Capítulo XVI
Onán
Al exterior de la tienda se escuchaba la sinfonía previa a la batalla. Las armaduras tintineaban, las espadas se afilaban, los caballos deambulaban enterrando las patas en el lodo a la par que los hombres gritaban, cantaban, reían o lloraban.
Eran momentos clave antes de encaminarse a la muerte. Todo le parecía similar, no había nada nuevo, hombres morirían en los días consecuentes, y muchos otros se lamentarían, pero al final, la historia se repetía, y dentro de unos años algún chico ocuparía su lugar, y se vería inmerso en el mismo debate que llevaba a cabo en su mente.
Estaba ataviado para la batalla, llevaba la cota de malla y un protector en el pecho. No portaría la armadura completa, era pesada, y dificultaría sus movimientos. Los consejeros de Naruto lo tildaron de loco, pero tenía la certeza de que la estrategia funcionaria. No era un atuendo digno de un señor de la guerra.
En un gesto casi reflejo, llevó la copa de vino a sus labios, sorbiendo un largo trago de líquido carmín. No era la decisión más sabia, pero tampoco la inapropiada. A la par que soltaba un suspiro, se puso de pie y tomó la espada que reposaba a un lado de la silla.
Enfundó el arma al mismo tiempo que dirigía su andar a las afueras de la tienda.
Aquella mañana el sol permanecía oculto tras grandes nubarrones grises, augurios de tormenta. Durante la noche se vieron inmersos bajo un diluvio que parecía no tener claudicación cercana, algunos hombres consideraron que se trataba de un favor de los dioses. Sasuke pensaba que no era nada más que mera suerte, sus pronósticos se habían cumplido, si bien no contaban con los soldados necesarios para vencer al enemigo, tenían como ventaja el fango y la soberbia de Obito.
Caminó por el campamento hasta arribar a las caballerizas improvisadas. Su fiel alazán aguardaba de pie, ensillado y preparado para la batalla. Con habilidad lo montó, sosteniendo las riendas con las manos enguantadas.
Emprendió el trote en dirección a la colina. El aire gélido acariciaba su rostro; a medida que se aproximaba al campo de batalla, notaba como en su estómago se forjaban nudos prietos y en su pecho se instalaba una sensación de desasosiego. Nunca experimentó temor, ni siquiera cuando atravesó por primera vez a un hombre con el filo de su espada. Sin embargo, esta ocasión era distinta a las anteriores.
Tomó con mayor fuerza las riendas e incrementó la velocidad del galope. Había pasado toda la noche pensando en Sakura. Dio vueltas en el lecho hasta que lo encontró insoportable. Deseaba verla de nuevo, aunque fuese por última ocasión. Necesitaba pedirle perdón, porque era la única que lo merecía. Anhelaba tomarla entre sus brazos y degustar el dulce sabor de sus labios para después hundirse en el calor de su cuerpo y fundirse en su intimidad. La amaba, estaba dispuesto a entregar su propia alma con tal de salvarla. Si llegaba a partir del plano terrenal durante la batalla, solo acarrearía la culpa de no haberse marchado con ella a esa costa desolada, donde nadie fuese capaz de encontrarlos, lejos del honor y el deber.
Al atracar en la colina encontró a Naruto bajo el estandarte de su casa, permanecía en silencio, abismado en la reminiscencia de cosas lejanas. El ejército de Obito anegaba los altozanos, los hombres comenzaban a congregarse como una oleada oscura al otro lado del campo, preparados para la batalla.
— ¿Crees que ella estará bien?— preguntó Sasuke, sacando a Naruto de sus pensamientos.
El rubio lo contempló durante un instante o menos, regresando la mirada cerúlea al punto que contemplaba segundos atrás. Escuchó el largo suspiro, mas no se atrevió a interrumpir.
—Espero que si— respondió en un susurro.
El bullicio surgió como una marea borrascosa entre la inquietud y el fragor de las armas. Sin más tiempo que perder, el pelinegro encauzó su montura al frente. Descendió del caballo al arribar al campo lleno de lodo, donde más de un centenar de mesnadas aguardaban, resignados.
Era complicado mantener el equilibrio en un terreno tan intrincado; el fango llegaba por encima de sus tobillos, podía sentir como la humedad se filtraba entre los espacios abiertos de la armadura. Los caballos resbalarían al entrar en contacto con la mezcla de tierra y agua, sus jinetes caerían desamparados, dejándolos a su mereced.
Poco a poco, las huestes se colocaron en su posición, desplegados en una línea recta para sobrepasar los flancos enemigos. El azabache caminó hasta el frente; reparó en la presencia del enemigo, aproximándose a ellos vertiginosamente.
Descendió la careta del yelmo y lanzó un grito de guerra, suscitando un barullo que podría erizarle la piel a cualquiera. Desenvainó la espada, tan rápido como dio un paso al frente la nube de mortales flechas pasó por encima de ellos, asestando en los cuerpos del enemigo.
El corazón le palpitaba violentamente, el sonido retumbante de los latidos ahogaba los gritos de furia d los adversos; sostuvo con fuerza el arma, sin esperar el ataque salió al paso de sus opuestos.
La furia del encuentro fue peor de lo que tenía previsto. Los caballeros, hábiles y despiadados, interrumpieron entre las filas con el ardor de mil fuegos, abriendo enormes brechas. Los jinetes que iban a lomos de sus caballos atacaban sin ápice de misericordia a los lanceros, mientras unos cuantos más resbalaban de sus monturas hasta terminar tendidos en el suelo, incapaces de levantarse.
Sasuke luchaba con fiereza, atravesaba la carne con el filo de la hoja de su espada, los años de entrenamiento lo habían convertido en un temible guerrero. Con habilidad, bloqueó un golpe que venía directamente del flanco derecho.
En medio de ramalazos y estocadas, contemplaba como sus hombres eran masacrados; cuantos más soldados veía caer, implacable se tornaba su furia.
Se preguntaba cuanto tiempo soportarían inmersos en esa situación. Solo resguardaba un atisbo de esperanza, puesto que tenía la certeza de que Sakura se encontraba sana y salva, y que en algún punto, cuando todo estuviera perdido, aparecía al horizonte, como una señal divina.
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Otra lluvia de flechas descendió desde el otro lado del campo, asestando en cuerpos enemigos y aliados.
En la cercanía de los muros, los hombres de Naruto luchaban entre los mercenarios, matando rivales, atravesándolos con lanzas y espadas. La mitad del campo estaba ocupada por ellos; los pastizales ardían, y poco a poco iban formándose montículos de cuerpos desgarrados.
Sobre el herbaje se apreciaban miembros y extremidades, entrañas entre charcos de sangre coagulada. Los gritos de horror desgarraban las gargantas, y las lágrimas descendían por las mejillas manchadas de aquellos que se enfrentaban al último de sus días.
No habían desbaratado el asedio ni reconquistado Konohagakure. Los enemigos que custodiaban la puerta principal eran numerosos, la otra mitad del campo estaba abarrotada de ejércitos intactos.
Sasuke comenzaba a sentirse exhausto. Había lanzado el yelmo lejos y otras partes de su armadura. Estaba cubierto de lodo y podía degustar el sabor metálico de la sangre entre sus labios. Las extremidades le dolían, conforme los minutos transcurrían el peso de la espada se hacía mayor.
Había perdido la cuenta de cuantos hombres mató en el momento, poco le importaba las historias y canciones que se escribirían luego de la batalla. Durante su corta existencia, contempló guerreros inventarse misiones sin sentido, que no llevaban a nada más allá de la gloria banal y la masacre.
Esgrimió su espada, la misma que años atrás había pertenecido a su padre, y en otra época a su abuelo, forjada por sus ancestros. Un soldado surgió de los cuerpos, alto y amenazante. Con un grito de odio descargó el mazo en su dirección. Sin embargo, Sasuke era más rápido, aun así, vaciló y cayo de rodillas. El individuo nuevamente se abalanzó sobre él; los ojos brillosos por la rabia, dispuesto a terminar con su vida en ese momento.
No obstante, alguien logró arrancarle un alarido de dolor. Pasmado, el azabache observó cómo su contrincante caía de bruces, y el mazo a unos cuantos centímetros de él. Un soldado lo había atacado por la espalda, atravesando la cota de malla y toda barrera de protección UE llevara encima. Al elevar la mirada, encontró a un chico, muchos años menor, sus facciones aun eran infantiles y dudaba que contara con el entrenamiento necesario para convertirse en guerrero. Sin embargo, el muchacho salvó su vida. Con un ligero asentimiento, agradeció el heroico gesto.
Trastabillando, logró ponerse de pie una vez más. Reunió todas sus fuerzas; con un golpe mortal y certero, hundió la espada en el cráneo matándolo de inmediato.
—Bien hecho— dijo, colocando una mano sobre el hombro del chico.
El muchacho esbozó una sonrisa orgullosa. Sasuke sentía la impetuosa necesidad de arrastrarlo lejos del campo de batalla para salvaguardarlo. Sin embargo, la dicha momentánea se esfumó cuando una flecha aterrizó en el ojo derecho del muchacho, acabando con su vida en ipso facto.
Horrorizado, atisbó el cuerpo en silencio. Aquel joven acababa de rescatarlo de una muerte segura, pero fue incapaz de devolverle el favor.
Iracundo, liberó el resquemo como una tormenta implacable. La sed de venganza estrujaba el nudo en su garganta. Deseaba acabar con eso, pero con cada paso que daba veía a sus hombres desmoronarse sin esperanza. Los cadáveres empezaban a acumularse hasta formar obscenas montañas, dentro de algunas horas, las aves de carroña descenderían de las montañas para arrancar la carne y los ojos de los cuerpos, degustarían el festín que Obito preparaba para ellos.
Inéditas huestes del usurpador llegaban, expeditivas; desde los muros avanzaban los áscares de uno de los capitanes de Obito; al sur, desde los campos, la infantería de uno de los vasallos de los Uchiha, seguida por la caballería de otro gran señor se dirigía al ataque.
Los adalides, amedrentados, comenzaron a retroceder. Sasuke, desorientado, intentaba formular una estrategia que los ayudara a repeler el ataque indemnes y con el menor número de bajas posible. Poco a poco, el espacio se hacía menor, en cuestión de un parpadeo, todos yacían estrujados, desesperados, buscando sobrevivir.
Respirar era prácticamente imposible. Antes de que pudiera actuar, el azabache se encontraba atrapado entre los cuerpos de sus hombres. Tomo una gran bocanada de aire. Sentía el resto de su armadura pesada y podría apostar que en cualquier momento desfallecería a causa del cansancio.
La batalla estaba perdida y todos parecían saberlo, solo bastaba que Obito enviara una ínfima parte de sus fuerzas para aniquilarlos.
No obstante, en ese preciso momento, cuando estaba a punto de asimilar la derrota, los cuernos y las trompetas resonaron en la lejanía, acompañados de un gran clamor de batalla. La tierra retumbaba bajo sus pies. Sasuke levantó la cabeza y contempló a su alrededor. Desvió la oscura mirada al Este; una línea de soldados broto entre las colinas. Los jinetes iban a galope rápido, seguidos por lanceros y guerreros.
«Aliados» pensó Sasuke. Era incapaz de reconocer los estandartes, pero algo en su interior le decía que estaban ahí para auxiliarlos.
Los hombres de Obito levantaron la vista, preguntándose qué podía significar esa señal.
Su corazón dio un vuelco al atisbar entre la multitud a Sakura. Llegó al punto más alto del alcor al galope acompañada por otras dos damas, a las cuales reconoció como las reinas de las naciones contra las que lucharon en el pasado. Detrás de ellas llegaban los vasallos del Reino del Remolino, Nube, Roca y Niebla, algunos comandados por sus propios señores, dispuestos a pelear y morir en una guerra que no les correspondía.
Los soldados de Naruto profirieron en gritos; en medio de la oscuridad una nueva esperanza llenaba sus corazones.
La tierra se estremecía bajo sus pies, a la par que nuevas compañías se precipitaban hacia los adversarios, abriéndose paso entre afiladas lanzas y otros artilugios hilvanados para matar.
Con fuerza renovada, Sasuke volvió a afianzar el agarre de su espada. Durante todo ese tiempo, Sakura había ido a buscar ayuda, logrando lo que muchos reyes intentaron, pero fallaron hasta el cansancio. La joven unió a los reinos en una sola causa. Ya no se trataba de una lucha por conseguir más poder para sobresalir, sino que todos ellos peleaban contra un enemigo en común.
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Sakura se apeó de un salto, sin apartar los fanales esmeraldas de la batalla; la destrucción y la muerte la rodeaban por todas partes.
Apareció en el momento indicado. Mientras cabalgaba en dirección al campo de batalla, se cuestionaba si llegaría a tiempo o demasiado tarde para hacer una diferencia. Había fuego y humo, desde ese punto, el aroma nauseabundo de la guerra se impregnaba en sus fosas nasales.
Las murallas de Konohagakure ardían, algunos cadáveres, tanto de animales como de hombres, se desvanecían entre las llamas; olía a carne chamuscada y sangre; los cadáveres, calcinados a medias, destrozados a tajos o a pisotones yacían en el suelo, acumulándose en montículos a lo largo y ancho del campo. Las montañas y colinas de alrededor parecian teñidas de sangre.
El atardecer traería consigo el final de la contienda, y tan pronto como el sol se ocultara, el asedio comenzaría.
La pelirosa se percató como los heridos abandonaba la cruzada para ser atendidos, se auxiliaban unos a otros mientras buscaban un lugar seguro para atenderse.
Por fortuna, Sakura había previsto que algo similar sucedería, así que ordenó montar un campamento para encargarse de los lesionados. Los caídos en el campo de batalla, heridos, mutilados o muertos eran numerosos.
Extenuada más allá de la tristeza y el dolor, Sakura regresó al acantonamiento. Ya había hombres atareados abriéndose paso entre los despojos, buscando refugio entre las tiendas. Un grupo de mujeres, pertenecientes a una orden religiosa, deambulaban entre la gente, intentando brindar atención a todo al que les era posible.
Una sensación de vacío se instalaba en su estómago. A medida que deambulaba por el campamento, imploraba a los dioses no encontrar a Naruto malherido. Su amigo era valiente y fuerte, sabía que todavía se encontraba combatiendo, pero la incertidumbre y agonía la carcomían por dentro.
El eco tenue de voces médicas y femeninas inundaban los rincones del campamento, acompañados de una sinfonía de gemidos y gritos de dolor. Todas las camillas estaban ocupadas, y conforme transcurrían los segundos, más hombres arribaban pidiendo auxilio.
Una mezcolanza olores opacaba el aroma del campo, fusionándose con el sahumerio acre del humo; aceites, vino, efluvios, hedor de gangrena y sangre fresca.
Ingresó a una tienda; los hombres permanecían recostados sobre el suelo mientras las mujeres daban vueltas a su alrededor, despojándolos de sus armaduras para atender sus heridas.
Había soldados mutilados, algunos perdieron un brazo, una pierna o todas las extremidades. Era la viva y cruel imagen de la guerra. Escuchaba plegarias quedas, murmullos cansados y sin sentido, algunos agonizaban, otros lloraban, y los que no realizaban ni una cosa ni la otra, permanecían con la mirada fija en el techo, perdidos en algún punto del tiempo y el espacio.
—Mi señora— llamó un joven con voz queda.
Se aproximó a su lado. Estaba a punto de morir, ella lo sabía. Buscaba consuelo en medio del tormento, quizás para partir en paz. Incapaz de marcharse, se tendió de rodillas en el suelo. Dubitativa, colocó una mano sobre la que reposaba en el pecho del soldado, estrujándola con delicadeza. Contuvo una expresión de horror al otear la herida; había una cavidad al costado de su cabeza era un destrozo carmesí. Bajo la línea irregular del hueso, contempló una masa esponjosa de cerebro, Colocó una tela para cubrir la herida y la sujetó, mientras aguardaba a que las náuseas remitieran.
Se trataba de un muchacho de dieciocho años. Costaba pensar que se trataba de un adalid. Sus facciones eran delicadas, tan perfectas que parecían cinceladas por un artista.
—Tranquilo, todo estará bien, no tenga miedo— mintió. Él sonrió, su tez era pálida, y sus ojos irradiaban un fulgor enfermizo.
« ¿Habrá amado a una mujer?» cuestionó Sakura, sintiendo profunda pena. Contemplaba a su hermano en cada rincón de su rostro; Murai era muy pequeño cuando murió, pero lo recordaba con claridad. Deseaba convertirse en guerrero, un caballero de la Guardia Real, portar una armadura dorada y blandir una maravillosa espada. Por supuesto, su padre nunca lo permitiría, mas era un secreto que compartían en las tardes de juegos y risas.
Apartó la mirada de su rostro y contempló el techo. Cerró los ojos durante un segundo, presa del cansancio. Musitaban palabras para sus adentros, complejas de comprender. Estrujó con fuerza la mano de la pelirosa, asegurándose de que continuara ahí.
— ¿Aia, es usted?— preguntó, divagando. Sakura sostuvo su mirada. Al chico le costaba hablar, gotas de sudor aperlaba su frente y descendían por los costados de su rostro.
Ella titubeó.
—Sí, estoy aquí.
No existía otra replica posible. Era un chico asustado, lejos de su hogar y a punto de morir. Consideraba cruel mentirle, no obstante, podía hacer de sus últimos minutos un momento apacible.
Mantenía la presión sobre la mano de la pelirosa, consciente de su presencia.
—Por favor, perdóneme, Aia, se lo suplico— susurró, con una expresión de verdadero dolor en el rostro.
—Si, por supuesto, estoy aquí con usted— dijo, de forma que solo él oyera.
Sus ojos permanecían abiertos de par en par, había una expresión de calma y profundo sosiego. Un nudo se formó en la garganta de la chica. Apartó ambas manos de los sitios donde reposaban y cerró sus parpados.
Dio un respingó asustado cuando una mano se posó sobre su hombro.
—Levántese, mi señora.
Una de las enfermeras la tomó del codo, ayudándola a incorporarse. Colocó una mano sobre la de ella, asegurándose de tranquilizarla.
Aquello había sido más impactante de lo que imaginó. Él era uno de los tantos hombres que no regresaría a casa, jamás retornaría a los brazos de su amada, y Aia nunca escucharía esa disculpa.
Las lágrimas amenazaban con brotar. Respiró profundo dos veces, disipando las ansias de romper en llanto.
—Necesitamos su ayuda— susurró la mujer, dedicándole una ligera sonrisa.
Sakura asintió con un ligero movimiento de cabeza. Una nube de lágrimas y cansancio empañaban sus ojos.
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Se encontraban cerca de la puerta, a punto de tomar la ciudad de vuelta. El manto de la oscuridad los cubría, la noche había caído desde hace algunas horas. Grandes hogueras se alzaban por el campo, las llamas iluminaban todo a su alrededor.
Sasuke lanzó una estocada en dirección a su contrincante, la hoja de su espada atravesó la carne de su cuello; la sangre manó a borbotones. Naruto luchaba no muy lejos de donde se encontraba. Ambos se habían reunido en medio del fulgor de la batalla, aliviados de contemplarse el uno al otro aún con vida, íntegros para proseguir con su cometido.
El firmamento era espeso, la tranquilidad del aire gélido anunciaba una tormenta. Los relámpagos centelleaban a la distancia. Los enemigos habían perdido terreno, comenzaban a retroceder para resguardarse tras las murallas de la ciudad.
El pelinegro levantó la mirada para avistar a Obito. Permanecía a lomos de su caballo, ataviado con armadura oscura y un yelmo que emulaba la cabeza de un dragón. En ningún momento se involucró en la gresca. Sasuke sabia mejor que nadie que nunca lo haría.
Los arietes resquebrajaron la madera. Un grito de victoria brotó desde el otro lado del campo, anunciando el momento que estaban esperando. Los primeros hombres en ingresar se enfrentaron valientemente contra los pocos soldados que resguardaban la puerta.
Sasuke miró al horizonte; Obito abandonaba el campo de batalla.
— ¡Ve!— gritó Naruto, bloqueando el ataque de su contrincante con la hoja de la espada.
Sin más preámbulos, se abrió paso entre empujones y hurgones. Obligó a un jinete a apearse del alazán, montándolo de inmediato. Tomó las riendas con una mano y salió al paso de su adversario.
Abatió a un capitán enemigo en el proceso, decapitándolo con el filo de la espada.
Cruzó el umbral de la puerta. Debía arribar al palacio, Obito estaría aguardando ahí. Las calles estaban vacías. No se percibía ni un alma en el exterior, salvo por los combatientes. Esperaba que los pobladores estuvieran refugiados en las montañas, lejos del horror de la guerra.
Su cuerpo estaba magullado. Había recibido una serie de golpes en el rostro y otros cuantos en el resto del cuerpo; de la herida en su muslo derecho, brotaba sangre, aun cuando improvisó un vendaje para detener la hemorragia.
Azuzó al caballo, el cual respondió incrementando la velocidad del trote. Los cascos del animal resonaban de forma premonitoria. Cuando llegó a las puertas del palacio, espero encontrarlas resguardadas, pero tal fue su sorpresa al verlas abiertas de par en par, desprotegidas.
Desmontó de un salto, clavando con agilidad ambos pies sobre la piedra. Las antorchas la interior estaban apagadas. Dubitativo, ingresó al recinto. A lo lejos podía apreciarse la silueta del trono, mas no había nada a su alrededor.
Esgrimió la espada con ambas manos, manteniéndose alerta. Sus pasos resonaban en ecos sonoros; escuchaba el sonido de su respiración y el errático palpitar de su corazón. Se sentía ebrio por la fiebre del combate, el miedo se desvanecía al igual que todo pensamiento presente en el cuerpo.
Ignoró el dolor concentrado en el muslo, con cada paso que daba un latigazo de escozor se extendía por encima de la rodilla hasta la punta de los dedos del pie.
De improviso, en medio de aquella oscuridad, atisbo la sobra de Obito. El enemigo lo observaba desde lo alto de su trono, se había despojado del yelmo, y en sus labios bailaba el rastro de una sonrisa burlona.
—Debí ir por la chica primero, era el verdadero peligro— declamó, reincorporándose en el opulento asiento.
Sin Sakura habrían fallado con la encomienda; gracias a ella, localizaron los artefactos. De no ser por su incuestionable habilidad diplomática, tanto él como Naruto, yacerían sin vida en el suelo. La pelirosa era la pieza clave de toda esa encrucijada.
—No pudiste ponerle las más encima— dijo Sasuke. Se oyó el ruido metálico de la espada que salía de la vaina.
Obito se puso de pie. Sasuke estaba preparado para conseguir su venganza y morir en el intento. Sabía que el hombre era un guerrero excepcional. Poseía una enorme ventaja; el azabache estaba herido y gastado. Las fuerzas que le restaban eran pocas, suficientes para blandir una espada durante algunos minutos, pero las extremidades le dolían, tenía unos cuantos huesos rotos y obscenos escindidos que no suponía un peligro temprano.
—Por supuesto que no— admitió Obito, asimilando la derrota.
Descendió por los peldaños, uno a uno. Sus movimientos eran lentos, casi pausados. El sonido de pasos retumbaba por la estancia.
A la mente de Sasuke sobrevino la retentiva del rostro de Sakura la noche que la traicionó por segunda ocasión; la faz de quien perdió toda esperanza y solo buscaba la muerte. Cuando la vio aparecer en medio del ardor de la contienda, su corazón se detuvo, sintió asombro y amor infinito, lucia tan hermosa, tan indómita. Los cabellos sueltos resplandecían sobre sus hombros. La mirada de ojos esmeralda era dura y despiadada. No podía dejarla morir.
— ¿Por qué hiciste todo esto?— preguntó en voz glacial.
Sasuke nunca deseó la guerra. En su niñez, soñaba con convertirse en un beligerante de renombre, portar una armadura de coraza impenetrable y blandir una mítica espada, con la cual sometería a sus enemigos. Pasaba horas jugando con Itachi en el patio de armas, cuando los deberes de ambos se los permitían. No obstante, con el transcurso de los años, se percató que la gloria banal no compensaba el derramamiento de sangre. Su padre buscó la paz y en su dádiva solo encontró muerte y traición.
—Durante años vivimos sometidos bajo el yugo de los Senju— habló—.Tras guerras interminables y amargas luchas internas, se firmó un acuerdo de paz momentáneo entre las dos casas, los Senju gobernarían, mientras los Uchiha se convertían en sus vasallos. No obstante, el trono pertenecía a nuestra estirpe, y como resultado de ese reclamo surgieron sospechas, creyeron que estábamos planeando una rebelión y fuimos forzados a vivir lejos del reino. Su falta de confianza dio lugar a resentimientos—.Estaban en lo correcto.
—La gente que está ahí afuera no tiene nada que ver con los resentimientos del pasado— dijo Sasuke, reviviendo los horres contemplados durante la noche de su huida.
—No podemos ocultarnos detrás de la misericordia, Sasuke— espetó Obito, descendiendo por los peldaños—.Ambos sabemos lo que es bueno, muchacho.
Todas las batallas, todas las muertes, todas las intrigas y conspiraciones se reducían a un sitio y lugar en específico. Sasuke debía terminar con todo eso antes de que fuera demasiado tarde, era lo correcto, lo que el honor y el deber dictaban.
—Por supuesto que lo sé, por eso esto termina aquí y ahora— espetó con determinación.
El caballero oscuro emergió de la oscuridad, alto y amenazante, empuñando el pomo de su espada con la mano derecha. Lejos de ajustarse a las predicciones de Sasuke, se precipitó en su dirección, descargando un golpe, hábil y mortal.
Con dificultad, el pelinegro menor obstruyó el tajo con la hoja de su propia espada. Las vibraciones del golpe se extendieron por ambos brazos, esparciendo una oleada de dolor.
Obito lanzó un grito de odio que podía traspasar los tímpanos, tan letal como un veneno, descargó el mortal alfanje. Sasuke vaciló: tenía el brazo derecho roto, a duras penas sus reflejos le permitieron escapar del golpe.
Retrocedió dos pasos. Los movimientos de Obito eran rápidos y certeros, además, se encontraba intacto, con la energía suficiente para enfrentarse a cien guerreros. Si pretendía vencerlo, debía ser más inteligente que él.
Cauteloso, interpuso una distancia considerable, se encontraba lo suficientemente alejado para bloquear cualquier golpe y contra atacar. Caminó formando un círculo, con los pies bien plantados en el suelo.
El atacante cargó directamente hacia él, dirigiendo una estocada a su pecho. Sasuke se apartó a un lado en un intento por evitar la hoja de la espada, sin embargo, el filó logró filtrarse entre las capaz de su coraza, atravesando la camisa, debajo de las costillas. Era capaz de sentir como el filo se deslizaba por la carne, al mismo tiempo que el regusto de sangre brotaba del punto afectado.
Sasuke se abalanzó sobre él con un gruñido desafiante. La sonata de la danza mortal estaba compuesta por gruñidos, respiraciones agitadas y la resonancia del choque de las espadas.
Antes de que pudiera reaccionar, notó un fuerte golpe en los omoplatos, tan agudo que arrancó el aire de sus pulmones, y con esté la capacidad de reaccionar. Le dolía la espalda, el muslo y las costillas. Se preguntaba como continuaba con vida, sin embargo, agradecía en silencio las arduas horas de entrenamiento.
Con una sola oscilación, se puso boca arriba. Tanteó el suelo con desespero, y enredó sus dedos entorno al pomo de la tizona. Oteó como Obito elevaba la espada, preparado para asestar la sentencia de muerte; sin embargo, Sasuke se apresuró a responder, asestando un corte en la pierna del atacante, acompañado de una patada al abdomen.
El enemigo tambaleó, otorgándole el tiempo necesario para reincorporarse. Cerró con fuerza los ojos para combatir el tormento lacerante.
Sasuke se aproximó, tan rápido como sus piernas se lo permitían; descerrajó un sablazo a la altura de la cabeza, sin embargo, Obito lo obstaculizó sin esfuerzo, devolviendo el ataque con más saña, asestando un golpe en el pecho. La espada resbaló de sus manos, cayendo con una eufonía hueca al suelo.
Con la misma facilidad de antes, el usurpador rodeó su cuello, cortando el flujo de aire a medida que estrujaba con más fuerza. Sasuke, hundía los dedos en la carne del antebrazo de su enemigo, dejándose llevar por el sentido de supervivencia. No obstante, estaba agotado, demasiado cansado para seguir luchando. Del cinturón de la espada, extrajo una pequeña daga, sin que Obito se percatara. En un último esfuerzo por sobrevivir, clavó la hoja en el hombro, lo más profundo y certero posible.
El guerrero lanzó un grito y soltó el cuello de Sasuke.
El azabache respiró, desesperado. La sangre corría por su rostro, estaba hecho un despojo. Reuniendo fuerzas, se arrastró al sitio donde yacía su espada.
—Tú sabes que esto no cambiara nada— dijo Obito; su voz sonaba entrecortada. No obstante, Sasuke a duras penas había generado algún daño considerable. Continuaba de pie, orgulloso como de costumbre—. El odio continuara, y aun cuando acabes conmigo, habrá hombres peores que yo— espetó, pateando al azabache directamente en las costillas.
A pesar del suplició, Sasuke continuó. El arma se encontraba a escasos centímetros, sin embargo, los parpados le pesaban, la habitación daba vueltas a su alrededor, el dolor que le causaban las heridas no aumentaba y se extendía hasta otras regiones de su cuerpo.
—No…— masculló con dificultad, contemplándolo directamente a los ojos, donde encontró una mirada relampagueante por la furia.
—Toma tu espada y ponte de pie— comandó el hombre, retrocediendo unos cuantos pasos.
El esfuerzo de ponerse de pie había agotado todas sus fuerzas; tambaleó, tratando de mantener el equilibrio. El peso de la espada le parecía insoportable.
Preparados, ambos hombres volvieron a la carga; Obito asesto golpes a lo largo y ancho de su anatomía, limitando el uso de la espada; Sasuke, no contaba con la vitalidad para defenderse, sin embargo, durante el transcurso del combate, decidió que si iba a morir lo haría con dignidad.
Con un último aliento, bloqueó el golpe de la hoja. Notó una sonrisa burlona en los labios de su contrincante. En un parpadeó, atizó un golpe severo, ahí donde la articulación y los ligamentos del codo mantenían unidos los huesos y músculos de su antebrazo y brazo izquierdo. El dolor fue ensordecedor, tan abrumante que casi perdía el sentido.
Cayó de rodillas en el suelo. La sangre brotaba a borbotones del sitio donde minutos atrás se encontraba su antebrazo; el muñón le ardía. Nuca había imaginado que pudiese sentir tanto dolor. Las entrañas se le removieron. Sin embargo, a pesar de lo sucedido, no cedió. Escuchó a Obito lanzar una carcajada gutural. Con la mano derecha, alcanzó de nuevo la espada, la cual, yacía tendida sobre un charco de su propia sangre.
—El gran guerrero se levanta de nuevo— dijo Obito en tono burlón—.Estas a punto de morir, muchacho, ríndete ahora o no tendré misericordia— sentenció.
Clavó la punta de la hoja en el suelo, utilizándolo para ponerse de pie. Elevó la barbilla para contemplar a los ojos a su enemigo, y con voz determinante dijo:
—No te toca elegir.
El cuerpo se desplomó en el suelo con un sonido sordo y al poco tiempo, también se derrumbó él.
Clavó los ojos color ónix en el techo; su respiración era lenta, entrecortada. Podía escuchar la lluvia en el exterior, y apreciar la luz de los relámpagos filtrarse por los enormes ventanales de la sala del trono. De sus labios escaparon oraciones, antiguas plegarias que aprendió de niño, pero que no había recordado durante años hasta ese momento. Estaba muriendo. Los parpados le pesaban, no tenía caso continuar luchando, así que se rindió ante el cansancio y en un segundo todo a su alrededor desapareció, sumergiéndose en la oscuridad.
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Abandonó la tienda con el alma en vilo y un montón de nudos prietos en el estómago.
Una gélida brisa acompañada de unas ligeras gotas de lluvia la recibieron en el exterior; el diluvio de la noche anterior se había convertido en una tenue llovizna al amanecer. El lodo llegaba por encima de los tobillos, y dificultaba el desplazamiento sencillo.
A lo largo y ancho del campo se apreciaba una gran cantidad de tiendas, la mayoría montadas para atender a los heridos. Tenían un sistema de clasificación catastrófico, y a medida que los minutos transcurrían más hombres arribaban, vivos y muertos, mutilados, con huesos rotos y las entrañas de fuera.
Su vestido estaba manchado de sangre y otros fluidos; las delicadas manos que tiempo atrás se dedicaron a tejer y escribir, teñidas de escarlata. Había pasado la noche en vela, yendo de un lado a otro, tratando de auxiliar a todo hombre que la necesitara. A su alrededor reinaba el caos. Las personas iban y venían, demasiado absortas en sus propias encomiendas para prestarle atención, pero muy atentas para solicitarla cuando se requería un par de manos extras.
Caminaba de prisa entre las tiendas. Se encontraban a unos cuantos kilómetros de las murallas de la ciudad; habían escuchado el repique de las campanas, mas eran incapaces de precisar el significado que transmitían.
—La batalla ha terminado— le dijo un soldado mientras atendía sus heridas.
Las preguntas merodeaban por su mente. Los generales llegaron al campamento poco antes del amanecer, sin embargo, lucían tan confundidos como ella.
Necesitaba saber si Naruto se encontraba bien. Algunos de sus hombres comenzaban a congregarse no muy lejos de ahí, pero no tenía atisbo del rubio. El hueco en su estómago se hizo más hondo, ¿y si le sucedió algo?, quizás yacía herido en el campo de batalla, o tal vez deambulaba por las calles de la ciudad. Un escalofrió recorrió su espina dorsal al pensar que ninguna de las opciones anteriores era viable, y que lo más probable era que su amigo estuviese muerto.
Movió la cabeza de un lado a otro, tratando de disipar esos pensamientos. No obstante, a medida que avanzaba entre los heridos y otros solados, otra inquietud se instalaba en su pecho, más profunda y aterradora:
«Sasuke» pensó «Debe encontrarse entre los heridos. Oh, los dioses quieran que se encuentre a salvo.»
Bajo su piel, la sangre llevaba a través de sus venas terror e inquietud a sus pensamientos.
A su paso por el campamento, contempló grupos de soldados, aturdidos e inmóviles; tenían el rostro y las manos cubiertos de sangre y lodo. Todos parecían idénticos, imposibles de diferenciar.
Gritos de horror y dolor se escuchaban por todos lados. Hombres agonizantes reposaban en las camillas improvisadas, clamando la muerte, empapados de pies a cabeza, sumergidos en dolor. Atisbó a adalides sin brazos o piernas, aquella era una escena horrífica que la perseguirá hasta el final de sus días.
A su paso, tropezó con un cadáver: el chico yacía en el suelo, con los ojos abiertos. Le faltaba un pedazo de cráneo y por el espacio restante, era posible atisbar una masa de cerebro putrefacta. Entelerida, retrocedió de bruces, hundiendo las manos en el lodo.
—Mi señora— clamó un hombre, preocupado. La tomo del codo, ayudándola a ponerse de pie— ¿Se encuentra bien?— cuestionó.
Sakura observó su rostro durante un segundo o menos, apenada, asintió con un ligero gesto de cabeza y mascullo:
—Estoy bien, gracias.
Él, le dedicó una sonrisa cansada. Inmediatamente, la pelirosa consideró la vergonzosa coyuntura como una oportunidad para obtener respuestas.
—Mi señor— llamó con voz cálida. Él aludido la contempló con profundo interés— ¿Tiene noticias del frente?— cuestionó, restregando las manos cubiertas de lodo contra la tela de la falda.
—Las bajas del enemigo son considerables, los hombres restantes fueron tomados prisioneros. Retomamos la ciudad antes del amanecer.
« ¿Y Naruto? ¿Acaso no tienen noticias del príncipe?, ¿Sasuke será uno de los prisioneros?»
Mordió su labio inferior. Estaba a punto de preparar una montura y cabalgar hacia el campo de batalla para obtener noticias por su cuenta.
— ¿Qué sucedió con el Usurpador?
El hombre frunció el entrecejo a causa del dolor, llevaba el brazo izquierdo suspendido en un torniquete improvisado.
—Los rumores dicen que ha muerto— respondió.
«Rumores, todo lo que escuchó no son más que rumores.»
—Se lo agradezco— vociferó, tratando de ocultar el temblor en su tono de voz. Realizó una ligera reverencia, dio media vuelta y se marchó, resuelta a proseguir con la búsqueda.
Cuando menos lo pensó, se encontraba al otro extremo del campamento. Detuvo el andar cerca de una tienda solo para vomitar. Trató sosegar sus nervios y acompasar la respiración, pero la espera era agonizante, y a medida que iba entre los heridos y los cadáveres, sus ansias incrementaban.
Al elevar la mirada, oteó un estandarte alzarse por encima de los demás. Su corazón dio un vuelco; pertenecía a la casa de Hyūga. Rápidamente, caminó en dirección a los hombres con armaduras plateadas.
—Mis señores— llamó. Su corazón latía con fuerza, el violento palpitar retumbaba detrás de sus orejas como si estuviese en una pesadilla— ¿Puedo ayudarlos?— preguntó. Lucían desconcertados, como la mayoría de los ahí presentes.
—Por supuesto, mi señora— respondió con voz baja—. Nuestro capitán fue herido de gravedad. Intentamos atenderlo en el campo de batalla, pero ahora solo necesita descanso.
Sakura se aproximó al palanquín donde yacía el nombrado capitán. Sin solicitar permiso, apartó la cortina para tener atisbo del hombre. Las manos le temblaban, en sus adentros imploraba que no se tratase de Naruto. No obstante, una nube de llanto y cansancio le nublo los ojos, le temblaron las piernas, pero se mantuvo firme.
—Neji— susurró, sorprendida.
Se encontraba descansando sobre almohadones mullidos, cubierto hasta la mitad del cuerpo por una manta. Lo habían despojado de su armadura, y solo portaba una camisa de algodón manchada.
Él la miro sin reconocerla. Le costaba mantenerse despierto, las gotas de sudor formadas en su frente resbalaban por su rostro, desembocando en su labio superior. Recitaba palabras sin sentido, y por lo que veía se dio cuenta que estaba delirando.
—Me encargare de preparar una tienda especialmente para el— espetó.
Continuara
N/A: Y con esto, entramos a la cuenta regresiva de los últimos 4 capítulos.
Pero primero lo primero, fue todo un reto narrar la batalla y los combates de este capítulo. Pronto conoceremos la fe de nuestros personajes y el desenlace de sus historias.
Me gustaría ahondar en detalles, pero terminaría dando spoilers, así que, dejare que hagan sus propias conclusiones.
Como siempre, muchísimas gracias por leer y comentar. En verdad, sus reviews son de mucha ayuda.
Sin nada más que añadir, espero regresar lo más pronto posible con los últimos capítulos.
Les mando un fuerte abrazo
Nos leemos hasta la próxima
Shekb ma Shieraki anni
