Ulrich me miró de reojo con una sonrisa.

— Puede ponerlo si quiere.

Lo miré con un ligero rubor.

— Oh, pero...

— Está usted pasando por un momento muy delicado. Son estos pequeños momentos los que mantienen nuestra cordura.

— ...Gracias, Ulrich.

De modo que encendí el reproductor de música del coche y comenzó a sonar la canción que llevaba tiempo queriendo escuchar.

Du, du hast / Du hast mich

Me da un poco de vergüenza reconocer que siento gran afición por este grupo y el género en general. Ha habido quien me ha dicho que no me "pega" en absoluto. Y quienes dicen que mi lengua es perfecta para esto. Llevaba tanto tiempo sin ser yo mismo...Desde que empezó la revolución iba de reunión en reunión, de preocupación en preocupación. Había días en que solo deseaba quedarme en la cama durante días, y no podía ni siquiera permitirme un simple sueño de seis o siete horas. No había más que noticias preocupantes, mirara donde mirara. Primero el secuestro de la pequeña Liechtenstein, luego el horrible asesinato de la gente de Sealand, que resultó en la muerte de la nación, las revueltas que se extendían por todos los países, por todos los continentes, Austria y Suiza que habían sido descubiertos violando los derechos del único detenido por el secuestro de Liechtenstein, y para colmo se estaba hablando de una movilización de los ejércitos de China, Rusia y América que habían acordado en secreto.

No eran días para tener indulgencias con uno mismo. Hacía tanto tiempo que no hablaba con nadie sobre algo que no fuera violencia y destrucción...

Du hast mich gefragt / Und ich hab nichts gesagt

— Cuando era joven solía ir a los conciertos de estos tipos—sonrió Ulrich.

— Quizás pueda conseguirte un autógrafo—le dije yo.

— Es usted demasiado bueno, señor Alemania.

Sonreí.

Por desgracia, la sonrisa apenas duró unos segundos antes de que el impacto nos la borrara al instante.

No puedo decir mucho acerca de esos momentos porque todo se volvió muy confuso, así que pasaré al momento en que me di cuenta de que el coche en el que viajábamos estaba destrozado y Ulrich y yo estábamos sangrando.

— ¡Ulrich!—lo llamé.

No se movía. A duras penas conseguí desprenderme del cinturón de seguridad y traté de averiguar si seguía con vida. Tenía cristales clavados en la cara. Yo notaba que también me atravesaban el cuerpo, pero sobreviviría.

— Estoy bien, señor Alemania...—jadeó—. Llam...

No pudo continuar porque un brazo que atravesó la ventanilla rota rodeó su cuello y apretó. Yo también sentí que alguien tiraba violentamente de mí.

Me sacaron a la fuerza del coche, ensangrentado y con un oído pitándome. Pero tenía la vista perfectamente. Así pude ver que se trataba de un grupo de cinco personas de diferentes complexiones. No podía decir nada más porque la mayoría iban tapados con capuchas, balaclavas y máscaras. Solo había unos pocos valientes que actuaron a cara descubierta. Uno de ellos era una mujer de unos cuarenta años con el pelo corto que se acercó a mí tanto que podía oler en su aliento que había estado tomando una bebida fuerte hacía poco.

— ¡Los judíos ni olvidamos ni perdonamos, perro!

Me escupió en un ojo.

— ¡Ulrich!

Ellos se rieron, interpretándolo como un signo de debilidad, cuando en realidad solo quería saber si estaba bien. Él no me respondió. Para neutralizarlo, habían utilizado la técnica del mataleón. Pero el salvaje que lo practicó se pasó de la raya y terminó por cortarle la entrada de oxígeno durante demasiado tiempo. Ulrich falleció allí mismo, en los amasijos del coche. Era un buen hombre, joven, con toda la vida por delante. No se merecía una muerte así.

— Eh, eh, mirad—uno de los encapuchados, que llevaba puesta una careta del Pato Donald, se acercó para tocarme la cara—. Hostia, tú, qué fuerte, se le está cerrando la herida...

La mujer me miró.

— ¿Duele cuando hago esto?—preguntó.

Y presionó con su dedo el enorme pedazo de cristal que se había incrustado en mi cuello.

Solté un gruñido de dolor. Ella sonrió.

— Asqueroso pedazo de mierda, me alegro de que así sea.

— Bien, puede que no puedan morir, pero si sienten dolor, yo ya me doy por satisfecho—dijo otro tipo que tenía la cabeza cubierta por una capucha y una braga de estilo militar.

— Chicos, chicos, ¿qué dijimos? Que no nos meteríamos en el terreno pantanoso de lo personal—intervino una cuarta persona.

El caso es que conocía esa voz...

— Es fácil para ti no meterte en lo personal, a ti este hijo de puta no te mató a ningún familiar—le dijo la mujer.

— Sí, un angelito no es, desde luego. Pero recordad que no lo digo yo, que son órdenes de arriba.

— Bueno. Pues que alguien lo agarre. Yo no pienso ni tocarlo.

Se ofreció el tipo con la careta del Pato Donald. Noté su respiración excitada debajo de la careta y cómo me manoseaba.

— Joder, nunca antes había tocado a una nación...Huele a...—ese apestoso prácticamente me puso la nariz encima y aspiró con fuerza—. Huele a castañas.

— Macho, estás enfermo, de verdad—le dijo alguien.

— Aprovecha, que dentro de poco éste desaparecerá como un pedo en el viento.

Había algo en esa voz que...

Fue entonces cuando su dueño se acercó a mí y me miró con una sonrisa de oreja a oreja.

— Espero que no tuvieras planes para esta noche, rubiales.

Conocía esa sonrisa, al igual que esos ojos rojos y ese pelo blanco.

Delante de mí se encontraba mi hermano Prusia.