Otabek sintió que el mundo se le venía encima. Percibió cómo el aire se le hacía difícil de aspirar y su pecho era demasiado pequeño para el furioso latir de su corazón. Todo era negro.
Eso no podía estar sucediendo.
No supo cómo pudo mantenerse en pie mientras el Sacerdote le decía algo que ya no podía entender, porque cualquier sonido exterior dejó de ser, en su mente solo se repitió una negativa dolorosa y que ferozmente intentaba creer: no, no es cierto.
Se negaba a la posibilidad de ver a Yuri cazado, de ver a Yuri enjuiciado en la hoguera mientras el pueblo bailaba feliz a su alrededor.
No supo cómo pudo aguantar tanto dentro de ese despacho que de pronto se le hacía demasiado pequeño y asfixiante, porque a penas salió de la Iglesia, sus piernas -algo temblorosas- actuaron de inmediato corriendo calle abajo.
Rodeó varias cuadras para hacer el camino más corto, con el aire quemándole la garganta y la cabeza mareada con la noticia.
Se negaba a que fuera verdad. Se negaba rotundamente.
De antemano sabía que jamás le cederían el paso para ver a Yuri en el calabozo. Aquello solo se le permitía al cazador de la bruja, al Sacerdote y a las monjas que custodiaban y preparaban a los condenados minutos antes de ser sacados al público.
Totalmente desarmado y sin protección corrió desesperado hacia la salida del pueblo, hacia donde el bosque se volvía irregular y frondoso.
Ni siquiera estará allí. La voz dolorosa en su cabeza lo hizo titubear en su andar, ¿hacia dónde iba? ¿a la casa de Yuri? seguramente estaría vacía. No, tengo que asegurarme de ello. Contraatacó una segunda voz que se negaba a aceptar la supuesta realidad donde se le había arrojado vilmente y ahora sus extremidades luchaban por salir del fango.
Maldita sea, las cosas no habían debido darse así, ¡Yuri no era tan estúpido como para dejarse pillar! quería creer eso fervientemente.
Resbaló varias veces casi cayendo al piso por el barro traicionero. Recorrió veloz las curvas que se había aprendido de memoria por Yuri.
Ahí estaba la zona donde se habían golpeado por primera vez, los árboles en los que Potya le había arrebatado la ballesta, la orilla del río que solo hizo que su cabeza se inundara de recuerdos del brujo y él pasando el rato, conversando, riendo, teniendo sexo, ¡lo que fuera! pero torturando su mente cada vez que sentía su respiración dolorosa por el esfuerzo y pensando que, probablemente, al llegar a la casa de Yuri no habría más que silencio y soledad.
¿Es que acaso Potya no lo había defendido? ¡¿qué había estado haciendo esa gata como para dejar a Yuri ser cazado?! o tal vez también había sido asesinada.
Oh, no, por favor, que esos pensamientos se detuvieran.
Todas esas preguntas lo estaban ahogando en un pozo de incertidumbre horrible.
— Mierda... — murmuró con frustración al resbalar ligeramente en el río. Una de sus piernas empapada hasta la rodilla.
Se reincorporó diciendo más maldiciones por lo bajo y continuó en carrera recta.
Cuando el techo de la cálida casa llegó a su vista, sintió su corazón apretado.
Sabía que le dolería llegar allí y no hallar nada. Lo sabía de antemano.
Se detuvo en seco cuando estuvo a metros de ella. Su respiración era profunda y errática.
En el jardín frontal, a un lado del pequeño huerto, un chico de larga cabellera trenzada cavaba la tierra con una pequeña pala de mano y con ayuda extra de las patitas de una mullida gata a su lado.
Potya fue la primera en verlo, pero no maulló ni nada por el estilo. Lo ignoró porque para ella Otabek ya no era una amenaza.
El muchacho levantó la cabeza del hoyo que estaba haciendo y se secó el sudor de la frente con su antebrazo, los mofletes sonrojados por el esfuerzo, sus manos desnudas, el cabello siempre desordenado.
Los ojos esmeraldas se elevaron para chocar con los chocolates suyos y se abrieron sorprendidos, viéndose aún más grandes y hermosos que de costumbre.
Otabek sintió que quería correr hacia él, pero su corazón, todavía asombrado, no lo dejó.
— ¿Por qué-por qué estás...?
¿Por qué estás aquí? quiso preguntar el cazador, pero su pasmo y su respiración trabajosa le impidieron terminar la oración sin él siquiera darse cuenta.
No estaba loco, ¿cierto? ¿Yuri estaba allí?
El chico lo miraba desorbitado, como negándose a creer -también- que él estaba frente a su hogar. Sus labios se abrieron y se cerraron, dudosos, como la vez que lo vieron llegar después de un mes sin verse.
— Y-Yo, eh — vaciló un poco — es mi casa.
Yuri hizo un movimiento extraño con su mano, apuntando su casa y luego tocando su cara, dejándose una mancha de tierra en la mejilla.
— ¿Qué haces...? — la pregunta salió de sus labios como un hilo, pero el brujo lo escuchó. Y aunque Otabek se refería a qué hacía en ese lugar (de nuevo), Yuri interpretó la pregunta de manera distinta.
— Plantaba un girasol, ehm...
Cerró los labios y pareció tragar, o quizá pensaba sus palabras. O la verdad, tal vez Yuri estaba tan confundido como él y no sabía qué demonios decir si se suponía fue Otabek quien le dijo que no quería verlo nunca más en su vida. Jugaba con la pala entre sus manos.
No lo miraba a los ojos y Otabek se atrevió a acercarse un poco más, observándolo fijamente, sintiendo todo su cuerpo quemar con deseos de apretar el delgado cuerpo de Yuri contra el suyo.
El rubio soltó una sonrisa desganada y no se atrevió a mirarlo, siguió haciendo su labor ya sin tanto esmero como cuando llegó.
— Mamá me dijo que plantar flores era buena terapia para-para cuando hay pena, pero no creo — su voz empezaba a quebrarse, Otabek vio que se limpiaba la cara con su muñeca — no creo que esté funcionando, me duelen las manos y Potya se comió uno de los pétalos del girasol, no-no tengo idea de qué tan profundo debo cavar — dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas acaloradas — pero aún con todo eso, me sigue doliendo el corazón.
Dejó lo que hacía y llevó su antebrazo limpio a sus ojos. Agazapado entre su jardín, con las manos sucias y sus hombros temblando, Yuri ya no sonreía, en ese instante solo se convirtió en un chico ordinario llorando con un profundo dolor frente a los ojos de Otabek.
A Altin la distancia se le hizo dura, ver llorar a Yuri le causó una sensación pesada en el pecho.
¿Lástima? ¿compasión? como fuera, a la mierda todo.
No, no pudo soportar ver a la persona que le gustaba así. Por más que fuera un orgulloso, él también tenía un límite.
Sin haber entendido mucho lo que Yuri le había dicho, corrió de nueva cuenta hacia el muchacho y sus cansadas piernas al fin cedieron arrodillándose junto a él. Lo abrazó con fuerza y dejó que el menor llorara a viva voz, ahogado en su cuello, mientras Potya seguía intentando redimirse de su glotonería cavando más y más con sus patitas.
Sentir al brujo entre sus brazos fue como un oasis después de tanto desierto seco, árido y sin alegría.
No se había vuelto loco. Yuri estaba a salvo, Yuri estaba ahí, junto a él.
No sabía describir el alivio que sentía al tener al chico entre sus brazos, sabiendo que era real y no una imaginación, que Yuri estaba en su hogar y no en ese frío calabozo bajo una Iglesia.
El muchacho mantenía su cabeza recostada entre su cuello y lloraba con mucha pena.
— Desde hace tiempo... — pronunció a penas.
— ¿Qué cosa? — preguntó con calma Otabek, apretando sus cabellos y sobando su espalda.
— T-te conozco desde hace mucho tiempo porque me gustaba observarte cuando venías al bosque — admitió, lento y con pequeños pasmos por el llanto — mamá había muerto y me sentía-me sentía tan solo que salí más allá de casa y un día te encontré — una tanda de sollozos le sobrevino antes de poder continuar — me gustaba seguirte sin que te dieras cuenta, y verte... entonces empecé a escribir sobre ti. E-Entré muchas veces escondido al pueblo, intenté fijarme en más personas, pero al final siempre volvía a ti. Me gustaba cómo tratabas a tus hermanas y me pregunté muchas veces cómo se sentiría ser cuidado por ti, ser acariciado por ti, ser querido por ti. Por eso también sabía que te decían Beka. Estoy tan, tan, tan enamorado de ti, perdón...
— Yuri... — Otabek sintió su corazón aún más revoltoso que cuando echó carrera al bosque.
No dudó de las palabras del muchacho, en ningún segundo pudo hacerlo. Eso era real y las lágrimas de Yuri con su voz quebrada se lo confirmaban.
Sin embargo, ahora que tenía lo que había deseado, había quedado sin palabras, ¿qué seguía? maldita sea, por qué Yuri siempre debía tomarlo desprevenido. Se sentía muy lleno de dicha, de pronto, pero tan bloqueado a la misma vez. Quería responder algo, pero no podía, ¿en qué momento había llegado tan lejos?
Para su suerte, Yuri continuó hablando, dejando que su corazón procesara en silencio el momento de muda emoción.
— Pensé que te gustaría si me comportaba confiado, pero nunca dijiste algo lindo de mí, ni parecí gustarte. Intenté enamorarte con comida, p-pero dijiste que cocino asqueroso — cerró fuerte sus ojos y Otabek sintió la presión de Yuri que pegaba su cabeza con más fuerza a su cuello — pensé que podía seducirte con mi cuerpo, por eso tuve relaciones contigo, creí que podría gustarte tan solo un poquito... pero todavía parecías tan reacio conmigo, no querías besarme, nunca sabía lo que estabas pensando, no querías que te mimara ¡no sabía qué más hacer para que te fijaras en mí! y entonces p-pensé en darte una poción de amor, ¡lo siento! ¡pero no pude dártela! me temblaron las manos y me arrepentí porque yo en serio quería gustarte sin magia, gustarte de veras.
Otabek sintió que se derretía con esa confesión. Era demasiado para su pobre corazón.
Yuri nunca había tenido malas intenciones. Solo quería agradarle y sí, admitía que él no era la persona más delicada del mundo.
Se acomodó mejor sin dejar de abrazarlo, dejando a Yuri entre sus piernas. El brujo se aferró a su abrazo y su cabello desordenado le hizo cosquillas en la nariz.
Decidió de una vez, al fin, dejar de pensar en cada una de sus malditas palabras y respondió con espontaneidad, con lo que le nacía decir.
— Estoy feliz. Estoy feliz de que me lo dijeras.
Seguía siendo algo espeluznante que el brujo escribiera sobre él como un acosador por tantos años, pero lo tranquilizaba (un poco) el saber que no era para poder matarlo o algo por el estilo.
Con delicadeza, hizo que Yuri se soltara de él y lo mirara a la cara. Fue incómodo, seguramente para Yuri también cuando, por su nerviosismo, Otabek se rio al ver su rostro empapado de lágrimas y esa mueca graciosa que estaba haciendo al llorar. Era tierno.
— S-Sí, claro, "feliz" — dijo con voz temblorosa, mientras Otabek repasaba sus pulgares bajo sus ojos y le quitaba la tierra que tenía en la mejilla — justo ahora, que estoy todo desarreglado y lleno de mocos, mi cara apesta y no alcancé a plantar mi girasol.
— Está bien, no me importa, Yura.
Yura.
Le quitó un par de hebras doradas que se le pegaban a la cara por las lágrimas. Yuri se sorbió los mocos y eso sí lo hizo volver a reír.
Mierda, No lo podía evitar. De verdad estaba demasiado feliz, se sentía como un chiquillo quinceañero experimentando su primer amor correspondido; aunque la realidad no estaba muy lejos de ello.
Las irises de Yuri se veían aún más bonitas con los ojos cristalizados. Esmeralda bañada en sol.
— ¿"Yura"?
— Te quiero — dejó un beso en su sien — y estoy seguro que no bebí ninguna poción.
Ya estaba hecho. Lo dijo. Y no pudo sentir nada más liberador y complaciente que el saber que era correspondido.
Yuri quedó estático unos segundos, hasta que arrugó el gesto, pareciendo querer echarse a llorar de nuevo.
— No te creo.
— No me crees — repitió. Yuri negó efusivamente con la cabeza. — ¿por qué crees que estoy aquí? no voy a cometer el mismo estúpido error de dejarte ir por segunda vez.
Antes de que el brujo pudiera protestar, Otabek lo calló chocando despacio sus labios.
Eso era lo que tanto había deseado, comer de esa porción de azúcar que Yuri tenía por boca.
El contacto fue tal y como lo imaginó, quizá mejor. Era un poco salado por las lágrimas, pero los labios de Yuri eran suaves y blandos, como dos porciones de algodón. Repasó sus dedos por el cuero cabelludo del rubio, enredándose allí sin hacerle daño, lo sintió suspirar levemente; Otabek sabía que le gustaba que le hicieran eso. Mordió despacio su labio inferior y lo tiró sin hacerle daño, lamió el superior y volvió a juntarlos con los suyos. El brujo correspondió tímido, afirmándose de sus brazos con fuerza. Otabek inclinó la cabeza y empujó su nuca para hacer más profundo el beso.
— Abre la boca — susurró separándose, sus respiraciones tibias chocando, Yuri derritiéndose por el contacto y obedeciendo.
Lamió su labio superior antes de meter su lengua y buscar la de Yuri. El chico se sobresaltó un poco. Por segunda vez, Otabek se preguntó si Yuri era virgen, pero en este caso en el arte de besar.
No se atrevió a tragarse la duda por segunda vez.
— ¿Habías besado a alguien antes?
Yuri lo miró un poco mareado y negó con la cabeza, sus pupilas dilatadas.
Oh. No me digas que...
Otabek le sonrió con ternura y con culpa.
— Por favor no me digas que conmigo tuviste sexo por primera vez.
Yuri bajó la cabeza apenado. Asintió. Había sido él.
— Joder, Yuri.
Pero al chico pareció no importarle mucho el tema, así que volvió a cuestionar:
— ¿En serio... en serio me quieres? ¿te gusto? — preguntó Yuri, recostando su frente en su pecho.
Otabek besó la coronilla de su cabeza.
— Ya te dije que sí. Me gustas, Yuri, te quiero.
Fue inevitable que Yuri volviera a llorar. Y aunque Otabek acababa de darse cuenta que no le gustaba verlo llorar (pero admitía que su cara era muy divertida), el poder consolarlo le llenaba de dicha porque sentía que podía ser un soporte para Yuri, aquel que por años no había tenido y que ahora el brujo se aferraba con todas sus fuerzas.
— Plantemos tu girasol — propuso en su oído.
Yuri volvió a mirarlo, sus ojos estaban rojos.
— No sé plantar flores, solo verduras.
— Debe ser lo mismo, solo que necesita regarse todos los días.
Le hizo cariño con su pulgar en una de sus mejillas rojas, Yuri se pegó a su mano como un gatito.
— Y ella ha estado cavando desde hace rato — apuntó con la cabeza a Potya que se había recostado en posición de gallina empollando, observando la novela que habían estado montando frente a ella.
Yuri sonrió apoyado en su pecho, mirando a su amiga.
— Mira tus patas, Potya. Tendré que darte un baño.
El animal le mostró los dientes a penas escuchar la palabra "baño", dio un feo maullido y se fue corriendo al interior de la casa.
— ¿Vas a querer plantar tu girasol o no?
— Sí.
No obstante, se arrojó nuevamente a sus brazos, dando cortos besos en su cuello.
— Pero quiero quedarme así contigo un ratito más.
Yuri frotó su mejilla con su mentón. Algunos mechones rubios y desaliñados le caían en el rostro y el chico se apresuró por quitárselos.
— Te volviste a ensuciar — dijo tomando sus manos y sacudiéndolas despacio por la tierra.
Una vez hizo lo mejor que pudo, ante la avergonzada y emocionada mirada de Yuri, Otabek volvió a besar sus labios, despacio, y el brujo se relamió cuando se separó mientras lo miraba fijamente. Sonrió como solía hacer, pero sus ojos fueron dos líneas verdosas llenas de una alegría demasiado infantil y pura. El cazador correspondió la sonrisa todavía con esas estúpidas mariposas en el estómago.
Otabek dejó que el brujo le acariciara en rostro sin detenerlo, notando como poco a poco su semblante se ponía más serio. Juntaron sus labios una última vez antes de que Yuri decidiera hablar.
— Quiero... quiero contarte algo, Otabek.
— Sí — respondió con la guardia baja.
— No soy un brujo.
¡Gracias por leer!
