—¿Café?
—Té. —Miraba a las personas a su alrededor, sentándose mientras él asentía al mesero para autorizar la bebida, dejó a su bolso acomodarse a su suerte sobre la mesa y volvió los ojos al joven apuesto delante suyo; tenía un bigotillo sobre el labio, mejillas sonrosadas con venillas alteradas de uno y otro lado y los ojos, porcinos, brillantes y alegres.
—Pensé que no vendrías ya. —Comentó como recriminando pero sin dejar de sonreír, un hombre en la mesa de al lado había sacado una pequeña caja de regalo de colores navideños que llamó poderosamente su atención, ¿él le llevaría algo por las festividades?
—Lo siento, he tenido que terminar una carta… se me ha ido el tiempo. —La taza de té que dejaron sobre la mesa le dio mucha paz, como si al fin pudiera sentirse tranquila; Vernon asintió con seguridad.
—No te preocupes… Petunia, yo he querido hablarte porque… —Un reflejo rojizo le golpeó, una melena larga y tupida, el estómago se le encogió y él debió notarlo, porque volvió la cara velozmente a donde miraba, una chica de nariz achatada y pecas oscuras sonreía hospedando sus ojos. —… ¿qué?
—Creí ver algo. —Murmuró y sorbió el té, Vernon no le dio importancia.
—Verás, he querido verte, porque quiero que formalicemos las cosas… pasar de la amistad a lo siguiente. —Petunia frunció el ceño y le miró con incredulidad.
—¿Lo siguiente? —Cuestionó, Vernon sonrió alzando el bigotillo en un amago coqueto.
—¿No te parece que te verías muy bonita cocinando y viendo televisión en una cómoda casita de Surrey a donde yo pueda volver del trabajo? —¿Era una propuesta?, porque parecía todo, menos eso; un hombre de cabello oscuro, brilloso y denso, pasó cerca de la puerta, parecía llevar clavada en el rostro la nariz más grande del mundo y sintió otro vuelco. —¿Petunia? —Volvió la cara, en algún sitio afuera se cantaban villancicos.
—Por supuesto, Vernon… claro. —Exclamó sin pensar, como con la necesidad de no pensar en la melena roja, en la nariz ganchuda… Vernon se removió en su asiento y se puso más colorado (y regordete si podía).
—Verás que todo nos funcionará, ya verás. —Aunque intentaba comprender, aunque procuraba aceptar lo que había ocurrido, la realidad es que Petunia sólo tenía mente en ese preciso instante para su hermana y su amigo; justo ahora, no le interesaba mucho pasar de la amistad.
