— Déjeme que me regodee en esta imagen mental, señor Canadá: ahí está usted, vestido de paisano, entre docenas de personas que querían eliminarlo a usted y a los de su clase, con el cuerpo a rebosar de micrófonos y cámaras.
— Sí, es una locura, ¿verdad? Estaba muerto de miedo, pero tenía que fingir que realmente creía en lo que estaban haciendo.
— Acudió a varias reuniones haciéndose pasar por un universitario de veintitrés años llamado Jim Carrey.
— Sí, y fue horroroso lo que decían. Salieron a colación todos nuestros errores del pasado: la esclavitud, el Holocausto, las guerras mundiales, el Apartheid, las guerras religiosas...Dijeron que en tantos miles de años de vida no habíamos aprendido nada, que éramos marionetas del poder, que despilfarrábamos millones de las arcas públicas en caprichos y fiestas. No solo hablaron mal de nosotros: también atacaban toda idea de raza, género, religión, nacionalismo...Todo lo que provocaba diferencias entre la gente. El objetivo del One World Nation Movement era eliminar todo aquello que provocaba enfrentamientos y crear una sociedad en la que todos serían iguales.
— Suena tan bien sobre el papel que no es de extrañar que ganaran adeptos tan rápido.
— Sí...Suerte que, al contrario que en otros casos del pasado, hubieran mostrado su verdadera cara pronto, ¿no?
— Como con la masacre de Sealand.
— Y otras muchas atrocidades que cometieron en nombre de la igualdad.
— Pero dice que, con todo, no fue capaz de odiarlos.
— Me convertí en un asiduo y se podría decir que me había hecho amigo de Youssef. Estaba con él todo el rato, lo seguía a todas partes. No hizo falta que el Servicio Secreto me dijera quién era porque él mismo me contó su historia, charlando, tomando café. Nació en Siria. Se tuvo que marchar a causa de la guerra. Llegó con su familia a Italia en barco. El plan era empezar de cero en Noruega, pero los mandaron a un centro de acogida temporal horrible antes de decirles que no les concedían el asilo y los echaron a la calle, sin papeles y sin posibilidad de entrar a ningún otro sitio. Así fue como se radicalizó, por así decirlo. Vino a América de forma ilegal para tener una oportunidad de trabajar y aquí conoció el movimiento. También conocí a Anaïs, Uri y Walter. Uri y Walter eran estadounidenses, Anaïs cubana, y había pasado por algo similar que Youssef. Venía de Cuba y tuvo que cruzar el mar en balsa para huir del régimen de Castro. Soñaba con un mundo en el que solo habría un líder mundial, elegido democráticamente. Así podría regresar a su amada Trinidad. Pensaba...pensaba que si para conseguirlo había que sacrificar a su nación, lo haría. "Tampoco había hecho nada para impedir que sus hijos se fueran", solía decir.
— Tengo entendido que usted tiene buenas relaciones con Cuba.
— Sí, y sé que eso no es cierto, a él le importa mucho su gente...Pero, claro, eso no podía decírselo...
— Es decir, el movimiento estaba formado por gente que estaba desencantada con vosotros, cada uno con sus dramas: refugiados, veteranos de guerra...
— Bueno, también había personas que habían tenido una buena vida y simplemente les sedujo la idea de acabar con el sistema. Así era Ughetti.
— Veo que a día de hoy ese nombre basta para hacerlo temblar.
— No le habría gustado conocerla, se lo aseguro, Phil...
— ¿Cuándo tuvo la desgracia de conocerla?
— Creo que fue después de lo de Groenlandia. Por aquel entonces estaba simplemente tratando de convertirme en uno más, hacer que me incluyeran en sus planes. Al ser novato y algo tímido, no confiaban mucho en mí, pero me iba grajeando pequeñas amistades. Este grupo que he mencionado...pasaba más tiempo con ellos que con mis jefes y las otras naciones. Aunque sobre todo hablábamos de ese mundo soñado, también quedábamos y charlábamos sobre...un poco todo. Je, fue un tanto gracioso que tuviera que sacar mis "vivencias" de las películas que había visto porque la verdad era demasiado chocante. No, por aquel entonces mi problema no era Ughetti, sino Greszczyszyn.
» Apareció un día por la puerta con una sonrisa tan radiante que no parecía ni él mismo. Recuerdo que Walter me dijo al oído que caminaba como si hubiera, uhm, hecho el amor, y yo me reí. Entonces Greszczyszyn dijo: "¡Chicos, servíos una cerveza, que por fin tenemos algo que celebrar! ¡Groenlandia ha muerto!". Y a mí se me quitaron las ganas de reír.
