Sirius cerró la puerta a su espalda suavemente. Harry le miró salir con rostro cansado y expresión preocupada. Habían bolsas negras debajo de sus ojos vidriosos y aunque el niño quería preguntar qué era lo que ocurría, no se atrevía. Se sentía como si no le correspondiera saberlo y aun así, no podía apartar la mirada de la gruesa puerta de madera. Su corazón latía fuertemente y las manos le temblaban por la ansiedad. Quería ir al otro lado, quería atravesar la puerta y asegurarse de que su Moomy se encontraba bien.
Todo comenzó la noche anterior, la noche de luna llena. Como siempre, él y Sirius se encontraban preparando todo para la transformación de Remus, quien se quedaba en el ático y no salía hasta el amanecer. Harry vio a su padrino encantar las paredes y la puerta mientras él, con toda la dedicación que podía, acomodaba las sábanas sobre el colchón en el suelo, acomodado en una de las esquinas de la habitación. Había comenzado a hacerlo sólo un par de años atrás, cuando comprendió realmente lo que ser un «hombre lobo» significaba y lo hacía con gusto, simplemente por ayudar.
Remus tomaba una poción, Harry sabía eso a la perfección. La tomaba durante los días previos a la luna llena y generalmente eso bastaba para que la experiencia fuera soportable. Había pocos aullidos en medio de la noche y casi ningún sonido de patas golpeando el suelo o gruñidos salvajes. Moony se limitaba simplemente a dormir como haría cualquier noche, y a veces, Canuto le hacía compañía en su forma de perro, incapaz de dejarlo solo.
Esta ocasión no fue la excepción. Lunático tomó su poción responsablemente en tiempo y forma, pero conforme más se acercaba la luna, más descompuesto se le veía. Había tenido fiebres y su humor era tan malo que apenas hablaba. Se le notaba cansado y desgastado, tanto que incluso le costaba una vida dar a Harry su beso de buenas noches. Ninguno de los adultos se lo diría, pero el niño sabía que algo no iba bien y estaba tan asustado que no preguntó, ni si quiera cuando Sirius volvió un día del trabajo maldiciendo al Wizengamot y culpándolo por la condición de su prometido.
La luna llegó lenta y tortuosamente y pasar por ella fue incluso peor de lo que Harry imaginó. Pasó la noche entera escuchando los alaridos de dolor del hombre al transformarse. Le escuchó aullar y arañar todo cuanto se cruzaba en su camino. Fue horrible, pero no por las razones por las que un niño cualquiera lo consideraría así. Él no estaba asustado del lobo, sufría con él. Sufría por su Moomy.
El pequeño Potter se preguntó, durante esas largas horas de insomnio, por qué si Remus era tan bueno tenía que sufrir así, y se sintió furioso con la vida por haberle dado una enfermedad que no se merecía. Pero enojarse y llorar era todo lo que podía hacer, porque aunque realmente deseaba subir al ático, sabía que no podía, lo tenía terminantemente prohibido y él no quería causar más problemas. Aún así, estuvo despierto el tiempo suficiente para escuchar a Sirius abandonar su habitación y subir hasta donde Lunático. Estuvo despierto el tiempo suficiente como para pedir, no, implorar a sus papás en el cielo, que trajeran a Remus un poco de paz. No supo en que momento cayó rendido al sueño, pero incluso dormido podía escuchar el sufrimiento atravesar las gruesas paredes de madera.
A la mañana siguiente, Harry fue despertado por sonido de una taza siendo rota en la cocina. Estaba muy cansado y aún así tuvo la fuerza de voluntad suficiente como para levantarse. Se encontró con Sirius peleando con Kreacher para ver quién levantaría los trozos de porcelana. Lucía agotado y sin embargo, le recibió con una sonrisa calurosa y aún abrazo que ambos necesitaban. El niño quiso llorar por el gesto, pero no lo hizo porque sabía, de alguna manera, que tenía que ser fuerte por el bien de su familia.
Ambos tomaron el desayuno sin decir nada, pero con las mismas ideas en mente. Kreacher se ocupó de ellos con el mismo silencio respetuoso, e incluso se abstuvo de hacer esas malas caras que estaba acostumbrado a poner. En medio de la comida, Sirius dijo que tenía que ir al ministerio y que no podría llevarlo a la escuela, luego se puso de pie y se dirigió al segundo piso donde el niño supuso, Remus ya se encontraba descansando en su forma humana. Él le siguió y aguardó afuera, apenas mirando por la ranura de la puerta entreabierta, las sombras de los muebles proyectadas por la luz de la mañana entrando por la ventana. No veía a Remus pero lo escuchaba y no le gustó. El corazón se le estrujó y por primera vez en su vida se sintió realmente frustrado. Quiso ser mayor y poder hacer algo. Algo más que simplemente sentirse mal.
—Escucha, Harry —le dijo Dadfoot entonces, acuclillándose frente a él y mirándole seriamente. Sus manos se posaban suavemente sobre sus hombros—. Moomy necesita descansar, así que, hasta que yo vuelva, ve a tu habitación o permanece en la sala, ¿de acuerdo? Me encargaré de atenderlo al regresar.
Harry miró nuevamente la puerta cerrada de la habitación y asintió, no sintiéndose muy conforme. Sabía que no molestar era lo mejor que podía hacer para ayudar y aun así, no se sentía satisfecho. Incluso se sintió un poco ofendido al saberse tan poco confiable, pero no haría una rabieta por ello. Se limitó a morderse el labio inferior y a fingir que no le molestaba la situación.
Sirius se puso de pie y se despidió con palabras secas antes de bajar las escaleras y usar la chimenea para marcharse. El niño, en cambio, permaneció de pie frente a la habitación principal, cada vez más afligido por los quejidos y sollozos provenientes del interior. A cada segundo que pasaba, el ruido parecía más fuerte, la puerta más grande y el pasillo más angosto, aunque, por supuesto, todo era un truco de la atribulada mente del niño Potter quien, incapaz de soportarlo, se dirigió al salón principal.
Harry se sentó frente a la chimenea incapaz de calmar su mente y se mantuvo así, por largos minutos hasta que una idea cruzó por su cabeza. Al principio la ignoró y la ahuyentó, recordándose que lo único que Sirius le había pedido era dejar a Remus en paz, pero después, tomó tal fuerza que comenzó a considerarla de verdad. ¿Podría haber algo malo en intentar hacer el desayuno para su Moomy y levantarle el ánimo con eso? Rápidamente llegó a la conclusión de que no y el hecho de que no tuviera permitido acercarse a la estufa sin supervisión no pareció un impedimento.
—Kreacher —llamó entonces al alfo. De repente se sentía de mucho mejor humor.
—¿Sí? —respondió el aludido.
—Necesito que me hagas un favor. Tienes que traer a Draco aquí pero nadie puede darse cuenta. Debe estar en la escuela.
Kreacher entrecerró los ojos con sospecha y dijo:
—El amo dijo que quería que todo estuviera en calma para el lobo.
—Y lo va a estar, no vamos a hacer ruido o a causar un desastre. Sólo quiero que me ayude a preparar sus panqueques especiales de chocolate. Ya sabes, para Remus —Kreacher volvió a entrecerrar los ojos no muy seguro. Harry agregó—. También vamos a necesitar tu ayuda, por supuesto. ¿Puedes?
A simple vista, era como si el elfo no pensara ceder, Harry que lo conocía de toda la vida sabía que era todo lo contrario. Tal vez Kreacher podía aparentar disgusto por él, pero la verdad era que lo procuraba muchísimo y también le tenía demasiado afecto. Siempre hacía todo lo que estaba en sus manos para complacerlo, Remus incluso insistía en que lo malcriaba, pero tampoco le daba demasiada importancia.
Al final el elfo se marchó sin decir nada más y volvió tan sólo tres minutos después con un Draco eufórico por saltarse las clases.
—Creí que te habías enfermado y por eso no habías ido a la escuela—le dijo su amigo quitándose la mochila y dejándola caer descuidadamente en el suelo alfombrado—. Jamás había viajado vía elfo, fue extraño.
—Hola, Draco. Necesito tu ayuda. ¿Tienes la receta de los panqueques de chocolate de tu mamá?
—¿Me has sacado de clases por unos panqueques? —le preguntó divertidísimo—. Eres el mejor.
—No son para mí —le respondió el ojiverde un poco ofendido—. Son para Moony. No se está sintiendo bien y a él le gusta mucho el chocolate. Quiero hacerle un desayuno que le levante el ánimo.
—Oh... Con que era eso. Bueno, tienes suerte, porque sé prepararlos.
—¿De verdad?
—Claro. A veces mamá tiene que trabajar hasta muy tarde y yo tengo que hacer la cena. En realidad es muy fácil. ¿Tienes harina y chocolate amargo? ¿Mantequilla? ¿Huevos? ¿Leche?
—¿Tenemos? —preguntó Harry a Kreacher y él asintió.
—Bueno, entonces será mejor que nos pongamos a trabajar. Haré la masa y Kreacher puede cocinar los panqueques en la sartén.
—Wow, Draco. Eres genial —aduló Harry, consciente de que eso elevaría el ego del rubio, pero importándole poco, ya muy acostumbrado a su personalidad.
—Lo sé —le respondió y le guiñó el ojo. Había copiado eso de una película y la verdad era que a Harry le parecía divertidísimo.
Tal como Draco dijo, hacer la masa fue súper sencillo. Lo difícil fue hacerla sin ensuciar la cocina, por no decir imposible. De alguna manera, se las arreglaron para llenar de mezcla las paredes y el suelo en tan sólo veinte minutos, haciendo que Harry olvidara su promesa de no causar desastres. Ahora que estaba junto a Malfoy, se sentía mucho más entusiasta y mucho menos afligido. Gracias a él, se convenció de que la idea de los panqueques era lo mejor que podía hacer y no sólo eso, su amigo también aportó un par de cosas más que podrían levantar el ánimo de Remus; como agregar al desayuno una malteada y una notita de «recupérate pronto».
No sabía cómo, pero Draco siempre se las arreglaba para mejorarlo todo en su vida y por eso a Harry le gustaba. Le gustaba él y su compañía. Le gustaba como todo parecía pintarse de colores más brillantes en su presencia, el como todo parecía más divertido. Era su amigo, el mejor de todos. Alguien con quien sabía que siempre iba a poder contar. Una de sus personas más amadas.
—¿Qué ocurre? —le preguntó el ojigris y Potter se percató de que lo había mirado en silencio mucho tiempo.
—Nada... sólo estaba pensando en que estoy muy feliz de que estés aquí.
Draco soltó la cuchara con la que había estado batiendo la masa de los panqueques y le sonrió.
—Me alegra que me hayas llamado.
—Estaba muy preocupado. Moomy parecía estarlo pasando muy mal y yo no sabía qué hacer.
—Todo va a estar bien, Harry, de verdad. El señor Lupin va a sentirse mucho mejor cuando vea lo que preparaste para él. Siempre funciona cuando mamá se enferma —le respondió y por ese breve instante, Harry fue consciente de que Draco había tenido que pasar por cosas similares él sólo y eso lo puso muy triste. Él tenía a Sirius, su amigo no tenía a nadie más. Sólo eran él y la señora Narcissa
—Cuando pase llámame —le dijo entonces—. Te ayudaré a consentir a tu mamá. No tienes que hacerlo solo.
Draco le sonrió.
—De acuerdo.
Kreacher tuvo los panqueques listos en treinta minutos, calentitos y con relleno de chocolate. Harry puso una porción en un plato y la malteada en un vaso. Draco, quien casualmente encontró una charola, lo colocó todo sobre ella para poder transportar los alimentos hasta el piso de arriba. Potter la tomó y el elfo le colocó un encantamiento para que el contenido no se cayera y entonces, en soledad, emprendió su camino hasta la habitación.
Al llegar al dormitorio principal, el pequeño se encontró con la puerta entreabierta —cosa de Kreacher, pensó— y se adentró apenas empujándola un poco. La puerta rechinó y a la habitación se filtró la luz del pasillo. Harry pudo distinguir en la cama la silueta de Remus; su cabeza descansaba en la almohada y su cuerpo estaba completamente cubierto por las mantas hasta la nariz. Parecía que el dolor había aminorado.
El niño dejó la charola en la mesita de noche y dio media vuelta dispuesto a no ser una molestia, pero justo cuando estaba parado al pie de la puerta, una voz le llamó desde la cama.
—Huele a chocolate —le dijo Remus con voz ronca y Harry se sobresaltó.
—Es chocolate —le respondió—. Lo lamento ¿Te desperté?
—No, para nada. ¿Has preparado esos para mí? —preguntó dirigiendo su mirada de miel a los panqueques a su lado. Harry asintió orgulloso—. Lucen deliciosos.
—¿Te subieron el ánimo? —preguntó tímido.
—¿Estabas preocupado por eso?
—Lucías como si te doliera mucho.
—Ven aquí, Harry —le llamó y él le obedeció—. Estoy bien, ¿lo ves? No quiero que te preocupes por mí.
—Pero...
—Nada de peros. En realidad no fue mi mejor luna pero ahora estoy bien. Me sentiría muy mal sabiendo que te causo problemas.
—Yo no quiero que nada te duela —le respondió con voz llorosa.
—Está bien. No me duele nada, ¿ves? Además el tan sólo oler tus panqueques me hizo sentir mejor.
—¿De verdad?
—De verdad. ¿Los hiciste tú solo?
Harry negó.
—Me ayudaron Kreacher y Draco.
—¿Draco? —le preguntó—. ¿No debería estar en la escuela?
—Le pedí a Kreacher que lo trajera porque yo no sabía la receta —confesó sincera y francamente.
Remus suspiró, pero aun así le besó la frente.
—Realmente eres hijo de James —le dijo con divertido cansancio.
Harry sonrió y le respondió:
—También el tuyo.
