CAPÍTULO XVIII

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La lluvia caía dejando el camino enlodado. Una muchacha caminaba bajo aquella precipitación que lejos de menguar, iba poniéndose peor. Sus cabellos estaban mojados, y sus ojos se notaban tormentosos. ¿Acaso había oído bien? ¿Su madre no era su madre? ¿Qué había pasado? Nada le parecía lógico. Pero poniéndose a recordar… Ahora era cuando encontraba razonable que Priscilla fuera siempre dura, menos paciente con ella. Más exigente, intransigente. Como cada silencio, cada regaño, cada mirada severa sin motivo aparente era por… eso. Esa verdad vergonzosa que resultaba ser el motivo de su existencia. Era sencillo, si su 'madre' hubiera hecho lo moralmente correcto ella ni siquiera habría tenido porque estar ahí… Con dolor entendía que en ese mundo había representado para sus padres un penoso accidente. Nadie había comentado nada. Soltó un suspiro mirando hacia el cielo, cargando con muchos sentimientos encontrados. Todos le habían mentido. Quería cerrar los ojos y despertar en su cama, en su habitación, sabiendo que todo había sido una horrenda pesadilla.

-¡Candy! –Escucho que la llamaba Terry. Pero no deseaba encontrarse con él, ni con nadie. Susana le había quitado de golpe la venda de los ojos. Tampoco entendía porque ella la detestaba. Siempre creyó que su relación era buena. ¡Otra mentira! No quería volver a su casa, pero tampoco podía huir. ¿O sí?

No, no saldría corriendo. A pesar de haber sido su primera reacción ante tamaña revelación. Con los ojos cerrados busco su teléfono, y marco el número que encontró primero. Pero le contesto la grabadora. No pudo comunicarse con nadie de su casa. Se dejó caer a un lado de un árbol, y coloco su cabeza entre sus brazos abrazándose a sí misma. No supo cuando tiempo estuvo así, soportando el frio viento. Sollozó escondida en esa vegetación.

-¿Candy? Te encontré… Sal de ahí, Pecosa. –Extendió la mano el castaño al dar con ella. También se notaba que tenía las ropas mojadas, las zapatillas enlodadas. –Vamos. –La ánimo.

-No… No tienes que preocuparte por mí… ¿Qué no escuchaste lo que dijo Susana?

-Escuche bien, pero no me importa. Estoy seguro que ella dijo todo eso de la forma más desdeñosa que encontró.

-¡No lo entiendes! Me mintieron…

-Omitieron decirte eso. Pero comprendo tu enojo.

-No, no lo sabes. No puedes saber que es vivir toda una vida creyendo algo…

-¡En eso te equivocas! Lo sé, lo sé muy bien. Ni siquiera sabía que tenía una hermana. Ni que mi madre en realidad es Eleanor Baker y estaba viva. Ni tampoco que perdí a Ely en un accidente de tránsito.

-¿Perdiste a tu hermana en un accidente? –Sintió una fuerte punzada.

-Sí, lo estuve recordando. Al parecer no podía hacerlo, por un efecto del mismo accidente. De no ser por Ely yo ni siquiera estaría aquí. Ella murió… al apartarme del automóvil que iba a envestirme. –Se tocó la cabeza. –Claro que era pequeño, pero… ¡Pude haber hecho algo! ¡Haber estado más atento! Nadie me dijo nada sobre eso… Justamente porque supusieron que no podría soportarlo, ni en ese momento…. Ni tampoco ahora.

-¡Terry! –Se sorprendió Candy, abriendo mucho los ojos. -¿No recuerdas bien eso? –Candy cerró los ojos con fuerza. Temblando, como si pudiera vivir lo que le contó el joven. –Era un día de otoño.

-¿Cómo? –Terry miro fijamente a la rubia que alzo una mano como si fuera develando algo confidencial. -¿Cómo lo sabes?

-¡La doctora Kelly me dijo la verdad! Ese mismo día… del accidente.-Candy estaba consternada. –No le creí, llorando busque a Albert y él me invito a pasear en el auto deportivo para animarme, mismo que estaba a nombre de papá. Era un regalo para mi hermano por su cumpleaños.

-¿Qué estás diciendo?

-Rojo, era color rojo… ese auto. Stuart iba conduciendo… Albert iba a su costado, yo detrás con Arthur… Íbamos cantando una canción ranchera a todo volumen.

-Candy… -Los ojos del joven se concentraron en la chica que iba hablando como si viviera todo en ese mismo momento.

-Los muchachos iban riendo, pero empezaron a acelerar… y acelerar… ¡Me asuste y les pedí que bajaran la velocidad! Pero… no podían… El vehículo tenía una falla. ¡No se podía frenar! Nos pasamos la luz roja… Albert trataba de hacer que se detuviera. Yo estaba aterrada, rogando que se detuviera.

Terry estaba recordando también ese momento, identificando lo dicho por la rubia.

- Pensé que si yo no hubiera buscado a Albert… él no me habría querido llevar a pasear en su automóvil… ¡Lo pensé en ese momento! –Candy estaba llorando, apretando las manos. –Fue cuando vi a un niño que cruzaba la pista… Me asome a la ventana y me puse a gritar… Pero no se podía detener el vehículo. Y… una niña logro apartarlo… Pero ella sufrió el choque y… y…

-¿Tu hermano era quien iba en ese vehículo? ¡Eras mi amiga! Nos conocimos de niños… Tú eras esa pequeña niña de cabellos rubios y hermosos ojos verdes.

-Sí…-La rubia estaba cabizbaja. –Relacione lo que dijiste de tu hermana con lo que le paso a esa niña… Ella era… tu… hermana… Ely… ¡Terry! –Se puso de pie la joven, sin saber que decir. –Lo siento… ¡El accidente de Ely paso por mi culpa! Ahora sé porque no recordaba nada… Porque todo…

-¡Candy! –Sujeto los hombros de la chica que seguía llorando compungida. –Eso no fue…

-Todo… ¡fue mi culpa! –Quiso alejarse del castaño, pero no pudo porque Terrence la alzo antes de besarla. Sorprendiendo a Candy, quien tenía los ojos muy abiertos. Estática, aun con los ojos llorosos. Sintiendo como el castaño sujetaba su rostro buscando profundizar esa caricia sobre sus labios. Era un beso que inicio como un suave roce, pero que al mismo tiempo se sentía que era uno largamente esperado, anhelado… Candy cerró los ojos antes de acomodarse mejor, enroscando sus brazos en el cuello del castaño. Correspondiendo ese beso. Dejándose guiar el joven que había bajado sus manos a la cintura de la rubia. Perdiéndose en su propio mundo, saboreando ese dulce néctar. Aturdidos por esos momentos febriles. Solo teniendo a la lluvia de testigo silencioso.

-Terry… -Murmuro la Pecosa, que estaba sonrojada. Antes de que volvieran a unir sus labios. Sin mediar palabras, solo dejándose llevar por ese impetuoso impulso. Deseando prolongar ese instante único. La humedad había dejado las telas de vestido de Candy, más pegadas a su cuerpo, dejando ver el escote que ofrecía la visión de la parte superior de sus pechos. El sonido de un trueno les hizo separarse, recordando la furiosa tempestad que les cubría.

-No sabes como deseaba hacerlo, Pecosa. –El joven acaricio los labios rojizos e hinchados de la rubia muchacha que estaba aún sintiendo en sus labios esa sensación, aún estaba embobada. –Solo tú me haces sentir de esta forma. Incluso desde pequeños ya te quería, Candy… -Observo que la rubia iba a decir algo, pero le puso un dedo en sus labios. –Déjame terminar…Entonces te volví a encontrar… en esta escuela. Me fascinaba ver como corrías y eras la primera en trepar la soga. Incluso a pesar de que todos decían que lucias poco femenina…

-Ya veo que no pierdes oportunidad para burlarte de… ¿Dices que yo te fascinaba?

-No entendía a qué diantres se referían. Yo veía a una linda chica. Una que no necesitaba fingir para caer bien, una muchacha que se preocupada por sus amigos… Misma Pecosa que adore desde niño…

-Apenas hoy sé que mi familia me oculto todo... Y… que por mi culpa… tu…

-Sé que estas molesta con lo que descubriste, confundida, asustada… También entiendo lo que paso aquella vez… Eso no fue tu culpa… Tu misma lo has dicho fue un accidente. Algo que no planeaste tú, ni Albert. No me importa el pasado, Candy. Eres a quien quiero… Me gusta cada cosa de ti… Comenzando por tus pecas… Sé que te gusta Anthony… Pero también sientes algo por mí. ¿No es verdad?

-Yo…yo…

-¿Me dirás que me besaste porque no sentías nada?

-Pero si fuiste tú. Yo…

-Dímelo… Necesito saberlo… Saber que tengo una oportunidad de ganarme tu corazón. Me has gustado, aun antes de que quisieras verte menos infantil. Aunque debo decir que te prefería así.

-¡¿Qué dices, Terry?!

-No tenía que soportar que robaras miradas inoportunas de otros muchachos. –Sonrió el castaño. -¿Vas a seguir negando que también te gusto, señorita Pecas? –Se acercó a la rubia, que bajo los ojos. Pero Terry le alzo la barbilla haciendo que le mirara. -¿Quieres que pasen otra década antes de aceptarlo? Créeme que si no hubiera sido porque olvide todo es vez… No hubiera descansado hasta convencerte que te quiero…-Candy cerró los ojos con fuerza.

-Me quieres…–Empezando a sentirse pequeña, reconociendo que sus sentimientos aunque confusos, también habían estado presentes. Incluso desde la primera vez que vio a Terry, cuando la defendió de Niel, las lecciones de matemática, cada situación en que la había salvado, su enfado de saber que había estado oculto en una fiesta con Susana. Aunque debatiéndose a la vez. Pensó en Anthony. En su deseo por acercarse a él, por conocerle, tratarle, descubrirse un poco. Aprovechar cada situación para estar cerca, reconociendo en él a un buen muchacho. Pero Terry... era distinto. Le gustaba Anthony, era verdad. Pero se sorprendía de entender que ella quería a su amigo castaño. Quizás no solo eso. –También te quiero, Terry. Aunque me haya costado verlo… Sabes que suelo ser muy distraída. Creo que hasta Annie se dio cuenta…

-Todos, menos tu misma… Pero no te preocupes por eso, Candy. Me encargare de que nunca se te olvide, Pecosa despistada… -Candy se rio antes de que Terry la halara a su lado y la besara.

Olvidándose del Festival, aunque el mismo se canceló porque todos los alumnos estaban corriendo a resguardarse de la lluvia dentro de la escuela.

-¡Qué mal! Fue divertido mientras duro. –Dijo la pelinegra. Antes de ver a su amigo de la infancia. –Archie… Hahahahaha…. Mira como ha quedado tu cabello. Me pregunto dónde estará Michael.

-Annie, siento haberte causado problemas. En verdad que no deseaba ser una molestia para ti. Es solo que…-Intento decir Archie, pero Annie negó con la cabeza.

-Descuida, amigo. No pasó nada. Como sea me alegra que estuvieras aquí. –Sonrió la chica. –Comprendí… que no puedes hacer que alguien se enamore de ti solo con desearlo. Siempre te voy a querer por ser mi mejor amigo… Junto con Candy. Espero que tú también puedas encontrar a una chica que sea buena contigo. Es lo que mereces…

-Annie. –Archie la miro sorprendido. -¿Vas a salir con Michael?

-Sí. Es un chico muy atento, sé que no te cae bien… Pero yo quiero… yo quisiera…

-Entiendo. Te deseo suerte, Annie.

-¡Gracias!

-¿Annie, estas llorando?

-No, no… Estoy bien. Ahora ven… Te conseguiré algo para que comas… Debes estar hambriento. Ven, vamos a la cafetería de la escuela.

-¿No deberías buscar a tu cita?

-Primero iremos a que comas algo, luego busco a Michael.

-Annie… -La joven tomo el brazo del castaño y se fueron.

OoOoOoOoOo

-Rose…

-¡No Richard! Esto me preocupa… ¡Debo hablar con esa mujer!

-No ahora, está lloviendo…

-Es verdad, Rose. –Dijo Paulinne. –Además exageras, querida. Anthony mismo dijo que no pasó nada… Ya no busques culpables.

-Hablando de culpables… ¿Dónde estará Terrence? –Se preguntó Richard, viendo la lluvia por las enormes ventanas de vidrio. –Ah, es cierto. Dijo que estaría en el Festival… Aunque con este clima…

-Seguro que se quedó en la escuela. –Comento Paulinne. –Ya intente llamarlo, pero no contesta. La señal esta mala.

-Abuela…

-Mi niño, ya no te desanimes. Ya verás que saliendo el sol todo se arregla. –Sonrió la anciana. –Ahora solo podemos estar tranquilos...

-Cadence. –Murmuro Rosemary.

-Candy…-Dijo Anthony, observando una fotografía de su celular donde aparecía la rubia con el rostro lleno de pintura color celeste. –Parece que no podrás ver los fuegos artificiales.

OoOoOoOoO

-¿Cómo te sientes? Sé que la pregunta está de más. Es obvio, mal.

-Adolorida, ¿Dónde está Candy, Priscilla? –Cuestiono Cadence, después de ser intervenida por los médicos. Estaba en una cama en el Hospital. –No has podido contactarla. ¿Verdad?

-No. Hay algo que no me gusta. –Se dio la vuelta. –Pero solo debo estar preocupándome de más. No esperaba que ese medico reaccionara de forma tan cobarde. Todo porque le hizo caso a una mocosa tonta. ¡Pero si le caigo encima te juro que me a conocer!

-Priscilla… -Sonrió la doctora. –Veo que nunca cambias.

-Quisiera decir lo mismo de ti, pero no puedo.

-Entiendo. No espero que me perdones… Porque ni yo misma podría hacerlo en tu lugar. Pero…

-Pero… lo queramos o no… Todo sea por el bien de Candy. Tú y yo podemos odiarnos lo que queramos. Ella no tendría que cargar con esos platos rotos.

-Siempre has sido más sensata. Como debía ser una madre.

-¡Ya basta! Mi paciencia es escasa, y tú nunca ayudas.

-¿Mamá, no te ha contestado mi hermana? –Cuestiono Albert, entrando a la habitación.

-No, hijo. Espero que este bien. No creo que la señal siga ida… Llamare a Annie…-Dijo Priscilla. –O a la Señora Britter, o quien sea… Tu hermana no suele estar sin reportarse. Esto es raro. ¿Y Lara?

-Mi hermana está buscando a Susana. –Dijo William, que cerraba la puerta en ese momento.

-Esa joven necesita ayuda psiquiátrica urgente. –Menciono Cadence, cerrando los ojos.

-No será la única cuando se sepa todo. –Apretó los labios Priscilla.

OoOoOoOoO

-¡Susana! ¡¿Dónde estás?! –Exclamaba Lara, sin saber dónde podía estar su hija. –Lenard…. ¡Ese bastardo debe saberlo!

Antes de observar que unos bomberos que salían llevando a un hombre en una camilla, estaba mal herido. Se sorprendió de ver que era el doctor que había estado coludido con su hija.

-¡Lenard! ¿Dónde está mi hija? ¡Habla, infeliz! Oh… ¿Quién te hizo eso?

-¿Quién más? Susana… -Dijo el hombre, quejándose. –Lamento todo lo que paso.

-¿Lo lamentas? ¡te aprovechaste de mi niña! ¡Esto no te lo perdonare nunca! USARE TODO MI PODER PARA HUNDIRTE, MALDITO… y Susana la llevaré con los médicos… Tu deber era reportar que estaba mal, no apañar sus estupideces.

OoOoOooOoO

Eliza se sorprendió al encontrar la caja donde guardaba sus ahorros vacía.

-Pero ¡¿Qué carajos paso aquí?! ¡¿Dónde está mi maldito dinero? ¡NIEEEEELLL! –Refunfuño molesta pateando la cómoda.

-¿Qué paso, amiga? –Se sorprendió Luisa.

-¡Eso quiero saber yo! Le diré a mamá… ¡Mamá! Es verdad, no está… ¡Diantres! ¿Qué te propones, Niel? ¡Hump! Esto no se quedará así. Seguro que me robo para irse en las fulanas.