ADVERTENCIA: bastante violencia y mención de temas sensibles.
Se recomienda leer este capítulo escuchando los soundtracks más emocionales de SNK.
Flor que en color azul se utiliza para pedir perdón.
"¿Estás llorando? No te preocupes, no le diré a nadie."
Aquel hombre que había sido su amigo, su hermano, el que le quería a pesar de ser un demonio.
"¿Sabes cuántas veces has llegado a mi cuarto en las madrugadas, casi matándome de un infarto y chorreando sangre? No tienes remedio. Ven, hay que quitarte esas manchas."
Kenny había jurado procurar su bienestar, ya que en su pacífico modo de ser no había logrado su despertar Ackerman y por lo tanto, era vulnerable a los peligros del mundo.
"No me importa ser un debilucho, sólo quiero vivir en paz."
Y en sus ansias de vivir una vida pacífica, se marchó, huyó, junto a una mujer asiática que compartía la carga de ser perseguidos por saber la verdad. La última vez que lo vio con vida, su conversación fue una ironía del destino.
—Quiero pedirte un favor.
—¿Quieres que mate a alguien?—su sonrisa burlona fue frustrada ante la mirada desaprobatoria de Razo.—Bueno ya, joder, sólo bromeo. ¿Qué es lo que quieres?
—Mi esposa está embarazada—anunció con voz solemne. Kenny se puso serio.— Sabes lo que mi hijo o hija, con la herencia maldita corriendo por su sangre, tendrá que enfrentar. No quiero que nada malo le pase, por eso le criaremos en secreto en las montañas, lejos de la civilización.
—Sabes que el peligro está en todos lados.
—Lo sé, por eso acudo a ti ahora—se volteó hacia su primo y soltó su discurso con realidad y soltura.— Kenny, si hay dificultades algún día, yo no seré lo suficientemente fuerte para poder superarlas, lo sé. La paz o mi amabilidad no salvarán a mi familia. Pero tu fuerza, sí. Si algún día me pasa algo y yo no estoy más, te encomiendo a mi familia, a mi pequeño que viene en camino y a mi esposa. No te pido que seas un padre, sé que no estás hecho para eso, pero sí sé que tienes los medios para lograr lo que yo no. Por favor, Kenny, hazme este favor. Promete que cuidarás de mi hijo y que le protegerás de quien sea.
Se miraron largo y tendido. El más alto, dándose la vuelta y emprendiendo camino a su hogar, soltó un bajo pero seguro;
—Lo juro.
—Eres ella, maldición, por qué. Destino de mierda...—murmuraba Kenny, viendo sin ver, apreciando cómo aquella chiquilla que estuvo a punto de traspasar con un arpón era la bebé que juró proteger contra quien sea. Una ironía de la vida, ya que Razo al morir como temía, la niña desapareció y él mandó ese triste asunto al peladero de sus memorias, donde desechaba todo lo que le podía quitar el sueño y desconcentrarlo de sus objetivos.
En ese lugar se encontraban todos; Kuchel prostituyéndose, sus padres muriendo torturados por la Policía Militar, el niño que fue Levi al abandonarlo, los Ackerman desvalidos que fueron masacrados ante su desinterés, el pequeño niño o niña que seguramente sufrió el mismo destino que su padre, todas las mujeres que asesinó, con la conciencia ahogada en alguna parte de él, susurrando que una de ellas podría ser quizá la hija de Razo, una Ackerman, una asiática o una niña como Kuchel... Todo por poder.
Eso era, poder.
Levantó su vista plagada de fantasmas y sangre, observando cómo la chiquilla se arrastraba por el suelo, intentando en vano alejarse de él. La vio ahí, en una bandeja de plata rodeada de púas, tan accesible y a la vez tan terminante. Un ultimátum, eso era ella, el último escalón para despojarse de su humanidad y convertirse en un monstruo. Si la tomaba a ella, si se inyectaba la fórmula que habían creado y bebía su sangre, seguramente podría alcanzar ese misterioso poder que había estado persiguiendo por años, uno diferente y único, mejor incluso que el del actual rey, ya que ella al ser Ackerman, según lo que él tenía entendido, era un subproducto de titán. En el mejor de los casos, era la sangre indicada para completar su largo proyecto, una sangre capaz de armonizarse con el poder de los titanes y llevarlo a él a tener un poder inigualable. Aquella sangre que había buscado durante años en diferentes tipos de mujeres podía ser la misma suya y si la tomaba de ella, quizás finalmente alcanzaría su meta.
Pero perdería su último resquicio de humanidad.
La mirada amable de Razo y su voz lo acechaban como fieras, acusándolo de romper su juramento, de ser un demonio, de ser el tipo de escoria que mataba niños, mujeres, familias y putas, todo por ambición. Le rompía los oídos, lo oía gritar más fuerte que en sus pesadillas, junto al cadáver de su hermana, acunando en sus brazos de muerta a un desvalido niño que lo miraba entristecido, con la duda en la mirada, preguntándole "¿por qué me dejaste ese día?"
—No d-debo hacerlo, pero...el poder...—balbuceaba totalmente trastornado, levantándose apenas y sacando un estuche con un suero y una jeringa de su chaqueta. Había sido un proceso arduo, años estudiando escritos viejos y extraños, aprendiendo sobre las verdades de ese mundo, esclavizando científicos para que trabajaran por su causa, robándole poder a los Reiss mientras rezaban, jugando con química, bebiendo sangre femenina, perdiendo sujetos de experimentación, probando, desechando, comprobando, todo para este momento. Y ahora le temblaba la mano al empuñar su cuchillo. Y ahora era derribado por una desgraciada niña que tenía a la fiera muerte en sus ojos y que al empuñar un cristal roto, no le temblaba la mano.
Ella lo había logrado. Había despertado.
Los legionarios llegaron al pozo donde Kenny desarrollaba su plan justo cuando Mikasa sufría una especie de catarsis. Sintió cada célula de su cuerpo, sus nervios recorrieron desde su cerebro hasta la punta de sus dedos con electricidad, las fibras en sus músculos se rompieron y regeneraron, y ella, impulsada por una fuerza arrolladora e incontenible, agarró un pedazo de vidrio quebrado y tomó una decisión, pues había oído segundos antes la última voluntad de Nanaba, quien desangrada en una esquina de la habitación utilizó sus postreras energías para susurrarle su anhelo a Hortensia.
"Vive."
La escena acontecida pareció congelarse por horas. Eren, Levi y Armin, parados estáticos en la puerta, atónitos. El cadáver de Nanaba escondido entre las sombras. Mikasa arrimada sobre Kenny, con una rodilla sobre su brazo y pecho y con un pie pisándole la mano que cogía la caja de metal. Vidrio ya enterrándose en la carne de su cuello y miradas concluyentes, o de inicios, o de repeticiones, o de ciclos, quién lo sabe. Pues los iris de acero bullían en poder y sentimientos encontrados, incrédulos pero determinados, así como deben ser las decisiones, sin arrepentimientos. Kenny le miró y pudo comprender un poco más el mundo, de hecho, lo entendió completamente, eran sus últimos momentos con vida y la verdad absoluta limpió sus ojos y le reveló lo verdadero, tanto que sus ojos, siempre tan opacos, se lavaron y las lágrimas surcaron las arrugas de su rostro. La vio a ella, deslizando el cristal por su garganta, cortando, terminando, comenzando, ganando, y supo que todo aquello estaba donde debía estar, él en el piso, recibiendo el karma de un solo corte. Sangrante y agónico, se dedicó a gastar su postrero aliento en dejarse todo claro, intuyendo que quizás el infierno no sería su parada definitiva, o no aún por lo menos, pues esos fieros ojos grises se le hacían demasiado familiares y justo ahora, que estaba muriendo, podía comenzar a recordar. Claro, a ella ya la conocía, qué torpe había sido, cómo no fue a darse cuenta durante todo ese tiempo que la tuvo frente a ella. Ya la había visto en antaño, antes de que el nombre de Kenny se le diese, antes de que las murallas se alzaran, cuando la historia era reciente y se coloreaba en tonos sepia.
Kenny murió en esa ocasión con una sonrisa irónica en sus labios agrietados. "Definitivamente", concluyó como su último pensamiento, "aún me queda tiempo antes de ir al infierno".
—¡Mikasa!
Eren corrió hacia ella y la atrapó entre sus brazos, tiritando, anonadado por la fantástica escena que acababa de presenciar. Mikasa parecía una muñeca, se encontraba inerte observando el cuerpo de Kenny, apretando con vigor el vidrio en la palma de su mano. Estaba tan cubierta de sangre que eran casi nulos los manchones de piel que se dejaban entrever entre tanto rojo. El soldado inclinó la cabeza, sintiéndose descorazonado, pues parecía que el brillo en los ojos de su amada no volvería a asomarse jamás. Estaba absolutamente rota.
—Mikasa...—Levi la nombró por primera vez con desazón, saboreando amargamente el nombre en su paladar, mientras que entre sus brazos cargaba hacia ella el cuerpo sin vida de la dulce Gardenia. Mikasa la observó inexpresiva, sin ser capaz de sentir nada más que un interminable vacío, hasta que en su interior resonó un susurro a modo de grito que dejó un eco retumbando en su alma de flor marchitada.
"Vive."
El brillo en sus ojos volvió y las lágrimas no tardaron en acudir tampoco. Subió desde lo profundo de su estómago, pasó por su esófago y explotó en su garganta; el llanto más deprimente de muchos. Lloró con tanto dolor e intensidad mientras que sus extremidades dañadas intentaba acunar el cuerpo de Nanaba entre sus brazos que Eren no lo soportó más y lloró también, pues era un dolor tan fuerte que te obligaba a sentirlo como tuyo, te doblegaba ante su aplastante tristeza y te hacía gimotear como a un alma en pena, desconsolada ante la crueldad del mundo. Y todo aquel que oyó el llanto de Mikasa fue poseído por ese dolor -uno que se parecía al dolor de la humanidad- y todos lloraron, algunos allí mismo, otros a rienda suelta como Armin o Hanji, únicamente Levi y Erwin en soledad. Otros huyeron fuera del lugar, despavoridos por la oprimente sensación, y algunos se quedaron ahí, gimoteando de manera ahogada como niños desconsolados, liberando esos dolores que acumulaban dentro y que salieron expedidos como a presión, mientras el dolor de una se convirtió en el dolor de todos. Todos lloraron lo mismo. Todos dolían lo mismo, todos eran lo mismo.
Y en algún momento se durmieron. Al otro día, el sol se mostró desde el tierno amanecer.
Espero les haya gustado. El próximo, el capítulo final.
Besos.
-HLena.
