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Capítulo 17

Candy recorrió los largos pasillos de Waterfallcastle hacia sus aposentos situados en la otra ala del castillo. Albert la alcanzó antes de llegar a la puerta de su alcoba. La asió por el codo y medio la obligó a que lo acompañase por los pasillos iluminados por antorchas hasta los aposentos de él. Con un suave empujón la metió en la alcoba y cerró la gruesa puerta tras de sí. Candy entornó sus ojos de esmeralda y alzó el mentón con altivez. Se sentía tan ofendida que apenas podía respirar. Tanto rencor no podía ser bueno para el alma. Siguió de pie tan tiesa como una espada.

Albert se aproximó a ella despacio, sosteniéndole la mirada con dulzura.

—Permitidme que me disculpe —ella siguió en silencio con los ojos llenos de resentimiento—. No tenía que haber revelado que he comprometido vuestra reputación, pero necesitaba responsabilizarme para protegeros. "

Candy dio un paso atrás con el rostro convulsionado por la vergüenza. Albert lo interpretó perfectamente.

—Como vuestro señor estaré en la posición ventajosa de garantizar vuestra seguridad —ella seguía retrocediendo, y mostrando claramente lo que pensaba: rencor, decepción, deslealtad.

—¡Solamente tengo un señor a quien debo obediencia! ¡Vos no lo seréis jamás!

—Deberíais escuchar mis explicaciones, Candy.

Ella hinchó el pecho con soberbia.

—¡Para vos, doña Gracia!

Albert la miró con presunción anticipada.

—La intimidad que hemos compartido me da el derecho a llamaros por vuestro nombre.

Candy siguió mirándolo de forma lacerante.

—Un revolcón no confiere derecho alguno.

Albert saboreó el desprecio en sus palabras.

—Sois consciente de que nos hemos dado algo más que un revolcón —Candy inspiró con violencia. Albert siguió con su explicación—. Vuestro padre está decidido a casaros con Felipe de Francia —Observó que ella no mostraba ni un ápice de sorpresa por su declaración—. Imagino que Paulina os habrá puesto al corriente —seguía mirándolo con desdén—. Vuestro padre puede casaros por la fuerza; le asiste el derecho de sangre —seguía silenciosa.

—Mi abuelo sabe dónde estoy, vendrá a buscarme.

—Si estáis casada antes de que llegue, no podrá hacer nada—Candy entrecerró los ojos—. Intento con mi proposición que podáis elegir la mejor opción.

Candy abrió la boca con absoluta perplejidad. Jadeó varias veces para tratar de controlar la voz.

—¿Un pobre escocés arruinado y señor de unas míseras tierras en el fin del mundo? —Albert la miró con sorpresa tras sus palabras—. Vos sois señor de cientos de personas —inspiró aire para contestar—. Yo soy señora de miles de personas, ¿dónde nos deja eso, laird? ¿Debería renunciar a mi condado para estar...—hizo un gesto elocuente con la mano—, aquí? ¿Qué me podéis ofrecer mejor de lo que poseo?

—Amor —esa simple respuesta la encolerizó aún más.

—Desconocéis el significado de esa palabra y dice poco en vuestro favor que la utilicéis para tratar de manipularme.

Albert sintió su encono y deseó consolarla.

—Os amo desde el mismo instante que os vi. Jamás os hubiese tomado si mis sentimientos no fuesen profundos y sinceros —ella no agradeció sus palabras.

—¡Dios! ¡Cuánto altruismo! —Candy escupía el sarcasmo a conciencia.

—Hasta hace unas horas me creí correspondido. Dijisteis que me amabais cada vez que me introducía en vos, cada vez que os llenaba de mi esencia.

Candy dio un paso atrás herida por los recuerdos. No podía olvidar que Albert la había traicionado. La había llevado a Escocia con argucias, separándola de todo lo que amaba y conocía para entregarla a un hombre ávido de poder.

—¿Por qué razón me recordáis la ligereza de mis palabras dichas solo en el calor del momento?

—No puedo creer que seáis tan voluble en sentimientos.

A ella no le hizo mella la crítica.

—¿Por qué me hostigáis cruelmente con vuestra proposición? Es inaceptable —puntualizó aún más—. Sois inaceptable.

Albert se ahogaba con la animadversión de ella.

—Permitidme que me acerque hasta vuestro corazón para haceros entender que me necesitáis.

—Estoy tan lejos para vos como el río Tajo y me sorprende que no os deis cuenta.

—¡Si no me lo permitís no podré ayudaros!

Ella se irguió todavía más.

—¿Creéis en verdad que necesito ayuda? ¿Una hija de Castilla?

Albert deseó bajarla de su arrogancia.

—Castilla está muy lejos, señora.

—Castilla está tan cerca que os puede rozar el cabello de la nuca con su aliento.

—Os recuerdo que me pertenecéis, pronunciasteis los votos con total aceptación.

Candy alzó los ojos con profundo encono. Los recuerdos que acudían a su mente de los momentos pasados en la cabaña la golpeaban con burla ante su estupidez enamoradiza.

—¿Un enlace pagano? No hay en toda Escocia un hombre digno de sentarse a mi mesa, ni siquiera ese hombre que se hace llamar mi padre a quien me vendéis.

—Es un enlace escocés válido, y no he dicho mi última palabra.

Candy estaba al borde del colapso nervioso. Había creído ciegamente que el padre que venía a su encuentro era Robert. ¡La había engañado por completo!

La felonía la quemaba con brutalidad.

—La última palabra la tendré yo cuando con mi espada corte vuestro indigno cuello.

—Mi pecado es la presuntuosidad de pensar que podíais amarme a pesar de mis defectos.

—Vuestro pecado es haber intentado engañarme y manipularme para acceder a mi fortuna.

—¡Nunca he pretendido vuestra fortuna!

Candy lo miró con chabacanería.

—¡Ni engañarme, ni apropiaros mi virtud! Ahora estoy convencida de que vuestra supuesta incapacidad era solamente una excusa para llevarme a vuestro lecho y así tener la excusa perfecta para proclamaros mi dueño y señor.

Albert comenzaba a enfadarse.

—Mi castigo es saber que sois la única cura para lo que padezco.

—No existe cura para el orgullo desmedido.

—¿Habéis terminado con vuestra proclama? Entiendo vuestro enojo...

Ella no lo dejó terminar. Avanzó un paso hacia él más colérica todavía.

—Estoy algo más que enojada. Me engañasteis al hacerme creer que mi padre Robert os mandaba en mi auxilio.

Me dejasteis creer que contabais con su aprobación, y solo perseguíais el beneplácito de un hombre sediento de poder al que jamás le interesó mi persona, salvo lo que puede conseguir mediante mí —Candy cerró los ojos asqueada y al momento los abrió estupefacta—. Habéis utilizado una treta para arrancarme de mi casa, robarme la virtud, y así obligarme a aceptaros. ¿Cómo no me di cuenta? —Albert creyó que la opinión que tenía de él no podía caer más bajo—. Ni ese hombre es mi padre ni vos estáis incapacitado. Todo ha sido una burla para... ¡Dios bendito! —la implicación de lo que decía Candy sonaba tan retorcido que Albert sintió un leve estremecimiento.

Candy cerró los ojos al contemplar esa nueva posibilidad. El ataque a Verdial había sido una forma de sacar a la heredera.

¡No podía ser cierto! ¡Imposible!

—Sigue siendo un hecho que podéis estar encinta.

Candy se quebró por dentro, le costaba respirar debido a la perfidia de la que había sido objeto. Alzó el mentón altiva y le espetó llena de una negra ponzoña.

—¡Qué terrible para vos saber lo que haré al respecto!

—Nunca permitiré... —Candy alzó una mano para detener el juramento que pugnaba por salir de su boca.

—¡Basta, laird Ardley! Y ahora, si me disculpáis, deseo regresar a mi alcoba.

—Antes debemos pactar un acuerdo que acepte el conde de Verdial.

Candy se acercó tan peligrosamente a él que Albert sintió cómo el odio salía por cada poro de la piel de ella. Alzó una mano y le acarició la barbilla. Ella soportó su roce sin disimular una mueca de repulsa.

—Mi abuelo no podrá aceptar ningún acuerdo porque estaréis muerto —Candy se giró para marcharse, Albert la retuvo con su brazo.

—Aun a pesar de la amenaza os amo, y juro que os protegeré incluso de vos misma.

Candy manoteó con furia la mano de él, que la retiró de su cintura con lentitud premeditada. Lo miró durante un instante tan largo que Albert se perdió en el brillo de sus ojos verdes.

Albert no la detuvo, la vio marcharse hacia sus aposentos tan agraviada de indignación que le preocupó seriamente. Comprendía lo decepcionada que debía sentirse tras descubrir los motivos por los cuales había sido arrancada de su casa y de su familia. Tenía una dura lucha por delante si quería que la heredera lo aceptase a él como único pago a los perjuicios que le habían ocasionado. Se mesó el pelo agotado y furioso. No había podido convencerla de los profundos sentimientos que albergaba hacia ella. Todo se había complicado. Su rey había aceptado desposarla con un escocés y no un extraño, pero Albert era consciente de que aún debía tratar de convencerla antes de que pudiese presentarse su abuelo para reclamarla.

CONTINUARA

Pobre de mi rubio, pero lamentablemente ella tiene mucha razon de estar indignada con el por el engaño..