— Draco y Hermione han corrido diez kilómetros para venir aquí, Narcissa. Y Draco llevaba botas — dijo el padre de él con orgullo.
— ¿Has venido corriendo para verme? — preguntó su madre, sorprendida.
Draco sabía que cada vez se hundía más en el barro, pero ya aclararía todo aquello cuando su madre no estuviera tumbada en una cama de hospital conectada a máquinas y con un tubo de oxígeno en la nariz. ¡Sus padres parecían tan complacidos por la confusión de su relación con Hermione!
— Bueno, diez kilómetros no. Nos han traído en coche los últimos.
— ¿Con botas?
Draco nunca habría creído que fuera tan importante para ellos. La emoción le formaba un nudo en la garganta.
— Tenía que ver si estabas bien — dijo con brusquedad.
A su madre no pareció importarle su tono.
— Eso es maravilloso.
— Es un hombre maravilloso. Deberían dedicar algo de tiempo a conocerlo — dijo Hermione.
A pesar de la suavidad de su tono, sus palabras sonaron como un reto.
Nadie dijo nada por un momento. Lucius se enderezó un poco con los labios apretados.
Draco casi dio un respingo cuando vio que se suavizaba su rostro y tomaba la mano de su esposa.
— Creo que tiene razón, señorita. Sospecho que nuestro hijo es maravilloso.
Aquello era lo más cerca que habían estado nunca de un momento familiar entrañable. Draco se emocionó.
Y casi agradeció que Harry entrara en ese momento por la puerta.
— Doctora Narcissa, ¿qué hace aquí?
¿Qué hacía Harry allí?
Draco miró a Hermione.
— ¿Esto es obra tuya?
Ella asintió.
— No sabía lo que te ibas a encontrar. He pensado que podías necesitarlo — le dijo al oído. Harry se acercó y le pasó un brazo a Draco por los hombros.
— Gracias por cuidar de mi chica.
— ¿Tu chica? Pero nosotros pensábamos... — la enferma frunció el ceño confusa.
Harry sonrió.
— Sí. Hermione y yo estamos prometidos. ¿No se lo ha dicho Draco?
— No. Nadie ha mencionado ese detalle — declaró Lucius.
— Pero Draco y Hermione... — la madre de Draco parecía al borde de las lágrimas.
— Harry es muy bromista — Hermione lo miró muy seria — Deja de burlarte de la doctora Narcissa — miró a la mujer — Usted tiene que descansar. Chicos, venid. Vamos a tomar un café.
La madre de Draco sonrió.
— Ah, una mujer como a mí me gustan, de las que saben asumir el mando — miró a su hijo — Me gusta, hijo.
— A mí también — declaró su padre.
Bueno, pues ya eran tres, porque a Draco también le gustaba.
— Soy un tipo con suerte.
— La afortunada soy yo — Hermione lo miró con adoración.
— Pero... — Harry los miraba a los dos, confuso.
Hermione lo interrumpió.
— Un café con hielo sería una maravilla, ¿verdad? Vamos a buscarlo — tomó a Harry del brazo.
— ¡Ay! Me has pellizcado.
— Perdona — miró a la madre de Draco — Procure descansar.
— Lo haré. Gracias por venir con mi hijo — miró a éste — Pasarás por aquí antes de marcharte, ¿verdad?
— Sí. Duerme un poco.
Hermione sacó a Harry de la habitación. Draco los siguió.
— ¿A qué venía eso? — preguntó Harry en cuanto salieron al pasillo.
— Cállate — le dijo Hermione, cortante — Necesito desesperadamente una taza de café para sentirme humana. Luego hablaremos.
Siguió andando. Neville se separó de la pared en la que estaba apoyado y se acercó a Harry. La mirada que pasó entre ellos era una mirada inconfundible de amantes.
— Veo que te has traído a la coalición del arco iris — comentó Hermione.
Neville la miró de hito en hito y se agarró del brazo de Harry.
A Draco le resultaba desconcertante ver a su mejor amigo del brazo de su amante gay.
Pero, en general, no mucho más que encontrarse a Hermione en su cama o descubrir que sus padres pensaban que era gay. En conjunto, había sido una noche muy curiosa. Y todavía no había terminado.
Bajaron en el ascensor. A las tres y media de la mañana, eran los únicos pasajeros.
Cuando se cerraron las puertas, Harry respiró hondo y olfateó el aire como un perro de presa. Palideció visiblemente y miró a Hermione y luego a Draco.
— Vosotros dos os habéis acostado juntos — no era una pregunta.
— ¿Pero qué dices? — lo desafió Hermione.
— Vosotros os... apestáis a sexo — Harry miró a Draco — No puedo creer que te hayas acostado con mi prometida.
Draco sabía que tendrían que tener un día esa conversación, pero no había previsto que sería tan pronto. Miró a Neville con intención.
— Tú no tienes derecho a hacerte el ofendido.
Hermione se situó delante de Harry.
— Vamos a aclarar un par de cosas. Yo no soy tu prometida y ya no es asunto tuyo con quién me acueste ni cómo. Podría acostarme con todo el equipo de los NY Giants y no sería de tu incumbencia. Después de meter tu pene ahí... — señaló a Neville — Ya no ibas a volver aquí nunca más.
— Querida, a su pene ya no le interesa nada de lo que tú tienes — intervino Neville.
— Cosa de la que me alegro mucho — Draco reprimió una carcajada. ¡Bien dicho! Hermione era una mujer magnífica.
Se abrió la puerta en el primer piso y salieron todos del ascensor.
— Creo que todos necesitamos un café — dijo Draco. Echaron a andar hacia la derecha, siguiendo la flecha que indicaba «café».
Hermione miró a Harry.
— Se suponía que venías aquí a apoyar a Draco, no a hacer el beep.
— Pues si a Draco no le gusta, siempre puedes darle tú un beso y que se le pase — gruñó Harry.
Draco sabía que Hermione tuvo que hacer uso de una gran fuerza de voluntad para ignorar aquel comentario.
— ¿Cómo has llegado tan rápido? — preguntó — No me creo que hayas venido en este tiempo desde la galería.
— Mi apartamento está a un par de manzanas de aquí — contestó Neville.
Draco se sintió como un tonto. Harry no había estado encerrado en la galería. Lo había utilizado. Le había mentido y lo había utilizado. Su amistad había soportado algunas peleas ocasionales, pero jamás había pensado que Harry podría mentirle así. Se detuvo en la puerta de la cafetería y le puso una mano en el brazo.
— Gracias, Neville. Me encantaría que me invitaras a un café — dijo Hermione, que obviamente quería dejar a Harry y Draco solos.
Harry miró a Neville.
— Por favor. Hazlo por mí.
— Bien, si es por ti... — Neville miró a Hermione con disgusto y la siguió de mala gana a la cafetería.
— ¿Te quedaste encerrado en la galería? — preguntó Draco con furia.
— Sí.
— ¿Cuánto tiempo?
Harry se metió las manos en los bolsillos y pareció avergonzado.
— Una hora. La compañía del sistema de seguridad me dio instrucciones por teléfono para desarmarlo.
— ¿Eso fue antes o después de que me pidieras que le diera yo la noticia a Hermione?
— Después. Te juro que fue después.
Draco se sintió algo mejor... siempre que Harry no mintiera. Durante quince años habían sido como hermanos y en menos de un día ya no sabía si podía confiar en él. Ya no conocía al hombre que tenía delante. El hombre al que había querido como a un hermano no habría podido engañar a su prometida y no le habría dejado a él recoger los platos rotos.
