilizando la música para luchar contra los celos enfermizos y el miedo, para quitárselos de la cabeza. No tenía tiempo para perderse en los padecimientos de la composición que tanto le afligían últimamente, y empezó a golpear las teclas con tal tuerza que hasta consiguió anular el ruido que oía dentro de la cabeza. Escribió de prisa y con furia, concluyendo la sinfonía con un final tan impresionante que, cuando lo interpretara una orquesta, echaría el teatro abajo.
Agarró la pluma y, al pie de la página, escribió la palabra «Fin».
Respirando con dificultad, dejo la pluma y miró fijamente aquella palabra, sin acabar de creerse lo que acababa de hacer. Había concluido la composición, tras días de luchar consigo mismo para encontrar un final, se había limitado a sentarse y a escribir como no lo había hecho en años, sin pensar, sin esfuerzo, sin dejarse bloquear por el ruido. Acababa de completar una sinfonía cuando, hacía sólo unos meses, creía que cualquier cosa que pudiera componer sería un milagro.
Se rio, exultante. «Lo he conseguido. Dios mío, por fin.»
Recogió las partituras desperdigadas y las guardó en la carpeta. Tenía que encontrar a Akiho para contárselo. Probablemente seguiría enfadada con él, pero lo perdonaría. Era demasiado blanda para no perdonarlo. Así era la materia de que estaba hecha: blanda y tierna, y mucho más compasiva de lo que él merecía.
Salía del estudio de música para ir en busca de Akiho cuando oyó las campanadas. Echó un vistazo al reloj de sobremesa que había en la repisa de la chimenea y se percató de que eran las seis pasadas.
«Dios mío», pensó. Se suponía que tendría que estar en Plumfield. Yue estaría echando humo cuando lo viera llegar con una hora de retraso, pero tenía que ir. Aquella noche, cuando volviera a casa, haría las paces con Akiho. Aquella noche se reconciliaría con ella en la casita de campo, de la forma que ella quisiera.
El caballo era más rápido que el carruaje, de modo que Eriol agarró uno para ir a Plumfield y llegó allí a las siete menos cuarto. Esperaba encontrarse a su hermano bastante molesto por el retraso, pero a Yue no pareció importarle demasiado. Aceptó la explicación de que había perdido la noción del tiempo por culpa de una sinfonía sin el menor asomo de reproche. Parecía preocupado por otras cosas, y Eriol pensó que, fuera lo que fuese lo que su hermano necesitaba decirle, debía de ser de vital importancia.
Hacía tiempo que Yue se había acostumbrado a todo tipo de culturas diferentes y situaciones políticas delicadas y, por muy importante que fuera la cuestión que quisiera tratar, nunca iba directo al grano. Cuando Eriol llegó, lo acompañó al salón, sirvió vino para ambos y estuvieron hablando sobre temas aparentemente triviales durante más de una hora.
Primero hablaron sobre la economía familiar, luego Ian desvió el tema de conversación hacia Isabel. Le preguntó a su hermano qué pensaba hacer con la niña. Eriol le contestó que su hija se quedaba a vivir con él y que, dentro de un año o dos, cuando estuviera preparada, harían un viaje los dos juntos, una idea que se le ocurrió sobre la marcha.
—Una joven no puede saltarse las normas sociales —le advirtió Yue—. Su futuro es, inevitablemente, casarse como es debido y formar una familia.
La idea de que el destino de su hija estuviera predeterminado bastó para que Eriol se rebelara contra aquello. Mencionó varios nombres, como quien no quiere la cosa, incluido a Galeano y a María Teresa de Calcuta, e intentó decirse a sí mismo que Yue no tenía la culpa de ser tan aburrido y convencional como un sermón.
—¿O sea que, hasta entonces, seguirá bajo los cuidados de la señora Duván? —preguntó Yue.
Había formulado la pregunta con suavidad y total corrección, pero Eriol, al oír mencionar el nombre de Akiho, apretó los dientes y notó que se le tensaban todos los músculos del cuerpo. Buscó la inquisitiva mirada de su hermano, cuya silla se encontraba a casi dos metros de la suya, y le contestó con un escueto «Sí».
Yue suspiró y se apoyó en el respaldo de la silla.
—Eriol, sobre esa mujer, ¿qué es lo que sabes y lo que desconoces?
—¿Que qué sé sobre ella? Sé que procede de una buena familia de Cornualles y que es viuda.
—No, me refiero a si sabes quién es realmente. Si sabes algo sobre su marido y todo lo demás.
—Se fugó de casa con el hombre que acabaría convirtiéndose en su marido y deshonró a su familia —dijo Eriol visiblemente irritado—, aunque no sé cómo ha podido llegar a tus oídos esa información. Tu sensibilidad ha sido herida, seguro, pero la mía no. Y no estoy preocupado por Natalie. Akiho es una excelente institutriz y mi hija se ha encariñado mucho con ella.
—Sí, pero Eriol, seguro que sabes... —Yue hizo una pausa y dio un sorbo al oporto, como si lo necesitara—. Llevas dos meses en Devonshire —dijo como si estuviera pensando en voz alta—. No puedes haberte enterado.
A Eriol se le empezaron a erizar los pelillos de la nuca, y sintió que una penetrante sensación de alarma se adueñaba de él. Tomó un buen trago de clarete.
—Yue, por el amor de Dios, deja de andarte por las ramas. Sea lo que sea lo que tengas que decirme, dímelo de una vez. —Levantó la copa para que su hermano le sirviera más vino.
—Es la viuda de Elian Duván . Eso sí que debes de saberlo. O sea, que... —Ante la expresión atónita de Eriol, la voz de Yue se fue desvaneciendo poco a poco.
Eriol se quedó helado, con el vaso a medio camino de la boca.
—¿Elian Duván, el pintor?
—Sí, el gran Duván.
Eriol resopló, mofándose de la idea.
—Debes de estar equivocado. Duván es un apellido muy frecuente en Francia.
—Los cuadros lo confirman. La reconocí en cuanto la vi.
«Era francés... me llevaba diez años... no era del tipo de hombres que sientan fácilmente la cabeza... Artistas, ¿por qué están todos tan atormentados?»
Era verdad. Por supuesto que sabía cosas sobre los artistas. Había estado casada con uno. ¿Por qué no le había contado quién era su difunto marido? Duván, el pintor. ¿Importaba eso? Cerró los ojos y algo se resquebrajó en su interior. Si no hubiera importado, se lo habría dicho.
—No me meto con que sea tu querida —dijo Yue, obligando a su hermano a abrir los ojos—, siempre que seas discreto. Pero tu hija es harina de otro costal.
Akiho trataba a Natalie mejor de lo que ninguna otra mujer podía tratar a una niña, y Eriol no sabía cómo el hecho de que Akiho fuera la viuda de un pintor, por mala reputación que éste tuviera, podía repercutir negativamente sobre Natalie. Bajó el vaso cuidadosamente y preguntó:
—Yue, ¿a qué te refieres?
—Hasta tú deberías ver que una mujer como ella no puede ser la institutriz de tu hija. Cuando corra la voz de que está viviendo en tu casa...
—Sigo sin entender por qué ha de preocuparte a quién tengo por querida.
—Duván se suicidó hace dos años. Creo que se dejó morir de hambre, cuando ella lo abandonó.
Eriol apretó fuertemente el vaso. Conocía mejor que nadie la desesperación que puede llevar a un hombre a quitarse la vida, pero nadie podía culpar a Akiho por el suicidio de su marido. Quitarse la vida es decisión de cada uno. Siempre hay otras opciones.
—Duván siempre fue un tipo muy inestable —prosiguió Yue—. Cuando murió estaba arruinado y sus acreedores se lo quedaron todo, incluidas las obras que guardaba en su estudio. Pero hace varios meses, cuando murió el conde Calderon de la Olla, se descubrieron tres cuadros que no se encontraban entre los efectos personales del pintor cuando murió.
—¿Y?
—Pertenecían a la colección de arte privada que el conde tenía en Toulouse. Como debes de saber, su madre es inglesa. Ha sacado a subasta la colección completa de su hijo en Christie's. Nadie conocía la existencia de esos tres Duváns, al no haber esbozos de esas pinturas ni ninguna referencia a ellas en los cuadernos de trabajo del pintor. Van a venderse separadamente, seguro que cada uno por una elevada suma de dinero. Así debería ser, porque son espléndidos. Yo los he visto.
—¡Por todos los cielos, Yue! ¿No puedes ir al grano? ¡Dime de una vez por todas de qué diablos estás hablando exactamente o acabaré por estrangularte, hermano! ¿Qué tienen que ver los cuadros de Duván conmigo, o con mi hija?
Yue se levantó y se dirigió al escritorio que había junto a una de las paredes de la sala. De su único cajón, extrajo un folleto y se lo entregó a Eriol. Era propaganda de la casa de subastas Christie's.
—Página diecinueve.
Eriol abrió el folleto, pasando de largo varías ilustraciones sobre la cubertería de Luis XVI, tapices isabelinos y cerámica romana. En la página diecinueve aparecía el grabado de un cuadro que iba a sacarse a subasta, uno de los tres desnudos de Duván. Llevaba por título: La muchacha de los ojos azules en una cama.
Akiho. Estaba tumbada sobre un costado en una cama, el peso del cuerpo apoyado sobre la cadera y el brazo, y el cabello, suelto, desparramado sobre el lecho. Estaba completamente desnuda y su rostro tan lleno de vida y alegría que cualquier hombre se habría abalanzado sobre ella. Pasó la página y vio dos desnudos más: La muchacha de los ojos azules bañándose y La muchacha de los ojos azules en un columpio.
A esas alturas, Eriol conocía el cuerpo de Akiho como la palma de su mano. Le bombardearon imágenes de sus senos, sus piernas y sus nalgas, sus bonitos pies y su larga cabellera cayéndole sobre los hombros. Y allí estaban, en el folleto de una subasta, para que los hombres pujaran por ellas. Ahora Eriol sabía qué era lo que había llevado a su hermano a mirarla tan fijamente esa tarde, cuando Yue nunca era lo bastante maleducado como para mirar a nadie fijamente. Había estado imaginándosela desnuda.
La cabeza estaba a punto de estallarle. Se le estaba partiendo el corazón. Y no podía apartar los ojos de aquellos cuadros.
Levantó la mirada y tubo ganas de abalanzarse sobre su hermano y desquitarse con él hasta convertirlo en un amasijo sanguinolento por atreverse a mirar a Yue de aquel modo.
Yue supo lo que Eriol estaba sintiendo en ese momento. Le devolvió la mirada con la misma fijeza, y Eriol cerró los ojos momentáneamente, tratando de controlarse. Él no tenía la culpa. Cualquier hombre que hubiera visto aquellos cuadros miraría a Akiho del mismo modo si la tuviera sentada enfrente.
Extrañamente, no fue sólo su cuerpo, expuesto de aquel modo a la vista de todo el mundo, lo que más enfureció a Eriol, lo que intensificó el latido que oía dentro de su cabeza y le destrozó el corazón. No, fue su cara. Su hermosa cara con una expresión que él no había visto hasta entonces.
Sintió que se estaba rompiendo en mil pedazos. Le temblaron las manos y el folleto cayó al suelo, con el lado de los grabados mirando al techo. Eriol se inclinó hacia adelante y, apoyando las manos en las rodillas, miró fijamente el rostro que le sonreía desde el suelo. Con razón Duván estaba considerado uno de los más grandes maestros de su generación. Su mano y sus ojos habían sido fieles a la realidad, fieles a lo que había visto el artista: el amor y la adoración en el rostro de una joven.
«Me enamoré perdidamente de mi marido.»
Ahora sabía con qué intensidad. El amor, la esencia misma de ese sentimiento, reflejada en tres lienzos por falta de uno, congelada en el tiempo, para siempre. Y ahora estaba a la vista de cualquier hombre que quisiera verlo, dar rienda suelta a su lujuria y apropiarse de él, aunque sólo fuera en su imaginación. Eran espléndidos, Yue tenía razón. Algún día se expondrían en museos para que la gente se deleitara observándolos. Akiho exhibiéndose en público, Akiho a la vista de todos, dirigiendo a todos los hombres que la miraran aquella mirada enamorada que debería ser suya pero que no lo era.
—¡Santo Dios! —murmuró Yue—. Estás enamorado de esa mujer.
Eriol se estaba asfixiando. La rabia explotaba en su interior. Estaba perdiendo la razón. Tenía que irse, caminar, marcharse, no importaba adónde. No podía permanecer allí sentado ni un segundo más.
Recogió el folleto del suelo con un gesto brusco y se levantó, apartándose el pelo de la cara con un rápido movimiento de la cabeza. Buscó en el bolsillo de du chaqueta una cinta negra con la cual atarse el pelo para que no le molestara y se dirigió a la salida. Se alejó de Yue, de la casa de su infancia, y salió al aire puro, donde respiró ávidamente. Se subió al caballo y lo montó con todo el ímpetu y la velocidad de que era capaz. No sabía adónde se dirigía. Lo único que sabía era que nunca había visto a
Akiho mirarlo a él con tanto amor. Ni una sola vez.
«¡Demonios!» pensaba Eriol mientras sentía esa opresión en el pecho por no querer ponerle nombre a lo que le pasaba.
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Bueno... por lo que vemos... nuestro músico se ha enamorado...Ahora enterarse de esos cuadros no le ha sentado muy bien verla desnuda.El consejo que les doy para leer este ripo de historia es hacerlo siempre con ojos críticos, neutrales... ya que las costumbres y etiquta son diferentes y hasta chocante.¿Qué creen que hará Eriol al respecto?En ese tiempo Akiho estaba casada con ese hombre...Veremos qué sucede en el capítulo que viene... n.n