Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
[19]
Esa noche, la vieja Academia de Música desbordaba de miembros de la sociedad que prestaban más atención al palco de los Hyuga que la opereta de Strauss.
En el transcurso del primer acto, Hinata permaneció rígida, sentada junto a su esposo, fingiendo interés en lo que ocurría en el escenario hasta que le dolió el brazo por la fuerza con que sujetaba los anteojos de teatro.
Para regocijo de su hermana y estupefacción de la esposa, Naruto se había invitado a sí mismo al palco. Karin estaba a la derecha, con los ojos abiertos de asombro mientras contemplaba el deteriorado esplendor de la sala decorada con terciopelo rojo y adornos dorados.
En la Academia sólo había dieciocho palcos, estrechos e incómodos, que habían sido construidos para dificultar el acceso de los neoyorquinos "nuevos" al teatro. En una ocasión el comodoro Vanderbilt, considerado el patriarca de los nuevos ricos, había ofrecido catorce mil dólares por uno de los palcos y cuando se lo negaron amenazó con construir su propio teatro, sólo para vengarse.
El palco de los Hyuga estaba sobre un extremo del escenario. El de la señora Mei Astor, "el poder silencioso", sobre el otro. Como de costumbre, la dama apareció a las nueve en punto llevando una peluca negra y chorreando diamantes. Alzó los anteojos para echar un vistazo y casi los tiró al ver que el palco de los Hyuga estaba ocupado. Sin necesidad de verla, Hinata supo que al descubrir quién ocupaba el palco opuesto los ojos de la matrona se desorbitaron.
Los muros de Jericó habían caído, el último bastión de la sociedad había sido invadido, y el último puerto seguro había caído en manos del enemigo. Ahora los irlandeses, algunos llegados hacía tan poco tiempo que aún no hablaban bien en inglés, estaban sentados con la mayor audacia en un palco, enfrente de la señora Mei Terumi Astor, como si toda la vida hubiesen estado ahí. Hinata percibió el aleteo furioso del abanico de la dama, y tampoco dejaron de percibirlo otras miradas ilustres.
—Nos están observando, ¿verdad, á mbúirnín?
—Sí — Le murmuró a Naruto, irritada de que emplease el término afectuoso.
—Bien.
En la oscuridad, Hinata contempló ese apuesto perfil, tenso y desafiante. Estaba enfadada porque había hecho cambiar otra vez sus pertenencias al dormitorio vecino, y también porque estaba en el palco sin haber sido invitado. En ese momento Hinata no podía hacer nada, si bien supo que antes de que terminara la velada tendría un choque con su marido.
Menma, que era quien iba a acompañarlas en primera instancia, estaba ahora detrás de ellos con una acompañante: una actriz con el fantasioso apelativo de "señorita Evangelina de la Plume". Hinata se horrorizó al ver el vulgar vestido de la muchacha, de un color rosado chillón, con el escote más pronunciado que hubiese visto. Sin duda, la mujer era bonita, en un estilo algo exagerado y llamativo, aunque se hacía evidente que ante los ojos de Menma los defectos de la muchacha se compensaban con sus curvas voluptuosas.
A Hinata le habían enseñado que era de mal gusto mirar a las personas, pero un par de veces durante el viaje en coche y durante la espera en el palco, no pudo evitarlo. Para empeorar las cosas, cada vez que la fascinante señorita la Plume descubría a Hinata observándola, retorcía los dedos en un supuesto ademán de timidez y lanzaba risitas cubriéndose con el abanico de plumas de avestruz teñidas de púrpura.
Al llegar el intervalo, Hinata no quiso mezclarse con la gente en el vestíbulo. Karin salió con Menma y con la señorita de la Plume colgada alegremente del brazo del joven. Cuando la muchacha se fue, Hinata la observó con discreción y se preguntó cómo haría para que ese vestido sorprendente no se le cayera y la dejase expuesta a la vergüenza. Se volvió hacia Naruto y vio que la miraba. Con las luces de la sala encendidas Hinata comprobó que exhibía una sonrisa cínica.
—¿Te gusta la opereta? — Preguntó.
Hinata miró hacia abajo observando al público que se arremolinaba en la sala.
—Es muy agradable — Respondió en tono seco. —¿Y qué opinas del último ejemplar de la lujuria de Menma?
Hinata lo miró una y otra vez y tuvo que morderse los labios para contener una sonrisa.
—¿Se refiere usted a la señorita de la Plume?
—Sí.
La mujer buscó una respuesta adecuada.
—La forma de vestirse es... notable.
—Sí. —Naruto se respaldó en la silla y la contempló—. Hinata, hay dos cosas que deberías saber acerca de mi hermano: le gusta beber en exceso, y tiene un gusto abominable en materia de mujeres.
—Yo no diría que la señorita la Plume es abominable.
—¿No?
—No, sólo que... que...
—¿Qué?
—Bien...
Se arrellanó en la silla.
—En Connacht tenemos una expresión para una muchacha como ésa. Tal vez sea la que estás buscando.
—¿Cuál es? — Preguntó Hinata en tono cortés, creyendo que se trataría de un complicado término irlandés.
—Prostituta.
No quiso reír, pero la respuesta la tomó desprevenida. Se llevó la mano a la boca y trató de disimular, aunque sus hombros se sacudieron de risa.
—Ah, veo que a pesar de las barreras culturales tenemos palabras en común.
Hinata lo miró, con la risa bailoteando en los ojos.
También los ojos azulados de Naruto brillaban divertidos. Hinata jamás hubiese imaginado que tenía un sentido del humor tan retorcido.
—Señor Uzumaki, no es muy caballeroso decir esas cosas de una dama. —Lo reprendió, sin poder contener la sonrisa.
—Yo nunca afirmé ser un caballero, ¿no es así? — La chispa divertida se apagó en los ojos de Naruto. De súbito, se puso muy serio.
También Hinata se puso seria.
—No, es cierto — Murmuró sin dejar de mirarlo.
—¿Quieres que sea un caballero?
Las palabras de Naruto se cernieron sobre ellos como un felino a punto de atacar. La primera respuesta que se le ocurrió fue "sí", pero no la pronunció tal vez porque en su interior había Una respuesta diferente y porque por primera vez florecía en ella el ansia de convertirse en la verdadera esposa de Naruto Uzumaki, en cuerpo, mente y alma y ese deseo fue tan intenso que le resultó doloroso.
—¿Por qué no me miras? — Preguntó Naruto con suavidad.
Hinata no pudo responder. El deseo de dejar de lado la farsa de ese matrimonio era abrumador. Sintió una necesidad desesperada de descubrir la pasión en los ojos de su esposo, de que la abrazara y la besara y le dijera que la amaba. Quería derretir esa pared de hielo que los mantenía rígidos y separados, y si era necesario acostarse con él para lograrlo lo haría con fervor aun que sólo fuese por un momento de intimidad y afecto.
—Por Dios, a veces eres tan fría...
Esas palabras ásperas le laceraron el corazón. Quiso probarle que no era cierto y no se atrevió a mirarlo pues, si lo hacía, terminaría por perder el control y huiría llorando del palco.
Las luces parpadearon indicando que estaba por comenzar el segundo acto. Escuchó a sus espaldas que Menma y la compañera se sentaban. También Karin se sentó y parloteó con Naruto creando un rumor de fondo que alivió el corazón pesaroso de Hinata. La joven no volvió a mirarlo durante el resto de la velada, y cuando salieron de la Academia, también Naruto había dejado de mirarla.
Después de dejar a Menma y a la señorita de la Plume en la Casa Hoffman, un lugar de lo más apropiado teniendo en cuenta el cuadro de Bouguereau, Ninfas y sátiros que colgaba en el bar, volvieron a la mansión. Cuando llegaron, Naruto le dio las buenas noches y subió solo la enorme escalera de mármol. Karin y Hinata tomaron el té en la sala y luego, también Karin se despidió.
Hinata aún no quería acostarse y se quedó en la sala contemplando las llamas del hogar. La cara de la joven era una máscara inmóvil y sólo los ojos revelaban su profunda melancolía. No supo cuánto tiempo permaneció así, hasta que oyó un ruido en el vestíbulo. Levantó la vista en el mismo momento en que Menma entraba tambaleante en la sala.
—Hinata, querida mía, ¿qué estás haciendo levantada? — Preguntó, con una sonrisa estúpida.
—No podía dormir. —Sonrió a pesar de sí misma. Menma la desarmaba como nadie lograba hacerlo —. Llegas temprano. ¿Acaso la señorita la Plume no fue tan amable como yo imaginaba?
—Me dio una bofetada en la mejilla. — Rió entre dientes y le mostró la mejilla enrojecida—. Es una gol... — Se interrumpió, y le dirigió una sonrisa de disculpa.
Hinata movió la cabeza, dándolo por perdido. Cuanto más lujuriosa era la conducta del joven, más notorio era el acento irlandés. En ese momento era tan cerrado que Hinata casi no podía comprenderlo.
—A juzgar por la mancha de lápiz de labios que tienes en el cuello, hizo algo más que darte una bofetada.
—Volverá a aceptarme. Estas mujeres siempre lo hacen.
—Ése es tu problema, Menma.
—Lo sé. Nunca me dicen que no... y yo siempre digo que sí. — Rió, se sirvió un trago del botellón que estaba sobre una mesa Luis XVI, y se sentó frente a Hinata —. De modo que Naruto volvió a ignorarte. Si me lo preguntaras, te diría que necesita un buen golpe en la cabeza.
Hinata esbozó una sonrisa triste y no respondió: tenía un nudo en la garganta.
—Tal vez esté pasando una mala noche. ¿Sabes?, a veces le duele la pierna.
—Cuéntame qué le pasó. Nunca me lo dijo. ¿Lo hirieron en la guerra?
Menma bebió un sorbo.
—No peleó en la guerra. Tenía la edad justa, pero también tenía los trecientos dólares para evitar el reclutamiento aunque, de cualquier modo, no lo habrían aceptado. Está lisiado desde los catorce años.
—Cuéntame. —Suplicó la joven—. Sé muy poco acerca de mi esposo.
—No es una historia muy agradable.
—Cuéntame —Insistió Hinata.
Menma pareció vacilar.
—Naruto merodeaba con una banda de muchachos por el East Side. Una noche, se metieron en una joyería. La policía los descubrió y Naruto escapó, pero le dispararon. En la cadera.
Se hizo un silencio denso.
—¿Tenía catorce años? — Preguntó Hinata en tono serio, remarcando las palabras.
—Tienes que comprender que éramos muy pobres. La situación era desesperante. Yo era demasiado pequeño para recordar mucho... —La boca de Menma se convirtió en una línea fina— ... pero recuerdo el cuarto de pensión en que vivíamos. Hinata, era una sola habitación y la compartíamos con otra familia. Naruto, siendo la clase de hombre que es, se fue a una edad temprana para dejarnos más espacio. Se relacionó con el "Capitán", Yahiko Rynders y su banda, los "Conejos Muertos". En realidad, es una historia bastante común. Quería ayudarnos. Él creyó que de esa manera nos ayudaba.
Hinata sintió deseos de llorar. Su corazón se afligió por aquel muchacho que había vivido tan equivocado.
—¿Lo llevaron a la cárcel?
Menma negó con la cabeza.
—No. Se las arregló para escapar de la policía. Se escondió en un callejón de Bandit's Roost durante un día, sangrando, hasta que alguien lo encontró. Se lo llevaron a mi madre y ella lo cuidó. Si hubiésemos podido pagar un médico, tal vez ahora Naruto no cojearía. Es por el proyectil, ¿sabes? Todavía lo tiene alojado en la cadera, y ahora es demasiado tarde para sacárselo. Por eso se le inflama la pierna y le duele.
Hinata cerró los ojos y evocó aquella noche en Delmonico, cuando Naruto se había caído. Debió de haberle resultado doloroso y, sin embargo, lo disimuló tan bien que Hinata creyó haberlo imaginado.
—¿Y cómo obtuvo todo esto? —Dijo, haciendo un gesto hacia la sala suntuosa.
—Le llevó un año recuperarse. ¡Dios, qué año tan duro! — Como para borrar el recuerdo, Menma bebió la mitad del licor—. A partir de ese momento, todo fue mal. Con la cojera, Naruto no pudo encontrar trabajo, y como no podía correr, tampoco podía volver a robar. Encontró un empleo como vendedor de periódicos para el Chronicle. El salario era miserable, pero trabajó como loco para llevamos unos centavos. — Tornándose más lúgubre aún, contempló las llamas—. Entonces, nació Karin.
—¿La madre de ustedes murió al dar a luz?
—Sí. Todavía recuerdo a Naruto teniendo en brazos a Karin: era tan pequeñita... ¿Sabes lo que significa su nombre?
Hinata negó con la cabeza.
—Significa "Amarga".
Guardó silencio, y Hinata lo respetó. Se hizo una pausa densa, hasta que al fin, Menma confesó:
—Desde luego, Naruto se culpó por la ilegitimidad de Karin. Como el dinero que ganaba no era suficiente, se sintió culpable por lo que mi madre se vio obligada a hacer.
—Oh, no, no tendría que sentirse culpable. —Susurró Hinata con la voz temblorosa de llanto contenido.
—Mi hermano se echa la culpa de todo. Y desde el día en que mi madre murió en aquella pensión, la cólera de Naruto fue terrible.
—¿Cómo ganó tanto dinero?
—Leyó en el Chronicle que las tierras en Maniatan eran muy rentables. Convenció a un caballero que le compraba el periódico todos los días de que adquiriese una parcela de tierra: cuando se vendiera, compartirían la ganancia. Dio un beneficio tan elevado como para que Naruto pudiese comprar su propio terreno. Repitió esta transacción varias veces hasta que tuvo el dinero suficiente como para negociar valores en Wall Street.
—Para hacer eso necesitas ser invitado. No comprendo cómo lo admitieron.
—Negoció valores en la calle, frente a la Bolsa, a unos centavos menos de los precios oficiales. Cuando lo descubrieron, lo admitieron de inmediato. — El joven le sonrió—. Y, como se dice, el resto es historia.
Hinata aspiró una gran bocanada de aire, sin poder apartar los pensamientos del hombre que estaba en el dormitorio del piso alto. Quizás en ese momento a Naruto le doliera la pierna. Tal vez estaba de mal humor a causa de la inflamación de la antigua herida. Esa idea le oprimió el corazón y creyó comprenderlo un poco mejor. De súbito, sintió un gran deseo de verlo.
—Cuando le duele, ¿hay algo que lo alivie? —Preguntó.
—Si lo hay, nunca me lo dijo.
—Mi abuelo padecía de gota, y se aliviaba con linimento para caballos. ¿Naruto lo probó alguna vez?
Menma rió:
—Me encantaría conocer a la mujer que fuese capaz de ponerle a mi hermano linimento para caballos.
Hinata aceptó el desafío; sonrió y tiró del cordón de la campanilla. Cuando llegó Whittaker, le dijo:
—Whittaker, pídales a los mozos del establo una botella de linimento para caballos. Y ordene que la lleven a mi cuarto.
—Sí, señora. —Whittaker hizo una reverencia y cuando estuvo de espaldas, puso los ojos en blanco.
Hinata se volvió hacia Menma y le tomó una mano entre las propias.
—Hace días que quiero decirte esto: gracias por estar de mi lado. Quiero que sepas que siempre te consideraré un amigo, aunque no sigas siendo mi cuñado.
Menma la miró y dijo en tono malicioso:
—Hinata, tal vez tendrías que haber sido mi esposa. Creo que, con una mujer como tú, yo podría reformarme.
—Existe una muchacha maravillosa para ti. Espera y verás.
El joven asintió y contempló el vaso vacío. Murmuró en tono aparentemente despreocupado:
—Bueno, creo que hasta que llegue ese momento, volveré a la Casa Hoffman.
"Para ser un bribón, se lo ve bastante desdichado", pensó Hinata sin poder evitarlo.
Le dio un beso en los labios y salió, dejándolo totalmente sobrio por la sorpresa.
Al llegar arriba, Hinata vio con alivio que las luces del dormitorio de Naruto aún estaban encendidas. Se detuvo frente a la puerta de su esposo con la botella de linimento en la mano, y trató de darse ánimo. Por cierto, estaba por enfrentar al león en su propia guarida. No obstante, lo que le resultaba cada vez más claro era que quería este matrimonio. Había hecho los votos y comenzaba a comprender a este hombre. La situación entre Naruto y ella era compleja, no obstante, ¿acaso no podrían cambiar? Claro que podrían si uno de los dos se lo proponía. Impulsada por esa idea, levantó la mano y golpeó la puerta.
—¿Qué pasa? — Respondieron con acritud desde el otro lado.
Hinata se sobresaltó. Había olvidado lo amenazante que era la voz de su esposo.
—Soy yo, Hinata... —Inspiró para darse ánimo — ... vi las luces encendidas y pensé que tal vez estuviese usted molesto... Mi abuelo solía asegurar que el linimento para caballos le aliviaba el dolor de las articulaciones. Le he traído a usted una botella.
—Yo no soy tu abuelo. —Respondió Naruto, cortante.
El tono la lastimó. Si bien sabía que estaba de mal humor, esperaba algo diferente.
Apesadumbrada, respondió en voz ronca:
—No, es mi esposo.
Lo único que le quedaba por hacer era irse; por alguna razón, se quedó aunque fuese para escuchar el silencio que llegaba del otro lado de las puertas de caoba.
Se hizo un silencio prolongado. Aunque parecía imposible que Naruto hubiese oído la respuesta de Hinata, llegó la orden:
—Puedes pasar.
Con mano temblorosa, Hinata hizo girar el picaporte de plata. Aún tenía puesto el vestido de noche y tuvo que apartar la cola antes de cerrar la puerta. Como esperaba, Naruto estaba tendido sobre la cama. Lo que no esperaba era el calor que la invadió al verlo casi desnudo, cubierto apenas por la sábana sobre las caderas.
—Aquí está. —Dijo, con voz temblorosa y le tendió la botella oscura. Tenía que acercarse y se preguntó si podría pues sentía los pies como de plomo.
—¿Por qué crees que me aliviará? —Preguntó Naruto, dirigiéndole una mirada que expresaba desconfianza hacia el linimento, pero más desconfianza aun hacia Hinata.
—Menma me contó de su... —Quiso decir accidente, aunque no era la palabra correcta.
Antes de que se le ocurriera otra, Naruto completó en tono irónico:
—Quieres decir, ¿mi "herida"?
—Sí.
—¿Y te explicó cómo me la hice?
—Sí.
—¿Y no te causa repulsión? ¿A ti, con tus finos modales y tu delicada sensibilidad?
—Yo también sufrí situaciones desagradables. —Bajó la voz—. Yo también me vi obligada a hacer cosas desesperadas.
Por un momento, Naruto guardó silencio. Contempló la botella de linimento y luego paseó la mirada del corpiño al rostro de Hinata. Con cautela, dolorido, se respaldó en la cama.
—Tráeme esa cosa.
Como una niña obediente, Hinata se acercó a la cama. Aunque no era una noche cálida, de pronto sintió calor. El liviano vestido de tafetas la cubría como una manta y cada paso le resultó pesado y difícil. La visión de Naruto tendido en la cama, el pecho musculoso y que subía y bajaba con la respiración, la aturdieron. La piel, bañada en la luz de gas, era de un erótico matiz dorado. Y esos ojos que brillaban de promesas y de condenación le provocaron un extraño escalofrío. Con cautela, dejó el linimento sobre la mesilla de noche y retrocedió.
Naruto se puso de costado, dándole la espalda.
Sin mirarla, dijo:
—Tienes que frotármelo. Yo no puedo.
Hinata se alegró de que se hubiese vuelto de espaldas y no viera su palidez. Le corrió por las venas un deseo apremiante de huir. No obstante, un deseo mayor aun de quedarse la impulsó a tomar la botella oscura.
—¿Dónde...? — Sintió la boca tan seca que no pudo concluir la pregunta.
—Aquí. —Apartó la sábana dejando al descubierto una nalga.
A la luz vacilante de la lámpara de gas, Hinata vio la cicatriz. Era rosada, del tamaño de una moneda, sobre la cadera derecha. No le pareció en absoluto horrorosa. De hecho, si Naruto no se la hubiese señalado, no la habría visto. Envalentonada, abrió la botella y echó una pequeña cantidad en la mano.
—¡Cristo, qué olor tan feo! — Gruñó el hombre.
Hinata miró en el espejo que estaba sobre la cómoda y vio el reflejo de Naruto. Tenía una mueca en el rostro; de pronto, Hinata comprendió cuánto lo molestaba que la esposa lo asistiera. Aceptaba a desgana que le aliviase el dolor físico, pese a ello, al verle la expresión de los ojos por el espejo se preguntó si Naruto, como ella misma, sufría otra clase de penas que necesitaban alivio.
—Hazlo.
Hinata asintió, incómoda, y apartó la mirada.
Juntando valor, se acercó y apoyó las manos sobre la cadera de su esposo. Lo sintió tibio, como al entrar en un baño caliente y tan duro que no podía creer que estuviese hecho de la misma materia que ella misma. Pasó el pulgar sobre la cicatriz. Creyó que percibiría la bala a través de la piel; sólo sintió hueso y músculos.
Reanimada, comenzó a frotar con energía. Miró al espejo y vio que Naruto había cerrado los ojos. Se le marcaban las líneas de las mejillas como si sintiera un gran placer. Hinata quiso aumentar ese placer y se sentó sobre el borde del colchón para tener un ángulo más favorable. El olor del linimento era ardiente como el de la trementina, lo ignoró y siguió frotando. Sus manos parecían pequeñas sobre ese cuerpo robusto. Ocupaba todo el largo de la cama; aun tendido de lado, los hombros eran anchos. Siguió frotando.
Los ojos de Hinata recorrieron el cuerpo: no estaba habituada a estar tan cerca de un hombre desnudo, y le corrió un temblor por la espalda. Tocarlo era como acariciar a un león. Aunque estaba asustada, el deleite de gozar de semejante intimidad con un ser tan atemorizante era algo diferente de todo lo que había experimentado hasta el momento. Mientras masajeaba ese cuerpo vigoroso, tuvo que reprimir el deseo de continuar las caricias. Deseó pellizcar la piel del abdomen para comprobar si los músculos eran tan tensos como parecían. Quiso descubrir la sensación del vello en el pecho en sus propios dedos. Y anheló recorrer el pecho hasta el sitio en que ese vello desaparecía bajo la sábana que le cubría las caderas.
No obstante, siguió frotando, mientras su mente recorría cada centímetro de ese cuerpo las manos sólo tocaban la cadera. Masajeó con todas sus fuerzas hasta que le dolieron los brazos y le cubrió la frente una fina capa de transpiración. Ansiaba cambiar de posición, pero hacerla significaría descubrir nuevos territorios del cuerpo de Naruto y supo por instinto que eso sería peligroso. Sólo acarició con el pensamiento la espalda musculosa, de piel tersa, y las piernas que se adivinaban largas, velludas y sólidas bajo la sábana. Y las manos permanecieron en el lugar de la cicatriz, hasta que Hinata se atrevió a echar otra mirada al espejo.
Naruto la observaba como el depredador a la presa. Esa mirada cargada de deseo le cortó el aliento. Si bien el vestido de noche tenía un escote apropiado para el teatro, no lo era tanto para lo que estaba haciendo en ese momento. Cada vez que movía las manos, el valle entre los pechos que apenas se veía en una posición, se revelaba profundo e incitante en otra. Los ojos de Naruto estaban fijos en ese valle cuya cambiante geografía hacía más seductor, hasta que ascendieron lentamente hacia el rostro de la mujer.
Esa mirada fija hizo que las manos de Hinata quedaran inertes. Una, quedó sobre la cadera y la otra se deslizó hacia el abdomen. La mirada de Naruto atrapó la de Hinata deteniendo el tiempo y los sentidos de Hinata se concentran sólo en él. El aroma sensual del hombre se mezclaba con el del linimento y el cuerpo duro se endurecía cada vez más.
Si Naruto no se hubiese movido, Hinata no habría tenido conciencia de lo que pasaba, pero el hombre le sujetó la mano contra el abdomen volviéndola a la realidad. De pronto, Hinata percibió algo nuevo. Aunque no estaba muy familiarizada con la mecánica del cuerpo masculino, sabía con exactitud lo que significaba esa dureza contra la palma de su mano, y se horrorizó.
Naruto no le dio tiempo a pensar. Hinata volvió hacia el hombre los ojos asustados en el mismo instante en que él le ponía la otra mano en la nuca. La atrajo hacia sí y la besó en los labios entreabiertos con una desenvoltura inesperada en un hombre tan distante. La demanda fue ardorosa y apremiante; por un instante pasó por la mente de Hinata un pensamiento: Adquirió práctica con Amaru, no obstante cuando la lengua de Naruto encendió una llama en su interior, esa idea se esfumó por completo.
A cada arremetida, Hinata sintió encenderse un fuego en sus entrañas. La razón le decía que se apartara, que aquietara la situación; sin poder contenerse dejó que la mano de Naruto le bajara el corpiño y le quitase el fino tul lavanda que le ceñía el cuello. Siguieron los diminutos botones de perlas del corpiño, y Naruto se apartó de la boca de Hinata para concentrarse en ellos. Jadeante, Hinata vio que la sábana que cubría a Naruto yacía ahora sobre el piso. Estaba desnudo, y aunque la rodilla de Hinata entre los muslos del hombre ocultaba la virilidad, la mano de Naruto sujetaba la de Hinata sobre ella en un apretón de acero.
Hinata comenzó a sentir pánico y se debatió. Naruto no la soltó. Volvió a besarla, apretando la mano sobre la de Hinata, hasta que ella no pudo soportarlo.
—¡Por favor! — Musitó, alejando los labios. La carne de Naruto le quemaba la mano hasta el punto en que creyó que le quedaría una marca. No se atrevió a mirarlo.
—¿Por qué viniste aquí, si no es por esto? —Dijo Naruto en voz ronca; lo enfurecía que Hinata no lo mirase y la respiración del hombre se tornó agitada.
—No... no lo sé — Dijo Hinata, casi sollozando; la verdad que revelaba la pregunta la angustió.
—No estoy hecho de piedra. —Volvió a oprimirle la mano sobre su miembro y repitió en tono ominoso, marcando las palabras—: No estoy hecho de piedra.
—Lo sé. —Sollozó la joven, invadida por la confusión y la vergüenza.
Naruto la miró y algo en Hinata, tal vez la angustia que revelaban esos ojos grises, lo conmovió. Súbitamente, la soltó y Hinata se tambaleó. Corrió hacia la puerta, conteniendo los sollozos con la mano sobre la boca, desesperada por volver a mirar a Naruto... pero no lo hizo, pues sabía que estaba desnudo. Y también sabía que estaría mirándola con la ira y la frustración pintadas en esas hermosas facciones irlandesas.
.
.
Continuará...
