Capítulo 19 una pelea al pie del Támesis

Al ver el corazón incandescente de su esposo, la princesa Solace

prorrumpió en un grito desesperado. No podía soportar la terrible agonía

de Corazón de Hierro. Se acercó corriendo y con sus propias manos arrojó

un cubo de agua sobre él con intención de aliviar su dolor. Pero, ¡ay!,

aunque las llamas se apagaron, es bien sabido lo que ocurre cuando el

metal se enfría de pronto: el corazón de Corazón de Hierro se resquebrajó

con un fuerte chasquido...

De Corazón de Hierro

La pistola, firmemente pegada al costado de Kate, no se movía ni un ápice, ni siquiera

cuando el carruaje se zarandeaba o doblaba una esquina. Esme se mordió el labio.

A ambos lados de ella se sentaban, aplastándola, dos enormes rufianes, esbirros del señor Thornton.

Kate y ella no habían visto a aquellos hombres hasta penetrar en el carruaje. Pero poco

importaba. El señor Thornton había apuntado a Kate con el arma y les había ordenado salir y montar en el coche, y Esme no había querido enfrentarse a él en ese momento. El peligro de que Kate muriera ante sus ojos le parecía demasiado inminente.

Ahora, tras acompañar al señor Thornton y a sus apestosos secuaces, no estaba segura de

haber tomado la decisión correcta. El aún podía matarla al llegar al embarcadero. Esme llevaba unos minutos sopesando la idea de intentar saltar del carruaje. Pero, por desgracia, primero tendría que saltar por encima de aquellos brutos. Eso por no hablar de la pistola que seguía pegada al costado de Kate. Y no tenía la menor duda de que el señor Thornton apretaría el gatillo, aunque sólo fuera por despecho. Aquel hombre estaba loco.

Ella no se explicaba cómo se las había ingeniado para ocultar su dolencia hasta ese momento, porque ahora era un hatajo de tics nerviosos. Sonreía y guiñaba los ojos cada pocos minutos, y su expresión iba volviéndose cada vez más grotesca.

—Casi hemos llegado, señoras —dijo, guiñando de nuevo los ojos de aquel modo horrible —. ¿Alguna vez han estado en Oriente? ¿No? Bueno, como la mayoría, supongo. ¡Qué gran aventura vamos a correr!

El hombre de la derecha de Esme gruñó y se removió, y un olor espantoso manó de pronto de su levita escarlata. El carruaje iba adentrándose en la parte este de Londres, y la calle estaba flanqueada de lonjas y almacenes. Fuera, el cielo se oscurecía paulatinamente.

Esme juntó las manos con fuerza sobre el regazo y procuró que su voz sonara firme.

—Puede dejarnos aquí, señor Thornton. No hay ninguna necesidad de llevarnos más lejos.

—Oh, pero disfruto tanto de su compañía... —rió aquel despreciable hombrecillo.

Esme respiró lentamente y luego dijo con calma:

—Nuestra presencia sólo dará a Edward y a Carlisle un motivo más para perseguirle. Déjenos marchar y tal vez pueda escapar.

—Qué amable por su parte pensar en mi bienestar, milady —contestó él—. Pero creo que su prometido y Carlisle Cullen me perseguirán las deje o no marchar. El señor Cullen en particular parece bastante obsesionado. He estado vigilándole... —Señaló con la cabeza al rufián de levita escarlata sentado junto a Esme— desde el momento en que me enteré de que estaba interrogando a todos los supervivientes de nuestro regimiento. Así que, visto lo visto, creo que voy a seguir en su dulce compañía.

Esme miró a Kate a los ojos. La muchacha no había dicho ni una palabra desde que se

habían visto forzadas a subir al carruaje, pero ella vio en sus ojos la misma desesperación que amenazaba con trastornar por completo su propia cordura. Era absurdo que el señor Thornton las hubiera secuestrado, y aquel sinsentido le oprimía el pecho y agitaba su respiración.

Fuera empezó a llover como si de pronto cayera el telón al final de una obra. Necesitaba

pensar, y tal vez dispusieran de poco tiempo.

Mucho se temía que el señor Thornton pretendía matarlas.

El cielo pareció resquebrajarse de pronto y la lluvia comenzó a caer torrencialmente. Carlisle dio un respingo cuando la primera racha le golpeó como una bofetada, pero siguió corriendo.

En realidad, el aguacero facilitaba las cosas un poco. Quienes podían buscar refugio inmediato, huyeron de las calles lo más aprisa que pudieron. Por desgracia, seguía habiendo unos cuantos vehículos. El carro del cervecero, por ejemplo, seguiría seguramente impidiendo el paso del carruaje de Vale. Carlisle saltó por encima de una hilera de adoquines rotos que la lluvia había convertido en un pequeño riachuelo urbano y se concentró en seguir corriendo. No podía hacer nada respecto a lo que dejaba atrás, ni respecto a lo que tenía por delante. De momento, correr era su único empeño.

El carruaje estaba en algún punto de la calle Fleet cuando se detuvo, pero Carlisle había cruzado la populosa avenida. Ahora corría paralelo al Támesis, que discurría, invisible, a su derecha.

Sentía estirarse los músculos de sus piernas mientras luchaba por ganar velocidad. No había corrido así (con todas sus fuerzas, desesperado y lleno de esperanza) desde Spinner's Falls. Y entonces, por más que se había esforzado, había llegado demasiado tarde. Emmett había muerto.

Cambió de trayectoria para esquivar a una muchacha que llevaba en brazos a un bebé y chocó con un hombre corpulento ataviado con delantal de cuero. Éste lanzó un exabrupto e intentó golpearle, pero Carlisle ya había pasado de largo. Le dolían los pies; afiladas astillas de dolor se abrían paso hasta sus corvas. Se preguntó si se le habrían abierto las heridas de las plantas. Y entonces sintió aquel olor.

No sabía si procedía del hombre del delantal o de alguien por cuyo lado había pasado, o quizá fuera fruto de su imaginación, pero en cualquier caso olía a sudor. A sudor de hombre. Oh, Dios, ahora no. Mantuvo los ojos abiertos y las piernas en movimiento, a pesar de que sentía el impulso de cubrirse la cara y arrojarse al suelo. Los muertos de Spinner's Falls parecían perseguirle.

Cuerpos invisibles que apestaban a sangre y sudor. Manos fantasmales que tiraban de sus mangas y le imploraban que esperara. Había sentido aquellos espectros en el bosque tras Spinner's Falls.

Le habían seguido todo el camino hasta Fort Edward. A veces los veía: los ojos de un muchacho vaciados por el miedo, un viejo soldado con la cabellera arrancada. Nunca sabía si estaba soñando (corriendo medio dormido) o si los muertos de Spinner's Falls habían penetrado en su organismo.

Tal vez los llevaba a todas partes y sólo era consciente de ello cuando se acongojaba. Tal vez los llevaba siempre consigo, como otros hombres llevaban metralla bajo la piel, un dolor sigiloso, un recordatorio invisible de aquello a lo que habían sobrevivido.

Atravesó un gran charco y el agua salpicó sus muslos. Pero no importaba; hacía rato que tenía la ropa empapada. Se estaba acercando a los muelles y sentía el olor a podredumbre del río.

A ambos lados de la calle por la que corría se alzaban altos almacenes. Respiraba

entrecortadamente y notaba un dolor ardiente en el costado. Había perdido la noción del tiempo, no sabía cuánto llevaba corriendo, ni qué distancia había recorrido. ¿Y si ya estaban en el barco?

¿Y si Thornton ya las había matado?

Su mente le mostró de pronto, como un fogonazo, una imagen espantosa: Esme tirada en el suelo, desnuda y ensangrentada, con el rostro blanco e inmóvil. ¡No! Cerró los ojos con fuerza para no verlo y se tambaleó. Cayó de rodillas sobre los adoquines.

—¡Mire por dónde va! —le gritó hoscamente un hombre.

Carlisle abrió los ojos y vio los cascos de un caballo a pocos centímetros de su cara. Se apartó torpemente, todavía de rodillas, mientras el cochero maldecía a sus ancestros. Le dolían las rodillas, sobre todo la derecha, que debía de haberse llevado lo peor de la caída, pero se levantó.

Haciendo caso omiso del cochero y de cómo le raspaba el aire los pulmones al respirar,

ignorando el dolor, echó a correr de nuevo.

Esme...

El carruaje describió un amplio viraje y Esme vio los muelles por la ventanilla. La lluvia, que

seguía arreciando, velaba los altos barcos atracados en medio del Támesis. Entre ellos se apiñaban embarcaciones más pequeñas que transportaban mercancías y a veces personas entre los navíos y la orilla. Normalmente los muelles estaban llenos de trabajadores, prostitutas y bandas de rateros que se ganaban la vida cometiendo pequeños hurtos en los cargamentos de los barcos. Pero debido a la lluvia el muelle estaba escasamente ocupado.

El carruaje se detuvo con un zarandeo.

El señor Thornton clavó la pistola en el costado de Kate.

—Es hora de salir, señorita Cullen.

Kate no se movió. Se volvió hacia su secuestrador con una expresión tan valerosa que

resultaba desgarradora.

—¿Qué va a hacer con nosotras?

El señor Thornton ladeó la cabeza y volvió a sonreír y a guiñar los ojos horriblemente.

—Nada terrible, se lo aseguro. Me propongo enseñarles el mundo. Vengan a ver.

Curiosamente, su frívola amabilidad confirmó las peores sospechas de Esme. Miró por la

portezuela del carruaje las aguas del Támesis, agrisadas por la lluvia. Si subían a un barco con Thornton, no sobrevivirían al viaje. Pero en aquel momento no tenían elección. Éste hizo una seña a los hombres que la flanqueaban.

—Muévase —gruñó el rufián de la levita escarlata, que estaba sentado a su derecha. Sus dedos gruesos como salchichas la agarraron del brazo, dejando sin duda manchas de grasa. Era por poco el más bajo de los dos y lucía un ajado tricornio. El señor Thornton debía de pagarle poco, porque sus botas estaban llenas de agujeros y el mugriento dedo gordo asomaba a través del cuero de una de ellas.

Antes de recogerse las faldas, Esme lanzó a Kate una sonrisa crispada, intentando

infundirle un poco de valor. Salió del carruaje a la lluvia, agarrada todavía por el patán de la levita escarlata. El otro les siguió. Era alto y fibroso, con brazos enormemente largos y el pelo gris y ralo.

Encogió los hombros y se quedó en silencio mientras el señor Thornton bajaba con Kate.

—Bueno —dijo Thornton, sonriendo. Sonreía por todo —. Debemos darnos prisa. Debería

haber un bote esperándonos para llevarnos al Tigre del mar. Estoy seguro de que querrán

refugiarse de la lluvia, señoras. Si me... Pero no acabó la frase. Kate se desasió bruscamente de su mano y, agachando la cabeza, se deslizó hacia un lado, situándose detrás del rufián alto y calvo. Durante una fracción de segundo el señor Thornton no supo adonde apuntar con la pistola, y vaciló. Luego puso de nuevo aquella horrible sonrisa y volvió el cañón, apuntando directamente al vientre de Esme.

Ella se quedó paralizada. Por un momento, como si el tiempo se hubiera detenido, le vio guiñar los ojos y ajustar la puntería, y supo que estaba a punto de morir.

Pero no fue así.

Carlisle apareció de pronto y, arrojándose contra el brazo con el que Thornton sostenía el arma, desvió su trayectoria. La pistola disparó y de los adoquines saltaron esquirlas al aire.

El hombre alto y calvo se abalanzó sobre Carlisle, agarrándole desde atrás, y cayeron los tres retorciéndose frenéticos en un amasijo de brazos y piernas. El de la levita escarlata soltó el brazo de Esme, pero antes de que pudiera moverse ella le asestó un pisotón en el dedo del pie que asomaba por su bota. El hombre aulló y lanzó un golpe.

Esme vio un estallido de estrellas blancas cuando la mano del rufián la golpeó a un lado de la cabeza, y de pronto se descubrió en el suelo, tendida sobre un charco de agua fría.

—¿Estás bien? —sollozó Kate a su lado.

—Carlisle... —musitó Esme.

Él estaba debajo de los tres hombres, casi oculto por las piernas y brazos que le golpeaban.

Thornton y sus secuaces le matarían de una paliza si ella no hacía algo por evitarlo.

Pero no había ningún palo, ninguna piedra de la que servirse. Sólo se tenía a sí misma, y de eso se sirvió. Se levantó torpemente y se acercó corriendo al hombrecillo y sus esbirros. Agarró un mechón de pelo y tiró. El hombre al que atacó así (uno de los esbirros) la apartó de un empujón.

Esme se tambaleó y estuvo a punto de caerse, pero logró recuperar el equilibrio y se abalanzó sobre todos los que atacaban a Carlisle gritando, chillando, pataleando y arañando. Por el rabillo del ojo vio que Kate aporreaba la espalda de uno de los hombres con sus minúsculos puños.

La lluvia se mezclaba con las lágrimas calientes y saladas sobre la cara de Esme. Apenas veía, pero no pensaba darse por vencida. Si mataban a Carlisle, tendrían que matarla a ella también.

Asestó una patada en la rabadilla al señor Thornton, y él se volvió para mirarla con una cómica expresión de pasmo. Carlisle aprovechó la ocasión para propinarle un puñetazo en la cara.

El señor Thornton echó la cabeza hacia atrás y cayó sobre los adoquines extendiendo un brazo para parar la caída. Consiguió incorporarse, pero Esme le dio un pisotón en la mano y notó con agrado que algo se partía bajo su tacón.

Thornton soltó un grito.

—Santo cielo, Esmi, no sabía que fueras tan sanguinaria —dijo una voz masculina.

Esme levantó la vista y vio que Edward se apeaba de un carruaje seguido por un lacayo. El

lacayo llevaba una pistola en cada mano. La de la derecha aún humeaba.

—El miedo y la exasperación se impusieron a los buenos modales de Esme.

—No seas idiota, Edward. ¡Ven a ayudar a Carlisle inmediatamente!

Edward, como era lógico, pareció sorprendido.

—Tienes razón, Esmi. Ustedes dos, apártense del señor Cullen. Vamos, quietos.

Los matones se miraron sombríamente y se pusieron en pie, apartándose de Carlisle. El estaba muy quieto. La lluvia golpeaba su cara pálida.

Esme se acercó corriendo, terriblemente asustada.

—Carlisle... —Le había visto golpear al señor Thornton, pero ahora no se movía —. ¡Carlisle! — Se arrodilló sobre los adoquines mojados y sucios y tocó con ternura su mejilla.

Él abrió los ojos.

—Esme...

—Sí. —Era una locura, pero no pudo evitar sonreírle en medio de la lluvia mientras lágrimas ardientes corrían por sus mejillas —. Sí. —Sólo Dios sabía qué estaba diciendo. Carlisle, sin embargo, pareció entender.

Volvió la cabeza y besó la palma de su mano con los labios amoratados, y el corazón de Esme se llenó de alegría.

Luego sus ojos se afilaron y miraron más allá de ella.

—¿Tienen a Thornton?

Empezó a incorporarse y ella le sostuvo por el hombro para ayudarle.

—Sí, Edward lo tiene todo bajo control.

De hecho, el lacayo estaba atando a los dos esbirros al carruaje del señor Thornton mientras Kate sostenía las pistolas. Edward sujetaba al señor Thornton.

—¿Qué hacemos con él? —preguntó. Parecía estar sosteniendo un despojo.

—Arrójele al río —gruñó el lacayo por encima del hombro, y Kate le sonrió.

—No es mala idea —dijo Carlisle suavemente, y Esme nunca había oído su voz tan fría.

El señor Thornton se rió.

—¿Por qué?

Edward le zarandeó como un perro a una rata.

—Por tratar de herir a la señorita Cullen y a lady Esme, bellaco.

—Pero no lo he hecho, ¿verdad? —dijo Thornton —. Están intactas.

—Les apuntó con un arma

—¡Bobadas! ¿Cree que eso le importará a algún juez? —El señor Thornton sonreía

alegremente, casi con normalidad. Parecía ignorar que estaba con el agua al cuello.

Esme se estremeció en brazos de Carlisle. La absurda convicción de Thornton de que podía

ganar enfrentándose a Edward (un vizconde) era la prueba definitiva de que aquel hombre había perdido la razón.

—Mató a una mujer en América—dijo Carlisle con calma—. Le ahorcarán por eso.

El señor Thornton ladeo la cabeza, impertérrito.

—No sé a qué se refiere.

Edward exhaló un suspiro impaciente.

—Déjelo ya. Sabemos que es Newton, que mató a esa mujer y que nos vendió a los

franceses y a sus aliados indios en Spinner's Falls.

—¿Y cómo van a demostrarlo?

—Puede que no sea necesario— dijo Carlisle en voz baja—. Puede que le ahoguemos en el

Támesis ya acabemos con esto de una vez por todas. Dudo que alguien vaya a echarle de menos.

—Carlisle… —murmuró Kate.

Carlisle la miró, y aunque su semblante no se alteró, su voz se suavizo ligeramente.

—Pero no creo que nos cueste mucho que le condenen los tribunales. Hay unos cuantos

supervivientes que tienen que acordarse de Newton y de Thornton, y, si no, podemos

preguntarle a su suegro.

Esme contuvo el aliento.

Carlisle asintió con la cabeza.

—Sí, ésa es una de las cosas que he descubierto hoy. Thornton tiene un suegro muy anciano al que no ve desde que se casó con su hija. Verán, el suegro vive en Cornualles. Está enfermo, pero abriga sospechas desde que su hija se cayó presuntamente por las escaleras. Solicitó a varios abogados que investigaran su muerte, y hoy por fin he encontrado al que aceptó el caso. No me cabe ninguna duda de que, si le procuramos un carruaje, vendrá a Londres y declarará que éste no es el hombre que se casó con su hija.

El señor Thornton comenzó a sonreír y a guiñar los ojos espasmódicamente.

—¡Inténtenlo! El viejo tiene un pie en la tumba. No sobrevivirá a un viaje a Londres.

—Deje que nosotros nos preocupemos de eso —contestó Edward, zarandeándole de nuevo —. A usted debería preocuparle más el patíbulo, en mi opinión. —Se volvió hacia Carlisle —. ¿Le importa que me lleve a su hombre para escoltar a estos tres a Newgate?

Carlisle asintió con la cabeza.

Adelante. Yo llevaré a las señoras a casa en su carruaje. —Se volvió con Esme para acercarse al coche de Edward, pero un grito de Thornton le detuvo.

—¡Cullen! —gritó el odioso hombrecillo —. Puede que me condenen por lo de esa mujer, pero no por lo de Spinner's Falls. Yo no traicioné al regimiento en Spinner's Falls. No soy el traidor.

Carlisle le miró con desinterés.

Su indiferencia pareció ofuscar a Thornton.

—Es usted un cobarde, Cullen. Huyó en Spinner's Falls. Todo el mundo lo sabe. Es un cobarde.

Vale se puso colorado y Esme oyó que Kate contenía el aliento, horrorizada.

Pero, sorprendentemente, Carlisle sonrió.

—No —dijo con suavidad —. No lo soy.