Sakura estudió al joven con interés.
Aparentaba unos treinta años, poseía una voz bien modulada y unas manos elegantes con las uñas bien cuidadas.
—Encantado de verte de nuevo —dijo el hombre que continuaba tendiendo la mano a Sasuke con una amplia sonrisa.
Sasuke vaciló, luego estrechó la mano como si dudara de que ésa fuera la respuesta apropiada.
Un hombre más moreno surgió amenazadoramente detrás del primero y miró a Sasuke con una cierta aversión.
—¿Quién es, Arden?
El hombre más delgado se rio.
—Se trata de lord Sasuke Uchiha. Pórtate bien con él, hombre, me salvó la vida en una ocasión.—El otro individuo no cambió de expresión.
Arden soltó la mano de Sasuke y le dio una ruidosa palmada en el brazo
—. Tienes muy buen aspecto, Uchiha. ¿Qué tal te ha ido durante estos siete años?
—Han sido siete años y dos meses —corrigió Sasuke.
Arden estalló en carcajadas.
—Tú siempre tan meticuloso. Siempre tan preciso. Al final también me soltaron. Mi padre falleció unos años después de que abandonaras aquella feliz morada y mi hermano le siguió poco después. Se emborrachó y se ahogó en la bañera, gracias a Dios. No culparía a su esposa si le hubiera mantenido la cabeza debajo del agua.
Sakura contuvo una exclamación,
pero Sasuke asintió con la cabeza.
—Me alegro.
—Supongo que no tanto como yo. Resulta que al final heredé la fortuna de mi padre. El buen doctor Edwards se frotaba las manos con avaricia, pero mi hermana, bendita sea, removió Roma con Santiago para que la comisión volviera a evaluarme.
Huí con ella del clima frío de Inglaterra y ahora vivimos en una casita en la campiña francesa. Mi amigo Graves, aquí presente, vive con nosotros.
El moreno, Graves, asintió con la cabeza de mala manera.
Arden se rio entre dientes.
—Siente celos de todo el que me mira, no te preocupes por él. ¿Es tu mujer?
—Es la señora Haruno —corrigió Sasuke.
—Una amiga —añadió Sakura con rapidez, tendiéndole la mano.
Arden pareció tan impresionado como si le hubieran presentado a la reina.
—Encantado, señora Haruno. Lord Sasuke es un buen hombre, nunca podré agradecerle como se merece lo que hizo por mí. Jamás lo olvidaré. —
Sus palabras fueron desenfadadas, pero la emoción hacía brillar sus ojos. Miró a su ceñudo amigo y se rio—. Tranquilo, Graves. Soy todo tuyo, ¿vamos?
Graves se giró de inmediato, pero Arden se entretuvo un instante más.
—Me alegro de haberte visto, Uchiha. Si alguna vez pasas cerca de
Fontainebleau, ven a visitarnos. —Hizo un gesto con la mano, esbozó una última sonrisa y se dio la vuelta—. Sí, sí, ya voy, Graves. Espera un momento, ¿de acuerdo?
Sasuke les observó alejarse con la mirada vacía.
—Los juegos con cartas son mucho más lucrativos —le dijo Sasuke—. Te
enseñaré a jugar.
—Sasuke Uchiha —Sakura clavó los talones en el suelo cuando Sasuke intentó conducirla a otro lugar—, ¿qué ha querido decir con que le salvaste la vida? Tienes que contarme esa historia.
—No le salvé la vida.
—Sasuke…
Ella se dirigió a una estancia vacía en la que habían dispuesto unas sillas para los jugadores cansados.
Se dejó caer en una y cruzó los brazos.
—Me niego a moverme de aquí hasta que me lo cuentes. —Sasuke se sentó a su lado con una mirada oscura e ilegible.
—Arden estaba en el sanatorio conmigo.
—Eso ya lo he deducido yo sola. No me ha parecido que esté loco.
En la cara de Sasuke apareció una expresión de repugnancia.
—Fue su padre quien le ingresó, quería que los doctores le curaran su desviación de la manera que fuera.
Sakura miró de soslayo hacia donde Arden hablaba con su amigo, en la mesa de los dados.
Tenían las cabezas juntas y la nariz de Arden casi rozaba la mejilla de
Graves, que le sujetaba por el codo con una mano enguantada.
Entonces vio que le soltaba y que le pasaba la palma por la espalda.
—El señor Arden prefiere la compañía masculina —concluyó Sakura.
—Sí, es un sodomita.
Sakura estudió a ambos con interés.
En los barrios bajos había conocido a jóvenes que se vendían a tipos que tenían inclinación por ciertas perversiones, pero jamás había visto a ningún hombre enamorado de otro.
Al menos, se corrigió a sí misma, a
ninguno que lo admitiera.
Ese tipo de cosas no duraban demasiado en las salvajes comunidades del East End.
—Así que su padre le envió a un manicomio —dijo ella—. ¡Qué horror!
—Arden no hubiera debido estar allí. Fue muy duro para él.
—Está convencido de que le salvaste la vida.
—Lo dice porque sufrí un castigo en su lugar.
Sakura alejó la atención de Arden y Graves.
—¿Un castigo?
—Le pillaron con un libro de dibujos lascivos. De hombres manteniendo
relaciones entre sí. Recuerdo que él estaba muy asustado. Dije que era mío.
Sakura se quedó boquiabierta.
—Eso fue muy valiente por tu parte. ¿Por qué te creyeron?
—Naruto solía pasarme de contrabando libros eróticos. Les dije que había llegado en la última remesa que me envió.
—Eso es pensar rápido. —Sakura
entrecerró los ojos—. Espera un momento, me dijiste que no sabías mentir.
Sasuke le acarició distraídamente con el pulgar el dorso de la mano.
—Tengo problemas para decir cosas que no son verdad. Permití que me
hicieran preguntas y me limité a asentir con la cabeza, conseguí que creyeran lo que quería.
Sakura no pudo evitar sonreír.
—Qué astuto…
—Mandaron marchar a Arden y me obligaron a recibir el tratamiento.
La sonrisa desapareció.
—¿Qué clase de tratamiento?
—Primero un baño helado; según dijeron con eso se enfriarían las perversiones.
Luego fueron las corrientes eléctricas.
—Se pasó la punta del dedo por la sien—. Muchas corrientes.
Sakura tuvo una repentina visión de Sasuke, todo piernas largas, sentado en el agua helada con los ojos cerrados, los labios azules y temblorosos.
Luego lo vio tumbado en una cama unido por cables a una máquina infernal que ella había visto una vez en un grabado de una publicación, llena de bobinas y alambres.
«Las maravillas de la medicina moderna», se titulaba el artículo.
Al parecer los pacientes respondían a nuevos y mejorados métodos en los que se suministraban corrientes eléctricas.
Le habrían hecho padecer las sacudidas mientras él intentaba no gritar.
Quizá ésa fuera la explicación de las dolorosas migrañas que le hacían frotarse las sienes.
Sakura apretó las manos de Sasuke entre las suyas con los ojos llenos de lágrimas.
—Oh, Sasuke, no puedo soportar pensar en lo que te hicieron.
—Fue hace mucho tiempo.
Sakura miró a Arden otra vez, ahora enfadada.
—Menudo cobarde, ¿por qué permitió que te castigaran en su lugar?
—Arden era muy frágil. El
tratamiento podría haberle matado.
Yo era lo suficientemente fuerte como para soportarlo.
Ella le apretó la mano con más fuerza.
—Aún así no estuvo bien que te hicieran eso. Es horrible.
Sasuke le acarició los dedos.
—No importa. Estaba acostumbrado.
Sakura casi escuchó resonar los gritos de Sasuke en su cabeza y, con el corazón en un puño, se presionó las sienes con las palmas masculinas.
Él tenía las manos grandes y duras bajo los inocentes guantes de piel.
Sí, era fuerte.
En los jardines de las Tullerías
fue necesaria la intervención conjunta de Sai y Curry para conseguir que soltara a Inuzuka.
Eso no quería decir que no fuera posible doblegar esa fuerza, intentar
derrotarle.
Los médicos de aquel horrible sanatorio lo habían intentado y ahora lo intentaba Inuzuka.
«Me estoy enamorando de ti —quiso decir, encerrada entre sus manos—. ¿Te importa?»
Sasuke se mantuvo en silencio, pero Sakura notó cuándo dejó de enfocar la atención en ella.
Se puso tenso y giró la cabeza.
Ella levantó la mirada.
Sasuke tenía los ojos clavados en la puerta por donde habían entrado.
Le vio ponerse en pie lentamente,
como un animal oliendo el peligro.
La hoja se abrió de golpe y la estancia se llenó de gritos.
—¡Maldición! —gritó Sasuke.
La obligó a levantarse y la arrastró hacia el fondo del local.
Sakura estiró el cuello y observó que se dirigían a la trastienda del casino.
La gente corría sin rumbo y las
crupieres se inclinaban para coger el dinero y guardarlo en sus escotes.
—Espera. —Sakura le tiró de la manga con firmeza—. No podemos dejar aquí a Ino.
—Sai anda por ahí. Él la protegerá.
Sakura escudriñó la estancia y vio la alta figura de Sai moviéndose a
contracorriente.
La rubia cabellera de Ino se quedó inmóvil cuando su marido la agarró del brazo.
—¿Por qué no le has dicho que Sai iba a venir?
—Él me hizo prometer que no lo hiciera.
—Sai se preocupa por ella, ¿verdad? —Sus esperanzas aumentaron—. Ha
venido a protegerla.
—Sí. Este lugar es peligroso.
—Eso es lo que has dicho antes. Se trata de una batida de la policía, ¿verdad? Ya es casualidad que hayan elegido precisamente esta noche.
—No es casualidad. Es cosa de Inuzuka.
—Sí, lo suponía.
Sakura esperó mientras él apartaba una cortina negra y abría bruscamente una puerta que se confundía con los paneles de madera.
Luego la hizo pasar a una
estrecha escalera que apestaba a humo de tabaco.
El pasaje conducía a un vestíbulo
sucio con una puerta desvencijada que desembocaba en un pequeño patio.
Éste estaba muy sucio y, cuando lo pisaron, les tragó una lluvia torrencial.
—Es una pena, nuestras capas han quedado ahí dentro —dijo Sakura,
estremeciéndose—. ¿La policía será lo suficientemente educada para devolvérnoslas?
Sasukeno respondió.
La hizo atravesar un portón abierto y la llevó a un callejón, rodeándole firmemente la cintura con el brazo.
Un relámpago resplandeció en el cielo e iluminó por un instante la calleja
mojada, llena de basura y con paredes sucias a ambos lados.
Sakura vio movimiento en la salida del callejón pero Sasuke la condujo a otro pasaje aún más oscuro.
—La salida estaba allí. —Le castañeaban los dientes.
—Inuzuka y los gendarmes la habrán bloqueado.
—Espero que sepas adonde vamos.
—Lo sé.
Sakura permaneció en silencio una vez más.
Nadie, salvo Sasuke, podría conocer el laberinto de callejuelas que formaba Montmartre.
Se preguntó si las habría recorrido en alguna ocasión o si se habría limitado a memorizar un mapa.
— Inuzuka realmente una chinche, ¿verdad? —dijo Sakura por encima del ruido de la lluvia—. ¡Qué pesadez de hombre! Por su culpa se está estropeando mi mejor vestido.
El estrecho callejón terminaba en otra calle, pero Sakura no sabía dónde estaban.
Las tortuosas callejuelas de Montmartre no seguían un trazado ordenado.
Sasuke la mantuvo a su lado mientras corrían por los adoquines, empapándose bajo la lluvia.
Un trueno retumbó entre los edificios, justo a continuación del relámpago.
Sasuke sabía que estaban yendo en dirección contraria al estudio de Sai.
De todas maneras, aquél sería el primer lugar en el que Inuzuka buscaría.
Sakura temblaba, se había calado de pies a cabeza.
Tenía que encontrar un lugar donde resguardarse.
Cuando pasaron corriendo ante una casa, un letrero que ponía «Pensión» llamó su atención.
Giró el picaporte de una polvorienta puerta de cristal y la abrió.
—Monsieur. —Un hombre delgado de pelo negro les miró de arriba abajo,
observó su ropa de buena calidad y enderezó los hombros.
Con un torrente de palabras en francés, les ofreció la mejor habitación de la pensión, que según él era magnífica.
Sasuke depositó un montón de monedas de oro en la mano del individuo y exigió que le diera el cuarto y que prepararan un baño caliente para la dama.
Un trueno estremeció la casa mientras subían las escaleras.
La pensión no tenía iluminación a gas y una doncella les alumbró el
recorrido hasta un pequeño dormitorio, donde flotaban pequeños puntos de luz en medio de la
penumbra.
Sakura se detuvo ante una diminuta estufa, frotándose los brazos.
Sasuke pensó en lo frágil que parecía.
Le recordó lacónicamente a la criada que prepararan el baño y, al poco rato, entraron dos hombres portando una enorme bañera con humeante agua caliente.
Cuando todos se hubieron ido, Sasuke hizo que Sakura se diera la vuelta y comenzó a desabrocharle el empapado vestido.
Ella se pasó una toalla por la cara mientras él le quitaba el corpiño y le aflojaba las faldas.
Desvestirla suponía un placer incluso cuando lo que más le preocupaba era su bienestar.
Ella procuró ayudarle quitándose las enaguas, y luego intentó deshacerse
del corsé y la camisola, pero le temblaban demasiado los dedos.
Sasuke se arrodilló ante ella para desatarle el lazo de los calzones y se los deslizó por las piernas.
Las medias también acabaron en el suelo, en el empapado montón de
prendas desechadas.
Sasuke le deslizó las manos por las piernas frías, por las caderas, por los costados.
Cuando se puso de pie, le acarició los pechos con las palmas.
Luego inclinó la cabeza y la besó.
Le introdujo la lengua en la boca mientras le pasaba los pulgares por los pezones, jugueteando con ellos hasta que se convirtieron en duros guijarros.
La lluvia golpeaba la ventana, haciendo que corrieran regatos de agua por el cristal.
Un relámpago brilló intermitente en el exterior, seguido por el rugido de un trueno.
La autora del libro es Jennifer Ashley
Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto
