CAPÍTULO 17

—¿POR qué lloras? —le preguntó Robert mientras Candy se limpiaba las lágrimas de las mejillas. Pero era inútil, parecía no poder dejar de llorar.

Habían llegado a casa hacía tan sólo unas horas, y ella se había ido directamente a su habitación. En ese momento, estaba sentada frente a su tocador, llorando con la cabeza apoyada sobre los brazos mientras su padre trataba de consolarla.

—Te he liberado de tu captor —le dijo su padre, poniéndole una mano sobre el hombro—. Deberías estar contenta.

—No quería irme de allí, padre.

—¡¿Qué?! —rugió él.

—Amo a Terry.

—¿Estás loca?

Incapaz de girarse para mirarlo mientras sentía sus ojos clavados en ella, Candy sacudió la cabeza.

—Él no fue el responsable de la incursión en Keswyk.

—Eso no es más que otra mentira de las muchas que ha dicho. Yo mismo pude ver sus colores. Incluso iba montado en ese maldito caballo blanco suyo. ¿Crees que no reconozco a mi enemigo cuando lo veo?

—No era Terry —insistió ella.

Entonces, cometió el error de girarse para enfrentarlo.

Su mirada de odio casi consigue abrasarla.

—¿Y cómo sabes dónde estaba él en mitad de la noche?

—Yo... —Candy se detuvo justo a tiempo. No serviría de nada decirle la verdad a su padre. Necesitaba tiempo para calmarse.

En uno o dos días le haría comprender la verdad.

Tenía que hacerlo, porque la vida sin Terry era demasiado horrible para contemplarla siquiera.

Dos días después, Candy fue en busca de su padre. Su criado la detuvo justo a la puerta de sus aposentos.

—Perdonadme, milady, pero acaba de llegar un emisario del rey y está reunido con vuestro padre.

A Candy se le detuvo el corazón mientras contemplaba fijamente la puerta cerrada. El miedo la consumía.

—¡Pero qué me decís! —bramó su padre, y su voz se escuchaba perfectamente a través de la gruesa puerta de roble y el muro de piedra.

Ella dio un brinco del susto.

—¿Cómo es posible que esté en Normandía? —preguntó su padre—. Enviad a alguien a buscarlo sin más dilación.

Candy se acercó y pegó el oído a la puerta.

—Ya se le ha enviado vuestro mensaje, milord —escuchó decir al emisario—. Pero no estará en manos Rey Enrique hasta dentro de algunas semanas. Aunque el asunto llegará a sus manos, y podéis estar seguro de que su majestad se encargará de ello.

Intercambiaron algunas palabras furiosas más antes de que ella escuchara al mensajero acercarse a la puerta. Candy se apartó justo antes de que el hombre la abriera de par en par.

El hombre murmuró algo espantoso sobre su padre en voz baja y pasó junto a ella. Candy decidió que éste no era el mejor momento para convencer a su progenitor de que Terry no era culpable.

Dándose la vuelta, se encaminó hacia su cuarto para esperar a que se le pasara el enfado.

Los días se convirtieron en semanas mientras ella aguardaba a que su padre se calmara, pero a medida que pasaban los días sin tener noticias de Enrique, la indignación de Robert crecía más y más.

Peor aún, empezó a reforzar las defensas del castillo contratando a caballeros y a soldados. Su padre estaba convencido de que Terry estaba tras sus tierras, sin importar las veces que Candy trató de asegurarle lo contrario.

—Tratará de apoderarse de nosotros mientras Enrique da vueltas por ahí —decía una y otra vez—. ¡Malditos sean los dos!

Candy apenas hablaba con él. No se atrevía. Tal y como se encontraba últimamente, no estaba segura de lo que podría llegar a hacer.

Y lo que era peor, cuando pasó su primer mes en casa y no tuvo su flujo mensual, comenzó a sospechar algo que, a ciencia cierta, desataría una guerra entre su padre y Terry.

Esa noche, Candy envió su propio mensajero al rey, y rezó porque, en esta ocasión, Enrique se molestara en aparecer.

—¿Terry?

Terry ni siquiera se movió cuando Simon entró en sus aposentos. Estaba sentado frente al hogar, mirando el fuego inexpresivamente.

—Ha venido un emisario del rey.

Terry asintió. Había estado esperándolo. A decir verdad, le asombraba que el rey hubiese tardado seis meses en convocarlo.

No podía contar las veces que había pensado en ir a buscar a Candy y obligarla a volver a su casa durante los últimos meses. Pero ella había hecho su elección aquel día. Y, aunque sabía que ella no le había quedado otro remedio, se negaba a desafiar aún más al rey.

No, aceptaría su destino como un hombre.

—Dile que pase.

El heraldo entró vistiendo el león rojo y dorado de la corona.

—Terrence de Graham, duque de Grandchester el rey solicita vuestra presencia. Estará en Whiterwick una quincena después del próximo sábado. Vuestra asistencia es obligatoria.

—Decidle a Su Majestad que allí estaré.

El heraldo asintió, y después se fue.

Terry seguía sin moverse. Se limitaba a mirar fijamente el fuego, sin ver nada en realidad, como hacía últimamente. Era como si toda su energía le hubiese abandonado y no le quedaran fuerzas para realizar el más mínimo movimiento.

No tenía ni voluntad ni deseo de hacerlo.

Nada.

Los días que siguieron a la partida de Candy, Simon había tratado de que participara en las conversaciones. Pero a medida que pasaban las semanas y Terry seguía sin dirigirle la palabra, aceptó finalmente dejarlo en paz.

Terry no quería que nadie se le acercara.

De hecho, no quería absolutamente nada.

Estaba impaciente porque llegara Enrique y la inminente muerte que la presencia del rey exigiría.

Esa sería la única cosa a la que, gustosamente, daría la bienvenida.

CONTINUARA