Un hombre de aspecto distinguido que se parecía mucho a Draco estaba de pie fuera de la puerta. Algo más alto que Draco, de pelo rubio, perilla cuidada y ropa elegante. La distinción no la impresionaba. Su padre y los amigos de éste eran muy distinguidos y eso no los convertía en mejores o peores que otros seres humanos.
Respiró hondo. Tenía que cambiar de actitud. No estaba allí por ellos. Estaba allí para apoyar a Draco, no para relacionarse con sus padres. Aquel hombre podía no haber sido el mejor padre del mundo, pero seguía siendo el padre de Draco. Y él, a pesar de todo, quería a sus progenitores.
Eran sus padres, independientemente del hecho de que Draco hubiera merecido tener unos mejores. También merecía un amigo mejor que Harry, al que había tenido que amenazar para que fuera allí. Draco era dulce, tierno y uno de los mejores hombres que había conocido y merecía todo lo mejor que la vida pudiera ofrecer.
El hombre levantó la vista y la miró.
— ¿Señor Malfoy? — él asintió — Soy Hermione Granger, amiga de Draco.
Le tendió la mano y, tras un instante de vacilación, él se la estrechó.
— Muy bien. Muy bien. Lucius Malfoy.
— ¿Cómo está la doctora Narcissa?
Él se pasó una mano por la cara.
— Estable. Descansa tranquila, ahora que ha llegado Draco.
Su estado alterado frenó mucho la animosidad de ella. Fuera o no un buen padre, aquel hombre estaba preocupado por la mujer a la que amaba.
— Casi ha corrido diez kilómetros para venir aquí — pensaba que él debía saberlo.
El hombre pareció sorprendido.
— ¿Ha corrido?
— Sí. Corrido. Con botas. No hay taxis y yo no tengo coche. Estaba muy preocupado —decidió no mencionar que los había parado la policía.
— Oh. No me lo ha dicho.
Lucius Malfoy parecía un académico que se dejaba absorber por otros tiempos y lugares y no invertía mucho en el aquí y ahora.
— No, claro que no — repuso ella.
— Siempre ha sido un solitario. Y muy reservado.
Hermione se mordió la lengua para no contestar. Los refranes de «le dijo la sartén al cazo...» o «de tal palo, tal astilla», parecían encajar perfecta mente allí.
— Hay que esforzarse un poco por conocerlo, pero vale la pena el esfuerzo.
El hombre la miró como si ella acabara de inventar una hipótesis científica nueva, pero no hizo comentarios.
— ¿Ha sido un infarto? — preguntó ella.
— Sí. Se despertó a medianoche con dolores en el pecho. Narcissa es una de las mujeres más sensibles que conozco. No sabía si era el calor, una indigestión o un infarto, pero me ha dicho que la trajera al hospital. Que prefería sentirse, avergonzada si era una indigestión a muerta si no lo era. Una mujer muy sensata.
— He visto las estadísticas. Muchas mujeres mueren todos los años innecesariamente de infarto porque ignoran los síntomas o esperan demasiado a pedir tratamiento.
Al parecer, Lucius Malfoy no estaba tan entero como parecía. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Ella le dio una palmadita en el brazo.
— Me alegro de que ya esté bien.
Lucius asintió.
— Tengo algo en el ojo. Sí, por supuesto. Menos mal que es una mujer muy sensata. Vamos a entrar para que la conozca.
— Esperaré aquí hasta que salga Draco.
— Tonterías. Draco querrá saber que está aquí y seguro que a Narcissa le gustará conocerla.
Hermione no tuvo más opción que entrar en la habitación.
Draco estaba de pie a la derecha de la cama con aspecto de sentirse terriblemente incómodo. La joven miró a su madre.
Se había preparado mentalmente para encontrarse con un monstruo y la sorprendió lo normal que parecía aquella mujer en la cama, aun que estuviera enganchada a una máquina que medía algo. Era rubia, de rostro blanco y ojos de la misma forma y color que los de Draco.
— Narcissa, ella es Hermione Granger — dijo su marido — Ha venido con Draco.
La joven, sin pensar, se situó al lado de Draco y le tomó la mano, más por ella que por él.
No sabía por qué padecía aquel repentino ataque de nervios.
— Encantada de conocerte — dijo Narcissa con un acento neoyorkino mucho más pronunciado que el de su marido.
— Lo mismo digo — sonrió Hermione — aunque lamento que sea en estas circunstancias — su acento sureño sonaba más espeso que nunca en contraste con el de la mujer — ¿Cómo se encuentra?
— Estoy bien. Un ligero fallo en el sistema, pero lo superaré — miró a Hermione, a su hijo y de nuevo a ella.
Lucius sonrió a su esposa. La ternura que pasó entre ellos casi dejó sin aliento a la joven.
— También lo tienen — dijo él.
— ¿Qué tenemos? — preguntó Draco.
Nadie le contestó. Hermione tampoco sabía de lo que hablaba Lucius. Parecía que Narcissa y él compartían un lenguaje propio.
— ¡Oh, es maravilloso! — Narcissa le sonrió desde la cama — Es la primera vez que Draco nos presenta a una chica.
¿Presentarle a una chica? Sin duda habían interpretado mal su relación con Draco.
Hermione intentó soltar su mano.
— Pero...
En vez de soltarla, Draco le apretó la mano y miró el monitor situado al lado de la cama de su madre. Muy bien, pues. Por el momento tenían una relación. Todo lo que su madre quisiera.
Hermione sonrió a la mujer.
— Sí, bueno, me hubiera gustado conocerlos en otras circunstancias — repitió.
— No, hija. Esto es maravilloso — Narcissa bajó la voz — A Lucius y a mí empezaba a preocuparnos que fuera gay.
Draco emitió un ruido extraño con la garganta y se ruborizó hasta las orejas.
— Mamá...
— Definitivamente, no lo es — declaró Hermione sin pensar. Y enseguida se arrepintió de ello. ¿Cómo podía hablarles así a sus padres?
En lugar de ofendidos, parecían encantados con sus palabras. Lucius guiñó un ojo a su esposa.
— ¿Qué te había dicho?
Hermione miró a Draco. Vio la bondad y la integridad de sus ojos grises y el sonrojo de sus orejas. Le apretó la mano y el corazón le dio un vuelco al comprender que sí, ellos también tenían algo.
