EN BUSCA DE LA FELICIDAD
CAPITULO XVIII
David se encontraba en el despacho de Albert como león enjaulado, caminando de un lado a otro "¿Cómo era posible que se hubiera dejado convencer?"… Ahh si, por su hermana, ella lo había convencido de recibira ese señor y no sabía que él no quería hacerlo… hasta que ella le contó lo sucedido con Edward, no podía creerlo él nunca se dio cuenta de nada, había sido un tonto en no sospechar por qué de pronto Dorothy ya no quería vivir con ellos y por qué había decidido trabajar siendo prácticamente una niña…, ahora lo comprendía todo más claramente, solo por eso había decidido conocer a su "padre"… solo por eso, aunque en el fondo también quería hacerlo y no por interés, sino porque siempre se preguntó si realmente era tan idiota como lo describía Edward, aunque ya dudaba de él, al saber la fechoría que había tratado de cometer.
-¿Te encuentras bien David? – Preguntó dudoso Albert.
-Sí, señor Andrew. – Contestó simplemente.
-Ya te dije que me digas Albert.
-Lo siento, es la costumbre… Albert. – Dijo sintiéndose incómodo.
En eso tocaron a la puerta y la mandíbula del muchacho se tensó de pronto y sus facciones se endurecían como preparándose para un papel.
-Adelante. – Dijo Albert.
-Buen día señor William. – Dijo tranquilamente Miles. – El señor Harold Simmons está esperándolo. – Albert volteó a ver a David como preguntando si podía dejarlo pasar, David asintió.
-Hazlo pasar, por favor Miles. – El mayordomo se retiró con una reverencia, cerrando la puerta tras sí, la cual se abrió un poco después dejando entrar a un hombre con el pelo cano, de tez blanca, alto y aún fuerte, con la mirada azul profunda, tenía el rostro algo compungido. Se encontraba nervioso, pero desprendía una seguridad que los demás admiraban.
-Adelante Harold. – Dijo Albert tratando de romper ese ambiente tenso que se había formado en el lugar.
-Buenas tardes Albert… David. – Dijo amablemente sin embargo David no contestó, solo lo veía examinándolo detenidamente, efectivamente el parecido era asombroso, tenían la misma estatura y complexión a pesar del pelo cano se podía apreciar su similitud, salvo los ojos azules eran diferentes a los de él, las facciones eran idénticas a las de él, observar a su padre era como observarse a sí mismo ante un espejo, un espejo que le mostraba su futuro, un futuro que ante sus ojos había sido incierto para él muchas veces. Harold fue el primero que decidió romper el silencio.
-David, hijo…
-No me llame así, solo llámeme David. – Harold estaba asombrado al igual que David por su parecido con él, incluso su primer hijo tenía más parecido a su difunta esposa, pero cuando lo escuchó hablar era como escucharse a sí mismo de joven.
-Sé que no tengo derecho a llamarte hijo, sin embargo, creo que tengo el derecho de contarte mi historia. – David iba a responder, pero Albert intervino.
-David, Harold ha solicitado hablar con ustedes, sin embargo, decidimos que fueras tú el primero en hablar con él y que decidieras, si Dorothy podría hablar con él.
-Dorothy me pidió hablar con él, es por eso que accedí, por eso y por lo que me comentó sobre el señor Jones. – David ya no lo mencionaba como su padre, ahora era el señor Jones, todos los años de respeto y admiración que sintió por él se habían venido abajo, dejándolo vulnerable y con la guardia baja, lo cual había ocasionado que hablara con su verdadero padre.
-Bien. – Dijo Albert. – Yo me retiro para que puedan hablar a solas.
-¡NO! – Dijo David apurado. – Me sentiría mejor si usted se queda señor… digo Albert. – Albert asintió y volteó a ver a Harold para ver si estaba de acuerdo. Harold asintió estando de acuerdo.
-Por mí no hay ningún problema. – Dijo Albert quien se quedaba en su posición esperando que alguno de los dos iniciara la conversación.
-David, sé que no soy quien para llamarte hijo, no me lo he ganado, sin embargo lo soy, y quiero que sepas que estoy aquí para ustedes.
-¿No se le hace que ya es muy tarde para eso? – Dijo sarcásticamente.
-Tal vez, pero quiero que sepas que yo siempre traté de estar con ustedes.
-Eso no fue lo que me contaron…
-Lo sé, sé que tienes solo una versión de la historia.
-Señor Simmons, no solo acepté hablar con usted por Dorothy, sino porque la única versión que conozco de usted era por el señor Jones… mi madre nunca se atrevió a hablar bien o mal de usted, y ahora que sé lo que ese infeliz intentó con mi hermana no confío en sus palabras.
-Te agradezco la oportunidad de dejarme hablar. – La mirada de David era dura, reacia, incapaz de demostrar algún tipo de afecto hacía él.
Una vez más Harold Simmons relataba su historia desde el punto de vista de él, desde que conoció a Helen, hasta que dejó de verla ya casada con Edward. En ningún momento fue interrumpido por David, quien escuchaba atento estudiando cada una de sus facciones y reacciones, intentando encontrar algo que demostrara que estaba mintiendo, sin embargo todo parecía indicar que lo que decía ese hombre era verdad, pensando que tampoco había sido del todo su culpa, hasta cierto punto lo entendía. Sabía que la sociedad no le hubiera permitido casarse con una mujer humilde y sencilla como su madre y menos veinte años atrás, las cosas habían cambiado un poco pero no lo suficiente.
Al terminar su relato la mirada de David era de comprensión, sin embargo el tiempo que había pasado no se borraría con una simple explicación.
-Debo reconocer señor Simmons, que no fue su culpa del todo, sin embargo tampoco espere mi amor o el de mi hermana solo por el hecho de haber hablado con usted…
-Lo sé muy bien David.
-Déjeme continuar, por favor… -Harold asintió. – Toda nuestra vida pasamos privaciones, mi madre trabajaba muy duro para mantenernos y cuando se casó con Edward las cosas mejoraban por temporadas, ahora sé que era por el dinero que le pedía a usted, pero ese dinero duraba cuando mucho una semana, ya que Edward se lo tomaba, teniendo mi madre que guardar algo para las siguientes semanas, él decía que se merecía distraerse por haber trabajado tanto para conseguir ese dinero, pero la verdad nunca nos enteramos en que trabajaba. Yo pensaba que era un buen hombre, eso querían ver mis ojos.
-David… - Dijo Albert.
-Siento que las cosas resultaran como resultaron, aunque sé que usted no hubiera podido reconocernos.
-Te equivocas David… - Dijo Harold serio. – Es verdad que en ese tiempo tenía miedo de hacer sufrir a mi esposa, Adelle era muy noble y buena, y antes de morir ella sabía de su existencia, aunque eran unos gemelos que no eran ustedes, los cuales había llevado Edward a mi presencia, ella se dio cuenta y me dijo que sería bueno que yo les diera mi apellido, hablé con Edward, por ser el responsable de ustedes y él me dijo que hablaría con Helen, poco después mi esposa y mi hijo fallecieron en ese accidente y tu padre llegó diciendo que tu madre no aceptaría limosnas para sus hijos, que yo ya los había perdido y que nunca llevarían mi apellido. Yo caí en una fuerte depresión que me mantuvo enclaustrado en mi mansión por muchos años, convirtiéndome poco a poco en el viejo señor Simmons, que solo veía a sus otros "hijos" unas cuantas horas, cuando llegaban por dinero, hasta que descubrí que ellos tenía sus propios padres y que habían sido contratados por Edward para poder beneficiarse con mi dinero.
David no podía creer que el hombre que había admirado tanto tiempo hubiera hecho algo así, pero al saber lo de Dorothy ya no le extrañaba nada, además él sabía que Edward siempre estaba con un gemelo que según era hijo de un amigo de él y tenía también una hermana, ambos con el color de pelo castaño como su madre, más nunca se imaginó el tipo de negocios que tenían entre ellos.
-David, yo no espero tu amor como hijo, tampoco quisiera que me odiaras, lo único que me gustaría es que me dejaras conocerte y que me permitas hablar con tu hermana, y que también ella decida si me dan una oportunidad.
-Señor Simmons, yo no puedo decidir sobre lo que hará Dorothy, ella me pidió hablar con usted y ahora le agradezco, porque solo así pude conocer el lado de su historia y me reconforta saber que no fue del todo su culpa como siempre creí.
-¿Entonces estás de acuerdo en permitirme conocerte?
-Si usted está interesado en conocerme, aquí estoy…
-Gracias. – Dijo Harold emocionado, David extendió su mano, pero él lo jaló a sus brazos abrazándolo, mientras una lágrima recorría sus mejillas conmovido por tenerlo en sus brazos. David sintió algo muy extraño en su corazón, era un sentimiento desconocido que se alojaba en su pecho, el cual lo hacía sentir un nudo en su garganta y le impedía hablar, pero negándose un poco a corresponder a ese abrazo, solo que él latir de su corazón se aceleraba y se fue calmando cuando correspondió al abrazo y comenzó a sollozar.
-¡Hijo! – Dijo Harold recordando a su difunta esposa y su hijo que seguramente estarían felices de ver esa escena.
Albert se acercó a ambos y palmeó a los dos en sus hombros, feliz y conmovido de ver esa reconciliación, ahora faltaba otra que él creía sería mucho más emotiva.
Harold se sintió de pronto mareado, la emoción vivida le había pasado factura.
-Padre ¿Te encuentras bien? – Preguntó David realmente preocupado, sin darse cuenta como lo llamó.
-Estoy bien hijo, solo es la emoción del momento.
-De todas formas es mejor llamar al médico. – Dijo Albert y David asintió.
-No te preocupes William, solo que para hablar con Dorothy tendré que esperar un poco más.
-No te preocupes padre, yo puedo hablar con ella. – Dijo David aún preocupado, era un muchacho noble escondido en una dura coraza.
-No, no es necesario gracias, pero también quiero hablar directamente con ella, darle la oportunidad de juzgarme y perdonarme o… condenarme… - Dijo tristemente.
-Dorothy es la más noble de los dos, ella también te entenderá.
Harold se levantó con cuidado y se apoyó en el hombro de David, quien lo sostuvo con firmeza.
-Albert, será mejor que yo lo acompañe a su casa. – Dijo David decidido.
-Claro, así estaremos más tranquilos.
El viejo Harold había llegado en su viejo carruaje, que si bien era guiado por un cochero nadie iba dentro con él, así David se adentró con él, con sus ropas humildes y sus zapatos desgastados nunca se había subido a un carro tan cómodo y elegante, sintió de pronto vergüenza por su apariencia, cosa que nunca le había importado, pero de pronto sintió la necesidad de aclarar que no había aceptado por interés.
-Padre…- Dijo apenado, Harold comprendió de inmediato el porqué de su actitud, lo vio al momento que observó el carruaje y se fijó en él mismo.
-No tienes por qué sentir vergüenza, al contrario siéntete orgulloso de quien eres y lo que has logrado, casi no hay oportunidades para gente humilde y eso no es tu culpa. ¿Quisieras estudiar alguna carrera?
-Padre… yo no estoy aquí por interés.
-Lo sé, se nota en tu actitud, en tu temple, eres honesto, sencillo y noble… y eso… eso me llena de orgullo, sin embargo soy yo el que quiere hacer algo por ti… eres inteligente y con estudio podrías abrirte paso más fácil en la vida, permíteme ayudarte con eso.
David lo escuchaba asombrado, él no le había pedido nada de hecho no quería nada de él solo conocerlo, aunque siempre había querido estudiar para así sacar adelante a su madre, ese era su sueño de pequeño pero desafortunadamente no había podido ser, no sabía si aceptar o no.
-Padre, la verdad yo no estoy aquí para pedirte algo, yo sólo quiero tener la oportunidad de conocerte, saber cómo eres, saber de dónde vengo, ya que no nos parecemos mucho a mi madre.
-Eso definitivamente lo harás, conocerás a tu padre, tanto el lado bueno, como el lado terco y el malo si lo tengo, pero… ¿No te gustaría aprender más de los libros? ¿Tener acceso a más información, para que hagas un mejor futuro?
-Te mentiría si te dijera que no.
-David ¿Sabes leer? –Preguntó con temor de ofenderlo.
-Sí, Dorothy y yo íbamos a escondidas a la parroquia del pueblo y el padre Norberto nos enseñaba a escondidas de Edward, él decía que eso no nos ayudaría, gracias al padre aprendimos y me enseñó el gusto por la lectura.
-Me parece muy bien, por ahí podemos comenzar.
-¿Comenzar?
-Puedes venir a mi casa por las tardes para que yo mismo te enseñe lo que debes saber. – Harold quería decirle que se quedara a vivir con él, pero sentía que lo estaría presionando y él sabía que era un cambio muy drástico para David.
-Pero tu salud…
-Yo estoy bien hijo, fue la emoción de que me permitieras poder conocerte y de que me llamaras padre.
David aceptó ir con su padre todas las tardes, quería aprender y el hacerlo no lo convertía en un interesado ¿O sí? Solo le iba a enseñar lo que él sabía, no iba a recibir ningún centavo. Lo que David no sabía era que Harold había preparado todo lo necesario para que Dorothy y él llevaran su apellido, en cuanto ellos lo aceptaran, serían David y Dorothy Simmons, hijos de una de las familias más importantes de Lakewood, quien pronto se unirían a los Andrew.
La semana a pesar de haberse extrañado había pasado muy rápido, Candy todos los días se despertaba para alimentar a su rubio, pero había decidido ese día darle una pequeña sorpresa. Anthony se despidió de ella amorosamente como siempre, prometiendo él volver lo más pronto posible, para así alistar todo y poder salir rumbo a Lakewood, junto con sus primos y amigas. A Anthony le extrañó que ese día Candy no hubiera preparado su almuerzo para medio día, pensando que no había tenido tiempo de prepararlo, era algo que si bien él no le exigía Candy lo hacía por iniciativa propia y ya lo había acostumbrado.
Al llegar al hospital, rápidamente se integró a las clases, ese día tendrían una clase junto al otro grupo y tendrían una breve evaluación para saber si habían aprendido algo a lo largo de la semana, la mayoría lucía nervioso y ansioso, pero nuestro rubio estaba tranquilo, confiaba en sus conocimientos y eso provocó que una de las doctoras de otro grupo se acercara a él utilizando de pretexto los nervios que sentía.
-Hola, buenos días.
-Buenos días. – Contestó amablemente Anthony.
-¿Tú eres…?
-Anthony Brower.
-¿Eres del intercambio? No te había visto antes.
-Así es, vengo de Inglaterra.
-Ya veo… - Iba a seguir con su charla, cuando el maestro que aplicaría el examen llegó.
-Jóvenes, adelante. – Todos acudieron al llamado ordenadamente, incluso Florencia, quien no tuvo ni tiempo de presentarse con el rubio adecuadamente y por más esfuerzos que hizo para quedar a su lado, los compañeros del joven Brower lo acapararon para sentarse a su lado, quedándose así muy apartada de él.
Florencia era una joven muy poco agraciada de rostro, pero al tener un cuerpo hermoso atraía la mirada de los hombres a su paso a pesar del uniforme blanco que usaba, era de tez morena, alta, cabello negro y ojos del mismo color, tenía el autoestima bastante alta y por ello creía que podía tener al hombre que quisiera, por ello se había empeñado en conocer a ese joven médico que contrario a los demás no había tenido ningún intento por acercarse a ella en lo más mínimo, a diferencia de los otros, Anthony no había reparado en su presencia en la otra clase, para él solo eran sus compañeros hombres o mujeres y aunque las damas merecían un trato especial por parte de él por la educación que había recibido, él no veía a ninguna joven ya fuera médico o enfermera de forma especial.
Anthony estaba ajeno a las miradas de esta chica, él se concentró en el examen y terminó tranquilamente entregando así primero que nadie su evaluación disponiéndose a salir del salón donde los habían evaluado. Al salir las jóvenes enfermeras se alborotaron cual pájaros en jaula con solo verlo pasar.
-Buenas tardes doctor. – Hablaron con coquetería en cada saludo, el cual Anthony se limitaba a responder amablemente, él sabía de las intenciones en esas palabras, sin embargo no seguía el juego de nadie, ya estaba acostumbrado a ello, pero no por eso se aprovechaba de la situación.
Faltaba poco para la hora de la comida y ya empezaba a sentir los estragos del hambre.
-Doctor Brower. – Anthony volteó ante ese llamado encontrándose con la morena pelinegra quien le regalaba una amplia sonrisa.
-Dígame doctora…
-Florencia… Florencia Chapman… - Le dijo coquetamente.
-Mucho gusto Doctora Chapman.
La morena comenzó a hablar sobre el examen y lo hambrienta que la había dejado, Anthony escuchaba como caballero que era, pero algo le incomodaba de esa mujer.
Candy había preparado todo lo necesario para llevar la comida a su príncipe, había decidido darle una sorpresa y se esmeró en su arreglo para agradarlo más, colocó todo en una pequeña canasta, se puso un vestido rojo que era amarrado en moños a manera de tirantes, se colocó un poco de brillo y con el rubor que el embarazo le proporcionaba era más que suficiente, se soltó el cabello y lo adornó con un simple broche recogiéndolo solo en un lado, definitivamente el embarazo le había sentado muy bien y se veía realmente hermosa, se miraba al espejo como buscando el más mínimo detalle para arreglarlo, no era presumida, sin embargo al notar anteriormente con su visita al hospital como llamaba la atención el rubio se sentía un poco menos y quería que su rubio sintiera orgulloso de ella. Se colocó unos zapatos de tacón medio y se miró de lado ante el espejo, poniendo su mano en su vientre el cual aún era bastante plano, tocó su sortija de matrimonio y se dispuso a salir. Dudó un poco si tomar un coche o irse caminando, pero pensó que en su estado era mejor no esforzarse a pesar de sentirse bien. El cochero preguntó la dirección con una sonrisa al ver a tan hermosa señorita que le hacía la parada, al verla que llevaba una cesta se bajó caballerosamente a ayudarla para que no batallara al subirse.
Una vez que llegó al hospital de la misma forma fue tratada, como una verdadera dama, Candy se reía divertida por como la trataba el cochero, era un hombre ya entrado en años, bien podría ser su abuelo, pero aun así el señor era un caballero. Una vez dentro del hospital comenzó a buscar a dueño de sus sueños, no sabía por qué lado pudiera estar y al solo ver a sus antiguas compañeras dudaba en pedirles indicaciones.
Anthony seguía sin comprender el motivo de la plática de la doctora Chapman, quien lo tenía más que aburrido mientras caminaban por el interminable corredor, quería huir de ahí e irse a comer solo, ya que no estaba a gusto con el constante coqueteo de esa mujer, estaba por decirle que era un hombre casado, cuando en eso sus ojos se posaron a la entrada del hospital, observando la más bella imagen ante sus ojos, una hermosa rubia que miraba buscando a alguien, el cual suponía era él, sus ojos se iluminaron cuando ella como llamada por su amado detectó esos hermosos ojos azules que la miraban hipnotizados al recibir la más maravillosa de las sorpresas, ignorando todo a su alrededor, solo atinando a disculparse tontamente ante la parlanchina mujer quien no creía que era abandonada tan abruptamente. Anthony se dirigió a un paso apresurado para reunirse con su amada quien lo esperaba con una amplia sonrisa, sus ojos brillaban y sus labios lo invitaban a perderse en ellos, la miraba de arriba hacia abajo deleitándose con tan maravillosa vista, por fin termino ese largo camino para abrazarla gustoso de verla ahí buscándolo, las enfermeras los miraban un poco menos sorprendidas ya que anteriormente habían visto al guapo médico con su ex compañera, así que solo se limitaron a observar la romántica escena, mientras la doctora Chapman se retiraba ofendida.
-Princesa que agradable sorpresa. – Le decía mientras la tomaba por la cintura y se escondía en su cuello, aspirando ese olor a rosas que lo tenía cautivado. Candy en cambio se refugiaba en su pecho buscando su aroma natural entre tanto olor a medicina, no le molestaba en absoluto a pesar de sentir un leve mareo cada que lo aspiraba, sabía que era normal por el embarazo.
-Qué bueno que te agradó mi sorpresa. –Le dijo sonriente.
-¿Agradarme? Estoy feliz amor, gracias. – Le decía emocionado.
-Te traje el almuerzo. – Dijo con su sonrisa de enamorada.
-No te hubieras molestado amor, puedo comer en el comedor del hospital, con solo verte ya es suficiente para mí.
-¿De verdad crees que te dejaré comer ahí?
-¿Tan malo es? – Preguntó divertido.
-Con decirte que comparado conmigo, yo soy una profesional. –Dijo divertida.
-Para mí, eres la mejor cocinera porque todo lo haces con amor. – Le dijo al oído mientras la abrazaba una vez más. – Candy se sonrojó al instante.
-Ven vamos, te llevaré a un lugar que solo yo conozco, así podemos comer a gusto.
-Vamos. – Anthony la tomó de la mano y se dejó guiar por su hermosa esposa, mientras las liberaba de su carga como todo un caballero, llegaron a la parte trasera del hospital, cerca de un pequeño estanque, un lugar que había quedado en el olvido por estar un poco alejado de los cuartos de los pacientes, pero que ofrecía una hermosa y tranquila vista. Anthony quedó maravillado al ver que su dulce esposa empezaba a preparar un "día de campo" solo para ellos dos en cuestión de minutos, tenía cerca de hora y media para comer, así que debían aprovecharla.
-¿Qué te parece el lugar mi príncipe? – Le dijo emocionada.
-Es muy bonito princesa, pero no tanto como tú. – Candy se sonrojó emocionada, adoraba sentirse así con cada halago que le hacía su marido.
-Aquí solía venir cuando quería pensar.
-¿Cuándo estabas triste? – Candy sonrió al ver la cara de ternura con la que la observaba.
-No, simplemente cuando Mary Jane me retaba y quería pensar si lo que había hecho era lo correcto.
-Entonces, por lo que me has dicho venías muy seguido. –Le dijo divertido.
-¡Anthony! – Gritó Candy divertida pero haciendo un puchero para que su rubio la mimara y la atendiera, para ella eso era divertido, amaba ver como la trataba, tan dulce, tan tierno, de una forma que sólo el podía hacerlo, la besó suavemente en la mejilla abrazándola por la espalda, uniendo su cuerpo al de ella disfrutando su contacto. – Anthony… - Volvió a decir, solo que ahora en un susurro que lo invitaba a explorar lo prohibido besando dulcemente el lóbulo de su oreja, pasando después por su cuello perdiéndose por un momento en esa maravillosa sensación que lo atrapaba una vez más.
-Te amo. – Le susurró al oído.
-¿Mucho? – Le preguntó Candy con una sonrisa, iniciado así ese juego del cual ya eran ambos partícipes.
-Mucho, mucho, mucho… - Le decía mientras repartía cortos besos por su cuello.
Candy adoraba escuchar su voz cuando le hablaba al oído, se transformaba en un sexy susurro que le hacía cerrar los ojos y centrarse en ella. Ambos rubios comenzaron a degustar lo preparado por ella, habiendo llevado un poco de pastel de chocolate como postre, ese no lo había preparado ella, sin embargo sabía que también era uno de los favoritos de su amado y definitivamente era el favorito de ella. Candy como todos los días se había esmerado en prepararle una deliciosa y sana comida, y con la práctica iba cometiendo menos errores, pero aún no horneaba un pastel por sí sola, aunque sabía hornear pan, los postres dulces era una costumbre comprarlos en su pastelería favorita, la cual estaba cerca de su domicilio.
Anthony la veía perdido en sus pensamientos disfrutando de la imagen que le ofrecía la hermosa rubia.
-¿Qué sucede? – Le preguntó.
-Nada, solo observo a mi esposa. – Le respondió enamorado. -¿Te molesta? –Candy negó con un movimiento de cabeza. – Te ves hermosa. – Le dijo tomándola de la mano y besándola, esto provocó ciertas cosquillas en la rubia, por lo visto el esfuerzo que había tenido en su arreglo personal no había sido en vano.
-Te amo mi príncipe. – Le dijo en un susurro.
-Yo te amo más princesa… los amo a los dos. – Dijo acercándose a su vientre luego de asegurarse que nadie los veía, se acercó a sus labios y la besó apasionadamente, tratando de calmar un poco el fuego que lo quemaba dentro al estar junto a ella. - ¿Estás lista para mañana? – Preguntó un poco dudoso.
-Sí, he acomodado un poco de nuestra ropa, además solo serán dos días. – Anthony estaba serio. - ¿Tú no estás listo? –Preguntó preocupada.
-No es eso amor, pero no sé cómo nos recibirá Albert.
-Albert es una buena persona Anthony, es muy parecido a ti. –Anthony la vio con curiosidad. – Ambos son nobles y justos.
-Eso creía yo princesa, pero después de como reaccionó con lo de Griselda.
-No lo juzgues tan duro, tal vez solo tenía miedo, recuerda que el ser el patriarca de los Andrew no debe ser sencillo.
-Yo lo sé mi amor, por eso mismo hay que comprobar primero ambos lados.
-Tienes razón, pero ya mañana hablaremos con él y así podremos arreglar este asunto, recuerda que tú también te robaste a su hija… -Dijo Candy con cierto tono de coquetería que hizo que Anthony sonriera de la misma forma, tomándola por sorpresa de la cintura colocándose cuidadosamente encima de ella, emitiendo Candy un leve grito de sorpresa y emoción.
-Y lo volvería a hacer cien veces, si se presentara todo de la misma manera. – Le dijo cerca de sus labios antes de besarla, el beso era tierno y húmedo pero lleno de sentimientos queriéndose desbordar en ese preciso momento, pero la hora los volvía a la realidad dejando inconcluso tan romántico encuentro.
-Creo que no fue tan buena idea traerte el almuerzo. –Dijo Candy pícaramente.
-Te equivocas preciosa, fue lo mejor que pudiste haber hecho. – Le dijo dándole un último beso y levantándose para ayudarla a guardar todo. La ayudó a pedir un coche y estar seguro que llegaría a salvo a casa.
-Te veo un rato más mi princesa.
-Hasta más tarde amor.
-¡Te amo! – Dijo en un grito.
-¡Y yo a ti! – Respondió a la distancia.
Todo era oficial, la humilde enfermera era la novia de aquel guapo y distinguido médico, los que estaban presentes y habían escuchado todo se encargaron de esparcir el chisme por todo el hospital, llegando rápidamente a los oídos de la mal humorada Florencia Chapman, que aún no se le quietaba el enojo de su cabeza al haber sido ignorada por según ella una mujer tan insignificante.
Continuará…
Hola hermosas! cómo están? Muchísimas gracias por sus bendiciones para con mi familia, agradezco en el alma sus buenos deseos y espero Dios les regrese sus deseos multiplicados, espero que hayan pasado una excelente Navidad y que todo haya salido bien, gracias a Dios nosotros lo pasamos muy bien, tranquilos y juntos en familia que es lo importante celebrando el nacimiento de nuestro señor.
Cómo ven con este guerito...? sin ser coqueto llama la atención de las mujeres por donde camina, imagínense que lo conocieran en su trato y que él fuera coqueto! nombre! sería un peligro para la sociedad femenina jajajaja lo bueno que él no se preocupa mucho por las atenciones recibidas acostumbrado a eso desde pequeño y que la pecas siempre lo tiene cautivado... eso e algo innegable en ellos... Candy y su Anthony... muy cierto eso...
Espero que les haya gustado el capitulo y que lo hayan disfrutado mucho, yo me despido y espero sus comentarios así como los mensajes en privado, un fuerte abrazo para cada una de ustedes que me leen a la distancia.
Los personajes de Candy Candy no me pertenecen, solo los tome un poco prestados para hacer volar un poco mi imaginación y regalarles una historia creo yo diferente y espero entretenida, es una historia no apta para menores de edad y es sin fines de lucro, solamente lo hago por diversión y amor a Anthony...
Saludos!
