Capítulo 18
Candy se quedó paralizada en la silla durante unos segundos. MacGregor la estaba atacando y nadie podía ayudarla: los hombres estaban demasiado lejos y Albert, medio caballo por delante de su montura, aún no había advertido el peligro. Cuando vio que MacGregor, con un gesto de determinación y sonriendo anticipadamente por su triunfo, se inclinaba hacia delante y trataba de sujetar su caballo, Candy consiguió por fin reaccionar. Se movió con rapidez y sacó el puñal de su cintura para acuchillar esas manos que pretendían agarrarla.
MacGregor se echó hacia atrás instintivamente al recibir la cuchillada, dejando escapar un gruñido de ira y temor. La sangre brotó del corte recto y profundo que Candy le había hecho en la palma de la mano, y él lo contempló estupefacto. Pero se recobró enseguida y volvió a arremeter nuevamente contra ella.
Presa del pánico, Candy tiró de las riendas de su caballo, desesperada, y clavó espuelas. El animal respondió exactamente como ella esperaba, y se dio la vuelta de tal suerte que quedó frente a MacGregor, encabritado, piafando y abalanzándose contra el caballo del hombre.
Al oír el ruido desesperado de los dos animales, Albert se volvió y vio lo que estaba pasando. Tomó a Candy por la cintura y la subió a su caballo justamente cuando estaba a punto de caer de su montura, y luego desenvainó la espada y la levantó para enfrentarse a su enemigo; pero el caballo de Candy, que se había desbocado, se interpuso en su camino y MacGregor aprovechó ese percance para salir huyendo.
Albert masculló algo en gaélico mientras veían escapar a su enemigo, y miró a sus hombres cuando se acercaron. Luego observaron a los MacGregor, quienes ya dudaban, sin saber si atacarlos o emprender la huida. Albert ya no tenía muchos deseos de seguir luchando, pues Candy iba en su caballo, así que aprovechó la indecisión de sus atacantes y dirigió su corcel hacia el sur, galopando a toda prisa por entre los árboles, mientras sus hombres lo seguían de cerca.
—Lady Ardley, ¿quisiera usted seguirme? La acompañaré a su habitación; allí podrá lavarse antes de que nos sentemos a la mesa.
Candy intentó mirar con sus ojos cansados a la mujer que le tendía la mano. Luego observó vacilante a Albert, quien seguía sentado en su caballo. Había dormitado sobre su pecho casi una hora después de que hubieran huido de los MacGregor, se despertó al cabo de una hora y descubrió que estaba en el patio de armas de Stafford.
Al menos, supuso que era el castillo de Stafford. Era allí adonde los hombres habían decidido dirigirse antes de abandonar el camino y enfrentarse a la partida de los MacGregor.
—Anda.
Candy miró contrariada a su esposo. Eso era lo primero que le decía desde que la había rescatado de su caballo encabritado. Tenía un humor de perros y su expresión hosca bastaba para confirmarlo. Pensó que lo mejor sería guardar silencio.
Candy dio una patada en el suelo en señal de frustración, exhaló un suspiro y siguió a lady Stafford hacia el castillo. Los hombres siguieron a su jefe a los establos.
—Prepara un baño para lady Ardley —le ordenó lady Stafford a un criado mientras acompañaba a Candy por las puertas del castillo, y luego le pidió disculpas—. Espero que no se ofenda, pero su aspecto me permite concluir que lleva mucho tiempo viajando. Pensé que un baño podría... refrescarla de algún modo.
Candy bajó la mirada rápidamente al escuchar el sutil comentario. Estaba cubierta por una densa capa de polvo. El encantador vestido de color marfil que le había puesto Albert antes de desembarcar había adquirido una tonalidad que oscilaba entre el crema y el marrón claro, y su piel tenía un tono castaño grisáceo de lo más desagradable.
—Sin duda, mi señora —exclamó Candy con ironía—. Me temo que llevo varios días con estas ropas, y no he sabido lo que es el agua. Agradecería profundamente un baño.
Lady Stafford asintió mientras subía las escaleras hasta el segundo nivel de la torre.
—No he visto su equipaje...
—Me temo que las circunstancias nos obligaron a salir sin equipaje. Creo que nuestras pertenencias llegarán después, pero lo más probable es que tarden varios días. Hemos viajado día y noche desde que salimos de Liverpool ayer por la mañana.
Lady Stafford la miró sorprendida.
—¿Ayer por la mañana?
—Sí. Siento que hayamos irrumpido así en su casa, no era nuestra intención causarle molestias. Por desgracia, a última hora tuvimos que cambiar de planes y nos vimos obligados a desviarnos. Espero que nuestra presencia no le cause mucha incomodidad.
Lady Stafford guardó silencio mientras llegaban a la planta superior. Pasó dos puertas, abrió la tercera y condujo a Candy al interior. Tan pronto como cerró la puerta, la anfitriona le dijo en un tono bastante adusto.
—Lord Shropshire es un viejo amigo nuestro. Nos envió un mensaje desde Forswhite informándonos de lo que ocurría allí; nos dijo todo lo que le había contado Eliza...
Candy titubeó, sin saber cómo responder a esta noticia.
—Lady Stafford...
—Camila —la interrumpió la mujer mayor—. Llámame Camila.
—Camila —corrigió Candy forzando una sonrisa—. No estoy segura...
—No creí nada.
—¿Qué? —preguntó Candy, sorprendida ante esa afirmación.
—No me creí ni una palabra. Conocí a Eliza en la corte —dijo Camila con voz amarga—. Le abría las piernas a más caballeros que una... —Se sonrojó y añadió—: Le suplico que excuse mi comentario tan soez. Me temo que su cuñada no es de mi agrado. Me pareció deshonesta y demasiado ambiciosa. Eliza...
Guardó silencio al escuchar que llamaban a la puerta. La abrió, se hizo a un lado para que los sirvientes entraran con el agua, y se dirigió a Candy.
—Veré qué les está preparando la cocinera. Puede bañarse ahora.
Candy apenas tuvo tiempo de pronunciar un escueto «gracias» antes de que la mujer desapareciera por la puerta. Le hubiera gustado hablar más con ella y se dejó caer en un borde de la cama mientras los sirvientes llenaban la bañera. Acababan de salir de su habitación, terminada su tarea, cuando otro ligero golpe precedió la entrada de una criada rubia y pequeña.
—Lady Camila le envía este vestido para que se lo ponga después del baño. Pensó que le gustaría un vestido nuevo.
—Es muy amable de su parte —respondió Candy con sinceridad, mirando el precioso vestido de color carmesí que la doncella dejó sobre la cama. No era un color que ella hubiera elegido, pero sabía que le vendría bien con su cabello rubio y su piel clara.
—Mi nombre es Beth —anunció la muchacha, acercándose para ayudarla a desvestirse—. Seré su doncella durante su estancia en el castillo. Si hay algo que desee, sólo tiene que pedírmelo, mi señora, y yo me encargaré de conseguírselo.
—Lo tendré en cuenta, Beth.
Candy exhaló un suspiro de alivio cuando se quitó el vestido. Su suspiro se convirtió en un gemido de placer cuando se metió en la bañera y el tibio líquido la calentó por dentro. Le habría gustado permanecer allí un buen rato, pero sospechó que no tenía tiempo para hacerlo. Resignada, se quitó rápidamente el polvo acumulado durante el viaje con una esponja, y se lavó la espalda y el cabello con ayuda de Beth, antes de salir de la bañera envuelta en una tela grande que la doncella le ofreció.
Estaba sentada cerca del fuego mientras Beth hacía lo que podía para secarle rápidamente el cabello, cuando entró Albert. Le ordenó a la muchacha que saliera y casi no esperó a que ella hubiera desaparecido para dejar caer sus ropas y meterse en el agua que había quedado del baño. Si ella había sido rápida bañándose, él la superó con creces. Poco después de meterse, ya había salido y estaba poniéndose la ropa de nuevo. Luego se dirigió a la puerta.
—Ven —le dijo.
Candy soltó el cepillo, se incorporó rápidamente y salió tras él. Se las arregló para darle alcance en la parte superior de las escaleras; Albert la sujetó del brazo con firmeza mientras bajaban, comportándose con decoro a pesar de su mal humor.
Todos estaban sentados a la mesa. Albert sentó a Candy al lado de lady Stafford, tomó asiento a su lado e inmediatamente extendió la mano para coger la cerveza.
Preguntándose qué era exactamente lo que había hecho mal, Candy suspiró y comenzó a masticar con desgana la comida que tenía enfrente.
—Robert estaba relatándonos lo que les ha sucedido durante el viaje —comentó lady Stafford.
Candy frunció levemente el ceño al ver que Albert se ponía tenso tras escuchar las palabras de su anfitriona, pero luego miró con placidez a lady Stafford y a su esposo.
—Ante todo, debo darle las gracias por acogernos en su casa, mi señor —dijo Candy dirigiéndose al dueño del castillo.
—Puede llamarme Stephen, lady Candy. No soy tan viejo para que deba tratarme de «señor».
—¿De verdad atacó con su puñal a MacGregor? —preguntó lady Stafford con una expresión cercana al estupor.
Candy se ruborizó al oír la pregunta, pero no tuvo necesidad de responder, pues sus hombres estaban más que dispuestos a ufanarse de sus hazañas.
—Por supuesto que lo hizo —proclamó Jimmy con orgullo—. Y además le hizo un buen corte en la palma de la mano. —Levantó su mano para mostrarles dónde lo había cortado exactamente—. La recordará durante un tiempo, puedo asegurárselo.
Lady Stafford se impresionó al escuchar esto.
—Fue muy valiente, lady Candy. Me temo que si hubiera estado en su situación, me habría sentido bastante indefensa.
—Pero nuestra señora no —señaló Archie con orgullo.
—Nada la asusta. Incluso usó el puñal contra Tom cuando atacamos su escolta mientras se dirigía al feudo de los MacGregor. Le hizo un corte profundo justo aquí —hizo un gesto mostrando un costado; luego se encogió de hombros.
—La herida no fue grave, pero sangró mucho. Y no es la primera vez que se le escabulle a MacGregor. Intentó raptarla en la isla, pero ella y Aelfread, la esposa de Tom, aquí presente...
—¡Basta! —Albert lo interrumpió bruscamente, silenciando a su hombre al instante.
Candy le lanzó una mirada de desaprobación a su esposo por su brusquedad, a pesar de que ella misma hubiera querido estar más cerca de Archie para darle un puntapié por debajo de la mesa y callarlo. No se sentía avergonzada de haberse defendido, pero le abochornaba ser el centro de tanta atención. De hecho, se sintió irritada aunque su esposo lo hubiese silenciado, especialmente porque sospechaba que lo había hecho por una razón completamente diferente de la suya. Tenía muy presente que los hombres preferían que las mujeres reaccionaran como lady Stafford dijo que lo habría hecho en la misma situación.
—¿Cuál es el problema, esposo? ¿Te avergüenzas de mí?—preguntó indiferente.
—No seas tonta, esposa mía.
—¿Tonta, es eso? Has estado disgustado conmigo desde el ataque del MacGregor en el bosque. ¿Crees que no lo he notado? La única explicación que le encuentro a tu actitud es que estés avergonzado por mi forma de defenderme, impropia de una dama. ¿Tal vez habrías preferido que permaneciera indefensa y le hubiera permitido que me raptara?
—Sí, tal vez —la interrumpió.
Al ver la expresión de dolor de su señora, los hombres se miraron entre sí. Archie se aclaró la garganta y dijo con suavidad:
—Él no ha querido decir eso, mi señora. Él...
—¿Habrías preferido que me hubiera capturado? —preguntó Candy consternada.
—No, mi señora. —Stear miró con desaprobación a su jefe.
—Estoy seguro de que no quería decir...
—Pues sí, era eso lo que quería decir —lo refutó Albert, frunciendo el entrecejo ante la censura de sus hombres—. Si tal cosa hubiera pasado, yo seguramente te habría salvado... como es mi deber.
—¡El orgullo! —retumbó la voz de Tom—. El orgullo de un hombre es algo precioso, mi señora.
—Pues bien, ¡me importa un bledo tu orgullo! —repuso Candy con brusquedad—. Yo pienso que...
Albert dejó caer su jarra con estrépito al oír aquello.
—Ése es el problema, esposa mía. Piensas demasiado. No pienses. Mi labor es pensar por los míos y protegerlos.
—Ya veo —murmuró ella con frialdad—. ¿Querrías molestarte en indicarme cuál es mi lugar en todo esto? ¿De qué tarea en concreto debería ocuparme?
Por un instante Albert fue incapaz de responder, pero enseguida se repuso. En su rostro se reflejaba una profunda satisfacción cuando dijo:
—Eres mi esposa. Debes calentar mi lecho y parir a mis hijos.
Cada uno de los allí presentes casi se quejaron en voz alta al oír esto y Candy le lanzó una mirada amenazante. Esta vez fue Robert quien intentó apaciguar su ira.
—No creo que él quiera decir...
—¿Y cuando no esté ocupada en esos menesteres?—interrumpió Candy.
Albert se encogió de hombros.
—Cosas de mujeres; bordar...
—Camilla hace unos bordados preciosos —dijo lord Stafford. Y dándole un codazo a su esposa, añadió—: Quizá deberías mostrarle a lady Candy algunos de...
—Me temo que preferiría haber sido raptada por MacGregor que pasar el resto de mis días y noches trabajando en mi bordado.
Todos los presentes quedaron boquiabiertos ante esa afirmación. La misma lady Stafford la miraba con los ojos desorbitados; aun así, trató de tranquilizar a Albert.
—Ella no quiere decir eso, mi señor. Sólo está alterada.
—En cuanto a calentar tu lecho y parir a tus hijos —prosiguió Candy con voz gélida —, me temo que, de momento, no me siento muy inclinada a hacer ninguna de esas cosas. Con el permiso de ustedes...
Se puso de pie sin esperar respuesta y marchó con decisión hacia los escalones del segundo piso.
Albert la miró fijamente cuando abandonó la mesa y desapareció de su vista, luego miró con furia a los sorprendidos comensales, retándolos a hacer comentarios mientras extendía el brazo para agarrar su jarra de cerveza. La descargó ruidosamente sobre la mesa y dirigió su atención a la comida que tenía ante él, decidido a demostrarles a todos que las palabras de su esposa no le habían afectado. Ya había tragado el primer bocado y masticaba con decisión el segundo cuando se escuchó un estruendo.
Miró hacia arriba y se movió incómodo en su asiento. Eran los mismos sonidos que provenían de su habitación la noche que anunció su boda. Una mirada a sus hombres le indicó que ellos también lo recordaban.
—Creo que su esposa está reorganizando nuestro cuarto de huéspedes, señor — dijo en voz baja la esposa de Stafford, evitando mirarlo directamente mientras todos sus hombres echaban un vistazo al techo.
Al ver que Albert guardaba silencio, Archie se aclaró la garganta y explicó:
—Nuestra señora tiene la costumbre de hacer eso.
—Especialmente cuando está disgustada —añadió Stear en voz baja, preguntándose qué estaría arrimando contra la puerta esta vez. En casa usaba sus arcones, pero ahora no los tenía a su disposición.
Sólo podía suponer que aquello significaba que estaba apilando muebles contra la puerta. Y muebles pesados, pensó al oír que en cuanto un objeto dejaba de ser arrastrado por la planta superior, se escuchaba el chirrido de otro.
Pretendiendo que le tenía sin cuidado lo que sucedía, Albert siguió masticando. Permaneció inmóvil cuando el sonido se desvaneció y fue seguido de un crujido mucho más sordo.
Buscó a lady Stafford con la mirada.
—Creo que está moviendo la cama, señor. No sé si tendrá fuerza para hacerlo. Es de roble macizo. —Su voz se desvaneció en el silencio. Albert había dejado de escucharla. Se había levantado súbitamente de la mesa, y se dirigía dando fuertes zancadas hacia las escaleras.
Era un monstruo, un mastodonte de cama. Candy nunca había visto una así. Soplando para apartar un mechón de cabello de su frente, se refirió al tamaño de la cama con una expresión soez y se inclinó de nuevo contra ella, tratando de correr la maldita cosa.
Ya había puesto las dos sillas de la chimenea contra la puerta, pero sabía que el peso no era suficiente para evitar que su esposo la abriera. Ese gran elefante de cama debía bastar. De hecho, la cama sería suficiente. Ojalá se le hubiese ocurrido antes de desperdiciar su energía en las sillas.
Cuando la cama comenzó a deslizarse, Candy permitió que una sonrisa de satisfacción adornara su rostro. La distancia entre la cama y las sillas se había reducido considerablemente. Su frustración hizo brotar una avalancha de vulgaridades de sus labios cuando la puerta se abrió de golpe y Albert se escurrió en la habitación medio segundo antes de que lograra empujar la cama contra las sillas y sellar así la puerta.
Candy se incorporó lentamente desde el otro lado de la cama y le lanzó una mirada furibunda a su marido.
Albert entornó los ojos. Vio sus mejillas encendidas, su cabello desordenado y la ira en su rostro, y no pudo reprimir la sonrisa que esbozó lentamente. Su enfado se desvaneció como por encanto.
—¿Redecorando el cuarto?
Ella estaba iracunda y lo atacó con saña, agitando los puños con la intención de lastimarlo. Albert la neutralizó con facilidad antes de que pudiera darle el primer golpe.
—Me gusta cuando tu sangre hierve y tus pasiones se despiertan, esposa mía. Eso me hace hervir también.
Candy abrió los ojos, sorprendida al oír eso, y los entornó cuando él inclinó la boca sobre la suya. Pensó en morderlo y en darle un fuerte rodillazo; sin embargo, pensó demasiado, como él le había dicho; y mientras ella se ocupaba en pensar, Albert daba al traste con sus planes, pues cuando decidió transformar sus pensamientos en actos, él se las había arreglado para excitarla, de tal suerte que fue incapaz de lograr su cometido. Y en lugar de resistirse, su cuerpo se inclinó hacia él y su garganta forzó un gemido en su boca.
Candy suspiró en señal de derrota cuando él retiró sus labios y la besó desde el mentón hasta la oreja. Simplemente, no podía estar enfadada con ese canalla. Sin embargo, pensó que tampoco podía pasar el resto de su vida encerrada, tejiendo en un castillo.
—¿Esposo?
Él no interrumpió sus besos ni sus tiernas caricias.
—No me gusta bordar. —Se mordió el labio esperando una respuesta, y sólo recibió un murmullo ininteligible mientras él le besaba la oreja y comenzaba a mordisquear el delicado lóbulo.
Candy insistió, decidida a zanjar el asunto.
—Es lo que pienso, mi señor. De veras que no me gusta el bordado.
—Sí, querida. Ya te he oído —le dijo; luego la tomó en sus brazos y se dirigió hacia el lecho.
Candy frunció el ceño y apartó la cabeza para esquivar los labios que seguían mordisqueando su oreja y su cuello. Lo miró muy seria.
—Podría incluso decirse que detesto el bordado —dijo con firmeza. Albert pareció entender. Se detuvo y suspiró.
—No quería decir lo que dije acerca de que te defendieras por ti misma. Sólo estaba enfadado conmigo mismo por permitir que lo hicieras. ¡Por Dios! Ni siquiera sentí que nos estaban siguiendo de cerca. Tuviste que decírmelo. —Era evidente que estaba disgustado consigo mismo—. Debí advertir que nos acechaban. Si hubiera estado más alerta, me habría ocupado de MacGregor en ese instante y él habría dejado de ser una amenaza.
Sabiendo que eso era una especie de disculpa, Candy suspiró comprensiva y asintió con la cabeza. Pero Albert aún no había terminado.
—Sin embargo, sucedió algo diferente; él sigue siendo una amenaza y no puedo dejar que salgas sola mientras lo sea. Te necesito demasiado para permitir que ese MacGregor te arrebate de mi lado. Pero... —añadió cuando Candy abrió la boca para decir algo— te prometo lo siguiente: me ocuparé de ese hombre antes de regresar a casa para que puedas correr de nuevo por la playa.
Selló esa promesa con un beso mientras la tendía en el lecho.
Luego dejó caer su kilt y se tumbó sobre ella, dándole poca oportunidad a sus manos y sus labios de discutir más el asunto... aun en el caso de que ella lo hubiera deseado
La tierra rugía y se estremecía. Candy abrió los ojos, aterrorizada, tratando de aferrarse a la cama mientras la habitación se movía.
—¡Bien! Estás despierta.
Candy miró en dirección a la voz y vio que su esposo era el causante de aquel estruendo. Estaba vestido y deslizaba la cama por el suelo.
Suspirando al sentir que la cama se detenía, Candy se incorporó y miró hacia la ventana, alcanzando a ver las estrellas.
—Ni siquiera ha amanecido.
—Sí, tienes razón, no ha amanecido —convino Albert. Le dio un empujón final a la cama y la puso en su lugar antes de lanzarle su vestido y su camisola. Luego fue por las sillas.
Candy respiró resignada y cogió su camisola, refunfuñando mientras lo hacía.
—No veo por qué tienes que despertarme. No partiremos antes de que amanezca, ¿o sí? Yo...
—Partiremos dentro de una hora.
Candy hizo una pausa y lo miró sorprendida.
—¿De noche?
—Eso nos servirá de protección en caso de que MacGregor nos haya seguido y esté esperando para atacarnos.
Ella arrugó la frente al oír la noticia.
—Pero ¿y los caballos? ¿No deberían descansar?
—Lord Stafford ha sido bastante generoso y nos ha ofrecido otros.
—Ya veo. —Candy terminó de vestirse y comprendió que era inevitable cabalgar de nuevo, lo cual era una verdadera lástima, pues sus caderas comenzaban a sentir los efectos.
—Vamos. No te retrases. —Albert se dirigió a la puerta—. Tienes que comer antes de salir.
El estómago le rugió ante el anuncio. La noche anterior no había cenado y estaba hambrienta, reconoció. Se levantó y en un segundo estuvo vestida.
El gran salón de los Stafford estaba sumido en el silencio cuando Candy y Albert entraron. Al principio pensaron que sus ocupantes estaban inmersos en una especie de oración, pues tenían las cabezas levantadas y los ojos vueltos al techo como si esperaran el trueno de la voz de Dios. Albert carraspeó y todos los ojos se volvieron hacia él.
—Has movido tres muebles —dijo Stear. Albert arqueó las cejas, condujo a su esposa a la silla y tomó asiento.
—He movido las dos sillas que estaban junto a la puerta —fue la respuesta de Albert.
—Ahh. —Stear inclinó la cabeza ante su señor y le sonrió afablemente a su ruborizada esposa—. Buenos días, mi señora.
Candy le devolvió una sonrisa vacilante y se dispuso a devorar con ansias la comida. Los hombres terminaron sus platos y se levantaron de la mesa mucho antes que ella, que, ajena a las miradas de los demás, engullía con verdadera voracidad. Cuando terminó, se recostó contra el respaldo de la silla y dejó escapar un suspiro de satisfacción; pero no tuvo tiempo de saborear el dulce bienestar, pues Albert ya estaba de pie, tomándola del codo, e instándola a que se levantara.
—Venga, debemos irnos.
—Pero... —Candy lo observó irritada y miró a su anfitriona mientras su esposo la conducía a la puerta de la torre—. La comida estaba deliciosa. Felicite a su cocinera de mi parte. ¡Gracias por todo! —alcanzó a decir mientras Albert la conducía por la puerta de la torre.
Lo miró disgustada.
—Eres un grosero, esposo mío.
—Shropshire les dará las gracias en nuestro nombre. Stafford es amigo suyo.
—¿No vendrá con nosotros?
—Sí. Lo hará. Sólo quería que examináramos los caballos antes de salir.
—Bien, supongo no me necesitabas para eso. Podría haberme quedado y dar las gracias a esa gente como es debido.
—Esposa, ¿no has notado que tiendes a meterte en problemas cuando estás sola? —le dijo Albert mientras la llevaba hacia los establos, donde los hombres estaban inspeccionando los caballos que les habían preparado.
Candy se quedó boquiabierta.
—Eso es completamente falso, mi señor. Es una difamación sugerir siquiera tal cosa.
—Bueno, ahora, mi señora, es hora de salir hacia la playa sin que nos vean — anunció Archie tras escuchar involuntariamente el comentario de Albert.
—¿Hora de qué? —preguntó Stear, que no se había enterado de nada, y todos lanzaron una carcajada.
Candy los miró destilando fuego por los ojos y luego preguntó con brusquedad.
—¿Cuál es mi caballo?
Sin molestarse en responder, Albert la agarró por la cintura y la subió al caballo que había a su lado. La miró con compasión al ver su mueca de dolor cuando posó su trasero en la silla.
—Ya queda menos. Dentro de dos días estaremos en Forswhite.
Candy por poco gimió en voz alta al oír eso. Dos días más en la silla... Y eso que le gustaba mucho montar. Era lo que más había extrañado en las últimas semanas, pues no le habían permitido montar a caballo a pesar de todas sus súplicas y protestas.
Pero, en ese momento, pensó que perfectamente podría abstenerse de montar un caballo en su vida.
CONTINUARA
