—¿Te ayudo?

—No… ya te alcanzo. —Cerró la puerta tras ella y se dispuso a acomodarlo, había puesto sobre la cama todas y cada una de las envolturas, arrugadas y maltrechas; mientras se disponía a acomodarlas dentro de la caja que su mujer había dispuesto para ello, no dejaba de pensar en el peso de lo que estaba haciendo.

Ya hacía unos años su padre había fallecido y apenas un par antes su madre, esa Navidad había tomado la decisión que por muchos años había estado postergando: guardar al fin en una caja del desván las envolturas de los dulces que su madre le obsequió en todas sus visitas; mientras miraba fijamente los envoltorios, mientras deshacía las arrugas del papel, pensaba con fuerza en los días en que se los había dado. Había días y eventos que recordaba con precisión.

Un verano, había ido hasta San Mungo con su abuela y mientras ella conversaba con el sanador a cargo, él había estado sentado en una banca de la habitación, su padre vagaba de lado a lado mirando las volutas que paseaban en el aire, su madre, sentada en una pálida alfombra, esperaba a ver qué hacía él, cuyas piernas regordetas se mecían atrás y adelante bajo la banca; recordó ver aquel rostro redondo como el propio y no poder sostenerle la mirada mucho tiempo, la forma como su madre le contemplaba, con una sonrisa escondida en los párpados caídos le conmovía desde el baúl de sus recuerdos y no, no pudo seguir desarrugando envoltorios, porque los ojos se le nublaban sin permitirle avanzar.

—Cariño. —Hannah entró en aquel momento, dejando la luz del exterior golpear las envolturas como un montón de estrellas derramadas sobre la cama; al verlo así, lloroso, atinó a sentarse junto a él y sujetarle la mano que sostenía un envoltorio y tenía sobre la pierna. —Oh cariño… déjalas donde están.

—Te… ¿te molestaría si tapizamos con ella la habitación? —Neville volvió su mano y la posó sobre el vientre abultado de su mujer.

—Para nada… será el mejor detalle de Navidad que podamos dar a nuestro bebé. —Murmuró feliz, enternecida.

—Al final, la abuela tendrá razón… y acabarán siendo suficientes para tapizar una habitación entera. —Los dos rieron de aquel dulce recuerdo. Muchas veces de la tristeza surge la felicidad, esa que al final fortalece a la familia.