—¡Buenas noches! ¡Nos vemos el lunes en clase!

Saludó a sus amigas sacudiendo la mano una última vez segundos antes de darse media vuelta y empezar a subir las escaleras que conducían al templo. Iba tatareando una cancioncita de algún anuncio que se le había quedado en la cabeza mientras buscaba en el bolso que colgaba de su cintura las llaves de la casa.

Las luces de la casa estaban apagadas cuando llegó a la puerta principal, pero eso no le sorprendió a ella. Su abuelo y su madre estaban visitando a unas tías del pueblo y su hermano pequeño iba a pasar la noche en casa de un amigo, así que esa noche tenía su hogar, dulce hogar, para ella solamente.

Un poquito de tranquilidad, por fin…

Se quitó los zapatos en la entrada y conforme fue pasando por la casa iba encendiendo y apagando luces. Suspiró cuando llegó a su habitación y se quitó la chaqueta junto con el bolso para dejarlo en la cama; en ese mismo momento le llegó una llamada entrante de su madre al móvil.

Descolgó con rapidez y, escuchando a su madre comentarle las últimas noticias, la muchacha deambuló por su habitación, cogiendo un pijama limpio y un nuevo juego de ropa interior. Pensaba darse un buen baño en cuanto terminara. Llevaban casi 15 minutos hablando cuando Kagome sintió un estremecimiento recorrerla de arriba abajo, los vellos se le pusieron de punta y una alarma sonó en su cabeza. La frase que en ese momento se estaba deslizando por sus labios se cortó a la mitad y Kagome calló, intentando descubrir qué era lo que pasaba para que se sintiera de esa manera mientras observaba frenética todo su alrededor.

—¿Kagome? — escuchó la voz preocupada de su madre al otro lado del aparato ante el silencio.

—Hmm, nada— respondió volviendo en si— Que me había parecido ver una cucaracha, pero ha sido una falsa alarma— se inventó rápidamente, lanzando de una patada sus nervios hasta el fondo de su mente. Reanudó la conversación y un par de minutos después se estaban despidiendo.

—¿De verdad que estarás bien allí sola? Deberías haberte venido…

—Sííí, mamá, todo irá bien; saluda a las tías de mi parte— puso los ojos en blanco.

—Si pasa cualquier cosa…

—Te llamaré, lo sé— la cortó soltando un suspiro por lo bajo— Tranquila, mamá, que lo tengo todo controlado.

Después de un par de palabras más, la llamada se cortó.

Suspirando otra vez, dejó el móvil en la mesita de noche y su mirada se desvió inconscientemente hacia el exterior a través del cristal de la ventana. Al haber ya anochecido lo único que se podía ver era su reflejo así que unos ojos castaños le sostuvieron la mirada por un par de segundos antes de parpadear.

—¿Qué habrá sido eso? — preguntó intrigada. La ventana y la puerta de la habitación estaban cerradas, no podría haber sido una ráfaga de viento ni nada del exterior—Bueno, da igual. Seguramente es el cansancio. Por favor, los de mi edad queriendo que se quede la casa sola para hacer una fiesta y mírame a mí, pensando en que esta noche me iré temprano a la cama— se rio, sacudiendo la cabeza, mientras cogía la ropa de la cama— Kagome, qué vergüenza, tu vida es muy aburrida.

Se mimó bajo al agua como llevaba mucho tiempo sin hacer y dejó que las gotas descendieran por su cuerpo mientras ella permanecía inmóvil bajo el chorro. Cuando tuvo los dedos arrugados como pasas, decidió que era el momento de salir y ponerse su pijama mullido y calentito.

—Y esta noche una peli y fideos instantáneos— sonrió felizmente mientras se secaba el pelo con el secador.

Cuando ya lo tuvo más o menos aceptable, subió a su habitación para coger el móvil y, revisando los mensajes de sus amigas diciendo que habían llegado a casa, se encaminó hacia la cocina para prepararse su cena exprés; la verdad es que no tenía ganas de hacer algo más elaborado y eso le gustaba mucho.

—¿Qué peli puedo a ver? — murmuró para ella, poniendo el agua a hervir.

De pronto, escuchó un ruido a lo lejos y su cuerpo se tensó. Como la anterior vez en la habitación, sus vellos se pusieron de punta y las alarmas sonaron en su cabeza.

Vale, tal vez, no había sido buena idea quedarse sola.

¿Qué probabilidades había para que el único día en el que ella se quedase sola en su casa viniese un ladrón a su casa?

No podía tener tan mala suerte.

Apretando los dientes con fuerzas, fue hasta un rincón de la cocina y cogió el bate de béisbol que su hermano había dejado esa misma mañana después de habérselo llevado cuando estuvo con sus amigos. Estaba manchado de barro, así que su madre le había prohibido llevárselo a su habitación.

Menos mal.

Sus dedos se agarrotaron sobre la madera y el nudo de su garganta se apretó cuando escuchó el sonido de nuevo, cada vez más cerca. Y pudo distinguirlo.

Pisadas.

No, no podía ser.

Se acercó lentamente, asegurándose de no hacer ella ningún ruido, hacia la puerta entreabierta de la cocina y cuando estuvo a un lado de esta, se aferró con fuerzas al mango del bate. Le daría un golpe que lo dejaría inconsciente y entonces llamaría a la policía. ¿Por qué había tenido que dejar el móvil en el salón?, lloriqueó en su mente. ¿Por qué no se lo había llevado con ella? A partir de ahora pensaba pegárselo a la mano si era necesario.

El corazón de la muchacha aumentó de velocidad conforme las pisadas se acercaron, cogiendo el mismo ritmo que su irregular respiración.

Cerca.

Estaba bajando las escaleras.

Muy cerca.

«Soy demasiado joven para morir», pensó justo antes de que la puerta se abriera.

Y con todas sus fuerzas, el bate se deslizó por el aire, hasta que golpeó con algo.

Escuchó un gemido de dolor antes de que un cuerpo se desplomara contra el suelo.

·

—Voy a ir a cárcel— susurró por decimoquinta vez la adolescente pasándose una mano por el cabello— Ya me imagino la escena: "Oye, mamá, no te asustes, pero no estoy en casa. ¿Qué dónde estoy? Pues en comisaría. ¿Por qué? Hum, maté a alguien con el bate de Sota. Por favor, no te enfades." Maravilloso, simplemente maravilloso.

Kagome suspiró y miró a la dirección en la que se encontraba el cuerpo todavía tumbado del ladrón. Una mueca se formó en sus labios y obligó a sus piernas a ponerse en pie; después de que hubiera desaparecido la adrenalina de sus venas, había caído exhausta y temblorosa sobre una de las sillas. Y todavía no se había acercado por temor a descubrir si la persona estaba muerta o simplemente desmayada, pero no podía posponer la cosa mucho más.

Igualmente, si quería ir a por su móvil, tenía que pasar por allí.

Agarró con fuerzas el bate, con sus nudillos prácticamente blancos, y dio un par de pasos hacia la puerta.

Su respiración se detuvo cuando lo primero que vio fueron un par de pies desnudos.

¿Un ladrón quitándose los zapatos? Pero, además, tampoco tenía calcetines.

¿Iba descalzo por la vida o qué? Porque no tenía sentido que estuviera desnudo en los pies cuando entraba en otra casa que no era la suya, y sin invitación; así era muchísimo más fácil pillar sus huellas. O, al menos, eso es lo que había aprendido de las series policíacas que veía a veces con su abuelo.

¿Y si, además de ser un ladrón, estaba loco?

Estas cosas precisamente tenían que pasarle a ella.

Masculló algo en voz baja -sobre la buena suerte que estaba teniendo- y continuó la marcha. Las piernas sí las tenía cubierta con una extraña tela color escarlata, unos pantalones sueltos y bastante cómodos. Esa misma tela se prolongaba por la parte de arriba, en una especie de chaquetilla, por encima de una tela blanca.

—Joder— susurró exhalando todo el aire de sus pulmones.

Porque de su cintura colgaba con una espada. Parecía vieja y frágil, pero estaba segura de que esas cosas no se llevaban como mero adorno.

¡¿Tenía a un ladrón, loco y asesino en su casa?!

Tuvo que morderse el labio inferior para ahogar el grito que pugnaba por salir. Sintiendo como sus manos temblequeaban, se inclinó hacia el cuerpo para coger la empuñadura. Debía quitársela y más ahora que, al acercarse, había podido advertir el movimiento regular del pecho cuando subía y bajaba.

No estaba muerto.

Un latigazo de alivio asoló su pecho -no era ella la asesina-, pero no pudo disfrutarlo mucho.

En cualquier momento ese individuo podía despertar y ya sí que no tendría escapatoria.

Lentamente y con mucho cuidado, fue sacando la espada de su empuñadura. El sonido del metal chirriando la hizo maldecir en su cabeza, temiendo que en cualquier momento se despertaría; pero cuando la tuvo en sus manos y él seguía inconsciente, todo el aire fue sacado de sus pulmones en un suspiro.

Admiró la espada, creyendo que parecería más resistente, pero Kagome pensó que si le dijeran que acababa de sacarla del vertedero ella se lo creería. No se extrañaría que al ejercerle la más mínima fuerza esta se partiese en dos.

¿Y si en realidad la usaba como ornamentación? No creía que pudiese hacer mucho daño con ella. ¿Pero quién en su sano juicio iría por la calle con una espada en el cinto?

«¿No habíamos quedado en que era un pirado?», susurró una voz en su cabeza. «Además, a lo mejor la usa para infundir miedo. Yo misma estaba asustada cuando la vi por primera vez.»

Sea como fuera, iba a lanzarla lo más lejos posible.

Dispuesta a seguir el camino hasta el salón, Kagome desvió la mirada de la reliquia en sus manos hacia donde estaba tirada en cuerpo, asegurándose de que seguía con los ojos cerrados.

Por enésima vez en la noche, su respiración se detuvo.

El chico tenía el cabello plateado, largo, muy largo. Y unos labios finos. Y unos marcados pómulos. Y unas bolsas oscuras bajo sus ojos.

Y…

«Estoy soñando. Definitivamente esto es un sueño.»

—Dime, por favor, que eso no son unas orejas de perro— rogó a Dios, a Alá, Buda, al Destino, o quién fuera que controlara sus vidas— Es imposible. ¿Por qué justo en mi casa ha tenido que entrar un ladrón, lunático, posible-asesino y al que le gusta ir por la vida disfrazado?

Y como si el mundo la hubiera escuchado, de pronto, esas orejas se movieron y, esta vez, sí, Kagome chilló.

Porque ese movimiento se había visto demasiado real como para que fueran unas orejas de juguetes.

Dio un par de pasos atrás y un latigazo de dolor ascendió por su espalda cuando cayó de culo en la parte baja de las escaleras. Se aferró con fuerzas al mango de la espada y apuntó en la dirección del chico, quién parecía estar volviendo en sí.

Su corazón estaba a un suspiro de marcharse huyendo de allí, al contrario de sus piernas, que se habían paralizado por completo. Por ello, apreció el momento en el que la mueca del muchacho se contrajo y su ceño se pobló de arrugas. Las orejas siguieron moviéndose -sí, sí, lo hacían- como si quisieran captar cualquier sonido y Kagome no supo cómo no sollozó.

Lo escuchó mascullar algo en el mismo momento que se llevaba la mano a la cabeza, entre su pelo, demasiado cerca de una de sus orejas.

Entonces, abrió los ojos.

Y Kagome gimoteó por lo bajo.

Porque unas orbes doradas se habían mostrado, y ella había sentido como si toda la fuerza la hubiera abandonado por completo.

Él la miró, como si supera que estuviera allí, como si un imán lo hubiese atraído sin posibilidad de escape, y sus manos -y la espada con ellas- temblaron.

Nunca sabría describir con exactitud lo que había sentido en ese momento: el tirón de su estómago, el salto que pegó su corazón contra su caja torácica, el martilleo que golpeaba su cabeza, el cosquilleo que la recorrió de arriba abajo como un rayo fulminante… Sintió todo y nada a la vez, un big bang que la demolió por completo.

—Kagome…

¿Había hablado? ¿Y había dicho su nombre?

No, no podía ser verdad. Estaba soñando. Era un maldito sueño.

—Qui-quieto— espetó intentando que su voz no temblase mucho, oprimiendo el mango un poco más— No de-des un paso m-más.

Pero él, si la había escuchado, no daba muestra de ello.

La miraba como si de un fantasma y un producto sacado de su imaginación se tratase. La miraba con conmoción y sorpresa, con dolor y miedo.

La miraba de una forma que conseguía sacudirla de los pies a la cabeza, sobre todo cuando estiró la mano hacia ella y descubrió manchas de sangre en su dedo.

Sangre de su cabeza.

Sangre que ella le había causado.

—¡No te muevas! — chilló a punto de perder la cordura.

Su cuerpo temblaba y su corazón estaba a las últimas.

Él parpadeó y su mirada se agudizó mientras retiraba la mano. La fugaz visión de unas garras en lo que parecía ser sus uñas casi la hizo chillar.

—Kagome…— volvió a susurrar y su voz sonó rota y perdida, una plegaria en medio del silencio, una llamada de socorro en un mar de angustia.

Kagome luchó contra las extrañas sensaciones que le invadía el cuerpo al escuchar su voz. Algo aleteó en su cabeza, como un pájaro que huía asustado al sentir a un depredador cerca.

—¿Cómo sa-sabes mí no-nombre?

Jamás lo había visto. Su hubiera sido así, ella se acordaría. Estaba segura.

Observó como el chico se incorporaba lentamente hasta quedar sentado frente a ella, siempre con las manos donde pudieran verse y sin hacer movimientos bruscos. Lo hacía queriendo, se daba cuenta la muchacha, pues era capaz de leer cautela y el miedo que sentía en su penetrante mirada; pero no era un miedo hacia ella, sino más bien lo contrario. Por extraño que pareciera temía asustarla, hacerle creer que le pasaría algo.

Tragó con fuerzas, queriendo diluir el nudo que le había formado en la garganta, el cual se incrementó cuando observó un hilillo de sangre descender por su sien derecha.

Si lo notó, no hizo ningún gesto por limpiársela o taponar la herida; se limitaba a contemplarla, con toda su atención puesta en ella, como si creyese que en parpadeo desaparecería.

«Definitivamente me ha tocado un ladrón chiflado. No hay otra explicación.»

—Veo que no me recuerdas.

Sus palabras la golpearon con contundencia, quién boqueó, intentando digerir el significado de ellas.

¿Recordarlo?

¿Por qué diablos conocería ella a ese hombre desequilibrado? Debía estar equivocado, debía haberla confundido con otra.

Pero… había sabido su nombre. Claramente lo había escuchado diciendo su nombre.

Y dudaba mucho que fuera casualidad.

—¿Me has estado espiando? — inquirió plasmando un tono firme en sus palabras, o al menos, esperando que él lo creyese.

—¿Cómo?

Kagome apretó los dedos aún más hasta casi dejarlos sin circulación sanguínea.

—¿Cómo has averiguado mi nombre? ¿Me has estado siguiendo? ¿Qué quieres? —conforme iba hablando, una inusitada seguridad se iba apoderando de ella— En esta casa no tenemos nada de valor. Si te marchas ahora, no te haré daño. Pero esto me lo pienso quedar— se refirió a la espada—, no pienso dejar que sigas usándola para hacer el mal.

Él no respondió. Al principio la miró como si no hubiera entendido lo que había salido de su boca, como si hablara en un idioma completamente diferente al suyo, y entonces sus manos se cerraron en un puño.

—Es toda tuya— no podía leer lo que había en su mirada, era como si un velo hubiera cubierto sus orbes doradas alejándolo por completo de la realidad; incluso su voz sonaba uniforme, aunque parecía costarle mantener sus emociones a raya— Si con eso crees que estás más segura, te la doy con gusto. Puedes quedártela el tiempo que quieras.

«Vale, esperaba un poco más de oposición por su parte», pensó inevitablemente, observándolo con sorpresa.

Sin embargo, eso no hizo disminuir su desconfianza.

—Tan solo te pido algo a cambio.

Su cuerpo se tensó y, sabiendo que tenía poco más control sobre el mismo, se puso de pie, sin dejar de apuntarle con la punta de la espada ni darle la espalda. Él no se movió, se limitaba a mirarla a los ojos, esperando, aguardando la respuesta; pidiéndole algo mucho más profundo y privado de lo que sus palabras y semblante parecían estar diciendo, exigiéndole algo que ni siquiera ella sabía.

—No tengo por qué dártelo— espetó mientas sentía la bola de esos extraños sentimientos que campaban en su interior haciéndose cada vez más grande.

—No— asintió él lentamente y, con el movimiento, Kagome se fijó en las orejas imposibles sobre su cabeza, unas orejas que estaban caídas y muy muy quietas; apretó los labios para no gritar— Pero aun así te pediría un voto de confianza.

—¿Por qué te lo daría? Has entrado en mi casa en medio de la noche para hacer quién sabe qué. Demasiado es que vaya a dejarte ir sin llamar a la policía. ¿Por qué debería confiar en ti, eh? Ni siquiera te conozco.

—Porque te quiero.

El mundo pareció detenerse. Lo vio abrir los ojos y maldecir en voz baja, como si fuera un error que esas palabras hubieran escapado de sus labios; pero esas mismas palabras se habían incrustado en su pecho, atravesándolo por completo, dejando una marca de fuego en él.

«Porque te quiero.»

Había sonado… Oh, madre mía, había sonado tan directo y espontaneo, como si hubieran escapado desde lo más profundo de sí mismo, como si no hubiera sido posible retenerlas.

Kagome parpadeó y ese martilleo en su cabeza, ese revoloteo en sus pensamientos poco a poco fue convirtiéndose en un huracán.

—¿Qué dices? No te conozco— murmuró débilmente— ¿Estás acosándome?

—¿Aco-qué? ¡No! — hizo el amago de incorporarse, pero al ver el brillo del miedo en sus pupilas, apretó los dientes y se quedó en el lugar— Tienes que escucharme, por favor, es lo único que te pido.

Pero ella estaba alejándose. No físicamente, seguía en el sitio dirigiendo la punta de su propia espada al lugar donde debería estar su corazón, pero en sus ojos el miedo había mutado a alarma y cautela. Y él sabía que sus posibilidades estaban cayendo drásticamente, cuesta abajo y sin un lugar donde agarrarse.

—No te conozco. No sé quién eres— repitió como si estuviera intentando creerse sus palabras; las manos le temblaban y él lo único que deseaba era estrecharla entre sus brazos, como tantas veces había soñado este último tiempo, pero sabía que eso sería contraproducente. Ella se alejaría aún más y no habría vuelta atrás— ¿Por qué dices que me quieres? ¿Por qué me miras de esa manera… como si fuera algo que llevaras buscando mucho tiempo? ¿Por qué me haces sentir como si… como si un tornado estuviera destrozándome por dentro? No te conozco— insistió y el temblor de sus palabras se le clavó como un puñal en el corazón— Yo no te…

—InuYasha.

Kagome alzó la mirada como si hubieran tirado de un hilo y lo miró. Sus ojos estaban húmedos y cristalizados, pero no había soltado ninguna lágrima.

—¿Qué?

—Ese es mi nombre—«Recuérdame. Por favor, recuérdame. Te necesito. No me dejes. No ahora que estamos otra vez juntos. Kagome, confío en ti.» — Me llamo InuYasha.

Deseó escuchar su nombre salir de sus labios, al igual que tantas veces había hecho, pero ella se limitó a articularlo sin emitir ningún sonido, degustándolo, probándolo. Sintió su corazón aumentar de velocidad y sus manos picaron por tocarla.

—No te conozco— repitió como si de un mantra se tratase.

El medio demonio luchó por mostrar el desconsuelo y la decepción que lo estaba inundando. No, no podía rendirse ahora que estaba junto a ella. No, ahora que habían conseguido lo más difícil.

—¿Y esto tampoco?

Kagome ahogó la orden de que se detuviera cuando vio al chico meter la mano en su pecho, para, segundos después, sacar algo entre sus dedos. Al principio le costó reconocerlo. Después, simplemente lo supo.

Su cuerpo perdió la rigidez y concentración que tenía, mientras observaba fascinada el pequeño fragmento rosado que descansaba entre sus dedos. Su corazón saltó en el mismo momento que una de sus manos viajó como autómata a su pecho, al pequeño bulto que se formaba bajo su camiseta.

—Eso…— jadeó, y tirando de la cadena que rodeaba su cuello, sacó a la vista el colgante que llevaba al cuello desde ese día, hace casi un año, que salió huyendo del árbol— No puede ser…

InuYasha la miró largamente, luz y oscuridad en sus ojos, y extendió una mano.

—Cógelo.

Quiso negarse, pero hubo algo en él, hubo algo dentro de ella, que se lo impidió.

Estiró el brazo y un hormigueo la recorrió de arriba abajo cuando sus dedos rozaron la piel de él y observó como el oro de sus pupilas se ennegrecía.

De pronto, el fragmento empezó a brillar.

Y Kagome sintió como el aire desaparecía a su alrededor. La fuerza la abandonó súbitamente y cayó contra la escalera, mientras en su cabeza escuchaba un pitido a lo lejos, uno que cada vez se iba acercando más y más.

¿Qué estaba pasándole?

Siseando, se llevó una mano a la cabeza y cerró los ojos. Ese pitido iba a volverla loca.

—¿Kagome? — creyó escucharlo, pero parecía como si estuviera ella bajo la superficie del agua y él estuviera al otro lado— ¡Kagome, ¿qué te ocurre?!

—La ca-cabeza…— susurró jadeando— Me duele mucho…

«Ven conmigo, Kagome, yo sé que puedes. Te estoy esperando.»

«Volverás a estar bien, Kagome. Pase lo que pase, yo cuidaré de ti y jamás dejaré que te hagan daño.»

«Kagome, no irás. Tú volverás al futuro.»

«¡¿Tu ayuda?! ¡Si vas allí, estorbarás! ¡Tendré que estar todo el rato pendiente de ti!»

«Te juro, aquí y ahora, que te protegeré con mi cuerpo y mi vida, si hace falta.»

«No tendrás que temer a nada porque yo seré tu escudo, tus manos y tus ojos. Cuidaré y velaré por ti cada segundo y me aseguraré de que no te pase nada malo. Puedes confiar en mí y en el hecho de que conseguiré que todo vuelva a la normalidad. Te lo prometo, Kagome.»

«Lo conseguiremos. No confiarás en el destino, pero sí hazlo en mi cuando te prometo que haré todo termine. Volverás a tener tu vista, volverás a ver a tu familia.»

«Lucha y vuelve a mi lado, pequeña. Confío en ti. Tarde lo que tardes, yo estaré aquí, esperando a que regreses a tu hogar.»

Esa voz… Esas palabras…

—¡¿Kagome?! ¡Kagome, ¿estás bien?!

No… no podía ser…

—InuYasha…— susurró, sintiendo como el nudo de su garganta explotaba en mil pedazos. Su mirada, todavía un poco desenfocada por el dolor de cabeza que sentía y todo lo que estaba apareciendo en su cabeza, lo observó y jamás creyó haberlo visto tan angustiado, roto, turbado… y hermoso. Su corazón saltó y las lágrimas empezaron a caer por su rostro— Lo siento. ¿Me estabas esperando?

Los ojos de él se abrieron como platos segundos antes de cristalizarse. Sintió sus brazos rodearla y su mundo se detuvo porque ese aroma que tanto había amado entró por sus fosas nasales, electrizando todo su sistema interior.

—Kago— su voz se rompió y la apretó aún más contra el— Tonta, ¿qué has estado haciendo?

Ella quiso responder. Decirle lo mucho que lo había extrañado aún sin no haberlo recordador, lo feliz que se sentía en ese momento con él a su lado, lo confundida que estaba por todo el torrente de recuerdos que le estaba llegando, lo preocupada que estaba por él, por lo que había ocurrido, por sus amigos…

Pero no pudo.

Porque él se había apoderado de sus labios.

Y Kagome supo que tendría toda la vida por delante para saber las respuestas.


Y se acabó.

Dios, no sabéis el camino de sangre, sudor y lágrimas que he tenido que sufrir para llegar a este momento. Lo que ha al principio había sido una idea lejana en mi cabeza, fue cogiendo forma y sustancia hasta llegar a ser lo que es ahora mismo, y no sabéis lo orgullosa que estoy de ella. Le tengo especial cariño por lo duro y a la vez gratificante que me ha sido escribirlo.

Me gustaría agradecer a todos los que habéis llegado a este lugar, especialmente a aquellas personitas que me han acompañado en esta travesía, esperando en mis subidas y bajadas, y que siempre tenían palabras de aliento en los capítulos. ¡No sabéis lo mucho que os quiero y os estoy agradecida!

Pero, en fin, voy a confesaros algo: pensaba dejar la historia aquí, me parece un buen final ese comienzo; pero yo misma me he dado cuenta lo mala que soy al dejar un final tan abierto (los odio a morir cuando me los encuentro) así que he decido hacer un pequeño epílogo, el cual, más o menos lo tengo pensado. Sin embargo, no sabré cuando podré subirlo porque apenas tengo tiempo para escribir últimamente. Así que nuestros chicos todavía tienen algo que decir antes de despedirse definitivamente...

O no tanto, porque cómo sabéis, amo a la pareja y creo que no soy yo si no estoy pensando continuamente en ellos o escribiendo sobre ellos. Así que, sí, estáis pensando bien: habemus nueva historia! Todavía no voy a subirla porque quiero descansar un poco y de paso meterle mano al epílogo, pero no descartéis que os encontréis una nueva historia mía antes de que termine el año. Quién sabe (?)

Y siendo fiel a mis anteriores historias, aquí os dejo la descripción de Ikigai, mi nuevo bebé:

[Significado] «Razón de vivir, aquello que da significado a nuestra vida y por lo que merece la pena vivir.» En medio de la noche, un medio demonio encuentra a una cría humana abandonada. Desde ese momento, sus vidas estarán enlazadas hasta el final de sus días.

¡Nos volveremos a ver!

Pd: Jamás había escrito una nota tan larga, espero no haberos aburrido, pero tenía mucho que deciros... JAJAJAJA