Giorno terminó de atarse las botas y salió corriendo hacia la puerta de la mansión. Antes de que pudiese alcanzar su objetivo, una voz grave lo detuvo.

- Ningún hijo mío va a salir así de casa.

Giorno frunció el ceño ante la advertencia y bajó la mirada hacia sus pantalones ceñidos y la camisa a topos que le había prestado Bucciarati.

Dio bajó las escaleras con parsimonia.

- Ponte un poco de purpurina al menos.

Giorno sonrió. Su padre biológico era un vampiro un tanto extravagante, pero no guardaba malas intenciones. O, más bien, sus propósitos malévolos no involucraban a su hijo adolescente.

Dio había rechazado por completo la idea de tener descendencia hasta el momento en el que Giorno le sostuvo la mirada por primera vez. Al reconocer en él su ambición y sufrimiento, se deshizo por completo. Lo que significa que mantuvo la compostura y no dio señales de conmoverse, pero dejó entrever en sus conversaciones con Pucci la culpa que sentía por haber dejado a Giorno en manos de su padrastro.

Bucciarati, que estaba más que preparado para pegarle la paliza de su vida por no haberlo cuidado, se relajó un poco al descubrir que la razón de dicha negligencia había sido ocasionada por el simple desconocimiento, y dejó que Dio se hiciese cargo de Giorno para recuperar los años perdidos.

- Cuidado con lo que vas a hacer con el novio – lo riñó Pucci antes de tiempo -. Nada de darse la mano antes del matrimonio; no es cristiano.

Giorno lo miró sin decir nada. Todo lo que Dio descuidaba en el día a día lo arreglaba Pucci, con quien además era más fácil hablar. Y cada poco tiempo aparecían Bucciarati y Abbacchio, el primero para comprobar que todo iba bien y el segundo para aterrorizar a Giorno o intercambiar tips de maquillaje con su padre, Dio. Aunque Pucci y Bucciarati actuaban como una figura paterna tanto como él; si algo había ganado con el apocalipsis había sido en padres. El mundo era su padre.

- Giorno, el padre Pucci ha hecho una broma – lo recriminó Dio -. Ríete.

Giorno curvó los labios y el párroco se dio por satisfecho.

- Esparce la bondad allá donde vayas – dijo -, y recuerda que la cena es a las siete.

- Aunque si quieres picar algo antes hay un par de jóvenes en las mazmorras - bromeó Dio.

Giorno declinó la oferta educadamente y se dispuso a salir de casa.

Era de día, pero la luz solar no le afectaba en lo más mínimo. Aparentemente eso de que convertía a los vampiros en ceniza no era nada más que un mito.

Dio siempre decía que los genes de vampiro tiraban hacia lo sexy. Y se debe estar sexy tanto de día como de noche. Otra consecuencia de esto es que un vampiro adoptará siempre su forma más adulta y desarrollada, independientemente del momento en el que haya sido mordido o si su condición es de nacimiento. Aun así, Giorno no quería arriesgarse y se negaba a morder a Fugo o a cualquiera de sus amigos hasta que estos cumpliesen los veintiuno.

Con Bucciarati y Abbacchio la historia era algo diferente. Leone siempre había querido ser un vampiro y Bruno era un romántico empedernido al que la idea de una eternidad al lado del amor de su vida le provocaba mariposas en el estómago. No haberlos convertido habría sido un acto de excesiva crueldad, incluso para Dio Brando.

Giorno se dirigía a casa de sus amigos para pasar un rato agradable. Abbacchio había insistido mucho en que todos debían presentarse sin falta ese día; había preparado una misión especial y si cualquiera de ellos le fallaba convertiría sus intestinos en espaguetis.

Al ver a su novio, corrió a abrazarlo como acostumbraba. Llevaban juntos ya varios meses, pero seguían en la luna de miel de la relación y no parecía que sus sentimientos fueran a cambiar. Era físicamente imposible separarlos, y nadie sabía si era Fugo o Giorno el que se negaba a despegarse o si eran un par de imanes de polaridad opuesta especialmente testarudos.

Mista empezó a silbar y a burlarse de ellos mientras Narancia lo animaba desde la comodidad de sus piernas. Trish se apoyaba en el hombro de Guido con una sonrisa coqueta.

- ¿Lo tenéis todo listo? - preguntó.

- Desde hace semanas - resopló Fugo.

- Recordad el plan. En cinco minutos debéis estar en vuestras posiciones; ante cualquier imprevisto, gritad como si alguien hubiera robado vuestra sudadera favorita. Podemos hacerlo.

Abbacchio solo confiaba en Trish para dirigir la misión. Fugo era demasiado voluble, Mista tenía la cabeza demasiado hueca, y odiaba a Giorno. En el fondo lo quería, pero no podía desvelar su tapadera así como así. Y Narancia era tan descuidado que ni siquiera había permitido que se enterase del plan.

- ¿Alguien puede explicarme lo que está pasando? - sollozó este.

- Me disculpo en nombre de Abbacchio por no habértelo comentado. Pero pensó que si no lo sabías sería más espontáneo.

Además de que no confiaba en tu capacidad para guardar un secreto tan importante, pensó Trish.

- Mista te explicará ahora lo que debes hacer - continuó -. No te preocupes, es bastante simple.

Con un ademán de cabeza indicó a los demás que podían marcharse y cada uno se dirigió a la ubicación que le correspondía. Mista cogió de la mano a Narancia y lo condujo hasta el jardín.

- ¿Qué tenemos en común Bucciarati, Abbacchio y yo? - preguntó.

- No sé. ¿Es un chiste?

Mista se encogió de hombros.

- Más bien una adivinanza – al ver que Narancia no reaccionaba, reveló la respuesta -. Que los tres te queremos muchísimo, bebé.

- Bro... - lloró Narancia.

- Cuando Bucciarati venga por aquí, recuérdale lo mucho que lo aprecias. Y di las siguientes palabras...

- ¡Giorno! - gritó Bucciarati mientras corría hacia la figura desplomada en el suelo de cemento.

Se arrodilló sobre él y susurró su nombre un par de veces más con la voz tintada de desesperación. Giorno abrió los ojos y dejó que Bruno lo ayudara a incorporarse.

- Giorno - repitió Bucciarati -, ¿qué ha pasado? ¿A quién tengo que matar?

- Bucciarati... - susurró - No puedo moverme... Mis brazos y mis piernas están paralizados; y mi boca se niega a pedir ayuda. No puedo huir ni defenderme. Pensaba que era suficiente con recluirme porque no tenía fuerzas para nada más. Bucciarati, tú me diste una vida. Todo lo que tengo es gracias a ti. Si todavía puedo amar y confiar en otros es porque tú me demostraste que valía la pena.

Giorno rebuscó entre los rizos de su flequillo y cerró su puño en torno a una forma ovalada. Le dio la mano delicadamente a Bucciarati, entregándole el objeto de manera que no se pudiese ver de qué se trataba.

El miedo que había invadido a Bruno desapareció y fue sustituido por una mezcla de emociones que conocía muy bien: cariño, orgullo, ternura. Atrapó a Giorno en un abrazo firme y se esforzó por no deshacerse en lágrimas.

Bucciarati volvió a mirar las llaves de su propio coche. No se explicaba cómo habían llegado a manos de Giorno, pero supuso que los niños estarían jugando con él.

La imagen de sus hijos renovó sus energías y desbloqueó las puertas del vehículo. A simple vista no había nada dentro que llamase la atención, así que decidió sentarse en el asiento trasero.

Nada más abrir la puerta, una figura negra se elevó y soltó un improperio.

- ¡Mierda! - Fugo tiró al suelo la manta negra que lo tapaba -. Se suponía que debías sentarte delante.

- ¿Qué está pasando? - preguntó Bucciarati sin perder la sonrisa.

En vez de responder, Fugo se acurrucó en su pecho como acostumbraba a hacer cuando era más pequeño.

- ¿Recuerdas nuestro primer viaje en coche? - preguntó.

- Claro.

- Estaba aterrado porque acababa de dejar todo atrás. Mis padres, sus insultos, la rabia contenida, las peleas, la sumisión... Era todo lo que conocía. Nunca tuve el derecho de decidir por mí mismo ni de vivir mi propia vida. Hasta que tú me salvaste. Me compraste un helado y me llevaste al campo a contemplar la puesta de sol más bonita que he visto en mi vida. Todavía te llevó unos meses más ablandarme el corazón por completo, pero ese fue el momento en el que alguien me lo tocó por primera vez.

Fugo extendió la mano hacia la mejilla de Bucciarati. Cuando hizo contacto, Bruno sintió algo viscoso deslizándose por su cara.

- Ups – dijo Fugo sin un ápice de emoción en su voz -. Lo siento. Deberías ir a lavártelo.

Bucciarati ignoró sus gritos de socorro y le llenó la cara de besitos antes de salir del coche.

Abrió la puerta del baño. Mista estaba sin camiseta. Cerró la puerta del baño. Se frotó los ojos. Volvió a abrir la puerta. Se inclinó sobre el lavabo e intentó quitarse los restos de pintura con agua caliente.

- ¿No vas a hacerme ninguna pregunta? - dijo Mista mientras tensaba los músculos.

- No. Creo que esto termina aquí.

- Venga, no seas así. Los demás te han preparado discursos súper bonitos sobre lo mucho que te quieren, pero ambos sabemos que hablar no se me da bien. Así que te tengo que demostrar mi amor de otra forma.

- No me gusta el rumbo que está tomando esto. ¿Dónde está Abbacchio?

- Tío, relájate y mírame - rió Mista.

Cuando Bucciarati se resignó a obedecer, levantó un bote de desodorante en el aire y sonrió expectante.

- La prueba de mi amor.

Bucciarati sintió cómo las lágrimas se acumulaban en sus ojos y luchaban por salir.

- Por fin...

- Bro... - susurró Mista mientras se aplicaba el desodorante con olor a hombre – Me diste una casa y una familia cuando yo no tenía nada que ofrecerte a cambio. Haría cualquier cosa por ti y espero que esto lo demuestre.

- Lo hace. Dios, Mista, no sabes cómo lo hace.

Se abalanzó sobre su amigo y se enredaron en un fuerte abrazo. Mista se metió la mano en los pantalones y Bucciarati se arrepintió de todo lo que le había llevado hasta ese momento.

- Te prometo que no es porno – susurró mientras le metía un UBS en el bolsillo trasero del pantalón.

Bruno entró en el estudio algo desconfiado. Las cortinas estaban echadas y las luz del flexo no le dejaba distinguir muy bien las formas oscuras de la habitación. Decidió dejarlo así para darles ventaja a sus hijos, al fin y al cabo estaban haciendo esto por él.

Conectó el pen drive y dejó que cargaran los archivos. Eran fotografías tomadas en su antiguo lugar de trabajo; la mayoría de ellas salían movidas y habían sido hechas en ángulos extraños. La cara sonriente de Bucciarati destacaba de entre todas las demás, quizás porque había sido el único que aceptaba con gusto posar para la hija pequeña del jefe.

Trish lo abrazó por detrás.

- Todos los niños necesitan a alguien que los proteja. Alguien que los enseñe a querer, a confiar, a compartir, y que les demuestre que el dolor y la tristeza son pasajeros. Todos necesitamos una casa, alguien a quien regresar cuando nos falta algo y queremos sentirnos protegidos. Una familia que nos arrope. Tú me has dado todo eso. Normalmente quien lo hace son los padres... Así ha sido en este caso. Bucciarati, te considero mi padre.

Estaban a oscuras, así que Bruno se permitió derramar una lágrima. Apoyó su mejilla contra la de Trish y no dijo nada. Sabía que si lo hacía se derrumbaría y todavía le quedaba un hijo por visitar.

Pasaron unos minutos abrazados sin decir nada, hasta que Trish se separó y le ató una bandana naranja en la frente.

- Está en el jardín - dijo, y desapareció tan sigilosamente como había entrado.

- ¡Narancia! - llamó Bucciarati, ansioso por ver qué tenía el chico preparado para él.

Debía de haber una razón por la que habían dejado a Narancia para el final. Además de que el niño era endemoniadamente adorable y no le haría falta decir algo especialmente bonito para hacerle llorar. Con una sonrisa ya le bastaba.

Unos gritos lo hicieron girarse y se encontró con Narancia, que corría hacia él mientras gritaba desesperadamente las mismas palabras:

- ¡Bucciarati! ¡Te quiero, te quiero, te quiero...!

Frenó en seco antes de que Bruno pudiera atraparlo entre sus brazos. Demasiado tarde, ya lo había conseguido. Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas sin compasión.

- ¡Gracias por todo! - continuó Narancia, haciendo lo imposible por ignorar el estado de Bucciarati -. No sabes cómo te admiro. ¡Te adoro! No quiero separarme nunca de ti y espero que me dejes seguir viviendo contigo y los demás porque sois lo mejor que me ha pasado en la vida.

Sonrió, satisfecho con su discurso, y dejó que Bucciarati lo estrujase entre sus brazos mientras intentaba ahogar los sollozos.

- Bruno, eres un hombre honrado – dijo, adoptando un tono más serio y aburrido, como el de un niño de primaria que tiene que leer un artículo de periódico delante de toda la clase -. Cuando todo parecía perdido, me mostraste que vale la pena confiar en los demás y convertiste lo que consideraba mi mayor debilidad en mi mayor fortaleza. Me enseñaste a amar. Y te amé durante muchos años como no sabía que era posible amar a alguien. Gracias a ti superé todos mis miedos, me enfrenté a mis demonios, y es que contigo a mi lado no hay nada imposible. Existe el amor porque existe Bruno Bucciarati. Eres un ángel que se desvive por los demás, y quiero demostrarte que hay alguien que haría cualquier cosa por ti.

Bucciarati abrió mucho los ojos, sin comprender todavía lo que estaba pasando.

- El último objeto está detrás de ti - dijo Narancia.

Bruno se giró lentamente y tuvo que taparse la cara para esconder un nuevo torrente de lágrimas.

Giorno, Fugo y Trish lo contemplaban sonrientes, intentando disimular los temblores involuntarios causados por la emoción del momento. Mista intentaba ocultar tras de sí el cartel con las palabras que Narancia había dicho hacía escasos segundos. Y delante de él, a punto de deshacerse de los nervios, se arrodillaba Leone Abbacchio. Sostenía en sus manos una cajita abierta en la que descansaba un precioso anillo de plata.

Se miraron a los ojos y Bucciarati tuvo que contener las ganas de gritar su respuesta antes de tiempo.

- Bruno Bucciarati - dijo Abbacchio, sin atrever a moverse -, ¿quieres casarte conmigo?