En ese instante Lilythod solo se quedó dormida, Lolanord no sabía que más hacer, solo había frotado un poco esa sustancia amarillenta en los brazos de la pequeña aldeana que por estos momentos se hacía pasar por su hija para evitar decir su verdadera identidad.
— Pequeña —lo dijo con una voz baja y triste.
El entorno de esa casa no daba muestras de que algo infausto pueda suceder. Todo en esos alrededores y dentro daban muestras de que Lilythod podía estar bien pues hablamos del hogar de un alquimista, alguien extraño pero con conocimientos fuera de lo común, según las lenguas.
— Señor Flipkirn por favor por lo que más quiera no deje que mi he... mi hija muera, por favor —dijo el herrero con mucha tristeza y lágrimas.
— Sigue lo que yo haga joven conde —le dijo mientras sacaba muchos instrumentos, frascos y encendía algunos frascos.
La princesa acariciaba el rostro de Lilythod después de untarle toda esa crema amarillenta en los brazos, la joven aldeana solo estaba inconsciente, pero se escuchaba una leve respiración.
— Jovencita, voy a rezar y ayudar lo más que pueda al señor Flipkirn para que no te ocurra nada, realmente eres mi mayor soporte junto a tu hermano por sobrevivir en este funesto viaje —lo dijo en voz baja y con mucha tristeza.
Linkinton comenzaba a seguir al pie de la letra todo lo que hacía el alquimista. Le alcanzaba materiales, repetía lo que él hacía por mandato de Flipkirn. Se notaba que el tal Flipkirn era muy metódico en todo lo que le mandaba a realizar.
También vio que leía el libro que le enseño a su hermana. Aquel alquimista pasaba su mirada con una cuita escondida en aquellas hojas. Recordaba cuando su hijo y él crearon hace muchos años ese libro.
Recordó que su hijo era igual o más curioso que él, no había día en que su hijo no quisiera descubrir y saber sobre eso. Lo que más añoraba de las vivencias con su hijo fue cuando aquel joven logró crear artefactos extraños pero que facilitaban muchas cosas en su hogar, sin embargo fue motivo para que esos tipos de vestimentas temerosas les exigieran todo lo referente a el conocimiento acumulado.
— Muy bien según lo que decía mi libro para tratar ese veneno debíamos tratar de obtener esencia de hongo matutino, sé que os sonara algo obvio pero en vuestra vida encontrará cosas opuestas las cuales la mayoría de veces se suelen repeler, por eso hemos obtenido el antídoto ahora solo queda dárselo para que beba y se recupere su hija, vayamos —le decía haciendo un gesto de ser algo de mucha sabiduría.
Linkinton lo siguió rápidamente al aposento donde pasaron la noche. Sin darse cuenta ya era cerca de la noche se la pasaron casi todo el día tratando de extraer la esencia del hongo matutino. Abrieron la puerta del aposento y se dieron cuenta que la niñita deliraba nuevamente.
— Muy bien condesa y conde, necesitaré de vuestra ayuda, tomen de piernas y brazos a la joven Lilythod, no dejéis que vuestra hija se escape de vuestro agarre —lo dijo mientras vertía la esencia en un pequeño tazón.
— ¿Por qué dice eso señor Flipkirn? —le preguntó con mucha curiosidad.
— Prin... Marie, querida, solo confía en lo que diga el señor alquimista, —le dijo para que se sintiera más tranquila.
La princesa hizo caso a lo que le dijo el joven herrero más que a las palabras del alquimista, tanto el herrero como la pequeña Lilythod se han vuelto para la joven princesa de mucha confianza.
El alquimista tomó con una mano las mejillas a la pequeña Lily y las apretó para que sus labios se abriera y en esa pequeña abertura comenzó a vertir lentamente lo del tazón.
Lilythod despertó como si ahí hubiesen hecho una gran ruido, comenzó a querer salir del agarre de manera violenta. Lolanord y Linkinton no podían creer que la pequeña reaccionara de esa forma.
— No dejéis que sus manos tomen su cuello, esta pócima suele ser algo difícil de digerir la primera vez por lo horrible que es su sabor, por eso querrá hacerse daño, tengo que seguir vertiendo hasta que se beba todo —lo dijo con algo de dificultad para darle nuevamente la esencia.
— ¡Suéltenme, suéltenme! ¡Tiene un sabor horrible! ¡Por favor! —dijo con mucho enojo y lágrimas la pequeña.
— Lilythod tranquilízate —le dijo su hermano al verla tan fuera de sí.
— Pequeña detente —le dijo con mucho temor la princesa pero sin dejar de sostenerla.
Lilythod parecía sacar fuerzas de la nada. Linkinton con todas sus fuerzas no dejaba que sus brazos se escabulleran del agarre. Lolanord admitía para sí que Lilythod es más fuerte de lo que parece.
Flipkirn de poco a poco le daba esa esencia pues había momentos donde no abría su boca para recibir la cura. Llegó a verter todo el antídoto.
— Princesa... —fue lo último que dijo la pequeña mirando a su amiga de la realeza que por ahora era su madre y cayendo inconsciente de nuevo.
Flipkirn suspiró de alivió pero... le quedó en duda algo.
— ¡¿Princesa?! —dijo con asombro el viejo alquimista.
— Eso me lo dijo a mí porque... porque... una vez le conté que iban a comprometerme con un príncipe... pero al final él se comprometió con otra mujer de la realeza y lo demás ya sabe... casi soy una princesa jejeje —se lo dijo de manera rápida con pocas pausas por pensar.
— No era necesaria tanta historia, en fin... ahora debéis cuidarla hasta que le pase la fiebre, ese antídoto es mucho para que resista la pequeña por eso tendrá una fiebre muy alta, debéis cuidarla, por ese motivo pueden quedaros hasta que se recupere —dijo aquello y se dispuso a bajar para preparar algo.
— Señor Flipkirn... estoy muy agradecido por ayudar a mi... mi pequeña Lilythod... gracias, muchas gracias —lo dijo con un tono muy melancólico, sinceramente esa reacción de su hermanita lo asustó.
— Aún falta para que vuestra hija se recupere, mi deber es poner en práctica todos mis conocimientos y más cuando es en ayudar... jovencito —le dijo eso como alguna vez alguien que quería con toda su alma se lo dijo.
— Gracias señor Flipkirn —dijo la princesa mientras acariciaba el rostro de su pequeña amiga.
Flipkirn les mostró el trazo de una agradable sonrisa, la amabilidad del chico y la curiosidad de la niña... fue como si el cielo le diera un agradable momento de nostalgia.
La negra noche se presentó en el cielo de aquel país de bosques y personas misteriosas. Lolanord se sentó al lado de la pequeña Lilythod, cambiándole de paños secos y otros húmedos para tratar de amenguar esa fiebre exageradamente alta. Linkinton descendió al primer nivel y le pidió el favor de preparar algo para comer, Flipkirn le dijo que les prepararía un poco sopa y que por favor le hiciera compañía, no dudó en acompañarlo.
No daba alguna señal de reaccionar ante los cuidados brindados por la princesa. Lolanord suspiró de alivio, no pensó ver que aquello le sucediera solo a una pequeña niña, la cual le tiene mucho respeto desde que la conoció hace casi un mes. La niñita se había ganado su amistad y más. Después de mucho tiempo una persona le da atención a pesar de ser a veces algo caprichosa, egocéntrica, chantajista y más cosas que algunas de sus hermanas le decían.
En el castillo de Woodsham las cosas no son están tranquilas. Winston y Skipper están siendo interrogados por varios guardias y Persival. Muy enojada, Alana fue donde su padre.
— ¡¿Cómo puedes desconfiar de tu yerno y tu futuro yerno?! ¡¿Sabes que desconfiando de Skipper también estás desconfiando de mí y del reino de Fixin?! ¡¿Sabes que también desconfías de tu alianza con el reino de Royalton?! —se dirigió al rey de Woodsham con mucho enojo.
— Hija... quiero confiar en ellos pero las evidencias que encontraron nuestros jinetes y si contamos también la repentina muerte de esos hombres de la Capa Negra en el momento que está Winston interrogando... hija si ellos son inocentes eso se demostrará —le dijo evitando mirar al rostro de su hija.
La reina solo permanecía en silencio sentada al lado del rey, en estos momentos quisiera decir que es absurdo pero esas armas y trozo de tela dicen muchas cosas.
Sir Dominick estaba a un día de llegar al reino de los Zafiros donde está la reina Luaned, le llegó a sus manos antes de que partiera una carta del reino de Hatzelton donde decía que la reina Lorian personalmente iría donde sus hermanas las reinas Lucylda y Lisabeth a dar la noticia. Estaba no satisfecho por la repentina muerte de ese hombre de la Capa Negra, mejor dicho no le encontraba sentido pero no podía hacer nada ya.
Lorian fue con una buena escolta, pero evitó el carruaje, el rey Robert II le dijo que debería ir de incógnito, la quería acompañar pero no podía, tenía que esperar la reunión con sus vasallos, iban a tratar temas como la defensa fronteriza y algunas desapariciones repentinas de jinetes y caballeros.
En la posada, Pitonisa miraba con algo de tristeza el pozo, el agua se veía algo turbia, era como una señal, al final solo suspiró y entró a su hogar a ayudar a sus padres en atender a los viajeros recién llegados.
Ya había amanecido, era casi el medio día, se notaba por el inmenso sol que abrazaba toda Cantata Silvam. Lolanord notó desde la mañana mejor a Lilythod, sin embargo aún no reaccionaba pero su respiración ya no era tan agitada.
Linkinton se dirigió donde sus equinos. Meredith se notaba muy impaciente, la yegua era muy pegada a su dueña y no verla durante un día la dejaba muy inquieta pero Benjamin estaba ahí para tranquilizarla con su compañía. Al llegar donde ellos, tiró de sus cuerdas y los llevó a unos arbustos.
—Tranquila Meredith, Lily está bien, ya no estés inquieta pequeña, gracias Benjamin por acompañarla —les hablaba mientras los acariciaba con mucho cariño.
El caballo y la yegua miraban a su compañero de viaje y frotaron sus cabezas en Linkinton.
Flipkirn había ido al pueblo, rara vez hacía eso en estos tiempos. Se dirigió a la plaza y busca al que vendía hierbas raras con su carreta. Le pidió un atado de unas hierbas extrañas, luego fue donde los comerciantes de alimentos.
Se preguntaba el porqué tanta amabilidad con esos jóvenes, la respuesta estaba en la nostalgia producida en baja intensidad por aquellos viajeros e invitados casuales.
Al regresar recordó cuando su hogar en algún tiempo no estaba vacío. Hace treinta años atrás comenzó la tragedia para aquel extraordinario bizarro. La vida de agricultor, horticultor, comerciante es normal para personas como él pero, siempre hay un pero.
Tenía una hermosa mujer de cabellos como el sol y un maravilloso hijo. Ella nunca le dijo algo por ser un alquimista, es más, podemos decir que eso la enamoró, era alguien interesante, gracioso, amable y amoroso. Tiempo después tuvo un hijo llamado Liamdred, era un chico con una gran curiosidad desde el primer día de nacido. Tiempo pasaba en el país del Bosque Encantado y su hijo adquirió los mismos hábitos que su padre. Su esposa era feliz con ellos pues todo era felicidad en su vida.
Liam era bueno en todo lo que tenga que ver con ser campesino y la alquimia. Es más se puede decir que ayudó en muchas cosas a su padre hasta le mostró otros horizontes, no solo el trabajo con metales sino también plantas. Cuando el pequeño tuvo diez años su madre murió por tocar una planta llamada el lucero nocturno.
Ese momento fue crucial para que el alquimista y su hijo, la muerte de su mujer fue crucial para investigar más sobre la piedra filosofal, eso aplacaba el dolor en esas pobres alma, la única personas que los entendía y amaba.
El alquimista solía llorar y torturarse mentalmente por no ser tan listo para dar con el método de obtener la piedra filosofal, aunque el intercambio equivalente era algo alegórico, se entendía que para obtener algo se da algo, eso se mostraba al realizar los experimentos siempre, los metales u plantas o cualquier cosa se mezclaban y se producía algo nuevo.
Volviendo al momento actual, ya era de noche, Linkinton ayudaba al alquimista en sus experimentos, Lincoln no entendía lo que hacía pero le fascinaba ayudar pues recordaba cuando ayudaba a su padre el herrero.
Lolanord estaba durmiéndose al lado de la pequeña aldeana en una silla. Lilythod comenzó a abrir lentamente los ojos y vio a una mujer al lado de ella, no reconocía que era la princesa.
— ¿Mamá? ¿Eres tú? —dijo en voz baja, se notaba que la fiebre no se iba del todo.
La princesa se dio cuenta que la niñita se levantó y se acercó a ella, pero se dio cuenta que no la reconocía pues hablaba en voz baja casi susurros.
— Pequeña, ¿Me oyes? —lo dijo muy cerca a ella.
— Entonces... ¿Princesa? —comenzaba a reconocer todo a su alrededor.
— Sí Lilythod, soy yo —le dijo trazando una gran sonrisa en su rostro.
— ¿Dónde estoy? —su vista seguía nublada.
— Seguimos con el alquimista, jovencita tu habías tocado una flor y esa fue la causante de que estés postrada aquí, estábamos muy preocupados por ti pequeña —le dijo eso con mucha tristeza y abrazándola.
La aldeana no entendía aún por qué la princesa la abrazaba y derramaba leves lágrimas.
— Pero... gracias a él sigues aquí jovencita —la abrazaba con mucho cariño.
— Ya no se sienta mal princesa, sigo aquí no puedo irme al otro mundo sin verla llegar sana y salva a su hogar —ella se sentía muy feliz, no todo el mundo tiene una gran amiga al lado suyo—. ¿Dónde está Linkinton?
— Está ahora con Flipkirn, voy a avisarle que despertaste —dijo la princesa secándose las lágrimas y recordándole las identidades—. Recuerda que era mi hija pequeña Lily.
— Lo sé prin... digo condesa Marie o mamá —lo dijo muy alegre.
Lolanord bajo rápidamente para dar aviso a Linkinton y a Flipkirn. Arriba Linkinton abrazó con mucho cariño a su hermana. Flipkirn sabía que todo iba a salir bien pero tenía que seguir descansando pues aún se notaba débil.
Ya habían pasado dos días, Lilythod quería salir y caminar pero cada vez que quería levantarse se caía, eso preocupo mucho a la "condesa". No dejaba que hiciera nada, Lily se sentía inútil pero le gustaba hablar con la princesa y que mientras se recupere le enseñe más sobre leer y escribir.
— Muy bien Lily me alegra que ya sepas escribir mejor —le dio una sonrisa de aprobación.
— Es que usted es una gran maestra princesa y yo su aprendiz —lo dijo sin notar a alguien en la puerta.
Flipkirn notó que estos días la pequeña no se dirigía a ella como su madre sino como a alguien con un titulo superior a una madre. Notó también que a su padre le hablaba de igual a veces. Pensó que quizás le daban mucha confianza pero se notaba extraño.
En estos días cuando fue al pueblo y se llevaba cosas de más decía que tenía unos invitados de tierras lejanas. La gente notaba eso algo sorprendente pues según de lo poco que se sabía, el alquimista no tenía familia más de la que alguna vez tuvo. Eso no paso desapercibido para unos tipos que se encontraban de pasó por allí.
El junto a Linkinton realizaron muchas cosas en su lugar de experimentación que Flipkirn creía que servirían en algún momento dado.
Esos días se había llevado bien con la compañía casual de esa joven familia, en los dos últimos días conversaba con ellos sobre sus tierras, Lolanord sacaba relatos tan rápido como el vuelo de un águila. Linkinton tuvo dificultades en seguir el relato a la princesa pero logró hacerlo.
Ese día en la mañana Flipkirn fue a un lugar donde vendían hierbas muy raras, las necesitaba para que la niña esté completamente bien. Afuera del lugar estaban uno hombres montados a caballo esperando charlar con aquel tipo.
— Muy bien eso sería todo, gracias Larks —dijo agradeciendo al vendedor.
— El gusto a sido mío —respondió el sujeto que le vendió esas hierbas.
Salió con una actitud serena de la tienda, pero en ese instante un tipo le toma del brazo, Flipkirn iba a reaccionar de mala manera, sin embargo no lo hizo, eran esos tipos que desde que lo conocieron no se cansaban de robarle sus conocimientos, esos tipos que siempre vestían de negro.
— Flipkirn, viejo amigo, ¿Cómo estás? —le dijo el hombre con tono burlón.
— Nada de amigo, ¿Qué queréis joven Jean Pierre? —le dijo con mucho enojo.
— ¿Acaso uno ya no puede ver a su amigo? Un año a pasado desde que nos diste el otro libro —seguía con ese tono burlesco.
— Un agradable año diría yo, es muy raro que aparezcáis de la nada, díganme que es lo que necesitan —se notaba muy enojado.
— Haber anciano, hagamos un alto a sus palabras, está bien que nos odie por lo que le pasó a su hijo y su actitud haya cambiado bastante pero debe saber que si no le hacemos nada grave es porque nuestro jefe necesita de usted siempre —se lo dijo tomando a un semblante serio más típico de él.
— Lo que queremos saber es sí ha visto a unas personas que no son de por aquí —dijo el subordinado llamado Hanz.
— ¿No habrá visto a unas tres personas que son una niña, un joven y una hermosa mujer por estos lares? —le preguntó con cierto tono inquisidor el hombre llamado Rodrigo.
Flipkirn se quedó por unos pocos segundos estático, eso dijo mucho de él.
— Sabemos que personas de tierras lejanas están en estos momentos contigo, ¿Serán las personas que buscamos? —le dijo con cierta malicia.
— No lo creo —dijo evitando más preguntas.
— Tienes hasta mañana en la mañana para entregarnos a tus invitados junto con todo lo nuevo que hayas descubierto, sería mentira que me digas que no has descubierto nada, eres un alquimista —lo dijo de manera muy fría—. Solo obedece, no querrás terminar como tu hijo, ¿O sí? Así que no pienses hacer nada tonto.
Los jinetes se fueron en dirección opuesta, necesitaban avisar a sus demás compañeros que encontraron a la princesa y a esas molestias que la acompañaban.
Flipkirn recordó cuando conoció a esos sujetos, ellos se presentaron como unos hombres que necesitaban a un alquimista en sus tierras, para la corte del rey de ellas, era tentador para Flipkirn pero la rechazó pues él no estaba solo, aún estaba su hijo con él.
Esos hombres le hicieron seguimiento, era raro que un alquimista no acceda a ser cercano a la realeza. Se dieron cuenta que su vida era tranquila y también de que su hijo era un joven prometedor.
Liamdred había creado muchas cosas fuera de la alquimia, creo un arma que utilizaba la pólvora y que se le colocaba en un pequeño cañón junto a una esfera de metal, al ser utilizada realizaba un disparo más peligroso que una flecha pero a corta distancia, creo también un objeto hecho de materiales como la madera y el metal para poder realizar copias exactas de una hoja de pergamino, mejoró la ballesta al darle un sistema que arrojaba más lejos el proyectil, inventó varias cosas, las cuales las escribió en un libro sin la ayuda de su padre.
Los hombres irrumpieron un día en su hogar para obtener todos esos inventos. Su hijo no quería que dente como ellos obtengan todo eso. Flipkirn quería que su hijo se calmara, no quiso hacerlo, era su trabajo de él y de su padre, no podían llevárselo. Se fueron con varios libros suyos.
Pasó un año y el jefe de la organización necesitaba del muchacho, notaba mucho potencial en él, solo le dieron una simple amenaza que si no se iba con ellos matarían a su padre frente a sus ojos. Se fue con ellos, no sin antes prometerle a su padre que regresaría. Pasaron seis meses, solo seis meses para que le dieran el cuerpo de su hijo con quemaduras. Al ser obligado a crear mejoras para cañones, decidió destruir ese lugar con todos allí pero no salió como esperaba y terminó muriendo porque se quedó sin aire que respirar, donde estaba era cerrado y muy pequeño.
Le dijeron de manera fría que lo único bueno que hizo su hijo fue escribir ese libro de inventos y pociones del cual solo quedaba una copia y era la de Flipkirn, le dijeron que cada año vendrían por nuevos descubrimientos y que no haga nada tonto como su hijo.
Flipkirn solo se fue con la cabeza mirando al suelo, sabía que no podía desobedecer a esos hombres.
Llegó a la casa y se dio cuenta que esos jóvenes ignoraban su situación, estaba muy equivocado.
Procedió a preparar un platillo para ellos pero agregó algo más. Al degustar de esa comida, cayeron en un sueño profundo, ya sabía que hacer.
Llegó la noche, Linkinton se despertaba de un sueño profundo, al lado vio a Lolanord y a Lilythod acostadas en el suelo, estaba dormidas. Las levantó en ese instante, al moverse se golpeó con algo, estaba en una pequeña celda.
Flipkirn abrió la puerta con unas llaves en la cuales estaban las de la celda y bajó junto a los hombres, sabía que no esperarían, los conocía de hace mucho. Los hombres observaron con satisfacción a la princesa y al herrero junto a su hermanita.
La princesa Lolanord estaba muy aterrada, la pequeña Lily no comprendía nada por el miedo que causaban esos hombres, Linkinton sintió que después de todo no se puede confiar ciegamente en las personas.
— Buen trabajo Flipkirn, sabía que no nos defraudarías, mi jefe estará feliz junto al hombre que pidió nuestros servicios —lo dijo Jean Pierre de una manera maliciosa.
Los tres hombres que los acompañaban fueron los que les dieron esa persecución que terminó dirigiéndolos donde las elfas.
En ese instante Flipkirn cierra la puerta al cortar disimuladamente una cuerda. Eso puso en alerta a los hombres.
— ¿Qué sucede Flipkirn? —preguntó Rodrigo muy sorprendido.
— Debo reunirme con mi hijo, eso es lo que sucede, muchachos os deseo lo mejor en su viaje, solo un leve empuje y se la abriréis —fueron las palabras que dijo el alquimista al encender un hilo el cual unía varios frascos con sustancias que a la vista los hombres reconocieron como inflamables.
Se escuchó un gran estruendo en esa parte del bosque. Una casa estaba ardiendo en llamas y cayendo por partes en su mismo sitio. Solo quedaba rezar por sus amigos y ella en los últimos momentos, al menos eso pensó la princesa...
