Cuenta regresiva
Sumario: Desde que era muy joven, Draco sabía que sólo sería cuestión de tiempo para que el Señor Tenebroso fuese a buscarlo.
Género: Aventura/Romance, fantasía, friendship.
Claves: Drarry eventual. AU. Perteneciente a la Serie ¡Cambio de Casa! (Draco!Elegido/Harry!Slytherin)
Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.
Materias, lecciones, otras cosas extrañas
Draco sabía que estaba mal. Sabía que tendría que haberse negado cuando se lo dijo, pero era difícil rehusarse si Fred tenía un brazo en torno a sus hombros y lo miraba con una sonrisa de medio lado, que lo distinguía un poco más de su gemelo, a la espera de que aceptase. Bajo otra circunstancia, estaba claro que no se hubiese metido dentro de un disfraz de Dementor para perseguir a Ron y Ginny por la tienda de túnicas del Callejón Diagón.
Ella fue quien se dio cuenta. Que no hubiese terminado golpeado en la cabeza por una regla rígida de madera para tomar medidas y chocando su espalda contra una de las paredes, fue sólo porque la capucha se le cayó y Ginny enrojeció al ver que era él.
La regla se le resbaló de entre los dedos, boqueó, y echó a correr. No creía haber visto a alguien moverse tan rápido en su vida, hasta entonces.
Al regresar a Hogwarts, consideraría decirle al equipo que la subiese a una escoba y probase si podía moverse así en el aire. Sería una gran Cazadora.
—¡Eso fue asombroso! —Uno de los gemelos saltó a su lado y le revolvió el cabello. El otro lo siguió poco después, reacomodándole la capucha sobre la cabeza con un tirón más brusco de lo debido, por el que su hermano le dio un golpe sin fuerza.
—¡Espectacular!
—¡Brillante!
—¿Viste la cara de Ron, George?
—Oh, claro que la vi, Fred.
—¿Y cómo Ginny corrió por toda la tienda al darse cuenta de que casi hizo caerse a su amor platónico? —Draco intentó fruncirle el ceño cuando sintió que el rostro le ardía. Fred le guiñó y el niño-que-vivió terminó por boquear, contra su voluntad, porque, de nuevo, era difícil molestarse con él.
—Por supuesto que eso también lo vi, hermano.
—Ustedes dos pueden ser...tan malos —Musitó, encogiéndose sin darse cuenta cuando George jaló su brazo para sacarlo de la escena del crimen, en cuanto escucharon un llamado de Molly, que quería que él se subiese a la plataforma de la tienda, porque era a quien su tutor le concedió el permiso para ayudarlo en las compras de sus útiles para el tercer año.
—No digamos malos...
—...somos mentes creativas. Incomprendidos en nuestra época —Fred le dio sutiles empujones en la parte alta de la espalda, guiándolo hacia uno de los vestidores, en los que se sacó el disfraz para regresárselo, antes de que los tres aparecían cerca del resto de los Weasley, con expresiones de idéntica inocencia.
Ginny aún estaba un poco ruborizada y desviaba la mirada cuando él daba una ojeada en su dirección; sin embargo, cuando Draco se concentraba en lo que le decían, podía sentir su atención fija en un lado de la cara, y era tan incómodo como lo recordaba del año pasado. Ron, en cambio, no se dio cuenta de que él era el supuesto Dementor.
Los gemelos, a unos pasos de distancia, no dejaban de ahogar la risa sin el suficiente disimulo al escuchar cómo su amigo le contaba sobre el idiota que intentó asustarlos y cómo lo confrontó, al menos en su versión de la historia. Draco dejó de sentirse culpable en poco tiempo, y tuvo que voltear el rostro para que no notase que también quería reír tras unos momentos.
Fue justo en ese instante que la puerta a la tienda se abrió.
Hermione debía estar en la librería todavía, con sus padres; se suponía que se verían allí. Neville estaba desaparecido en acción, avistado solo, aguardando en la esquina anterior al horrible Callejón Knockturn, cabizbajo y barriendo el suelo con los pies para no quedarse quieto. También tenían pensando encontrarse en algún punto de las compras. Draco esperaba que no tardase demasiado.
La cabellera desordenada y negra que distinguió al cruzar el umbral, no podía pertenecer a ninguno de sus amigos. Al menos, no a un amigo convencional.
Una bruja preciosa, pelirroja y de sonrisa resplandeciente, saludó a los que estaban ahí, incluida la dueña, y besó la mejilla de Harry, antes de indicarle que se pasase la túnica sobre los hombros y subiese a la otra plataforma, para que se la ajustasen. Ella se sentó en los puestos destinados a los acompañantes, a unos metros, desde donde todavía podía verlo.
Draco se balanceó sobre sus propios pies, incapaz de retener por completo una sonrisa. A pesar de que Molly le hacía preguntas sobre si se sentía cómodo con la túnica o si había algo que le molestase en esta, y oía los distantes quejidos de Ron por lo que fuese que acabasen de hacerle los gemelos, la situación le resultaba familiar.
En cuanto Molly se apartó de él para conversar con la modista y los hermanos Weasley estaban más concentrados en una de sus peleas en susurros contenidos, lejos de la atención de su madre, que en lo que él hiciese, miró de reojo hacia un lado.
Potter, que ya lo veía a él, giró la cabeza enseguida. Le pareció que tragaba en seco al enderezarse y elevar la barbilla, la mandíbula un poco tensa.
—Es raro que hagas compras en estas fechas —Comentó, en voz baja, sin mover los labios más de lo necesario. Lo oyó soltar un bufido.
—Tengo cosas que hacer después. Es raro que tú las hagas ahora, con todo tu...séquito —Se fijó en los Weasley, rodó los ojos y continuó fingiendo que el punto en la pared más allá de ellos era de lo más interesante en la tienda.
Draco contuvo un pesado suspiro.
—Potter...
—No estoy diciendo nada que no sea cierto —Le replicó él, todavía sin mirarlo, y no pudo conseguir que lo hiciese una vez que Madam Malkin se aproximó para atenderlo.
Simuló una larga exhalación cansina; como Molly lo llamó y se bajó de la plataforma, agradeciendo a la confeccionista, no se percató de que las comisuras de Potter se elevaban apenas. Mientras el niño-que-vivió, con la cicatriz del pómulo oculta por el glamour que le era usual, se alejaba con un grupo numeroso de pelirrojos y un perro negro y enorme, que había estado esperándolo sentado junto a la entrada del local, Harry luchaba por mantener una expresión medianamente relajada y que su madre no viese nada extraño en él.
Por supuesto que tendría que haber sabido que era un intento destinado al fracaso. Uno no le ocultaba nada a Lily Evans, en especial, no si su apellido era Potter.
—¿Quién era, cielo? —La mujer se detuvo frente a la plataforma, lo rodeó, y se dedicó a acomodarle las solapas del cuello de la túnica, a las que él nunca prestaba la más mínima atención.
Se aclaró la garganta. Le llevó unos instantes darse cuenta de cómo aquello podía ser un error de su parte, levantando más sospechas de la mujer.
—Es un niño que estudia en Hogwarts —Pretendió restarle importancia, sacudiendo la cabeza. Su madre tarareaba al deslizar las manos hacia su cabello y de vuelta a la ropa, acomodando por aquí y por allá, pese a que debía ser consciente de que no importaba cuánto lo intentase, era imposible que Harry permaneciese más de un rato bien peinado y arreglado.
—¿Cuál es su nombre?
Balbuceó un poco. Lily arqueó las cejas, quizás sorprendida de oírlo así; James había sido insistente al darle lecciones de oratoria de pequeño, al igual que hizo su padre antes de él. A veces, funcionaban. Otras, no tanto.
—No lo recuerdo —Juró, fingiendo que estaba pendiente de lo que Madam Malkin llevaba a cabo detrás del mostrador y en el trasfondo de la tienda, para tener una excusa para rehuir de ella. Su madre era la mujer más lista que conocía, notaría algo, en definitiva. Y había un algo que Harry no estaba seguro de querer que se notase—, apenas lo conozco, estamos en diferentes Casas. Es un Gryffindor.
Dio la conversación por zanjada en aquel punto. Lily no.
Harry comenzaba a relajarse de nuevo, preguntándose si podría convencerla de ir por un helado, como recompensa por los eternos minutos parado en esa plataforma y bajo la tortura de las compras de túnica que odiaba tanto, cuando sintió el tacto delicado que lo instó a girarse. Lily nunca jugó Quidditch, el deporte no le interesaba más que cuando los Merodeadores hacían partidos en el patio, tras los escudos antimuggles, o cuando era él quien jugaba. Por ende, sus manos no tenían los callos por el roce con la escoba que James y él sí, y al tocarle la mejilla, la piel suave hacía que Harry quisiera acurrucarse igual que un gato contra su madre, hecho que le sacaba una sonrisa siempre.
—¿Sabes? Cuando estudiaba, la rivalidad entre los Gryffindor y los Slytherin era una cosa seria, con la guerra de fondo. Pero tú no tienes que sentirte obligado a mantenerla, cariño.
Él vaciló, arrugando el entrecejo. Su madre debió comprender el punto, porque le enseñó una sonrisa divertida.
—Si quieres ser su amigo, sólo acércate y se tú mismo, tu encanto hará el resto —Harry emitió un débil quejido sobre 'estar muy grande' cuando ella le pellizcó la punta de la nariz, sin fuerza.
—No quiero ser su amigo —Insistió, cruzándose de brazos. Ella lo observó con escepticismo, pero si no lo notó, o si sólo fingió no hacerlo, ni siquiera el mismo Harry podría estar seguro de ello—, no me interesa.
Pero continuó dándole vueltas a esa sensación incómoda que tuvo en el cuerpo cuando se le acercó, porque no se parecía a las que había tenido antes. Podía reconocer que esa tenía un componente diferente.
Supuso que sólo se trataba del recordatorio de lo ocurrido el año anterior y el que todavía estuviese frustrado por haberse dejado manipular y haber tenido que ser rescatado. Rescatado por Malfoy, nada más y nada menos. Y lo dejó pasar.
—0—
En la librería del Callejón Diagón, Draco Malfoy enganchaba su brazo a uno de los del pobre Neville Longbottom y lo arrastraba por los pasillos, en busca de los libros que necesitaban, mientras le informaba sobre su tarea de verano de domesticar al Basilisco del colegio, y su compañero empalidecía más y más, hasta que al preguntarle si quería ver cómo iba, lucía como si estuviese a punto de desmayarse. En el otro extremo del mismo Callejón, Pansy Parkinson se lanzaba a los brazos de Harry Potter, precediendo al grupo de Slytherin que lo esperaba junto a la heladería, ya con sus compras casi completas y listos para una última revisión juntos.
Y en algún punto de este Callejón, había alguien que portaba un Horrocrux.
—0—
El día después de la llegada a Hogwarts les fue dado libre por algún problema con las cañerías que, probablemente, fuese culpa de la visita nocturna de Draco y Neville a Salazar, el Basilisco que habitaba en la Cámara de los Secretos.
(Sí, por supuesto que Draco le puso nombre; no podía tener una mascota sin nombre, sino, ¿cómo la llamaría?)
Draco había sacado la capa y arrastrado a su compañero de la otra cama, con el máximo sigilo posible. Al menos, hasta que Neville tropezó con Trevor, trastabilló y se golpeó el pie con uno de los baúles, lo que le arrancó un alarido y lo hizo saltar sobre un pie durante unos segundos.
Las cortinas del dosel de Ron se movieron. Seamus y Dean se quejaron por lo bajo, Leonis estaba en alguna parte de las mazmorras esa noche, así que fue sólo el pequeño Weasley quien se asomó desde su cama, con los ojos más cerrados que abiertos y un hilo de saliva todavía en la comisura de los labios, de cuando dormía profundamente.
—¿Qué? —Balbuceó, parpadeando en un vano intento de enfocarse mejor en lo sucedido— ¿qué pasa? ¿Qué hay...?
—Arañas —Se le ocurrió decir a Draco, en voz baja—, muchas arañas. Las estamos sacando para que no se acerquen a tu cama, Ron. Vuelve a dormir, anda.
Su amigo arrugó el entrecejo, masculló sobre arañas y los buenos compañeros que tenía, y se volvió a meter dentro de su dosel. No tardaron en oír unos ronquidos desde allí.
—¿Dó- dónde ha- hay a- arañas? —Draco rodó los ojos, tirando del brazo de Neville para sacarlo de ahí, antes de que pudiese chocar con una pared o algo por el estilo.
—No hay arañas, Nev, a él le dan miedo y sabía que no se levantaría si se lo decía. No balbucees —Lo reprendió, con un siseo al final—, ¿qué te dije sobre eso? Puedes hacerlo bien, inténtalo.
Neville boqueó, incapaz de terminar su frase completa, mientras lo veía abrir y cerrar la puerta del cuarto con el mayor cuidado posible. En el pasillo que daba hacia las escaleras de los dormitorios, Draco les echó la capa por encima a ambos, asegurándose de que no se les viesen los zapatos por debajo.
—No- no pue- puedo —Su compañero hacía pucheros de nuevo. Él desdobló el mapa con una orden a Serpensortia y resopló.
—Claro que puedes —Le chisteó Draco, ceño fruncido incluido. La discusión concluyó ahí, porque tuvieron que guardar silencio para dirigirse hacia la Sala Común.
Un Gryffindor mayor, un Prefecto, tal vez, se había quedado dormido en uno de los sillones frente a la chimenea, los pergaminos se desparramaban a su alrededor y la pluma se le había caído de entre los dedos. Ambos caminaron de puntillas, pegados uno al otro, para salir sin ser notados. La Dama Gorda, adormilada como estaba, se enteró de que la puerta se abrió, pero no para qué o por quién.
Draco lo guio hacia el baño, abrió la compuerta hacia la Cámara con una orden en pársel, y los hizo bajar a ambos. Neville temblaba un poco, a medida que avanzaban y lo escuchaba divagar sobre el adiestramiento que le dio a Salazar y los buenos resultados que este tuvo en su comportamiento.
El niño-que-vivió se reiría durante días de la manera en que Neville estuvo a punto de desplomarse cuando el Basilisco se les acercó. Una vez dentro de su boca es suficiente para una vida entera, le decía, y aunque él estaba de acuerdo en que no debía ser la mejor de las experiencias, encontraba divertidísima la forma en que se apartaba cuando le daba una orden a la gigantesca serpiente.
La verdad es que es más que sólo probable que fuese su orden de que entrase a una de las tuberías, para mostrarle su teoría del recorrido que hacía en segundo año, lo que la dañó. Pero a la mañana siguiente, ambos niños estaban en sus respectivas camas, y nadie sabría lo que hacían por la noche.
Durante el desayuno, Draco le añadía más azúcar a su jugo de calabaza, a la vez que intentaba lograr que Neville imitase lo que decía, tal cual lo hacía.
—Ahora di —Una pausa, buscó una palabra complicada de su vocabulario—: paralelepípedo.
Neville parpadeó. Junto a él, Ron arrugó el entrecejo y preguntó, sin la suficiente educación como para terminar de masticar o quitarse las migajas de pan de las comisuras de la boca:
—¿Qué es...eso? —Y lo señaló, a manera de explicación, para no tener que repetir la palabra.
—Una figura geométrica —Replicó Hermione, sin despegar la mirada de su libro de turno. Draco asintió y su compañero siguió con la ardua labor de dejar el plato limpio, en base a una forma bestial de comer.
—Anda, dilo. Paralelepípedo.
—Pa- para- paralepi-
—Paralelepípedo —Corrigió, despacio. El niño hacía una expresión de profunda concentración al oírlo; no recordaba que estaban comiendo, ni que dejó a Trevor suelto, otra vez—. Pa-ra-le-le-pí-pe-do.
—Pa-ra-le-le-pí-pe-do —Lo imitó Neville, con un esfuerzo, y a una velocidad aún más lenta. Bueno, era un comienzo.
—Ahora, trabalenguas —Draco lo apuntó con su tenedor, tan severo como podía, porque no quería reírse cuando su compañero tenía una pequeña mejora al fin—. El cielo está estrellado, ¿quién lo desestrellara? El que lo desestrelle el mejor desestrellador de estrellas será.
Neville se quedó boquiabierto un instante, luego sacudió la cabeza.
—No- ¡no puedo- de- decir eso!
—Es inútil, compañero —Comentó Ron, encogiéndose de hombros. Draco le dio una de esas miradas que ponía cuando quería que se callase, pero no se lo decía casi nunca, porque ese idiota era su amigo.
—No es inútil —Susurró, dejando que su plato recién vaciado desapareciese solo, y estirándose sobre la mesa para centrar su completa atención en la tarea que se había asignado a sí mismo—. Estoy esperando, Nev.
—¡No- puedo!
—No te pregunté si podías. Intenta. Tampoco es tan difícil.
—No- no sé, yo- yo no-
Luego el grito agudo de Pansy Parkinson, cuando Trevor saltó sobre su zapato y se instaló allí, detendría los intentos de que dejase de tartamudear y balbucear. La niña estaba roja en la mesa de los Slytherin, cruzada de brazos, incluso minutos después de que Neville hubiese corrido por su sapo y le hubiese dicho que lo sentía. Él tenía la teoría de que era porque no le había entendido, y todo a causa de los balbuceos. En definitiva, debían arreglar ese problema pronto.
—Sólo es un sapo, Pans —Escuchó que decía Potter, más concentrado en sus tostadas que en la niña quejumbrosa que tenía a un lado—. Imagina que es una serpiente, pero más fea, no tan peligrosa y de una especie distinta.
—¡Sé reconocer a una serpiente cuando la veo, Harry!
El aludido rodó los ojos.
—Pues entonces piensa que es Goyle. Mira —Y procedió a palmearle la mejilla a su compañero—, podrían ser hermanos de lo parecidos que son. Trevor y Gregory Goyle, ¿te lo imaginas?
Más de la mitad de la mesa de las serpientes se echó a reír. Draco no podía creer que lo encontrasen divertido.
En cierto punto, Potter vio hacia los Gryffindor, y al percatarse de que tenía su atención, volteó el rostro a una velocidad tal que no le habría sorprendido que se marease.
De forma vaga, se preguntó si el niño de bonitos ojos verdes había decidido que evitarlo sería su estrategia de ese año.
No pudo darle muchas vueltas al asunto, porque Leonis se acercó por detrás, anunciando su llegada con un ladrido. Se dio la vuelta, se inclinó para acariciarle la cabeza, sin pensar, y le llevó un instante notar que McGonagall estaba justo a un lado del animago.
Tragó en seco.
Oh, tal vez alguien sí pensó en él cuando se dañó la tubería.
—Señor Malfoy, señorita Granger, a mi oficina.
—0—
El giratiempo era un objeto diminuto, de varios aros y con un reloj de arena en el centro; las inscripciones estaban en latín y el dorado del metal resplandecía de forma apenas perceptible cuando la luz lo tocaba en el ángulo correcto.
McGonagall recogió la cadena y la enrolló en la palma de su mano, después de haberles explicado qué era y para qué servía. Luego lo colocó en la otra punta del escritorio, en medio de las sillas que ocupaban los dos Gryffindor.
Hermione y él intercambiaron miradas.
—Como Jefa de Casa, autorizaré todas sus optativas —Indicó, con suavidad—, y espero no me fallen. Con esto en mente, tómenlo como una pequeña ayuda a los dos mejores estudiantes de su generación.
Ellos volvieron a observarse. Hermione lo tomó cuando Draco le hizo una seña de que lo recogiese ella.
En el despacho de McGonagall, un par de niños y la profesora trazaban un cronograma de clases, que no los hiciese tropezarse con ellos mismos, llegar tarde, ni levantar sospechas entre el resto de los estudiantes o maestros, para cumplir con cada clase. Y de vuelta en las mazmorras, Harry Potter levantaba la cabeza de su almohada, adormilado tras un desayuno satisfactorio y otra de las largas pláticas de Pansy, en el camino de regreso desde el comedor, y se estiraba para agarrar la nota que apareció en un lado de su cama.
"¿Entras al equipo de Quidditch de este año?"
Le pidió a Nott, que leía en la cama contraria, una pluma y escribió una respuesta rápida.
"¿Le dirás a Malfoy lo que te responda?"
La siguiente no tardó en llegar una vez que dejó el papel doblado junto a su almohada.
"Tal vez"
"Entonces dile que cuide su preciado puesto de mejor jugador, porque no sabrá ni qué pasó"
Hooooli. Hay algo que me hace gracia sobre este capítulo y es que estaba analizando el hecho de que Harry tiene varios crushes temporales que todos sabemos que son canon, aunque nadie los confirme (cofcofCedriccofcof), así que en una conversación con mi beta, llegamos a esta interesante conclusión de que Draco podría tener uno. Sería de esos detalles que intercambiaban ambos. ¿Saben a quién me refiero? ;)
Calma, les juro que esto sigue siendo Drarry y no pasa nada xd pero es un detalle que me gustó añadir a medida que escribía.
Por cierto, hoy habrá doble actualización /inserte corazón aquí.
