Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
«15»
El viento marino amenazaba con arrancarle el sombrero. Hinata se alegró de haberse sujetado las cintas firmemente bajo el mentón.
—¿No hay un camarote? —preguntó cuándo Naruto la ayudó a montar en la embarcación.
—Es un velero.
—Pero...
—Está diseñado para emprender trayectos cortos a lo largo de la costa, aunque he navegado hasta Londres algunas veces, orientándome por las estrellas.
Ella había esperado que el velero dispusiera de un camarote donde podría refugiarse del viento durante un momento, o quizás echar un sueñecillo, pues la noche anterior no había dormido mucho; estaba demasiado excitada. Había dormido alrededor de una hora en el sofá de la casa de Naruto en Scarborough, el tiempo necesario para que él limpiara el velero, dispusiera que llevaran los caballos de regreso a Konoha y ordenara que preparasen mantas y comida para el viaje. Dado que ya había dormido en el suelo de las ruinas de un castillo, Hinata supuso que también podía dormir en un velero.
Naruto disponía de un personal completo en la casa de Scarborough; era una casa preciosa. Había grandes ventanas en la sala de estar que daban al mar del Norte; era la primera vez que ella veía el mar, y si el preocupado estado de ánimo de Naruto no la hubiera inquietado, ese repentino viaje a Londres la habría entusiasmado. Él estaba muy preocupado por su madre, pero Hinata ignoraba qué le ocurría aparte de que tenía mucha fiebre, así que no podía tranquilizarlo.
El velero medía al menos seis metros de eslora; Kurenai se había equivocado al suponer que era diminuto. Disponía de una vela mayor y una más pequeña en la proa, ambas fijadas a un único mástil. El espacio interior era amplio y había bancos a ambos lados del casco. Cuando abandonaron el puerto ella se sentó, el viento soplaba con bastante fuerza y la velocidad que alcanzaron a medida que surcaban las aguas verde azuladas que brillaban bajo el sol la maravilló. La costa empezaba a quedar atrás y ella comenzó a sentirse inquieta; era la primera vez que navegaba en un velero y nunca había estado tan lejos de tierra firme. «¡Ojalá supiera nadar!», pensó, pero después rio cuando el viento le arrancó el sombrero y este cayó al agua por detrás del velero.
No se lo dijo a Naruto, que estaba ajustando la vela mayor. En vez de eso se trenzó los cabellos, una tarea dificultosa con el fuerte viento. El velero navegaba hacia el sur y ella vio la delgada línea verde de la costa a la izquierda, y a la derecha el vasto mar azul. Imaginó que habría barcos allí, más allá del horizonte.
—¿Crees que veremos la armada inglesa? —preguntó.
—Controla estas aguas. Ya hemos pasado junto a varios barcos patrulleros ingleses.
Él le arrojó un catalejo, pero al mirar a través de este Hinata solo vio el mar y el cielo.
—¿Están librando batallas allí fuera?
—No, solo vigilando que nadie logre atravesar el bloqueo; dispararán contra los barcos que intenten abrirse paso a través del bloqueo. Esa estrategia ha funcionado.
Desde que estalló la guerra nuestra flota se ha duplicado mientras que la francesa se ha reducido a la mitad. El bloqueo impide que Napoleón obtenga los materiales que necesita para construir más barcos. No osaría arriesgar los barcos que le quedan librando una batalla en estas aguas. Además, es fuerte en tierra, no en el mar.
—Entonces ¿a quién está disparando nuestra armada?
Él se encogió de hombros.
—A los barcos que intentan introducir espías franceses en secreto y contrabandistas.
Lo que pasa es que los ingleses sienten un aprecio excesivo por el brandy francés incluso a precios exorbitantes como para que los marineros osados, tanto franceses como ingleses, no sientan la tentación de ganar mucho dinero importándolo de contrabando. Los contrabandistas trabajan de noche, no a plena luz del día. Sin embargo, nosotros nos pegamos a la costa para evitar cualquier altercado entre nuestra flota y los que intentan atravesar el bloqueo.
Un poco después ella sacó un sándwich de la cesta de pícnic y lo devoró; ¡el aire fresco la ponía hambrienta! Después se acercó a Naruto con paso inseguro y dejó la cesta a sus pies para que él también comiera algo, pero ni siquiera la miró y Hinata se preguntó si sería peligroso que despegara las manos del timón.
Le ofrecería su ayuda, pero le pareció que, más que rechazar el ofrecimiento, se reiría de ella. No obstante, tras leer el diario de Ino, sabía que había enseñado a navegar a su hermana. Tal vez no era tan difícil... tal vez él no se reiría de ella...
—Podría relevarte durante un tiempo. ¿Tardarías mucho en darme un par de lecciones?
—¿Has estado en un velero como este con anterioridad?
—Bueno, no, en realidad nunca he estado en ninguna clase de velero.
—Navegar a vela es bastante complicado. Tendrías que pasar semanas enteras en el agua para aprender.
—Pero tú le enseñaste a navegar a tu hermana...
Él le lanzó una mirada dura.
—¿Cómo lo sabes?
No tenía intención de causarle problemas a Chõji por dejarla entrar en la
habitación cerrada con llave de Ino, así que dijo:—Te negabas a decirme nada de ella, ni siquiera cómo murió, así que les pregunté a los criados. Ellos tampoco querían hablar del tema, pero alguien comentó que Ino adoraba navegar a solas después de que tú le enseñaras cómo hacerlo.
Él ya no la estaba mirando, mantenía la vista dirigida al frente. Hinata pensó que no le contestaría, pero entonces él dijo:
—Solo tenía dieciocho años cuando murió, hace dos años. Su primera temporada social en Londres resultó brillante, pero aún no había aceptado ninguna propuesta de matrimonio; tenía tantos pretendientes que mi madre perdió la cuenta de ellos. Yo estuve con ellas en Londres durante las primeras semanas de la temporada y disfruté al ver a mi hermana tan entusiasmada por la vida social, pero se interpuso mi trabajo para los militares. El ejército me hizo un pedido urgente de más caballos de los que yo podía proporcionar, y una larga lista de criaderos de caballos donde podía obtenerlos, la mayoría de ellos en Irlanda. La cifra que necesitaban para una misión de máxima prioridad era pasmosa; sospeché que tardaría meses en reunir la manada y así fue, así
que me perdí el resto de la temporada de Ino. ¡Incluso me perdí el funeral!
Hinata contuvo el aliento. La ira había vuelto a adueñarse de él. La oyó en su voz, la notó en su rostro y adivinó que ya no diría nada más. Pero él no le había dicho lo que ella quería saber y procuró animarlo a seguir hablando:
—¿Es que nadie más podría haber comprado esos caballos para que tú no te vieras obligado a abandonar a tu hermana en un momento tan importante?
—Supongo que sí, pero mi contacto en el ejército estaba acostumbrado a trabajar conmigo y confiaba en que yo conseguiría las cabalgaduras más veloces del mercado. No me dijeron el motivo, pero supuse que los animales estaban destinados a una nueva e importante red de espías o exploradores en el continente. En todo caso, insistieron que nada podía tener prioridad sobre esa misión.
Hinata trató de cobrar valor y dijo:
—¿Cómo murió tu hermana ese año?
—Fue a principios del otoño. Dos de los pretendientes de Ino la habían seguido hasta Konoha Park después de la temporada para seguir cortejándola, pero Ino no sentía interés por ellos y le rogó a mi madre que la llevara a Scarborough durante unas semanas, antes de que comenzara a hacer frío, con la esperanza de que los jóvenes lores se marcharían antes de su regreso a Konoha Park.
»Pero mientras estaban en Scarborough, ella temerariamente salió a navegar a solas en un día que, de repente, se volvió tormentoso. Cuando no regresó después de unas horas, mi madre se desesperó; toda la ciudad estaba desesperada y casi todas las embarcaciones y botes del puerto fueron enviados en su búsqueda.
—¿La encontraron?
—Sí. Dos días después su cuerpo apareció en la orilla, a muchas millas costa abajo. Para entonces las olas la habían golpeado y desfigurado hasta tal punto que mi madre no soportó la idea de contemplarla, pero le entregaron un relicario que confirmó que se trataba de Ino. Yo se lo había regalado cuando cumplió los dieciséis, y había hecho grabar «La salvaje» en la parte posterior. La hacía reír y siempre lo llevaba con sus vestidos de día. Como te imaginarás, mi madre estaba desconsolada y, como no sabía cómo ponerse en contacto conmigo, no le quedó más remedio que celebrar el funeral una semana después.
Cuando regresé a Yorkshire y recibí la terrible noticia, mi madre y yo lamentamos su carácter temerario y la mala suerte de haber sido víctima de una tormenta repentina.
Me culpé a mí mismo por no haberle puesto coto a su temeridad; mi madre se culpó por haberla llevado a Scarborough; no dejó de llorar cuando me describió el funeral.
Algunas de las amigas de Ino estaban presentes y dijeron que habían tenido ganas de verla antes de Navidad, en una fiesta en una casa de campo a la que mi hermana les había dicho que pensaba asistir. Algunos de sus pretendientes también se encontraban allí y estaban desconsolados, todos los criados de ambas casas también estaban presentes, todos adoraban a Ino. El único evento extraño, aquel día que Ino murió en el mar, fue la apresurada partida de su doncella de la casa de Scarborough. Más adelante mi madre descubrió que casi todas las joyas de Ino habían desaparecido; mi madre creyó que la joven doncella había aprovechado la confusión de la casa cuando Ino no regresó después de la tormenta para robar una fortuna en joyas. Las autoridades del lugar buscaron a la muchacha, pero jamás fue encontrada.
Hinata no comprendía de qué manera toda esa serie de dolorosos acontecimientos guardaban relación con su hermano y, además de entristecida, se sentía más confundida que nunca. No se atrevió a mencionar el diario que había leído en secreto, o las condenatorias palabras que descubrió en la última página.
Pero sí podía expresar sus sentimientos.
—Lamento que tu hermana no lograra escapar de esa tormenta.
—Podría haberlo hecho —dijo él en tono apagado—. No quiso hacerlo, pero no lo supe de inmediato. No fue hasta seis meses después del período de luto, que se prolongó un año entero, cuando una noche pensé que podía entrar en el lugar predilecto de Ino, su antiguo cuarto de juegos situado en la torre occidental, sin pensar obsesivamente en su muerte. Recogí su viejo diario; estaba repleto de sus experiencias infantiles, algunas de las cuales me incluían a mí. Pero me quedé pasmado al encontrar anotaciones más recientes, datadas de la temporada que pasó en Londres y de su regreso posterior a Yorkshire.
Hinata se preguntó si las hojas que faltaban aún formaban parte del diario cuando él lo leyó. ¿O quizá solo las dos últimas líneas? Pero esas eran bastante condenatorias; quizá no hubiese necesitado nada más para querer matar a su hermano, y con razón prendió fuego a esa torre. Su ira debía de haberse desencadenado esa misma noche.
Hinata se había sentado en un banco frente a él; no necesitaba preguntarle qué había leído aquella noche. No quería hacerle preguntas, pero quizás a él le parecería extraño si no lo hacía.
—¿Qué ponía en esas anotaciones más recientes?
Sin mirarla, él contestó:
—Hablaba del hombre maravilloso del que se había enamorado durante la temporada. Le prometió que se casarían una vez que lograra convencer a sus padres de que solo se casaría con ella. Ino se encontró con él en secreto para que pudieran estar solos, lejos del ojo avizor de nuestra madre. Durante uno de esos encuentros él la sedujo. Ino se quedó pasmada y horrorizada cuando él le dijo que no se casaría con ella, que jamás había tenido la intención de hacerlo. No fue tanto debido a la vergüenza de haberse quedado embarazada sino al dolor de su corazón destrozado y a la traición del joven lo que hizo que buscara «paz y consuelo en el mar». Realmente escribió que esa era su intención, que no tenía otra opción. Incluso mantuvo el nombre de él en
secreto hasta la última página, cuando lo maldijo por arruinar su vida. No, aquel día Ino no trató de escapar de esa tormenta; dejó que se llevara su vida.
—Lo siento muchísimo.
Naruto siguió hablando como si no hubiese oído sus palabras.
—Jamás había experimentado una ira como esa. Arrojé al suelo la farola que había llevado conmigo a la habitación, arranqué esas páginas condenatorias y las arrojé a las llamas. Estuve a punto de dejar el diario allí para que las llamas lo consumieran, pero contenía buenos recuerdos que tal vez un día querría volver a leer o mostrárselas a mi madre, así que lo guardé en la habitación de Ino. Pero no traté de apagar el fuego y
cabalgué directamente a Londres para encontrar al hombre que sedujo a mi inocente hermana, la embarazó y se rio de ella cuando se lo dijo: ¡el mentiroso de tu hermano!.
Hinata pegó un respingo y deseó que jamás hubiera descubierto toda la verdad que aparecía en esas páginas faltantes. No podía decir absolutamente nada en defensa de su hermano: su crueldad con Ino era indefendible.
—La herida que le infligí no fue grave —prosiguió Naruto—. Creí que bastaría pero no fue así. Que no se hubiera hecho justicia me carcomía. No saldaba su deuda, no solo por la vida de ella sino también por la de su hijo. Dos meses después volví a retarlo a duelo y erré el tiro por completo, al igual que él. Mi cólera se negaba a desaparecer; él se negó a enfrentarse a mí en aquel último duelo así que esperé unos meses más y luego le envié otro reto que él se limitó a ignorar. Así que arrastré a mis dos segundos conmigo y le seguí la pista hasta Londres. No podía negarse a batirse a duelo ante dos testigos. —Naruto finalmente la miró y, en tono gélido, añadió—: Nuestras circunstancias son un fastidio. Que tu hermano siga con vida es una abominación.
—Sí, es verdad que él es malvado, despreciable e incluso vil —contestó Hinata en tono cauteloso—. Nadie lo sabe mejor que yo, y la única persona que le importa es él mismo, no la familia ni los amigos. Alguien acabará por matarlo, pero no debes ser tú.
Otro intento hará que acabes en la cárcel, si es que no te ahorcan.
—Sobre todo si él se convierte en un familiar.
La conversación acababa de volverse peligrosa, aunque ya había albergado una gran carga emocional a partir de sus primeras palabras acerca de la muerte de Ino. Pero ver cuán furioso estaba en ese momento hizo que recordara cuán sola estaba con él en ese velero. Si no lograba apaciguar su ira no tardaría en entrar en pánico.
—Las familias no siempre se llevan bien, ¿sabes? Algunas pelean entre ellas, incluso de manera brutal. Dudo que alguien alzara una ceja si de tanto en tanto le das una paliza a mi hermano hasta dejarlo sin sentido. Sé que yo lo haría si tuviera la fuerza suficiente. Y el regente no podría protestar demasiado, pues sería un asunto «de familia».
Naruto le lanzó una mirada escéptica.
—¿De verdad sugieres que haga papilla a tu hermano?
—Sí, sin duda, si se convierte en un familiar... a condición de que no lo mates para que no te castiguen por ello.
Naruto desvió la mirada. Al menos la ira había desaparecido de su rostro y ella recuperó cierta tranquilidad.
—Maldita sea.
Ella parpadeó y dirigió la mirada en la misma dirección que él, hacia la gran nave que se acercaba a ellos a toda velocidad. Alarmada, preguntó:
—¿Reducirá la marcha o nos atropellará?
—No necesita acercarse para matarnos.
Ella no sabía a qué se refería, y de pronto él condujo el velero en la dirección equivocada, directamente hacia la costa. ¡Allí no había ningún muelle!
Hinata soltó un agudo chillido al ver cómo la costa se acercaba a toda velocidad, o mejor dicho a medida que ellos se acercaban a la costa. ¡Se estrellarían!
—¡Agárrate a la barandilla! —gritó Naruto.
Si Hinata no se hubiera agachado y agarrado a la barandilla en ese preciso instante, podría haber caído del velero cuando este tocó contra el fondo; temblando, se puso de pie y se asomó a la borda. La costa rocosa estaba a menos de sesenta centímetros de la barandilla. ¡Había encallado el velero adrede! De repente, Naruto le rodeó la cintura con el brazo y la arrastró por encima de la barandilla.
—¡Mi maleta! —chilló ella.
Un instante después él saltó del velero con las maletas de ambos en una mano y aferró la mano de ella con la otra.
—¡Corre! —voceó sin más explicaciones.
Su conducta extraña y temeraria empezó a indignarla.
—Ahora tu velero quedará encallado, ¿no? —dijo, jadeando y tratando de mantenerse a su lado.
—Me preocuparé de ello si el velero sobrevive.
—¿Sobrevive a qué?
Él no contestó, solo siguió corriendo tierra adentro arrastrándola consigo y no se detuvo hasta que alcanzaron un gran árbol de tronco grueso. Ella le dirigía una mirada furibunda cuando una atronadora explosión hendió el aire y vio que Naruto pegaba un respingo. Solo entonces se dio cuenta de lo que había ocurrido.
—¿Acaba de volar tu velero? ¿Nuestra propia marina?
—Deben de haber descubierto a alguien que pretendía burlar el bloqueo y lo persiguieron; creyeron que nosotros éramos ese alguien. No se me ocurre otra maldita explicación de lo que acaba de ocurrir.
—Pero tú sabías que nos dispararían, ¿verdad?
—Estamos en guerra. Si la marina tenía motivos para sospechar que éramos franceses no vacilarían. Pero no, no creí que harían volar mi condenado velero y no estaba dispuesto a correr ese riesgo contigo a bordo.
Ella arqueó las cejas pero no pudo reprimir una sonrisa. ¿Así que había encallado su velero por ella? Pero también lo había perdido y eso era un resultado desastroso para ambos.
—¿Estás haciendo volar la comarca, compañero? —preguntó una voz masculina.
El hombre que se acercaba a ellos era joven, bajo y amplia sonrisa; llevaba una andrajosa chaqueta que antaño había sido elegante. Hinata se preguntó si se la habría regalado algún lord que vivía en los alrededores. Naruto pareció alegrarse al verlo y ella supuso que al menos podría decirles dónde se encontraban, en caso de que Naruto no lo supiera... pero quizá sí, puesto que había hecho ese viaje varias veces.
—No, fue uno de nuestros barcos de guerra demasiado entusiasta.
—Creyeron que eras un francés, ¿verdad? —dijo el hombre con una risita.
—¿Y tú eres...?
—Solo estoy curioseando. Mi aldea está cerca, si es que quieres seguirme hasta allí.
—Desde luego. Quiero comprar dos caballos.
—Disponemos de cabalgaduras, y veloces, pero tendrás que comentarlo con Yahiko. Él es quien toma todas las decisiones. —Entonces aparecieron cuatro hombres más y un niño de entre los árboles y se acercaron a ellos a la carrera. El hombre exclamó—:¡Todo bajo control, Yahiko! Estaba a punto de traértelos.
Sus palabras no hicieron que los recién llegados bajaran las armas que sostenían; incluso el niño sostenía una pistola en la mano. Naruto empujó a Hinata detrás de él y ella se asomó por encima de su antebrazo.
Los otros aldeanos no parecían nada amistosos. Yahiko era el más alto, y el primer hombre no despegaba la vista de él. Entonces ella notó una cicatriz que le rodeaba el cuello: parecía causada por un nudo corredizo. Eso fue lo que más la asustó: solo los delitos más graves eran castigados con la horca...
—¿Qué fue ese estrépito? —preguntó el de la cicatriz.
—Le dispararon un cañonazo al velero de su señoría.
Yahiko arqueó una ceja y contempló a Naruto con sus ojos de color cafe. Ambos eran casi de la misma estatura; Naruto era más musculoso, pero el hombre que de algún modo escapó de una sentencia de muerte era más fornido y de pecho fuerte y grueso, aunque para ser el jefe de los aldeanos o quienquiera que fueran era bastante joven, tal vez tendría unos treinta años.
—¿Eres un miembro de la nobleza o solo llevas ropas elegantes? —le preguntó a Naruto.
—Soy un miembro de la nobleza, aunque ello no guarda relación con este asunto.
—Pero resulta que sí lo guarda.
Hinata notó que los músculos del brazo de Naruto se tensaban, de hecho, todo su cuerpo se tensó y le pareció que su mirada también se volvía feroz. Se preparaba para dar batalla y eso la aterró, teniendo en cuenta las cinco armas que todavía les apuntaban directamente. Pero el sosegado tono de su voz la sorprendió cuando dijo:
—Sugiero que bajen sus armas. No queremos hacerles daño.
Yahiko se encogió de hombros.
—Pues yo no puedo decir lo mismo, aunque lamento lo del velero. Hubieran pagado un buen dinero por él. Ahora acompáñenme. Podrás decir lo que quieras antes de que decida si vivirás y morirás.
Naruto no se movió.
—Me gustaría saber algo más sobre tu aldea antes de decidir si acepto tu invitación.
Eso provocó unas risitas, pero Yahiko ya se alejaba, suponiendo que ellos lo seguirían, hasta que alguien gritó:
—No se mueve, Yahiko.
Yahiko echó un vistazo por encima del hombro.
—Dispárale a la mujer en el pie si en dos segundos no caminan por delante de ti.
—¿De verdad quieres morir hoy? —preguntó Naruto en voz baja y malévola.
—¡Ja! —exclamó Yahiko—. Y ahora dispongo de una palanca: la mujer. Hacérmelo saber ha sido muy amable de tu parte, compañero, pero venga: acompáñame. Beberemos un trago y hablaremos antes de que alguien sufra algún daño, y veremos si posees algo con lo cual regatear.
Antes de empezar a caminar Naruto rodeó a Hinata con el brazo y la presionó contra él.
—Son una especie de delincuentes, ¿verdad? —susurró ella—. Tan cerca de la costa... ¿acaso son contrabandistas?
—¿Sin un barco? Es más probable que sean salteadores de caminos que se ocultan en el bosque si es que tienen caballos «veloces»... a menos que eso fuera una mentira.
—Pero parecían estar dispuestos a regatear para ponernos en libertad.
—¿Por unas promesas? No lo creo.
—No subestimes el poder de un lord con título de nobleza. Quizás ese Yahiko sabe que si le das tu palabra la honrarás.
Intentaba ser optimista para reducir su temor, pero no funcionó. Naruto no estaba armado; si trataba de zafarse de esa situación luchando le dispararían más de una vez y él era un blanco grande. Que hubiese amenazado a sus captores con matarlos estaba muy bien, pero si él moría...
.
.
Continuará...
