Los personajes no son míos , yo solo los tomo para crear mi historia.

aviso:

Algunos personajes no son tan fieles en sus personalidades como en los libros.

Esta es una historia ficticia.


Algo inesperado.

La fila de hábitos negros avanzó hacia mí a través de la niebla como un sudario. Percibía sus oscuros ojos relucir como rubíes de puro deseo, anhelantes de sangre. Sus labios se retraían sobre sus húmedos dientes agudos, mitad rugido, mitad sonrisa.

Escuché cómo gimoteaba el niño a mis espaldas, pero no me podía girar para mirarle. Aunque estaba desesperada por comprobar que se encontraba a salvo, no podía permitirme ningún fallo de concentración en esos momentos.

Se aproximaron de forma fantasmal con las ropas negras agitándose ligeramente por el movimiento. Vi cómo curvaban sus manos como garras del color de los huesos. Comenzaron a dispersarse para acercarse a nosotros desde todos los ángulos. Estábamos rodeados e íbamos a morir.

Y entonces, tras la explosión de luz de un rayo, toda la escena se transformó, aunque no había cambiado nada, porque los Vulturis aún nos amenazaban, en posición de ataque. Lo que realmente cambió fue el modo en que yo contemplaba la imagen, porque de repente sentí un deseo incontrolable de que lo hicieran, quería que cargaran. El pánico se transformó en un ansia de sangre que me hizo encorvarme, con una sonrisa en el rostro, y un rugido enredado entre mis dientes desnudos.

Me incorporé de un salto, aún aturdida por el sueño.

La habitación estaba a oscuras y también hacía un calor bochornoso. Tenía el pelo empapado por el sudor de las sienes y el que me corría por el cuello.

Aparté de una patada las sábanas mojadas y encontré la cama vacía.

—¿Beau?

Justo en aquel momento, mis dedos tropezaron con algo de tacto suave, plano y rígido. Era una hoja de papel doblada por la mitad. Me llevé la nota conmigo y caminé hacia el interruptor de la luz.

En la parte exterior de la nota alguien había escrito a quién estaba dirigida: a la señora Cullen. Espero que no te despiertes y notes mi ausencia, pero si fuera así, quiero decirte que volveré muy pronto.

Me he ido al continente de caza. Vuelve a dormirte y estaré de vuelta cuando te despiertes. Te quiero.

Suspiré. Llevábamos allí unas dos semanas, así que debería haber contado ya con que se marchara, pero no había estado pensando en el tiempo, su a pesar pasaba más tiempo conmigo como medio vampiro, aun su cuerpo le pedía sangre.

Me limpié el sudor de la frente. Ahora estaba completamente despierta, aunque el reloj del tocador dijera que era más de la una. Sabía que no podría volverme a dormir tan acalorada y sudorosa como me sentía. Y eso sin mencionar el hecho de que, si apagaba la luz y cerraba los ojos, estaba segura de ver aquellas figuras negras rondando en mi cabeza.

Me levanté y vagabundeé por la casa a oscuras sin destino definido. Fui encendiendo luces. Me parecía tan grande y desierta sin Beau allí. Tan diferente.

Terminé mi paseo en la cocina y decidí que, quizá, lo que necesitaba era comida para consolarme.

Rebusqué por el frigorífico hasta que encontré todos los ingredientes necesarios para hacer huevos fritos. El chisporroteo y siseo de los huevos en la sartén resultó un sonido hogareño y encantador, que al llenar el silencio me hizo sentir menos nerviosa.

Olía tan bien que comencé a comer directamente de la sartén, rompiendo la yema y quemándome la lengua mientras tanto. Al quinto o sexto bocado, sin embargo, se había enfriado lo suficiente para disfrutarlo y mastiqué más lentamente. ¿Había algo raro en el sabor? Comprobé la clara, y estaba blanca, y cocida, pero me pregunté si la yema había sido el sabor. Tomé otro bocado de forma experimental y lo mastiqué dos veces.

Ay, qué asco, de verdad.

Me levanté de un salto para escupirlo en el fregadero. De repente el olor del huevo y el aceite frito me revolvió el estómago.

Cogí todo el plato y lo tiré sacudiéndolo sobre la basura, y después abrí las ventanas para dispersar el olor. Una brisa fresca se había levantado en el exterior y era agradable sentirla contra la piel.

Me encontré repentinamente agotada, pero no quería volver a la calurosa habitación, así que abrí más ventanas en el cuarto de la televisión y me tumbé en el sofá que había justo delante. Puse otra vez la misma película que habíamos visto el otro día y, en cuanto empezó la alegre canción inicial, me quedé dormida.

Cuando abrí los ojos de nuevo, el sol estaba ya a medio camino del horizonte, pero no fue la luz lo que me despertó. Me sentía envuelta en la frescura de sus brazos, que me estrechaban contra él. Al mismo tiempo un dolor repentino me retorció el estómago, casi como una réplica de lo que se siente cuando encajas un golpe en las tripas.

—Lo siento —murmuraba Beau mientras frotaba su mano helada contra mi frente pegajosa —, tanta meticulosidad con todo y no había pensado en que tendrías tanto calor cuando yo me marchara. Haré que instalen un aparato de aire acondicionado antes de que me vaya.

No me podía concentrar en lo que me decía.

—¡Perdona! —jadeé, luchando por liberarme de sus brazos.

Él me soltó de forma casi automática.

—¿Edy?

Salí disparada hacia el cuarto de baño con la mano apretándome la boca. Me sentía tan mal que ni siquiera me preocupó, al principio, que estuviera conmigo cuando me agaché sobre el cuarto de baño y vomité violentamente.

—¿Edy...? ¿Qué te pasa?

No podía responder todavía. Él me sostenía lleno de ansiedad, apartándome el pelo de la cara, esperando hasta que recuperé de nuevo la respiración.

—Maldito huevo rancio —gemí.

—¿Estás bien? —su voz sonaba muy tensa.

—Bien —repliqué con voz entrecortada—. Es sólo que me he intoxicado con la comida. No es necesario que veas esto, vete.

—Ni se te ocurra, Edythe.

—Vete —gemí otra vez, luchando para levantarme y poder lavarme la boca. Él me ayudó cariñosamente, ignorando los débiles empujones que le propinaba.

—No te preocupes, he estado acompañando los vómitos, de Eleonor cuando se le pasa la raya con la cerveza.

No si estaba intentado consolarme, pero funciono porque me sentí un poco mejor. Me reí un poco

Después de haberme limpiado, me llevó a la cama y me sentó allí con cuidado, sujetándome entre sus brazos.

—¿Te ha sentado mal alguna comida?

—Ah, sí —grazné—. Hice algunos huevos. Sabía raro así que lo tiré, pero antes me comí unos cuantos bocados.

Me puso una de sus manos frías en la frente, y era muy agradable.

—¿Qué tal te sientes ahora?

Lo pensé durante un momento. La náusea se me había pasado tan violentamente como había venido y me sentí como cualquier otra mañana.

—Estoy bastante bien. De hecho, incluso algo hambrienta.

Me hizo esperar una hora y beberme un gran vaso de agua antes de freírme un pollo frito. Me encontraba perfectamente normal, aunque un poco cansada después de haberme levantado en mitad de la noche. Él puso la CNN, ya que habíamos perdido todo contacto con la realidad, tanto que podría haber estallado la Tercera Guerra Mundial sin que nos hubiéramos enterado, y me acurruqué soñolienta en su regazo.

Me aburría escuchando las noticias y me retorcí para besarle. Justo como por la mañana, un dolor agudo me atravesó el estómago cuando me moví. Me arrastré lejos de él, con la mano apretada con fuerza contra la boca. Me di cuenta de que no llegaría ahora hasta el cuarto de baño, así que me dirigí hacia el fregadero de la cocina.

Él me apartó el pelo de nuevo.

—Quizá deberíamos ir a Río, a que te vea un médico —sugirió lleno de ansiedad mientras me limpiaba los labios después.

Sacudí la cabeza y me dirigí hacia el vestíbulo.

—Me sentiré mucho mejor después de lavarme los dientes.

Cuando mejoró el sabor de mi boca, rebusqué entre mis cosas el maletín de primeros auxilios que Archie me había preparado, lleno de cosas humanas como vendas, analgésicos y mi objetivo ahora, Pepto-Bismol. Quizá de ese modo se me asentara el estómago y Beau se quedaría más tranquilo.

Pero antes de encontrar el Pepto, hallé algo más que Archie había metido en la maleta. Cogí la pequeña caja azul y me la quedé mirando allí en mi mano, olvidándome de todo lo demás.

Entonces comencé a contar en mi cabeza. Una vez. Dos. Y otra vez más.

Un golpe en la puerta me sobresaltó y la cajita se me cayó de nuevo dentro de la maleta.

—¿Te encuentras bien? —me preguntó Beau a través de la puerta—. ¿Te has mareado otra vez?

—Sí y no —le dije, pero mi voz sonó estrangulada.

—¿Edythe? ¿Puedo entrar, por favor? —inquirió ahora en tono preocupado.

—Va... le.

Llegó y evaluó mi postura, sentada con las piernas cruzadas al lado de la maleta, y mi expresión en blanco y ausente. Se sentó a mi lado y rápidamente me puso la mano en la frente.

—¿Qué es lo que va mal?

—¿Cuántos días han pasado desde la boda? —le susurré.

—Diecisiete —me contestó de forma automática—. Edythe, ¿qué pasa?

Volví a contar de nuevo. Alcé un dedo para advertirle que esperara y articulé con los labios los números para mis adentros. Antes me había equivocado con los días, porque llevábamos allí más tiempo de lo que yo creía. Comencé de nuevo.

—¡Edythe! —susurró en tono de urgencia—, me estás volviendo loco.

Intenté tragar, pero no funcionó. Así que volví a la maleta y rebusqué por todos lados hasta que apareció la cajita azul de nuevo y la levanté en silencio.

Se me quedó mirando lleno de confusión.

—¿Qué? ¿Estás intentado hacerme creer que esto que te pasa es un simple síndrome premenstrual?

—No —me las apañé para contestar sin sofocarme—, no, Beau. Estoy intentando decirte que se me ha retrasado el periodo cinco días.

La expresión de su rostro continuó impertérrita. Era como si no hubiera hablado.

—No creo que me haya intoxicado —añadí.

Él no contestó, se había convertido en una estatua.

—Las pesadillas —mascullé, para mí, con voz monótona—, los lloros, toda esa hambre... Oh, oh. Oh.

La mirada de Beau se había vuelto vidriosa.

La mano de él se apoyó en mi estómago de forma casi involuntaria, como si fuera un acto reflejo.

—¡Oh! —chillé de nuevo.

Beau me había ayudado ponerme de pie, aun apoya su mano en mi vientre intentado buscar algo.

—Imposible —susurro.

Aunque no tenía ninguna experiencia con embarazos, bebés o cualquier cosa relativa a ese mundo, no era ninguna idiota. Había visto suficientes películas y programas de televisión para saber que esto no funcionaba así. Sólo se me había retrasado cinco días. Si de verdad estaba embarazada, mi cuerpo no podría haber registrado aún ese hecho. No podía tener mareos matutinos, y desde luego, no habrían cambiado mis rutinas de alimentación y de sueño.

Y aún más claramente, no podía tener un pequeño, pero definido, bulto sobresaliendo entre las caderas. Podía sentirlo como Beau me estaba examinando.

El recorrió aquel pequeño bulto casi imperceptible con los dedos.

—Imposible —repetía otra vez, porque con bulto o sin él, con periodo o sin periodo (y desde luego no lo había, porque jamás se me había retrasado ni un solo día en toda mi vida), no había forma posible de que estuviera embarazada. La única persona con la que había practicado sexo en toda mi vida era con un vampiro, hablando alto y claro.

Un vampiro que se había transformado en medio vampiro tenía mirada brillosa. Mientras me examinaba

Alguna extraña enfermedad sudamericana con los síntomas del embarazo, sólo que acelerados...

Y entonces recordé algo, una mañana en la que hice una exploración en Internet que ahora parecía haber sucedido hace mucho tiempo. Sentada en el viejo escritorio en mi habitación en casa de mi madre con aquella luz gris mate brillando a través de la ventana y con la vista fija en mi laptop, leí con avidez una página web llamada «Vampiros de la A a la Z». Habían pasado menos de veinticuatro horas desde que Jules Black, intentando distraerme con aquellas leyendas quileute en las que ni siquiera ella creía, me había dicho que Beua era un vampiro.

Yo había buscado con ansiedad en las primeras entradas del sitio, dedicado al mito de los vampiros en todo el mundo. El Danag filipino, el Estrie hebreo, el rumano Varacolaci, los Stregoni benefici italianos, una leyenda que se basaba en realidad en las primeras hazañas de mi nueva suegra con los Vulturis, aunque en aquel momento yo no sabía nada de eso... Cada vez prestaba menos atención a las historias conforme se volvían menos verosímiles.

Asta que mi memoria se topó con algo en este momento, si hacia cierto en alguna forma. Esto formaba parte de la definición de un íncubo, su capacidad para tener hijos con su desafortunada presa.

Beau toco el bulto de mi barriga que no había estado allí el día anterior.

Beau era vampiro, según la definición el, estaba muerto sin cambios. Pero según los hombres aun muertos podía tener hijo por que nunca dejaban tener espermatozoides.

Claro, ¿cómo había nadie de saber si los hombres vampiro podían tener hijos, cuando sus compañeras no podían? ¿Qué vampiro en este mundo tendría el autocontrol necesario para probar esa teoría con una mujer humana? ¿O la inclinación a hacerlo?

Sólo se me ocurría el nombre de uno. Era como él podía transformarse en humano, aún conservaba características vampíricas. Quizás eso explicaba el crecimiento acelerado de bulto que tenía en mis caderas.

Beau me había asegurado de que ellos no podían cambiar, en ninguna forma a pesar de que él podía transformarse en humano, seguían con el mismo peso, y talla, sus cabellos no crecían, sino que se mantenían.

La mitad de mi cabeza estaba intentando organizar hechos, recuerdos y compaginarlos con las especulaciones, mientras que la otra mitad, la que controlaba la capacidad de mover mi cuerpo, estaba tan aturdida que no era capaz de desempeñar ni la operación más sencilla. No podía mover los labios para hablar, aunque quería pedirle a Beau que me explicara por favor lo que estaba pasando.

El sólo podía mirar con ojos atónitos, mientras sus dedos apretaban con cuidado la pequeña hinchazón de mi vientre.

Lo que cambió todo fue sólo un suave y pequeño golpecito que chocó con la mano, desde dentro de mi cuerpo.

Sonó una y otra vez.

En el espejo la expresión de mi rostro ya no era de perplejidad, sino expectante. Apenas noté las lágrimas silenciosas y extrañas que comenzaron a manar de mis ojos, y a correr por mis mejillas.

El teléfono siguió sonando.

Beau se levantó de un salto para tomar el teléfono en sus manos y contestar.

¡Ring! ¡Ring! ¡Ring!

—Hola, archi —dijo Beau con la voz entrecortada. Beau había puesto el teléfono en altavoz.

—¿Beau? ¿Beau, te encuentras bien?

—Ah, sí. Mmm. ¿Está Carine ahí?

—Sí, aquí está. ¿Cuál es el problema?

—No, no estoy al cien por cien... seguro...

—¿Está bien Edythe? — preguntó receloso.

—No estoy seguro.

—¿Beau, ¿qué está pasando? Sólo he visto...

—¿Qué es lo que has visto? —se hizo un silencio.

—Ya ha llegado Carine —repuso al fin.

Sentí como si me hubieran inyectado agua helada en las venas. Y si archi había visto una visión de yo muriendo, me habría preguntado algo al respecto, ¿no?

Mientras esperaba, en el segundo que le llevó a Carine hablar, la visión que había imaginado para Archie bailoteó detrás de mis párpados. Un vampiro saliendo de mi vientre, rasgando mis extrañas. Cierta frialdad se inundó en mis venas.

—Beau, soy Carine. ¿Qué pasa?

—Yo... —Beau me sonrió, una sonrisa de calidez que quito un poco la frialdad en mi cuerpo.

—. Estoy un poco preocupada por Edythe...

—¿Está herida? —la voz de Carina sonó repentinamente urgente.

—No, no —le aseguro—. Sólo...no lo sé.

—No lo entiendo, Beau.

—Creo... bueno, creo que... quizás... es que ella podría estar… —inhale profundamente—. Tal vez esté embarazada.

Como para reforzar mi afirmación, sentí otro golpecito en el abdomen. Mi mano voló hacia allí.

Después de una larga pausa, el entrenamiento médico de Carine entró en acción.

—¿Cuándo fue el primer día de su último ciclo menstrual?

—Dieciséis días antes de la boda —mi cuerpo estaba helado, quería sentir vergüenza por que Beau estuviera al tanto de mis ciclos menstruales, pero Beau era demasiado caballero para siquiera comentarlo. —¿Cómo se siente?

—Extraña —le conto, pero la voz se le quebró y otro hilo de lágrimas comenzó a descender por sus mejillas—. Esto te va a sonar como una locura... Mira, sé que es demasiado pronto para esto. Quizás es que me he vuelto loco. Pero tiene hambre a cada hora, y ha llorado, y vomitado y … y … te juro que algo se movió mientras la revisaba su abdomen. ¿Eso es posible? —susurró él.

Escuchó durante un largo rato, mirando de forma inexpresiva hacia la nada.

—Debes traerla a que para hacerles los exámenes pertinentes.

—Sí, sí, lo haré.

Apartó el móvil de su oído y presionó el botón de apagado. Sin detenerse marcó un número nuevo.

—¿Qué haremos? —le pregunté con impaciencia.

— Creo que estás embarazada.

Las palabras enviaron un frío estremecimiento a través de mi columna. Aquel pequeño «pateador» se removió en mi interior.

—¿A quién estás llamando ahora? —inquirí mientras volvía a ponerse el teléfono en el oído.

—Al aeropuerto, volvemos a casa.

Beau estuvo al teléfono durante más de una hora sin parar. Supuse que estaría arreglando nuestro vuelo de regreso, pero no podía estar segura porque no hablaba en inglés.

Saco un puñado de ropas mías sobre la cama sin míralas, así supuse que era la hora de vestirme.

El pateador me dio una golpe.

—No lo entiendo —murmuré.

Porque Beau esta actuado tan calmado, mientras hacías las cosas, no veía el que esto era malo. Intente razonarlo.

Quizás Beau solo no me quería preocupar. Seguramente quería calmarme para que esto fuera tan traumático para mí. El quería asegurarse que toda saliera bien y con calma. Y que el…pateador no me lastimara y dañara cuando me la sacaran.

Un nudo en mi garganta se puso, aspire para calmarme, no quería pensar en que lo sacarían, era lo correcto, era para mantenerme con vida. No tenia la fuerza para tener… a pequeño pateador.

Negué intentado sacar esos pensamiento que estaban rondando en mi cabeza.

Una nueva ola de miedo me atravesó cuando, me imagine con mi estomago a punto de explotar, y eso saliera ahí causándome dolor en proceso. Retorciéndose y rasgando para poder salir.

Eso no era normal.

—¿Edythe?

Me volví, algo recelosa debido al tono de su voz. Era demasiado cálido, demasiado cauteloso y la expresión de su rostro acompañaba a la voz, una expresión como si estuviera feliz.

Y fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba llorando.

—¡Edythe! —cruzó la habitación como un rayo y puso sus manos alrededor de mi rostro—, ¿te duele algo?

—No, no...

Me estrechó contra su pecho.

—No tengas miedo, llegaremos a casa en dieciséis horas. Estarás bien. Carine estará preparado cuando lleguemos y tú estarás bien, muy bien.

— ¿Se harán cargo de esto? —el nudo se hizo tan grande y pesado que me costo escupir esas palabras, había dolido. De seguro era el miedo que sentía por lo que me pasaría.

—A que te refieres con hacernos cargo de esto.

Se apartó y me miró directo a los ojos.

—Que van a sacar a esa cosa de ahí antes de que pueda herirme. —apreté los dientes con fuerza cuando pronuncie lo último, baje la mirada sentido como se apretaba la garganta.

—¿Esa «cosa»? —preguntó con un jadeo.

Beau me miró con horror puro, intentado entenderme. Aunque yo quería entenderlo también, no podía dejar de pensar en nudo en mi pecho, como solo quería gritar. El pequeño pateador tenía que sacarlo, se suponía que me mataría…pero

Moví mi cabeza varias veces para intentar disipar esa ideas sin sentido.

—No —susurro.

El trago saliva con despacio

—No —susurro de nuevo, con la voz más firme. — tu… no puedes querer esto…es...

—Es monstruo—dije. Si era así, ¿Por qué me dolía tanto? —es …no es humano, me matara

—…Yo…no lo puedo…—cerro lo ojos fuerza mientras tomaba mis manos un sollozo grande salió de su cargante—¿Es…lo que quieres?

No respondí, pero Beau interpretó mi silencio como una afirmación.

Beau se mordió labio mientras sus ojos azules soltaba lágrimas, el había intentado controlar lágrimas, pero no había funcionado. Asintió mientras soltaba mis manos.

—Necesito…un momento, creo haber escuchado algo…volveré

Beau salió deprisa, sin mirar atrás


AHHHHH Estoy viva. Aver si el coronavirus me mata. Es broma que nadie se ofenda.

De todas formas a pasado un tiempo. espero que no odien a Edythe tanto, digo es humana y tiene miedo.


La patata anonima.

Espero que el capitulo note aya sabido amargo, pero me doy cuenta que Edythe es muy diferente a Bella, en fondo Edythe quiere a su hijo (si sera varon). Solo que pensando mas lógicamente, deja sus emociones alejadas, como cuando dejó a Beau, era lo correcto segun ella.

Edythe le duele claramente, se esta negando que tener una apego con el pequeño pateador. no pude evitar recordar esos caso cuando algunas madres tiene que abortar por que no les queda de otra (el bebé esta muerto en su interior, o va morir cuando nazca).

Pero bueno me costo bastante hacer este capitulo, tuve leer una cantidad de narrativas madres que le robaron a sus hijos y o sus bebes no nacieron para sentir un poco lo que sentiría una madre. Debo decir que me senti horrible y deprimida varios días.

Te voy ser sincera yo tampoco se que voy hacer con los niños inmortales...bueno tengo algo pensado, pero veremos si lo hago o dejo como cómo va pasar.

Con el nombre del pequeños pateador...estoy en duda, no le puedo poner ninguna parte del nombre de los padres biológicos de Beau... así que si no es mucho pedir, ¿me ayudarias?... solo si tienes algo claro. aun falto como 2 capitulos antes de los nombres mas omenos.

aaa y gracias por comentar siempre eres un amor.

spoiler : Royal va salir siguiente capitulo le va dar una buena sacudida a Edy.