Nineteen;
Cuando abrió los ojos, sintió como su cuerpo estaba sumergido en una especie de líquido plasmático azul cerúleo que le hacía arder intensamente todas y cada una de las partes de su cuerpo, incluyendo aquellas que Miguel Ángel ni sabía que tenía. Sus muñecas y tobillos eran rodeados por unos apretadísimos grilletes de tecnología Kraang que estaban conectados a una máquina que él no podía ver pero que sabía estaba allí; después de todo, aquella no era la primera vez que él estaba en aquel lugar.
Podía sentir como el líquido plasmático le quemaba la piel con intensidad y cada movimiento lo hacía creer que fácilmente él podría estar sumergido en lava. Tenía un tubo en la boca, que atravesaba su laringe y que llegaba hasta sus pulmones: aquello era lo que le permitía respirar. El oxígeno le llegaba en grandes oleadas que lo saturaban tanto de aire que podía sentir cómo sus pulmones se expandían con tanta fuerza como para que llegara a lastimarle el pecho y las costillas. Podía, incluso, jurar que tenías varias de ellas fracturadas.
Tenía cables conectados por debajo de su piel que le permitían al Kraang analizar todas sus reacciones corporales. Los cables salían del enorme cilindro del que se encontraba y se conectaban a una enorme computadora a su izquierda, que él a penas y podía ver. A penas; porque él podía jurar que sus ojos se derretían gracias a aquella sustancia que había inundado sus ojos al momento de abrirlos.
Todo su cuerpo dolía y se estremecía ante las horribles sensaciones que sentía.
Frente a él, había un Kraang que parecía estar monitoreando el progreso de lo que aquella sustancia estaba provocándole a su cuerpo, concentradísimo en una pequeña pantalla que sus robóticas manos sostenían con seguridad. Éste le dirigía ocasionales miradas que duraban alrededor de unos cinco segundos y, luego, sus ojos volvían a la pantalla.
Miguel Ángel intentó gemir pero, gracias al tubo de respiración, se lastimó horriblemente la laringe, provocándole un espasmo tan doloroso que por poco y le hace gritar pero, a sabiendas de que podría lastimarse permanentemente sus cuerdas vocales, se abstuvo.
De la nada, sus oídos percibieron un sonido casi sordo, amortiguado por el cristal reforzado y el plasma. Con su mirada, dolorida, borrosa y distorsionada, buscó de dónde podría provenir y su corazón latió con muchísima fuerza cuándo vio cómo dos Kraang traían a rastras a un casi moribundo Anthony, herido gravemente en el estómago y en una pierna, y ensangrentado de pies a cabeza.
Ambos, con el tiempo, habían comenzado a relacionarse fuertemente; compartían historias y planes de cómo podrían salir de allí. Obviamente, al principio, Tony se había visto escéptico ante la sola idea de poder escapar, alegando lo imposible que era y argumentando el cómo a los Kraang nada se les escapaba; sin embargo, el niño pudo demostrarle lo equivocado que éste estaba tras concentrarse, durante muchísimo tiempo, en absolutamente todas las acciones que los alienígenas hacían, observándolas, analizándolas, estudiándolas y, posteriormente, entendiéndolas. Miguel Ángel había logrado memorizar y aprender el comportamiento de los Kraang y había descubierto sus fallas, sus puntos débiles, esas cosas que aquellas masas amorfas dejaban pasar por alto.
El hombre se había visto sorprendido ante la capacidad de atención y meditación del más joven, incluso su dedicación y positivismo le hicieron, con el tiempo, tomarle un profundo respeto. Y, luego de que Mikey le comentara acerca de todos los detalles que había aprendido en su intensa observación, ambos lograron teorizar algunos posibles planes de escape.
Y, gracias a que lo habían intentado justo hace seis cesios* y fracasado en el intento debido a un pequeño traspié de Miguel Ángel, que había caído cerca de unos Kraangdroides vacíos y el escándalo que hicieron éstos al estamparse contra el suelo, llamó la atención de los Kraang e, inevitablemente, fueron capturados.
Miguel Ángel había sido llevado justo a aquel lugar, dónde lo sumergían en aquella sustancia de vez en cuando para quién sabe qué propósito y Anthony… sólo había sido llevado a otro lugar y el rubio no supo nada de él en todos aquellos cesios que de verdad pasaban lentísimo a su parecer.
Dicen por ahí que lo único bueno de la tortura constante, es que no hay manera de hacerla peor.
Sin embargo, aquello Miguel Ángel no lo creía cierto. Él estaba, de hecho, rogando internamente, en lo más profundo de su mente, que todo aquel dolor que sentía se detuviera, sin importar la forma en que sucediera.
Mikey simplemente no lo soportaba.
—No… le hagan daño —Mikey pudo escuchar a Anthony, su voz sonaba tan leve, que incluso creía que quizás sólo haya sido un juego de su mente, engañándolo con la voz rasposa y seca del hombre con quién había creado una estrecha relación.
Pensó que no era real.
Sin embargo, no pudo ver ni escuchar más, porque una fuerte corriente eléctrica lo golpeó con tanta fuerza, que Miguel Ángel sólo pudo pensar en que un bus podría arrollarlo con más suavidad.
El dolor era intenso, agonizante, insoportable. Su garganta se contrajo en uno de los espasmos y, sumándole al grito que fue imposible detener, terminó hiriéndose horriblemente la laringe. Los músculos de su cuello habían oprimido tanto aquel tubo que el paso del aire se había imposibilitado.
Se estaba asfixiando.
Sus pulmones ardieron ante la falta de oxígeno y las corrientes eléctricas sólo parecían quemarle con más intensidad su piel, ya de por sí, irritada y adolorida por todas las veces en las que él había estado sumergido allí y, más que nada, por su depresión mental.
Porque la inseguridad mental, ocasiona inseguridad física.
Y él lo había aprendido a las malas.
Porque en todo el tiempo que él había estado en aquel lugar, había experimentado lo que sería el inicio de una vida llena de desgracias, sufrimiento y dolor.
Había entrado a una vida en la que él sólo sufriría las más grandes desgracias y las más horribles pérdidas.
Mikey sólo cerró los ojos para luego perder la consciencia, esperando no volver a abrir los ojos y seguir sufriendo.
Sin embargo, el destino era cruel y despiadado, y Mikey era ajeno al futuro: No lo tendría para nada fácil a partir de allí.
Las manos de Miguel Ángel tiemblan con fuerza y sus palmas están húmedas y frías gracias al sudor; su corazón late con fuerza en su pecho y la sensación de la adrenalina lo hace estar a la defensiva, pendiente de todo a su alrededor. Sus sentidos se habían agudizado y la oscuridad le pareció más clara de lo que debería, visible ante sus ojos para que escudriñara cada rincón de la habitación exhaustivamente.
Sintió su frente perlarse por el frío sudor y su respiración estaba errática y sonora.
Había tenido una pesadilla.
Un recuerdo, más bien; pero a fin de cuentas, ambas cosas no eran muy diferentes.
El miedo se había apoderado de su cuerpo y la sensación de angustia y desesperación había poseído todo su ser a tal punto de provocarle unas dolorosas corrientes eléctricas que viajaron a través de cada extremidad y le hicieron gemir con fuerza.
Levantándose lo más rápido que puede de la cama, observa todo a su alrededor como si fuese un lugar extraño, en el que jamás hubiese estado antes y su mente, traicionándolo, le hace creer que está en una especie de peligro.
Estaba teniendo un ataque de pánico.
Frustrado, lleno de ira y miedo, sabiendo que no había nadie ahí a parte de él, comienza a tirar todas las cosas a su alrededor lleno de histeria, mandándolas a volar y rompiéndolas contra el suelo y la pared. Su cabeza había comenzado a palpitar de manera dolorosa y la sensación de que sus piernas pronto fallarían se sentía tan palpable que lo único que pudo hacer, fue sentarse en su cama.
Su visión, ahora, tenía pequeños destellos de luces que lo marearon profundamente y, a sabiendas de que sería peor si se recostaba, prefirió vestirse con lo primerio que encontró y salir a tomar un poco de aire fresco, pidiendo en su interior no colapsar por el cambio de clima y por su falta de oxígeno en el cerebro.
La vestimenta que había elegido era simple: un jean de mezclilla clásico, un suéter tejido color rojo y sus zapatos converse negros.
Balanceándose de un lado a otro en la calle de aquel barrio de mala muerte, tan underground, tan peligroso, intentó respirar profundamente y no caer de cara al suelo cuando toda su vista se puso negra y sintió aún más intenso el dolor en su cabeza. De alguna manera, todo su cuerpo ardía, con intermitencias, pero aun así dolorosas que le hacía imposible su misión de recobrar el aliento.
—Mierda… —susurró cómo pudo mientras cerraba sus ojos y se dejaba reposar en una pared. Parecía como si todas las cicatrices que tenía, físicas y mentales, comenzaran a torturarle de la misma manera que lo hicieron cuando las obtuvo.
Con el sudor perlando su frente, y con toda la fuerza de voluntad que tenía, decidió esconderse en el primer callejón que encontró para no estar a la vista de todo aquel que quería encontrarlo y matarlo, para no ser un blanco fácil.
Aprovechó para sentarse en un contenedor de basura mientras que concentradamente contaba los latidos de su corazón, sintiendo la sangre fluir por sus venas y siendo uno con el oxígeno que no sólo entraba a sus pulmones con recelo, sino que movía sus rubios cabellos.
Abrió sus ojos abruptamente y se posicionó en defensa cuando escuchó los latidos de una persona detrás de él. La adrenalina lo envolvió y, a pesar de todo, no quiso voltear ni hacer nada porque sabía que si tomaba la iniciativa, estando en aquel estado de pánico, terminaría fallando. O como él estaba seguro que pasaría, muriendo.
Y de verdad que aquello último, a esas alturas de su vida, sería un muy mal chiste.
—¿Mikey? —la voz le hizo suspirar con alivio y, a su vez, fruncir el entrecejo.
No, aquello no era bueno.
Miguel Ángel lo sabía mejor que nadie. Las reglas del juego que él estaba jugando, del que él era partícipe eran simples: No involucrarse con nada ni nadie, ser el más astuto, matar antes de que te maten a ti, tomar la delantera, no volver a ser quién solías ser y, la última y más importante, seguir muerto.
Sin embargo, sabía que una de aquellas reglas —quizás más— ya la había vulnerado y no había ningún retorno. Lo hecho, hecho está.
—Raphael… —responde de vuelta y, una vez que su adrenalina baja, vuelve a sentirse mareado, fatigado y bastante enfermo. Su cuerpo no estaba en equilibrio con su mente y aquello lo estaba dejando casi a la deriva de la vulnerabilidad.
Hubo un silencio pesado que el único que no lo sintió fue el menor. Su estado le estaba bajando su capacidad de interpretar una situación y su concentración estaba única y exclusivamente dirigida a mantener el control.
No se movió cuando Raphael se acercó a él con lentitud y suspiró con inquietud a sus espaldas. No se movió ni siquiera cuándo su hermano pelirrojo, sorpresivamente, le abraza. No se movió, incluso, cuando la respiración de Raphael chocó contra su oreja y le dio un escalofrío que le hizo sentir, incluso, peor.
—¿…Por qué? —La pregunta real parecía implícita en aquellas palabras, pero por mucho que el menor quisiera pensar cuál era el verdadero significado, su estado, sin más ni menos, lo superó.
—Yo… lo siento —su disculpa fue más bien una exhalación que apenas había logrado retener debido a que su eje se había movido unos cuantos grados en sabrá él qué dirección; así que se separó como pudo de los brazos de su hermano, sólo para dar unos cuántos pasos al frente y, sin poder contenerlo, vomitar en uno de los contenedores que allí yacían.
Vomitó un poco y, logrando procesar la pregunta de su hermano, sólo pudo articular otra pregunta antes de seguir expulsando sus ácidos gástricos:
—¿A qué te refieres?
Hubo otro silencio mientras él dejaba de sacar todo lo que podría tener en el estómago y, luego de respirar profundamente y apoyarse en la pared paralela al contenedor, miró al mayor con una expresión de confusión.
—Sabes a lo que me refiero —Raphael se cruzó de brazos y se quedó mirándolo con profundidad, analizándolo de arriba abajo y negando levemente con la cabeza, esperando por una respuesta de su parte. Respuesta que no sabía si obtendría.
—Sí, lo sé —responde, a sabiendas que no podría desviar el tema, y mucho menos tratándose de quién estaba allí en el callejón con él—. Pero no me veo en la libertad de poder decírtelo —y aunque Mikey no estaba realmente muy seguro si la pregunta era realmente por sus seis años estando muerto o él trabajando para la Bratvá y haciendo tratos con Los Dragones Púrpura, o quién sabe qué otra cosa; de lo que sí estaba seguro, era de que al menos, de alguno de esos temas se debía tratar; y por cómo iban las cosas con todos, lo mejor era mantenerse callado. Como siempre.
Su ataque de pánico al parecer ya se había terminado y su respiración, a pesar de que no estaba muy normalizada, le dejaba entrar el oxígeno a sus pulmones: ya no se sentía mareado. Su ritmo seguía algo acelerado pero Miguel Ángel sabía que sólo sería cuestión de tiempo para que se regulara también.
—¿No puedes o no quieres? —los profundos ojos verdes de su hermano mayor se encontraron con los suyos y el rubio se sintió acorralado.
—Un poco de ambos.
Con frustración, Raphael se pasó las manos por su rostro y caminó hasta estar frente a su hermano, observándolo a los ojos y pensando con claridad qué debía decirle, porque el caos en su mente no lo dejaba pensar con claridad.
La situación era extraña, el tener a su hermano vivo aún se sentía extraño, y el olor de la basura, del vómito y quién sabe de qué más, ya lo había comenzado a hacer sentir un poco enfermo.
—No sé qué decirte, Mikey —se aclara la garganta quizás con más frustración que antes y se revoluciona el cabello con desespero—. Tengo tantas preguntas que hacerte y no sé por cuál comenzar —el pelirrojo cierra los puños con fuerza, queriendo calmar un poco su mente—. Tenerte aquí es tan… abrumador… tan…-
—No voy a hablar, Rapha —el menor le interrumpe, haciendo que la mirada decepcionada de su hermano se dirija hacia otro lugar—; o al menos… no aquí —sin mirar a su hermano, le hace una seña para que lo acompañe y comienza a caminar lentamente, debatiéndose en si estaba haciendo lo correcto o si sólo estaba empeorando las cosas.
Porque debía admitirlo: justo ahora, ambos eran un blanco fácil.
