POV Lucius
— ¿Qué tiene que decir el acusado?
Todos los juicios empezaban igual. En ese momento carecía de importancia quien fueras o lo que hubieras hecho. Sólo había una respuesta correcta a esa pregunta: "Soy inocente". Después de eso sólo tenías que afirmarlo una y otra vez, esperando que las pruebas y los testigos demostraran que tú tenías razón. Eso o que aun con todo ello en contra, jugases suficientemente bien tus cartas como para conseguir engañarlos a todos.
— Sólo recuerdo lo fácil que parecía todo lo que Él nos proponía.
Enésima mentira de la tarde. El Señor Tenebroso rara vez pedía algo que pudiera considerarse fácil e incluso la misión más rutinaria de todas podía acabar por enmarañarse. Y cuanto más psicótico se volvía, más peligro nos hacía correr a todos incluido a él mismo. Todavía se me ponía la piel de gallina al pensar en aquella vez que les acorralaron. La única vez que he visto a Jane-Anne volver temblando de una batalla. Que Él dejó que alguna emoción se reflejara en sus ojos. Que ella se lo llevó para que nadie más aparte de Lafford o yo mismo pudiera darse cuenta. El carraspeo impaciente de Bartemius Crouch me obligó a seguir con mi discurso ensayado.
— Las órdenes eran del tipo, acude a esa casa, trae a ese como prisionero, destruye esa sede clandestina.
— Eso que usted llamada sede clandestina era una subdivisión del Ministerio. Se encargaba de abastecer de víveres a centenares de magos y brujas en tiempo de guerra.
— Ahora me cuadra lo de la M en la puerta del hangar -intervino McNair.
A punto estuve de fulminarle con la mirada. El muy cabrón parecía querer ir directo a Azkaban.
— Mataron ustedes tanto a voluntarios como a funcionarios del Ministerio -recalcó Crouch-. Algunos de ellos familiares de las personas que les están juzgando en estos momentos. ¿Por qué deberían perdonarles?
No deberían. Y él lo sabía. Así como también sabía que no estaban repartiendo víveres, si no que estaban organizando las patrullas de aurores. Aunque de nuevo eso no importaba. Si no conseguía que creyese que había estado bajo la maldición Imperius no tendría piedad. Al fin y al cabo había llego al extremo de enviar a su propio hijo a pudrirse en Azkaban.
— Juro que si lo hubiera sabido… -se me quebró la voz mientras bajaba la cabeza.
En ese momento todavía no había aceptado que Jane-Anne se hubiera ido. Y estaba delante de quien había dado orden a sus aurores de matar en lugar de capturar. Cualquiera de los que estaban sentados en aquella sala podría haberlo hecho.
Narcissa estaba sentada a unos bancos de distancia. No importaron todas mis negativas, ella había asistido al juicio de todos modos. Para apoyarme decía. Ambos sabíamos que eso era sólo cierto en parte. También era su forma de ser un recordatorio constante de la familia que estaba detrás. Que no me olvidara de que su vida y la de nuestro hijo Draco también estaban en juego. Y era por ellos por quien debía soportarlo. Soportar como me llamaban escoria y traidor por renegar de nuestro señor.
Me desperté con una amalgama de gritos de fondo. A la porra mi descanso, si es que se podía llamar así a aquellas horas intermitentes en las que conseguía cerrar los ojos. Desconocía por qué de repente me habían atormentado los recuerdos del juicio. Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad un dosel me dio la bienvenida. A menos en aquella ocasión me las había ingeniado para caer en mi cama. Volví a escuchar voces a los lejos mientras me incorporaba intentando deshacerme del recuerdo de aquel sueño.
No podría olvidar la mirada de Bartemius Crouch en aquel juicio. El jefe de Seguridad Mágica no se había creído del todo mi versión de los hechos. Y durante mucho tiempo se dijo que era capaz de exhibir el mismo grado de crueldad que cualquier Mortífago. Me dirigí al baño y me tomé mi tiempo para afeitarme. Pasase lo que pasase en la planta de abajo no podría ser tan grave si nadie había ido ya a buscarme. ¿Cuándo habían comenzado a calificarnos con niveles de crueldad? La risa macabra de Bellatrix se hizo presente pero también la mirada impasible de Jane-Anne mientras lanzaba Crucios en busca de la verdad. Me eché abundante agua fría por la cara intentando borrar esa imagen. Intentando quedarme con la última sonrisa que me había dedicado, esa imagen capaz de cortarme la respiración. Y que ahora me ahogaba en rabia.
Me abroché el cuello de la camisa y me coloqué los gemelos en forma de serpiente. Compuse paso por paso la imagen que mostraba al mundo. Al final la balanza se había inclinado a mi favor, y con unos cuantos galeones habían terminado de asentar ciertas posiciones problemáticas. Cornelius Fudge había acabado como Ministro de Magia en lugar de Bartemius Crouch. Durante muchos años todo se remitió a una mera cuestión de orgullo y respeto. A tejer relaciones con personajes importantes y alzar el nombre de los Malfoy junto con copas llenas de Champagne. Hasta que el fantasma de Jane-Anne reapareció en mi vida con la fuerza de un vendaval, echando a volar todo a su paso. Volviéndose de nuevo una parte de mi.
Las voces desde el piso de abajo se escucharon de nuevo. Me bastó bajar un par de escalones para saber que provenían del salón del ala este. Yo había hecho de mi despacho mi mundo, y Narcissa había adornado la salida que daba al jardín el suyo. Casi habría olvidado que disponíamos de más habitaciones de las que utilizábamos si no fuera por mi costumbre de dar paseos por el interior de la mansión. Pero hacía ya tiempo que aquella casa había dejado de constituir un retiro tranquilo. Si es que alguna vez lo había sido.
— Por las barbas de Merlín, ¿se puede saber qué ocurre? -pregunté nada más entrar.
No estaba mal como las primeras palabras que le dirigía a mi familia en esa mañana. Habíamos tenido peores.
— Lucius, mira lo que le han hecho a nuestro hijo.
Narcissa sujetaba el brazo de Draco y le había arremangado la camisa en los límites donde empezaba a extenderse una mancha roja sobre la piel. Como si se hubiera acercado a algo demasiado caliente hasta quemarse. Nada que cualquier de los pringues de Lafford no pudiera hacer desaparecer.
— Ya te he dicho que no es nada madre -dijo Draco de pronto mientras le retiraba el brazo liberándose de su agarre.
Narcissa suspiró un momento. Ambos sabíamos que el orgullo de Draco se había hecho presente. Un rasgo que sin duda compartíamos.
— No es por mí por quién deberíais preocuparos. Es Hermione. Le han hecho algo, estoy seguro.
— ¿El día de la audiencia de chico? -intervino Lafford acercándose.
Hasta ese momento se había mantenido prudente en una esquina de la habitación. Pero nada más escuchar el nombre de su ahijada había abandonado su posición, dispuesto ahora si, a unirse a la conversación.
— Ninguno de los que están allí se arriesgaría a algo parecido -continuó.
— Pero … -protestó Draco.
— Basta -intervine haciendo un gesto con la mano -. Coincido con Lafford, debemos ceñirnos al plan.
Normalmente eso debería haber puesto fin a cualquier discusión. Y aunque Draco se mantuvo callado me miró desafiante. Parecía que siempre que se trataba de esa chica le costaba no dejarse llevar por sus emociones. Pero Hermione hacia tiempo que había dejado de ser esa chica, para convertirse en la hija de Jane-Anne. ¿Puedes oírnos acaso clamar tu nombre? Mientras sigas influyendo en nuestras vidas será como si no te hubieras ido. No del todo.
— Lafford -dije intentando volver a centrarme-. ¿Qué sabemos hasta ahora? La última vez dijiste que se encontraba al norte.
Él ya se encontraba con las palmas apoyadas sobre la mesa del salón. Estaba mirando un gran mapa desplegado sobre ella con cuatro tótems apoyados en cada una de las esquinas y multitud de velas a su alrededor.
— He podido acotar la búsqueda a un lugar llamado Islington. Efectivamente al norteste del Londres muggle.
— ¿Y esta dispersión al borde del mapa? -dije señalando una de las esquinas con rastros de ceniza.
— Por tu hijo. Acaba de decir su nombre, ¿recuerdas?
Él levantó un momento el tótem con forma de pájaro y borró con cuidado el rastro grisáceo que había dejado. Bastó ese movimiento para que toda la ceniza que había encima del mapa desapareciera, borrando así el área que él había señalado. Fue Draco quién dio forma a la pregunta que probablemente todos nos estábamos haciendo.
— ¿Si otros dicen su nombre por qué no funciona de la misma forma?
— El lugar donde la tienen estará rodeado de multitud encantamientos protectores. Puede incluso que hayan puesto un encantamiento Fidelio. Ni siquiera una maldición tabú podría romperlo.
La primera vez que sugirió su plan me pareció una locura, demasiadas variables a tener en cuenta ante una maldición que ninguno de los presentes dominábamos. El tabú, una vez activado, podía romper los encantamientos defensivos más comunes de quienquiera que lo pronunciara. Y por suerte Hermione no era un nombre lo suficientemente común como para alejarnos de los lugares donde podía encontrarse. Todo eran ventajas si dejábamos a un lado que habíamos maldecido su nombre. Aunque fuera sólo algo temporal.
— Me temo que aunque sea uno de los municipios más pequeños de Inglaterra no podemos ir puerta por puerta. Este rastro era de ayer por la noche. Merece la pena probar una vez más -dijo Lafford de pronto.
Por alguna razón todos, incluida Narcissa, nos habíamos quedado mirando aquel mapa con calles vacías.
— Será mejor que os apartéis un poco -añadió haciéndonos un gesto con la mano.
Mi familia retrocedió algunos pasos mientras Lafford se preparaba. Él no perdió el tiempo y cogió un cuenco lleno de ceniza. para empezar a dibujar un camino a través de las velas y los totems alrededor del mapa. Después extrajo el contenido de un vaso y dibujó el camino inverso, esta vez con arena. Conociéndome ya lo que venía le tendí la daga ensangrentada por los múltiples intentos. Sin perder ni un momento se atravesó de un corte la palma de la mano y la cerró en un puño sobre el mapa.
— Sequitas Sanguinem -pronunció con voz clara.
Al principio no sucedió nada, hasta que la sangre empezó a caer en pequeñas gotas sobre el mapa y las velas prendieron todas a la vez.
— Sequitas Sanguinem
La sangre volvió a caer de la mano y las gotas empezaron a juntarse encima del mapa encaminándose en una misma dirección.
— Sequitas Sanguinem, Sequitas Sanguinem -insistió.
La sangre volvió a ponerse en su lugar. El mismo círculo que habíamos visto encima del mapa aquella mañana. Aquel distrito que no conseguíamos atravesar.
— Vamos Herm… -empezó Draco.
Le fulminé con la mirada para que callase. Volver a decir su nombre sólo le descentraría. Cuando vi como Draco reculaba, volví a centrarme en Lafford. Tenía los ojos cerrados y había empezado a temblar. Estaba claro que todo eso le suponía un tremendo esfuerzo. La sangre del mapa empezó agitarse en torno a los bordes que había dibujado. Parecía que una y otra vez su magia chocaba con la misma barrera invisible. De pronto unas gotas empezaron a caer en la mesa y el borde del mapa. Por un momento pensé que se trataría de otra desviación, hasta que caí en la cuenta que Lafford había empezado a sufrir una hemorragia en la nariz a causa del esfuerzo.
— ¡Lafford! -le grité.
Él ni me escuchó. Estaba en trance.
— Sequitas Sanguinem, Sequitas Sanguinem -prosiguió.
La mesa empezó a moverse y los totems a temblar pero ni siquiera eso lograba atravesar la barrera. Lafford se inclinó hacia delante pero mi reacción llegó tarde. Su cuerpo parecía una veleta a punto de desplomarse. Caminé en la misma dirección pero alguien le sujetó por el hombro antes de que yo llegara. Lafford abrió los ojos un instante, como si hubiera salido de su trance sorprendido por el contacto. Draco y él se miraron un momento y mi hijo asintió con la cabeza. Antes de que me diera cuenta mi hijo se había cortado con el puño y tenía su puño cerrado encima de la mano. De nada sirvió el grito de Narcissa cuando la sangre empezó a brotar.
— Sequitas Sanguinem -dijeron los dos a la vez.
Esta vez no tembló sólo la mesa, tembló toda la habitación. Casi todas las velas se apagaron de pronto . El mapa seguía iluminado pero unas manchas oscuras empezaron a rodear a los cuatro totems. Parecía que la mesa entera iba a venirse abajo.
— Sequitas Sanguinem, Sequitas Sanguinem, ¡Sequitas Sanguinem!
Ambos se inclinaron hacia atrás como si hubieran perdido el equilibro y la sangre volvió a brotar otra vez. La barrera no dejaba de agitarse. Multitud de gotas cayeron en varios puntos del mapa y casi en el mismo momento que tocaron la superficie empezaron a moverse en una misma dirección. Apoyé las manos en la mesa con la vista fija en su recorrido, directos a la zona de la barrera. Esta por fin empezó a ceder y a estrechar el círculo en torno a la multitud de calles que bordeaba y casi al mismo tiempo, los totems empezaron a arder. Sea lo que fuera lo que estábamos intentando romper, estaba claro que estaba reaccionando.
Una fuerte corriente de aire entró en la habitación avivando la llama de las velas y por un momento pensé que sería una reacción más de nuestra magia. Hasta que vi como una fuerza invisible separaba a Lafford y a Draco rompiendo toda conexión. Narcissa se acercó corriendo a nuestro hijo.
— ¡Ya es suficiente! -grito mientras sujetaba a Draco y le obligaba a sentarse en un sillón a los pies de la mesa.
Nuestro hijo se dejó caer todavía sangrando por la nariz. Miré el mapa impotente, la zona de búsqueda se había estrechado pero todavía teníamos un puñado de calles que aun teníamos que acotar.
— Un poco más y lo tendríamos -le reproché-. Maldita sea Narcissa, ¿de verdad qué no había otro momento para hacer de madre?
— ¿Es qué no te das cuenta? -se defendió. Tenía su mano colocado sobre la cara de Draco y sujetaba un pañuelo que se había vuelto rojo en cuestión de segundos -. Intentar romper ese Fidelio les habría consumido. Era un encantamiento demasiado fuerte Lucius.
— Tonterías. No hay encantamiento que Lafford no pueda…
El aludido carraspeó llamando mi atención. Él también se había dejado caer sobre una silla y tenía la cabeza inclinada hacía atrás intentando contener la hemorragia. Sus manos estaban temblando.
— Te agradezco el cumplido Lucius. Pero esta vez voy a tener que darle la razón a tu esposa. Quien puso ese Fidelio sabía lo que se hacía.
Narcissa no se molestó en borrar su sonrisa de satisfacción al escucharle.
— Tú no eras quien para decidir si debían detenerse o no -volví a recriminarle-. Por muchas voces que dijeran que desistieran, ellos son capaces de medir sus propias fuerzas.
Cómo era habitual cuando no le gustaba alguna de mis contestaciones, me ignoró por completo. Ella nunca podría entender lo que costaba. Ella que por mucho que pensara que el Señor Oscuro hacia lo correcto, estaba acostumbrada a ver pasar todo desde lejos. Las cicatrices que se recolectan y todas las heridas debajo de ellas. Si siempre te pones límites nunca sabrás si serás capaz de aguantar otro hueso roto, otro giro de cuchillos, otra sesión de Crucios. Eso era algo que Lafford ya sabía pero que a mi hijo todavía le faltaba por aprender. Miré el reloj. Las ocho y cuarto de la mañana. La vista era a las once. Aún teníamos tiempo.
— Tenemos que seguir con el plan. Yo iré al Ministerio y me aseguraré de alargar todo lo que pueda la audiencia de Potter. Vosotros seguid intentándolo. En cuanto el chico salga de la casa deberían disminuir las protecciones. Es nuestra única oportunidad de saber donde la tienen.
— Tendremos que esperar -afirmó Lafford mientras se inclinaba hacia delante-. ¿Veis los bordes del mapa? Estoy seguro que hemos provocado algún tipo de alteración mágica.
Todos nos acercamos a aquella mesa. Los totems que habían estado sujetando el mapa se habían desvanecido dejando tan solo cuatro montones de cenizas y el mapa de la ciudad de Londres había disminuido en tamaño a causa del fuego. Parecía que lo quedaba de él se había pegado a la mesa a causa de toda la cera derretida. Me situé entre Lafford y mi propio hijo, ambos lucían agotados. Draco se palpó el brazo como si le doliera y Lafford seguía sentado y con un ligero temblor en las manos. Aunque no le había visto en más de diez años, hasta yo sabía que eso no era habitual en él.
— ¿Crees podrás volver a…?
— Claro. Podría hacer esto todo el día -me interrumpió con una burla.
— Imposible -susurró Narcissa por lo bajo.
— Se agradece la confianza -le reprochó el aludido.
— No… Quiero decir. Ya se donde la tienen.
Señaló un punto casi al filo del conjunto de calles bordeadas por un círculo rojo. El rastro que había dejado toda la sangre derramada en aquel mapa.
— Está en la casa familiar, en Black Manor. Es la única casa mágica por la zona capaz de albergar tantas protecciones y si sigo la línea de herencia masculina de la familia… Sólo puede haber acabado en manos de Sirius Black.
Por un momento nadie dijo nada. Llevábamos días enfrascados en una montaña de papeles y hechizos para dar con ella y ninguno habíamos caído en que merecía la pena investigar si quiera un puñado de herencias. Y ahora no solo lo habíamos logrado sino que conocíamos la localización de la organización clandestina que se oponía al ascenso de Lord Voldemort. Si eso no era una victoria para nuestro particular grupo, que bajase Merlín y lo viera.
— Ya te dije que deberíamos habérsela comprado a tu tía Walburga cuando nos la ofreció.
Bastó solo eso para arrancar unas cuantas carcajadas. A Narcissa le brillaron un poco los ojos. Que incluso en esos momentos consiguiera hacer reír a mi mujer me hacía creer que los motivos que nos habían hecho acabar juntos todavía seguían ahí. Bajo la superficie. Pero había alguien que no se había unido a aquel coro de risas.
— Alégrate hijo.
Nada más decirlo me percaté que sonaba más como una orden que como unas palabras de ánimo. Él seguía mirando el mapa con detalle ,sin reaccionar si quiera a mis palabras. Saqué mi bastón y clavé el mango de serpiente en el centro de la mesa reclamando su atención. Draco consiguió apartar la mano a tiempo. A menos no había perdido sus buenos reflejos. Se quedó mirándome unos momentos antes de contestar.
— Se está alejando. Ha salido de la barrera -dijo por fin.
Lafford se levantó prácticamente de un salto y se apoyó en la mesa para no caerse. Todos vimos como una fina línea roja se encaminaba en dirección al centro.
— Tiene razón, se está alejando de la casa -resaltó mientras seguía la línea con el dedo. Sólo a él se le ocurriría llevar las uñas pintadas de negro en un momento como aquel-. Pero se mueve demasiado rápido. Es imposible que vaya a pie.
No tenía ni idea como habría conseguido Hermione salir de una casa con tanta vigilancia y mucho menos como se las estaba ingeniando para moverse por la ciudad.
— ¿Puede que se haya subido a un coche? ¿O a un autobús?
— ¿Y si ha cogido un metro? -preguntó Draco-. Es lo que harían los muggles, ¿no? Y se mueve bajo tierra. Para un mago sería muy difícil encontrarla.
— Explicaría las líneas de movimiento tan rectas y la velocidad -añadió Lafford.
— Si averiguamos a donde van estas líneas tal vez podamos saber a donde se dirige.
De repente se me asemejaron a un par de amigos que planeaban una aventura. Justo cuando creía que nada más podría sorprenderme. Pero por mucho que quisieran ayudar, ninguno de los dos podría hacer mucho más de lo que ya estaban haciendo. Quedarse donde estaban y no hacer nada sería lo más duro de todo. Cuando les vi sugerir que tal vez deberían ir a reconocer el terreno me vi obligado a frenarles.
— Cuidado. Estás jugando con fuego Draco -le dije, esta vez si, con un tono que rozaba la amenaza-. Y ahora cuéntame más sobre ese transporte muggle que has estado utilizando.
Por el bien de ambos, mi hijo no se escudó en excusas. Y juntar todas las piezas de información fue clave para saber a donde podría dirigirse. Algún tiempo después me encontraba rodeado por unas familiares llamas verdes. Salí de la chimenea restregándome los ojos con la manga de la túnica. Alguien debería decirle a los empleados del servicio de mantenimiento mágico que las chimeneas estaban llenas de hollín. Me libré por segundos de chocar con una bruja regordeta cargada de calderos y me limité a seguir el flujo de funcionarios con túnicas y carpetas moradas que atravesaban el atrio del Ministerio.
A lo lejos un joven recitaba el titular de El Profeta de aquel días. Dumbledore, ¿chiflado o peligroso? Me situé delante fingiendo esperar la cola para comprar un ejemplar mientras miraba de reojo la cabina roja que descendía del techo. Si mi teoría era correcta, no les quedaría más remedio que utilizar la entrada de visitas.
— Pero Malfoy. ¿Qué está haciendo aquí un día como hoy? No le esperaba hasta la semana que viene.
Cornelius Fudge, el ministro que yo mismo había puesto allí, se acercaba desde los laterales de una de las fuentes. Esbocé una sonrisa ensayada nada más escucharle y fingí seguir pendiente de la fila. No sirvió de mucho, el hombre parecía dispuesto a acercarse. Eché un vistazo rápido a la cabina roja que había descendido, pero de allí solo bajaron dos hombres con expresión despistada. Fijé entonces mi atención en Fudge, que se encontraba ya a pocos pasos de mi. Había prescindido de su habitual capa y en su lugar llevaba la vestimenta propia de los miembros del Wizengamot. Di un par de pasos y le estreché la mano con fuerza cuando estuvo lo suficientemente cerca.
— ¿Cómo está ministro? Intuyo que con un día intenso por delante.
Había pasado con él las suficientes horas como para saber que el alago y la admiración siempre conseguía abrirse paso. No era ningún secreto que el cargo le venía grande y que tendía a ser inseguro en sus decisiones. Aunque parecía que había mejorado en ocultar eso último con los años.
— Si bueno, quiero pasar por esto lo más rápido posible. De hecho he adelantado la vista. No puedo permitirme dejar todas mis obligaciones a media mañana por un simple caso de magia en menores.
Parecía como si estuviera tratando de convencerse a si mismo en vez de a mi. Aun así, su tendencia a proteger en parte la pureza de sangre, siempre nos había venido bien. Y su campaña de negación del retorno del señor Oscuro, nos venía todavía mejor. Esa era una de las razones por la que últimamente le visitaba con tanta frecuencia. Cuanto más alimentara esa paranoia, más tiempo ganaríamos en las sombras.
— No debemos darle más importancia de la que tiene -prosiguió-. Bueno, ¿qué dice hoy el periódico?
Le tendí un ejemplar del periódico de la pila del puesto y pareció deleitarse con la portada. Daba igual si era Dumbledore, Potter o cualquiera de los que estaban de su parte. Toda acción parecía ser necesaria con tal de negar su regreso. Su estado parecía haber sacado a la luz su lado más corrupto. Y a juzgar por su cara al leer como todavía algunos argumentaban a favor de Dumbledore en plena portada, parecía molesto por no poder controlar todo lo que los magos hacían y decían.
— Un puñado de sandeces ministro, si me permite la palabra. Cuanta más atención se le presta a ese hombre, más gusanos salen a defenderle.
Me apresuré a quitarle El Profeta de las manos y a devolverlo a la pila de mala manera. Lo último que necesitaba es que vinculase su mal humor con mi presencia allí.
— Ya le dije hace años las barbaridades que cometió Dumbledore en el Consejo escolar -proseguí-. Intenté detenerle pero tras una serie de artimañas consiguió que me destituyeran antes de poder advertir al resto.
— Lo sé Malfoy, lo sé. Debería haberle hecho caso entonces.
— No se preocupe Fudge. Va en la dirección adecuada -le dije mientras le daba un ligero toque en el hombro-. Yo solo pude verlo un poco antes.
Él asintió complacido para después indicarme que le acompañara. Estaba a punto de trasladarle una excusa para no acudir a su despacho cuando la vi. A un lado del Atrio, rodeada de paneles de mármol oscuro y brillante, de espaldas con los brazos extendidos y dando vueltas ante las indicaciones del vigilante de seguridad. Por alguna razón, el movimiento me recordó al que solía hacer Jane-Anne cuando caían los primeros copos de nieve. Ni siquiera ella, con sus múltiples estallidos de magia y su negativas a que se le acercaran, podía resistirse al encanto de la nieve al caer. Aunque la situación fuera totalmente distinta, verla así con los brazos extendidos me hizo pensar que ambas tenían una forma muy parecida de moverse.
— Debo pasar por seguridad -dije mientras me encaminaba hacia donde estaba.
Apenas fui consciente de que Potter y Weasley estaban al fondo hasta que Fudge masculló algo por lo bajo. Seguí avanzado de la forma más sigilosa posible, como cuando ves una animal en medio del bosque y temes que se asuste y eche a correr si no vas con cuidado.
— Malfoy de verdad que no es necesario -dijo el ministro Fudge a mis espaldas. Su tono de voz me indicaba que no quería estar allí.
Me permití tomarme mi tiempo antes de contestarle. Tenía a Hermione justo delante. Se había girado al notar mi presencia. Hombros tensos, mirada alerta, respiración agitada… todas los señales de miedo estaban allí. La sorpresa había atravesado sus ojos nada más verme pero se recompuso rápidamente. Aunque seguía muy seria desde que había levantado la cabeza para mirarme pude percibir un destello de alivio. Parecía que aunque no hubiera visto nada bueno de mi sabía que podía fiarse. Tenía la mano pobremente vendada y con rostros de sangre seca en algunas partes. Justo donde Draco tenía una marca roja esa mañana. Por Merlín, ¿qué demonios le habían hecho en esa casa? Miré un momento al idiota de Arthur Weasley que intentaba mantener la poca compostura que le quedaba. Le hubiera hechizado allí mismo si hubiera podido.
— No deseo que nadie piense que hay algún trato de favor aquí ministro -le respondí por fin.
Nada más hacerlo Arthur Weasley cambió su expresión. Más allá de eso había poco que pudiera hacer. Fudge había usado gran parte de su influencia para difamar contra Dumbledore, Potter y cualquiera que afirmara que Lord Voldemort había vuelto. Y había dejado bien claro que cualquiera que estuviera a su favor podría considerarse despedido del Ministerio.
— Pasaré el control cómo todos -insistí-. Aunque tal vez no debería detenerse o llegará con retraso a la vista.
Podría haber echado otro vistazo para apreciar la reacción de Weasley, incluso de Potter. Pero no estaba allí para regodearme si no para hacer lo que mejor se me daba.
— Imperio -dije en un susurro apenas ineludible mientras sentía el cosquilleo de mi varita.
Hermione abrió los ojos de pura sorpresa, pero por suerte para los dos su reacción se limitó a eso. Bastante atención llamaba ya nuestro grupo como para atraer más miradas sobre nuestras cabezas.
— Todo está bien -dijo el de seguridad como respuesta.
— Disfruta el momento Borges. Tu cubículo nunca volverá a estar tan lleno de gente -dijo una desagradable voz desde atrás.
Sólo me hizo falta girarme un poco para percatarme de que se trataba de Rita Skeeter. Ningún otro periodista se atrevería a presentarse de esa manera ante todos nosotros con aquel pelo rizado hortera y ese conjunto lila brillante. Me bastaron unos segundos para adivinar sus intenciones y dar un paso hacia delante. Justo antes de que un golpe de luz me hiciera cerrar los ojos por un momento.
Rita Skeeter salió tras una nube de humo agitando las manos.
— ¿La tienes Bozo?
Un hombre barrigudo con una gran cámara de pie marrón y negra asintió con la cabeza. No me moví de sitio haciendo así de obstáculo para que no pudieran si quiera enfocarla.
— Señorita Skeeter le prohibo expresamente que publique esa fotografía -le exigió de inmediato Fudge.
— Pero señor Ministro, ¿dónde ha quedado la libertad de prensa que prometió para su mandato? -le rebatió Skeeter.
No había duda. Se estaba burlando.
— No puede presentarse así a las puertas de un juicio sin autorización previa.
— Cualquiera diría que me he presentado en medio de la sala de interrogatorios -prosiguió Skeeter-. Podría estar aquí por muchos otros motivos. Pero ya que les tengo a todos presentes, ¿qué esperan obtener de este juicio?
La pregunta se quedó flotando en el aire el mismo tiempo que tardó Skeeter en relamerse los labios y empezar a verter veneno con su pluma en una libreta. Fudge se había puesto rojo de pura cólera.
— ¡Esto es inaudito! -gritó sin poder contenerse-. Si ha venido hasta aquí esperando obtener alguna declaración por mi parte le aseguro que se va a llevar una desilusión. Tendrá usted oportunidad de sobra para escribir acerca de lo sucedido una vez se disponga de un veredicto.
— Bueno hasta entonces, creo que Harry puede esperar en mi despacho -intervino Weasley.
Le había costado pero había sido capaz de reunir el suficiente valor como para poner incluso su mano sobre los hombros del chico. Este le miró y pareció tranquilizarse un poco ante aquel gesto. Patético.
— No se moleste Weasley. El juicio es en cinco minutos -afirmó Fudge con su reloj de bolsillo-. Me temo señor Malfoy que tendremos que aplazar nuestra reunión.
— No hay problema ministro -le respondí forzando una sonrisa que desapareció en cuanto se dio la vuelta.
Ahí se alejaba mi coartada para bajar a los pisos inferiores.
— Vamos Harry -le apuró Weasley mientras le guiaba a la zona de ascensores-. Hermione no te quedes atrás.
Ella les siguió. No podía hacer otra cosa. Sopesé mis opciones con los dedos aferrados al mango de mi bastón. Al mango de mi varita. Podría lanzarles un par de hechizos aturdidores antes de que pudieran defenderse, pero había demasiados testigos. Demasiados factores impredecibles. Las luces sobre nosotros centellearon un poco. Tal vez debía esperar, usar ese tiempo para pensar en cómo saldríamos de allí, abordarles a la salida del juicio. Esperar… Eso era lo que había estado haciendo los últimos trece años. Y ahora que por fin podía hacer algo por Jane-Anne… Un regusto amargo me subió por la garganta. No. No volvería a echarme atrás. Mis pies se movieron solos. Camino al ascensor que empezaba a cerrarse. Estiré mi brazo por puro instinto. No iba a llegar. Pero para mi sorpresa la verja metálica se detuvo de pronto. Una mano vendada se había interpuesto. Buena chica.
(* * * * *)
POV Hermione
Contuve la respiración nada más notar el impacto. El señor Weasley nos había conducido a un vestíbulo más pequeño en el que situaban ascensores de forma circular y multitud de magos y brujas que esperaban su turno en pequeñas filas. Nos habíamos apretujado junto a una bruja superada por una montaña de carpetas y un mago que sujetaba una caja de la que salía humo. No tardó en llegar nuestro turno y cuando vi que la reja dorada se cerraba y Lucius Malfoy no iba a llegar mi cuerpo se movió solo. Toda la fuerza de la verja al cerrarse se había frenado sólo con mi mano. Con el dolor todavía palpitando noté como alguien tiraba de mi. Alejándome.
— ¿Es qué te has vuelto loca? -me recriminó Harry.
Tal vez debería haberle dado la razón. ¿Qué otra cosa podía decirle ante lo que acababa de hacer? Como si no hubieran por lo menos otros veinte ascensores que Lucius Malfoy pudiera utilizar. De pronto la caja de aquel ascensor se me hizo mucho más pequeña. Harry frunció el ceño. Señal suficiente de que la culpa se estaba reflejando en mi cara. Cada vez me suponía más esfuerzo tener que ocultar mis verdaderos sentimientos y hasta él era capaz de percibir que algo me sucedía. Un más que oportuno Lucius Malfoy pasó entre nosotros. Parecía que el encargado de los ascensores había decidido ayudarle terminando de abrir la verja. Retrocedí hacia una de las paredes para hacerle hueco.
Incapaz de decir o hacer nada más aparte de intentar respirar me limité a observarle. Él no había dejado que nada atravesara su expresión en todo el proceso. Todo lo contrario que Harry, que volvió a recriminarme con la mirada antes de buscar el apoyo del señor Weasley. Este estaba demasiado concentrando agarrando su varita como para añadir nada. Podía verla sobresalir del interior de su chaqueta y estaba segura que Malfoy también. De pronto sentí como la mano que tenía pegada a la pared aumentaba de peso, un objeto pequeño había acabado en medio de mis dedos. Cerré mi mano con fuerza. "El niño que vivió", un miembro de la Orden del Fenix, un Mortífago y la hija de "Quién-tu-sabes" bajan en un ascensor. Parecía el comienzo de un chiste malo. Pero nada de eso era ninguna broma.
— ¿A qué piso va? -preguntó una voz.
Pequé un respingo y a punto estuvo de dejar caer lo que fuera que Lucius Malfoy hubiera puesto en mis manos. El botones había decidido entrar también en el ascensor y se estaba dirigiendo a Malfoy. Metí con prisa ambas manos en los bolsillos de mi chaqueta y por un momento tuve un pretexto para mirarle directamente. Esperaba una mirada dura y fría como un muro de piedra pero en su lugar encontré algo más cálido. Un reconocimiento silencioso.
— Yo no soy quien lleva prisa -dijo por fin utilizando una voz sedosa.
Al igual que instantes antes en el control de seguridad, nada más escucharle sentí una corriente de adrenalina, como si todo en mí presintiera que algo estaba a punto de pasar. No era la única que estaba en alerta. La mirada de Harry destilaba odio. Podía llegar a entenderlo. Lucius Malfoy ya no era tan solo una sospecha de alguien potencialmente malvado. Tenía delante a alguien que había torturado a inocentes, que defendía todo lo que él despreciaba y que estaba bajo las órdenes de aquel que quería matarle. Y sin embargo yo, sentía que había hecho cosas buenas. Cosas incluso desinteresadas. Al fin y al cabo estaba allí, dispuesto a sacarme de allí. "Y la chica que huía de los monstruos al final aprendió a quererlos" Sacudí la cabeza para alejar las palabras de Dumbledore. Nos detuvimos de pronto de pronto y una voz femenina dijo "Departamento de Misterios". Parecía la única en alegrarse de todos los que nos encontrábamos en aquel ascensor.
— Vamos Harry -dijo el señor Weasley mientras le obligaba a caminar guiándole con la mano en la espalda-. Y recuerda sólo hablar cuando se dirijan a ti.
Desconecté del resto de la charla casi paternal que le estaban dando a Harry y aproveché lo enfrascados que estaban para mirar a Lucius Malfoy. "Tomátela" me dijo sin emitir un sólo sonido. Después señaló un recoveco a uno de los lados del pasillo de azulejos negros. El ruido de mis pisadas se escuchó nada más comenzar a avanzar por lo que fui directa hacia la puerta de la sala del juicio.
— Como dicen los muggles, ¡la verdad se sabrá! -afirmó el señor Weasly.
Si eso pretendían ser unas palabras de ánimo, iba de pena. Harry no podía estar más pálido y parecía a punto de vomitar el desayuno de aquella mañana. Respiró hondo y buscó mi mirada una vez más. No supe bien que vio pero la expresión le cambió de golpe. Fuera lo que fuera no vi forma de recomponerme. Tal vez yo ya hubiese agotado toda mi capacidad de fingir.
— Todo saldrá bien -dije utilizando la poca convicción que me quedaba.
Me dediqué a contar en silencio el número de azulejos que rodeaban la puerta que daba acceso a la sala del tribunal. Necesitaba entretener mi mente con cualquier cosa, lo que fuera antes que mirar de frente a Harry. Sentía que si lo hacia, Harry sería capaz de averiguar todo lo que se escondía bajo la superficie. Él se balanceó nervioso sobre ambos pies, como si quisiera añadir algo más. Pero no lo hizo, y finalmente se decidió a entrar después de unos bruscos asentimientos de cabeza. En cuanto abrió la puerta, una sala circular repleta de magos y brujas le dio la bienvenida. Todos estaban vestidos con túnicas negras y rojas, y aunque algunos se giraron, la gran mayoría siguieron cuchicheando entre ellos. Fudge ya estaba allí, sentado en su atril de juez, resoplando como si intentara prepararse a si mismo para lo que estaba por venir.
Yo también respiré mientras me daba la vuelta para alejarme y empezaba a poner un pie detrás de otro. Aunque intentaba hacer el menor ruido posible con mis zapatos, un sonido atronador me acompañó durante todo el trayecto. O al menos así me lo pareció a mi. Por un momento hubiera jurado que sentía los ojos de Harry posados en mi nuca. Como aquella vez que me alejé de todos ellos en el Gran Comedor justo antes de la última prueba del Torneo de los Tres Magos. Cuando una parte de mi había añorado ser parte de toda la calidez que desprendían. Pero esta vez no. Esta vez había mucho más en juego que simplemente yo misma. Si algo sabía de Lucius Malfoy es que era alguien que creía en la violencia y la usaría ferozmente si era necesario. Si su plan no surtía efecto tardaría tan sólo unos segundos en maldecir al señor Weasley para sacarme de allí. No volví a recuperar la calma hasta que pude poner una puerta entre mi misma y todos ellos.
Había entrado de lleno en el baño de las chicas y conté mentalmente los minutos que tenían que pasar hasta que abrí el frasco de mi bolsillo y me lo tomé de un trago. Me invadió de lleno un sabor horrible y en algún lugar lejano de mi mente una vocecita me dijo que ni siquiera me había parado a intentar averiguar el contenido de aquella poción antes de tragármela. A punto estuve de vomitar toda su contenido pero contuve lo suficiente las arcadas para conseguir tragármelo. Durante todo ese tiempo intenté ordenar mis sentimientos pero fue imposible. Necesitaba un lugar tranquilo donde sentarme y dejar descansar mi mente. Nunca había creído en cosas como la meditación, ni siquiera cuando vivía sin ningún contacto mágico, pero estaba dispuesto a probarlo si con ello conseguía parar toda la agitación que me invadía hora tras hora. El sonido de una de las puertas al abrirse desde atrás me puso en alerta. Abrí uno de los grifos y simulé estar lavándome las manos.
— Buenos días.
No fingí mi sorpresa al levantar la vista y ver a quién tenía a mi lado. Era imposible no reconocer de inmediato aquellos ojos codiciosos detrás de unas ostentosas gafas.
— Hola Rita.
Se había convertido ya en una costumbre referirme a ella por su nombre de pila cada vez que nos encontrábamos. Sin embargo esta vez parecía estar de peor humor.
— No se que os pensáis, las personas como tú. Tal vez que podéis tratar a todos como os plazca sin importar las consecuencias.
"Ahora no", quise decirle. No estaba preparada para aguantar ningún encontronazo de ese estilo. Pero algo le había enfado cuando ya ni se molestaba en disimularlo.
— Y aun así has conseguido vender muchos periódicos con toda la historia -le repliqué.
— Puede. Pero no permitiré que una niña vuelva a ponerme en aprietos. Yo que tú no le revelaría a nadie más, cómo y dónde nos hemos encontrado o esta vez seré yo te daré algo que perder, "pequeña señorita sin gracia".
Abrí la boca con la intención de defenderme pero ella se me adelantó.
—Tiene que ser difícil, tener supuestamente todo y seguir siendo tan insulsa -continuó.
— ¿Pero se puede saber qué…? -conseguí decir pero algo me detuvo de seguir hablando.
Una sensación familiar, un ligero cosquilleo en los dedos. Miré hacia abajo y noté como de forma instintiva mi mano se había deslizado al interior de mi chaqueta. Hacia mi varita. ¿Cuál era mi plan? ¿Hechizarla en medio del baño?
— Saber que esa Hermione Granger de la que tanto te burlas llama tanto la atención a pesar de sus orígenes. Mientras que tú, señorita Parkinson aun siendo una Sangre Pura, apenas consigues que te saluden al entrar en una habitación.
Todas las posibles respuestas que pudiera haberle dado murieron nada más terminó de hablar. Aun con el miedo presente por lo que había estado a punto de hacerle, eché un vistazo al espejo. Por un momento, todo se quedó en silencio. Ella me miraba desde atrás, sin duda esperando ahora si una respuesta, mientras yo, abría y cerraba la boca intentando procesar lo que tenía delante. Cuando por fin lo hice el pelo oscuro y la odiosa cara de Pansy Parkinson me devolvieron la mirada. Un chasquido de impaciencia por su parte fue suficiente para que mis pies decidieran moverse por fin y sacarme de allí.
— ¿Sabes qué? Tienes razón. Toda la razón -dije atropelladamente-. No volverá a suceder, Rita… quiero decir… Skeeter.
Y sin decir nada más atravesé la puerta de vuelta al frío pasillo. De algún modo puede que hubiera librado a Pansy Parkinson de algún problema. Fuera lo que fuera, no me importaba. Un ambiente oscuro me dio de nuevo la bienvenida. Bastaron un par de pasos para percatarme que ninguna poción sería capaz de amortiguar el maldito ruido de las botas contra el piso de baldosas. No me atreví a mirar hacia abajo por temor de encontrarme de nuevo con los ojos de Pansy.
En su lugar, asomé la cabeza en dirección al pasillo central. Me sorprendía que estuviera tan intacto y silencioso como lo había dejado. Yo hubiera esperado verlo todo cubierto de cristales hechos añicos tras una pelea dadas las personas que estaban en él. Dos hombres, cada uno en lados opuestos de esa guerra y lo más separados posible de lo que les permitían aquellas paredes. De pronto me percaté que tenía las manos cruzadas a la altura del pecho. Había hecho lo mismo cuando no sabía ni como iba a bajar las escaleras al Gran Comedor para el Baile de Navidad. La noche en la que todo había empezado a cambiar. Esa primera página de nuestra historia, en la que pensábamos que el futuro sólo nos depararía cosas buenas.
Caminé en dirección al hueco del ascensor donde Lucius Malfoy me esperaba, podía parecer tan sólo un pasillo, pero yo me sentía como si estuviera atravesando todo un campo de batalla justo al otro extremo de la guerra. En algún momento sentí ondear una capa sobre mis hombros. Puede que mi aspecto fuera ahora el de Pansy Parkinson pero mi ropa seguía siendo la misma que aquella mañana.
— Démonos prisa, no tenemos demasiado tiempo -dijo nada más entré en el hueco del ascensor.
Abrí la boca para contestar pero la cerré al momento. Ni siquiera sabía cómo dirigirme a él, mucho menos mantener una conversación. No ayudaba el hecho de que pareciera tan poco relajado. Ninguno de los dos lo estábamos. Aunque supongo que esa no es una buena excusa. Él estaba allí, esperando alguna reacción por mi parte.
— No sabía si vendríais -le dije a modo de saludo. Era lo más sincero que había dicho en las últimas semanas.
— Claro, claro… -dijo mientras abría y cerraba la mano. Era casi como si se hubiera pensado en pasármela por los hombros o algo y se hubiera arrepentido a mitad de camino-… Es comprensible. Pero, te aseguro que ninguno queríamos dejarte allí más tiempo del necesario.
El ascensor empezó a intentar elevarse entre chirridos ahogando toda respuesta por mi parte. Justo en ese momento el de su lado abría las puertas, y un botones dejaba entrar a un Dumbledore de paso acelerado. Iba acompañado de una mujer a la que no supe identificar. Llevaba un abrigo de lana en pleno julio y zapatillas de dormir. Con eso me bastó para que acabara en el apartado de "no amenazas" que había creado en algún lugar de mi mente. Un lugar que parecía desierto si lo comparábamos con los "inminentes peligros" y "amenazas latentes" en los que se centraban últimamente la mayoría de mis pensamientos. Estaba cansada. No. Exhausta. Mi mente había ido a tanta velocidad en las últimas semanas que ya no era capaz si quiera de concentrarme en una sola cosa. Por pequeña que fuera.
Lucius Malfoy no desviaba la vista de la espalda de Dumbledore. Como si presintiera que en cualquier momento podía llegar a darse la vuelta. ba de camino al juicio de eso estaba segura. No había otra explicación posible para su presencia allí. Pero en algún momento de los que yo me había limitado a pensar, Lucius había alzado el brazo hasta casi la altura de mis hombros. Tenía la mano alrededor del bastón, pero no lo sujetaba como otras veces le había visto hacer, si no que se había quedado en el aire, cruzando el estrecho ascensor. Cuando vi cómo sobresalía algo más fino que el propio bastón del mango de la serpiente, lo entendí. Allí era donde guardaba su varita.
"No tienes a donde correr, ni donde esconderte" Las palabras de Moody me golpearon como un tren en marcha, y el miedo me invadió. Tuve que luchar contra el deseo de retroceder y pegarme a la pared del fondo, de hacerme lo más invisible posible, para intentar desaparecer. "Tu madre acabó con la vida de cinco aurores. Destruyó a todas esas familias con un simple movimiento de varita" Podía recordar perfectamente el tono de desprecio que había utilizado para referido a ella. Catalogándola como una asesina insensible. Y aún así, algo me decía que debía haber sentido miedo al estar acorralada para actuar de esa forma. Miré por un momento a Lucius Malfoy, pero él estaba demasiado concentrado como para fijarse en mi expresión. Mucho menos para responder a mis preguntas.
Tenía que encontrar el valor. El mismo que había usado para coger aquel Horrocrux y ponerlo en un sobre con destino la casa de los Malfoy. Miré por un momento al espejo situado al fondo, la imagen de Pansy Parkinson me devolvió la mirada. Otra vez. No. Yo no sería jamás una muñeca, alguien a quién poder lucir. Era una superviviente y era fuerte. No volvería a ser débil ni indefensa. Miré con rabia el techo del ascensor, estábamos tan sólo a unos metros de la superficie. Nada de eso podía acabar conmigo encerrada en aquel pasillo subterráneo. Casi sin ser consciente apreté con fuerza la palanca de subida y contuve un gritó ante el tirón que dio aquella caja de metal. Lucius Malfoy y yo acabamos chocando contra la pared de fondo pero apenas lo sentí. Estaba demasiado concentrada en el movimiento que hacía Dumbledore al girarse. Apenas fue por unos segundos, pero no llegó a vernos.
— ¿Cómo has hecho eso? -me preguntó de pronto mientras continuaba nuestro ascenso.
— ¿Hacer qué?
Tal vez le reproché con más fuerza de lo que había pretendido pero me costaba acallar las voces de mis propios pensamientos.
— Nunca había visto desvanecerse tan rápido los efectos de una poción multijugos.
Me llevé la mano a la cara de forma instintiva apartando un mechón castaño en el proceso. No me importaba como había pasado, sentía alivio al notar que volvía a ser yo.
—Cúbrete con la capa, ahora más que nunca tenemos que darnos prisa en salir de aquí.
"No podría estar mas de acuerdo". Por un momento me dio miedo abrir la boca porque no sabía que voz saldría de ella, si la de quién me hablaba en mi cabeza o la mía propia. Al final me limité a asentir.
— Escúchame con atención. En cuanto lleguemos a la zona de las chimeneas, asegúrate de coger la de la derecha. Así saldrás directa a Whitehall sin tener que indicar ningún destino. Ve directa al centro de los jardines, Lafford te está esperando justo al lado de la estatua del ángel caído.
"Muy metafórico". Estaba segura que con otra persona hubiera dejado traslucir esos pensamientos. Pero todavía no era capaz de confiar en él. Como si él lo hubiera percibido, me cogió con fuerza de los hombros y me obligó a mirarle. Me quedé temblando, acostumbrada a los gritos que venían después de un gesto como aquel pero él se limitó a aflojar un poco la presión antes de hablar.
— Puede que todavía no hayas podido ver demasiado como para empezar a confiar en mi. Pero jamás haría nada que perjudicara a tu madre. Dedicó sus últimos años a conseguir que tú estuvieras a salvo y te aseguro que no voy a permitir que nadie, ni siquiera yo mismo, lo eche a perder.
Podía decirse que se trataba del mayor número de palabras que me había dirigido. Y a pesar de todo lo que había visto y oído, todo en él, desde la firmeza de sus ojos al crujido como único sonido del ascensor, me decía que estaba siendo sincero. Una vez que te enteras de estas cosas ya no puedes dejar de saberlas y ya no puedes ver el mundo como lo había hecho hasta entonces. De pronto el frunció el ceño, como si se hubiera percatado de algo al mirarme tan de cerca.
— ¿Qué has…?
Me contuve, a la par que maldecía esos ojos grises que invitaban a tratarle con tanta familiaridad. Veintiún días. Habían pasado casi tres semanas desde la última vez que había visto a Draco. Una parte de mi se sintió avergonzada al comparar cualquier rastro de él con los ojos de su padre.
— ¿Qué ha visto? -me corregí con el corazón latiéndome a mil por hora.
— Nada de lo que Lafford no pueda encargarse.
Estaba temerosa de que descubriera lo que realmente estaba pasando por mi cabeza. No en mi deseo de salir de allí, de reunirme con Lafford, sino con alguien mucho más cercano a él. Así que hice lo único que se me había dado bien hacer las últimas semanas, puse un muro delante de mis sentimientos, cubriendo así mi reacción y le respondí lo más imposible que pude.
— Pues para eso vas a tener que sacarme de aquí.
Como si hubiera escuchado mis palabras el ascensor se frenó en seco indicando que habíamos terminado nuestro recorrido por el Ministerio. Incluso a través de la verja dorada me di cuenta que había ido a parar a la misma zona circular que había tomado al inicio. Aunque no tanto como a primera hora de la mañana, el lugar estaba lleno de funcionarios y al menos media docena entraban y salían del resto de ascensores. En cuanto el botones sujetó nuestra verja con intención de abrirla me pregunté si Lucius Malfoy no le habría hechizado también para que nadie más entrara en el nuestro.
— Te cubro hasta que lleguemos. Una vez pasemos el Atrio habremos conseguido lo más difícil. ¿Preparada?
— Si -mentí. No había forma de estarlo. No cuando mis dedos empezaban a resbalarse de la capucha de la túnica a la que intentaba aferrarme.
Nada más salir nos vimos arrastrados por la corriente de funcionarios. Por un momento me vi abrumada por tanta gente, como si fuera una niña perdida en medio de una multitud. No. Era más que eso. Parecía como si estuviera en medio de una cacería y yo fuera la presa. Un frío repentino y unos nervios terribles se me agarraron al estómago. Por suerte, él parecía estar más que acostumbrado y me rodeó con su brazo libre para guiarme mientras se mantenía a mi lado. Solo tenía que fijar la vista en suelo al caminar y nada me diferenciaría de ninguno de ellos pensé al rodear a un grupo particularmente numeroso.
Vi como varias cabezas se inclinaban a modo de saludo al pasar pero Lucius Malfoy les ignoró completamente. Fue entonces cuando empecé a entender el grado de implicación que tendría en mi huida y las explicaciones que tendría que dar por ello. El juicio bien podría estar terminando, Dumbledore podría haber utilizado sus recursos para que todo quedase en una simple falta. Y en cuanto eso sucediera, Harry se giraría a buscarme, si es que eso no había sucedido ya. Aparté prácticamente de un empujón a dos brujas que se cruzaron en mi camino e ignorando sus quejidos, busqué con la vista los ascensores.
Un repentino resbalón casi me hace caer al suelo. A alguien se le había derramado un líquido pringoso allí en medio, y una bruja del servicio de limpieza se esforzaba porque dejáramos de pasar sobre él. Aun así, respiré con un poco de confianza al ver como acelerábamos al paso con dirección a la fuente que marcaba el centro del Atrio. Nada más haberla dejado atrás y cuando ya veía las chimeneas, no me quedó mas remedio que apartarme para no atropellar a un par de duendes inmersos en su negociación. Y justo al hacerlo, mis ojos se encontraron con unos ojos negros. Lo primero que pensé es que se asemejaban a dos pozos llenos de oscuridad, y sentí la misma sensación en el estómago que cuando te asomas a uno de ellos. Algo no estaba bien en la forma en qué ese desconocido me estaba mirando. Casi grito cuando vi que Lucius Malfoy sacaba la varita del mango de su bastón. ¿De verdad iba a hechizar a alguien allí en medio?
Por un momento pensé que la batalla ya había empezado cuando les vi a ambos moverse. Por alguna razón no podía apartar la mirada de ninguno de ellos y una extraña rabia se apoderó de mi. Eso sumado a mi miedo no hacía presagiar nada bueno. De pronto las lámparas centellearon con fuerza y empezaron a caer chispas de todos lados. Lucius Malfoy aprovechó la distracción para apartar de un empujón al hombre de los ojos oscuros y me empujó con su mano libre en dirección a las chimeneas. No me atreví a mirar atrás y avancé sola y a trompicones a través de unos cuantos curiosos que se habían quedado de pie intentando adivinar algo de lo que estaba sucediendo. Otros intentaban recuperar el control y empezaron a lanzar destellos para apagar todas las lámparas. Nada más entraron en contacto, y como si hubieran cobrado vida propia, estas empezaron a explotar en cadena provocando una lluvia de cristales en llamas.
Casi al mismo tiempo empezaron a parecer verjas doradas en las chimeneas. Esta vez si miré hacia atrás sólo para ver como varios de ellos lanzaban hechizos hasta hasta hacer aparecer una verja de metal dorado. Querían cerrarlas. Y entre todos ellos distinguí alguien que destacaba por su imponente estatura. Era Kingsley. Con eso me bastó para girar la cara y echarme a correr lo más rápido que pude, mientras el resto de chimeneas continuaban bloqueándose. Empezaban a formarse filas de magos y brujas que se miraban entre ellos iluminados por el destello de las llamas verdes. Miré hacia todos lados y de pronto la vi. La cabina de visitas estaba vacía. Como si estuviera esperando por mi. Sin ni siquiera pensarlo me lancé hacia ella. Me agaché nada más estuve dentro y me apoyé con fuerza al frío cristal mientras suplicaba para que se elevase. Lo hizo tan lentamente que todo el camino se me hizo una agonía. No podía decir lo que era realmente pero sentía como si tuviera una navaja de acero sobre mi cuello, haciéndome difícil respirar. Nada más notar como la cabina se paraba me apresuré a salir. Si algún muggle se extrañó al verme salir como si me estuvieran persiguiendo del interior de cabina de teléfonos no lo dijo.
El sol me cegó por unos momentos. Miré a todos lados intentando identificar de alguna forma donde me encontraba. Nada más girarme, me tope con un guardia montado a caballo que relinchó nervioso nada más notar mi presencia. Retrocedí unos pasos y entonces me percaté del cartel. Museo de la Guardia Real. Ninguna referencia a Whitehall. Aun así ahora podía detenerme, así que avancé de lleno por el arco que atravesaba el edificio intentando identificar donde me encontraba. Nada más hacerlo, me recibió una amplia plaza rectangular, con dos grandes edificios victorianos, uno a cada lado. A juzgar por la tierra del suelo, podrían haberse tratado de caballerizas utilizadas mucho tiempo atrás.
"Céntrate. Busca esa estatua" me dije a mi misma. Empecé a caminar hacia los jardines que tenía en frente. Para ser por la mañana, aquella plaza lucía ajetreada, con muggles yendo de aquí para allá. Los hombres vestidos con trajes de raya diplomática, parecían mezclarse sin problema con el trajín de deportistas y turistas que ocupaban la plaza. De pronto me sentí tremendamente expuesta, como si algo me delatase entre todos ellos, pero me esforcé en seguir caminando hasta llegar al cruce que daba a los jardines. Justo en él se apelotonaba un grupo de turistas liderados por una guía con un gran paraguas. Miré la extensión de la masa verde que tenía delante, ni siquiera sabía que camino seguir.
Si podía sentir cuando Draco estaba cerca a lo mejor también podría sentir a Lafford. Cerré los ojos dejando que la magia me guiara, en dejar fluir las emociones que asociaba con él, esas palabras de aliento, esa sensación de control aun cuando nos rodeaba el peligro, los nervios y la adrenalina que se agarraban a mi estómago en medio de una huida a toda prisa. Un fuerte pitido me sacó de mi estado. Un muggle cabreado dijo algo desde el centro de su coche, y entonces me di cuenta, estaba en medio del paso. Hice un gesto de disculpa con la mano y terminé de cruzar la calle. No me hubiera fijado en ninguno de los turistas que seguían al otro lado si no fuera porque entre todos ellos se encontraba una mujer alta con un chubasquero morado. Bastaron unos segundos para que nuestros ojos se encontraran. Unos segundos para percatarme de lo que percibimos la una de la otra. Reconocimiento. Fue ese el momento en el que eché a correr. Con Hestia Jones siguiéndome con paso acelerado un poco más atrás.
¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Mi mente cavilaba frenética las razones que podían estar detrás de su presencia allí. Todo eso mientras corría hacia al interior de los jardines, sólo para encontrarme con una explanada poco más que a campo abierto. No veía forma de poder despistarla en medio de todo aquello, pero seguir el camino de tierra trazado lo haría todo todavía más fácil. Así que seguí avanzando muy consciente de que ella estaba siguiendo todos mis movimientos desde atrás. Aun así ninguna sacó su varita.
Una repentina sensación de frío subió desde mis pies, como si fuera descalza en lugar de con botas. Como si no estuviera bajo el sol, si no que estuviéramos a punto de desatarse una tormenta. Sentía el crujido de las hojas debajo de mi, el rasguño de unas ramas, las punzadas de algunas piedras. Todo lo contrario al suave y cuidado césped de Londres que tenía que estar pisando. Conforme avanzaba, todo a mi alrededor se fue volviendo más oscuro, menos abierto, dejé de sentir el sol en mi piel, el ruido de las conversaciones de la gente dio paso al silencio, únicamente roto por una respiración agitada y los sonidos de un bosque lejano. No habría podido sentir menos miedo si me hubiera adentrado en el Bosque Prohibido.
No podría seguir corriendo así por mucho tiempo más. No sin un rumbo…No. No podía rendirme. Lafford se percataría. Se daría cuenta del peligro. Sólo tenía que ser capaz de reunirme con él y alejarme de todos aquellos… De pronto caí en porque no había sentido todavía el impacto de ningún hechizo. Muggles. No podía arriesgarse a usar su varita entre todos ellos. Menos cuando parecía una berenjena corriendo en medio de un huerto con ese horrible abrigo que llevaba puesto. Con ese pensamiento me metí de lleno en un camino de tierra rodeada de ciclistas y corredores. Y cuando vi que ella lo tomaba también lancé un hechizo. Una ráfaga de viento que hizo caer a todo el pelotón. Que la obligó a detenerse. Y que me dio el tiempo suficiente para salir de su vista.
Al poco me encontraba apoyada contra el tronco de un árbol, tapándome la boca con una mano, intentando calmar tanto mi respiración como mi corazón. No sabía que me palpitaba más de dolor, si mi cabeza o mi costado por todo el esfuerzo de la carrera. Había abierto con un Alohomora la verja que daba a aquel jardín escondido. Protegido por grandes árboles que no dejaban ver lo que había alrededor. He visto antes árboles como esos. En mis sueños, mi madre corre conmigo a través de un bosque, resbalando y cayendo sobre las hojas. Una luz que se torna verde. Mientras intentaba recuperar el aliento, escuché un chirrido a lo lejos. Me aparté una lágrima de la cara y cogí aire con fuerza justo antes de empezar de nuevo a correr. Si las sombras de los árboles me protegían tenía el tiempo justo para…
— Incarcerous -gritó alguien peligrosamente cerca.
Me eché a un lado para esquivar las cuerdas que se abalanzaron sobre mi. No fue hasta que vi como sentí el frío metal enrollándose en mi brazo que me di cuenta que había caído de lleno en una trampa. Parte de la verja que debía saltar se enrollaba ahora en torno a mi brazo. Hestia Jones surgió de entre las sombres de los árboles que hasta hacia unos momentos me habían servido para ocultarme. Tiré de él por pura frustración, pero sólo conseguí que me apretara todavía más.
— Bombarda -grité mientras hacía explotar una fuente de piedra.
La figura de Hestia se hacia a un lado para escapar del impacto de las rocas. Aproveché para lanzar un hechizo de repugnancia para liberarme de mis ataduras.
— Relashio -volví a decir con más fuerza al ver lo despacio que estaba consiguiendo revertir los efectos de aquella verja transfigurada.
Me vi liberada justo a tiempo para agacharme y esquivar un embrujo. A juzgar por las marcas, pretendía arrinconarme.
— No servirá de nada correr. Fue lo que nos enseñó Moody -respondió ella al momento-. A seguir un rastro puesto por él.
Puse un muro más en mi mente, pero no pudo evitar la rabia al escuchar su nombre. Al escuchar como hablaba de él desde el respeto, desde el cariño incluso. Este hombre, que no era ejemplo de nada. La frustración al ver como le había bastado un contacto con mi mano para dejar puesto un rastreador.
—Aunque debo decir que en ningún momento esperaba verte correr lejos del Ministerio y de tu supuesto amigo. Ni usar así una varita cuando todavía tienes puesto el detector.
"Sigue buscando. No te dejes amedrentar". Respiré para calmarme, sopesando mis opciones. Estaba segura que desde las sombras nos estábamos estudiando la una a la otra.
— Desconozco tus razones, pero he trabajado suficientes años como auror para saber que si alguien se va así dejando a sus amigos atrás no suele ser por nada bueno.
Me levanté y empecé a caminar por los límites de aquel jardín. Mirando alguna otra salida. Intentando cubrirme entre la maleza. Intentando que mis botas no sonasen sobre el suelo de piedra.
— Sigues teniendo amigos en esa casa -insistió-. Se avecina una… No… Aunque no te lo parezca estamos en guerra. No es el momento de dejar a tus amigos de lado.
"Te está entreteniendo. Haciéndote confiar" Yo misma lo había hecho antes. Por Merlín, llevaba haciéndolo semanas dentro de aquella casa. Con todas mis interacciones planeadas, preguntas con intenciones ocultas, respuestas a priori espontáneas que nunca lo fueron. Acabo por ser algo fácil, instintivo casi. Ir tocando las palancas justas para obligarles a actuar. Potenciando la paranoia de unos, el miedo y la ansiedad de otros.
— ¡Petrificus Totalus! -gritó una de las estatuas.
No me alcanzó por una pulga. Mierda. Esa bruja sin duda sabía como camuflarse.
— ¡Desmaius! -respondí.
Y le di. Le di de lleno. A un árbol. "Estupendo" me reprendí a mi misma. Nada más hacerlo una bola de luz descendió hasta el centro del jardín. Iluminándonos a ambas. Por un momento las dos nos quedamos apuntando con nuestras varitas a esa proyección. Hasta que la inconfundible voz de Alastor Moody se escuchó por todo el lugar.
"Hermione Granger es en realidad una Rossier. Hija de mortífagos. Puede haberse visto tentada. Cuidado. No es de fiar."
Ella reaccionó más rápido que yo. Pude ver como todo su cuerpo se ponía en guardia, adoptando la postura propia de quien va a batirse en duelo. Mientras el mío se congeló de inmediato y me tomó un segundo más de tiempo en recuperarme de aquella sorpresa.
Me esforcé en desviar los rayos que salieron de la punta de su varita, mientras las palabras que una vez me había dicho mi madre se hicieron presentes. "Sé que no lo has elegido. Pero serán muchos los que intentarán acabar contigo, por lo que eres y por quien es tu familia. Lo mejor que puedes hacer es ponérselo difícil"
— ¡Desmaius! -gritamos las dos al unísono.
Nuestra voluntades chocaron en el aire. Su mente era como un libro abierto reaccionando a las palabras de Moody utilizando su Patronus. Un mensaje que no sólo le había llegado a ella, sino a toda la Orden. Había dejado de ser la amiga de Harry Potter que merodea por la casa, había dejado de ser simple adolescente a sus ojos. Y por Merlín, en ese momento, deseé serlo. Al fin y al cabo, nadie arrincona, desarma y apunta con su varita a una chica simple. Toda la adrenalina que me había ayudado en la lucha se congeló en un momento. Sentía el miedo golpeándome de nuevo en las costillas.
En total sólo debieron ser unos pocos segundos, el tiempo que tarda una varita en caer. Salvo que la mía no hizo ningún sonido al hacerlo. Y casi al instante siguiente volvió a encontrarse en mi mano. El escalofrío que me recorrió la columna me hizo percatarme de la persona que lo había hecho posible. Eso y la expresión breve de sorpresa y después de absoluto terror en los ojos de la berenjena. No necesitaba que nadie me dijera como iba a acabar ese duelo. Al instante siguiente Hestia Jones yacía muerta en el suelo.
— Ven. Te buscaré un lugar seguro -dijo con la misma voz fría de siempre.
Bastaron esas palabras para que el agotamiento se presentara con todas sus fuerzas. Y al igual que mi varita, me encontré cayendo sin remedio contra el suelo. Con las manos de Lord Voldemort como único freno.
(* * * * *)
POV Lafford
— Estoy cansado de tanto juego. Sólo la quiero de vuelta.
Ya era la tercera vez que le escuchaba decir algo parecido. Y por lo menos la décima vuelta que daba a aquella estatua. Y a lo mejor la decimoquinta que se apartaba el flequillo de la frente. Como volviera a hacerlo me veía capaz a conjurar unas tijeras y cortárselo de pleno. Ser paciente desde luego no figuraba entre las virtudes de un Malfoy. Y Draco Malfoy no iba a ser la excepción.
— Será mejor que tus padres no te escuchen hablar tan abiertamente.
Él se giró para reprocharme con la mirada. Él a mí. Tuve que contenerme para no sermonearle. Pude notar como ponía una barrera más alrededor de todos sus pensamiento al hacerlo. Demasiado tarde. Ya había visto lo suficiente para saber que su estado poco tenía que ver con el singular vínculo de Semper que les unía. Esa historia no se había dado por razones concretas si no más bien por síntomas. Una clase como otra cualquiera hasta que te ves alterado al verla de pronto entrar. El corazón acelerado al pasar cerca después de una riña entre casas. La piel que se estremece ante el mero contacto en medio de una sala repleta de objetos perdidos.
— ¿Puedes percibir algo? -pregunté esforzándome por alejarme de aquellas imágenes que sin duda ningún progenitor querría seguir viendo.
— ¿Tengo pinta de ser una brújula? -respondió frustrado.
— Tomaré eso como un no -dije sin molestarme en disimular una mueca.
Ni siquiera sabía porqué le había permitido venir conmigo. Tal vez porque desde que había despertado aquella mañana me había acompañado una sensación de vértigo. De que algo se había quedado fuera de lugar. Y cuando eso sucedía parecía que el universo conspiraba hasta que conseguía restablecer de nuevo el equilibrio. Y con ello la necesidad de encontrar a Hermione me resultaba todavía más apremiante.
— ¿Esto es solo un juego para ti verdad? -me reprochó mientras apretaba los puños-. ¿Alguna vez has querido realmente ayudarnos?
— ¿A qué viene eso ahora?
—Viene porque se suponía que tú tenías que protegerla. Alejarla del peligro.
Era una pregunta retórica. No esperaba que me respondiera.
— Pero cuando le abriste a Voldemort la puerta de tu casa, la metiste de lleno en esta guerra -continuó-. Podría haberlo entendido si hubiese venido de mi padre. Parece más que encantado de volver a servirle. Pero se suponía que eras tú quien debía mantenerla a salvo.
Un enfado inesperado ante aquellas palabras me invadió de pronto. No iba a permitir que un niño me diese lecciones acerca de como sobrellevar una guerra.
— ¿Y según tú, qué podría haber hecho eh? Conozco mis límites. Además, estamos más seguros a su lado que si estamos en un bando indefinido.
"Me da igual de que lado estemos siempre que estemos en el mismo". Esa verdad me golpeó con la misma velocidad que un tren en marcha. Él había dejado de intentar guiarla en una u otra dirección. Tenía demasiado respeto por sus deseos cómo para arriesgarse a hacer tal cosa. Estaba dispuesto a resistir la tentación de complacer al Señor Tenebroso o a sus propios padres, poniendo la libertad de elección de Hermione primero. La conocía lo suficiente cómo para saber que sólo podría ser feliz si decidía por si misma. Nunca habría esperado que alguien como él llegase a pensar de aquella forma.
— No se me da bien ser el héroe. No es lo mío -dijo por fin.
Le puse una mano sobre el hombro por unos momentos y para mi sorpresa no se apartó.
— Ya somos dos. Además, he visto lo suficiente para saber que no aguantarías en una habitación ni cinco minutos con Potter antes de intentar matarlo.
Una mueca parecida a una sonrisa se coló en medio de aquel ambiente crispado. Lo habría secundado si no hubiera sido porque una ráfaga fría me invadió de repente, colándose entre mis huesos. Conocía antes ese escalofrío en la espalda, ese zumbido en los oídos.
— Ve a buscar a tu padre. Tengo un mal presentimiento.
Y sin ni siquiera darle oportunidad de replicarme, me desaparecí del lugar.
(* * * * *)
POV Hermione
Me esforcé por abrir los ojos pero sólo conseguí distinguir una masa de colores bailando a mi alrededor. Volví a cerrarlos y me obligué a calmarme antes de volver a intentarlo. Un azul familiar me dio la bienvenida. La misma habitación en la que me había refugiado tantas veces. Me incorporé de inmediato. Por muy cansada que estuviera, sabía que no podía quedarme en aquel lugar.
— ¡Hermione! Tenemos un invitado. ¡Baja a presentarte!
Todo aquello parecía no ser real. Hasta hace un momento estaba en el parque. Y en cambio ahora… Me miré un momento la mano. No había rastro de dolor, ni tampoco del vendaje que había estado llevando toda la mañana. Volví a echar un vistazo a la habitación, buscando cualquier cosa que pudiera indicarme que estaba sucediendo. Que me dijese si mi mente estaba o no jugando conmigo. Otra vez.
Pero no di con nada. Así que hice lo que siempre hacía cuando ponía un pie en aquella casa, coger lo que necesitaba y salir de allí. Comprobé mis bolsillos y respiré aliviada al notar que mi varita seguía en el interior de mi chaqueta. Sabía perfectamente donde estaba la puerta, así que baje las escaleras dispuesta a salir de allí de inmediato. Robert Granger me detuvo cuando ya tenía la mano en el pomo.
— Se educada y después podrás irte -dijo mientras me estrujaba con fuerza los dedos al decirlo.
— Suéltame -le respondí nada más sentir el contacto.
Mi magia reaccionó provocándole un fuerte chispazo, haciendo que me liberara de inmediato. Esta vez no estaba dispuesta a seguirle el juego. Aun así no se movió de la puerta. Podría apuntarle con mi varita, obligarle a retroceder. Pero nada acabaría bien si le amenazaba con ella.
— Hermione querida -dijo Helen desde el salón-. Se educada con el señor Voldemort. Perdone, ¿se pronuncia así?
Tardé un segundo en creerlo. Y nada más hacerlo me abalancé hacia la puerta del salón. Chocando con la silla del rellano en mi camino. Cualquier quejido de dolor quedó enmudecido por la escena que me esperaba delante.
— No -dije mientras notaba mi cuerpo inmóvil como una estatua.
Voldemort estaba sentado en el filo de una de las butacas. Como si no quisiera entrar en contacto más de lo necesario con nada de aquella casa. Lucía una sonrisa cruel. Robert Granger se apresuró a sentarse al lado de su mujer, Helen. Tan tranquilo. Se me revolvió el estómago sólo de verlo.
— La "t" del final es muda -le contestó él.
Se estaba burlando por supuesto, pero Helen Granger asintió como una estúpida mientras le llenaba una taza de té.
— ¿Qué está pasando? ¿Por qué estamos aquí? -volví a preguntar en voz alta.
Voldemort me ignoró completamente. Cogí la varita y me acerqué hacia delante, hacia donde se encontraban los Granger. Por un momento pensé que iba a incorporarse y a apuntarme con la suya, pero se limitó a estirarse las mangas de la chaqueta. No había cambiado nada en aquella máscara de serpiente y aun así, podía jurar que me estaba retando a dar un paso. A interponerme entre él y los Granger.
Llevaba puesto el mismo traje negro de tres piezas que le había visto usar esta mañana. Si dejábamos a un lado todas las invasiones que había perpetrado a mi mente, la primera y única vez que nos habíamos visto cara a cara llevaba una simple túnica negra. No sabía decir si aquel traje se acercaba más al mundo de los magos o de los muggles, pero si que le daba una apariencia más cercana al hombre y menos al Señor Tenebroso. Aun no sabía si eso me provocaba más o menos escalofríos. Pero al igual que había hecho entonces, reuní las pocas fuerzas con las que contaba.
— Helen, por favor… Estáis en peligro.
Mi voz sonaba temblorosa desde esas primeras palabras. Él seguía mirándome pero no hacía ningún movimiento.
— Siéntate junto al señor Voldemort, Hermione.
Mi cuerpo se tensó de pronto. Esa era la voz de Robert, sin lugar a dudas, pero distaba mucho del tono agresivo que acostumbraba a haber entre nosotros. Me traía recuerdos mucho más lejanos, tanto que los daba por olvidados. Era el tono con él que se dirigía a mi de niña cuando quería dejar claro que si no hacía lo que él decía, lamentaría las consecuencias. Tardé un instante en salir del trance, en recordar que yo ya no era una niña, que ya no todo giraba en torno a él y su mundo. Por un momento todo lo que se escuchó el ruido del té que Helen estaba sirviendo.
— Estáis en peligro. En grave peligro -comencé de nuevo todavía sin moverme de mi sitio.
Era tan extraño estar hablando de una amenaza cuando esta se encuentra a tu lado. Cuando la misma persona que mata a inocentes es la que te habla de tu madre. Sentía cómo las palabras se me atascaban una y otra vez en la garganta.
— No se que os ha dicho pero él no…
— El señor Voldemort nos estaba contando sus viajes -respondió mientras me acercaba la taza.
Ni siquiera se porque la cogí. Pero al hacerlo, ambas nos estremecimos por el contacto. ¿Cuánto tiempo hacía desde la última vez? Los encontronazos se habían sucedido con Robert a lo largo de los años. Mientras tanto, ella había levantado un muro de hielo a su alrededor. Aun así, su reacción me daba pie a creer que me escucharía. Respiré hondo y lo intenté de nuevo.
— Estás delante de un asesino.
Eso era lo que era Voldemort. Un asesino. Esa marca le perseguiría para siempre y nunca podría ser otra cosa.
— Alguien que desprecia a las personas como tú.
— Es todo un trotamundos. ¿Sabes que ha estado hasta en Albania?
El recuerdo de mi madre se hizo presente. Ella también había viajado a Albania. Que yo supiera a menos una vez. Sacudí la cabeza para alejar la pregunta que me estaba rondando. "Corred. Huid. Marchaos de aquí." Esas palabras aparecían ardiendo en mi mente. Pero por alguna razón no era capaz de pronunciarlas. Si necesitaba alguna otra prueba de que algo no iba bien en mí, bien podría ser esta.
— Suelta esa taza y termina lo que hayas venido a hacer aquí -dijo Voldemort mientras se levantaba.
Su mirada era más dura de pronto. Como si hubiera decidido poner un muro entre sus pensamientos y el resto del mundo. No tenía sentido. Ninguno de los que estábamos en aquel salón seríamos capaces de adivinar sus intenciones.
— Oblivi… -susurré apuntando directamente a Helen.
Mi varita salió disparada de entre mis dedos antes incluso de que terminara de hablar. Me había lanzado un Expelliarmus. Dejé que rodara por el suelo, sin ninguna intención de recuperarla.
— Recoge tu varita -dijo mientras me hacía un gesto con la mano. Ahora la suya si que estaba entre sus dedos.
Moví mi pie para que mi varita dejara de rodar, sin despegar la vista de donde se encontraban. Él, pero también los Granger. Temía que si lo hacía lo siguiente que vería sería un rayo de luz verde.
— Ellos no deberían estar aquí. Y nosotros tampoco.
Eso era todo lo que me quedaba. Redención. Había hecho una promesa. Que cuando pudiese hacer magia con libertad borraría todo recuerdo. De la magia, de mi misma, de lo sucedido a su hija Hannah. Volví a sentir el familiar cosquilleo de la magia fluyendo a través de mis dedos, nada más recoger mi varita. A sabiendas de que al menos esta vez, yo si podía marcar la diferencia. Lo único que garantizaba que yo no era sólo la hija de Lord Voldemort. Que en el fondo era buena, que todavía era capaz de hacer el bien después de todo el daño que les había ocasionado. Se lo debía. Les debía una segunda oportunidad, una nueva vida.
— Perdimos los pasaportes -dijo Robert de repente-. No había forma de tramitar unos nuevos a tiempo para ir a Australia.
Una conversación me vino a la mente. Una conversación que nada tendría que ver con aquello de no ser porque…
— ¿También les has robado el coche? -le pregunté incrédula.
— Técnicamente lo han extraviado. Robert y Helen no serán capaces de recordar donde lo aparcaron.
Fue como si todas las piezas encajasen de pronto. Tanto que no me atrevía a decirlo en voz alta por temor a hacerlo realidad. Realmente tenían razón aquellos que decían que el diablo estaba en los pequeños detalles.
— Ha sido Lafford. Lafford te ha ayudado. ¿Por qué?
Esta vez si le miré a los ojos, esperando una respuesta. Sentía el familiar sentimiento de enfado brotando de nuevo en mí. Y al igual que en el parque una especie de descarga eléctrica me recorrió entera.
— ¿De verdad crees qué no íbamos a hacerles pagar por los últimos trece años? Es con ellos con quien debes enfadarte, no con nosotros -dijo mientras les señalaba.
— Oblivi…
Esta vez si salieron destellos rojos de su varita. Los mismos que empezaban a colarse en sus ojos. Y la mía acabó de nuevo lejos de mi alcance, en la otra punta de la habitación. Volvía a acercarme a recogerla. Les debía una segunda oportunidad, una nueva vida. Eso fue lo único en lo que pensé las siguientes tres veces que traté de hacer cumplir mi palabra. Las siguientes tres veces que mi varita salió volando. Notaba mi cuerpo pesado al agacharme, mi mente cansada y enfadada al fallar una y otra vez. Pero no podía rendirme. No podía dejar que mi voluntad me abandonase como lo hacía mi varita cada vez que Voldemort pronunciaba una palabra.
— ¿Por qué tratas de aparentar ser honorable? ¡Tú no eres así! -grité al repeler el siguiente hechizo de desarme.
Por la atmósfera que nos rodeaba era evidente que Voldemort estaba tratando de controlar su temperamento. Aunque el desprecio había llenado todas y cada una de las palabras que les había dirigido. Estaba segura de que si se dejase dominar por el habría eliminado cualquier rastro de la casa, convirtiendo los sofás en astillas, haciendo volar las ventanas en pedazos, destrozando el cristal de los espejos, acabando con todas las pruebas de la existencia de los Granger.
— ¿Por qué no estáis si quiera asustados? -les recriminé-. Deberíais estar muertos de miedo y en cambio estáis ahí mirándonos como un par de idiotas.
Volcar mi enfado de un destinatario a otro se había vuelto una costumbre. Los Granger iban a morir. Y todo sería por mi culpa. No podría borrarles la memoria. Hacerles olvidar todo rastro de dolor, todo recuerdo mío y del mundo mágico. La pérdida de su hija Hannah. No podría cumplir con mi palabra. Y la rabia, como tantas veces, sería lo único que me acompañaría. Voldemort seguía de pie, en el mismo lugar y la misma postura que en mi primer intento. Esperaba ver una expresión de burla ante todos ellos, pero aquella cara cerosa no dejaba traslucir ni la más mínima emoción.
— Al principio si -respondió Robbert-. Al principio teníamos miedo. Pero fue fácil hacer que todo se evaporara en un instante. Es cuestión de práctica. ¿O has olvidado que llevamos años viviendo con la asesina de nuestra hija?
— No… -le respondí mientras estudiaba su cara. Tenía la misma expresión de disfrute que cuando le había contado la misma historia a Draco-…. Nada de lo que dices es verdad. Yo no lo hice. Yo no acabé con la vida de Hannah. Ya es hora de que superes todo esto. ¡Obliviate!
— ¡Crucio!
Solté un grito nada más me impactó el hechizo. Mis piernas se volvieron de papel, incapaces de sostenerme. No debieron de pasar más de unos segundos, pero mi cuerpo y mi mente ardían nada más impactar contra el suelo. Vi como Voldemort se agachaba y recogía mi varita con cuidado. Como si temiera romperla. Apuntó con ella de lleno a los Granger y les hizo arrodillarse. Después, se acercó hacia donde me encontraba e hizo lo mismo hasta quedar justo encima de mi.
— Mi pobre hija. Mi pobre necia, piadosa y estúpida hija -dijo con una voz fría y aguda-. ¿Por qué insistes? ¿No ves que no se lo merecen?
El dolor paró de pronto. Lo supe porque dejé de sentir aquel fuego entrando para quemar mi piel. Sin embargo, seguía sintiendo como una losa que empujaba todo mi cuerpo hacia abajo. No podía moverme.
— Yo no lo hice -dije mientras negaba con la cabeza-. Yo no acabé con la vida de Hannah. No soy una asesina.
De pronto me sentí como una niña cuando le toca dar explicaciones.
— No soy como tú. Tú que sólo sabes lanzar Avada, Avada, Avada a todo lo que te molesta. Tampoco soy como mi madre.
Esas últimas palabras me quemaron la garganta, pero necesitaban ser dichas.
— Mentira. ¡Crucio!
Esta vez el dolor vino más rápido y con más fuerza que antes. Mi cuerpo y mi mente ardían tendidos en el suelo. Al encontrarme con aquellos ojos lo supe. Supe que no necesitaba haber pronunciado una palabra para lanzar el hechizo. Pero qué aún así disfrutaba al hacerlo. Entender tan bien sus gestos y sus motivaciones empezaba a darme mucho más miedo que cualquiera de los cosas que había escuchado acerca de sus acciones. Todo rastro del hechizo se detuvo y con ello mis gritos y espasmos contra el suelo.
— Acabe con ella señor Voldemort. Hágale lo mismo que pensaba hacernos a nosotros.
Me giré pero sólo alcanzaba a ver los pies de Helen y Robert a nuestro alrededor. Todavía notaba un zumbido en los oídos a causa de mis gritos, como para poder identificar quien había pronunciado aquellas palabras. Pero eso no importaba. No cuando Voldemort había vuelto a apuntarme con mi propia varita. Un horrible pensamiento me vino a la mente. ¿Y si ese era ahora el plan? ¿Borrarme la memoria para conseguir qué fuera exactamente como él quería?
— No, no, ¡No! -le grité desesperada-. ¡Me lo prometiste!
Aquella declaración me sonó vacía hasta a mi.
— ¡Me prometiste que sería yo la que podría elegir! -grité mientras me agitaba por liberarme.
Bruscamente giró mi cara para que lo mirase de frente. Vislumbré sus ojos a través de un manto. Estaba llorando. Llorando como lo haría una niña.
— No quiero que me borres la memoria. No quiero olvidar todo lo que ha pasado hasta ahora, no quiero olvidar a mamá. ¡No! ¡No quiero! Ese es el camino fácil.
— Serías mucho más feliz si te quedaras en tu pequeño jardín de la ignorancia. Aunque la verdad oculta estuviera manchada de sangre, ¿aun así querrías conocerla?
Todo mi cuerpo se estremeció ante algo de lo que llevaba huyendo durante años. No me hizo falta darle mi respuesta en voz alta.
— De acuerdo -dijo acercaba todavía más mi varita y presionaba con la punta mi cuello-. Te devolveré todos esos recuerdos antes de que terminen destruyéndote.
Confianza. Podría devolverme mis recuerdos o lanzarme un Avada Kedabra. Cerré los ojos sin saber muy bien que esperar y para cuando los abrí, me encontré de nuevo en un bosque. Un bosque de árboles pelados y blancos que se asemejan a esqueletos.
Justo en frente se encuentra una cabaña, con las puertas y las ventanas abiertas, invitándome a entrar. Ni siquiera recordaba haber estado nunca con los Granger pero después de tanto tiempo viendo retazos del mismo lugar, me acompaña una sensación familiar.
Noto como mi corazón se agita con cada paso, como los árboles se ciernen sobre mi, estrechando el cerco en torno a aquel lugar, el sonido de la madera al crujir al subir los escalones que me separan del porche, el chirrido de la puerta nada más empujarla. Una chica de pelo rubio me observa al entrar, esta tendida sobre las tablas de madera de la cabaña, en sus manos lleva una varita, pero sus ojos azules están vacíos, sin vida. No es la única. Otro chico, también inerte se encuentra al otro lado de una mesa que todavía luce servida y otro cuerpo, esta vez el de un adulto, yace muerto a los pies de la única silueta que queda en pie. Una niña de pelo castaño se encuentra temblando en medio de aquella escena.
Un grito perfora el aire. Me giro temblorosa, sin todavía haberme podido recuperar del susto, sólo para encontrarme con tres siluetas más. Reconozco a la más diminuta de inmediato, es Winry, que contempla horrorizada la escena. Sus grandes ojos han empezado a llenarse de lágrimas y sus manos están cubriendo por completo su boca, conteniendo a duras penas cualquier sonido. Él que está a su lado es mi abuelo, Evan Rossier. Lo reconocí su cabello y sus ojos oscuros y su imponente estatura, aunque las líneas de su cara estaban menos pronunciada que en el último recuerdo que había visto de él. Cualquier porte altivo ha desaparecido, el dolor se lo estaba llevando todo.
Cuando por fin reacciona es para intentar sujetar a la mujer que ha gritado. Pero ella se libera de su agarre y se aproximar al cuerpo sin vida de la chica. Apenas distingo a ver sus rasgos, tan sólo la veo derrumbarse sobre él. Mi abuelo recorrió la habitación, sin rumbo.
— Es veneno -dijo de pronto.
Estaba examinando la mesa que todavía tiene el té y aperitivos dispuestos. De pronto la reacción de Voldemort cobra sentido. La tensión en sus hombros, el muro en su mente, el ordenarme que dejara la taza que me había servido Helen. Estaba recordando este momento. Mi madre se lo había enseñado. Recorrí toda la estancia con mis ojos, buscándola. Había estado tan pendiente del recuerdo del resto de los Rossier que había perdido el foco sobre ella. Sigue temblando, en shock, mirando cómo su madre sigue sollozando sobre aquel cuerpo sin vida. Parece a punto de colapsar. Tal vez necesite un abrazo. ¿Por qué ninguno de los que estaban allí se ha acercado todavía?
— Este despreciable muggle ha envenenado a nuestra Jean -dijo mi abuelo.
Aquella afirmación sólo hizo que la mujer sollozase más. Como si sus palabras fueran la confirmación definitiva de todo lo que estaba sucediendo.
— Jane-Anne, ¿qué has hecho? -preguntó con voz temblorosa.
La reacción de mi madre y la mía fueron idénticas, las dos nos tensamos al momento como si fuéramos dos lados de un espejo. Si. Conocía bien esa acusación, la voz que con el tiempo se cargaba más de culpa y menos de dudas al hacer esa pregunta. Sólo me di cuenta que mi abuelo se había movido desde donde se encontraba el cuerpo del muggle, cuando me atravesó. Al hacerlo me invadió una sensación desagradable. No por el efecto en si, sino por el hecho de que demostraba que todos los que estaban allí no eran más que recuerdos. Sombras de lo que fueron.
— Padre lo siento mucho.
Los ojos de mi abuelo se posaron una vez más en el cuerpo del muggle tendido en el suelo.
— Tranquila. Tú no has hecho nada malo. No has hecho nada malo -dijo mientras le abrazaba.
Sólo entonces, mi madre se dejó caer. Llevándose todo aquel recuerdo con ella.
Una fuerte luz me obliga a cerrar los ojos. O tal vez es solo la claridad. Me llevo la mano arriba intentando proteger mis ojos, hasta que se acostumbran y consigo distinguir lo que tengo a mi alrededor. Paredes blancas, suelo de moqueta y tres puertas en el pasillo, una a cada lado y otra al fondo. No necesito que nadie me diga donde me encuentro, ni cual de las puertas abrir. Mi mano tiembla nada más girar el pomo. Todavía no se si estoy preparada para lo que voy a encontrar allí dentro.
— Mamá, ¿Qué le pasa a Hannah?
Mi yo de hace unos años está tan sólo algunos pasos por delante. Ni siquiera recordaba haber estado allí pero ambas tenemos la respiración contenida esperando que Helen Granger reaccione. Pero algo lo hace antes, un conejo de peluche vuela desde la estantería hasta la cuna. Un inconfundible signo de magia. Maldigo no haberlo visto antes. Pronto la imagen tranquila y sosegada de Helen Granger, da paso a una imagen alarmada y llena de miedo. No necesito seguir mirando para saber cómo acaba esta historia. Y ahora logro entender porque me odia por ello.
Cierro los ojos y para cuando los abro vuelvo a encontrarme entre árboles. El bosque se ha convertido en un laberinto de troncos y ramas peladas. Pero esta vez contemplo la escena desde lejos, como si nunca hubiese sido parte de ella. Esta tan oscuro que apenas puedo distinguir a las figuras que tengo delante.
— Si te acercas a ella te aseguro que te haré sufrir de maneras que incluso tu retorcida mente es incapaz de imaginar.
A pesar de que se trate de una amenaza, algo cálido me acompaña nada más escucharlo. Es mi madre la que habla. Al igual que la última vez, lo único que quiero es acercarme a ella. Camino deprisa, intentando distinguir las sombras de mi alrededor, pero sólo me llegan las mismas voces una y otra vez en la distancia.
— No podrás hacerle daño. Ni ahora ni nunca.
Esas palabras son como un detonante para que empiece a correr entre todos aquellos árboles. Buscando desesperadamente… Hay tres siluetas entre los árboles. La de mi madre, la de su asesino y la mía propia. Estoy sentada entre todas aquellas hojas, con los ojos llorosos. En tu último suspiro de vida tu mirada se centra en mi. Y siento como si me quitaras la vida y me la dieras al mismo tiempo. Siento como si algo me aprisionara de pronto, la tristeza que amenaza con ahogarme. Pero ha pasado mucho desde que escribí mi nombre en el pergamino de Hogwarts. Desde que supe que era una Rossier, la última Rossier. En aquellos momentos sólo había habido espacio para la tristeza. Esta vez hay hueco para mucho más. Me obligué a caminar, a quedarme con la cara de su asesino. Con sus ojos negros. Los mismos que había visto hoy en el Ministerio. Esta vez puedo sobrellevarlo. Sobrevivir con la tristeza hasta que decida soltarme. Hacer de la rabia y el dolor mis aliados.
— Podría llevarte conmigo. Hacerte odiarles. Pero, ¿qué mejor manera qué hacer que ellos mismos quieran matarte? -dijo mientras me cogía en brazos. Me dio asco sólo de verlo-. Venga, vamos a buscar unos muggles que quieran quedarse contigo.
Poco a poco volví en mí. Puedo saberlo porque al contrario que en aquellas visiones, soy consciente del estado de mi propio cuerpo. Me duele terriblemente el cuello de estar inclinada, mis rodillas se resienten al estar soportando todo mi peso en aquella postura, incluso noto el cosquilleo bajo las uñas que me produce la moqueta a la que he decidido aferrarme. Parpadeo con fuerza en un intento de retener las lágrimas, en un intento de que toda aquella oscuridad no me consuma en aquel instante. Mi magia esta dispersa, inquieta y mi varita esta resquebrajada en el suelo. Pero eso no es lo peor que puedo encontrar si levanto los ojos.
Dicen que la impresión es capaz de lograr que todo se suavice. Pero yo puedo percibir todo. El cuerpo sin vida de Helen se encuentra tendido. Se que debería estar enfadada con ella, una parte de mi lo está, pero la otra sólo siente pena al ver que quien le ha ahogado hasta matarla no ha sido otro que Robert Granger. Eso es lo que pasa cuando la verdad se revela. Es como una tormenta que aparece de pronto. De nada sirven los muros, las puertas o las excusas, cuando aparece será capaz de llevarse todo a su paso. La puerta se abrió de golpe y unos cuantos magos y brujas entraron de pronto. Todos tenían sus varitas en alto y por un momento me pregunté si a mi abuelo también le había invadido esa sensación de miedo y angustia al ser descubierto.
— ¡Papá!
Para cuando quise darme cuenta las palabras habían salido de mi boca. Un estruendo lo invadió todo. Podría haber sido el efecto de un Desmaius o la explosión que sigue tras una Bombarda. Pero ninguno de los que estábamos en aquella casa estábamos preparados para lo que sucedió. En algún lugar recuerdo haber leído que las balas viajan más rápido que el sonido. Debía ser cierto pues cuando conseguí reaccionar tras el disparo, Robert Granger había caído en el suelo con la cabeza ensangrentada y la pistola todavía desprendiendo humo entre sus manos.
El resto de cosas que se sucedieron a mi alrededor parecían estar pasándole a otra persona. Como si no fuera yo la que estuviera en medio de todo aquello. Los magos y los muggles no son tan distintos si hablamos de muerte. Lo primero que hicieron los aurores fue conjurar unas sábanas blancas para tapar ambos cuerpos. Como si quisieran que la imagen de ambos que perdurara en la memoria, fuera la de un matrimonio feliz en una foto. Y no la de un marido que estrangula a su esposa y después se quita la vida. Sólo yo conocía el sufrimiento que les había llevado a tales extremos.
En algún momento alguien me ayudó a levantarme y me condujo fuera de aquella casa. La casa estaba rodeada de muggles curiosos intentando averiguar a que se debía la presencia de tantos hombres y mujeres extrañamente vestidos delante de la casa de uno de sus vecinos. A lo lejos me pareció ver algunos amigos del club al que solían ir entre semana. Los aurores intentaban que volvieran a sus casas después de un discreto embrujo desmemorizador. Precisamente con ellos se encontraba discutiendo alguien a lo lejos. Reconocí su voz de inmediato. Sus ojos parecían estar conteniendo su propia tormenta mientras intentaba, sin conseguirlo, que le dejaran pasar.
Me senté en el único banco del jardín. No estaba preparada para enfrentarme a Lafford. A lo que había hecho. El mundo que conocía estaba definitivamente roto. Dividido en tantas piezas que sería imposible intentar volver a juntarlas. ¿Dónde me dejaba eso a mi ahora? Algo me rozó el cuello. Como un cosquilleo. Alli estabas, escondido entre las sombras de una mañana de principios de agosto. Mirándome. Me gustaría poder decirte que aunque no esté bien, estoy sobreviviendo. Que lo que siento no es más que alivio al ver que la máscara que he mostrado al mundo durante tanto tiempo esté a punto de desmoronarse.
Draco… Tal vez pueda explicarte… Tal vez tu puedes ayudarme a entender porque he gritado su nombre. Porque de pronto sólo me preocupaba darle el tiempo suficiente para poder escapar. Aunque él ya lo había planeado por supuesto. Él mismo había conjurado la marca tenebrosa en el cielo haciendo venir a todos esos aurores. Y yo sin saberlo, había gritado como una estúpida en medio de aquella casa. Al final mi madre tenía razón. La sangre es poder. La familia es poder. Y a la familia se la protege por encima de todo. Aunque esta se trate de Lord Voldemort.
¡Hola! Si has llegado hasta aquí, MUCHAS GRACIAS por leerme! :D
Para los que estáis suscritos a la historia, no puedo daros más que las GRACIAS por todo el apoyo a pesar de que los últimos meses no he podido ni escribir, ni actualizar ni publicar tanto como me gustaría.
Como siempre si te ha gustado este capítulo, puedes dejarme un Review y si acabas de llegar a esta historia y dentro de poco descubres que te gusta, puedes darle a Favoritos. ¡Me harías muy feliz!
