No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Sarah J. Maas. Yo solo me divierto un poco.

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—Mort— dijo Bella, y el picaporte con forma de cráneo abrió un ojo.

—Es muy grosero despertar a alguien cuando está durmiendo— dijo él adormilado.

— ¿Hubieras preferido que te golpeara en la cara? — Él la fulminó con la mirada. —Necesito saber algo—sostuvo el amuleto. —Éste collar, ¿de verdad tiene poder?

—Por supuesto que lo tiene.

—Pero tiene mil años.

— ¿Y? — Mort bostezó. —Es mágico. Las cosas mágicas raramente envejecen como las cosas normales.

— ¿Y qué es lo que hace?

—Te protege, como Elizabeth dijo. Te protege de cualquier daño, aunque ciertamente a veces haces todo lo que puedes para meterte en problemas.

Bella abrió la puerta.

—Creo que sé lo que hace. Quizá sea solo coincidencia, pero el enigma fue redactado muy específicamente.

Quizá Vladimir había estado buscando la misma cosa que Elizabeth quería encontrar: la fuente de poder del rey. Éste podría ser el primer paso para descubrirlo.

—Probablemente estés equivocada— dijo Mort mientras caminaba. —Sólo te lo advierto.

Ella no escuchó. Se dirigió hacia el ojo hueco que estaba en la pared y se puso de puntillas para ver a través. La pared del otro lado estaba todavía en blanco. Desabrochando su collar Bella cuidadosamente levantó el amuleto al ojo y...

Encajó. Más o menos. La respiración se le quedó atascada en la garganta, y Bella se apoyó contra el agujero, mirando atentamente a través de las delicadas bandas doradas. Nada, ningún cambio en la pared o en la gigante marca del Wyrd. Puso su collar hacia abajo, pero era lo mismo. Lo intentó de cada lado, hacia atrás, inclinado, pero nada. Solo la estaba la misma pared blanca iluminada por un rayo de luz de luna proveniente de alguna ventila de arriba. Se empujó contra la piedra, tratando de sentir alguna puerta, algún panel movible.

— ¡Pero es el ojo de Elizabeth! ¡Es con el único ojo que puede ver bien! ¿Qué otro ojo hay?

—Podrías arrancar tu ojo y ver si cabe— cantó Mort desde la puerta.

— ¿Por qué no funciona? ¿Será que necesito decir algún hechizo? — Miró en el sarcófago de la reina. Quizá el hechizo podría desencadenarse por palabras antiguas, palabras justo debajo de su nariz. ¿No era así como estas cosas pasaban? Ella reinstalo el amuleto en la piedra. — ¡Ah! — dijo ella al aire de la noche, recitando las palabras grabadas a los pies de Elizabeth. — ¡Un periodo de tiempo! — Pero nada pasó.

Mort se rió. Ella cogió el amuleto fuera de la pared.

— ¡Oh, odio esto! ¡Odio ésta estúpida tumba, y odio estos estúpidos enigmas y misterios! — Bien, bien Rosalie tenía razón en que el amuleto era un callejón sin salida. Y ella era una amiga horrible, miserable por ser tan desconfiada e impaciente.

Te dije que no funcionaría.

— ¿Entonces qué funcionará? Aquel enigma hace referencia a algo en esta tumba detrás de ese muro, ¿verdad?

—Sí. Pero aún no has hecho la pregunta adecuada.

— ¡Te he hecho docena de preguntas! ¡Y tú no me das ninguna respuesta!

—Vuelve a intentar…—comenzó, pero Bella ya estaba acechando las escaleras.

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Bella estaba parada en el borde de un barranco, un frío viento del norte agitaba su cabello. Tenía este sueño antes; Esta configuración de siempre, siempre esta noche del año.

Detrás de ella se inclinaba una planicie rocosa gastada, y ante ella se extendía un abismo tan largo que desaparecía en el horizonte estrellado. Por el barranco había un bosque exuberante, oscuro, susurrando, con vida.

Y en la hierba del otro lado estaba parado el ciervo blanco, mirándola con ojos antiguos. Su enorme cornamenta brillaba a la luz de la luna, él retorciéndose en el marfil de gloria, tal como ella recordaba. Había estado en una noche de frío, ella lo descubrió a través de los barrotes de su carreta de prisión en el camino a Endovier, un atisbo de un mundo antes de que fuera quemado a cenizas.

Ellos se miraban en silencio.

Dio medio paso cerca del borde, pero los guijarros sueltos corrían libres, cayendo por el barranco. No existía un final a la oscuridad en ese barranco. Sin fin y sin principio tampoco. Parecía respirar, pulsando con susurros las memorias desvanecidas, rostros olvidados.

A veces, se sentía como si la oscuridad estuviera detrás de ella, mirándola fijamente, y la cara que poseía fuese la de ella.

Debajo de la oscuridad, ella pudo haber jurado que oyó el murmullo de un río medio congelado con la nieve derretida de Staghorns. Un destello de color blanco, el ruido sordo de los cascos en la tierra blanda, y Bella miró por el barranco. El ciervo se había acercado, su cabeza ahora se encontraba inclinada como si la estuviera invitando a unírsele.

Pero el barranco parecía más grande, como si fueran fauces abiertas de una bestia gigante tratando de devorar el mundo.

Bella no cruzó, y el ciervo se dio la vuelta, sus pasos casi silenciosos al ir desapareciendo entre los árboles enredados del bosque eterno.

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Bella despertó la oscuridad. El fuego no era más que cenizas y la luna se había puesto. Estudió el techo, las tenues sombras eran causadas por las luces de la ciudad en la distancia. Siempre era el mismo sueño, siempre esta noche.

Como si ella pudiera olvidar el día cuando todo lo que ella amaba le había sido arrebatado, ella despertaría cubierta en sangre que no era suya.

Salió de la cama, Ligera saltó hacia abajo a su lado. Caminó unos cuantos pasos, luego se detuvo en el centro del cuarto, mirando en la oscuridad, el barranco sin fin seguía llamándola. Ligera acarició sus piernas desnudas, y Bella se agachó para acariciar la cabeza del perro.

Allí permanecieron un momento, mirando fijamente la oscuridad interminable.

Bella dejó el castillo antes de amanecer.

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Cuando Bella no se encontró con Jacob en la puerta del cuartel aquel amanecer, él le dio diez minutos antes de buscar en los cuartos. Ella no sentía ganas de salir con el frio de afuera, pero eso no era excusa para que se relajara en su entrenamiento. Sin mencionar que él estaba particularmente interesado en escuchar la historia acerca de cómo ella había robado una yegua Asterión al rey de Xandria. Él sonrió al pensarlo, moviendo su cabeza. Solo Bella tenía el coraje para hacer algo como eso.

Su sonrisa se desdibujó cuando llegó a su despacho y encontró a Rosalie sentada en la pequeña mesa del vestíbulo, una humeante taza de té delante de ella.

Allí se encontraban algunos libros apilados frente a la princesa, ella miró hacia alguno de ellos al mismo tiempo que él entraba. Jacob hizo una reverencia. La princesa solo dijo.

—Ella no está aquí.

La puerta del dormitorio de Bella estaba abierta lo suficiente para revelar que la cama estaba vacía y hecha.

— ¿Dónde está ella?

Los ojos de Rosalie se suavizaron y tomó una nota que estaba sobre los libros.

—Se ha tomado el día— dijo ella, leyendo la nota antes de ponerla abajo. —Si tuviera que adivinar, diría que ella está lo más lejos posible de la ciudad, puede tomarse la mitad del día en el viaje.

— ¿Por qué?

Rosalie sonrió con tristeza.

—Porque hoy es el décimo aniversario de la muerte de sus padres.

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Está bien, solo un capítulo más :3 es que he estado muy perdida y ustedes han sido muy pacientes :3 no olviden dejar su comentario.

¡Nos leemos pronto!