DORADO

NYMPHADORA TONKS

Julio de 1994


Tonks no puede apartar la vista de la gargantilla de oro que pende del cuello de Sirius.

Debería alegrarse de que su tío esté sano y salvo, y claro que lo hace. Pero desde el momento en el que cruzó el umbral de sus vidas, desde que dejó de ser un mal recuerdo encerrado en Azkaban, Remus no es capaz de apartar los ojos de él.

A Sirius no le pega el dorado. Siempre se ha revestido de tachuelas de plata, los excesivos anillos de sus dedos son plateados, ¿los hierros de sus botas? También.

—¿Me has robado el colgante? —Remus se sienta a su lado. Los dos comparten una intimidad de la que nadie más es partícipe. El lobo acaricia el cuello del chucho, toma el objeto entre sus dedos y, cuando sonríe, aparecen diminutas arrugas en torno a sus ojos— Pensaba que solo te ponías collares de perro y similares.

—Y lo hago, pero tienes que admitir que este estilo no me queda nada mal. Me recuerda a los ochenta… ¡Espera! Si los pasé en la puta cárcel —Sirius pasa su brazo por encima de los hombros de Remus. Sube una ceja, posiblemente intentando hacerse el interesante, y mastica las palabras antes de arrojarlas—. ¿Me va a castigar por el hurto, señor profesor?

Sirius habla con retintín y desliza su mano por la camiseta de Remus. Nymphadora aparta bruscamente la mirada.

«¿Acaso no se dan cuenta de que todo el mundo puede oírles?», se pregunta. «Joder, ¿están tonteando?».

Y no necesita que nadie conteste a sus preguntas.

Carraspea. Se levanta de la mesa como un resorte; arrastra la silla por el suelo y esta chirría a su paso, abre la puerta con demasiado ímpetu y el pomo choca contra la pared contigua.

Nadie parece lamentar su marcha.

Odia Grimmauld Place. Lo odia con todas sus fuerzas.