Buenas tardes y buenos días gente!!! Buen fin de semana... Dejenme decirles que estamos a un capítulo de terminar esta magnífica historia... Les presento al penúltimo capítulo de la historia! n.n
Disculpen el no haber actualizado ayer!! Pero acá estoy, no me he olvidado de ustedes...
Gracias por haber llegado hasta acá conmigo...
Disfruten.
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Capítulo 20
Eriol no acudió a la casita de campo aquella noche. Akiho lo esperó allí durante horas, pero él no apareció. A la mañana siguiente, ella se percató de que todavía no había vuelto a casa y dedujo que había pasado la noche en casa de su hermano. Debían de tener muchos asuntos financieros de que hablar.
No fue hasta que la tarde estaba bastante avanzada que Eriol volvió a casa. Natalie estaba en la granja con Molly y Akiho plantando geranios en un claro soleado del jardín cuando él llegó. Akiho no se enteró de su vuelta hasta que su sombra de anchos hombros cruzó la parcela de tierra donde ella estaba trabajando.
—¡Por fin! —exclamó, aliviada, mientras se volvía hacía él y se levantaba, limpiándose la tierra de las manos—. Estaba empezando a preocuparme.
Lo miró y, en cuanto vio la expresión de su rostro, lo supo. Iba a dejarla.
Su corazón lo rechazaba por completo, pero su cabeza lo sabía. Era inevitable. Lo había sabido desde el principio. Akiho notó que estaba temblando por dentro y se rodeó el cuerpo con los brazos para no desmoronarse. Intentó convencerse de que estaba equivocada.
—Quiero que te vayas —dijo él—. Ahora. Hoy.
No estaba equivocada.
Ella bajó la mirada hacia un fardo de papeles que Eriol llevaba en las manos y vio que los dejaba caer en una cesta vacía que había junto al macetero. Documentos y billetes. Algo más aterrizó encima de ellos, algo pequeño y pesado. Una llave.
—¿Por qué? —farfulló ella, intentando pensar con claridad, pero su mente estaba confusa, espesa como el alquitrán.
—Tengo una casa en Gales, herencia de mi madre. Está a pocos kilómetros de Oxwich, en Swansea. Es tuya. Aquí está la escritura, con mi firma. Un sirviente y su mujer se encargan del mantenimiento; aquí tienes una carta con mi sello, donde les informo de que tú eres la nueva propietaria y que vivirás allí a partir de ahora. También hay un pasaje para cruzar el canal de Bristol y quinientas libras. He enviado una carta urgente a mis agentes de Oxwich para que, cuando llegues allí, hayan ingresado los quinientos dólares que faltan en una cuenta que he abierto a tu nombre. La casa tiene... tiene jardín, creo.
La dureza del tono que empleaba Eriol, para no demostrar cuan destrozado estaba casi la partió en dos. Akiho inspiro profundamente e hizo lo más duro que había hecho en su vida. Más duro que dejar a su marido. Más duro que ver los rostros de sus hermanas pegados al cristal en la casa de sus padres. Buscó con la mirada bajo esas finas gafas, los ojos azul zafiro de Eriol.
—¿Por qué me haces esto? ¿Por qué? ¿Es por la discusión que tuvimos ayer? Si es por eso... —Hizo una pausa, al oír que le temblaba la voz, sabiendo que estaba a punto de decir cosas desesperadas, de hacer las lastimosas preguntas propias de una amante despechada. Y no quería hacerlo. Aquello no tenía nada que ver con la discusión. Le sostuvo la mirada y esperó una respuesta.
Pero no iba a obtenerla. Fue él quien le apartó la mirada, encorvándose hacia adelante para agarrar la cesta. Con la mano que tenía libre alisó los documentos y apiló los billetes de diez libras para formar un fajo.
—Si necesitas algo... —Hizo una pausa, sus manos se congelaron en el aire y Akiho sintió que el pánico estaba empezando a dominarla—. Ya tienes tu casa de campo —le dijo, rectificando lo que había empezado a decir. Empujó la cesta hacia ella y añadió—: Agárralo y vete.
Akiho se limitó a apartar con el pie la cesta que acababa de acercarle Eriol, dejándola sobre el césped. Sabía que él podía ser frío, pero no tan frío como aquello, tan brusco, negándose a darle ninguna explicación.
—Sabía que lo nuestro se acabaría algún día —se oyó decir—. Pero no esperaba que fuera a acabar tan pronto. —La garganta se le cerró y el dolor le impidió decir nada más. Estaba quitándosela de encima como habría hecho con cualquiera. ¿Qué podía decirle?
Aquél era el mismo hombre que le había hecho el amor como si la adorara, que podía sonreír y hacer que una mujer se creyera cualquier cosa, que componía una música tan hermosa y rebosante de amor que parecía obra de Dios. Un hombre que podía ir a un prostíbulo sin pensarlo dos veces pero que se detestaba a sí mismo porque aquello había hecho llorar a su hija. Un hombre que la había hecho reír y sentirse viva, un hombre que podía destrozarla con unas pocas palabras y luego mirarla como si fueran unos completos desconocidos.
—Ibas a dispararte —dijo ella—. ¿Por qué diablos no te dejé hacerlo?
Sin soportar mirarlo ni un segundo más, le dio la espalda y miró los geranios que acababa de plantar. Sabía que recordaría aquel matiz exacto de rojo durante el resto de su vida.
—Eres un desgraciado. ¡Dios mío! —se atragantó—. Un completo desgraciado. ¿Por qué ahora? ¿Por qué así? ¿Sin la menor explicación?
Pasaron los segundos pero él no contestó. Akiho se volvió y vio que Eriol se había ido.
Sintió que se desmoronaba y se hincó de rodillas sobre la tierra. Tenía tantas ganas de llorar, pero el dolor era demasiado intenso para producir lágrimas. Sus sollozos eran secos, como si el aire caliente y denso del desierto le llenara los pulmones. Todavía no podía creerse lo que Eriol acababa de hacerle.
Tenía que recuperar el control. «¿Y si Natalie vuelve y me encuentra así?», se preguntó. Le costó horrores pero se forzó a recuperar la compostura.
Al cabo de un rato, agarro la cesta y se puso de pie. Miró hacía abajo, vio la llave que había encima de la pila de documentos y la tomó. Era una llave normal y corriente, pero ella la estudió como si fuera la cosa más importante del mundo. Mientras la levantaba bajo la luz del sol, la invadió una extraña sensación de desapego, casi como si se estuviera viendo en un sueño. La insensibilidad se adueñó de su cuerpo, y el sentido común propio de una chica de Cornualles, de su cabeza. Sus dedos se cerraron fuertemente alrededor de la llave y se la guardó en el bolsillo. Se dijo a sí misma que por lo menos tenía un lugar adonde ir, e intentó no pensar en lo deprimente que aquello pudiera parecer.
Ojeó la escritura y los documentos que la acompañaban, documentos que llevaban su nombre, y luego miró el fajo de billetes. Deseó poder ir tras él, tirarle todo aquello a la cara y volver a llamarle desgraciado.
Pero no lo hizo. Tomó los documentos, la carta sellada y la llave. Ese había sido el trato y, si él quería ponerle fin antes de tiempo, ella sería estúpida rechazando aquello como pago. Tenía que vivir allí. ¿A qué otro lugar podía ir, sino? Akiho miró el dinro. Tomaría sólo lo que habían acordado. Sacó del tajo dos billetes de diez libras para pagar la ropa que se había comprado y se guardó el resto del dinero en el bolsillo. Luego entró la cesta de los documentos en casa.
Llevó los dos billetes de diez libras al estudio de música para dejarlos en algún lugar donde él los pudiera encontrar. La carpeta de las partituras estaba sobre el atril y ella la abrió. Dejaría allí el dinero, entre las páginas de la sinfonía. Seguro que Eriol lo encontraba.
Empezó a levantarse, pero cuando acertó a ver el título escrito en lo alto de la página, se detuvo.
"Inamorata". «Amante», en italiano. Se dio cuenta de que aquella sinfonía trataba sobre ella, sobre su aventura amorosa. Ojeó las partituras y contó cuatro movimientos. Ella sabía que las sinfonías de Eriol siempre tenían cuatro movimientos. Fue a la última página y vio la prueba al final de ella, escrita de su puño y letra. Fin.
Había acabado la sinfonía, de modo que había puesto fin a la aventura amorosa. Era obvio. Ella había sabido desde el principio que llegaría ese momento. Los artistas y su arte. Los compositores y su música. Eran todos iguales. Su obra era lo primero. Lo primero, lo último y lo único. Siempre igual, el cuadro o la sinfonía lo era todo.
Fue entonces cuando empezó a llorar. Notó cómo las lágrimas le resbalaban por las mejillas, impidiéndole ver con claridad las notas de la partitura que tenía en la mano y emborronando la tinta. Se le cayó al suelo una página y ni siquiera se fijó en dónde había aterrizado, apartó la banqueta y tomó la cesta de documentos del suelo. Llamó a Ren, que no dijo ni una palabra sobre las lágrimas que le inundaban el rostro o la incoherencia de sus palabras mientras ella le mandaba pedir un coche de caballos. Ni siquiera cambió de expresión. «Debe de estar acostumbrado a que mujeres llorosas le pidan coches de caballos», pensó mientras salía del estudio de música y corría a su dormitorio, y se preguntó cuántas veces habría visto el mayordomo una escena como aquélla.
Hizo el equipaje sin apenas prestar atención, metiendo la ropa en la maleta despreocupadamente, con la única idea de irse de allí cuanto antes. Agarró sus álbumes de recuerdos, colocó las escrituras, la llave y el dinero encima de todo, cerró la maleta y corrió hacia el coche de caballos que la estaba esperando. No miró atrás ni una sola vez. Cuando el carruaje pasó junto a la casita de campo donde tantas noches había pasado con Eriol, no pudo soportar su visión y volvió la cara hacia otro lado.
Hasta que estuvo en la posada de Torquay, esperando el coche de caballos de correos que la recogería al día siguiente, no se dio cuenta de que no se había despedido de Natalie. Le escribiría una carta, porque ya no había vuelta atrás. Nunca hay vuelta atrás. Aquella noche, Akiho se acostó en la dura cama de la habitación de la posada y lloró hasta que el sueño la abrazó. ¿Cuándo iba a aprender la lección más importante sobre la vida? «No hay segundas oportunidades —se dijo—, ni siquiera en el amor.»
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Cuando Eriol regresó a Nightingale's Gate, estaba anocheciendo, pero no entró en la casa. En lugar de ello, dejó el caballo en las cuadras con un mozo y se fue a dar un paseo. El crepúsculo dio paso a la noche cerrada, pero seguía sin volver a casa. Durante las horas posteriores, anduvo no se sabe cuántos kilómetros, pero estuvo en todos los lugares donde habían estado juntos, reviviendo todo cuanto podía recordar que habían hecho. Bajó a la playa, a su lugar favorito para hacer picnics junto a la orilla. Entró en el molino e inhaló la fragancia de la esencia de pera hasta que empezó a sentirse indispuesto. Se tumbó sobre la hierba y miró las estrellas.
Entró en la casa de campo, se tumbó en el colchón y se torturó evocando recuerdos de todas las cosas que habían ocurrido entre ellos en aquella habitación. Intentó dormir sin ella. No lo logró, pero permaneció largo rato allí echado.
Iluminado por la luz de la luna, plantó los geranios que ella había dejado fuera de sus macetas, encima de un montón de tierra. Podría haber llamado a los jardineros, pero estaban durmiendo y, como Akiho le había dicho una vez, los sirvientes trabajaban muy duro de día y necesitaban dormir.
No podía quitarse de la cabeza la mirada que había visto en el rostro de Akiho en aquellos cuadros ni los celos que se lo estaban comiendo vivo por lo mucho que había amado a otro hombre. A él nunca lo amaría así. ¿Por qué?
Habría quien encontraría graciosa aquella situación. Como se desternillarían sus enemigos si se enteraran. «¡Menudo chiste! —pensarían—. Eriol Hirahizawa celoso de otro hombre y, para más inri, de un hombre muerto.» Mientras hundía los geranios en la tierra, Eriol se dio cuenta de que nunca había sido celoso hasta entonces porque nunca nadie le había importado lo suficiente. Ésa era la amarga verdad. Nunca le había importado nadie más de lo que le importaba su propia persona y de lo que le importaba la música.
«Ni siquiera sabes lo que es el amor.»
Akiho tenía razón. Kaho, él creía que aquello era amor. La joven que lo había rechazado le había permitido buscarse una elegante y cómoda excusa para explicarse a sí mismo por qué nunca había entregado su corazón a nadie, pero, en el fondo, aquello no era del todo cierto.
Eriol se torturó por lo que había hecho, intentando dilucidar por qué había echado a perder lo más parecido al amor que había tenido en toda su vida. Seis horas vagando por la campiña de Devonshire sin destino, y seguía sin saber por qué. Aquella mirada en sus ojos. No, no podía pensar en sus ojos.
No regresó a casa hasta poco antes del amanecer. Subió la escalera, echó un vistazo al dormitorio de Akiho pero no vio nada con lo que consolarse. Se había llevado todas sus cosas.
Fue a la habitación de Natalie y miró en el interior. Levantó lo suficiente la lamparita como para ver que estaba dormida. Para su sorpresa, vio que Molly estaba durmiendo en su cama, abrazándola fuertemente, y se dio cuenta de que la niña había estado llorando hasta conciliar el sueño, consolada por su niñera. «La música y hacer sufrir a los demás. Mis principales dones», se dijo.
Bajó a la planta baja, se dirigió al estudio y se sentó ante el piano. Abrió la carpeta que estaba sobre el atril, en cuanto lo hizo, se desprendieron dos billetes de diez libras que aterrizaron en su regazo. Los miró fijamente y tardó muy poco en entender por qué estaban allí. Akiho le estaba devolviendo el dinero con el que le había comprado ropa.
«Akiho —se preguntó mirando fijamente el dinero. —¿Por qué no me hablaste sobre él? Si lo hubiera sabido..., si lo hubiera sabido...» Pero lo sabía. Ella se lo había dicho.
«Me enamoré perdidamente de mi marido.»
Pero él no la había escuchado. No había querido saber, no había querido pensar que algún hombre antes que él pudiera haber sido más importante en la vida de Akiho. La enormidad de su propio ego era algo en lo que nunca había pensado demasiado hasta entonces, pero pensó en ello en ese momento. Se preguntó cómo había permitido que su egoísmo y nada más que su egoísmo hiciera sufrir a la persona más maravillosa, más generosa y llena de vida que había conocido jamás. Se odiaba a sí mismo.
—¿Papá?
Levantó la vista y vio que su hija estaba a su lado. Ni siquiera la había oído entrar.
—¿Qué estás haciendo aquí abajo a estas horas?
—Me has despertado al asomarte a mi habitación.
—Tienes que volver a la cama —le dijo mientras se levantaba. La tomó en brazos y se encaminó hacia la habitación de la niña.
—¿Por qué, papá? —preguntó ella mientras apoyaba el rostro en su cuello.
Molly lo salvó de responder. La niñera estaba bajando la escalera con una lámpara en la mano y expresión preocupada en el rostro.
—¡Oh! señor. Me he despertado y se había ido. ¡Lo siento!
Ella creía que la iba a despedir. Eriol miró el asustado rostro de la niñera por encima de la cabeza de su hija.
—Está bien, Molly —dijo—. No pasa nada. Ahora ayúdeme a llevarla a la cama.
La sirvienta siguió a Eriol escaleras arriba. La niña no dijo ni una palabra mientras la acostaba, pero si él creía que era porque había decidido dejar el tema, estaba completamente equivocado.
—¿Por qué la has echado, papá?
Él se quedó helado, con el extremo de la colcha en la mano, y miró a su hija a los ojos. «No llores —pensó, viendo aquel inconfundible brillo en sus ojos—. No llores más o me desmoronaré.»
Había otra persona en quien no había pensado antes de actuar. No había pensado en lo doloroso que es para una niña perder primero a una madre y luego a una institutriz que también se había convertido en su amiga. No, no había pensado en nadie más que en sí mismo. En cómo se sentía. En el dolor que lo embargaba. Vio que el rostro de su hija, hinchado de tanto llorar, se anegaba de lágrimas, y se arrodilló junto a la cama.
«Ahora lo sé, Akiho. Ahora sé qué es el amor», se dijo.
—La has echado.
Él no lo negó. No podía negarlo, aunque se lo estuviera preguntando alguien tan vulnerable, alguien que lo adoraba tanto y que lo veía como un apuesto caballero a lomos de un corcel blanco. Le secó las lágrimas con las yemas de los dedos.
—Sí.
—¿Por qué, papá? —preguntó la pequeña entre sollozos—. ¿Por qué?
Eriol intentó desviar el tema de conversación.
—Creía que no te gustaba.
—¿Por eso la has echado? —Lo miró como si fuera estúpido—. No me gustaba al principio, pero de eso hace siglos. Ya te dije cómo suelen ser las institutrices, pero ella no me dejó pisotearla. Y no era estúpida ni tonta, y había empezado a cogerle cariño. A pesar de ser mi institutriz, no me trataba como a una niña pequeña. Me trataba como a una persona. Por eso me gustaba. —Natalie se sentó en la cama y ahuecó las manos alrededor de la cara de su padre—. A ti también te gusta, papá. Lo dijo Molly. Oí cómo se lo decía a la señora Blake.
Desde detrás de él, Molly dejó escapar un sollozo.
«¡Por todos los santos! —pensó Eriol—. ¿Acaso van a echarse a llorar todas las mujeres de esta casa?»
Tomó las muñecas de Natalie y le estrechó las manos entre las suyas. Intentó aferrarse a tierra firme, pero Akiho se había ido. No había tierra firme.
—Oyes demasiadas cosas.
—Te gustaba pero la has echado.
—¿Por qué te enfadabas con ella constantemente? —le rebatió él, soltándole las manos para arroparla con la sábana.
—Quiere que me porte bien, y yo sé que tengo que portarme bien, pero cuesta. —Isabel se movió nerviosamente—. Papá. Me estás arropando demasiado fuerte.
—Lo siento, cariño.
La niña lo miró.
—Entiendes a qué me refiero, ¿verdad?, sobre portarse bien.
—Sí, cielo —contestó él—, lo entiendo.
—Entonces, ¿por qué la has echado?
La miró, profundamente apenado.
—No lo sé.
—Yo a veces hago cosas y no sé por qué las hago. Es algo que le pasa a todo el mundo, ¿no crees? Sólo tienes que arreglarlo.
«Arreglarlo, claro —pensó Eriol—. ¿Quién pudiera volver a tener ocho años para creer que todo tiene arreglo, por destrozado que esté?»
—Tienes que hacer que vuelva —le dijo Natalie —. Lo tengo todo planeado.
—¿Planeado?
La niña asintió.
—Se me ha ocurrido que, si es verdad que te gusta, podrías casarte con ella, y entonces yo tendría una madre. Pero tú le has hecho daño, le has hecho llorar y se ha ido.
A Eriol le consumía la vergüenza. «¿A cuántas mujeres he hecho llorar? —se preguntó—. A muchas. A demasiadas.»
—Tienes que pedirle perdón —le dijo Natalie—, por mucho que te cueste. Y llevarle flores, eso también. Es lo que hago yo, y ella siempre me perdona.
Disculparse y llevar flores. ¿Cuántas veces había empleado esas tácticas con las mujeres? Decenas de veces. Pero siempre las había utilizado a la ligera. Tácticas fáciles y baratas, empleadas a la ligera porque nunca le había importado realmente si funcionaban o no. Eriol se inclinó hacia adelante y besó a su hija en la frente.
—Ahora, a dormir.
La arropó hasta la barbilla y salió de la habitación. Bajó a la planta baja y, como no tenía adonde ir, se sentó al piano y empezó a tocar lo primero que se le pasó por la cabeza. Era lo único que sabía hacer. No le quedaba ninguna otra cosa con que distraerse.
No podía volver a los días de opiáceos y hachís, de juego y mujeres, cualquier mujer, todas las mujeres. No había vuelta atrás. Ahora estaba perdido en un descampado, solo, sin nada a lo que aferrarse, ningún sitio adonde huir y una hija que dependía de él. Dejó de tocar.
—Akiho —dijo sumido en la desesperación—, ¿cómo se supone que debo educarla sin tu ayuda? Sin ti, no sabré ser un buen padre.
Había tantas cosas que no sabía, tantas cosas que no conocía. No se conocía a sí mismo, pero Akiho sí lo conocía. Lo había calado desde el primer momento. Miró la carpeta de partituras que reposaba sobre el atril. Miró fijamente la sinfonía que había titulado en su honor, en honor del corazón más generoso al que había hecho sufrir, en honor de la chica de los ojos azules. Unos ojos que le atormentarían durante el resto de su vida por todo el amor que había visto en ellos y que no era para él.
La amaba. Ahora lo sabía. Demasiado tarde.
«Eres un desgraciado», le había dicho. Y lo era. Hundió la cara entre las manos. No había nada que pudiera decirle para recuperarla, nada que pudiera hacer para volver a tenerla a su lado.
Pero tal vez podría hacer algo por ella, para darle lo que ella quería realmente y tanto merecía. Eriol se levantó de la banqueta. La aurora estaba despuntando, y él tenía mucho que hacer.
Al cabo de dos horas, estaba de nuevo en Plumfield, insistiéndole al mayordomo para que despertara a Yue inmediatamente, sin importarle que tan sólo fueran las siete de la mañana.
Pocos minutos más tarde, Yue entró en el salón con batín.
—Eriol, ¿qué haces aquí?
—Necesito algo. —Miró a su hermano a los ojos—. Necesito los servicios de un diplomático.
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Bueno, hemos llegado al final de este capítulo... cuántas cosas, ¿no? ¿Se esperaban una reacción así? ¿Qué debería haber hecho Eriol? ¿Yue hizo o no lo correcto en "abrirle" por así decirlo, los ojos?
Recuerden que en esos tiempos las cosas eran muy diferentes a como lo son ahora... Ahora, como habrán leído en el capítulo anterior, un desnudo está fuera de lugar, algo gravísimo, porque importaba mucho el qué diran... ahora es tan normal como hablar del clima, en cambio en ese tiempo hablabamos de cosas que ahora nos choca porque es raro.
Bueno criaturas... espero les haya gustado, espero sus teorias sobre lo que tendrá en mente este hombre con respecto a Akiho... nos estamos leyendo en el capítulo que viene.. ;)
