Rojo fuego

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Desde que un par de días atrás Pansy hubiese realizado el juramento Inquebrantable con Narcissa, su humor estaba bajo mínimos. Ni siquiera Tonks había podido animarla, al contrario, estar cerca de ella la deprimía más aún, aunque debiera disimular. Apenas había comido, solo algunos yogures, y porque Tonks había amenazado con alimentarla como a un bebé si ella misma no lo hacía.

Había negociado las condiciones para que su hermano y ella fuesen definitivamente libres con Narcissa, Andrómeda y Umbridge, quien se había unido a la conspiración a cambio de la promesa de convertirse en Ministra cuando la guerra acabase.

Los últimos días habían sido un infierno para ella, tratando de disimular delante de la Orden, mientras se sentía rota por dentro. Tonks estaba preocupada por ella, y le demostraba su afecto siguiéndola a todas partes con las mejores intenciones: quería cuidarla y abrazarla. Pero para Pansy era una tortura. Ya la había traicionado, y ahora tenía que disimular hasta el momento en el que todo se consumase, por exigencia de las tres conspiradoras y para evitar sospechas.

Con tal de librarse de su novia salió sin avisar a dar una vuelta en aquél día brumoso. La traición se consumaría al anochecer, pero antes tenía una última cosa que hacer. Pensó en lo fácil que sería morir, y el enorme descanso que obtendría: si estuviese sola lo haría, si no tuviese un hermano con un pie en Azkaban.

Se pasó en primer lugar por la lechucería gracias a la cual su hermano y ella intercambiaban mensajes en clave. Era un turbio negocio regentado por una vieja bruja tuerta en el patio de atrás de su casa, y muy frecuentado por contrabandistas de objetos de magia oscura, ladrones, y gentuza en general. Pansy siempre se sentía incómoda y fuera de lugar allí, y además estaba el riesgo de encontrarse con algún conocido, tal vez el mismo Mundungus Fletcher.

Comprobó aliviada que no había nada para ella y se fue más que deprisa. Se apareció en un lugar apartado de un barrio muggle de las afueras, y anduvo sin rumbo un rato intentando calmar los nervios y la culpa que sentía. Cuando se cansó de andar se subió a un autobús muggle que la llevó a zonas de Londres en las que nunca había estado. No deseaba encontrarse por casualidad con nadie conocido, y los espacios reservados a los magos eran pocos. Camuflarse entre la gente sin magia era más seguro. Por una vez no se sintió afortunada de ser una bruja de sangre pura. Los muggles tenían vidas atareadas, pero pacíficas. Casi los envidió: ¡había tanto y tan distinto fuera de lo que ella conocía!

Por desgracia estaba teniendo algunas dificultades para pasar desapercibida, pues las costumbres eran diferentes y ella desconocía los códigos adecuados. Sintió de pronto rabia hacia Tonks, que podía moverse como un anfibio en los dos mundos por su educación como mestiza, aunque no lo fuera. Sí, Tonks era y siempre sería mucho más libre que ella, en ese y en muchos otros aspectos. La metamorfomaga siempre hacía lo que le daba la gana, y ella debía sobrevivir con las cartas que le habían tocado en suerte.

Se dio cuenta de que se estaba haciendo muy tarde cuando empezó a oscurecer. Le habían repetido que debía estar allí. Después de haber hecho tanto, no lo arruinaría por un pequeño detalle. No sabía dónde estaba, pero con aparecerse en la puerta del piso resolvió el problema. En cuanto entró en la casa, escuchó cómo alguien corría a su encuentro.

-¿Dónde coño estabas metida, Pansy? –Le reprochó una airada Tonks, que al momento la abrazó.

-Estuve dando una vuelta. Me hacía falta caminar un poco.

-¿Y por qué no me avisaste? ¡Hubiese ido contigo! ¡Me hubiese encantado dar una vuelta contigo!

-No se me ocurrió, -dijo Pansy. -Pensé que tendrías cosas que hacer, añadió tras pensarlo un segundo.

La metamorfomaga la apretó contra su cuerpo y suspiró. Pansy no respondió a su abrazo, y Tonks se separó de ella mirándola extrañada. La morena rehuyó sus ojos, y la otra bruja sujetó su mentón para obligarla a sostenerle la mirada. Pansy reaccionó con violencia, dándole un manotazo en el brazo para que la soltara. En ese momento, la puerta se abrió, y aparecieron George y Angelina, cargados de bolsas.

-Ven conmigo, Pansy. Vamos a hablar en privado.

-No tengo nada de qué hablar. Me duele la cabeza, ¿podrías dejarme tranquila, por favor?

-Oh, problemas en el paraíso, -murmuró de forma cruel Angelina, aunque se calló al notar el codazo de su marido. No era momento para pullas.

Tonks ignoró tanto el desagradable comentario de Angelina como la negativa de Pansy, cogiéndola del brazo y tirando de ella para cerrar la puerta con un hechizo después. También lanzó un muffliato, para impedir ser escuchadas. En aquella casa las paredes tenían oídos.

-Venga, Pansy. Dime qué te pasa. Quieres dejarme, ya te has cansado de mí y quieres irte, ¿verdad? ¿Es eso?

Una lágrima rodo por la mejilla de la slytherin.

-Es eso. –Afirmó la metamorfomaga, interpretando el lagrimón de Pansy como una respuesta afirmativa a su pregunta.

-No es eso, Dora. Yo te quiero mucho. Pase lo que pase, te quiero. –Dijo la chica con dificultad, pues ya había empezado a llorar abiertamente.

Tonks se sentía desconcertada. Sentía que Pansy le ocultaba algo, y se sintió inquieta. Volvió a coger a Pansy de la mandíbula, y taladró con la mirada sus ojos verdes para practicarle legilimancia. Nunca había hecho nada como aquello a un camarada, pero pensó que estaba más que justificado en esa ocasión. Entonces se llevó una sorpresa, pues antes de llegar a ver nada se vio expulsada de golpe de su mente. Pansy sabía oclumancia.

-¿Dónde has aprendido eso?

Pansy estaba temblando. Abrió la boca para decir algo, la cerró, y finalmente improvisó con una mentira: su padre le había enseñado oclumancia durante las vacaciones de verano.

-¡Me estás mintiendo! ¿Qué me estás ocultando? –Gritó Tonks.

Se dio cuenta de que estaba levantando la voz. Si antes estaba triste, ahora estaba asustada y furiosa. Todo en el lenguaje corporal de Pansy indicaba claramente que mentía, que se lo estaba inventando sobre la marcha. El pensamiento de que tal vez todos habían tenido razón cuando le habían dicho que no era de fiar cruzó su mente, pero pasándose la mano por el pelo con desesperación, intentó alejarlo. No podía ser. Tenía que haber otra explicación. De un furioso manotazo tiró una lamparita al suelo, que se hizo pedazos a los pies de Pansy.

La slytherin tuvo miedo. Sabía que Tonks la quería, pero también sabía que tenía mal genio… y que era hija de Bellatrix. En esa familia estaban todos tarados: siglos de incesto habían hecho que sus vástagos nacieran enfermos. Escondió la cara entre las manos y se tiró al suelo, llorando descontroladamente. Se sentía como dentro de una pesadilla, y deseó que Tonks la despertase con un beso, diciéndole que no pasaba nada, que todo estaba bien, que solo era un mal sueño.

-Pansy, abre los ojos, y déjame entrar en tu mente, -dijo Tonks con voz gélida.

Ella negó con la cabeza. Pensó que los carroñeros a los que Narcissa había sobornado para que se unieran a su causa debían de estar a punto de llegar, aunque esa idea no la hacía más feliz. No sabía qué pasaría a continuación, y lo que más miedo le daba era el momento en el que Tonks descubriese su farsa. Pero no todo había sido una farsa: ella la quería de verdad. ¿Podría entenderlo? ¿Podría perdonarla? ¿Habría todavía una posibilidad de que ellas fueran felices lejos de la guerra?

-¡Dora, vámonos, tú, mi hermano, y yo! ¡Vámonos de aquí: están al llegar! –Dijo Pansy en un impulso.

-¿De qué hablas? ¿Quiénes están al llegar?

-Dora, esta guerra no tiene nada que ver con nosotras. ¿Qué te importan los mestizos, los sangre sucia, o los pirados supremacistas? ¡Vámonos lejos, donde no nos encuentren, y que se maten entre ellos! ¿Qué más nos da a nosotras?

-¡Pansy! ¿Pero qué estás diciendo? –Dijo Tonks sacudiéndola por los hombros.

-¡Dora, por favor, hazme caso! ¡Están al llegar! ¡Vámonos ahora, mi hermano ya debe de estar esperándome, todo está preparado! ¡Si nos vamos ahora no nos cogerán, pero tiene que ser ahora! –Dijo Pansy, sabiendo que era una locura arriesgarse de esa manera en el último momento: incluso en el improbable caso de que Tonks le diera un sí, había infinitos detalles que podrían salir mal. Pero simplemente, se sentía incapaz en ese momento de no intentar convencerla.

Su verborrea se vio interrumpida por un duro bofetón. Tonks estaba empezando a entenderlo todo: Pansy los había traicionado para salvar a su hermano. Siempre tuvo una fijación extraña con ese imbécil, pensó la metamorfomaga, sintiendo una punzada de despecho y celos.

Pero eso ahora no importaba: los enemigos de la Orden, ya fueran vulgares carroñeros o aurores al servicio de Thicknesse, el ministro títere de Bellatrix, llegarían de un momento a otro para capturarlos y torturarlos. Los obligarían a revelar los nombres y escondites de todos los que se habían opuesto primero a Voldemort y luego a Bellatrix, y eso sería el final. El final de sus vidas y el desastroso final de la guerra.

Pansy se quedó rígida de miedo. Se dio cuenta de golpe de que prácticamente acababa de confesarlo todo y ni siquiera tenía la varita cerca, había caído cuando se tiró a llorar al suelo. También se dio cuenta de que Tonks se acababa de percatar, y sin quitarle los ojos de encima, en ese momento estaba pisando su varita, empujándola con el pie lejos de su alcance. Ya no estaba furiosa como antes, ahora solo parecía muy fría. El golpe sobre su mejilla le ardía, y lentamente, casi sin atreverse a mirar a la metamorfomaga, se acarició la zona magullada.

-Dora, Dora, escúchame: yo te quiero. A ti no te va a pasar nada, ella me lo ha jurado. ¡No te puede hacer nada! ¡Me he preocupado por ti! ¡No pienses que no te quiero! –Exclamó Pansy de forma entrecortada entre hipidos.

Tonks la miró un momento con duda. Había muchas cosas que quería saber, pero no podía ser en ese momento. – ¡Incarcerous!, -pronunció, alzando la varita hacia ella, y al momento gruesas ligaduras sujetaron a la slytherin.

-Yo te odio. ¡Ojalá Merlín permita que tengas lo que te mereces! –Exclamó Tonks con desprecio. Ella también estaba llorando, aunque en ese momento no se dio cuenta, solo cuando sintió sus mejillas húmedas y se limpió con rabia de un manotazo.

La apartó para abrir la puerta, que cerró tras ella, y llamó a voces a Fred, quien vino con George. Con voz temblorosa les contó que Pansy los había traicionado, y que de un momento a otro sus enemigos vendrían a por ellos. Debían recoger documentos incriminatorios y largarse de allí cuanto antes.

Pero no había terminado de explicarlo todo cuando la puerta del piso cayó en medio de un fuerte estruendo. Alguien acababa de lanzar una bombarda, y rápidos pasos de varias personas se escuchaban, avanzando por la entrada en recodo.

-¡Rápido, recoged las cosas y huid! ¡Que no caiga ningún documento en sus manos! ¡Yo los entretengo! –Gritó Tonks, dispuesta a morir luchando contra el mismo tipo de gentuza que había asesinado al único padre que conoció.

Fred se situó a su lado, dispuesto a taponar la entrada a la casa para impedir el paso de los asaltantes, mientras George y Angelina recogían documentos incriminatorios. De inmediato supieron que tenían perdida la batalla: no pudieron contar a los carroñeros que habían venido a por ellos, pero eran más de quince. No tenían ninguna posibilidad. Simple superioridad numérica. La batalla sería corta.

-¡Rendíos y no os haremos daño! –Dijo un mago vestido de verde, que parecía ser el líder.

Tonks contestó lanzándole un crucio. Todos se sorprendieron: no era el estilo de la ex aurora usar maldiciones imperdonables. Incluso ella misma no se reconocía; era como si actuara por inercia. La que era ella, la que venía siendo ella desde que tenía uso de razón, no llevaba el control ahora. Hubo una breve conmoción entre los carroñeros, aprovechada por Tonks para lanzar un petrificus totalus sobre una bruja de aspecto desagradable, pero rápidamente dos de ellos lanzaron un desmaius sobre la metamorfomaga, que cayó inconsciente al suelo.

-¡Huid! ¡Que no cojan los documentos! –Exclamó Fred, lanzando a continuación un sectumsempra a uno de los que habían dejado inconsciente a su amiga.

-¡De eso nada, nosotros no dejamos a nadie atrás! –Respondió Angelina, tras dejar fuera de combate a tres de los carroñeros con otra bombarda.

Otro carroñero le lanzó un expelliarmus, momento que aprovechó un mago de aspecto sucio y mugroso para lanzar a Angelina un levicorpus.

-¡Os repetimos que no vamos a mataros, a no ser que nos obliguéis! ¡Rendíos ahora! –Dijo otro carroñero, este con pinta de petimetre remilgado.

George lanzó un liberacorpus a su esposa sin escuchar al mago, y mientras Angelina caía al suelo desarmada, el pelirrojo fue atacado, pero la maldición que iba a impactar en él fue desviada por su hermano, gracias a un protego.

Un carroñero bajito y gordo logró desarmar a George con otro expelliarmus, pero este alcanzó la varita de uno de los magos que habían caído víctimas de la bombarda de su esposa, para a continuación, tras un momento de duda, lanzar un fiendfyre: no podían confiar en la palabra de unos carroñeros, y era preferible morir abrasados que entre horribles torturas y delatando a todos los compañeros de la Orden y el E.D.

-¡Han lanzado un fiendfyre: están locos! -Exclamó uno de los carroñeros.

-¡Vámonos! ¡Abortemos la misión! ¡No vale la pena morir por unos cuantos galeones! –Gritó el líder de los carroñeros, dirigiéndose a la entrada entre toses. Los otros lo imitaron, saliendo al exterior. Eran los que más cerca estaban de la puerta, al fin y al cabo. En pocos segundos habían desaparecido tan rápido como vinieron, perdiéndose en la noche londinense.

Las llamas que fluían sin cesar de la varita de George danzaban formando quimeras y serpientes que se transformaban continuamente en águilas y dragones. Hubiese sido un magnífico espectáculo si no hubiesen estado sus vidas en peligro, pensó George, tosiendo en la destrozada entrada de la casa. Ninguno de ellos conocía el contrahechizo, y lo único que se le ocurrió al mago para intentar no abrasarse fue arrojar en dirección contraria la varita. Pero solo logró extender más el fuego: ahora estaban completamente cercados de descontroladas llamas danzantes.

Mientras tanto, en el cuarto donde estaba encerrada, Pansy había descubierto que podía mover la punta de los dedos de una mano bajo las cuerdas que la oprimían de cintura para arriba. Había escuchado el clamor de la pelea, y había adivinado que no acabaría bien para nadie: los camaradas de su novia, o su ex novia ya, eran unos malditos fanáticos lo mismo que los mortífagos, y los otros unos mercenarios imbéciles, pensó la joven bruja. Todo lo que podría salir mal saldría mal. Aún seguía llorando, pero ya no estaba paralizada por el miedo o la pena. Solo se tenía a ella misma para salir del apuro, y si algo tenía claro Pansy Parkinson, es que ella sobreviviría.

Escuchó a George lanzar el fiendfyre, y se dijo a sí misma que debía haber sido un error por su parte, que debía haber oído mal: no era posible que fuera tan idiota. George era un buen mago, pero estaba claro que no sabría cómo parar el hechizo. El caso es que ella sí sabía: su difunto abuelo estaba fascinado con el fuego, y le había enseñado a hacer tanto el hechizo como el contrahechizo de pequeña, como un secreto entre los dos, ya que a su madre no le hubiese parecido bien que pusiese a la niña en riesgo.

Hacía muchos años desde la última vez que había jugado con las llamas en compañía de su querido abuelo, viendo juntos cómo flamígeras quimeras y dragones danzaban en la orilla del furioso mar norteño en el que acababan los terrenos de la destartalada casona de su infancia. Las ardientes figuras se metían en el mar sin desaparecer, cabalgando las furiosas olas, rojo fuego y azul mar juntos, bajo un pesado cielo grisáceo que siempre amenazaba tormenta. Pero estaba segura de que podría hacerlo de nuevo, esta vez sola… si tan solo tuviese acceso a su varita.

Recordó que Tonks la había apartado de ella de un puntapié. No la veía, pero no podía estar lejos. No se la había llevado con ella, estaba segura. Rodó por el suelo, cortándose con los pedacitos de porcelana de la lámpara rota, y consiguió meter la cabeza bajo la cama. Allí, entre algunas pelusas, la vio. El humo empezaba a filtrarse bajo la puerta: se tenía que dar prisa.

Se dio la vuelta y con la pierna logró sacar la varita. Ahora solo quedaba volver a arrastrarse hasta ella y empuñarla: ya había logrado sacar una mano entera bajo las ligaduras. Entre toses cada vez más intensas lo consiguió hacer, y agarró la varita, deshaciendo el incarcerous con relativa facilidad. En todo este proceso no había tardado más que un minuto, pero sabía que podía estar viviendo sus últimos momentos: las llamas del hechizo de fuego demoníaco consumían rápida y ávidamente todo lo que encontraban a su paso. Tuvo miedo y pensó en aparecerse en un lugar lejano, cuando se acordó de Tonks: no sabía que pasaría después, pero no quería que la metamorfomaga muriese quemada viva: tenía al menos que intentar salvar su vida, si aún estaba a tiempo.

No salió al pasillo, abrió apenas una rendija de la puerta, y el aire que escapó del cuarto avivó el fuego, dejando entrar el humo tóxico dentro. Entre toses lanzó el fiendlocked, asomando apenas la punta de la varita por la ranura para apuntar al fuego, que cesó inmediatamente. Ahora debía salir y ver si Tonks y los demás estaban heridos. Bueno, al cuerno los demás: "¡Merlín, que esté a salvo Dora!" Pensó Pansy.

Tomó aire y salió al pasillo. Allí no había nadie. La habían abandonado a su suerte, para que muriese sola, atada y encerrada en el cuarto. No podía creer que Tonks hubiese sido capaz de eso, ¡tenía que haber pasado algo que le impidiese rescatarla! Luego después se acordó de que Hermione estaba prisionera de Bellatrix, sin que nadie hubiese hecho nada por ella, y otra lágrima rodó por su mejilla. Recordó la última frase que Tonks le había dicho: "Ojalá Merlín permita que tengas lo que te mereces". Al parecer, según su ex novia, lo que merecía era quemarse viva.

El pensamiento de que tal vez podrían haber sido capturados cruzó su mente, pero lo desechó con rapidez: era muy poco probable que los carroñeros se hubiesen quedado luego de que George lanzara el hechizo de fuego demoníaco. No, habían huido sin ella, sin intentar siquiera rescatarla del fuego que habían provocado, pensó con la parte de su cerebro que regía la lógica. Al final ella era la única estúpida que había estado dispuesta a arriesgar su vida por la otra.

El humo comenzaba a afectarla gravemente, y abrió la ventana del pasillo para poder respirar. Le llegaron a los oídos el ruido de las sirenas de bomberos, y vio sus luces a lo lejos. Decidió que bien podía llorar en un entorno más saludable. Tampoco era prudente quedarse allí a esperar a que los muggles metiesen las narizotas en sus asuntos.

Con respecto al resto del mundo, le parecía perfecto que pensasen que había muerto víctima del fuego demoníaco, y que había ardido de tal forma que su cadáver nunca pudo ser encontrado. "Perfecto", pensó Pansy, mientras se aparecía en la playa, al pie del acantilado del que colgaba la casa de su infancia. El agua fría le lamía los pies, pero no le importó. Una ola un poco más grande que las demás la salpicó hasta las rodillas, y Pansy cerró los ojos y llenó los pulmones con la brisa marina. Estaba en casa.

Ahora sólo quedaba huir junto a su hermano. Tampoco había salido tan mal, después de todo. Dejando aparte el haber perdido para siempre a Tonks, claro. Sabía que esto le dolería más, mucho más, en el futuro: aún estaba anestesiada por la adrenalina.

Bajo la luz de la luna el mar brillaba en un blanco plateado que destacaba sobre la casi absoluta oscuridad que la rodeaba. Aunque el mar había estado muy revuelto todo el día, en ese momento el oleaje había amainado, y casi parecía un espejo oscuro bajo el negro manto con diamantes de la noche estrellada. En una roca estaba sentado su hermano, esperándola. Pansy se limpió otra lágrima, y avanzó sonriendo hacia él. No quería que su hermano la viese llorar por una traidora a la sangre.

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Los miembros de la Orden habían conseguido escapar de la ratonera de fuego en que se había convertido su guarida por medio de la aparición conjunta, y ahora estaban en un bosque, sin siquiera una tienda o una manta al menos con la que resguardarse del frí ían aplicado un rennervate a Tonks, a todas luces insuficiente pues seguía inmóvil y semi inconsciente y apenas había abierto la boca para preguntar si Pansy estaba a salvo.

Se había golpeado la cara al caer, tenía los labios magullados, la esquina de una paleta rota, y un hilo de sangre le cayó de los labios al hablar. Fred la limpió con un pañuelo. Tonks volvió a insistir en su pregunta, y él no supo qué decirle. No quería alterarla contándole la verdad: que con las prisas por salir de aquél infierno se les había olvidado a todos que Pansy seguía encerrada en su dormitorio, y que ya debía estar muerta desde hace un buen rato.

-Hubo un incendio. Alguien lanzó un fiendfyre. No pudimos sacar a tiempo a Pansy. Lo siento, Tonks. –Fue la escueta respuesta de Angelina.

Tonks se dio la vuelta sobre la hierba en la que estaba acostada, quedando en posición fetal, con la cara escondida entre las manos mientras los sollozos sacudían su cuerpo. Nunca la habían visto llorar así, y se hizo el silencio, que solo se rompía con el llanto de la metamorfomaga, quien se acordaba con pesar de las últimas palabras que le había dirigido a Pansy, tras su oferta de huir juntas.

Fred se quitó su jersey y se lo echó por encima, acariciando su pelo. Tonks no dijo nada, ni reaccionó, solo siguió llorando. Angelina fue más práctica, y usó su varita de su marido para encender una hoguera, tras apartar la hojarasca del suelo para no provocar otro incendio. A esa hora no podían llamar la atención de posibles aurores o carroñeros invadiendo la casa de Minerva o algún otro compañero: tendrían que pasarla prácticamente al raso, y escuchando a Tonks llorar por la horrible muerte de su novia, pensó Fred.

-Pansy ha muerto, puede que fuese una traidora, pero no merecía morir así: nadie lo merece. Y lo hemos perdido todo. Otra vez. –Comentó con tristeza Fred, poniendo palabras al sentimiento de desastre generalizado.

George bajó la cabeza, apesadumbrado: había sido él el responsable de aquella desgracia. De pronto sintió nauseas por la ansiedad, y se tocó el abdomen, y llevándose una pequeña sorpresa sonrió con ironía.

-No lo hemos perdido todo. Mirad lo que se ha salvado: ¡Los jodidos papeles de Neville! –Dijo George, sacando de debajo de su jersey un fajo de arrugados y sucios papeles, que habían quedado sujetos con su cinturón.

-Puede que sea una señal que el universo nos manda para que pactemos con el E.D, -dijo entonces Fred.

-El universo pasa de nuestras movidas, amigos míos. Ayudadme con la hoguera y dejaos de monsergas, que no estoy de humor. –Comentó irritada Angelina, a quien el llanto de Tonks exasperaba aún más. No dejaba de preguntarse en qué momento le había parecido a su marido buena idea lanzar un fiendfyre en su propio piso franco. Ese era el sello de la Orden, pero como fin de un asalto: cuando ellos ya se iban montados en sus escobas, a salvo y lejos de las llamas. Cada vez que pensaba en eso, movía la cabeza, indignada.

De pronto Fred recordó algo: Ron. Debían avisar cuanto antes a Ron, que se hallaba de visita en casa de Bill y Fleur. No convenía que fuese a buscarlos al enterarse de lo ocurrido, y cayese capturado por posibles enemigos que estuviesen vigilando el lugar. Se quedó con la boca abierta, y solo murmuró el nombre de su hermano menor.

-Un momento, Angelina, para con la hoguera: debemos avisar a Ron; ¡cuando se entere de que nos han atacado, puede hacer algo increíblemente estúpido! -Dijo George poniendo palabras al pensamiento de su hermano.

-Algo increíblemente estúpido como presentarse por allí él solo con una pancarta en la que se pueda leer: ¡Soy Ron Weasley, hacedme prisionero e interrogadme, por favor! –Añadió Fred.

Hasta el momento, era la segunda peor noche de sus vidas tras aquella que siguió a la Batalla de Hogwarts, pero sus aventuras (o desventuras) no habían terminado aún. Todavía no podían llorar y lamer sus heridas. Los gemelos intercambiaron una mirada tras mirar los dos a la metamorfomaga, que ajena a todo, seguía llorando. Fred dijo que él se encargaría de ella, para alivio de hermano y su cuñada.

-Tonks, tenemos que irnos. No estás en condiciones de ponerte en pie, así que voy a cogerte en brazos. Por favor, intenta no patearme ni nada por el estilo, -comentó Fred mientras se inclinaba hacia ella.

Tonks lo miró sin comprender, pero no se opuso a ser levantada en peso por el pelirrojo, que la alzaba con un brazo sujetándola tras la nuca y otro por detrás de las rodillas, aunque murmuró que podía sola. Casi antes de que se diera cuenta se estaba apareciendo junto con Fred y el resto del grupo en la puerta de una pequeña casita escondida entre las montañas. Allí se ocultaban Fleur y su esposo, tras mudarse varias veces en los últimos meses por motivos de seguridad.

En aquél paraje estaba lloviendo de forma torrencial, y George llamó a la puerta con urgencia. Sus hermanos Bill y Ron aparecieron al rato con cara de acabar de levantarse de la cama, primero el mayor y detrás el más joven. La preocupación se pintaba en ambos rostros.

-¿Por qué cada vez que recibo una visita sorpresa me traen alguna chica herida? –Comentó Bill mientras se hacía a un lado para que los visitantes pudiesen pasar.

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Reseñas: (hay un pequeño spoiler, si no queréis coméroslo, stop tras el primer comentario):

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-Guest: Me alegra que te haya gustado el capítulo anterior. Yo me reí mucho escribiéndolo XD


-Bellatrix: Me alegra que te inspire compasión el hermano de Pansy, porque significa que me ha salido "creíble". Yo lo odio de una forma muy visceral, pero tranquila, que no le pasará nada: la gente así siempre se escapa con las manos limpias de todos los desastres que causan, y sigo queriendo que todo parezca real dentro de lo que cabe XD.