.

Capítulo 19

La mañana de la feria, era fría y tonificante. El hielo y la epidemia de sarampión impidieron al médico llegar a Grandchester antes de mediodía. Se fue después de una hora, dejando instrucciones para el pobre Castairs y dos camareras; precisamente las que sabían cocinar: debían permanecer en cama hasta que no desaparecieran las manchas.

Puesto que el Duque ya había salido, el destino había encomendado a la Duquesa su primera tarea.

Entre Fishmongers Hall y Wharf House había un pequeño edificio de ladrillos, dentro del cual, sobre una plataforma, se veía un grupo de desempleados. Cada uno de ellos tenía en la mano un cartel que indicaba el propio oficio. Entre los probables patrones se encontraba la Duquesa de Grandchester, con la cabeza bien alta, los hombros derechos y el pequeño dedo enguantado de verde extendido indicando a un hombre de color al fondo de la Henson incómodo se inclinó hacia la Duquesa:

—Pido perdón, Vuestra Gracia, pero no creo que… ejem… aquel sea el hombre que su gracia tiene en mente.

—¿No cree? —Candy miró al gigante y se golpeó los labios con el índice. A parte de él, los candidatos no prometían mucho.

Verdaderamente muchos de ellos daban miedo. Los hombres estaban sucios y resultaban poco tranquilizadores, parecían listos para matar.

Las mujeres eran sólo dos, ambas desaliñadas, que miraban al pobre Henson como Clint solía miraba sus cabellos.

Candy sintió que le tiraban de la falda y se giró hacia la camarera que les acompañaba. La muchacha la miraba horrorizada.

—¡Oh, madame, no puede contratar ese hombre! Él es… es… Candy no la dejó terminar.

—El cartel dice que sabe cocinar —contestó, tratando de establecer cuán alto era el individuo. A pesar de la barba corta y negra que le rodeaba los labios y le cubría el mentón, el hombre tenía el aspecto de quien no le habría hecho daño ni a una mosca.

Polly murmuró:

—Parece un pirata, madame, y los piratas son malos.

Candy tuvo que admitir que la camisa blanca abullonada, los pantalones negros y las botas lo hacían parecer peligroso, pero ella intuía que esa persona tenía un buen corazón.

—No hay piratas en Inglaterra, Polly. Es sólo el arete de oro que lo asemeja a uno de ellos.

—¿Pero qué hay que decir de sus cabellos?

—¿Distintos, cierto? Creo no haber visto nunca a alguien con la cabeza rapada y una trenza tan larga. En todo caso ¿no me has dicho que en Grandchester Park la cocinera se lamentaba de no estar en condiciones de alcanzar las alacenas más altas? Este cocinero no tendrá ese problema. Además, ese el único que dice que sabe cocinar, según su cartel. Por lo tanto, no tenemos elección. —Se dirigió a Henson: —Vamos a hablarle antes que otra persona nos lo levante.

—No creo que ese problema exista, Vuestra Gracia —aseguró Henson, pero Candy ya estaba en camino y los dos servidores no pudieron hacer otra cosa que seguirla. La Duquesa llegó a la plataforma y se dio la vuelta a tiempo de ver a Polly arrodillada, haciendo la señal de la cruz.

Candy sacudió los hombros y miró al aspirante a cocinero. Por su falta de arrugas, debía ser joven y, ciertamente, robusto. Era más alto y macizo que Terry. Una trenza larga, de casi un metro, le colgaba del centro de su cabeza rapada. Como añadidura a su vestuario de pirata, llevaba un cinturón alto, cubierto por tachones de metal. Del cinturón colgaban pequeñas calabazas, un mechón de pelo y un manojo de plumas. Si Candy no hubiese sabido que el último genio estaba encerrado en una botella, en alguna parte de Norteamérica, habría jurado que se trataba de él.

—Su gracia, la Duquesa de Grandchester, quisiera hablar con ése de allá —dijo Henson al agente, de pie cerca de la plataforma, indicando al gigante.

El agente gritó un número y el hombre asintió, luego dio un paso al frente y avanzó; las calabazas tintineaban a cada paso.

Candy dobló la cabeza y se asombró ante su imponencia. Cuando reencontró la voz dijo:

—El cartel dice que sabe cocinar.

El hombre asintió, clavando a Candy con una mirada seria pero sin malicia.

—He hecho de cocinero en la Black Magic por cinco años. —Su voz era profunda como un barril y tenía un fuerte acento extranjero.

—¿De dónde viene?

—Caribe.

Henson le informó:

—Tienes que dirigirte a la Duquesa llamándola, Vuestra Gracia.

El pirata dirigió sus ojos negros primero a Henson, luego a Candy y sonrió, mostrando unos magníficos dientes blancos.

—Del caribe, Vuestra Gracia.

Candy estaba segura de querer contratarlo. Su sonrisa era sincera.

—¿Cómo se llama?

—Kallaloo. Sam Kallaloo

—Bien, señor Kallaloo, ¿Qué cosas sabe cocinar?

—Vuestra Gracia, llámeme Sam. Sam puede cocinar de todo. —Se irguió más aún, su rostro se mostraba tan orgulloso como el de Terry.

—¿A Vuestra Gracia le gusta la langosta? ¿Cangrejo? ¿Cocido de riñones?

Ella asintió, segura que el Duque y la alta sociedad amaban la langosta y el cangrejo.

—¿Qué es el cocido de riñones?

—Ustedes lo llaman estofado de riñones.

Candy se dijo que para ella estaba bien y recordó que a los ingleses les encantaba los riñ el pecho hacia delante, el hombre sonrió y aseguró:

— Sam Kallaloo cocina lo mejor para Vuestra Gracia. No hay hombre ni mujer que cocine mejor. Verá.

Candy lo encontró perfecto para Grandchester. Tenía la misma orgullosa seguridad que su marido.

—Quisiera contratarte. ¿Te gustaría cocinar para Grandchester House?

Él la miró y su sonrisa desapareció. Muy lentamente dijo:

—Magia.

Él sabía. Candy se quedó con la boca abierta. De cualquier modo, por algún motivo, ese hombre sabía quien era ella. Lo miró. Él sonrió.

—Magia buena, Vuestra Gracia.

Permanecieron mirándose con la expresión de quien sabe, juzgándose y aprobándose mutuamente.

—El señor Kállalo está muy bien —dijo Candy a Henson.

Este último dijo al nuevo cocinero:

—Hay un carro afuera, detrás de su gracia. Toma tus cosas y cárgalas. Partiremos pronto.

Sam preguntó:

—¿Vuestra Gracia, necesita otros servidores?

—Sí, un mayordomo. ¿Conoce alguno?

—El viejo Forbes. Mayordomo por cincuenta años. Patrón muerto. Echado fuera.

—Henson, Sam ha encontrado un mayordomo para nosotros.

Henson se enderezó la peluca y miró la plataforma.

—Parecen todos a punto de cortar nuestra garganta, Vuestra Gracia. ¿Cuál es Forbes?

Sam indicó un punto a su espalda.

Cerca de una tienda sucia, estaba un hombre pequeño, de cabellos blancos, mejillas sonrosadas y labios finos. Vestía una chaqueta de raso azul desgarrada y polvorienta y sus calzas parecían tan viejas como él. Las medias blancas estaban sucias, agujereadas y una descendía por la pierna. Los zapatos era uno distinto del otro, uno de raso blanco con la hebilla oxidada, el otro de cuero marrón, con el tacón un poco más alto, y parecían haber sido colocados en el pie equivocado. Los vidrios de los lentes tenían el espesor de un dedo, lo que agrandaba sus ojos celestes. El pobre hombre no tenía casa. A Candy no le importaba que se viera tan viejo como la Torre de Londres. Parecía que tenía más necesidad de ellos de cuanto ellos tuviesen necesidad de un mayordomo. Uilizando su mejor tono ducal, Candy dijo al agente:

—Contrataremos también a Forbes.

Terry subió la escalera de Grandchester House y encontró la puerta cerrada. Tocó. Nada. Tocó de nuevo. Nada.

Con expresión deprimida, retrocedió, pero su carruaje ya había desaparecido detrás de la esquina de la casa.

—¡Maldito diablo! —murmuró yendo adelante y atrás.

—Tiempo pésimo. Sin lacayo, sin camarero, sin mayordomo. Obligado a comer coles… ¡Coles! —Se estremeció con el recuerdo de la horrenda comida. Dio un paso atrás y miró en alto, esperando ver una señal de vida en casa. Nada.

Las ventanas estaban bordeadas de hielo y el aire de Londres, frío y húmedo penetraba a través de las distintas capas de su abrigo.

—Maldición, me estoy congelando. —Tocó otra vez. —¿Dónde diablos están todos? —Golpeó con el puño la puerta. El cerrojo se movió y la puerta se entreabrió. Un ojo viejo, arrugado, y sospechoso miró a Terry detrás de un espeso lente.

—¿Quién sois? —gritó fuerte el hombre, con un tono de batalla.

—Soy…

—¿Ah?

—He dicho que soy…

—¡Hable fuerte! No le escucho si murmura —gritó el viejo.

—He dicho que soy su gracia —gritó Terry a su vez.

—¿Qué le pasa a su tía?

—¡No mi tía, idiota! ¡ Su gracia!

—No está. —El hombre le cerró la puerta en la cara. Sobre el dintel, el escudo de armas de Grandchester lo miraba. Terry esperó, deseando que la puerta se abriera. Tocó otra vez. Se abrió unos pocos centímetros.

—Yo… soy… el Duque… de Grandchester, y… —dijo furioso, entre dientes.

—El Duque no necesita nada —y la puerta se cerró nuevamente.

Terry golpeó con el puño. Al quinto golpe la cerradura saltó y la puerta se abrió una rendija.

—¡Váyase o deberá responder al Duque en persona!

—¡Yo soy el Duque! —gritó Terry. Apretaba el puño tan fuerte que temblaba todo.

La puerta se cerró de nuevo. Terry lo veía todo rojo. Bajó la escalera y recorrió la avenida de los carruajes hasta la entrada de servicio. Abrió la puerta y se detuvo. En la cocina estaba el pirata Barbanegra.

Salió de nuevo, hizo dos profundas respiraciones y retornó.

—Ponle algo de lima en el coco. —La larga trenza del hombretón se meneaba de un lado al otro, mientras cantaba con una voz que parecía provenir de un cañón de tan profunda.

La mirada atónita de Terry pasó de la cabeza brillante del pirata a su arete —a esas alturas, necesitaba un brandy —y se detuvo en las manos sobre los cuencos. Éstaba exprimieron la lima, después el limón, entre sus grandes dedos. Mudo, Terry caminó en el amplio espacio que separaba la cocina y la despensa y subió la escalera, dirigiéndose hacia la persona responsable de todo, su mujer. La bruja.

—¡Oh, Terry! —exclamó Candy cuando lo vio. Corrió a su encuentro y le pasó las manos por los brazos y el pecho.

Él retrocedió y se quitó el abrigo.

—¡Sígueme! —ordenó con voz tan fría como el aire de Londres y caminó a grandes zancadas hacia el salón. —Has ido a la feria.

Ella lo siguió.

—Sí, pero…. Terry cerró la puerta de un golpe y retrocedió.

—Te había dicho que no fueras.

—Pero necesitábamos el personal y tú no estabas, así que pensé que, siendo la Duquesa de Grandchester, podría contratarlo yo.

—No me desobedezcas nunca más.

—Lo siento. —Viendo lo rojo que tenía el rostro le preguntó:

—¿Estás bien?

—¡No! ¡Estoy fuera de mí y estoy enloqueciendo!

—Pensaba que había ocurrido algo terrible —dijo Candy.

Con la cara rabiosa, él exclamó:

—¡Algo terrible ha sucedido: me he casado contigo!

Ella se quedó de piedra; se llevó las manos a la boca. Esas palabras eran tan crueles que la dejaron sin aliento.

Lo miró y huyó de su expresión fría, cerrando los ojos. Cuando los abrió, la habitación estaba velada por la niebla de sus lágrimas, la silueta confusa de su marido era la única cosa visible.

Candy abrió la puerta y corrió por la escalera. En el aire resonó el ruido de sus pequeños pies y de un sollozo.

Con una copa de brandy en la mano, Terry abrió la puerta del dormitorio mientras en el reloj sonaba la una. Controló el de bolsillo, costumbre que había adquirido desde que se había casado. Era de veras la una de la mañana.

Levantó la copa hacia los labios, pero interrumpió el gesto a la mitad. En su salita, cerca de los restos del fuego, vio una pequeña mesa con dos sillas, una frente a la otra. Se acercó, tratando de ignorar el apretón de estómago y bajó la mirada. Estaba preparada para dos, con los mejores cristales, porcelanas y platería de Grandchester House. Dos pequeños candelabros estaban colocados a los lados de un jarrón lleno de rosas rosa.

Terry cerró los ojos y respiró profundamente. Como arrastrado por una cadena, miró la puerta comunicante. Continuó mirándola, inmóvil, los ojos duros y vacíos, en la mente un barullo de pensamientos y algo más… una emoción.

A él no le gustaba esa emoción. Se podía dominar la rabia, esconder el dolor, el miedo y los celos. Había sido adiestrado para ello desde su más tierna infancia. Pero la sensación de la culpa era imposible de controlar.

Por toda la tarde y la noche había tratado de enojarse. La cólera habría sido justificada, considerando lo que había pasado en los últimos tiempos. En cambio, sólo veía el rostro afligido de su esposa, después que salieron de su boca esas crueles palabras. En otras ocasiones había dicho frases muy ásperas sin sentir remordimiento, porque a los cuales iban dirigidas, las merecían. Pero sabía dentro de sí que Candy no las había merecido.

Cualquier cosa que hubiese hecho, la había hecho sin malicia, con la inocencia de las buenas intenciones.

Pero todas las buenas intenciones del mundo no cambiaban el hecho que era una bruja y que tenía el poder de arruinar a ambos y el buen nombre de los Grandchester.

Terry se sentó y miró sin ver la maldita mesa. Rechinó los dientes ante otra sensación de culpa. Peor que las odiosas palabras que le había dicho a Candy y era la conciencia de cómo habría reaccionado ella en el caso de que hubiese sabido que quería mantenerla escondida. El Duque de Grandchester mantenía escondida a su esposa. ¡Qué nobleza del alma!

La cólera volvió, pero estaba dirigida hacia sí mismo. Apoyó la copa, se levantó, y se encaminó hacia la puerta comunicante y tomó la manivela. Luego se detuvo.

¿Qué podía decirle? ¿Lo siento por lo que dicho? ¿Lamento que tú seas una bruja? ¿No lamento haberme casado contigo? ¿Lo siento por mantenerte escondida? ¿Lo siento por ser un cretino?

Lo siento no era una expresión que surgía con facilidad de los labios del Duque de Grandvhester, especialmente cuando no estaba seguro por cual motivo tenía que disculparse.

Volvió atrás, vio la mesa pero se mantuvo lejos. Se sentó en el sillón de cuero, las manos entrelazadas detrás de la cabeza, los tobillos cruzados sobre el diván al frente y los ojos fijos en la escena pintada en el techo.

Miró la mesa pensando en su mujer, en su mirada sorprendida y tímida cuando se había encontrado apoyada en su pecho, en el brumoso bosque.

La recordó helada y medio muerta y recordó su propia frustración cuando había visto el paño congelado sobre su rostro extraño y bellísimo, el mismo rostro teñido por la luminiscencia sensual de la mujer saciada por él, la única persona en la que él había visto el amor inocente.

Cerró los ojos y se apoyó en el respaldo. Alargó el brazo para tomar la copa, pero su mano en cambio escogió tocar la suavidad de una rosa.

Candy se despertó en la oscuridad de su dormitorio; le quemaban los ojos por las lágrimas derramadas y tenía la garganta seca por los sollozos.

La esperanza que la había orientado hasta ahora, se había destrozado con las crueles palabras de su marido:

"Ha sucedido algo terrible: me he casado contigo" le había dicho.

Recomenzó a llorar y dejó que las lágrimas brotasen en un río de dolor por los sueños quebrados, la esperanza muerta.

Las marcas húmedas sobre su rostro testimoniaban que todos sus deseos pedidos a las estrellas del universo no podían hacer nacer el amor donde no lo había.

La nieve fresca que había caído sobre las calles adoquinadas y sobre las heladas veredas de la ciudad cesó a mitad de la mañana, cerca de una hora antes que Polly irrumpiese en la recámara de Candy diciendo que, por orden del Duque, debía vestirla y prepararla deprisa.

Con los ojos todavía enrojecidos por las lágrimas, Candy se sentó en la cama, tratando de encontrar la energía para levantarse.

En medio de la noche, cuando se había despertado por quinta vez, había pensado en su futuro. Y estaba segura que Terry la despediría lejos.

Así, una hora después, vestida con una capa color crema, manguito y sombrero de piel, bajó la escalera con el ánimo de un condenado a muerte.

Henson y Forbes la esperaban en la puerta de entrada. Henson se inclinó:

—Buenos días, Vuestra Gracia.

Forbes le dio un codazo y gritó:

—¿Cuál tía? —Luego hizo su reverencia mirando a Henson de soslayo.

—Buenos días Henson, Forbes. ¿Dónde está su gracia?

—¿Cuál desgracia? —gritó Forbes acomodándose los lentes.

Henson contestó:

—Os espera afuera, Vuestra Gracia.

Candy se encaminó hacia la puerta. Henson se aclaró la garganta.

—Por atrás, creo —El hombre se dirigió hacia una pequeña puerta vecina a la escalera.

—Yo la guiaré, Vuestra Gracia.

Ansiosa, Candy siguió al criado, descendiendo por la escalera que llevaba a la cocina. Sam, se movía con gran desenvoltura para ser un hombre que casi tocaba las vigas del techo con la cabeza.

—Corta las manzanas, muchachita —dijo riendo a una jovencita camarera. —Esta noche debemos hacer a sus gracias la mejor compota de fruta. —luego comenzó a cantar un motivo alegre sobre las manzanas del jardín del Edén.

La muchachita sonrió y comenzó a cortar al ritmo de la música.

La larga trenza de Sam oscilaba de un lado a otro mientras iba a supervisar una pierna de cordero asada. Candy siguió a Henson por unos pocos peldaños, después, el hombre abrió la puerta de servicio y ella salió con el estómago y la garganta apretados por la aprensión.

Apenas fuera, Candy no vio otra cosa que una niebla blanca y rogó por no dejar escapar sus lágrimas. También ella tenía su orgullo. Levantó la barbilla y trató de endurecer la mirada. Todo estaba cubierto de nieve, en aquel momento blanca, limpia y fresca.

Pero delante de la puerta del establo, vio un trineo negro y brillante, con Jem en el puesto del conductor y Terry de pie a su lado.

La Duquesa de Grandchester se quedó de una pieza, inconsciente de la felicidad que emanaba de su cara. Su marido tenía una expresión complacida. Ella se había esperado un regaño, una denuncia, una acusación. Había esperado que la hubiese mandado lejos. Nunca imaginó que uno de sus sueños más fantásticos se hiciese realidad.

Más que el trineo, más que las campanas colgando del cuello de los caballos, más que la conciencia de no ser enviada lejos, lo que le impactó fue el matiz contrito de la expresión de su marido.

—¿Tienes intención de permanecer ahí parada toda la mañana o quieres dar un paseo en trineo? —Terry abrió la portezuela.

Candy bajó los peldaños a la carrera y le tomó la mano. Terry la levantó en brazos y la posó en el asiento cubierto por una piel de cordero blanca.

Ella sintió que su corazón latía muy fuerte. Retuvo el aliento por un instante, luego se acomodó, arrebujándose en su capa. Un instante después, Terry estaba a su lado, con un brazo a lo largo del respaldo y las piernas al lado de las de ella.

—¿Lista?

Ella lo miró sin saber que su rostro irradiaba excitación, amor y alivio, y el marido la observó por un largo momento en silencio, pensativo, como si fuese a decir algo importante. Candy trató de leer en su mente, pero no lo logró.

—¿Dónde vamos, Vuestra Gracia? —le preguntó el conductor.

—Al parque —contestó Terry y le colocó una mano sobre un hombro.

Un golpe del látigo y el trineo se encaminó a través de la avenida cubierta de nieve.

CONTINUARA