Salió de la ducha con el cuerpo incluso más rígido de lo que estaba cuando había decidido tomar esa ducha caliente y "relajarse". Las suaves gotas de agua golpeando contra su tenso cuerpo no habían dado los resultados deseado pero él sabía que no podía ser de otra manera, ni la mejor poción relajante podían hacerlo sentir mejor, no con todo lo que había sucedido últimamente y con lo que sucedería en adelante.

Salió del cuarto de baño, sus pies descalzos sintieron de inmediato la calidez de la madera del suelo, era verano, pero sabía que la agradable temperatura bajo sus pies se debía al encantamiento que él mismo había ordenado a los elfos colocar dentro de su habitación. Generalmente le era agradable sentir aquella madera caliente, pero ahora, sentía que le incendiaba el cuerpo entero, casi de manera insoportable.

Se apresuró hasta su armario, de donde sacó su túnica colgada en la puerta del mueble. Perfectamente planchado y sin una pizca de polvo a la vista. Era un conjunto de pantalón, camisa y túnica de lino negro hecho a la medida.

Se lo colocó tan rápido como sus entumecidos músculos se lo permitieron y tan rápido como su renuencia a estar listo para le reunión que tendría lugar en menos de una hora se lo permitió. Metió la primera pierna dentro del pantalón con tanta lentitud que era obvio que era premeditado, luego abrochó cada botón de plata de su camisa de seda tan lentamente que parecía que jamás terminaría. Era lo único que podía hacer para resistirse a salir de su habitación y aparecerse en el lugar de reunión donde su señor lo había solicitado.

Su señor. La sola frase bastó para hacerlo temblar.

Se recordó a si mismo que tenía en sus manos todas las cartas necesarias para jugar y ganar, se forzó a sí mismo a recordar que no debía tener miedo, que tenía todo bajo control, que él tenía a todo y a todos bajo control.

Se calzó los zapatos de piel casi tan lentamente como se había colocado el resto de sus prendas y los ató con una delicadeza casi divina mientras su mente corría a toda velocidad; reforzando sus escudos de oclumansia, dejando que su magia fluyera por cada centímetro de su cuerpo, alimentándolo y volviéndolo más fuerte. Las manos aún le temblaban cuando hizo el último nudo a las cintas de sus zapatos, pero ahora se sentía mil veces más tranquilo.

Se puso de pie, se había sentado al borde de la cama para colocarse los zapatos y había permanecido un corto tiempo de meditación más sobre ella, pero ahora era inevitable que se pusiera de pie, caminara hasta el espejo y se asegurara de que estaba todo en orden. Su cabello, rubio platino, caía en mechones de tamaño mediano, algo rebeldes, revolviéndose sobre su cabeza. Sus ojos de tormenta completamente impasibles, temblando únicamente a los ojos de los más observadores. Su cuerpo, alto, delgado y musculado, siendo perfectamente delineado por su traje hecho a la medida y, aunque su rostro mostraba ojeras sobre sus ojos, le bastó con un movimiento de su mano para hacerlas desaparecer con un encantamiento glamour.

Ahí, en el espejo, Draco Malfoy era la viva imagen de un joven atractivo, guapo, adinerado y aristócrata capaz de devorarse al mundo entero de un bocado. Tan cerca y alejado de la realidad a la vez, que era casi imposible adivinar lo aterrado que se encontraba por cómo estaban sucediendo las cosas.

Miró su cuello y su expresión estoica mostró una repentina mueca de pánico. Ahí, sobre su suave y nívea piel descansaba una marca casi ennegrecida, una mordida, una marca que Harry le había hecho la noche anterior, mientras Draco se lo follaba hasta la extenuación. Aparentemente ambos se habían olvidado de ese pequeño detalle, aunque más que olvidado, Draco pensaba que Harry lo había dejado allí a propósito, para que él lo mirara durante su reunión.

Cerró los ojos con frustración y luego borró aquella marca de la misma manera en que había borrado las ojeras bajo sus ojos. A veces Harry podía ser realmente inteligente y astuto y otras veces, era tan impulsivo y territorial que no pensaba con claridad. Lo que Draco estaba intentando con esa reunión era ganarse el favor de Voldemort, no que comenzara a hacerle preguntas que Draco, obviamente, no podría responder.

Se pasó una mano más por el cabello y luego suspiró, relajándose todo lo que le fue posible. Encarar a Tom Riddle y responder todas sus preguntas sin que éste sospechaba que estaba mintiendo era un trabajo sumamente difícil y estresante, un paso en falso y aquello le podría costar la confianza que Riddle, aparentemente, había decidido colocar en él, un paso en falso y estaría tan muerto como su padre.

La sola idea de morir antes de ver el mundo a sus pies fue suficiente para que su mente se aclarara y se concentrara en lo único que era importante en ese momento: aparecerse en la antigua casa Riddle, donde seguramente su tía Bellatrix lo recibiría y lo guiaría hasta el Lord, quién le preguntaría sobre todo lo que había ocurrido a lo largo de ese año en Hogwarts, con la única intención de llegar al momento exacto en que Draco había asesinado a Dumbledore.

La historia estaba lista desde incluso antes de que el viejo director callera. Entre él y Potter se habían asegurado de ajustar cada detalle, cada cosa que pudiese parecer sospechosa a los ojos de Riddle y Draco lo había memorizado todo, de adelante a atrás y de atrás hacia adelante. Sabía que fallar era una variante casi nula, pero aquello no disminuía su nerviosismo.

Últimamente sentía que todo se le escapaba de las manos. Iniciando por Potter.

Manipular al rey era cada vez más difícil. Harry se había planteado un objetivo y ni Draco mismo podría interferir a esas alturas. Potter no solo quería adueñarse del Londres mágico, también anhelaba, deseaba entregárselo a Draco con un fervor casi enfermizo, un fervor que no permitía fallas e intervenciones. Si Harry decidía que alguien debía desaparecer para cumplir con ese objetivo, poco importaba que Draco dijera que debía tomárselo con calma, Potter simplemente iba a por ello, destrozando todo a su paso.

Draco pensaba que era halagador, o al menos lo había sido hasta que su propio padre se encontró bajo el escrutinio del rey y entonces él mismo tuvo que aniquilarlo. Harry tenía una seguridad sobre sí mismo tan frágil que Draco había tenido que ceder, por Potter, sí, pero por él mismo también. Draco le quería y no quería perderlo, lo quería con una posesividad tan siniestra que a los trece años ya se encontraba soñando con Potter y sus besos sobre toda su piel, le quería para él y para nadie más.

Y lo había logrado, Potter no miraba a nadie como miraba a Draco; con tanta lujuria, con tanto deseo y con tanta adoración. Casi como si Draco fuese una deidad, un dios que había llegado a bendecirle y a fortificarle, a otorgarle la vida que siempre soñó, el dios que sería capaz de eliminar cada uno de sus objetivos. Draco era su dios, pero también era un arma, era un objeto que Potter podía utilizar en su beneficio y el de Draco, por supuesto.

Pero como cada hombre cegado por el poder, Potter había comenzado a volverse ciego y nada de lo que Draco dijera era capaz de quitarle la venda, de aterrizarlo, como en los viejos tiempos. Astoria Greengrass había sufrido por aquella ceguera, Harry no se lo había confesado nunca, pero Draco lo sabía. Su padre había sido otra de las víctimas y él mismo se había visto atrapado en ese torbellino de destrucción que era el rey.

Parecía que Harry olvidaba, poco a poco, que Draco jamás se había equivocado al aconsejarle, y le ignoraba con cada vez más frecuencia. Malfoy solo esperaba que aquello no los llevara a la ruina. Hasta el momento, todo estaba saliendo perfectamente bien, el viento seguía a su favor.

Harry había aprendido de Draco todo lo que había podido y eso incluía sus medios de chantaje. Draco se había descubierto a si mismo cediendo ante Harry después de una buena sesión de sexo. Se había descubierto a si mismo derritiéndose bajo su mirada asesina. Harry le gustaba tanto que poco le importara que fuera un joven enfermo de poder y de sangre, le gustaba tanto que lo había seguido hasta el final de cada una de sus locuras, incluyendo la última y más reciente, la de dejarse marcar por él, con un tatuaje que decía que se pertenecían el uno al otro hasta la muerte.

Hasta la muerte.

Draco se ajustó la túnica una vez más frente al espejo y cerró los ojos, sintiendo el vínculo que lo unía a su rey a través del tatuaje del cuervo y el cráneo. Harry parecía tranquilo. Probablemente confiaba en que Draco sería capaz de manejar cualquier situación sin problemas. Completamente convencido de que Draco sería lo suficientemente astuto como para convencer de cualquier manera al Lord de que estaba a sus servicios y no a los de Potter.

Y entonces, sin más pretextos para retrasarse, se apareció.

La antigua casa Riddle había sido completamente restaurada. Su magnificencia de tiempos pasados estaba allí, destacando por su gloria oscura y tenebrosa. Pisos de madera, cortinas de terciopelo, jarrones de cerámica, estatuillas de mármol, candelabros de oro y plata. Era espeluznante, siniestra, pero hermosa. El poder oscuro del Lord bailaba por todo el lugar, haciéndolo estremecerse.

Bellatrix lo recibió con una sonrisa terrorífica que Draco supo ignorar perfectamente bien.

—Luces bien, Draco —le dijo la mujer mientras lo guiaba a través de un pasillo—. No entiendo para que te has molestado en vestirte —agregó con voz burlona—, él va a desvestirte de inmediato.

Draco le dedicó una sonrisa arrogante y sin detener el paso le dijo:

—No es mi culpa que yo le guste más que usted, querida tía. Por supuesto, nadie puede culparlo —la miró de arriba hacia abajo—. De tener a un muchacho joven, atractivo y sexy, a tener a una vieja bruja chiflada de compañía, creo que está bastante claro cuál es la mejor opción.

Bellatrix apretó tanto los dientes que crujieron e hicieron eco en el pasillo. Draco sonrió satisfecho pero no pudo evitar preguntarse si Riddle realmente había decidido que era momento de tomarlo físicamente. Draco estaba preparado para ello, no se lo había mencionado a Harry, pero sabía que algún día tendría que ceder. Había pasado los últimos dos años, desde que había cumplido quince, usando pretexto tras pretexto para no entregarse al Lord. Voldemort lo deseaba, toda su expresión corporal lo gritaba y Draco, de verdad, de verdad había tenido que resistirse para no ceder. Después de todo, Tom Riddle era uno de los hombre más atractivos que conocía y se parecía tanto a Harry.

Se detuvo frente una enorme puerta de madera tallada que mostraba un montón de serpientes que se deslizaban de un lado a otro sobre la superficie. Bellatrix no dijo nada más cuando sujetó el pomo de plata y dejó al descubierto el interior de la habitación.

Era una sala del trono.

—Ah, Draco, por fin has llegado —Le dijo con voz siseante y seductora.

Tom Riddle se encontraba sentado en su trono de plata, completamente elegante y empoderado. Con su cabello negro bailando sobre su cabeza y sus profundos ojos negros perforándole hasta el alma. Vestía unas elegantes túnicas de color negro que se ajustaban a su cuerpo como un guante.

Riddle sonrió y Draco perdió el aliento.

Caminó silenciosamente hasta él y se arrodillo. Escuchó a Voldemort soltar una risita de satisfacción, pero Draco sabía que, por ningún motivo, debía alzar la cabeza, no hasta que se le dijera que podía. Así que aguardó.

—Háblame de todo, Draco, quiero oír cada detalle de la caída de Dumbledore. Puedes levantarte.

Y Draco lo hizo. Voldemort le miraba intensamente mientras Draco contaba su versión de los hechos durante su sexto año en Hogwarts. Comenzando con lo difícil que había sido ganarse la confianza de Potter una vez más y lo difícil que había sido convencer a Dumbledore de que estaba de su parte. Le habló sobre la información que había estado reuniendo, sobre la insistencia de Zabini para que Potter no lo aceptara de regreso.

Todo lo que decía, lo hacía agregado una cantidad de detalle casi magistral, las mentiras salían de su boca, una a una, tan fácilmente como si estuviese diciendo la verdad. Los ojos de Riddle se volvían como de serpiente cada que Draco decía algo que le agradaba o le hacía enfurecer. Pero cuando llegó el momento de hablar del descenso de Dumbledore, estor permanecieron completamente reptiles y ansiosos.

Cuando Draco terminó, Riddle aguardó en silencio por un momento y luego dijo:

—Has hecho bien, Draco, has demostrado tu lealtad y serás recompensado por eso. Un joven tan talentoso como tú no debería de permanecer alejado de las cosas importantes. Podría ofrecerte todo un mundo de posibilidades, Draco ¿qué te parece? Ser mi mano derecha.

—¿Qué? —preguntó Bellatrix en casi un susurro.

Ninguno de los dos hombres se inmutó.

Draco se había quedado sin palabras. No podía creerse el giro de los acontecimientos. Jamás había creído que llegaría tan lejos. Es decir, él era solo un muchacho, un muchacho de diecisiete años, ¿Por qué Voldemort lo valoraría tanto? Ciertamente haber asesinado a Dumbledore debió haberle dado muchos puntos pero...

Draco miró al hombre en su tronó y miró a través de sus preciosos ojos de obsidiana sus segundas intenciones. Voldemort no solo lo quería como su mano derecho, lo deseaba como su concubino.

Y con una mierda. Pensó. No soy la puta de nadie. Me acuesto con quien quiero por que quiero.

—Sería un honor, mi señor —respondió asegurándose de no mirarlo directamente a los ojos—. Pero me temo que no tengo la experiencia necesaria, soy demasiado joven aún.

—Eso no es un problema, Draco —le respondió con aquella voz serpenteante, la misma que se deslizaba por sus oídos causando estragos en él. Tal vez para Draco no sería tan difícil si el aura obscura de aquel mago no fuese tan tentadora y atractiva. Se recordó que él era de Harry y Harry de él. — Yo puedo enseñarte.

El doble sentido de sus palabras hizo que algo dentro de su pecho vibrara. A Draco siempre le habían atraído los magos poderosos, los hombres con influencias, pero sobre todo los morenos, de bonitos ojos. Y ciertamente Tom cumplía con todos los requisitos.

—Eso sería peligroso, mi señor —insistió—. Potter, él cree que soy su mano derecha, si paso demasiado tiempo lejos de él, cerca de usted, sería sospechoso. Por favor, busque a alguien más.

—Vete, Bella.

—Pero... mi señor...

Draco no vio que tipo de mirada le dirigió el hombre, pero debió ser dura y severa, porque Bellatrix salió sin decir nada más.

—Acércate Draco.

Y Draco obedeció. Caminó, subiendo lentamente los pocos escalones que llevaban hasta el trono. Se aseguró de mirar al hombre a los ojos con su máscara imperturbable. Tom le ponía nervioso por muchas cosas. Le atemorizaba que el hombre fuese capaz de ver a través de sus mentiras y decidiera asesinarlo, pero sobre todo, le aterrorizaba saber que podía rendirse a él, como hombre, le aterrorizaba traicionarse a sí mismo y comenzar a creer que Harry no sería suficiente. ¿Por qué Harry tenía que ser suficiente, no?

Debía ser suficiente, pero Draco Malfoy siempre quería más.

Tom extendió una mano y tomó a Draco por la cintura, halándolo y colocándolo sobre sus piernas. La sonrisa de Riddle era jovial y brillante. Su apariencia, la de un joven de veintitantos años era sumamente atractiva y ese poder, oh ese poder, podía derretir a un hombre tan ambicioso como Draco. Lo quería, de la misma manera en que había deseado hacerse con el poder y la influencia de Harry cuando lo vio por primera vez.

Sabía que jugar para ambos bandos era jugar con fuego. Si Harry llegaba a enterarse. Se estremeció... No quería ni pensar en lo que le haría. Tanto él como Riddle lucían tan encantadores, pero eran un par de máquinas de asesinar puestas en marcha, letales. Draco era inteligente y astuto, pero usarlos a los dos podía ser... peligroso.

—Me gustas, Draco —le dijo Tom, sus labios rojizos y carnosos muy cerca de los suyos—. Me gustas mucho y sé que te gusto. Te atraigo.

Tom le acarició el rostro, suavemente y Draco sonrió. Si, le atraía, como le atraían todos los hombres con poder.

—Tal vez, pero Tom, esto no es correcto —susurró aún contra sus labios—. No deberíamos.

Pero aun así se inclinó y le besó, suavemente. Era increíble que Harry y Tom pudieran ser tan iguales y saber tan diferente. No habían adjetivos para describir sus sabores, el de cada uno, pero Draco sabía la diferencia. Tom era como un gustito culposo, un lugar donde arrimarse cuando Harry llegaba a su límite, tal cual había sido Astoria, un lugar seguro para desfogarse después de la muerte de su padre. Harry era como su castillo, él sabía que era su hogar permanente, pero del que en ocasiones tenía ganas de huir, sobrepasado por las situaciones y aun así, el lugar al que siempre volvería.

Riddle aferró su cabello con fuerza, con sus dedos resbaladizos acariciándole la nuca como si quisiera reclamar, inútilmente, algo que ya le pertenecía a alguien más. Sin embargo, Draco se dejó hacer, sumergiéndose en esa sensación de poder que tenía contra el hombre, porque Draco sabía, porque lo sentía, que en ese momento, él no estaba sometiéndose a Riddle, Riddle se estaba sometiendo a él.

Volver a tener el control, volver a tener algo de poder logró embriagarlo hasta el éxtasis. Y sin embargo se detuvo. Tenía que marcharse si no quería sufrir las consecuencias con Harry.

—Volveré la siguiente semana, mantenme informado a través de Snape —le dijo mordiendo su labio una última vez.

Voldemort parecía realmente necesitado de atención física. Follarse a su tía ya no le parecía suficiente.

—Snape volverá a Hogwarts, será el siguiente director.

—No ha podido elegir mejor, mi señor —respondió poniéndose de pie. Con una brillante sonrisa en su rostro.

Harry iba a estar realmente contento. Las cosas estaban saliendo de acuerdo al plan. Caminó hacia la puerta cuando la voz del Lord le interrumpió.

—¿Sabes que tendremos que hacer algo con la traidora de tu madre, cierto?

Draco asintió, consiente, pero no respondió.

Salió de aquella sala con los ojos de Tom Riddle clavados en su espalda. Draco podía sentir su deseo, la necesidad inconsciente de poseerlo. Y le gustaba sentirse así, joder que sí.

Cuando llegó al salón principal, Bellatrix se encontraba haciendo guardia y cuando sus ojos negros se cruzaron con los de Draco, le dirigió una mirada tan llena de odio que Malfoy solo pudo reírse.

—Vas a dar un paso en falso, Draco y yo voy a estar allí para asegurarme de que nuestro señor se dé cuenta de tu incompetencia.

—Suerte con ello, querida tía.

Respondió antes de aparecerse de nuevo en Malfoy Manor.

Toda la inseguridad y el terror con los que se había marchado de casa se habían disipado. Darse cuenta de que al menos tenía un poco de control sobre el Lord le había traído una seguridad sobrehumana. Pensó que tal vez debía hacer algo al respecto con Harry, pero es que él le gustaba así, rebelde. Le gustaba que lo tratara como el rey que era y a la vez como una perra necesitada de él.

El solo pensar en esa dualidad le hacía estremecerse.

Se miró una vez más en el espejo de su habitación antes de aparecerse a las afueras de Londres, donde The Palace le esperaba. Aquella propiedad había pertenecido a los Black y su madre la había heredado como parte de su lote cuando se había casado con Lucius. Una mansión casi tan grande como Malfoy Manor y considerablemente más grande que la propiedad Riddle. De aspecto elegante y antiguo, la guarida perfecta para un rey en ascenso al trono. Para Harry.

Atravesó las barreras sin problemas. Eran tan poderosas que podrían desintegrar a cualquier intruso en cuestión de minutos. La reja principal, de hierro forjado le recibió y se abrió por si sola. Atravesó el majestuoso jardín por el sendero de piedra y subió la casi imperceptible colina hasta el palacio. Al llegar a las puertas principales un elfo le recibió, sosteniendo su túnica e indicándole donde se encontraba el rey. Draco, por supuesto, sabía la respuesta.

Desde que habían restaurado y acondicionado la propiedad, Harry había expresado claramente cuál era su habitación favorita. La sala del trono que él mismo había diseñado, idéntica a la que tenía en la sala de los menesteres. En tonos verdes y accesorios de plata, toda la sala gritaba Slytherin, pero sobre todo gritaba Harry.

Draco había amado verlo sentado por primera vez en su trono. Se veía tan varonil, imponente y poderoso que sólo había podido arrodillarse frente a él, desabrocharle los pantalones y mamársela hasta volverlo loco.

Por supuesto, Draco tenía su propio trono, a la derecha del de Harry y era tan bonito como el del mismo rey. Draco casi no lo usaba, pero es que tampoco pasaba demasiado tiempo en The Palace.

Recorrió todo el tramo de la recepción hasta la sala del trono, admirando a exquisita tapicería elegida por su madre y los cuadros de paisajes que adornaban las casi vacías paredes. Era un lugar agradable, no estaba tan bien iluminado, pero los candelabros hacían muy bien su trabajo.

La puerta de la sala del trono estaba abierta de par en par y Draco se detuvo a un par de metros para arreglarse el cabello una vez más y alisarse la túnica.

Fue cuando llegó al marco de la puerta que notó que Potter no estaba solo, de hecho, parecía muy bien acompañado.

Se preguntó si la pareja que se encontraba follando sobre su trono se había percatado de su presencia, él suponía que no, la alfombra hacía un gran trabajo amortiguando el sonido de las pisadas, aunque las protecciones debieron alertarles de su llegada.

Chaqueó la lengua y ladeó la cabeza justo cuando ella se empalaba una vez más en la verga de su rey. Lo estaba montando la muy puta.

Suspiró cansado, no tenía tiempo para esas mierdas. Él lo sabía, realmente lo sabía pero eso no mitigó el desprecio que sintió por su madre. Al parecer la mujer sentía tanta debilidad por los jóvenes atractivos y poderosos como el mismo Draco.

Bueno. Pensó. Talvez Tom tenga razón, tendremos que encargarnos de la zorra traidora.