Habían pasado diez días ya desde la noche de la fiesta, aquella que no había dejado dormir a ninguno de los dos protagonistas. Eren temía que su familia se llevara los daños por sus actos indecorosos y Levi, simplemente le costaba poder aceptar aún, que si algo pasaba tendría que abandonarlo todo. Pero nada de lo que pudiese recorrer sus mentes sucedió, porque Nanaba había cumplido su palabra.
Cada uno de ellos se había concentrado en sus tareas en un cien por ciento de su tiempo, Jaeger cuidaba de los cultivos, los caballos y ayudaba en la limpieza del hogar; muy pocas veces cocinaba pero sí estaba en el momento en que se debía servir los alimentos a sus patrones. Ackerman por su lado, se había lanzado de lleno a las grandes filas de documentos que mantenía en su oficina, firmando y rechazando tratos con otros granjeros, pidiendo y descartando productos y haciendo las cuentas del mes; ahora que su padre se había hecho a un lado del negocio familiar, la responsabilidad había crecido considerablemente y temía no poder ser lo suficientemente bueno como para mantenerlo. De igual manera se interesó en su vida privada, donde se mantenía a raya con los extraños sentimientos que poseía hacia su joven criado para no causar problemas ni habladurías y se dejaba ir al lado de su mujer.
Estos últimos tres días Petra había estado realmente fascinada, porque cuando su marido no estaba en sus negocios, siempre se daba su tiempo para estar con ella; dar un paseo por la finca, tomar el té juntos, compartir un momento tranquilo en la sala de estar, a veces ella tomaba su tejido mientras Ackerman leía, hablaban de todo un poco e incluso su esposo había estado durmiendo a su lado en el horario en que correspondía.
No fue hasta el doceavo día que el buen humor del joven azabache cayó por los suelos, se había levantado a las seis y media de la mañana como venía haciéndolo desde las últimas semanas, y como siempre, no faltó el baño y su desayuno en el pórtigo de su casa mientras veía el amanecer, Historia había sido quien últimamente le llevaba lo que necesitaba, pero ese día fue diferente, Eren estaba allí con una bandeja entre sus manos dejándole su desayuno.
Con un escaso buenos días de parte de ambos el silencio terminó por envolverlos, tal vez fueron los ojos verdes apagados lo que hicieron que él terminara palmeando el asiento que tenía a su lado y tal vez, fue la sonrisa del castaño lo que hizo que su esfuerzo de las últimas semanas volara por los aires en aquella mañana calurosa.
Compartiendo la taza de té y algunas galletas terminaron riendo en voz baja con miedo de que alguien se levantase más temprano de lo normal, sus manos se juntaron y entrelazaron en algún momento mientras el sol salía y la presencia del otro terminó por recorrer cada centímetro del cuerpo del contrario que ya se sentía completamente vacío.
Pero aquella tranquilidad plena que habían conseguido se esfumó por completo cuando ambos sobresaltados se encontraron con una Isabel que los miraba completamente confundida.
Mientras una de sus manos rodeaba la poca redondez de su vientre, aquel que mostraba que pronto crecería para llenarlos de bendiciones.
Su hermano fue el primero en levantarse y acomodar torpemente la ropa que se había arrugado al sentarse a un lado de su patrón tan descuidadamente, terminó por llevarse los utencillos utilizados y se despidió de ambos con un asentimiento de cabeza.
Levi por su parte mantuvo su expresión seria sin cambiarla por un instante, no dejándose amedrentar por la mirada insistente de la joven. Sí, Isabel ahora lo sabía, pero no podría hacer nada al respecto, al menos, no contra él.
- No quería molestar - comentó la muchacha mientras se acercaba lentamente hacia Levi - pero esta mañana me han dejado esta carta para usted.
Le extendió un sobre blanco, aquel como los que había estado recibiendo de un personaje misterioso, sus manos temblaron al tomar el fino papel anónimo y sin embargo no lo abrió delante de la joven.
- Señor, cuide de mi hermano por favor.
Y aquello fue todo lo que Isabel pudo decir delante de su patrón, algo que por dentro ya lo sabía, pero que no quería ser testigo. Si alguien más se enteraba de ello, posiblemente no serían tan considerados como la bella muchacha. Se retiró dejándolo un poco molesto y confundido, pero pronto sus ojos volvieron a viajar hacia el papel y todo el asunto anterior fue disuelto.
Señor Ackerman:
Estoy muy agradecido por la respuesta que nos ha dado, los diamantes llegarán hoy mismo a Capital, si usted desea podremos encontrarnos en el establecimiento de Sina. Allí daré todos los detalles necesarios, lo espero si está dispuesto a las cuatro de la tarde.
N. D.
No necesitaba pensarlo porque él ya tenía su respuesta, los últimos días diferentes cartas del anónimo habían llegado a él, esta vez, ofreciendo un gran trato que si estaba completamente bien asegurado podría llegar a ganar millones. Además que una de las últimas había llegado con la dirección en la que podía responder, y así fue como lo hizo, intrigado y llevado por todos los meses en los que estuvo pensando en aquella persona no tardó en aceptar. Llevaría a Eren, quien por lo visto podría ayudarlo en todo lo que necesitara, aun no había hablado con su padre sobre el tema pero no le veía problema alguno.
Fue allí como sin saberlo, su día caería tal vez a ser uno de los peores que había vivido. Se había cambiado, le había informado a Eren que lo acompañase, Connie preparó el vehículo nuevo y se dejaron llevar hasta Capital, donde todo el mundo observó fascinado la nueva máquina que Ackerman poseía.
Pararon a comer en una posada, y no tardaron demasiado en volver a emprender su camino hacia Sina.
Dejando que Connie estacionara el vehículo, él y Eren se dirigieron al interior de una de las fábricas más famosas que poseía la ciudad, siendo guiados por un hombre de baja estatura que muy amablemente los saludó.
Fue allí cuando la sonrisa de Levi se esfumó, al ver a un hombre de tal vez la misma edad de su padre, con su cabello mostrando algunas canas que resaltaba en aquél color negro, una barba bien cortada, un traje que demostraba que era quien tenía el poder. Una mirada que estaba cargada de nostalgia y un rostro que una vez él mismo había visto.
Sí, lo había visto en un viejo dibujo que había encontrado entre las cosas de su padre, una donde su madre, Kenny y el hombre que tenía delante de sus narices estaba.
Su estómago dio un vuelco, el nudo de su garganta se incrementó y sintió que sus manos transpiraban, Nile Dok, el asesino de Kuchel quien Kenny había alardeado haber destruido, estaba allí, enseñándole una de sus más bellas sonrisas.
