Disclaimer: Los personajes los tomé prestados de la caricatura Hey Arnold, pertenecen a su creador Craig Barttlet. Yo sólo escribo sin ánimo de lucro.

Ésta es la primera parte de la continuación de la fiesta... como les había prometido, mañana en la noche publico el resto de lo que pasó en esa noche, pero mientras tanto les dejo un adelanto y una escena de los protagonistas...

Espero que lo disfruten, y por cierto, ¡Bienvenida Nora! Qué placer saber que también lees... no desesperes, tendremos más de Arnold en la historia muy pronto... Mario, ¡Gracias por dejar tus impresiones! De hecho, fue tu review el último empujoncito que necesitaba para publicarles este capítulo que estaba pensado para ser el número 20, pero que lo he reestructurado un poco para que fuera el 19...

¡A leer se ha dicho! Ojalá que les guste...

Sangre…

¡Había sangre en sus manos!

Era todo lo que podía pensar… la sirena de la ambulancia entorpecía sus pensamientos, le dolía la cabeza.

¿Cómo se había golpeado él la cabeza? Escuchó a Lila llamarlo… No quería que lo viera, le aterraba que viera la sangre… la sangre que le empapaba la camisa y las manos…

Se giró a su amigo junto a él que congelado veía cómo subían en una camilla a un inconsciente pelinegro a la ambulancia. Vaya final para aquella fiesta. Una fiesta a la que él ni siquiera quería asistir. ¿Por qué tenía que pasarle aquello justamente a alguien que había vuelto a Hillwood para pasar navidad alejado de una bulliciosa ciudad? El rubio que parecía una estatua a su lado finalmente hizo un movimiento, colocando sus manos frente a él mirándolas incrédulo…

Él también tenía sangre en sus manos.

-¡Brian!- La pelirroja finalmente consiguió llegar hasta el castaño, su rostro parecía una pintura dantesca ante el claro camino que marcaron las lágrimas que su angustia le hizo derramar… por él… porque él no había llegado a tiempo… porque esta vez, aunque parecía la primera vez en mucho tiempo, había llegado a tarde al lugar en el que debía haber estado… era su culpa… la sangre de Lorenzo estaba en sus manos -¡Oh mi Dios!- al verlo, con manos temblorosas, Lila lo tomó de las mejillas intentando que la viera, pero la mirada de Brainny parecía perdida en algún otro punto, sin reaccionar a su presencia.

-Ha sido mi culpa- murmuró Arnold, que seguía mirándose las manos como si no las reconociera como propias.

-¿Dónde está?- se escuchó a alguien preguntar -¡Dónde está!- gritó finalmente Rhonda, con los ojos llenos de lágrimas, su vestido desgarrado dejando visible una parte de su brasier y sin que a ella pudiera importarle menos -¡He dicho que me digan dónde está!- dio un paso más hacia ellos, Nadine, Stinky, Sid, Marcy y Robert llegando tras ellas segundos después.

-¿Quién?- preguntó confundido Arnold, sin quitar la vista de sus manos bañadas en el líquido carmesí de las venas de su amigo de la infancia.

-¡Curly!- pareció escupir el nombre… aquel demente sujeto había vuelto a arruinar su vida, pero esta vez, lo que había pasado era imperdonable, un crimen cometido en su propia casa.

-Se fue- respondió Joey de entre las personas a la izquierda de Lila y Brian, donde también se contaban Phoebe, Park, Rex, Eugene, Seymour, Mary, Sheena, Billy y Peapod. Ante la simple oración, Rhonda pareció derrumbarse, y se dejó caer al piso, cubriendo su rostro y llorando febrilmente.

-¿Quién le acompaña?- preguntó entonces un paramédico. Brian casi inmediatamente afirmó que iría con él… Arnold, Rex y Rhonda reaccionaron muy tarde, la ambulancia ya partía. Rex se acercó a la anfitriona y le abrazó, sintiendo que él mismo estaba por desmoronarse.

-Hay que seguirla al hospital, yo los llevo- se ofreció Nadine, colocando una mano sobre el hombro de Arnold. La pregunta del paramédico pareció sacarlo del shock en el que se había sumido.

-Yo iré- dijo Lila. Tenía que alcanzar a Brian, estaba muerta de la preocupación de verlo en aquel estado.

-Los veremos allá- añadió Sid, mortalmente serio, en completo contraste con el que había sido su humor toda la noche. Nadine, Rex, Rhonda, Lila y Arnold se fueron en el Beatle de la rubia.

-¿Qué pasó aquí?- preguntó Marcy, sintiéndose aterrada de ver la escena que había dado fin a la fiesta.

-Es una muy larga historia- comentó Robert.

-Tenemos tiempo- aseguró Sheena. Y fue así como el rubio comenzó por contarles a quienes prestaron oídos la trágica verdad que envolvía los acontecimientos de aquella noche…

Después de que Robert cortara su llamada telefónica con Brian, se apresuró a acercarse al grupo y sin rodeos encaró a Joey preguntándole por Curly.

-No sé dónde pueda estar, nos hemos separado en la entrada- le aseguró el moreno, desquiciando un poco al desaliñado rubio que pasó nerviosamente sus manos por su cabello, desesperándose por momentos.

-Necesito encontrarlo, es urgente- Seymour y Billy lo miraron como si hablara alguna lengua extraña, sumidos en el estupor del licor que habían estado bebiendo.

-¿Para qué? ¿Por qué mejor no te sientas y juegas otra partidita?- le pidió Seymour, pasando un brazo sobre sus hombros -¿Acaso tienes miedo de perder otra vez?- Billy y Joey rieron, alterando aún más al rubio que se deshizo bruscamente del brazo de su compañero.

-¡Maldición! Tendré que buscarlo solo- y abandonando a su grupo se internó entre las personas que improvisaban la pista de baile en el jardín… Pasando entre ellos pudo ver a Arnold, Park, Phoebe, Stinky y Harold guardar sus distancias, siguiendo los movimientos de Rhonda que estaba levantándose de una mesa donde también estaban Lila y Nadine… "No son nada discretos" pensó para sí… pero por lo menos no tendría que preocuparse de momento de la pelinegra porque parecía no estar sola… así que volvió a reanudar su búsqueda del obsesivo chico…

Luego de más de media hora vagando infructuosamente, Brian le llamó avisándole que ya había llegado.

-Te veo en la estancia, dentro de la casa, aquí fuera no se escucha nada- le respondió por la línea, sin saber dando pie a que Brian encontrara, más adelante esa noche, al objeto de su búsqueda.

Cuando Robert alcanzó la entrada trasera, escuchó sollozos del otro lado de la puerta, por lo que consideró prudente esperar a averiguar qué pasaba antes de irrumpir en la cocina para encontrarse con su amigo.

-Es que… no puedo creer que siga pensando que no hizo nada- sollozó de nuevo la voz de una chica –Sigue creyendo que exageré- se lamentó quien esta vez reconoció como Nadine.

-A veces, ése es nuestro ego hablando por nosotros- le respondía una voz que no escuchaba claramente y no podía diferenciar de quién se trataba… ¿Podría ser Curly?... sigilosamente abrió un poco la puerta, sólo lo suficiente para espiar dentro por una orilla… Ahí, sentada en el piso de la cocina siendo abrazada por Peapod se encontraba Nadine, llorando por algo que Robert no entendía y que le habría encantado averiguar pero no tenía tiempo. Volvió a cerrar tan silenciosamente como abrió y se decantó por probar suerte con la entrada del salón, a unos metros de la pista de baile.

Teniendo que cruzar de nuevo parte del tumulto de gente, golpeó accidentalmente el hombro con Rhonda que bailaba con Rex.

-¡Fíjate!- le gritó la pelinegra, pero al rubio no le importó, tranquilizándole que seguía estando a salvo.

Al continuar su camino, vio a Phoebe, Park, Stinky y Harold vigilando a la pareja en la pista, aunque para eso Stinky y Harold fingían bailar juntos sujetados de las manos… agitando su cabeza y diciéndose que no era momento de seguir pensando en nimiedades, llegó finalmente a las puertas de cristal que daban al salón de la mansión.

Al cruzarlas, se encontró con Arnold y Marcy, en medio de una conversación que terminó escuchando.

-A veces, tienes que entender que no eres Romeo… no todos pueden ser Romeo… A veces, eres Paris- le decía la castaña, mirando al rubio con compasión.

-¿Qué quieres decir con que soy Paris?- preguntó Arnold, pero Robert no podía ver su rostro porque le estaba dando la espalda.

-¿Recuerdas la escena que practicábamos hace unos días en la calle? ¿Qué es lo que le dice Julieta a su madre cuando le pregunta si puede amar a Paris?- la chica parecía estarle hablando a un niño pequeño que ha hecho una pregunta para la que todavía no está listo para comprender la respuesta.

-Que el ver predispone a amar- respondió Arnold luego de pensárselo.

-…y el dardo de mis ojos únicamente tendrá la fuerza que le preste la obediencia- recitó Marcy –Dice que ella intentara amarlo, que le prestará especial atención y que llegará hasta donde su obediencia a su madre y a sus deseos le permitan… Paris la ama… Pero no tienen ningún tipo de conexión… ha perdido su oportunidad porque ella conoce a Romeo… quizás, ahora, eres Paris- le repitió la castaña, Robert escuchaba sintiéndose total y completamente perdido en el intercambio que secretamente presenciaba.

-¿Cómo puede ser posible? Siempre fui Romeo para ella… Lo sé- aseguró Arnold, pero justo cuando los labios de Marcy se separaron, su mirada se desvió a la columna tras la que se asomaba Robert.

-¿Necesitas algo?- le preguntó directamente la castaña, obligándolo a salir de su improvisado escondite y encontrarse de frente con ambos, ya que Arnold se había girado en cuanto Marcy le hizo la pregunta.

-En realidad, sólo buscaba la estancia, debo reunirme con Brian- se excusó apenado.

-¿Ya llegó Brian? Debo hablar con él- el rubio miró con una disculpa escrita en su rostro a la chica que sonriendo le aseguró que podrían seguir su conversación en otra ocasión.

Y así, ambos rubios se dirigieron a encontrarse con su amigo castaño, que ya no estaba en la estancia. De pronto, un grito se escuchó escaleras arriba y sin dudarlo corrieron hasta la habitación de donde venía, al entrar, enmudecieron al ver la escena. Lorenzo estaba tirado en el suelo en medio de un charco de sangre y Brian forcejeaba con Curly que tenía en su mano un atizador de leña que debió tomar de la chimenea de la planta baja. Arnold fue el único en reaccionar, tacleando al demente chico que emitía sonidos bestiales, liberando de su agarre al castaño…

Brian corrió hacia Lorenzo…

Le revisó e intentó parar la hemorragia…

Arnold se quitó su chaqueta y la pusieron sobre la herida en la nuca…

Ambos intentaban despertar al joven…

Robert seguía congelado en la puerta…

-¡Llama a emergencias, ahora!- comandó Arnold, con la febril mirada de la adrenalina corriendo por sus venas…

Y después, todo se descontroló.

La familia Johanssen llegó a Seattle cerca de las cinco de la tarde… y convencerlos de dejarla ir sola con Gerald al misterioso lugar que debía visitar fue una tarea titánica.

Al final lo consiguió. Gerald llegó al punto donde la rubia le había indicado que se detuviera y apagó el motor de su vehículo. Se mordió la lengua para no preguntar cuando vio que se trataba de un hospital especializado en el tratamiento de cáncer, pero no pudo evitar mirarla mortalmente preocupado, si Helga estaba enferma, él enloquecería.

-No me veas de esa forma… no soy yo la desahuciada- le dijo con la voz empequeñecida… tan bajo que el moreno casi tuvo que inclinarse sobre ella para escucharla.

-Es un alivio- fue lo único que se le ocurrió decir… ¿Por qué estaban entonces ahí? ¿Por qué cruzaron el estado para ir a un hospital?

-Se trata… de mi mamá- respondió una pregunta que el moreno nunca le hizo en voz alta. Pero sentía que si no hablaba con él, no tendría la fuerza para bajarse del auto. Gerald le miró con los ojos abiertos de par en par, ahora las palabras que Bob le había dicho tenían mucho más sentido… que ella le necesitaría, que necesitaría un amigo… claro… en una situación así, lo último en lo que posiblemente la rubia fuera a pensar sería en tener novio o en considerar a Gerald como un interés amoroso… Se sintió muy egoísta por los pensamientos que le habían estado invadiendo todo ese tiempo –No quiero que sientas lástima por mí… o que me trates diferente, yo no tengo nada- Helga le miraba con esa ferocidad que siempre le había caracterizado. Gerald recordó la primera vez que sintió curiosidad por ella, cuando la vio enfrentarse a un montón de bravucones que molestaban a Phoebe… esa fuerza, ese temple, esa tenacidad… eran cualidades admirables y Helga, a pesar de su situación familiar o lo desordenada que estuviera su vida de a momentos, las tenía…

-Jamás podría tenerte lástima- le aseguró Gerald, poniéndose serio. Helga lo miró suspicaz, indecisa si creer esas palabras o no –Eres la persona más fuerte que conozco- le tomó la mano, pintando una sonrisa en el pálido rostro de la joven -¿Puedo acompañarte? Hay algo que me gustaría decirle a tu madre- Y una vez más, la suspicacia había vuelto a la mirada azulina de la chica.

-¿Qué podrías tener tú que decirle a Miriam?- preguntó intrigada, genuinamente intrigada.

-Eso es entre ella y yo- le respondió, guiñándole un ojo juguetón –Pero te aseguro que no me lo estoy inventando sólo para que me dejes acompañarte- A Helga se le fue la quijada al suelo.

-¿Cómo supiste lo que pensaba?- creía que sólo Brian tenía ese don.

-Digamos que lo tenías escrito por todo el rostro- Gerald le golpeó con un dedo en la frente –tu ceño fruncido gritaba sospecha tan fuerte que ya me duelen los oídos- completó burlón.

-No te des ínfulas de grandeza conmigo, ¿Quieres?- le respondió, golpeando la mano del moreno que continuaba a mitad del camino, rogando porque su sonrojo no se notara -¿De verdad… soy la persona más fuerte que conoces?- se atrevió a preguntarle.

-Claro que sí… Bueno, sin contar a mi padre… o a mi madre… o a…- no pudo continuar enumerando porque Helga le interrumpió riendo.

-¡Zopenco!- y Gerald le golpeó cariñosamente el hombro con el suyo. Compartieron una sonrisa cómplice y entonces la rubia soltó un largo suspiro.

-Está bien, Geraldo. Puedes subir conmigo- y como si le estuviera haciendo un gran favor, el moreno comenzó a agradecerle repetidas veces, en un tono chillón y molesto con el objetivo de sacarla de sus casillas -¡Ya, detente! Cielos, si serás un dolor en el trasero así de insoportable, mejor te dejo aquí en el auto- le riñó la rubia, a lo que el moreno hizo un gesto como si se cerrara la boca con un zíper.

Finalmente, después de intencionalmente alargar el momento un poco más, ambos chicos se encaminaron a la entrada del hospital. A Helga le sudaban las manos, le palpitaba el pecho y sentía (mientras más cerca estaba del cuarto que en recepción le habían indicado que era donde se quedaba su mamá) que estaba a punto de sufrir un ataque de pánico.

Gerald la tomó de la mano en el elevador y le dedicó una calmada sonrisa.

Todos los músculos de Helga comenzaron a destensarse.

"Puedo hacerlo", se animó a sí misma.

Y estuvo a punto de pegarse con pegamento industrial a la pared del ascensor en cuanto el pitido que indicaba que habían llegado a su piso de destino sonó.

-¡No fue buena idea!- exclamó jalándose del agarre del moreno en su mano, que firme, no dejaba de ser suave.

-Hey… Hey… Helga… tranquila, respira- comenzó a hablarle frente a ella, mientras sujetaba su rostro entre sus manos, soltándola –Mira mis ojos… fíjate solo en mis ojos- la chica hizo lo que el moreno le decía -¿Confías en mí?- la pregunta la hizo enrojecer completamente, pero el magnetismo en su mirada, la profundidad en aquellos ojos, la personificación exacta de la expresión "los ojos son la ventana del alma"… no le dejaron salida.

-Sí. Confío- aseguró. Y sorprendida descubrió que era verdad… enteramente verdad.

-Entonces, confía en que no voy a dejarte sola… confía en mí cuando te digo que puedes hacerlo- Gerald la hizo repetirlo un par de veces.

-Puedo hacerlo- terminó auto convenciéndose, y aferrándose al brazo del chico, ambos recorrieron el pasillo hasta llegar a la habitación donde se quedaba Miriam.

No sabía qué esperaba encontrar cuando finalmente entraron. Pero definitivamente no esperaba lo que vio.

Su madre yacía en la cama de un cuarto impolutamente blanco… sin cabello… de piel casi translucida… esquelética… conectada a tantas cosas que era descorazonador…

Su hermana los recibió.

-¡Hermanita bebé!- abrazó a Helga –Creí que vendrías con Arnold- comentó aparentemente de forma inocente, pero Gerald tuvo la sensación de que sólo estaba dejando clara su postura con respecto a quién consideraba mejor para su hermana.

-¿Con Arnold? Olga, se te ha zafado un tornillo- le dijo, con el ceño profundamente fruncido, ¿Por qué tenía que recordarle al rubio? Suficiente remolino de sentimientos tenía en aquel momento viendo a su madre en esas condiciones como para encima traer a la superficie una herida supurante que nunca había podido cicatrizar.

-Deja en paz… a tu hermana… suficiente con que haya… venido- habló Miriam, con una débil sonrisa en sus resecos labios.

-Mamá- murmuró Helga, acercándose a la cama.

-No recuerdo… aah… la última vez que me llamaste… mamá- habló entrecortadamente, teniendo que interrumpirse para tomar aire y continuar.

-Fue cuando tenía cinco años- le dijo Olga. Con una mirada melancólica. Helga, sintiéndose invadida por recuerdos no gratos, buscó en qué poner su atención y desviar el tema, cuando un libro de cubiertas rosa llamó su atención sobre la silla en la que suponía que estaba sentada Olga.

-¿Ese es…?- incapaz de completar la oración, señaló el sitio en el que había posado su mirada, Olga miró en la misma dirección y entendió lo que su hermana preguntaba.

-Sí. Es tu libro. A mamá le encanta- con una sonrisa orgullosa en su rostro, la rubia mayor caminó a su olvidado asiento y tomó el libro en cuestión –Siempre me está pidiendo que se lo lea- Gerald lo reconoció también. "El libro rosa", la antología de poemas originales que Helga había publicado en preparatoria y del que él no había podido pasar de las primeras páginas.

-¿Me leerías… aah… tu favorito?- le pidió Miriam, posando delicadamente su mano sobre la de la rubia menor.

Helga miró de reojo a Gerald, sintiéndose de pronto muy cohibida.

-Por favor, Helga. Por mamá- pidió Olga, extendiéndole el libro. El moreno le dio una mirada alentadora mientras que por dentro intentaba prepararse mentalmente para el calvario que supondría escucharla decir aquellas palabras que dedicaba al rubio cabeza de balón.

-Está bien… ¿Mi favorito pidieron?- preguntó entonces y su hermana asintió. Miriam ensanchó un poco su sonrisa –Se llama "No he de olvidarte"- Gerald observó cómo una finísima lágrima nacía del ojo derecho de la madre de su amiga y moría en la comisura de sus labios…

"Al cerrar los ojos, aún puedo ver tu sonrisa cálida que se queda a vivir allí, en las hojas amarillas del otoño, los copos de nieve del invierno, los botones en flor de primavera y el incandescente sol del verano.

Me queda la canción de tu risa dormida en mi recuerdo, y el corazón me dice que no he de olvidarte; pero, al quedarme sola, sabiendo que te pierdo, tal vez empiezo a amarte como jamás te amé.

Si pudiera revelar mis sentimientos, como se asoma el sol temeroso después de llover, quizás me ahorraría esta pena, de no tener de tus labios ni siquiera un "tal vez".

Las sombras del pasado doloroso se borran con tu presencia, los colores de tu alma toman mis manos, mis pies, mi corazón.

Quizá no he de olvidarte, y condenada a tu recuerdo vagaré. No sé si me quisiste... No sé si te quería...O tal vez nos quisimos demasiado los dos.

No he de olvidarte… te aseguro, que mi amor por ti sigue vivo, no murió, sigue aquí"

Cuando el último verso fue muriendo en los labios de la rubia, Miriam ya era incapaz de detener las lágrimas y Olga miraba a su hermanita con una mezcla de orgullo, ternura y admiración.

-¡Ha sido hermoso!- exclamó Olga.

-Fue… perfecto- comentó Miriam, con la voz ronca. Helga era incapaz de alzar la mirada de las baldosas de la habitación… sentía como si fuera hierro caliente, la mirada de Gerald sobre ella.

-Gracias…- respondió y se quedó entonces sin saber qué más decir… no tenía idea de cómo comportarse o qué podría decirle a su madre para mejorar la situación, estaba completamente en blanco…

-Quizás deberías leer uno más- interrumpió Gerald, continuaba recargado en la pared con los brazos cruzados y la mirada fija en la rubia. Su voz al recitar las palabras que ella misma había escrito, le había provocado escalofríos. Helga le sonrió agradecida, buscó otro… y al terminar ese, otro… estuvo leyéndole a su madre hasta que por las ventanas de la habitación pudieron ver que se ponía el sol, y una enfermera entró a avisarles que el horario de visita se había terminado.

-¿Volverás?- preguntó Miriam, esperanzada.

-Mañana- prometió Helga, y Gerald se acercó a la cama por primera vez en lo que duró la visita e inclinándose le habló al oído a la madre de su amiga.

-Gracias por darle la vida, yo cuidaré de ella- y el moreno se alejó para admirar la sorpresa en el rostro de la adulta.

Ambos se retiraron… dejando atrás el hospital, sumidos en un silencio abrumador dentro del carro. Helga sentía la tensión emanar de su amigo, sólo que no entendía por qué…

Al llegar al estacionamiento del hotel donde la familia se había hospedado, Gerald apagó el motor. Helga estuvo a punto de bajar, pero el moreno colocó los seguros.

-¿Qué carajos? Gerald, quita el seguro- pidió molesta. Se sentía cansada y no tenía humor para que el chico le jugara alguna broma.

-Sé que estoy a punto de cagarla- habló monocorde, mirando fijamente el volante como si éste le hubiera ofendido.

-¿Qué?- preguntó confundida Helga, sin comprender a qué se refería Gerald.

-Dije que sé que estoy a punto de cagarla- dijo algunos decibeles más alto y girando el rostro para ver directamente a la rubia.

-Sí, te escuché, pero no sé de qué hablas- Helga le miraba interrogante.

-De esto- fue lo único que pudo decir Gerald antes de ceder a sus impulsos y pasar una mano detrás de la nuca de su amiga, y con el otro brazo rodear su cintura, para besarla larga y profundamente… la primera vez que el beso no era porque alguno de los dos estuviera roto… era porque Gerald no podía soportar otro día sin hacerlo, sin volver a sentir sus labios en los suyos… luego de segundos que se convirtieron en minutos, Helga le alejó lo suficiente para tomar aire.

-¿Qué crees que estás haciendo?- le preguntó, sintiendo que estaba de pie en el ojo de un huracán que destruía todo a su alrededor, y giraba, y giraba… y estaba por tragarla.

-Nunca te había dicho que compré tu libro- el repentino cambio de tema descolocó lo suficiente a la rubia como para evitar que lo interrumpiera –pero no lo pude leer… no pude hacerlo… yo sabía a quién le escribías… yo sabía a quién iban dirigidos todos esos sentimientos… no tienes idea de cuánta envidia sentí, yo quería que Phoebe me quisiera así, me amara así. Cometí un error. Sólo tú eres capaz de amar así. Y sólo eres capaz de amar así a una persona- Gerald tenía los ojos brillantes, como si estuviera conteniendo las lágrimas… pero eso no podía ser, se dijo Helga, nunca había visto llorar a Gerald –Por eso, cuando él te lastimó…tenía que hacer algo… viajé a San Lorenzo, lo esperé, y sin decirle nada… lo golpee- la rubia terminó de alejar a Gerald de sí en cuanto lo escuchó decir eso.

-¿¡Que tú fuiste a San Lorenzo a golpear a Arnold!?- preguntó con los ojos y la boca desmesuradamente abiertos… Aquello nunca lo vio venir…