CAPÍTULO XVI
TONIGHT'S THE NIGHT

«Tonight's the night
It's gonna be alright
'Cause I love you girl
Ain't nobody gonna stop us now»


—¿Seguro que no te quieres quedar? —preguntó Andrómeda— No es molestia, te lo prometo. Podemos ponerte una cama aquí, en el salón.

—No hace falta, de verdad. Además, quiero ver a mis amigos.

Me despedí de los tres con un nudo en la garganta. Después la llamarada verde me tragó.

James me esperaba al otro lado.

—¡Tío! Ven, vamos a subir las cosas. ¿Qué tal? ¿Qué ha pasado? No explicabas mucho en tu carta. ¿Walbur te ha dado carpetazo o qué?

Me sacudí la ceniza de los hombros y le abracé. Me sentía abandonado, miserable. Estuve tentado de quedarme allí toda la vida, sobre el hombro de James, y que a él no le quedase otro remedio que consolarme eternamente.

—Ahora no, ¿vale?

Respondió al abrazo confuso, extrañado, posiblemente preocupado.

—Claro, colega. Vamos, te enseño un poco esto.

Era una casa amplia y de concepto abierto. Tenía grandes cristaleras que daban al campo y unas modernas escaleras que conectaban los dos pisos superiores. La habitación de James estaba en la buhardilla.

—Mira, este es tu rincón —respondió orgulloso enseñándome el colchón que había puesto en una de las esquinas de su cuarto—. Tenemos habitación de invitados, pero me parece mucho más divertido que durmamos juntos. Bueno, no juntos— se corrigió a sí mismo instantáneamente—. Al lado, quiero decir. Aunque si lo prefieres puedo apañarte…

—Está genial, Jimmy.


Fueron las vacaciones más largas de mi vida. Cinco días; pero cinco días en la más absoluta de las mierdas. No dormía y, cuando lo conseguía, no era capaz de salir de la cama hasta pasadas las dos de la tarde. James me obligaba a dar un paseo todos los días y yo solo podía pensar en aquella cena infernal que se me antojaba ya tan lejana.

—Sirius —Euphemia cocinaba estupendamente, pero yo no tenía ni el paladar ni el estómago preparados para disfrutarlo—, ¿de verdad que no quieres un poco más?

—Sí, sí, estoy bien.

Las noches pasaban y nada parecía cambiar.

La mañana del uno de enero, James me despertó antes de que el sol saliera. Teniendo en cuenta que la noche anterior nos habíamos pillado un pedo de cojones, lo que menos me apetecía aquella mañana era madrugar.

—Tienes que venir —susurró de nuevo.

—Déjame en paz, pesado —murmuré, más dormido que despierto.

—No me obligues a tirarte un cubo de agua a la cabeza.

Como no había nadie más insistente —y por insistente quiero decir un coñazo de ser humano— que James, no me quedó más remedio que hacer caso y bajar en aquel pijama prestado que me quedaba ridículamente pequeño.

—Vamos, ven. Vas a flipar.

Los esfuerzos de mi amigo por subirme un poco la moral, los ánimos y, en general, las ganas de vivir, habían resultado ser una completa pérdida de tiempo. Le estaba agradecido por las molestias, pero no podía hacer nada para ayudar.

O eso pensaba yo.

—He conseguido algo. Como regalo de año nuevo —James estaba completamente emocionado. Iba dando saltos, las manos le temblaban. Parecía que la sorpresa era para él—. Está hecha un poco chatarra… quiero decir, hay que arreglarla, pero tiene futuro. ¡Godric! Te va a encantar.

Me dejé llevar sin mucho convencimiento.

—De verdad, tío —insistió—. Merecerá la pena.

—Te odio, James.

—Me dejarás de odiar cuando lo veas.

Allí, recortada en la lejanía, iluminada por la luz de la luna, estaba ella. No me quedo corto si digo que fue amor a primera vista. El amanecer me sorprendió observándola. Miré a James antes de acercarme, él asintió. Lo hice; me encaminé hacia ella con cuidado y la rocé con la yema de mis dedos.

—Es… preciosa.

—Una Triumph de los cincuenta. Ya te he dicho que va a haber que arreglarla, pero…

—Ahora mismo te besaría —interrumpí.

James se removió, incómodo.

—¿Cómo la has conseguido? ¿La has comprado? Tiene que valer una pasta.

—Es un regalo. Esas cosas no se cuentan.

Miré a mi jodido mejor amigo y entendí una vez más por qué era tan especial. Potter y sus ideas de caballo que tanto me flipaban.

Que me acababa de regalar una puta moto.

—Vale. Ahora solo tengo una pregunta.

El otro me miró, extrañado.

—¿Cómo coño la llevamos a Hogwarts?