Capítulo 17

Aún oía la música de la plaza, pero no sentía ninguna gana de volver. Hinata caminaba bastante turbada por el encuentro que acababa de tener. ¿Qué demonios hacía ese hombre allí? Nunca pensó que pudiera establecerse en el pueblo. ¿Qué iba a hacer ahora? Tendría que tener mucho cuidado para que Naruto no supiera…

—¡Hinata, espera! —la voz del vaquero sonó potente a su espalda y ella aceleró el paso.

Pero fue inútil, porque al poco la mano de Naruto asió su brazo, obligándola a detenerse.

—¿Qué te ocurre? ¿Te encuentras mal?

Hinata contempló la preocupación en aquel rostro bronceado.

¿Podría sincerarse con él, lo entendería? Desde luego, con su don no había tenido mucha suerte. Naruto no solo no lo había comprendido, sino que además se había enfadado mucho con ella. No… Ya estaba acostumbrada a que la gente no creyera en su palabra. No pensaba que en esta ocasión tuviera más suerte, a pesar de la evidente preocupación de su esposo. No podía contarle lo que había ocurrido con Wyatt.

—Creo que algo me ha sentado mal, eso es todo.

Los ojos cobalto de Naruto la escrutaron a conciencia. Le puso las manos en los hombros y examinó su rostro.

—¿Quieres que avise al doctor?

—¡Oh, no! De verdad, no hace falta molestarle. Será una indigestión… Además, el paseo me ha venido bien. Me encuentro mucho mejor.

Naruto arqueó una ceja.

—Pues sí que te recuperas rápido… —la acercó más a él hasta pegar los labios a los suyos—. Claro que, para lo que tengo en mente, es mucho mejor así. Si estuvieras enferma, me tocaría dormir otra vez en la butaca del salón.

La joven le echó los brazos al cuello rápidamente y se apretó contra él.

—De eso nada. He esperado mucho tiempo para tener una noche de bodas en condiciones y ninguna indigestión me privará de ella.

Naruto inspiró con fuerza ante sus palabras y notó cómo su cuerpo respondía. ¡Por todos los santos, aquella mujer lo volvía loco!

— Hinata… —gruñó, preso de la excitación más apremiante.

La besó con ardor, fundiéndose contra ella, devorando los labios calientes y dulces que se movían respondiendo a sus caricias. Las manos de la joven acariciaron la espalda masculina y el vaquero gimió al sentir la dulzura de aquellos dedos. De pronto, los imaginó recorriendo otras partes de su cuerpo, acariciando, masajeando allí dónde él más deseaba, y la erección se tornó dolorosa.

—Vayámonos a casa, esposa —susurró, con voz ronca.

Aquel ruego transportó a Hinata, literalmente. Sintió el familiar vértigo en su estómago y su mente se oscureció un segundo, para iluminarse de pronto con una selección de imágenes inconclusas, pero intensas…

Naruto bajando los labios hasta uno de sus pezones, apresándolos entre sus dientes… Naruto recorriendo con la lengua toda la longitud de su cuello, el camino que descendía hasta su ombligo y más abajo… Naruto sobre ella, frotando su pecho caliente contra sus senos, llenándola con su calor…

Se obligó a volver en sí, avergonzada. ¿Desde cuándo era tan libidinosa? Se separó apenas del hombre para poner un poco de cordura en sus pensamientos. Sí, Hinata, desde que te casaste con este hombre has estado deseándolo, reconoció.

—¿De verdad te encuentras bien? —preguntó él, que no se había perdido detalle de las distintas expresiones que habían pasado por el rostro de su esposa en pocos segundos.

—Sí, es solo… —¿iba a explicarle su visión?— solo la brisa de la noche. Tengo frío —se excusó, incapaz de confesar nada más.

Pero no hizo falta. Sus ojos le dijeron cuanto necesitaba saber, lo único que le importaba: ella le deseaba. Aunque no lo reconociese, se lo comía con los ojos. Y él quería comérsela a ella, no solo con la mirada. Desde aquel primer día en que la fiebre le había obligado a desnudarla y a frotar su excitante cuerpo con paños húmedos, lo había deseado. Pasearía sus manos por los mismos lugares por los que había deslizado la tela fría. Solo que en esta ocasión, su piel se erizaría de placer y la fiebre, de una naturaleza completamente distinta, volvería a subir.

Con un gruñido de satisfacción anticipada, Naruto la cogió en brazos y la estrechó contra su cuerpo. Emprendió el camino de regreso a casa con grandes zancadas.

—Ehhhh, Naruto —le advirtió ella—, puedo caminar. Ya te he dicho que me encuentro mucho mejor…

—No pienso soltarte, mujer —espetó él. Y añadió con la voz cargada de emoción—. No te soltaré en toda la noche…

Solo por el intenso calor que recorrió su cuerpo tras aquella promesa, Hinata no se molestó ante el hecho de que su marido hubiese olvidado su nombre… otra vez.

Todos los hombres la habían deseado aquella noche, pero era suya.

Aquel pensamiento inundaba la cabeza de Naruto y bombeaba la sangre, frenética, por todo su cuerpo. En ese momento contemplaba hipnotizado el cuerpo de su esposa, que había dejado con cuidado sobre la cama, ahora en ropa interior.

Los ojos de Hinata brillaban como dos esferas de lunares mientras contemplaba fascinada cada movimiento del vaquero y tenía los labios entreabiertos, invitándole a acercarse. La larga melena negra se desparramaba sobre las sábanas blancas y acariciaba sus hombros semidesnudos.

Naruto supo que mordería aquellos hombros, que con sus dientes conseguiría arrancarle gemidos de placer. Supo que su lengua recorrería cada rincón de aquella piel única mientras enredaba sus dedos en los cabellos negros azulados y la obligaba a echar su cabeza hacia atrás; así, el delicioso cuello quedaría expuesto, y descendería con sus labios desde el delicado mentón hasta uno de sus pezones…

—¿Vienes o qué? —preguntó Hinata de pronto, incorporándose sobre los codos al ver que el vaquero continuaba allí de pie, observándola.

La falta total de romanticismo en la actitud de Hinata hizo sonreír a Naruto. Estaba claro lo que deseaba y él estaría encantado de dárselo… Avanzó un paso hacia ella y se detuvo de nuevo, en seco. ¿Por qué estaría tan ansiosa? ¿Acaso ya lo había probado… y sabía lo que podía esperar? Se sorprendió un poco. Siempre había supuesto que su esposa era virgen, y ahora caía en la cuenta de que a lo mejor no lo era. Ninguno de los hombres del pueblo conocía el pasado de aquellas mujeres. Bueno, al menos no cuando las solicitaron. Imaginaba que el resto de sus compañeros había tenido tiempo de averiguarlo. Pero él no. Él ni siquiera…

— Naruto, ¿vas a venir antes de que me haga vieja?

El apremio en la voz de Hinata le devolvió a la realidad. Una sonrisa bailó en sus labios al contemplar su boca, fruncida en una mueca de impaciencia. ¿Qué le importaba de dónde pudiera venir ella… o con quién hubiera estado antes? Lo importante era que, a partir de aquel momento, solo él tendría derecho a tocarla.

Apoyó una rodilla en la cama, que crujió bajo su peso.

—¿Sabes cuánto tiempo hace que no duermo en esta cama? — preguntó al sentir la comodidad del colchón bajo su cuerpo.

Ella le acarició con un dedo allí donde su camisa se abría para mostrar parte de su pecho.

—¿Y quién te ha dicho que hoy vas a dormir?

Seguro que no es virgen, volvió a pensar Naruto, deshaciéndose con el contacto de ese dedo. Pero la frase era tan sugerente, que lo que hubiera hecho antes de conocerle no le importó lo más mínimo.

Se inclinó sobre ella y colocó ambas manos a cada lado de su cuerpo, acercando los labios a su boca. Solo la rozó con la lengua, ninguna otra parte de su cuerpo la tocaba. Y ella disfrutó de aquella especie de tortura. Un calor inesperado comenzó a quemarla desde dentro y, cuando los labios de Naruto comenzaron el baile lento y exigente sobre los suyos, aquel ardor se disparó, elevándose hasta cotas inimaginables.

Naruto necesitaba sentir la dulzura de su lengua y atravesó la barrera de los dientes para probarla y excitarla con su contacto. Jugó con ella, exploró y gozó cuando notó que Hinata, a su vez, le mordía el labio inferior con una pasión arrolladora.

— Hinata… —la llamó, entre beso y beso, con voz espesa.

Ella temblaba entre sus brazos y su cuerpo le pedía más. Se arqueó para pegarse al hombre, sin ser consciente de lo que necesitaba pero añorándolo de un modo doloroso. Notaba el corazón golpeando fuerte contra sus costillas y le faltaba el aire, pero prefería ahogarse antes que despegar sus labios de los del hombre.

Naruto se separó un momento y ella jadeó. Sin darle tregua, bajó los tirantes de la camisa interior y dejó los pechos expuestos a sus caprichos. Cuando la mano grande y tibia cubrió uno de los senos, ella ahogó un gemido.

Naruto bajó la cabeza para morderla con suavidad, tal y como había deseado. Notó cómo la respiración de la joven se aceleraba cuando sus dientes comenzaron a incitarla. Primero en el cuello, luego descendió por los hombros hasta llegar a la cima de uno de sus pechos. Los succionó con los labios y sonrió cuando escuchó el jadeo ahogado de Hinata. Le prodigó las mismas atenciones al otro pezón, consiguiendo que ella se aferrara a su cabello, apretándolo contra su piel.

La joven estaba perdida en un mundo maravilloso de nuevas sensaciones que despertaban con cada caricia de la lengua de Naruto. Ignoraba hasta qué punto ser amada por un hombre podía ser satisfactorio, y la realidad llegaba incluso a eclipsar las visiones que había tenido respecto a su apasionado amante.

—Desnúdate, por favor —le pidió, cuando comprendió que necesitaba acariciarle del mismo modo en que él lo hacía con su cuerpo.

Aquella petición se abrió hueco en la nebulosa en la que flotaba Naruto e intentó disimular una sonrisa

—¿De qué te ríes? —se molestó ella.

—Pues… de tu actitud, pensé que eras una gata salvaje —rió él—. Y sin embargo, te muestras muy educada en lugar de arrancarme la ropa con los dientes…

Ella pareció tomar en serio sus palabras, porque susurró un decidido de acuerdo y apresó con furia la camisa de Naruto entre sus dientes. Tironeó inútilmente durante unos instantes hasta que su marido, sin poder contener una suave risa, la apartó para besarla con toda la ternura que su arrebato le había provocado.

El vaquero se colocó encima de ella, acomodándose entre sus piernas, e intentó serenarse. Estaba tan excitado que pensó que sería capaz de reventar los pantalones, y lo último que deseaba era herir a Hinata riéndose de su extraña actitud.

—¿Soy graciosa? —preguntó ella, enfadada.

Él, notando el calor que desprendía el cuerpo desnudo de su esposa, acarició una de sus cejas elevadas y su dedo recorrió luego el perfil del rostro femenino, recreándose en su belleza.

—No he visto nunca nada tan excitante —confesó con sinceridad.

Era cierto. En ese mismo momento, contemplándola, sintiéndola caliente bajo su cuerpo, compartiendo su extraña actitud, se dio cuenta de que algo despertaba en su interior. Era un anhelo profundo de poseerla más allá de aquella unión, un impulso salvaje de convertir aquella noche en algo inolvidable, algo que no terminara nunca…

Apenas conocía a esa mujer, pero sabía, con una certeza aplastante, que no quería perderla. Necesitaba demostrarle lo que no podía explicarle con palabras, así que se dedicó a besar, lamer y acariciar cada parte de su cuerpo como si se tratara de lo más precioso que hubiera encontrado nunca.

Hinata se dejó llevar, porque no podía hacer otra cosa. Intentó responder a cada una de sus caricias pero se sentía torpe. Sus dedos estaban paralizados, se estaba derritiendo entre los brazos de aquel hombre y pronto solo quedaría de ella un charco caliente entre las sábanas. Sin embargo, estaba convencida de que Naruto no permitiría que se diluyera…

Él se incorporó de pronto y Hinata pudo observar que el color de sus ojos era mucho más oscuro que de costumbre. Naruto se quitó la camisa, arrancándosela cuando se le resistieron un par de botones.

La urgencia que lo consumía le obligó a deshacerse de los pantalones sin miramientos y ella pudo admirarle tal y como era al desnudo.

Era perfecto. Su cuerpo era magnífico, su amplio pecho, sus caderas estrechas y sus largas y fuertes piernas. Ante aquella visión, abrió mucho los ojos y levantó la mano con intención de tocarle, pero él la agarró por las muñecas y se colocó encima, besándola de nuevo, haciendo que se olvidase del mundo. ¿Cómo podía aquel hombre hacerle perder el conocimiento de esa manera?

Y, que el cielo la ayudase, quería más.

Notó que los dedos mágicos de Naruto exploraban ciertas partes de su cuerpo, zonas que no sabía que tuvieran terminaciones nerviosas tan placenteras, como sus axilas, la curva de su cintura, la cara interna de sus muslos… ¡el interior de su parte más íntima!

Cuando él le introdujo uno de sus dedos, Hinata saltó como si la estuvieran marcando con un hierro al rojo. Quería escapar de aquellas sensaciones que eclosionaban en su interior despertando un feroz instinto primario, pero en lugar de hacerlo, se apretó más a su cuerpo.

—Shhhh —murmuró Naruto contra su oído—, cariño, relájate.

¿Cómo, en el nombre del Altísimo, pensaba ese hombre que podía relajarse mientras movía aquel endemoniado dedo en su interior?

— Naruto —jadeó, aferrándose a sus hombros.

Entre tinieblas, pudo admirar el brillo de su piel perlada de sudor, el oscuro bronceado del sol en aquellos músculos que parecían cincelados en piedra. ¡Oh, era tan atractivo! Recordó las palabras de su amiga Kurenai cuando dijo que había tenido mucha suerte. ¡Ahora se daba cuenta de la razón que tenía!

— Hinata, no puedo más —musitó Naruto, notando que no podría contenerse. Su mujer le excitaba como ninguna otra lo había hecho nunca. Normalmente, era capaz de exhibir mucho más auto control.

La joven no comprendió el significado de sus palabras.

—¿Quieres que lo dejemos? —preguntó, asombrada de que quisiera abandonar una actividad tan placentera.

Naruto detuvo sus caricias para mirarla fijamente. Parecía sincera… y perdida. ¿Era posible que no supiera…?

— Hinata, ¿eres virgen? —preguntó, con un hilo de voz.

—Pues… sí —contestó ella, no muy segura de cómo tomarse aquella pregunta—. ¿Te molesta?

Una oleada de inmensa ternura le inundó ante la pregunta inocente y sin sentido. Como única respuesta, tomó su cara con delicadeza entre sus manos y la inundó de besos. Luego, sus labios volvieron a apoderarse de su boca y dejó que su lengua la explorara a placer, derritiéndola, preparándola para él.

Porque no podía más. Porque tenía que hacerla suya de inmediato, o reventaría.

Le separó las piernas con su rodilla, e intentó ser todo lo delicado que su estado le permitía. Se colocó entre sus muslos, aspiró su perfume y volvió a perderse un momento en los ojos perlas que lo miraban maravillados y expectantes.

—Puede que esto te duela un poco, cariño —se fijó en que las pupilas de la joven se dilataban y se apresuró a añadir—, pero pasará rápido. Y te gustará, confía en mí.

Hinata temblaba y enredó sus dedos en el cabello de Naruto para aferrarse a algo. Entonces, él volvió a besarla, dejándose el alma en aquel beso mientras la penetraba.

Hinata sintió que algo se desgarraba en su interior y quiso gritar, pero la lengua del vaquero absorbió su gemido de angustia. Sus ojos se llenaron de lágrimas y él besó sus pestañas, bebiéndose su llanto silencioso.

Al cabo de unos segundos de estática expectación, durante los cuales Hinata notó que el corazón le latía, dolorosamente, muy abajo, justo entre las piernas, pudo sentir la plenitud de Naruto llenándola por completo. Y cuando él comenzó a moverse, en una suerte de baile antiquísimo, el dolor comenzó a remitir para dejar paso al placer. Un placer increíble que se intensificaba con cada arremetida del vaquero y que no lograba saciarla, más bien lo contrario. Hinata elevó las piernas y las anudó en la cintura del hombre, atrayéndolo con fuerza, sujetándolo para que sus retiradas fueran breves y sus penetraciones cada vez más profundas. Algo como una burbuja de calor maravilloso comenzó a crecer en su interior y ella sabía que tenía que explotar; fuera como fuese, aquel placer inmenso que se expandía por cada palmo de su piel, por cada recoveco de su cuerpo, tenía que consumirla, quemarla por entero antes de desvanecerse…

—Sí me gusta… sí que me gusta —logró articular, con los labios perdidos en el cuello masculino.

Naruto tuvo tiempo de esbozar una sonrisa complacida antes de alcanzar el mayor orgasmo que había experimentado en toda su vida.


Despertó envuelta en los brazos de su marido. A pesar del palpitar resentido que notaba entre sus piernas, Hinata estaba en la gloria. Por eso no comprendió el porqué de su prematuro despertar.

Hasta que la vio.

Estaba allí de pie, en medio de la habitación.

Una niña india, de largos cabellos negros y ojos rojos que la contemplaban sonrientes.

No había sentido su particular vértigo de antes de sus visiones, por lo que no podía ser una visión… ¿O sí? Se tapó con las mantas para cubrir su desnudez, cohibida por el hecho de que aquella pequeña los hubiera descubierto en una situación tan embarazosa.

—¿Qué haces aquí? —susurró.

—No estoy aquí, Hinata. Aún no me has encontrado.

La joven parpadeó, incrédula. Se deshizo con suavidad del abrazo de Naruto y se levantó de la cama, no sin antes ponerse su camisón. Se acercó a la niña.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó.

— Sarada —respondió la pequeña—. Escucha, debes decirle a Naruto que no viaje hasta mi poblado. Tiene que encontrarme, tú le ayudarás.

—¿Cómo sabes que irá a tu poblado? — Hinata recordó de pronto la extraña visita que había tenido su marido durante la fiesta en la plaza. Claro, el forastero.

—Lo sé. Naruto es mi padrino y van a celebrar un funeral por mí —dijo la niña—. Pero no estoy muerta, Hinata, debes decírselo.

La mujer se conmocionó cuando le escuchó decir que era la ahijada de Naruto. Ahora comprendía su preocupación y su enfado la primera vez que le habló de ella.

—No va a creerme. Nadie me cree nunca —se excusó por adelantado la joven.

—Inténtalo, por favor. Eres mi única esperanza.

Hinata se perdió unos segundos en aquellos brillantes ojos rojos. Se preguntó qué clase de persona horrible retendría a una niña como aquella. Porque a esas alturas, Hinata ya había intuido que alguien tenía secuestrada a la pequeña.

—¿Cómo puedo encontrarte?

—En mis sueños, además de verte a ti, aparece una mujer rubia, de ojos violetas…

—¡Shion! —exclamó Hinata ante la descripción.

—Ella también necesita tu ayuda. Y yo he de socorrerla a ella… Seguid a mi amigo… el gorrión. Él os guiará…

Hinata no entendía nada de nada. ¿Quién tenía que ayudar a quién?

— Hinata, ¿qué haces ahí de pie?

La voz de Naruto a su espalda la sobresaltó. Se giró y tuvo que abrir la boca, extasiada ante la visión de su marido. Estaba incorporado sobre un codo, con el pelo deliciosamente revuelto. El torso desnudo la llamaba, tirando de sus ojos con fuerza, sobre todo allí dónde la sábana resbalaba, a punto de revelar lo que Hinata se moría por ver de nuevo. La noche anterior, apenas había podido contemplarlo.

De reojo, comprobó que la niña había desaparecido y suspiró, confusa.

—No… no hacía nada.

—Entonces estás perdiendo el tiempo —ronroneó él, palmeando su lado vacío de la cama—. Ven aquí.

Hinata, además de la boca, abrió mucho los ojos cuando comprobó que, aquello que se moría por ver, levantaba la sábana como si tuviera vida propia. Se olvidó de todo lo que no fuera Naruto…

Naruto y esa fiebre nueva que la consumía.

Sin darse cuenta de lo que hacía, extendió la mano en aquella dirección. La suave risa de él, ronca ya por el deseo, hizo que apartara un segundo la vista de ese lugar y la desviara hasta los ojos cobalto.

—Podrás investigar lo que quieras, mi amor —le prometió él, apartando la sábana de un tirón—. Ven aquí y sacia tu curiosidad.

Hinata sintió que una nube de mariposas le caía desde la garganta hasta la boca del estómago cuando vio a su marido como a Adán en el paraíso. ¡Aquello era increíble! Y más ahora, que conocía lo que esa parte de su cuerpo podía hacerle sentir. Se aproximó a él trastabillando, maravillada. Naruto extendió los brazos para recibirla,pero ella tenía otro destino mucho más interesante.

No desaprovechó la oportunidad que le había brindado para saciar su curiosidad. Se arrodilló en la cama y bajó la cabeza despacio, rozando con su pelo las piernas y el estómago del vaquero.

Naruto se puso tenso ante su osadía y abrió la boca, expectante.

Hinata se inclinó y posó los labios en la cima del glande, mientras rodeaba con sus dedos toda la longitud del pene. Estaba caliente y parecía palpitar contra su palma. La suavidad de aquella piel tersa y bronceada la sorprendió y quiso saborearla con la boca, así que deslizó sus labios lentamente hacia abajo, consiguiendo arrancar un gemido de placer a Naruto. De reojo, pudo ver cómo él echaba la cabeza hacia atrás, extasiado con aquella caricia. Hinata sonrió con malicia.

Abrió la boca y lo tocó con su lengua, al principio con cierta timidez por si su atrevimiento no era bien recibido. Pero Naruto contuvo el aliento, inspirando bruscamente al sentir la humedad caliente de aquella lengua y la miró con ojos vidriosos. Sujetaba las sábanas con los puños apretados y su mirada azul le trasmitió que aquello lo estaba volviendo loco. Hinata lamió entonces toda la longitud, desde arriba hasta su base, y luego deshizo el camino para terminar de nuevo en la punta del glande, introduciendo su lengua en la pequeña abertura de su cima.

—¡Ah, Hinata, mi amor! —gimió él, aferrando su largo cabello entre los dedos.

La joven aún quería probar más. Abrió la boca y se introdujo el miembro caliente y endurecido hasta donde pudo, chupando con los tiernos labios mientras avanzaba en su conquista. Los jadeos de Naruto encendían su propio deseo y notó un fuego intenso y líquido arrasándola entre las piernas, a pesar de que su esposo ni siquiera la había tocado. Darle placer le proporcionaba a ella una satisfacción insospechada, y quería ver hasta dónde podía llegar.

Acarició, besó, chupó y lamió hasta que Naruto no pudo soportarlo más. Sentía que estaba a punto de estallar como un géiser.

Aquella boca suave y complaciente que se movía explorándolo con delectación conseguía arrancarle sonidos guturales y ahogados, le provocaba querer gritar como un animal y, aún peor, le hacía desear hundirse con fiereza y con brutalidad en el cuerpo tibio de Hinata para alcanzar la satisfacción que sabía que le daría. Jamás había sentido nada parecido. Nunca la lujuria se había apoderado de su cuerpo con tanta fuerza como para querer penetrar a una mujer como un salvaje sin sentimientos. No podía hacer eso, no podía dejarse llevar así. Con un gruñido, la colocó a horcajadas sobre su cuerpo y le arrancó el camisón sin miramientos.

—Pequeña arpía lasciva… vas a matarme —jadeó, atrayéndola para devorar sus labios. Notó su propio sabor salado en la boca de Hinata y eso lo enardeció aún más—. Si lo de anoche te gustó, esto te va a encantar —le susurró, con la voz rota ya por el esfuerzo supremo de contenerse.

La levantó por las caderas y la penetró de un solo movimiento.

Ella estaba tan húmeda, tan preparada, que apenas se resintió con la impetuosa embestida. Dejó caer la cabeza hacia atrás con un gritito de placer y sus largos cabellos acariciaron las piernas masculinas.

Naruto la contempló maravillado: sus curvas perfectas, su piel iluminada por los primeros rayos de sol que se colaban por la ventana y los pechos erguidos, con los pezones erectos por el deseo. Era una amazona apasionada y entregada a él por completo. Dejaría que fuera ella quien los guiara para no conducirse como un energúmeno.

Después de todo, Hinata había perdido la virginidad la noche anterior.

— Naruto… —gimió Hinata— me llenas… llegas tan hondo…

El vaquero sintió que su miembro se endurecía hasta resultarle doloroso. Lo envolvía su calor, estrechándolo y atrayéndolo hacía sus profundidades, impregnándolo con su humedad.

Él quería proporcionarle el mismo placer y que se volviera loca de deseo antes de dejarse arrastrar del todo por la pasión. Se incorporó para apresar uno de sus pezones entre sus dientes, incapaz de resistirse a su sabor. Tironeó de él y Hinata jadeó, elevándose un poco para caer después, transida de placer.

Descubrió que en esa postura, empalada por su miembro, debía ser ella quién se moviera para conseguir las sensaciones increíbles que Naruto le había regalado la noche anterior. Volvió a elevarse y a descender, gimiendo por las oleadas que se transmitían desde aquel epicentro ardiente hasta cada rincón de su piel. Bajó la cabeza para besar a Naruto, quería comerle los labios igual que había saboreado la parte de su cuerpo que ahora le arrancaba ronroneos de placer. Era increíble balancearse sobre él, dejar que sus fuertes manos sujetaran sus pechos mientras ella se deslizaba a lo largo de su pene y movía las caderas en círculos, descubriendo con cada nuevo roce una pincelada más del paraíso.

Hinata galopó a su antojo durante un rato, hasta que la tensión se tornó insoportable para el vaquero y sus manos recorrieron su costado hasta sujetarla por las caderas. La guió para marcar su propio ritmo y ella se dejó llevar, gozosa, disfrutando con la fuerza y la dureza de las embestidas de Naruto.

Gritó cuando el placer explotó, expandiéndose por todo su cuerpo. Naruto se tensó tras el gemido apasionado de su mujer y alcanzó un orgasmo brutal y demoledor mientras murmuraba el nombre de Hinata una y otra vez.

Cuando ella se dejó caer, exhausta, sobre el pecho masculino, Naruto la abrazó sin resuello, deleitándose con el aroma de su larga melena negra.

—Nadie hubiera pensado que ayer mismo eras virgen… ¿sabes lo que me has hecho? —reconoció él complacido, tras la descarada actitud de su esposa.

—Bueno… —susurró ella, sin aliento, apoyando la barbilla en el pecho masculino para poder mirarlo a los ojos—. En cierto modo, sabía… o mejor dicho, presentía cómo iba a ser.

—Ummm, y eso, ¿a qué es debido?

—Me vas a llamar loca.

—Ya te lo he llamado otras veces, mujer.

Ella castigó ese comentario pellizcándole un pezón. Y él premió ese pellizco alzándola por los hombros y capturando su boca para besarla con ganas.

—Venga, cuéntamelo —la impelió tras el beso.

Hinata estaba atontada. Tal vez por eso habló, dejando a un lado su miedo acostumbrado a que la creyeran una lunática.

— Naruto, tuve otra de mis visiones —confesó.

Él levantó una ceja y sonrió ampliamente.

—Yo estoy teniendo una ahora mismo; una mágica visión… — dijo, acariciando su espalda con suavidad mientras la contemplaba arrobado.

Ella se incorporó y se separó de aquel amplio pecho para poder pensar con claridad.

—No, Naruto, hablo en serio —insistió ella—. Tuve una visión… Nos vi a ti y a mí, haciendo… estas… cosas.

—Oh, vaya, vaya — Naruto la abrazó por detrás y depositó un beso en su cuello—. Me he casado con una pequeña bruja lujuriosa…

Hinata se levantó de la cama. Con él toqueteando su cuerpo no podía mantener una conversación civilizada. Y hacerle comprender que su don no era una chaladura le parecía fundamental en ese momento.

—Tienes que creerme, Naruto, porque no solo he visto escenas de cama —hizo una pausa, pensando en cómo continuar. De pronto, le resultó imperante contarle lo que había sucedido antes de que él despertara—. He visto muchas más cosas. Por… por ejemplo —se arriesgó, tragando saliva—, he visto adónde vas a marcharte en cuanto salga el sol.

Naruto no pudo reprimir una suave carcajada. Pero cuando ella se giró para enfrentarlo y comprobó la seriedad de su mirada, entendió que no estaba de broma.

—Te marcharás al poblado de Sarada, a celebrar con su familia un funeral por su muerte.

El vaquero saltó de la cama totalmente desnudo y se acercó a ella. La agarró con fuerza por el brazo, con los ojos confusos.

—¿Cómo sabes eso? ¿Quién te lo ha dicho?

— Naruto, me haces daño —se quejó ella—. Escúchame, ¿quieres? Te prometí que si averiguaba algo más de ella, te lo diría. Y es lo que pienso hacer. Pero tienes que confiar en mí, es fundamental.

El corazón del vaquero golpeaba furioso contra su pecho y su expresión se volvió adusta; hubiese atemorizado a cualquiera. Otra vez le hablaba de la niña. ¿Qué sabía ella acerca de Sarada?

¿Tendría algo que ver con su desaparición? No podía ser casualidad que apareciera en el pueblo, se casara con él y ahora le saliera con esa historia. Después de todo, se dijo, no conocía a Hinata en absoluto. ¿Y si ella…? No, no podía ser verdad. Su dulce mujer no podía tener nada que ver con la desaparición de la niña.

Volvió a la cama y se sentó, respirando hondo para controlar sus emociones.

—Muy bien, explícamelo entonces. Dime de qué conoces a Sarada.

—Escucha —trató de explicar ella—. No he sabido su nombre hasta hace un rato. Cuando me desperté, la vi… Ella estaba en la habitación, como una visión…

Naruto se levantó bruscamente de la cama y se acercó a ella, con la mirada grave.

—¿Qué cosas dices, mujer? Eso es imposible —le había prometido que intentaría comprender todo aquel asunto de sus visiones, pero descubrió que escucharla le hacía daño—. Me ha costado mucho asumir que Sarada está muerta. No te permito que me atormentes con tus desvaríos…

Hinata se indignó.

—¡No son desvaríos!

Él comenzó a vestirse intentando no escuchar las dolorosas palabras de Hinata. ¿Cómo habría averiguado lo de Sarada?

¿Acaso él hablaba en sueños, le había espiado mientras hablaba con Obito?

—Por favor, Naruto —le suplicó ella, haciendo un último esfuerzo—. He visto a tu ahijada, se ha comunicado conmigo. No está muerta, ¿me oyes? Está pidiendo auxilio, debemos ayudarla.

Él cerró los ojos, traspasado por un dolor profundo. Ni siquiera se percató de que Hinata conocía el hecho de que él era su padrino.

No. Las palabras de Obito, su fiel amigo miwok, regresaron a su mente dotando a la ilógica situación de sentido. Se giró hacia ella y la cogió por los hombros, zarandeándola.

—¡Basta, deja de decir eso! Está muerta. Muerta —murmuró—. Yo también fui un necio demasiado tiempo creyendo lo contrario. Pero ahora comprendo que, al no aceptar lo evidente, solo empeoré las cosas. Buscaba algo imposible, en lugar de procurar la paz de espíritu a las personas que amaban a Sarada.

Hinata notó que lágrimas de impotencia acudían a sus ojos.

Le dolía que él no la creyera, que no comprendiera lo que le estaba contando. ¿Dónde había quedado la complicidad que habían compartido unos momentos antes? De repente, Naruto era de nuevo un hombre extraño en su vida. El vaquero frío y cabezota que la recibió el primer día en la puerta de su casa.

—¿Por qué no me crees? —musitó, herida y decepcionada—. ¿Recuerdas lo que te conté del incendio que predije cuando solo tenía ocho años? Esto es lo mismo… Nadie me creyó, pero la iglesia se incendió de todos modos…

—¡No! —la cortó él, con el tono dolorido—. Esto no es lo mismo. Intentas crearme falsas esperanzas y no lo permitiré.

—Por favor… Naruto, escúchame.

Su ruego parecía sincero y prendió en Naruto una chispa de arrepentimiento. Pero lo que afirmaba era inverosímil. Era imposible.

Suspiró con resignación y terminó de vestirse. Cuando se hubo abrochado el cinto, se acercó a ella y la tomó de las manos.

— Hinata… —comenzó a decir.

—Créeme, Naruto —le interrumpió ella. Las lágrimas corrían ahora por sus mejillas—. Tiene la tez blanca, el cabello largo y oscuro, y los ojos rojos más bellos que jamás haya visto.

Los párpados del vaquero se abrieron por la sorpresa. Sin duda, se trataba de Sarada.

—Ignoro por qué conoces a Sarada, Hinata —susurró, acariciando su rostro para secar aquellas lágrimas que lo lastimaban—. Tal vez la hayas conocido y sepas algo que no quieras contarme…

—¿Insinúas que yo he tenido algo que ver con… con su desaparición? —se asombró ella.

—O tal vez sí seas una especie de bruja que sufre visiones — concedió él, al percatarse del horror que ensombrecía su mirada color lila—. Pero lo que has visto entonces es un fantasma, Hinata. Un espíritu que ya no camina entre los vivos.

Ella se alejó un paso y apartó de un manotazo los dedos del vaquero que acariciaban su rostro.

—Puede que yo sea una bruja —espetó furiosa—. Pero tú eres el hombre más testarudo, más frío y más cerrado de mollera que conozco. ¿Por qué no quieres entenderlo?

Él cogió su sombrero y se lo caló hasta los ojos. La miró con una pena infinita antes de contestar.

—Porque no quiero alentar más esperanza. Duele demasiado, Hinata. Sarada está muerta y voy a llorar su muerte junto a su familia. Ya hablaremos de esto cuando vuelva.

Dicho lo cual, se marchó dando un portazo.

—Sí —musitó ella, con lágrimas en los ojos—. Tú sigue dando portazos. Es lo que mejor se te da.

Continuará...